El otro riesgo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Desde hace varios años, amplio porcentaje de seres humanos han perdido, gradualmente y con cierta intencionalidad, el derecho y la capacidad de asombro, al grado de que casi ningún acontecimiento les sorprende. La mayoría de la gente, envuelta en bolsas artificiales de desecho, casi sin letras y de preferencia con dibujos y signos, se ha acostumbrado tanto a los sucesos, a la violencia, a las invenciones científicas y tecnológicas, al consumismo y a la dinámica revuelta de la hora contemporánea, que parece nada le conmueve ni maravilla. La capacidad de asombro y el respeto fueron sepultados, hace años, en una cripta gélida y ausente de nombre y epitafio, quizá con la intención de que nadie los recuerde. Alguien los arrojó a la fosa común. Ahora, millones de seres humanos, en todo el mundo, enfrentan otro peligro: la costumbre a la muerte de los seres queridos, el fallecimiento cotidiano de los miembros de una familia, una escuela, un centro laboral, un grupo de amigos, un sector de la población. La muerte es un proceso natural en todo ser vivo, nadie lo duda; no obstante, la repetición de un hecho, por doloroso que resulte, tiende a ser costumbre, y el riesgo es ya no poseer sentimientos. Quienes mayor peligro corren ante la insensibilidad de la muerte de los seres queridos y la gente que les rodea, son los niños, los adolescentes y los jóvenes. Probablemente, dentro de algunos años, acostumbrados al fallecimiento sorpresivo e inesperado de parientes, amigos, colegas, vecinos y compañeros, la niñez, la adolescencia y la juventud de hoy, reaccionarán con frialdad e indiferencia. De ser así, sus hijos, los de la siguiente generación, serán personas carentes de sentimientos, incapaces de asombrarse, programadas en serie e imposibilitadas para expresar amor y rasgos nobles. Nos estamos acostumbrando a la muerte inesperada, a la violencia, a la carencia de sentimientos. Y eso, hay que admitirlo, es habituarse a estar muertos.

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Anhelo…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, que me encantas, te amo y me cautivas desde que tu alma y la mía se reencontraron

Quiero cautivarte con las estrellas que todas las noches desprendo del firmamento con la intención de tejer y regalarte el más hermoso de los collares y la diadema de mayor belleza y brillantez; alegrarte y arrancar sonrisas de tu rostro con mis bromas, juegos, locuras, ocurrencias y travesuras; embelesarte con mis detalles, miradas y besos tiernos; deleitarte con mis ecuaciones literarias, con las palabras que hilvano cotidianamente para navegar a lo más recóndito de tu ser y reencontrarme contigo, como cada día; asombrarte con los arcoíris que reúno tras la llovizna con el objetivo de pintar de colores mágicos los caminos y paisajes que te rodean; ilusionarte con nuestros proyectos y sueños, con la historia que diseñamos y protagonizamos; tomar tus manos para sentirnos acompañados y no soltarnos nunca; reflejar tu imagen en mis ojos, igual que yo aparezco en los tuyos, cual señal que indique que los sentimientos que compartimos son uno de los tesoros más preciosos que poseemos; unir mis latidos a tu corazón con el propósito de percibir el pulso de la vida, el palpitar del universo, los murmullos del cielo; convertirnos en los actores de capítulos irrepetibles, maravillosos, sublimes, intensos e inolvidables. Deseo que cierres tus ojos y sientas mis abrazos para trasladar nuestras almas hasta rutas insospechadas; remar por los océanos inconmensurables de la vida y el universo, siempre alegres, juntos y sonrientes, con la ilusión del amor, para compartir la belleza del paisaje y, al final, llegar unidos al columpio de la eternidad. Anhelo escribir y leerte poemas, entregarte mi amor, protagonizar historias excelsas contigo, correr, pisar charcos, andar descalzos en el césped, cantar, recibir las caricias de la lluvia y del viento, observar los luceros, recolectar flores, brincar, reír, soñar, vivir, hablar, callar, beber café, deleitarnos con un platillo preparado por los dos, abrir y cerrar capítulos maravillosos, hundir los pies en la arena, jugar, recrearnos con el más sublime de los sentimientos durante nuestra estancia en el mundo, convertirnos en la existencia y el cielo uno del otro para entregarnos lo mejor. No obstante, confieso que también deseo, como lo hacemos, que nuestras almas, siempre unidas, abran sus puertas a la morada de los ángeles, a la mansión de Dios, donde en absoluta plenitud descubriremos las mayores riquezas y la dicha más grande porque entonces, asombrados y tomados de las manos, miraremos con emoción las huellas que dejamos en los caminos que recorrimos para llegar finalmente al cielo, a los jardines de la inmortalidad, al resplandor prometido. Mi deseo es, en consecuencia, amarte y que nuestras almas, unidas, tiendan un puente de regreso a casa, donde el regalo de Dios es la eternidad con su más hermoso y divino significado. Claro, hubiera resultado más sencillo escribir “quiero ser feliz contigo y amarte todos los días de nuestras existencias y durante la eternidad”; pero habría omitido lo más importante, el tesoro que compartimos y valida los sentimientos que experimentamos y nos identifican, enamorarnos de Dios y entregarnos dulcemente a las fragancias que conducen a su resplandor.