El sepulturero

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La muerte enseña a vivir. Las calzadas desoladas y sombrías, la hojarasca y las tumbas con nombres, fechas y epitafios dolorosos y tristes, hablan, susurran al oído, como para recordar que los días de la existencia son fugaces y no retornan más una vez que huyen, de tal manera que la disyuntiva de la vida, con sus claroscuros, es cultivar flores en el sendero o cavar para depositar la felicidad y las ilusiones en un sepulcro, filosofía que él, Adrián, Adrián Ruiz Melgarejo, alguna ocasión se planteó al notar que las fichas del tablero lo colocaron en los abismos del ocaso.

Es él, irreconocible, nada idéntico al niño que apenas cuatro o cinco décadas antes corría feliz e ilusionado en el barrio, en la campiña, y daba vida al juguete, al soldadito, sin imaginar que un día, otro y muchos más se sumarían para colocarlo en la frontera, donde la realidad y la parte lúdica de la existencia se mezclan y generalmente pierden sentido ante la llamada muerte.

No desconoce que a ellos, los sepultureros, les llaman panteoneros y les apodan “el Frankestein”, “el drácula” o “el muertero”, casi siempre con esos artículos con que los mexicanos acompañan los sobrenombres. Tampoco ignora que hablar de sepultureros, equivale a definir, erróneamente, al hombre enorme o de baja estatura, deforme, jorobado y sin cuello, con la cabeza inclinada y los ojos desorbitados, con una pierna más corta que la otra, los brazos largos y las manos callosas, con el rostro cubierto de cicatrices y casi gesticulando ante la ausencia de vocabulario, tal vez sonriente, entre árboles y tumbas abandonadas, una noche envuelta en neblina, para cometer un sacrilegio, cavar y extraer el cadáver recién enterrado para robarle hasta la ropa, vestirla y lucirla en las calles, al lado de los vivos, o mancillar el cuerpo inerte, amarillo o pálido y rígido por las horas de descomposición, por las formaciones extrañas, los líquidos acumulados y los tejidos que se agusanan, como los describen las obras literarias y lo miran los espectadores aterrados en las salas cinematográficas.

Esas descripciones “me ofenden y denigran”, advierte Adrián -Adrián atrapado en sus recuerdos, Adrián envuelto en las imágenes que se repiten durante las noches de insomnio-, quien asegura que se siente orgulloso y satisfecho con su oficio de sepulturero, acaso porque sirve a otros seres humanos durante las horas más desoladoras y tormentosas de sus existencias, quizá por haber aprendido de la muerte que la única riqueza que perdura es el bien que se hace, probablemente por disfrutar sus tareas, tal vez por todo y nada como a veces parecen la vida y la muerte cuando se desconoce su sentido.

Confiesa el hombre que en el cementerio experimenta tranquilidad y se reencuentra con lo suyo, con lo que le pertenece, seguramente porque late en su interior, en las criptas, en los árboles corpulentos que columpian las ramas que crujen al recibir las caricias del viento, en la tierra que participa en el proceso de descomposición, la imagen de su descendiente, su hijo adorado e inolvidable que a los 12 años de edad no despertó más de un sueño, el de la muerte, que parece derrocar todos los modelos que uno, al vivir, se forma.

“Lo mío no son los temas fúnebres”, afirmación que Adrián reconoce en mucha gente; sin embargo, admite que llega una hora en que parece descender el telón y hombres y mujeres enfrentan la muerte, la idea de la finitud que derrumba todos los esquemas.

Hace muchos años, Adrián se trasladó a la ciudad mexicana de León, Guanajuato, donde contrajo matrimonio y se dedicó a vender ropa, dar alegría a la gente con prendas de colores, signo, quizá, de lo transitorio, para posteriormente tomar la decisión de regresar a Morelia, la capital de Michoacán, donde en 1995 ingresó como albañil a la administración municipal y más tarde, en el año 2000, se convirtió en sepulturero.

Desde entonces, experimenta alegría y tranquilidad al cavar, preparar los sepulcros para los muertos, apoyar a los familiares de los difuntos, extraer cadáveres, aliviar el peso de la gente. El destino, afirma, lo condujo a las sepulturas.

Reconoce que ha permanecido en el Panteón Municipal de Morelia hasta después de las 12 de la noche, sobre todo en la época en que participó en la construcción del crematorio, y de no ser las sombras que suelen pasar raudas entre las tumbas o los susurros que de pronto llegan entre el silencio y la soledad, jamás ha presenciado algo sobrenatural porque los fantasmas, las sombras, sólo existen en uno, en la mente y el corazón de la gente.

Solamente alguna vez, cuando se encontraba cavando con el pico y la pala con la intención de sustraer algunos cuerpos que serían exhumados, sintió escalofrío; no obstante, asegura que en necrópolis uno aprende mucho y que si hay fenómenos anormales, son los que se construyen desde los sentimientos y forma de pensar y vivir.

En los cementerios hay quienes destilan angustia, miedo, terror; pero “uno suda por el trabajo acumulado, por el zapapico y la pala, por la cantidad de servicios fúnebres que esperan turno”, dice el hombre.

Acepta que también se sorprende, como cuando cava para exhumar restos con 20 o 30 años de antigüedad y bajo las losas y entre los restos de los ataúdes aparecen cadáveres incorruptos, como si tuvieran algunas horas de haber sido enterrados, principalmente los que embalsaman en Estados Unidos de Norteamérica y envían a Michoacán. Otros cadáveres aparecen totalmente acartonados, momificados, tan ligeros que es factible colocarlos de pie. Son cuerpos que por alguna causa se transformaron en momias y merecen, por lo mismo, tanto respeto como los otros, los que se consumen en las sepulturas.

Innumerables ocasiones, ante la caminata de la noche y la madrugada, repasa las escenas del día porque la muerte, con todo su ambiente y sus fragancias, ya forma parte de su vida, y le ha enseñado mucho.

Todavía “existen compañeros que no tienen respeto a los cuerpos; pero yo trato de ayudar, contribuir a que los dolientes sientan apoyo durante sus horas de más dolor, y si hay quienes notan que algunas lágrimas deslizan por mi rostro y se atreven a preguntar qué me sucede, simplemente les respondo que no es llanto, que es el sudor del trabajo…”

Trabajo publicado previamente en el periódico Provincia de Michoacán

El muro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Esta tarde, mientras paseaba y reflexionaba por las callejuelas de la ciudad, transité silencioso a un lado del muro, de la pared de piedra que, por la hora, proyectaba tintes sombríos, como para llamar la atención de los caminantes, sacudir su conciencia y anticiparles, parece, que la fugacidad de las horas se relaciona con la brevedad de la existencia.

Todos caminaban distraídos, unos con sus parejas, otros con niños y algunos inmersos en sus preocupaciones, asuntos cotidianos y pensamientos. Nadie prestaba atención al lenguaje del muro, a las voces del silencio, a los susurros del tiempo.

Un viento suave y melancólico sopló, quizá para recordar las tardes otoñales, cuando las hojas se desprenden de los árboles y sus otrora rostros verdes se tornan en laminillas doradas y quebradizas que se dispersan hasta pulverizarse en el olvido.

Mientras caminaba, contemplé el muro de cantera que separa la aurora del ocaso, las luces de las sombras, las sonajas de los sepulcros, el bullicio del silencio, la vida de la muerte. Allende la pared, percibí los murmullos de lo que parece a muchos el gran final. Entre las tumbas solitarias flotaba el ambiente de la muerte; afuera, en cambio, el bullicio.

Comprendí, entonces, que entre la vida y la muerte sólo existe una división, una franja endeble, un muro que ofrece, en un lado, las flores multicolores y la posibilidad de escribir una historia -buena o mala-, y en el otro, en tanto, el sueño, el final mundano, la conclusión de la vida humana.

La vida es tan breve y frágil, que si hoy uno deambula por la campiña multicolor, al rato, dentro de algunos instantes, días o años, la jornada existencial acudirá puntual a su cita irrenunciable y finiquitará los capítulos de una historia que indudablemente quedará inconclusa. Casi siempre la trama de la vida queda interrumpida y, por lo mismo, las historias de los seres humanos -grandiosas o insignificantes- no se completan; aunque lo importante, hay que recordarlo, no son la cantidad de años ni las conquistas materiales lo que cuentan al final, sino lo bueno o malo que se hizo durante la caminata.

Invitan los sepulcros al dolor, principalmente en los cementerios vetustos; no obstante, las tumbas abandonadas y frías o cubiertas de flores marchitas -recuerdos de dolores y ecos de lágrimas-, estimulan a la reflexión, a meditar sobre la vida y la muerte.

Tal vez recuerdan la fugacidad de la vida y que uno, como hombre o mujer, irremediablemente transita hacia ese final tan temido por muchos. La belleza física y la juventud carecen de porvenir, y tal realidad quebranta los esquemas de las mayorías, al grado, incluso, de que atrapados en su ausencia de valores y perdidos ante la falta de un itinerario, optan por experimentar los días de la vida al máximo, según ellos, en una aparente felicidad que consta de la embriaguez de los sentidos, los placeres sin amor y la inmediatez. Prefieren vivir artificialmente y sin rumbo que ser protagonistas de una epopeya.

Así, en innumerables tumbas podría leerse el mismo epitafio: “aquí yace quien un día nació con todas las posibilidades de ser extraordinario y consumió las horas pasajeras en la cotidianeidad y la rutina, en una melancolía fatal, en el brillo de las copas, la ambición desmedida, los placeres carentes de amor y las preocupaciones”, y podría agregarse, de acuerdo con las creencias: “duerme el sueño eterno aquel que desperdició cada instante en banalidades. Entregado a ocupaciones baladíes, olvidó cultivar detalles y amor, dar lo mejor de sí a los demás, dejar huellas indelebles y convertirse en una persona extraordinaria, única e inolvidable”.

Toqué el muro de piedra que me separaba de la vida y la muerte. Sentí la textura de la cantera que aún conservaba la tibieza del crepúsculo postrero que minutos antes incendiaba el horizonte, igual que un cuerpo que pierde la vitalidad.

Reaccioné. Casi llegaba a la esquina, al final del muro perimetral, cuando recordé que cada instante, sumado, compone los años de la existencia, hasta que un día, el menos esperado, desciende el telón y se acaba la obra.

Decidí, en consecuencia, mirarme, escudriñar lo que soy, voltear a mi alrededor, precisamente antes de llegar a la esquina, donde concluye la barda. La caminata hacia el final del muro me pareció impostergable porque todos vamos al mismo rumbo; aunque la diferencia consiste, creo, en elegir las luces o las sombras.

Hace algunas horas modifiqué mi marcha hacia la esquina, al final del muro, y decidí no voltear más a las sombras y las historias irrecuperables, de no ser para asimilar lecciones, porque en lo sucesivo fijaré la mirada en la alegría de la vida, en los colores de la naturaleza, en la sonrisa, en el amor y en los detalles y principios que elevan. La barda de cantera me habló e insistió: “ve la luz, no las tinieblas, porque la vida es amor, belleza, alegría, sencillez y valores. No seas como quienes interrumpieron sus historias al sentir el arrullo de la muerte. Transita a la eternidad, sigue el camino de la inmortalidad”.