Mujeres de siempre: Lupita Vega Ibarra, una tradición, una historia y una vida de entrega a la Cámara de Comercio de Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Fue la historia de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia*. Cuando nació, el 20 de diciembre de 1928, la institución en la que laboró desde las horas de 1952, apenas tenía 33 años de existencia. Conoció los días y las noches de la agrupación empresarial, sus luces y sombras, su tradición y sus capítulos. Por vivir tanto, llevó consigo los recuerdos del ayer, las imágenes de otros años y rostros con nombres y apellidos cada vez menos presentes en la memoria colectiva.

* Morelia, la antigua Valladolid, es una ciudad que fundaron los españoles el 18 de mayo de 1541. Es capital de Michoacán, estado que se sitúa al centro-occidente de México. La Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia fue creada en 1895 por el empresario alemán Luis Andresen y otros hombres de negocios, y protocolizada en 1896 por Ramón Ramírez Núñez, comerciante, hacendado y prestamista.

Desafiar al tiempo implica un costo, un peso, una carga. La vida es breve, se fuga igual que como llegó, entre un suspiro y otro, en un abrir y cerrar de ojos, y ella, Guadalupe Vega Ibarra -Lupita, como le llamábamos cariñosamente quienes tuvimos oportunidad de conocerla y tratarla-, se atrevió a caminar al lado de los minutos, las horas y los años.

Longeva y sana por naturaleza, “porque no sufro ni una gripe”, también lo fue por herencia, ya que su padre trabajó en la Harinera de Morelia durante 57 años consecutivos, hasta que se jubiló. Ella presumía que nunca presentó incapacidades laborales. Siempre se sintió bien y jamás se ausentó ni por vacaciones. Su vida y su sueño fueron la Cámara de Comercio de Morelia.

Recomendaba una alimentación equilibrada y sana, suficientes horas de sueño, acciones nobles y mucha productividad, Lupita fue la joya de la Cámara de Comercio de Morelia. Se formó como secretaria en la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil, perteneciente a la institución, de la que egresó en 1952 y en la que impartió clases de Mecanografía a las señoritas del segundo curso de Secretariado.

Como anécdota, habría que recordar los días juveniles de Lupita, época en que su cabello era tan largo que llegaba a sus tobillos. Daba atención especial a su cabellera. Un día, las autoridades municipales de Morelia realizaron una obra cerca del templo virreinal de San José y afectó las calles aledañas, como la de Serapio Rendón, donde se encontraba la casa de Lupita. Los vecinos enfrentaron carencia de agua. Una amiga invitó a Lupita a bañarse en su casa, pero la entonces joven estudiante de la Academia, sugirió que solicitara permiso a su madre porque era una señora muy delicada y severa.

Mientas la muchacha intentaba convencer a la madre de Lupita para que le permitiera bañarse en su casa, la mujer vio a su hija con enojo y se concretó a decir que estaba en libertad de elegir la decisión que más le conviniera. Lupita bañó en una pila enorme de piedra y posteriormente, una vez que secó su cabellera con una toalla y la peinó con un cepillo que le prestó su amiga, se retiró a su casa feliz, limpia, sin imaginar que días más tarde, tras la comezón intensa, descubriría que los piojos habían anidado en su cabeza. Con la molestia de su madre, quien atribuyó el contagio a la desobediencia de la muchacha, Lupita, entristecida, acudió al salón de belleza, donde una estilista cortó su enorme cabellera.

Al egresar de la institución educativa, presentó examen junto con otras dos jóvenes para ser contratada como secretaria de la Cámara de Comercio de Morelia. En aquellos días, tanto la Academia como la Cámara se encontraban en una finca de la calle Ignacio Zaragoza 148, en el centro histórico de la ciudad, donde los empresarios pagaban renta que cada día parecía más onerosa.

Como antecedente, hay que señalar que la secretaria que entonces laboraba en la institución, pronto contraería matrimonio. Mandaba a Lupita al mercado “Revolución”, en el antiguo barrio de San Juan de los Mexicanos, con el propósito de que le comprara algunos artículos para preparar la comida en su casa. Descubrió en la muchacha bastante talento, motivo por el que le confió que pronto se retiraría de la vida laboral para dedicarse a su hogar. Preguntó a la joven si le interesaría laborar como secretaria del presidente de la asociación, Francisco Páramo Castro, quien era propietario de una tienda de pinturas establecida en las calles de Valladolid y Morelos Sur, en el centro moreliano. Sin meditarlo tanto, Guadalupe Vega Ibarra pensó que se trataba de una responsabilidad enorme, pero aceptó con la alegría e ilusión juvenil.

De las tres aspirantes que se presentaron al examen, Lupita, Guadalupe Vega Ibarra, obtuvo la calificación más alta y fue contratada, acaso sin sospechar que a partir de entonces los días de su existencia estarían totalmente ligados a la Cámara de Comercio de Morelia. Se presentaba diariamente a las siete de la mañana y se retiraba a las nueve de la noche. En ocasiones trabajaba los sábados.

Armando García Sánchez, presidente en tres ocasiones de la Cámara de Comercio de Morelia, en los períodos 1948-1949, 1956 y 1961-1962, comentó alguna vez a Lupita que la renta mensual que pagaban por la finca era excesiva, motivo por el que requerían una casa propia. Era necesario, en consecuencia, conseguir dinero por medio de las cuotas que pagaban los socios. Lupita entendió el mensaje y se comprometió a multiplicar esfuerzos con la finalidad de captar mayor cantidad de recursos económicos. Y así lo hizo, salió a las calles un día y otro, donde visitó establecimientos comerciales para afiliarlos a cambio de los servicios que ofrecía la agrupación.

Un día, sin esperarlo, un comerciante anunció a Lupita que tenía en venta una finca antigua, cuyo precio era de 80 mil pesos. Anunció la oferta al presidente de la Cámara, Luis Torres Villicaña, quien tras analizar el precio con los consejeros, tomó la decisión de hablar con el propietario de la casona para negociar la compra-venta. Durante la negociación, ambas partes acordaron el precio del inmueble por 80 mil pesos a plazos.

En reunión de consejo, Luis Torres Villicaña y su equipo de consejeros establecieron el compromiso de adquirir la casa por la cantidad pactada, en abonos, más la aportación de 20 mil pesos que se destinarían a trabajos de restauración. Todos se dedicaron a conseguir recursos económicos para cumplir el compromiso, incluida Lupita Vega Ibarra, quien desde muy temprano salía en busca de socios.

Durante las siguientes gestiones, continuó la tarea de conseguir recursos para sostener los gastos de la Cámara, pagar el inmueble y concluir su restauración, al grado que en consejo se aprobó la elaboración de una circular a todos los socios, en el sentido de solicitar a cada uno la adquisición de bonos que se tomarían como préstamos. Obviamente, fue la fórmula para apresurar los pagos de la casa que se localiza en 20 de Noviembre 55, en el centro histórico de Morelia.

Años más tarde, en otros días que Lupita evocaba con nostalgia, un comerciante llegó a las oficinas de la Cámara con la idea de ofrecer en venta un terreno con una casa en ruinas, que poseía en la calle Quintana Roo, frente al templo de La Soterraña, oferta que de inmediato informó la mujer al consejo directivo que entonces estaba interesado en conseguir una propiedad para construir la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil.

Lupita Vega Ibarra, quien nació en la calle Serapio Rendón, en casa de su abuela materna, y desde hacía décadas moraba en la calle Estaño, en la colonia Industrial, en el antiguo Barrio de Santa María de los Urdiales y el añejo Paseo de las Lechugas, fue pieza fundamental no solamente en la adquisición de las dos fincas que hoy son propiedad de la Cámara de Comercio de Morelia, sino en los pagos puntuales.

Perteneciente a la generación que inició sus estudios de secretariado en 1948, en la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil, Lupita fue amiga, entre otras jóvenes, de María del Carmen Hinojosa González, quien sería madre del otrora presidente de la República Mexicana, Felipe Calderón Hinojosa.

Durante mucho tiempo, transcribió los informes de los secretarios a los libros de actas, tramitó licencias municipales en el Ayuntamiento de Morelia, visitó diariamente a los comerciantes y prestadores de servicios, recuperó cuotas de filiación en gran cantidad y efectuó una diversidad de trámites en diferentes dependencias públicas e instituciones.

Cuando la directiva adquirió el inmueble para instalar la Cámara y la Academia, en su sede actual, el presidente de la misma, Luis Torres Villicaña, dijo a Lupita: “necesitamos dinero para pagar la casa. Usted sabe cómo le hace para conseguirlo…” Y cumplió la encomienda como lo hizo, más tarde, con la compra de la casa en ruinas de la calle Quintana Roo, donde fue establecida la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil.

Moreliana por nacimiento y tradición, despertaba a las seis de la mañana, barría la calle, desayunaba y se preparaba para llegar puntual, como cada día, a su empleo; dormía entre nueve y media y diez de la noche. La mujer que durante los minutos de su infancia jugó en los campos del Molino Santa Lucía, en la colonia Industrial, y ganaba las competencias de carreras de una esquina a otra y brincaba la cuerda, se entregó años después, con la misma pasión, a la Cámara de Comercio de Morelia.

Ese es el secreto, parece, entregarse con autenticidad y pasión a algo, desarrollarse plenamente, dar lo mejor de sí, creer en algo, soñarlo y materializarlo. Y Lupita lo hizo, hasta fundirse, en cierto sentido, con la esencia de la Cámara de Comercio de Morelia, una de las más antiguas de su género en México.

A través de los años, Guadalupe Vega Ibarra fue, además, custodio de los muebles y documentos de la institución. Impidió, en diversas ocasiones, que algunas personas se llevaran las sillas, la mesa, el archivero, el perchero con su espejo y otros muebles, todos antiguos, como se opuso, en la última década del siglo pasado, a las actitudes de un director de la agrupación camaral, quien con apoyo de sus alumnos, extrajo cajas con papeles y libros de actas añejos que tiraron a la basura, con lo que eliminaron irresponsablemente la historia de la institución; sin embargo, lamentaba desconocer el paradero de las fotografías de antaño, las máquinas de escribir L.C. Smith y cajas y sumadoras del ayer, como también le lastimaban las modificaciones estructurales de la casona, “totalmente fuera de contexto”, aseguraba con molestia y de frente. “como el piso del patio principal que sustituyó los mosaicos tan hermosos. Ese piso verde es un adefesio, un insulto al edificio y a lo que representa la institución”.

Cuando escribí el libro “123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia”, entre 2017 y 2018, vivió, al menos, dos momentos emotivos que la conectaron con los otros días, los de ayer: la visita de Javier Esparza Rodríguez, zacatecano, también nacido en 1928, quien fue su jefe entre 1962 y 1963. Una de las empleadas de la Cámara, ofreció té al otrora presidente, quien minutos más tarde, para su sorpresa, recibió la taza y el pequeño plato por parte de Lupita. Ambos comprobaron que la vida es un engranaje incesante que determinado día, en cierto lugar y hora, puede reunir a los protagonistas de los otros años. El otro capítulo emotivo para Lupita fue cuando salí con ella, como escritor, periodista y amigo suyo, a la finca marcada con el número 148 en la calle Ignacio Zaragoza, en el centro histórico de Morelia, antigua sede de la Cámara de Comercio y de la Academia. Alguien permitió amablemente nuestro paso y Lupita, profundamente emocionada, suspiró y exclamó que habían transcurrido por lo menos seis décadas, 60 años, desde la última vez que ingresó a la finca.

Entendió, porque así lo confirmó, que aquella visita al inmueble que albergó sus amadas y entrañables Academia y Cámara, era un regalo de la vida, como lo fue, igualmente, el encuentro con su antiguo jefe, Javier Esparza Rodríguez, a quien calificó como hombre afable, justo, productivo y honesto.

Miró un rincón y otro, como si pretendiera atrapar los ecos del ayer, los murmullos de antaño, aquellas pláticas y risas de las jóvenes que estudiaban Secretariado y se enamoraban y soñaban y ensayaban el juego de la vida, las voces de los muchachos que cursaban Contaduría y compartían aventuras, espacios, momentos; pero también las cátedras de los profesores, el paso del tiempo, las reuniones de los hombres de negocios, las juntas semanales que entonces realizaban los directivos camarales. Encontró, a su paso lento, pedazos de historia, un ayer roto, testimonios rotos de su vida.

La mujer caminaba por los espacios públicos y las callejuelas del centro histórico de Morelia, como desafiando al tiempo, con su carpeta con documentos de filiación y su blusa que presumía el nombre de la institución a la que perteneció desde hacía casi siete décadas y el suyo, Guadalupe Vega Ibarra.

Era un ser humano fuerte e inagotable. Hace algunos años apenas -oh, ¿qué es el tiempo si no la sucesión de acontecimientos? ¿Acaso es recolección de sentimientos, ideas y actos, o es, quizá, la acumulación de momentos, realidades, sueños e historias? ¿Qué es? ¿Es sueño, es vida, es ilusión?-, Lupita fue atropellada en dos ocasiones y resultó con las heridas consecuentes y, asombroso, sin fracturas, al grado de que el médico que la atendió le preguntó, en broma, de qué estaba hecha, y ella, como era, respondió: “igual que usted, doctor, de carne y hueso; pero con muchos deseos de vivir”.

Un final

La trama de la vida está formada de compases, momentos, colores y susurros que la enriquecen, la hacen diferente o la empobrecen y convierten en notas discordantes. La biografía de un ser humano inicia un día y concluye otro. A una hora sube el telón y a otra, casi siempre insospechada, desciende al mismo tiempo que los reflectores se apagan.

Lupita Vega Ibarra llegó ese día a laborar, a la oficina que la añora y exhala su aroma, el viernes 14 de diciembre de 2018. Cobró su sueldo por honorarios y recibió una compensación extraordinaria por las fiestas decembrinas y de fin de año y abrazó a todos sus compañeros, deseándoles una Navidad feliz y el inicio de 2019 con alegría, salud y prosperidad.

Se despidió como si algo, en su interior, le indicara que no retornaría más a su Cámara de Comercio tan amada. Y así fue. Por su edad, el entonces presidente de la institución, Luis Navarro García, dialogó con su hermano y otros miembros de su familia con la idea de concluir la relación laboral con una mujer que ha quedado en la historia de la agrupación. Quedan inscritos el aroma y los recuerdos de Lupita en los paredones de cantera, en los recintos, en los dos patios, en memoria de quien entregó los días de su existencia a una institución que algo tiene de encanto.

Luis Navarro García es un hombre justo y honesto. Comprendió, entonces, que Lupita, a sus 90 años de edad, se exponía al salir cotidianamente a la calle en busca de agremiados y socios, y que era conveniente, por lo mismo, ofrecerle condiciones para su retiro digno. Años antes, ella obtuvo su jubilación. Laboraba por honorarios.

Y se fue y mantuvo consigo el recuerdo de la Cámara de Comercio de Morelia, su mundo, su vida, su ilusión, su historia, su aliento. Y llegó el día de su transición, la hora de abordar el furgón en una estación para dirigirse a otro plano, a su destino.

La tarde del lunes 20 de julio de 2020, ella, Lupita, Guadalupe Vega Ibarra, casi de 92 años de edad, dio el último suspiro y así, con su estilo y su biografía, dejó su ejemplo y remembranza en la Cámara de Comercio de Morelia, cuyos paredones y corredores de cantera indudablemente exhalan su fragancia y la proyectan, dentro y fuera de la institución, como una mujer de siempre. ¿Qué somos? ¿Realidad, sueño, ilusión? ¿Esencia?, ¿arcilla? Tal es la vida.

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Sanitarios con rostro de ancianidad e historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Eran días en los que ellos, los arrieros, irrumpían la tranquilidad de las callejuelas del centro moreliano, gritaban improperios a las recuas de mulas y salpicaban lodo a hombres y mujeres infortunados que atravesaban a su paso, quizá por la urgencia de llegar con su cargamento a los almacenes y tendejones de la ciudad, tal vez por el agotamiento y la urgencia de comer y descansar, en plena coexistencia con los otros, los carboneros, que con las manos y los rostros cubiertos de tizne, atendían a sus clientes, a los marchantes que acudían cotidianamente al mercado de San Agustín, donde alfareros, afiladores, aguadores, verduleros y merolicos intentaban llamar la atención de los compradores.

Discurrían, entonces, las horas de 1939, cuando Carmelita, Carmen Pulido Cortés, decidió comprar los primeros sanitarios que se fundaron durante 1910 en la ciudad de Morelia, capital del estado mexicano de Michoacán, entre la arquería de cantera iniciada el 5 de mayo de 1885 y concluida igual, el mismo día y mes de 1888, y el ex convento y templo coloniales de San Agustín.

Una vez que obtuvo el título de posesión de los sanitarios públicos por parte de la antigua propietaria, una mujer de nombre Ángeles, Carmelita se convirtió, sin sospecharlo, en uno de los personajes populares de la ciudad, ya que allí acudía toda la gente que asistía al mercado de comida, como le llamaban, de San Agustín.

Antaño, en 1910, entre el ocaso del Porfiriato y la aurora del estallido social de México, los baños con letrinas de madera fueron visitados por hombres y mujeres que coexistieron en una ciudad con casonas, ex conventos y templos coloniales de cantera, callejuelas apacibles y plazas públicas con fuentes y jardines románticos; aunque también por revolucionarios, federales y gente que experimentó miedo y percibió el aroma de la pólvora.

Con 70 años de edad, Gustavo Ortuño Pulido, el hijo de doña Carmelita, recuerda que su madre era una mujer piadosa, muy querida por los habitantes de Morelia, porque destinaba parte de las utilidades de los sanitarios públicos -los únicos en la ciudad- a aliviar las necesidades de la gente, hombres y mujeres de todas edades, con hambre, carencias y enfermedades.

Abogado de profesión, pero dedicado a atender los sanitarios públicos que heredó de sus abuelos y sus padres, Gustavo relata que antiguamente, en la cerrada de San Agustín, se instalaban las “polleras”, sí, “las cocineras que preparaban las auténticas enchiladas morelianas con pollo y verdura. Colocaban mesas largas en medio de la cerrada y allí cenaba la gente”.

Recuerda que con las polleras cenaron personajes como Pedro Infante, el Ratón Macías, Paco Malgesto, Fernando Casanova y Antonio Aguilar, entre otros, quienes acudieron a los sanitarios públicos, igual que tanta gente anónima, porque eso enseñan los baños, que todos los seres humanos, por acaudalados, célebres, poderosos, intelectuales o bellos físicamente, son frágiles y pasajeros, con las mismas necesidades naturales de la humanidad. Nadie es semidiós, y eso lo sabe muy bien Gustavo.

Al abrir los expedientes empolvados del ayer, Gustavo, el hijo de Carmelita, recuerda que se involucró en el trabajo de los sanitarios públicos a los ocho años de edad, cuando su padre lo despertaba a las cinco de la mañana, junto con sus hermanos Eva, Margarita, Simón y Héctor, “pues los comerciantes y campesinos que llegaban temprano al mercado de San Agustín, necesitaban utilizar los baños”.

Nacido en 1946, Gustavo mezcló los juegos e ilusiones infantiles con las obligaciones escolares, domésticas y laborales en aquel ambiente de mercado, cuando diversas familias moraban en el ex convento agustino de Santa María de Gracia, del siglo XVI, la segunda finca conventual más antigua de la otrora Valladolid, según algunos especialistas e investigadores, donde por cierto “se erigía la tienda de don Elpidio y alrededor había talleres y negocios de oficios” hoy casi extintos.

Hay que recordar que en 1874, tras la expulsión de los agustinos, el antiguo convento fue adquirido por comerciantes, quienes menos de un par de meses más tarde, cedieron los derechos a abogados de apellidos Cervantes y Torres, que usufructuaron la finca como vecindad.

El atrio que durante minutos coloniales fue cementerio y posteriormente mercado de verduras, carbón, madera, destiladoras de piedra, alfarería, carne y otros productos, cuyo nombre oficial en la actualidad es Ignacio Comonfort, contribuyó a acreditar los únicos sanitarios públicos de Morelia, explica el hijo de doña Carmelita, quien al hojear las páginas amarillentas y quebradizas de la historia, narra que todos eran una familia, por así definir a los moradores de las celdas conventuales y a los comerciantes y clientes.

Orgulloso de los baños públicos que carecen de razón social, pero resguardan incontables historias, Gustavo lo conduce a uno, igual que lo haría un guía en un museo, y presume el mobiliario de madera, original, antiguamente verde y ahora amarillo, que exhala los suspiros de los otros días, los de hace más de una centuria, con la taquilla custodiada por herraje y cristal, las puertas originales, el aljibe cilíndrico que parte del suelo y casi alcanza las vigas del techo, los tablones adheridos a la pared para evitar el paso de la humedad y los cuatro ganchos en los que los clientes colgaban abrigos, bombines, sombrillas, bolsas y sombreros antes de entrar a los sanitarios, cuyas letrinas fueron sustituidas por tazas de porcelana.

Alineados a la caja que conecta a un pasillo con escaleras que conducen a la parte superior de la casa, donde moraba la familia Ortuño Pulido, se encuentran cuatro puertas, dos con figuras femeninas adheridas en un tablón y otro par con imágenes masculinas, precisamente para diferenciar los baños de hombres y mujeres. Pertenecen, como los ganchos y la mayor parte de los elementos del recinto, al pasado, al destierro del tiempo, a las horas consumidas ante la caminata de las manecillas. Una de las figuras es una bailarina y la otra, en tanto, una dama con vestuario de hace una centuria; las dos de los hombres son, igualmente, personajes dignos de una época ya consumida por el soplo del tiempo que aquí, en el mundo, es transformador de todas las cosas.

El hombre muestra, en la parte superior de la caja, una placa metálica que marca el negocio 00059 y contiene datos del Banco Rural con las palabras “Michoacán única”; también cuelga, próxima, la lámina que la Secretaría de Hacienda y Crédito Público expidió al negocio en 1950, con el número 309.

Don Gustavo, como le llama la gente, sabe que los sanitarios que le heredaron sus padres son reliquias, fragmentos de museo; sin embargo, lamenta que el Instituto Nacional de Antropología e Historia ni siquiera contemple ese patrimonio y que las autoridades municipales, encabezadas por el alcalde Alfonso Martínez Alcázar, carezcan de sentido común y sensibilidad social, al grado de no apoyar un negocio que ya cuenta, en 2016, con 106 años de antigüedad, y sí, en cambio, construir en la arquería de siglo XIX sanitarios públicos, fuera de contexto, que representan competencia desleal a un negocio con tradición, donde incluso se mantiene estricto cuidado en el ingreso de los clientes para mantener orden, respeto y seguridad. Negocio, es cierto, con 106 años de antigüedad que se desmorona ante el olvido de las autoridades, reconoce Gustavo, el abogado de los sanitarios públicos de San Agustín.

Este artículo fue publicado inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán

Comentario adicional. Cabe destacar que durante los últimos meses y de acuerdo con testimonios que posee don Gustavo, las autoridades municipales construyeron un aljibe muy profundo en lo que fue el atrio de San Agustín, entre ambas arquerías de postrimerías del siglo XIX, ya desprovisto de árboles, con la idea de abastecer de agua a los baños públicos que insertaron en la arquitectura histórica, totalmente fuera de contexto.

Habrá que imaginar el presupuesto millonario que el Ayuntamiento de Morelia destinó para construir baños públicos frente a un negocio del mismo giro, con más de una centuria de operar y que diariamente cierra muy tarde por la comida típica que se expende en los arcos y los bares que existen en el rumbo.

La administración municipal, desprovista de inteligencia y sensibilidad social, asegura por una parte que tiene interés en fortalecer el empleo, y por otro lado emprende acciones para perjudicar a quienes diariamente contribuyen con sus impuestos a mantener el aparato burocrático tan enorme y torpe, igual que una damisela que en una mano porta un ramo de flores y en la otra un látigo.

Paralelamente, las autoridades del Instituto Nacional de Antropología e Historia, más especializados en cuestiones sindicales y en revisar que los visitantes no utilicen flash al tomar fotografías que en atender el patrimonio de México, ha descuidado sus funciones. Basta con recorrer el centro histórico de Morelia, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco, para corroborar que esa zona de la capital michoacana se ha convertido en hospital y cementerio de ancianas de cantera con antifaces, carentes de autenticidad, donde la balconería y las puertas son contemporáneas, el interior de innumerables fincas se modifica totalmente y otros inmuebles antiguos no son atendidos oportunamente, hasta que se desmoronan. Es un centro histórico que agoniza silenciosamente entre el escándalo de bares, negocios, vehículos y transporte público.

Los sanitarios públicos de don Gustavo, con sus 106 años de antigüedad y su mobiliario original, necesitan restauración porque los días pesan a la madera y la piedra durante su decrepitud. El dueño de los primeros baños de Morelia, pide la intervención de las autoridades municipales para que lo apoyen con las tarifas de agua que le cobran como de uso industrial, y peor aún ante la competencia de baños públicos respaldados por esa administración. Igualmente, a las instancias federales solicita apoyo para la restauración del inmueble que resguarda fielmente reliquias de otra sociedad.

Por lo demás, solamente habría que preguntar a las autoridades correspondientes cómo es posible que nadie se atreva a rescatar el ex convento colonial de San Agustín, ocupado por estudiantes de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. El inmueble sacro, uno de los más antiguos de Morelia, ciudad fundada el 18 de mayo de 1541, se encuentra en ruinas y pronto, como tantas construcciones coloniales, se convertirá en recuerdo.

Alambres que retan a la inteligencia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Todos son actores del paisaje urbano y la vida cotidiana en la Plaza de Armas, en el centro histórico de Morelia, capital del estado mexicano de Michoacán. Unos venden colores efímeros, globos sujetos a hilos que impiden su fuga al cielo, entre nubes también de fugaz existencia; otros, en cambio, lustran zapatos, calzado que conserva el encanto de pisar una multiplicidad de suelos y la magia de transitar rutas insospechadas; algunos, atrapados en disfraces de payasos, con alegría mal maquillada, recurren a bromas para arrancar aplausos, risa y monedas; él, don Memo, comercializa acertijos y retos para la inteligencia.

Sabe, por experiencia diaria, que no es fácil vender códigos para abrir las fronteras del raciocinio, y menos a jóvenes que atrapados en pasatiempos digitales y redes sociales, llegan con desdén a preguntar por alguna de las 40 piezas de alambristería, sí, sólo a mirar, a manipular, para posteriormente retirarse con la idea de que se trata de juegos caducos de hace décadas, cuando sus abuelos eran niños.

Guillermo Romero Chávez, don Memo, insiste a los muchachos que compren alguna de las piezas de alambre porque son para eso, para desarrollar la capacidad intelectual. Cuestan 20 pesos, alrededor de un dólar. Ellos, los estudiantes, bromean y le responden que les parecen complicados los mecanismos de alambre y las soluciones, y que si se esfuerzan en liberar una pieza de otra, en resolver el reto intelectual que plantea cada juego, seguramente se “secarán sus cerebros”.

Lamenta que incontables personas se encuentren inmersas en la enajenación de los programas de televisión y ahora, con mayor fuerza, en las redes sociales, en los juegos digitales que son antítesis del ejercicio de la inteligencia.

Recuerda que hace media centuria, cuando era niño, su padre y su abuelo, también alambristas que operaban en las calles de la Ciudad de México, le enseñaron las técnicas para fabricar rompecabezas de alambre, y él ayudaba en el taller y conocía los trucos para resolver las dificultades y los retos intelectuales que imponía cada juego. Así aprendió a enfrentar paradigmas, asegura.

Un día, como en todo, cayó el telón y ellos, su padre y su abuelo, murieron un día y otro, cuando él ya trabajaba, por sus conocimientos en plomería, en una dependencia federal relacionada con Obras Públicas, en la Ciudad de México.

Tras varios años de permanecer cerrado el taller de su padre y su abuelo, su madre, originaria del municipio michoacano de Villa Jiménez, le propuso revisar la herramienta que se encontraba allí, la cual seguramente le sería de utilidad.

Don Memo relata que un día llegó al taller de la casa solariega, donde revivió cada momento al lado de su padre y su abuelo, y se miró niño, como si se encontrara frente a un espejo, porque después de todo eso son los recuerdos, ecos y fragmentos del ayer que se repiten cuando uno, nostálgico, los rememora.

No revisó la herramienta guardada en el taller, pero sí se dedicó dos ocasiones a retirar los escombros cotidianos de su memoria para descubrir al niño feliz que ayudaba al padre y al abuelo en la elaboración de juegos de alambre, en rompecabezas mentales, y reencontrarse así con la criatura sonriente, feliz y satisfecha de antaño cada vez que lograba descubrir o aplicar la solución.

Tomó un alambre y diseñó un juego en forma de corazón que llevó a su esposa. Discurrían, entonces, los días de 1987, año en que decidió aceptar la liquidación económica en la dependencia federal en la que laboraba y mudarse a Morelia, ciudad fundada el 18 de mayo de 1541, donde salió al encuentro puntual de su destino.

Cuenta con el registro intelectual de sus 40 juegos de alambre, 20 de solución fácil y 20 complejos; además, desde 2003 es comerciante tolerado por las autoridades municipales por ser artesano y el único en Michoacán que fabrica juguetes y rompecabezas a través de la técnica de alambristería.

Su oficio, el de alambrista, le ha enseñado, según reconoce, que todo problema, por complejo que parezca, tiene solución. “Nunca hay que darse por vencido. A veces, la gente no tiene paciencia o se da por vencida fácilmente; sin embargo, como en los juegos de alambristería, siempre es posible encontrar una solución. Muchas ocasiones, los mismos problemas indican el camino para resolverlos”, reflexiona.

Mientras elabora sus juegos de alambre, don Memo abre los archivos de su memoria para referir que hace años, en las calles de Morelia, un profesor solía comprarle diversas piezas cada año, las cuales entregaba a sus alumnos con la intención de observar y detectar a los que se daban por vencidos de aquellos que hasta le pedían su consentimiento para llevar la pieza a casa para buscar la solución. Así, el maestro sabía que los estudiantes que se aplicaban en resolver el juego, eran capaces de enfrentar problemas y retos, mientras los otros, quienes se daban por vencidos, necesitaban mayor apoyo y orientación.

Y si alguna vez, en Morelia, una mujer llevó a su nieta con la finalidad de comprarle algunos juegos de alambristería y narrar que décadas antes había hecho lo mismo con su hija, en Quiroga, donde solía establecerse determinados días de la semana, un hombre mayor de 70 años detuvo su auto de modelo antiguo, bien conservado, con el propósito de maravillarse y adquirir las piezas que lo trasladaron a los muchos años del ayer, cuando era joven estudiante.

Don Memo recomienda ejercitar la mente. Una madrugada, mientras dormía, llegó a él la idea, la fórmula para elaborar el foco de alambre que tanto le pidió su hijo pequeño, y desde entonces incluyó el modelo a su muestrario, junto con otros que ha incorporado, igual que la experiencia y los consejos que imparte a quienes se dan por vencidos antes de intentar solucionar el reto que impone cada pieza. “Los juegos de alambristería enseñan a que uno debe insistir, utilizar la razón, hasta descubrir la solución y vencer una dificultad, un problema”, recomienda mientras los tañidos de la catedral barroca, construida en el siglo XVIII, anuncian el paso de otra hora.

Entrevista publicada inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán

Callejón del Romance, rincón para enamorados y turistas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tomados de las manos, mientras el concierto vespertino de los pájaros escapa de las buganvilias y enredaderas que trepan y descuelgan de los muros de cantera, los enamorados contemplan los espacios románticos, los rincones cautivantes, y miran sus siluetas retratadas en algunas baldosas donde quedó estancada el agua que acaso, durante la mañana lluviosa, escurrió de los balcones, como algo fugaz, propio de los caminantes.

Horas efímeras las del paseo por el Callejón del Romance, en el centro de Morelia, que resulta un capítulo inolvidable porque allí, entre casas que despiden la fragancia del tiempo y la historia, quizá ellos, los enamorados, se juran amor eterno.

Tal vez atrapados en el embelesamiento del lugar o quizá mecidos en el columpio de sus sentimientos, coinciden con los otros, los turistas, quienes al revisar los expedientes de Morelia, recuerdan que antiguamente, en el ocaso del siglo XIX, la pintoresca callejuela que recorren fue conocida como Callejón de la Bolsa.

Era, en aquellos días porfirianos, un rincón próximo a la garita, a la entrada de la ciudad de Morelia, la capital del estado de Michoacán, en la que se encontraba, por cierto, el sitio de donde partía el tranvía que pasaba por las mansiones céntricas y llegaba hasta el cementerio.

Por cierto, en la garita todavía existen restos de los antiguos orificios donde los otros, los centinelas de la ciudad, colocaban trancas a determinada hora de la noche con la intención de resguardar la seguridad de los moradores. Cualquier forastero que intentara ingresar al caserío, era interrogado. Otros tiempos, en verdad.

El entonces Callejón de la Bolsa, totalmente estrecho y carente de empedrado, era paso de arrieros y hombres de la campiña que comercializaban carbón, leña, animales, leche y verduras, entre otros productos. Hay que recordar que muy próximo a ese sitio, convertido actualmente en atractivo turístico, se encuentra el antiguo barrio de San Juan de los Mexicanos.

La estrecha callejuela de tierra conducía al viejo rastro y a los mesones, donde arrieros y viajeros pernoctaban y contaban con espacio para asegurar sus animales como asnos, burros y caballos.

Relata la tradición que al inicio del Callejón de la Bolsa, que más tarde fue conocido popularmente como del Socialismo, existía una finca que era la única del pasaje que contaba con agua y electricidad, donde estaba instalada una fábrica de jabones.

Consta en las referencias que las casas del callejón eran de adobe y tejados, con pisos de tierra, donde moraban las familias de los trabajadores de la fábrica de jabones, hasta que un día el establecimiento industrial concluyó actividades y las propiedades quedaron abandonadas; no obstante, en el discurrir de la vigésima centuria, el Gobierno Federal las expropió y rentó a diversas familias, quienes finalmente las adquirieron.

Fue en los minutos de la inolvidable e irrepetible década de los 60, exactamente en 1965, cuando el sitio registró una remodelación sustancial al colocar cantera a las fachadas de los inmuebles y baldosas en el piso, instalar faroles y construir fuentes y otros elementos arquitectónicos.

A partir de entonces, las autoridades le asignaron el nombre oficial de Callejón del Romance. El camino pintoresco hace alusión a los versos “Romance a mi ciudad”, compuestos por Lucas Ortiz Benítez, los cuales están inscritos en los muros de las moradas.

La fuente, próxima a unos escalones de piedra, refleja los trazos de las casas con rostros de cantera, mientras las otras, las que se encuentran empotradas en los muros aledaños, presumen sus conchas y los peces, también de piedra, que expulsan agua. El murmullo de las fuentes arrulla y embelesa a hombres y mujeres que deciden dedicar algunos instantes de sus existencias a la caminata por el Callejón del Romance.

Y si 19 construcciones del antiguo Callejón de la Bolsa figuran en el Catálogo de Monumentos Históricos de Morelia, seguramente ellos, los enamorados y los turistas, lo reconocen como del Romance y sienten a cada paso el pulso de una tarde mágica y encantadora dentro de una ciudad fundada en 1541 y que en la hora contemporánea coexiste entre las cosas de antaño y la modernidad.

¿Evaden su participación en el quebranto de negocios o no saben hacer operaciones aritméticas?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Siempre he pensado que los gobiernos con barniz endeble de democracia y tendencias autoritarias, como el mexicano, necesitan grupos opositores que les hagan contrapeso; de lo contrario, en su afán de controlar a todos los sectores de la sociedad para mantenerse en el poder, son capaces de reprimir y cometer atrocidades.

La mexicana es una democracia entre comillas, con un esmalte tan artificial y débil que las diferencias entre los grupos adversos de poder se solucionan con represión o por medio de negociaciones oscuras. El diálogo, que sería la expresión más inteligente para dirimir problemas, no siempre es la opción ante la corrupción, los intereses ajenos a los de las mayorías y la incapacidad de las autoridades para atender las demandas colectivas, algunas lícitas y otras, al contrario, injustificables.

Así, en los escenarios callejeros lo mismo aparecen actores que, entre otras acciones, exigen la destitución de algún funcionario prepotente y corrupto o de un profesor abusivo e inepto, denuncian la tala clandestina de bosques y el saqueo de recursos naturales o minerales, se oponen a alguna reforma o medida gubernamental, ofensivamente solicitan respeto a los animales en pliegos que contienen más derechos que obligaciones, rechazan la instalación de una cantina en su colonia, reclaman obras y servicios en asentamientos irregulares, pugnan por la legalización de los terrenos que robaron como “paracaidistas”, recuerdan actos represivos como los de octubre de 1968 y junio de 1971 en los que ni siquiera habían nacido, desean ser aceptados como estudiantes de Medicina aunque hayan reprobado, pelean por el control de las rutas de transporte colectivo, marchan por la paz y participan en toda clase de manifestaciones y plantones.

Desde luego, las autoridades y los políticos, inmersos en sus intereses personales y de grupo, suelen reaccionar lentamente ante tales expresiones sociales, al grado que sus evasivas e irresponsabilidad provocan que los problemas y el descontento se generalicen. En lo que solicitan permiso a sus superiores y deciden la estrategia gubernamental que seguirán, favorecen los conflictos callejeros que duran horas en perjuicio de quienes verdaderamente estudian, trabajan e invierten. Finalmente, tras horas o días de manifestaciones que perjudican a la sociedad, los funcionarios públicos anuncian que se reunirán con una comitiva al siguiente día. En esas prácticas se han especializado gobiernos como el de Michoacán.

No pocos de tales movimientos sociales, son ficticios y manipulados por líderes corruptos e incluso por funcionarios públicos y políticos que presionan a otros grupos para obtener prebendas. Así, las luchas sociales legítimas se mezclan y confunden con las que pretenden obtener beneficios más allá de la honestidad, el orden y las leyes.

En el caso de los maestros disidentes, los que pertenecen a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, representan un sector que por sus dimensiones, capacidad de movilización e influencia todavía en determinados lugares de México, pueden contrarrestar, en parte, los abusos y medidas unilaterales de las autoridades y los políticos, pero también empecinarse en caprichos, intereses particulares y necesidades que generan atraso, descontento y problemas.

Si bien es cierto que muchos no compartimos sus ideales ni su estilo de vida, como tampoco sus prácticas para manifestarse porque después de todo, tras el circo que protagonizan y las molestias que causan a millones de ciudadanos, junto al deterioro de la educación en prejuicio de las actuales generaciones de niños y adolescentes, finalmente son manipulados por líderes que se benefician con las canonjías que les ofrecen los señores del poder.

Independientemente de que el magisterio tenga o no razón en sus planteamientos y demandas, es innegable que México y específicamente el estado de Michoacán, enfrentan un grave y preocupante rezago educativo, mientras los menores y sus padres atestiguan cotidianamente la bajeza con que se conducen los maestros y el desorden, caos y problemas que provocan.

Han perdido el respeto a sus alumnos, a la sociedad, a ti, a mí. Atentaron alguna vez contra un portón histórico del Palacio de Gobierno de Michoacán e impiden el libre tránsito de los morelianos, ofenden y agreden a quienes se atreven a reclamar sus actos de barbarie, se apropian de los espacios de la gente y de su tiempo -fragmentos de vida-, generan pérdida de dinero y que la ciudadanía no acuda puntualmente a los centros laborales, instituciones educativas, consultas médicas, análisis y pruebas de laboratorio, trámites hacendarios y bancarios e innumerables asuntos y compromisos.

Desde hace tiempo, tales maestros, porque también hay buenos, dejaron de ser los personajes admirados, ejemplares y queridos de colonias, comunidades y pueblos por sus actitudes de semidioses -sí, como las de los médicos-, la incongruencia entre lo que enseñan y sus conductas, el incumplimiento de su responsabilidad, el abandono de las aulas y sus resultados tan mediocres en la enseñanza, obviamente en un entorno de descomposición social y en el que innumerables padres de familia se encuentran inmersos en preocupaciones o presiones o se sienten más atraídos por las superficialidades que por la educación y formación integral de sus hijos.

Evidentemente, la crítica no contempla a los maestros que cumplen responsablemente el compromiso de formar a las nuevas generaciones, que afortunadamente todavía existen en todos los ámbitos. En cada grupo, el de los institucionales y el de los democráticos, e incluso en los colegios particulares, hay profesores buenos y malos.

La lucha magisterial presenta claroscuros y en algunos temas quizá podrían convencer a la sociedad; sin embargo, los abusos y las prebendas que obtienen sus líderes, la manipulación del gremio y el daño que causan a los menores, a la educación y a la sociedad, los reprueba totalmente. Se han ganado el rechazo colectivo.

Hace días, al leer las declaraciones del dirigente de la Sección XVIII de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación en Michoacán -la llamada CNTE para quienes acostumbran hablar y leer con siglas-, Juan José Ortega Madrigal, llamó mi atención que evadiera la responsabilidad de su gremio y criticara los argumentos del presidente de la agrupación de Comerciantes y Vecinos del Centro Histórico de Morelia (Covechi), Alfonso Guerrero Guadarrama, en el sentido de que el exceso de marchas, bloqueos y manifestaciones por parte del magisterio y otros grupos ha contribuido, en gran medida, a propiciar el quebranto y cierre de no pocos establecimientos comerciales y de servicios en esa zona de la capital del estado.

Al parecer, el líder magisterial se sintió atacado y de inmediato protestó e incluso negó que su sector sea responsable del cierre de negocios en el centro histórico de Morelia. Consideró que tales señalamientos se orientan a la creación de una corriente de opinión con la finalidad de que el día que los profesores democráticos sean reprimidos por las fuerzas gubernamentales, la población lo celebre.

Descalificó las declaraciones e información de Guerrero Guadarrama, líder de los comerciantes del centro histórico de Morelia, las cuales calificó como falsas, y exhortó a ese sector empresarial a entender que las protestas magisteriales están encaminadas a mejorar la educación pública. Como suele pasar en estos casos, nadie defendió la posición del dirigente de Covechi, acaso porque prevalece desunión y discordia entre las agrupaciones de la iniciativa privada, quizá por temor a las represalias de los profesores democráticos o tal vez para que el tema quedara en el olvido.

Es verdad que la tambaleante economía de Michoacán se debe, entre otras causas, a los pésimos gobiernos estatales desde Lázaro Cárdenas Batel hasta la era de Salvador Jara Guerrero, a la creciente inseguridad que ahuyenta las inversiones productivas, a la crisis que prevalece en el territorio nacional y principalmente en la entidad, a la falta de autoridades honestas y responsables, al exceso de tarifas e impuestos caros versus inexistencia de obras y servicios de calidad, y hasta por el ferrocarril que interrumpe sin recato la productividad de los morelianos; pero los conflictos sociales -entiéndanse manifestaciones, bloqueos, plantones y marchas- repercuten en la aniquilación de los negocios establecidos en zonas como el centro histórico de Morelia, donde la gente cada día se traslada menos para evitar congestionamientos vehiculares y conflictos. Esto significa, en consecuencia, que los ingresos de las empresas del centro disminuyen considerablemente.

Los turistas interesados en recorrer destinos de origen colonial, en tanto, descartan Morelia de sus opciones de viaje y eligen, en cambio, Guanajuato, Querétaro y Puebla, entre otras ciudades, restando así ingresos económicos a hoteles, restaurantes, bares y establecimientos en general.

Al disminuir el número de consumidores y turistas en el centro histórico de Morelia, lógicamente los establecimientos comerciales y de servicios lo resienten en sus ingresos económicos. Las empresas deben pagar nóminas, prestaciones sociales, impuestos, profesionistas que lleven sus contabilidades, renta y tarifas de agua, energía eléctrica y teléfono, independientemente de que registren óptimas o pésimas ventas.

Cuando se rompe el punto de equilibrio en los negocios, el quebranto es fatal. Al no haber ingresos por ventas, falta liquidez y es imposible pagar sueldos, impuestos, renta, servicios y tarifas. Las empresas dejan de ser redituables, despiden personal y reducen sus gastos, o definitivamente quiebran y cierran por incosteables con el consecuente desempleo que representa un verdadero riesgo para la estabilidad social.

Los profesores que abandonan las aulas para dedicarse a atender asuntos gremiales, participar en marchas y bloquear el paso en avenidas y calles, bancos, centros comerciales y espacios públicos y privados, no miden, por conveniencia o ignorancia, las consecuencias negativas de sus actos para la economía de Morelia, las actividades productivas y el desarrollo de la población. Asistan o no a las aulas, cobran sus sueldos íntegros porque las autoridades estatales son tan débiles y convenencieras, que temen ser agredidas e incluso perder sus cargos.

Habría que repetirle al líder del magisterio democrático que al alterar el orden de la ciudad, la gente evita trasladarse al centro histórico de Morelia a realizar sus compras, decisiones que afectan los ingresos de los establecimientos comerciales y de servicios, desestabilizan la planta laboral y provocan pérdidas materiales y de tiempo; además, proyectan una imagen tan negativa de la ciudad, que los turistas nacionales y extranjeros cancelan sus proyectos de viajar a la capital de Michoacán. Por favor, profesores, no hay que hacer el ridículo porque si niegan una realidad tan clara, estimularán a los ciudadanos a pensar que ni siquiera tienen capacidad de hacer operaciones aritméticas en el pizarrón.