Y quien no se atreva…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y quien no se atreva, finalmente, a abrazarse a sí mismo y a la gente que le rodea, se condenará a permanecer roto durante el resto de su vida. Amar y entregar lo mejor de sí, no significa rebajarse, perder la libertad o humillarse; al contrario, se trata de actos y gestos que denotan la grandeza interior de las personas. Y quien no tome la decisión de quitarse los maquillajes de la superficialidad, el ropaje de las apariencias, el pelaje de la avaricia y de tantos odios, sentimientos negativos y miedos, utilizará muletas y vendajes toda su existencia para desplazarse dentro de su enorme o pequeño infierno. Cada ser humano, en masculino o en femenino, en minúsculas o en mayúsculas, construye sus paraísos y sus infiernos, aquí, en el mundo, como anticipo de lo que anhela dentro de la escala del infinito. Y quien no borre de su rostro los gestos de arrogancia, tristeza, amargura, intolerancia, desdén, resentimiento, desamor, indiferencia y ausencia de sentimientos nobles, dibujará en su semblante lo que realmente es, sin importar su aparente y pasajera belleza física ni su cuantiosa fortuna, y menos su poder. Es legítimo trabajar y reunir una fortuna, mostrar una apariencia agradable e incluso hermosa, y disfrutar los banquetes y los placeres de la vida, evidentemente sin olvidar que solo se trata de estaciones pasajeras y de momentos que se diluyen, porque lo más valioso y permanente es, sin duda, el tesoro que se trae en el interior y que se expresa para bien de uno y de los demás. Y quien no vacíe sus manos de cosas inservibles con el objetivo de dedicarlas al servicio del bien, la verdad y la justicia, cargará liviandades y pesos innecesarios durante la jornada. Y quien no se atreva a amar, a aportar lo mejor de sí al mundo y a las criaturas que coexisten en sus parajes, a retirar la piedra y la enramada del camino para que otros pasen, a hacer el bien, a derrumbar los muros y las fronteras del mal, a enseñar la verdad y a construir puentes de armonía, libertad, desarrollo integral y paz, en algún instante, cuando más lo requiera, se descubrirá atrapado en su propia celda. Cada uno diseña, en consecuencia, el oasis y el paraíso que desea o el desierto y el infierno que le es propio por su nivel evolutivo y su vibración. Uno traza y edifica cielos o infiernos para sus vidas y sus sueños. Y quien no se atreva…

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Despierto de una historia llamada año pasado

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Amanece. Despierto de una historia llamada año pasado. Vengo de realidades y de sueños que, inesperadamente, envejecieron y se desvanecieron o que, a pesar de su longevidad, deambulan en el camino, entre silencios y rumores. Las persianas del año que apenas ayer permanecían abiertas y por las que entraban la luz y las sombras -oh, cuán breve es la vida-, cerraron la posibilidad de saltar por la ventana y entrar. Habría que romper los vidrios. Apenas hay rendijas que permiten asomar a hurtadillas, igual que cuando uno, nostálgico, descubre y remueve las huellas y las remembranzas ocultas en los escombros del pasado. No es recomendable entrar a esas habitaciones clausuradas si no se está preparado. Cualquier neófito enfrenta, al ingresar a tales recintos del ayer, el riesgo de extraviarse en los laberintos intoxicados de penumbra y tristes suspiros. Del ayer, parece, solo hay que recolectar las lecciones, los recuerdos hermosos; pero uno debe continuar su andar por la senda porque hasta la flor más cautivante, de textura fina, policromía mágica y perfume delicioso, se marchita. Es preciso seguir la ruta, a pesar de las ausencias y de las presencias, de la miel y de la amargura, de los pétalos y de las espinas. Durante la caminata, uno descubrirá otras ventanas cerradas y abiertas, con el sello inconfundible de cada año; pero resulta perentorio llegar temprano, ser puntual, en la cita con la vida -la vida terrena y la vida infinita-, antes de que los furgones, en la estación, partan a otros rumbos, a destinos insospechados. Vengo de un tiempo que ahora es, simplemente, ayer, pasado, historia. No conviene permanecer inmóvil en la esquina del tiempo, en las avenidas y en los cruceros del ayer, del hoy y del mañana, porque la vida humana podría sufrir, en cualquier momento, un descalabro. Advierto que la ventana del año que recién inicia, se encuentra abierta e invita a pasar, a disfrutar y a experimentar los encuentros y los desencuentros con la vida, las dulzuras y las amarguras que destila la existencia, los motivos y los destinos que uno elige y que a veces se presentan. Sé que la vida, en mundo, consta de un período, está marcada por una caducidad; en consecuencia, he decidido saltar por el balcón, entrar por el ventanal junto con la luz del amanecer y el resplandor de las estrellas, con la idea de gozar los días y las noches de mi existencia. Desconozco cuántas ventanas quedan reservadas para mí, con cada año marcado; sin embargo, estoy dispuesto a entregarme al oleaje de la vida para sentirla en armonía, con equilibrio, plenamente, y así llegar a otra orilla sublime y paradisíaca, hermosa e infinita. Entro por la ventana del año que, humanamente, ha nacido, con un canasto pletórico de experiencias, dispuesto a hacer de mi biografía una historia maravillosa e inolvidable. Los invito a entrar por la ventana y a salir, conmigo, antes de que llegue la noche y caiga el cortinaje tan pesado.

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Eso es la vida, parece…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Eso es la vida, parece, ciclos que inician y períodos que terminan, amaneceres que alumbran y tardes o anocheceres que cobijan. Son pedazos de tiempo que, una mañana o una noche, al mediodía o en la madrugada, se desvanecen y se llevan trozos de nosotros, con fragmentos de las historias que protagonizamos y que reprimimos, las cargas y las ligerezas que portamos a una hora y a otra, con sus motivos y sus imprevistos, sus rumores y sus silencios, sus razones y sus delirios. Eso es la vida, entiendo, un sueño y una realidad, una cordura y, a la vez, una locura, que suelen vestirse de formalidad o, simplemente, desprovistos de solemnidad. Eso es la vida, creo, un lapso de tiempo, con sus minutos y sus años que no voltean atrás para evitar apegos y romances, afectos y hospedajes extras. Es el tiempo, tan forastero y desarraigado, que se va y no vuelve más. El tiempo que solo queda en los registros que dan constancia de nacimientos, bodas, muertes y otros acontecimientos personales y colectivos. Se le mira en los almanaques, en los documentos que un día envejecen y que el polvo cubre, igual que las lápidas cuando son olvidadas y permanecen en el abandono de los que cierta ocasión derramaron lágrimas y se dieron abrazos de consuelo. Todo pasa. Nada es permanente. La gente, las vivencias, las ilusiones, los sueños y las cosas se extravían en la desmemoria, en el hondo vacío, en la amnesia infausta o ante las ausencias crecientes. Y se consumen los minutos, y se desvanecen las horas, y se desmoronan los días, y los años abandonan y dejan huellas y marcas, y renuncian a permanecer aprisionados. A los días, a los meses y a los años les desagradan los candados, los barrotes y las celdas. Escapan, pero cada momento tiene algo desconocido que deja huellas y marcas de su paso. Eso es la vida, supongo, instantes que se acumulan y se diluyen, oportunidades que abren las puertas y las ventanas o las cierran, alegrías y tristezas, escalones y rutas para trascender o desfiladeros para caer irremediablemente. Y cierta fecha inesperada, el mundo puede cruzar umbrales y destruirse, en consecuencia, su gente, su flora y su fauna, sus cosas inertes, hasta quedar la interrogante, ¿existen, en verdad, el tiempo y la vida, o solamente se trata de pedazos que se reflejan desde el infinito? Por eso, a ti, que me lees, te aconsejo que abandones la habitación oscura donde te refugias con tus ambiciones desmedidas, tus egoísmos, tus superficialidades, tus rencores, tus miedos, tus apetitos insaciables y tus perversidades, y asomes a tu interior conectado a la inmortalidad, salgas a los jardines de la vida y te mezcles en el amor, el bien y la verdad. Eso es la vida, parece, un lenguaje del infinito, una nota del paraíso, una gama de cielo, un ensayo para retornar digno y libre a casa, con sabor a Dios. Vive, ahora que te es posible. Disfruta tu estancia en el mundo, la brevedad de tu paseo, con sus dulzuras. sus sinsabores y sus amarguras, porque otro día, a cualquier hora, concluirá el viaje y renunciarás a lo que creíste tan tuyo y nunca lo fue. Vive en armonía, con equilibrio, pleno y seguro, contigo en tu interior y en tus exterior, con tu familia, con la gente y las criaturas que te rodean. Este año se fuga. No volverá. Experimenta la vida lo mejor que puedas, antes de que sea tarde. Eso es la vida, parece.

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Usted está tan ocupada

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Usted está tan ocupada en ser mujer, que suelo buscarla entre las orquídeas, los tulipanes y las rosas que me despiertan cada mañana al llegar hasta mí sus perfumes, acaso por la delicadeza de sus texturas, quizá por su policromía, tal vez por parecerse tanto a su belleza y a su encanto. a su forma y a su esencia. Usted está tan ocupada en ser dama, que la sé mujer más algo especial, un rasgo que la distingue y marca la diferencia al acercarse y al alejarse, aquí y allá, a una hora y a otra. Usted está tan ocupada en sus sentimientos y en sus virtudes, que me asombra su estilo, esa forma de no perderse entre los hilos de las marionetas, su rostro desprovisto de antifaces y su voz que recurre a los jardines y a los paraísos del lenguaje, cuando ama, o a las rachas de viento y a las olas que tallan los riscos, si se trata de reprender. Usted está tan ocupada, que uno supone, en ocasiones, que sus sentimientos navegan a otras rutas; pero es una dama, la musa de este escritor que le dedica sus mejores letras. Usted está tan ocupada en sus quehaceres, en su encomienda, en sus motivos, que me cautiva y me sorprende encontrarme a su lado, en las páginas de su existencia, en su biografía y en la mía, en nuestra historia. Usted está tan ocupada, que ahora entiendo que no es por otras labores, sino porque me siente en sí y piensa en mí. Usted está tan ocupada.

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Las llaves

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Conservo las llaves que pertenecieron a mi padre y a mi madre. Alguna vez, hace años, decidí guardarlas como se protege algo tan querido. Las llaves de mi padre, lo acompañaron cotidianamente, cómplices y fieles a su historia de hombre bueno y sabio, en sus ocupaciones y en sus descansos, en sus mañanas y en sus tardes, en sus compañías y en sus soledades, en sus alegrías y en sus tristezas, en sus realidades y en sus sueños, mientras envejecía silenciosamente y se acercaba a su minuto postrero, al lado nuestro, sus cinco hijos, y de mi madre que tanto lo amó, y también de sus libros, sus creaciones y sus inventos. También fueron las llaves de mi madre, sus compañeras irrenunciables que, calladas, conocieron sus andanzas de mujer dedicada a su marido y a sus hijos, a sus plantas y al canto, a la música y a la convivencia familiar, a su dulzura y a su gesto amable, a lo que parecía tan suyo, al mismo tiempo que se le iban los años. Las llaves de mi padre y de mi madre, no volvieron a abrir ni a cerrar las habituales cerraduras que les resultaban tan cercanas. Esas llaves fueron parte de dos vidas humanas, dos personas, un hombre y una mujer, que se enamoraron e hicieron de su amor una familia, un linaje, una epopeya. Abrían y cerraban el hogar, la casa, donde protagonizábamos y compartíamos una historia, innumerables motivos, muchas razones, un destino. Las llaves no solamente abrían y cerraban las puertas de un inmueble, de una casa establecida en cierto domicilio. Eran el medio que facilitaba el paso a lo que resguardaba la casa. No eran simples llaves. Representaban la entrada a la casa, al hogar, al recinto familiar, a las páginas de nuestra historia, a las cosas que formaban parte del mundo que diariamente construíamos. Y así transcurrieron los años, hasta que una madrugada y una mañana de un año y de otro, mi padre y mi madre transitaron a otro plano, y dejaron sus llaves, sus inseparables piezas metálicas que abrían las puertas de su pequeño mundo, del rincón que transformaron en cielo, de su hogar, de su paraíso, con todo lo que significó para ellos. Miro mis llaves. Al introducirlas en los cerrojos de las puertas, facilitan mi acceso a casa, a mi taller de artista, a lo que forma parte de mi existencia cotidiana, y no me doy cuenta, acaso por estar tan ocupado en lo que es tan mío, en mis delirios y en mis motivos, pero también, como mi padre y mi madre, consumo mis días y mis noches, mis tardes y mis madrugadas. Me pregunto si una mañana, una tarde, una noche o una madrugada, al pasar por la transición, alguien tomará mis llaves, las guardará y de improviso recordará que eran mi paso al mundo diminuto y privado que formé, a la casa que fue testigo de mi historia, de lo que tanto quise. y de la gente que siento en mi alma, en mi ser, en mi interior. Las llaves no únicamente significan la apertura a un sitio; se trata, parece, de la oportunidad de entrar y salir, una y otra vez, a la casa, al hogar, a la familia, a lo que es tan amado.

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Algo tiene el arte

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Algo tiene el arte. Me recuerda, cuando lo escribo, los poemas y los textos de un paraíso que siento en mí y percibo aquí y allá, en el mundo y en el universo, en el barro y en la esencia. Leo sus razones y sus delirios en las hojas que se desprenden de los árboles al sentir las caricias del viento y en las gotas de lluvia que forman charcos y reflejan la profundidad azul del cielo. Algo tiene el arte. Sus formas y su policromía son, parece, trozos que flotan para que uno, al mirarlos, no olvide que existe lo tangible y lo etéreo. Algo tiene el arte. Al escucharlo, creo, y estoy seguro de que así es, que tiene mucho de la voz de Dios y del lenguaje de la creación. Algo tiene el arte. Cuando me inspiro y escribo, me transformo en flor y en helecho, en estrella y en oleaje, en tierra y en viento. Algo tiene el arte. Me recuerda a Dios cuando escribe sus guiones, al pintar y al decorar sus creaciones y sus formas, y al darles sonidos, pausas y silencios. Algo tiene el arte. Cuando escribo, sé que emulo, en pequeño, la inmensa tarea de la creación. Algo tiene el arte. Es la encomienda que traigo conmigo, mi razón, mi sentido, mi motivo. Algo tiene el arte. Enamora, cautiva, encanta. Eleva y lleva al bien, a la realización, a la plenitud, a la textura y a la fuente infinita. Algo tiene el arte. Es una forma de definir y expresar el mundo, el cielo y el infierno, la temporalidad y la eternidad, las cargas y las livianidades, los sueños y las realidades. Algo tiene el arte. Obsequia pedazos de vida. Algo tiene el arte. Abre las puertas de mi interior y descubro a los del ayer, a los del pretérito, a los de hoy, a los de mañana, en un palpitar con múltiples rostros que describo y vuelvo letras que dicen tanto y callan todo. Algo tiene el arte. Lo descubro en mí y no puedo renunciar a su linaje, a la encomienda de escribirlo, a la alegría de compartirlo. Algo tiene el arte.

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Y sin darnos cuenta

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y sin darnos cuenta, noviembre entró a la casa, entre rachas de viento otoñal en el norte y colores primaverales en el sur. No tocó a la puerta ni solicitó permiso. Simplemente, entró. Anticipa la vejez del año, la proximidad de su hora postrera, como el médico que anuncia a los parientes la impostergable agonía de un anciano. Y sin darnos cuenta, los días, en el calendario, se desprendieron irremediablemente, como un otoño arranca las hojas secas. Y sin darnos cuenta, atrás quedaron otros meses y estaciones, con algo de nosotros, con rasgos de nuestras vidas. Todo fue sepultado en nuestra biografía, en la memoria, en los dulces o amargos recuerdos, en la amorosa u odiosa desmemoria. Y sin darnos cuenta, el año se consume, anticipa y promueve su final, mientras el otro, en tanto, prepara su venida. Todo es tan breve y pasajero en este viaje, que la vida, la realidad terrena, parece un sueño, un paréntesis con sus excesos y sus sobriedades, con sus locuras y sus solemnidades, con su felicidad y su desdicha. Y sin darnos cuenta, las ausencias se multiplicaron y las listas de presencias se modificaron. Las sillas fueron desocupadas por unos y, casi de inmediato, ocupadas por otros. Y sin darnos cuenta, ahora tenemos mayor edad y más experiencia y vivencias, o tantos tropiezos, repeticiones y errores por la carencia de entendimiento. Y sin darnos cuenta, la lozanía huye silenciosa, gradualmente, como para que nadie lo note al siguiente día ni la atrape. Se va con la juventud. Y sin darnos cuenta, escapan la niñez, la adolescencia, la juventud, la madurez y la ancianidad, con la única esperanza de desechar las edades desde el alma y abandonarlas en los basureros de las apariencias, las mediocridades, los prejuicios y las presunciones. Todo pasa. Nada es permanente. Y sin darnos cuenta, preparamos el viaje de regreso a casa, al hogar, a la morada, de donde alguna vez, al nacer en el mundo, venimos a crecer y a probarnos. Y sin darnos cuenta, durante la caminata fuimos y somos acompañados por seres maravillosos e inolvidables que siempre, en cada ciclo, han estado a nuestro lado, y también con otros que se separan o no pertenecen al círculo evolutivo con el que vibramos. Y sin darnos cuenta, dejamos atrás tantos amaneceres y ocasos, quién sabe si bien aprovechados o totalmente desperdiciados. Quedan en el pretérito, en los otros días, los arcoíris con sus colores mágicos, las gotas cautivantes de la lluvia, las flores de exquisitos perfumes y finas texturas, los copos blancos y helados, las cortezas de los árboles en los bosques, el barro y los ríos, con la vida que solo uno sabe si aprovechó o desperdició, porque hay quienes la experimentan en armonía, con equilibrio y plenamente, lo mismo durante los aguaceros que en las sequías, y otros, en cambio, que la malbaratan y la venden con la idea de comprar apariencias y cáscaras, que ya definen, a partir de entonces, sus paraísos y sus infiernos. Y sin darnos cuenta, llevamos con nosotros cargas y livianidades, la historia completa de nuestras existencias, lo bueno y lo malo que no pueden refugiarse porque la verdad desnuda aquello que se oculta. Escribimos y protagonizamos nuestra historia, de acuerdo con el guión que nos inspira, unos para bien y otros para mal. De cada uno, por cierto, dependerá lo sublime de la obra o su triste desencanto y su fatal desenlace. Y sin darnos cuenta, la vida humana escapa cada instante.

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Somos, quizá, hojas frágiles de la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Somos, quizá, hojas frágiles de la vida, o, probablemente, trozos de realidades y sueños. Somos, tal vez, hojas que, en las mañanas de primavera y en los mediodías del verano, el aire y la lluvia tocan con frenesí, mientras pintan los colores de la vida y despiertan los perfumes de la naturaleza, o acaso de las que arranca el viento otoñal y dispersa en alfombras y tapices amarillos, dorados, naranjas, rosados, sepias y rojizos, para que el invierno, en sus nevadas visitas, las sepulte y nadie las recuerde. Somos, parece, hojas lozanas y viejas, verdes y doradas, que escribimos historias en nuestras texturas lisas y venosas, seguramente como fiel recuerdo de los días y las noches que contamos cuando aún permanecemos en los árboles. En nosotros se almacena, seguramente, la memoria del sol y de los arcoíris, de las gotas de lluvia y de las caricias y los rasguños de cada estación. Somos, creo, hojas que nacen y mueren, parte de un follaje que da belleza y sentido al paisaje. Cada hoja posee una identidad y aparece con un tono que le es propio, con una forma tan digna y especial. Una hoja, otra y muchas más pertenecen al follaje, cuando nacen, mientras son jóvenes, al alcanzar la madurez y al envejecer, y siguen su encomienda, plasman su historia, dan sentido a su vida y eligen su destino. Al desprenderlas el viento otoñal y deslizar sobre sus texturas quebradizas los pinceles con matices amarillos, dorados, naranjas, rosados, sepia y rojizos, el tapete nostálgico y prodigioso invita a admirarlo y a reflexionar antes de que las caricias, los ósculos y las bofetadas del viento las desintegren y las transformen en remembranzas y en posteriores olvidos. Me pregunto, entonces, si acaso nos conformaremos con ser una multitud de hojas silenciosas, resignadas a morir, a transformarnos en alfombras crujientes y quebradizas, o tendremos capacidad de superar lo que, en apariencia, es un infausto final, para volar suavemente y llegar a otras rutas, a planos grandiosos, y transitar de un bosque paradisíaco, en un mundo temporal, a otro superior e infinito.

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Hubo un antes y un después

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Hubo un antes y un después, un tiempo y una historia previos a coincidir con usted, y un instante y otros más, posteriores a nuestro encuentro. Existen muchos antes que, acumulados, parecen llenar una vida, cubrir una biografía; pero un día, a cierta hora, aparecen los rasgos de uno e incontables después, que dan un sentido más certero, un motivo jstificable y pleno al viaje. Y usted apareció en mi historia, en mi vida, tras muchos ayeres en los que la presentía y ya la extrañaba, con la posibilidad de innumerables presentes y mañanas a su lado, en el amor en una barca que navega hacia el infinito. Hubo un antaño desprovisto de su imagen, ausente de su presencia, con síntomas graduales y periódicos de que algo, en la corriente etérea, floraba latente, fluía y me recordaba que había dejado pedazos de mi esencia en la de usted, con la promesa, más tarde, de un reencuentro, en cierta fecha, en un rincón del mundo. Existió un pasado, un antes, cuando andaba solo por mis rutas y suspiraba por usted, por el amor que le tengo, hasta que en otro momento, en un después, la reconocí y supuse, entonces, que Dios debe amarme tanto al reintegrarme el regalo que guardó para mí en su regazo. Hubo un antes y un después, cuando la amé en un paraíso y ahora que es mi delirio, mi poema, mi musa, mi dama, en este mundo. Entre la esencia y la arcilla que nos envuelve, distingo un pretérito, un ayer, un antes, con su simple perfume, su encanto y su recuerdo, y un hoy, un mañana, con su grata presencia y los espacios para compartir una historia. Hubo un antes y un después, a partir de aquel encuentro y de la locura de un amor que usted me inspira.

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Rumbo al puerto

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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No son las estaciones que han transcurrido, con sus calores y sus fríos, sus lluvias y sus aires, la causa de mi reflexión y mis inquietudes, a esta hora del día; es, parece, lo que he vivido, lo que he dejado en el camino, lo que cargo, lo que llevo conmigo. No son los recuerdos de mis años pasados, que traigo en mi alma y en mi memoria como quien guarda el más bello y preciado de los tesoros, lo que a veces me duele tanto; se trata, pienso, de la gente y de las cosas rotas que quedaron atrás, ante mi mirada, mis oídos, mi boca y mis manos que de pronto distrajeron, quizá por mis andanzas en el encanto pasajero de las apariencias, tal vez durante mis cavilaciones recurrentes o en mis excursiones por la vida. No es angustia, no es miedo, de voltear atrás y descubrir la otra orilla empequeñecida, casi imperceptible, y saberme tan cercano a un puerto incierto, porque soy un navegante acostumbrado a principios y a finales; simplemente, es que temo desembarcar con el peso de la livianidad y darme cuenta de que mi travesía resultó estéril. Estas mañanas y tardes de mi existencia navego hacia el puerto, envuelto, a veces, por noches nebulosas y de tormenta, y, en ocasiones, por la pinacoteca celeste decorada con luceros que guían mi camino. Manejo el timón y consulto la brujula en la inmensidad azul del océano, en la trama de la vida, entre auroras y ocasos, con la posibilidad de rescatar a los que naufragan, a los que parecen hundirse inevitablemente, o dedicarme a la afición de pirata, a la guerra por la simple diferencia entre unos y otros. Ciertas noches, mientras navego en la quietud marítima, me he preguntado si acaso llegaré a mi destino con la alegría que experimenta quien regresa del destierro o con la pena de un viaje aburrido e insulso. Sé, y pienso que aún dispongo de tiempo, que debo aprender a distinguir, en las mañanas y en las tardes, el azul del mar con el del cielo, a pesar de que ambos sean tan inmensos y parezcan dos enamorados que se funden y vuelven uno, ante la vista fija en el horizonte, con sus tonos amarillos, dorados, naranjas, rojizos y morados de las tardes, o sus oscuridades nocturnas, con el objetivo de no confundir mi ruta y mi encomienda.

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