La visita a un amigo de mi abuelo y sus recuerdos del 2 de octubre de 1968

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Fue una amistad que perduró y rompió fronteras impuestas por el tiempo, la ausencia y el espacio. Comprobé que para algunas personas, la amistad es algo más que un encuentro fortuito o un saludo casual; se trata, parece, de una historia de capítulos mutuos, instantes y años compartidos, convivencia irrepetible.

Aquella tarde, a mis 23 años de edad, llegué hasta su consultorio, instalado lujosamente en un edificio de la colonia Roma, en la Ciudad de México. Proporcioné mi nombre a la recepcionista, quien anunció al médico militar, al doctor Abelardo Zertuche Rodríguez, que yo, el nieto de su antiguo amigo Gonzalo Rojon, me encontraba en la sala de espera.

Con la alegría y emoción de identificar y recordar, en la profundidad de mi mirada, a su antiguo amigo, al compañero de sus correrías juveniles y sus proyectos en la etapa de madurez -a mi abuelo-, salió el hombre de su consultorio, quien por cierto nació el 14 de febrero de 1906. Me saludó amablemente, pasó su brazo sobre mi hombro y me invitó a platicar en su gabinete.

Me encontraba frente al amigo de mi abuelo. Por fin, tenía oportunidad de conocerlo, dialogar con él y comprobar, una vez más, que los personajes y las historias que relataba mi madre desde mi niñez, eran verídicas.

Contento y sonriente, me dedicó parte de aquella tarde, y narró anécdotas relacionadas con mi abuelo materno, sobre todo cuando le platiqué que algún día escribiría un libro referente a familias de antaño, incluida la mía. Desde la infancia he recolectado esa clase de historias y quizá, algún día, las escribiré y publicaré.

El hombre conversó con amenidad. Recordó historias que parecían extraviadas en los días de antaño, náufragas de otros momentos, y me lo agradeció al admitir que mi presencia le había alegrado la tarde, con el encanto de retornar a épocas pasadas de su existencia.

Abelardo Zertuche Rodríguez era un médico célebre. En su historial como profesionista, contaba entre sus pacientes a Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes, mejor conocido en México y en el mundo, a través de sus películas, como Mario Moreno “Cantinflas”. Él le operó los ojos. El mimo fue su paciente durante muchos años.

También dialogó acerca de la Revolución Mexicana que inició el 20 de noviembre de 1910, cuando él apenas tenía cuatro años de edad, y todo lo que vivió, en su niñez, adolescencia y juventud, en un México convulsivo que buscaba encontrarse a sí mismo, a pesar de sus contrastes y de los encuentros y desencuentros de sus protagonistas.

Me marchaba del consultorio, agradecido y feliz, cuando detuvo mi marcha. Calló unos instantes, me miró reflexivo y advirtió que deseaba compartirme un tema que le parecía importante. Argumentó que al escucharme tan entusiasmado en mi proyecto de escribir libros -le entregué el que publiqué a los 20 años de edad. Oh, pecado de juventud-, pensó que tal vez me resultaría útil un dato ajeno a nuestra conversación, el cual, al paso de los años, indudablemente podría comentar públicamente.

Lo escuché. Habló pausadamente y con firmeza, y dijo que él había operado, años atrás, en 1968, al entonces presidente de la República Mexicana, Gustavo Díaz Ordaz, el cual, al registrarse la matanza de estudiantes en Tlatelolco, Ciudad de México, el 2 de octubre, permanecía en cama y en reposo, convaleciente de una operación que le practicó en los ojos, fecha en que su secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, quien se convertiría en el siguiente mandatario nacional para mal del país, ordenó la embestida brutal contra los jóvenes que se manifestaban en la Plaza de las Tres Culturas.

Antes de concluir, se preguntó que quién más iba a saber las condiciones en que se encontraba el presidente Gustavo Díaz Ordaz, si él fue su médico y lo había operado en aquel período. El abuso de poder y la matanza, agregó, no fue ordenada por él, sino por el otro, quien abusó y se excedió con el pretexto de que las Olimpiadas, que se inaugurarían en el país el 12 de octubre de 1968, requerían, para su desarrollo, proyectar una imagen ordenada y pacífica de México. Gustavo Díaz Ordaz se responsabilizó a sí mismo de los acontecimientos, pero la mayoría ignora que el hombre se encontraba en proceso de recuperación tras la cirugía, completó el médico.

Añadió el galeno que tan enloquecido por el poder estaba Luis Echeverría Álvarez que, el jueves de Corpus Christi -10 de junio de 1971., ordenó otra embestida criminal contra estudiantes. Alguien tan cobarde, que no asume su responsabilidad públicamente y permite que un mandatario nacional se cumple totalmente de hechos tan reprobables, cuando en realidad estaba en cama, y posteriormente, ya con el poder absoluto en las manos, repite los asesinatos, ya como presidente de México, no merece credibilidad y sí, en cambio, el peso de las leyes y la condena histórica, recalcó.

El doctor Abelardo Zertuche Rodríguez confió en mí. Me dejó la encomienda de un día, cualquiera de mi vida, transmitir lo que él sabía acerca de la matanza de Tlatelolco, fecha que desde entonces, hasta el minuto presente, es motivo de marchas estudiantiles, cada 2 de octubre, en la Ciudad de México y en las principales urbes del territorio nacional.

Aclaro que, en lo personal, no simpatizo con la clase política mexicana que ha abusado del poder para beneficiarse en lo individual y favorecer a los grupos a los que pertenecen, siempre en perjuicio de la nación y de sus habitantes; sin embargo, hoy he escrito la información que me proporcionó el doctor Abelardo Zertuche Rodríguez, quien tenía un escenario más amplio sobre las condiciones de salud en que se encontraba al mandatario nacional, Gustavo Díaz Ordaz, en octubre de 1968.

Hoy, varios años después, cumplo la petición del amigo de mi abuelo materno, quien una tarde de mi juventud me regaló algunas horas de plática amena y me relató historias que contribuyeron a enriquecer mi anecdotario familiar.

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Historias de la Cámara de Comercio de Morelia: El inicio. Una historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La tumba está vacía, pero cargada de recuerdos que callan y ocultan la soledad, el tiempo y los rumores del silencio. Huele a otros días, a historia, a estaciones pasajeras, a humedad. Exhala el aroma y el eco de otra gente; esconde nombres de personajes que naufragan entre las escarpas de la memoria y los abismos del olvido, y se presienten, escuchan y perciben en algún instante del tiempo, en los rincones de la ciudad, en las callejuelas, en las plazas públicas, en los paredones de las casonas derruidas. Todo, casi, se encuentra en el olvido. Nada es permanente.

El monumento funerario permanece desolado, apenas circundado por una reja con herrumbre, entre eucaliptos ancianos y corpulentos que balancean sus ramas y se deshojan un día y otro, igual que las horas y los años de la existencia. Se erige entre sepulcros cubiertos de polvo, zumbidos de abejorros y el silencio y los rumores de la muerte y la vida. Con una ventana en cada lado, los bloques marmóreos sostienen en el techo cuatro antorchas del mismo material, en las esquinas, con una concha cóncava al frente, dos columnas y la entrada, desprovista de puerta, a la antigua capilla que dentro de su estrechez y oscuridad exhibe la fosa carente de ataúdes y lápida. Llegan hasta uno los murmullos del ayer, las pausas silenciosas de la vida ante la muerte, los ecos de tantas historias casi olvidadas. Cada uno lleva consigo su biografía, su historia, sus recuerdos, sus sentimientos.

De la tumba gravitan la soledad y el vacío, acaso porque todo pasa y nada es permanente, quizá por contar el tiempo y callar las historias, tal vez por el abandono y la ausencia de féretros y despojos. Carente de nombres y epitafios, en la parte superior aparece la inscripción “Familia Ramírez García”.

La tierra, en el Panteón Municipal de Morelia, suda remembranzas que provienen de su intimidad, fragmentos de historias y nombres. Los cuerpos de los Ramírez de antaño fueron exhumados un día ya olvidado. La tumba quedó abierta, con la ausencia de quienes en su hora protagonizaron una historia existencial, y con el aliento del encierro y la humedad.

Entre tanta cripta dispersa aquí y allá, la construcción sepulcral pasaría desapercibida y no tendría motivo de interés para aparecer en el recuento del ayer, si no hubiera sido morada de los restos del otrora hacendado, comisionista, arrendador, prestamista, minero, banquero,industrial y comerciante Ramón Ramírez Núñez, presidente, en 1896, de la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, y antiguo dueño de “El Huizachal”, en postrimerías del siglo XIX, donde se estableció el panteón municipal porque los dos que entonces funcionaban en la ciudad -el de San Juan de los Mexicanos y el de Los Urdiales-, resultaban insuficientes e insalubres.

Originario de Valle de Santiago, Guanajuato, Ramón Ramírez Núñez está vinculado a la historia del Panteón Municipal de Morelia, al antiguo almacén La Mina de Oro, a la Hacienda La Huerta y a otras más en regiones de tierra caliente michoacana, y evidentemente a las comisiones, el arrendamiento y los préstamos que proporcionaba en aquellas horas del siglo XIX, incluida su participación en las minas, el ferrocarril y la banca; no obstante, también fue hombre activo, con sentido empresarial, que miró más allá de sus negocios y encabezó diversos movimientos entre los comerciantes para luchar por sus intereses y, claro, los suyos.

El Panteón Municipal de Morelia no exhibe la historia de su fundación en una placa pública digna, ni rinde memoria a Ramón Ramírez Núñez, antiguo dueño del terreno donde se encuentra y funciona desde el anochecer de la decimonovena centuria, seguramente por burocracia, descuido, desinterés o negligencia de las administraciones que han encabezado el Ayuntamiento. Y si amplio porcentaje de personas ignora que en ese sitio se localiza, verbigracia, la tumba de Domingo Cruz Acosta, abuelo materno del actor y cantante Pedro Infante, ídolo de incontables generaciones de mexicanos, con mayor razón desconoce la existencia del sepulcro que guardó los restos de Ramón Ramírez Núñez. De pronto, en las ciudades, la gente se adocena y mira un sitio con más de un siglo de existencia -el mismo que vieron sus padres, abuelos y bisabuelos- y no se interesa en su origen, tarea que deja a los historiadores e investigadores, a quienes dedican la vida a escribir documentos y libros, y hasta a los que inventan narraciones y leyendas como modus vivendi.

Por la importancia que significa el Panteón Municipal de Morelia, punto de encuentro de innumerables familias de la capital michoacana en algunos momentos de sus vidas, y precisamente por haber sido Ramón Ramírez Núñez personaje que en 1896 dirigió y formalizó la Cámara de Comercio de la ciudad, resulta interesante exponer la historia del lugar y relatar las actividades del guanajuatense que nació en 1839.

Consta en los documentos amarillentos y quebradizos de los archivos históricos y en la memoria de quienes escuchaban los relatos de sus abuelos, que Ramón Ramírez Núñez prestaba dinero a otros hacendados y comerciantes, a los que solicitaba, como garantía, el respaldo de propiedades que garantizaran la devolución y recuperación de los recursos. Igual que otros arrendadores, hacendados y prestamistas de la segunda mitad del siglo XIX, recibía mercancía que comercializaba hábilmente, siempre obteniendo ganancias significativas que contribuían a la expansión de sus negocios. Junto con otros hombres, se convirtió en uno de los empresarios más activos y prósperos de su época, al menos de Morelia, siempre interesado en acrecentar sus haciendas y en invertir en una multiplicidad de negocios. No es de extrañar que los comerciantes de aquella época también desarrollaran funciones de prestamistas. Era una práctica común en diferentes regiones de la geografía nacional.

En 1862, a los 23 años de edad, Ramón Ramírez Núñez fundó su primer negocio en Morelia, un cajón de ropa y “almacén de efectos extranjeros y del país”, denominado La Mina de Oro, que estableció en el Portal Aldama 9, esquina cerrada de San Agustín 1, en el centro de la ciudad. Fue uno de los comerciantes y prestamistas que más tarde se convirtieron en hacendados y arrendadores. Una década posterior a la fundación de La Mina de Oro, en 1872, compró la Hacienda La Huerta, una de las más importantes en producción de cereales en la región de Morelia. No esperaba que los acontecimientos se presentaran fortuitamente; propiciaba las condiciones y las aprovechaba con análisis e inteligencia. Introducía tecnología y habilitaba caminos que comunicaban sus haciendas y propiedades rurales. Anhelaba, como tantos comerciantes, hacendados e industriales, el establecimiento del ferrocarril, medio de transporte, sabía, que favorecería las actividades productivas. La mayor parte de la gente, como ahora, era emotiva en sus decisiones, y él conocía la naturaleza humana y actuaba, en consecuencia, con análisis y razón.

Quienes tuvieron oportunidad de conocerlo y tratarlo en La Mina de Oro, lo definían amable e interesado en satisfacer la búsqueda de artículos nacionales y extranjeros, conducta que atraía al público sorprendido, además, por el buen gusto y la elegancia de la negociación que competía con otros almacenes y cajones de ropa, algunos de los cuales se encontraban en poder de inversionistas extranjeros, principalmente originarios del Valle de Barcelonette, en los Alpes Bajos, Francia, comunidad que indiscutiblemente contribuyó al dinamismo empresarial de Morelia y la región.

La familia de Ramón Ramírez Núñez obtuvo, en Morelia, la primera línea de teléfono y fue dueña de los primeros tranvías jalados por mulas. Este empresario quedó huérfano de padre y madre a muy temprana edad y amó tanto a sus hermanos, que eran demasiados, al grado de que a los hombres los apoyó con diversos negocios, mientras a las mujeres más jóvenes las casó con personajes acaudalados, ya mayores, y les entregó dotes que consistieron en fincas soberbias en el centro de la capital michoacana.

Fue comerciante hábil que supo aprovechar las ventajas que obtenía de sus transacciones; aunque igual que no pocos de sus contemporáneos, también obtenía préstamos en determinados momentos de su vida para ampliar sus negocios, situación que no siempre resultaba favorable a sus intereses. Dedicaba mucho tiempo a sus haciendas, las cuales le redituaban enormes utilidades y requerían, por lo mismo, mantenimiento y obras tendientes a mejorar sus caminos y otros rubros, hecho que lo motivó a arrendar, cinco años antes de que finalizara el siglo XIX, en 1895, La Mina de Oro, al francés Jean Sauve, dueño del Gran Cajón del Progreso, situado cerca de la entonces Plaza de San Juan de Dios, conocida más tarde como Melchor Ocampo, a unos metros de la catedral barroca y virreinal de Morelia. El Almacén Progreso, fundado la década anterior por el francés Jean Sauve y del que eran socios Amado Tron, Pedro Ollivier y Camilo Tron, fue uno de los cajones de ropa más lujosos y competía con los que se encontraban establecidos en la zona.

No pocos de los hombres de negocios de la época, decidieron incursionar en la minería y hasta formaron sociedades. Ya en esos años de la década de los 80, en el siglo XIX, Ramón Ramírez Núñez mostró interés en la compra de acciones de empresas mineras. Atraído por las riquezas del subsuelo michoacano, incursionó en la aventura de la minería; aunque no de manera tan directa como lo hicieron otros personajes. Se interesó en la compra de acciones y en las denominadas barras de mina. Inició en 1886 como accionista en la minería, junto con otros hombres de negocios.

Si bien es cierto que la política de fomento minero, impulsada en 1886 por la administración del gobernador Mariano Jiménez, quien incluso también fue accionista en alguna de las sociedades, despertó interés en los comerciantes, hacendados y prestamistas michoacanos en ese rubro, en la siguiente década, la de los 90, decayó su participación en la explotación que empezaban a controlar compañías de origen francés, inglés y norteamericano, dueñas de mayor capital y poseedoras de tecnología moderna.

En el rubro de la minería, es digno mencionar el caso de Las Dos Estrellas, en Tlalpujahua, región michoacana colindante con el Estado de México. Tras una serie de análisis, investigaciones y cálculos, François Joseph Fournier, belga posteriormente nacionalizado francés, inició la excavación del túnel el 27 de diciembre de 1899, ya en el ocaso del siglo XIX. Denominó la mina Las Dos Estrellas en alusión a su esposa y él. Bajo la dirección del infatigable europeo, los peones cortaron, a los 600 metros, la imponente y célebre veta verde de hasta 32 metros de ancho, abundante en oro, convirtiéndose Las Dos Estrellas en una de las minas más productivas del mundo.

Resulta primordial destacar que el mayor auge de Las Dos Estrellas, la primera mina moderna de Michoacán por su administración y tecnología, se registró entre 1905 y 1913, período en que produjo alrededor de 45 mil kilos de oro y 400 mil de plata, con una planta laboral superior a cinco mil personas. Ya antes, el 3 de abril de 1909, Porfirio Díaz Mori, entonces presidentede Méx ico, visitó Tlalpujahua con intención de conocer y corroborar el apogeo de Las Dos Estrellas. Existe, incluso, una fotografía que captó la presencia del personaje en la mina, quien recibió por parte de François Joseph Fournier una barra de oro por el hecho de haber realizado la visita. La mina se abastecía de energía eléctrica y tenía capacidad para producir sus engranes, herramientas, moldes y refacciones.

Hijo de Jean-Baptiste y Hortense, François Joseph Fournier nació el 6 de enero de 1857 en Clavecq, Bélgica, en el seno de una familia de barqueros humildes que navegaban por el canalBruselas-Charleroi. Cuando era niño, el otro, su padre, transportaba gente y mercancía en una embarcación que era ayudada, desde el camino de la orilla, por caballos que la jalaban con cuerdas; sin embargo, el hombre necesitaba la ayuda de su hijo, a quien constantemente distraía de sus clases, a pesar de que el profesor Félicien Ballien insistía en que el menor tenía capacidad y talento en las aulas.

Cuando François Joseph se mudó a París, motivado por los consejos de su profesor, capital francesa y centro, entonces, de las modas, el arte y los negocios, con la idea de estudiar en la Escuela de Minas, consiguió empleo en un bar; además, cuentan que alguna dama acaudalada, ofrecía ayuda a ese muchacho tan apuesto, quien tiempo después escuchó noticias relacionadas con la construcción de un tren trascanadiense. Aventurero y emprendedor, partió a Canadá con el objetivo de participar en la obra que ya se encontraba avanzada en más de la mitad del proyecto, situación que lo motivó a dirigir su atención a México, país que de acuerdo con información de la época, ofrecía riqueza minera a los exploradores, aventureros e inversionistas.

El joven Fournier viajó hasta México. Se instaló en la casa de huéspedes de un paisano suyo. Realizaba viajes a zonas mineras del país. En Tlalpujahua, al oriente de Michoacán, se hizo compadre de un señor, quien un día, al caminar por el cerro, encontró una piedra y la guardó en espera de que el europeo regresara de la pensión donde vivía en la Ciudad de México. Se la mostró. Él identificó, por sus estudios truncos en París, que se trataba de mineral valioso, situación que lo animó a solicitar financiamiento a una institución bancaria francesa, cuyo agente se encontraba en México en busca de clientes.

Hombre de su época, personaje irrepetible, François Joseph Fournier convenció hábilmente al agente francés, quien le concedió el financiamiento solicitado, recursos con los que compró maquinaria inglesa e inició sus trabajos de exploración, para lo cual emprendió acciones orientadas al tendido de la línea de electricidad que provenía de Necaxa, en el estado de Puebla.

Una vez fundada Las Dos Estrellas, propició la comunicación entre El Oro, Estado de México, y Tlalpujahua, por medio del ferrocarril, cuyos furgones transportaban lingotes, un par de veces al mes, hasta una afinadora donde eran purificados, y posteriormente enviados a Francia por medio de barco.

Joven, Fournier contrajo matrimonio con Claudine, hija del dueño de la casa de huéspedes, establecida en la Ciudad de México, a quien llevó a vivir a Tlalpujahua, pueblo entonces próspero y con intensa actividad comercial, hasta que un día, en el declinar de los días porfirianos, escudriñó los signos de la época y llegó a la conclusión de que era momento oportuno de vender Las Dos Estrellas y marcharse a Europa. El malestar social contra el régimen porfirista era evidente.

Porfirio Díaz Mori, ofreció respaldo a franceses, alemanes e ingleses, entre otros, con la finalidad de propiciar el desarrollo nacional y, paralelamente, evitar la intromisión de los norteamericanos que se habían apoderado de más de la mitad del territorio mexicano y mostraban, como siempre, tendencias expansionistas; no obstante, uno de los errores del estadista oaxaqueño fue, sin duda, descuidar el aspecto social, las condiciones en que
coexistían las clases más pobres.

En 1906, Fournier se divorció de Claudine y casi de inmediato contrajo matrimonio con Matilde, de la que pronto se separó; no obstante, conoció a una dama más joven que él, Sylvia France Antonia Johnston Lavis, con quien casó en 1911 y realizó un viaje de bodas por toda la costa del Mediterráneo. Empezaron desde España y más tarde llegaron a Toulon, Francia, donde existía una base naval. Él y su esposa bebían café en uno de los tantos negocios al aire libre, cuando descubrieron en un anuncio que parecía un bando, que las autoridades francesas venderían, mediante subasta, la isla de Porquerolles, a un precio insignificante comparado con la
fortuna que poseía. La compró en 1912 y la dio a su esposa como regalo de boda. Un par de años más tarde, se nacionalizó francés.

Una vez dueño de Porquerolles, impulsó el servicio bancario, la oficina de correos y hasta los viajes, cada dos días, de la isla a Toulon. Favoreció a la gente que habitaba el lugar. Con alrededor de media docena de hijos, aprovechó el clima mediterráneo y adquirió árboles de todo el mundo, los cuales plantó, junto con la vid de la que su familia obtenía un exquisito vino
rosado. Autorizó el establecimiento de hoteles y así inició la actividad turística de la isla. El 13 de enero de 1935, murió el inagotable hombre de las incontables aventuras, François Joseph Fournier, quedando al frente de la isla su tercera esposa y sus hijos, quienes posteriormente la vendieron a las autoridades francesas; sin embargo, cuando el viento del Mediterráneo sopla a una hora y otra, parece que sus rumores pronuncian el nombre del minero que transformó los rostros de Tlalpujahua, en México, y de Porquerolles, en Francia. Fue capaz de modificar el destino y la historia de dos sitios, con su gente y sus cosas, uno en América y otro en Europa.

No obstante tales antecedentes y la biografía cautivante de François Joseph Fournier, el tema de la minería da idea del modelo de asociacionismo que concebían desde entonces los hombres de negocios morelianos para fortalecer sus proyectos productivos, esquema que continúa vigente hasta la fecha, como en diversas etapas lo han propuesto diversos líderes de la Cámara de Comercio de la ciudad al reconocer que la unidad en torno a un plan común, repercute en mayor fortaleza y posibilidades de éxito; aunque es innegable que la experiencia que vivieron los empresarios locales en la década de los 80 del siglo XIX, evidencia que la carencia de tecnología adecuada, obstaculiza competir, avanzar y conquistar resultados positivos. El esquema de asociarse en un proyecto de gran escala, da mayores posibilidades de triunfo cuando los inversionistas actúan con inteligencia, honestidad y respeto. Así lo creyeron y practicaron los empresarios morelianos, en el anochecer del siglo XIX, al probarse en la minería, no darse por vencidos y tratar de incorporarla a sus otras actividades.

La otra vertiente se relaciona con la diversificación de capitales, práctica que en la época contemporánea llevan a cabo grandes corporativos que invierten en comercio, industria y servicios. Estos hombres, estimulados por el anhelo de acrecentar sus fortunas, se dedicaron a explorar todas las oportunidades de negocios que se les presentaron.

El ferrocarril incentivó la minería e impulsó las actividades agrícolas, comerciales e industriales de la capital y otras regiones del estado que hasta antes de la década de los 80, en el siglo XIX, carecían de caminos, a pesar de que el tendido de sus vías significó, en la ruta AcámbaroMorelia-Pátzcuaro, alrededor de 550 hectáreas deforestadas para la obtención de materiales como durmientes, de acuerdo con reportes de la época.

De 1881 a 1886, período que la Compañía Constructora Nacional ocupó para la colocación de vías férreas de Maravatío a Pátzcuaro, se registró una deforestación preocupante como consecuencia de que en dicho tramo se requirieron más de 330 mil durmientes. Similar daño forestal se presentó en la Meseta Purépecha, al tenderse las vías a la región de Uruapan. A esa cifra habría que sumar todos los desperdicios que se produjeron en los aserraderos porque la compañía ferroviaria no aceptaba madera astillada ni de segunda clase. Es de entenderse que el peso del ferrocarril y las manifestaciones climáticas -lluvia, calor y humedad-, exigían durmientes de calidad.

Diversos personajes resultaron favorecidos por la comercialización de madera para durmientes y otras labores. La actividad forestal resultó, en ese período, un nicho de negocio lucrativo. Innegable es que las autoridades otorgaron amplias facilidades a la empresa ferroviaria, la cual resultó ampliamente favorecida en materia de venta de predios nacionales, explotación de recursos naturales, condonación de impuestos, y toda clase de prebendas. Tras los problemas financieros que reportó la Compañía Constructora Nacional, los hombres de negocios definieron nuevas oportunidades de inversión en el ramo ferroviario. Ramón Ramírez Núñez, junto con la clase burguesa de su tiempo, destinó parte de sus inversiones al nuevo proyecto que vislumbró propicio para aumentar su capital; aunque ocupó una vocalía suplente en la llamada Junta Menor Directiva del Ferrocarril Michoacano.

El vicepresidente del consejo era Pascual Ortiz de Ayala y Huerta, liberal moderado que fue magistrado de la Suprema Corte de la Nación, legislador, secretario de Gobierno en la entidad, regente del Colegio de San Nicolás y padre de Pascual José Rodrigo Gabriel Ortiz Rubio, quien nació el 10 de marzo de 1877 y posteriormente, en el período de 1917 a 1920, sería gobernador de Michoacán, y años más tarde, en 1930, presidente de la República Mexicana, el cual, por cierto, participó en la fundación de la Cámara de Comercio de Morelia, como lo recordaría el líder de ésta, Eduardo Laris Rubio, el 13 de febrero de 1931, cuando en asamblea fue propuesto José Ugarte para encabezar la comisión que recibiría al mandatario nacional durante su visita a la entidad. La propuesta de Eduardo Laris Rubio quedó asentada en el acta correspondiente: “obsequiar una medalla al señor presidente de la República, ingeniero Pascual Ortiz Rubio, ilustre michoacano, fundador de esta Cámara…”

Como en el caso de los esfuerzos fallidos en la minería, Ramón Ramírez Núñez y los empresarios de aquel tiempo, nuevamente encauzaron sus acciones a las haciendas, el comercio, la industria y los préstamos, porque no solamente requerían mayor inversión para sostener un giro con exigencias tecnológicas, sino Ferrocarril Michoacano obtuvo la recuperación financiera de la Compañía Constructora Nacional, que realizó ciertas transacciones con el consorcio estadounidense Camino de Fierro Nacional Mexicano.

Habría que destacar que el guanajuatense fue el primer michoacano que obtuvo un brazo de línea férrea particular en su Hacienda La Huerta, cuya propiedad se extendía hasta Cointzio y Urapilla. Uno de sus descendientes, Sergio Tirado Castro, autor del libro Casas y familias de Morelia, remembranzas de la cantera, sabe que el antiguo dueño de La Mina de Oro, al organizar a los empresarios con la finalidad de protestar contra las políticas gubernamentales, obtuvo autorización para fundar los tranvías jalados por mulas en la calle Real; aunque en contraparte, solventó la construcción de lavaderos públicos, al oriente de la ciudad, cerca de la garita y el Santuario de Guadalupe, al servicio de familias pobres.

El líder de los comerciantes e industriales morelianos fue hombre visionario de su tiempo, que tuvo capacidad para distinguir oportunidades de negocios. Estaba entregado a su deseo de acumular una fortuna, pasión que lo acompañó día y noche, durante todos los momentos de su existencia. Siempre estuvo delante de los demás y fue así como en las horas porfirianas, entre el anochecer de la decimonovena centuria y el amanecer del siglo XX, decidió integrarse a nivel nacional en el ramo de hilados y tejidos, en la Compañía Industrial de Atlixco, establecida en Puebla.

Aún insatisfecho con su trayectoria y con el peso de sus dos intentos malogrados en la minería y la empresa ferroviaria, extendió su capital a la banca y se volvió accionista, de modo que él, Ramón Ramírez Núñez, junto con Juan Basagoiti, dueño de J. Basagoiti y Compañía, empresa dedicada al comercio y al financiamiento, y León Audiffred, francés propietario, con sus hermanos, del Puerto de Liverpool, fueron nombrados representantes del Banco de Londres y México, establecido por William Newbold en la capital del país el 1 de agosto de 1864, época en que el archiduque Maximiliano de Habsburgo era emperador del país.

En 1897, llegó a Morelia una sucursal del Banco de Londres y México, como lo hicieron, en 1899, el Banco del Estado de México, y en 1903, el Banco Nacional de México. Motivados por las expectativas que se les presentaban, los más prominentes hombres de negocios se incorporaron a la nueva actividad financiera, obviamente sin descuidar sus tareas más rentables. De hecho, como prestamistas, conocían el ambiente y las condiciones del financiamiento. Solo era abrir mayores posibilidades, formalizar los esquemas, relacionarse, protegerse en firmas seguras e institucionalizarse.

Ya compañeros de aventuras pasadas, en 1901, se asociaron con Enrique Creelman y la Compañía Bancaria Agromexicana, que en la ciudad de Morelia había fundado el Banco Refaccionario de Michoacán con un capital inicial de 300 mil pesos. Estos hombres, acostumbrados a triunfar, propiciaron que su institución se transformara en banco de emisión. Con el fortalecimiento de la firma local, cambiaron la razón social a Banco de Michoacán, nombre con el que innegablemente los morelianos sintieron mayor identificación.

No era toda la competencia. Años antes, en 1892, el Banco Nacional Mexicano, establecido en la Ciudad de México, formalizó un convenio con Gustavo Gravenhorst, también hombre de mucha experiencia en el ámbito de los negocios, con el propósito de acreditarlo agente en la plaza michoacana. Coincidió que el mismo año, el Banco Mercantil Mexicano, establecido, como los otros, en la capital del país, comisionó a Juan Basagoiti representante de la institución, aprovechando, precisamente, la amplia experiencia que poseía en los negocios y especialmente en los créditos.

Iniciaba, en Morelia, la etapa bancaria. La banca se estableció gradualmente en los estados mexicanos, conforme lo demandaban las condiciones regionales y las necesidades de gobiernos y hombres de negocios. Así, Michoacán fue de las primeras entidades con bancos, al iniciar operaciones en 1882, paralelamente con Yucatán, después de Chihuahua, que lo hizo en 1875, y antes de Sinaloa, en 1889, y Durango, en 1890.

Si uno hojea las páginas amarillentas y empolvadas de la historia, llegará al año de 1865, cuando el entonces Banco de Londres, México y Sudamérica nombró un primer representante en Morelia. Existen antecedentes, incluso, de que entre el anochecer de la década de los 60 y la aurora de los 70, en el mismo siglo, los inversionistas trataron de establecer una institución bancaria de avío en la capital michoacana, proyecto que no se concretó, mientras en 1884, el Banco Nacional Mexicano y el Banco Mercantil de México, se fusionaron en el país para iniciar así, con mayor poder económico, el Banco Nacional de México.

Fieles a su idiosincrasia, los empresarios morelianos y michoacanos no abandonaron la idea de fundar un banco local, competitivo y fuerte, de modo que en 1897, favorecidos por la Ley General de Instituciones de Crédito, consideraron oportuno materializar sus aspiraciones y proyectos; aunque en noviembre de ese año, dos después de la creación de la Cámara de Comercio de Morelia, el Banco de Londres y México seleccionó a los empresarios de mayor prestigio y con capacidad para responder a todos los compromisos y responsabilidades, nombrándolos directivos en su estructura, entre los que figuraron, desde luego, Ramón Ramírez Núñez, León Audiffred y Juan Basagoiti, quien encabezaba J. Basagoiti y Cía. El primero, Ramón Ramírez Núñez, tenía acciones en el Banco de Londres y México, mientras el otro, Juan Basagoiti, responsable de la Fábrica de Hilados y Tejidos La Unión y de las haciendas San Rafael Turicato, Tepenahua y Los Otates, fue consejero, en su momento, del Banco del Estado de México. En reconocimiento a su amplia experiencia, este hombre, Juan Basagoiti, recibió el nombramiento de consultor del Banco Nacional de México, cuando la firma instaló su primera sucursal en el Portal Aldama, a un lado del número 9, donde se encontraba La Mina de Oro, y a unos metros de la finca marcada con el uno, en la otra esquina, ocupada por El Puerto de Liverpol.

Conviene recordar que en esa época, las empresas e instituciones nacionales y extranjeras acostumbraban enviar cartas a las Cámaras de Comercio e Industria existentes en el país, a cuyos directivos solicitaban referencias de ciertos hombres de negocios para realizar transacciones mercantiles e inversiones, o con la finalidad de invitarlos a participar como
representantes, distribuidores y socios de sus firmas.

Juan Basagoiti fungió, en la directiva camaral encabazada por Ramón Ramírez Núñez, como procurador, y León Audiffred, por su parte, desempeñó el cargo de tesorero. Ellos, en alianza con otros empresarios acaudalados, obtuvieron experiencia con su participación en los bancos establecidos en Morelia. Si por sus actividades como prestamistas conocían parte del mercado, la banca les permitió tener un panorama más amplio sobre el manejo de los recursos crediticios. Y si en 1897, esa generación fracasó en la fundación de una institución local, al iniciar la vigésima centuria, en 1900, el responsable de Hacienda y Crédito Público, en la administración porfiriana, José Ives Limantour, aprobó la solicitud de los inversionistas michoacanos, encabezados por el otrora presidente de la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, para la creación del Banco Refaccionario de Michoacán, constituido formalmente en enero de 1901.

Acostumbrados a convertir las oportunidades y el tiempo en dinero, los prominentes hombres de negocios adquirieron diversas acciones de la institución que empezó con un capital de 300 mil pesos. Así, Ramón Ramírez Núñez cristalizó una vez más sus aspiraciones de multiplicar su fortuna, junto con varias decenas de inversionistas, entre los que destacaron religiosos, políticos, hacendados, comerciantes e industriales.

En septiembre de 1902, la institución obtuvo autorización gubernamental para ser emisora y denominarse Banco de Michoacán, S.A. Con tales antecedentes, la historia refiere, en sus archivos, la crisis del régimen Porfirista que necesitaba el respaldo de las instituciones bancarias extranjeras y atender, a la vez, los planteamientos, demandas y reclamos de los banqueros locales mexicanos que exigían para sí los mismos derechos que tenían los foráneos.

Aunado a lo anterior, y así lo relataban también los descendientes de los protagonistas de aquella epopeya, prevalecían competencia y rivalidades endurecidas entre las firmas bancarias, desacato a las reglas, favoritismo a sus accionistas, excesos, autorizaciones para disponer de recursos que beneficiaran sus empresas y negocios personales y una serie de problemas que derivaron, finalmente, en la extinción de varias instituciones, tema que fue comentado, incluso, varios años después e inscrito en las actas camarales más viejas que aún existían entre postrimerías de la década de los 80 y el albor de la de los 90, en la vigésima centuria.

Los ya descritos fueron algunos de los negocios que durante su vida desarrolló Ramón Ramírez Núñez, cuyos hijos, Ramón, Miguel y Salvador Ramírez García, continuaron con sus empresas. La Mina de Oro, recordada todavía por personas que nacieron en la década de los 30, en la vigésima centuria, fue manejada por Maurin Hermanos y Cía. Ellos, los hermanos Ramírez García, como su padre, tampoco se encuentran en la tumba del Panteón Municipal de Morelia. Solamente permanece, cual fiel recuerdo, la leyenda “Familia Ramírez García”. Todo, con la caminata del tiempo, se convierte en recuerdo y más tarde, al anochecer, en olvido.

Tras los años complicados de la Independencia, la intervención francesa, el imperio de Maximiliano de Habsburgo, la lucha de liberales contra conservadores y las Leyes de Reforma, junto con otros acontecimientos, resultaba fundamental restaurar al país, y fueron ellos, los comerciantes, prestamistas, arrendadores, hacendados, mineros e industriales, quienes aprovecharon la coyuntura histórica, social, política y económica para formar o engrandecer sus fortunas. Algunos descendían de familias morelianas de abolengo y otros, en tanto, provenían de diferentes entidades, como fue el caso de Ramón Ramírez Núñez, originario de Valle de Santiago, Guanajuato; aunque hubo extranjeros, incluso, que se establecieron en la capital de Michoacán y formaron empresas competitivas, con amplio surtido e innovadoras, entre los que destacaron los hermanos Audiffred, originarios de Jausiers, Francia, y fundadores, en el
siglo XIX, de los cajones de ropa Cornille y Audiffred, firma que cambió más tarde a Audiffred Hermanos y posteriormente a Audiffred Hermanos y Compañía, negocios respaldados, entonces, por El Puerto de Liverpool y El Louvre, de acuerdo con información disponible en el Consulado Honorario de Francia en Morelia, representado, entre 1977 y 2007, por el hombre del sombrero y los tirantes, el también barcelonette Jean Jaubert Jauffred, quien nació en 1937, y de 2007 a la fecha, por Raul Reynaud Bernard.

Los dueños de los capitales, en Morelia, eran hacendados, prestamistas, arrendadores, mineros y comerciantes, en su mayoría, porque la industria se encontraba en un estado muy incipiente, como lo reflejó, en su momento, Juan de la Torre, miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, en su obra Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, publicada en 1883 por Imprenta de Ignacio Cumplido. En el capítulo VII, denominado Industria y Comercio, el autor expuso textualmente que “no tiene a la verdad Morelia ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requieren para constituir una verdadera industria. Puede, sin embargo, mencionarse una, la fabricación de la pasta llamada guayabate que de algunos años a esta parte ha adquirido cierta importancia. De ella se exportan algunas cantidades, cuya venta es un elemento de subsistencia para muchas familias”. Hay que aclarar que el término exportar, en aquella época y todavía en la década de los 30, en el siglo XX, no necesariamente se utilizaba para definir la comercialización y el traslado de mercancía al extranjero, sino a otras poblaciones, regiones y entidades de la República Mexicana.

El mismo autor mencionó que “en cuanto a la industria fabril, cuenta con algunas fábricas de hilados y tejidos de algodón, cerillos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera, fideo, catres de fierro, dulces, etc…”

Finalizó, en el breve capítulo, que “el comercio consiste en la compra y venta de efectos extranjeros y del país. Los productos de las fincas del campo de la tierra caliente y los de las haciendas circunvecinas a la ciudad, se depositan muchas veces en la plaza y son objeto de transacciones de alguna importancia”.

Ese era, grosso modo, el escenario de las actividades económicas en Morelia. Fue en el último tercio de la decimonovena centuria, el período de florecimiento de no pocos de los grandes almacenes y negocios que participaron en la dinámica económica de la ciudad, el estado de Michoacán y México; aunque en contraparte, en su obra Morelia en 1873, Justo Mendoza haya calificado de mezquino al comercio. Consideraba la posibilidad de hacer de la ciudad un “depósito” si felizmente el ferrocarril, que se inauguraría en Morelia 10 años más tarde, se enlazaba a la entidad, y si lo que se consideraba el nuevo puerto de Maruata, presentaba resultados favorables. Como puede notarse, ha sido dominante la tendencia de esperar a que se presenten los acontecimientos para cumplir proyectos y sueños, cuando se requieren acciones concretas y oportunas, bien planeadas, como lo intentaron diversas ocasiones los hombres de negocios. Cuando se espera y se sueña que acontezcan determinados hechos, pueden transcurrir y perderse los mejores años y no cumplirse los proyectos e ilusiones.

Al respecto, los hombres de negocios han puesto el ejemplo porque se adelantan a los acontecimientos y tratan de ser líderes en sus respectivas empresas. Alguna vez, ya en la época contemporánea, el empresario Alain Arnot, uno de los fundadores de la Asociación de Industriales del Estado de Michoacán, expuso a un inversionista norteamericano que si a pesar de los obstáculos que existen en la entidad y el país para las actividades productivas, las fábricas son capaces de exportar, si contaran con el respaldo gubernamental, conquistarían el mundo.

Para tener idea de la Morelia de postrimerías del siglo XIX, descrita por Juan de la Torre, habría que referirse a la Memoria del Ejecutivo del Estado de Michoacán, documento que en 1882 informaba que la urbe estaba habitada por 23 mil 835 personas, cifra que fue criticada por algunos analistas de la época que aseguraban que no era creíble dicho censo, los cuales daban mayor confiabilidad al dato contenido en el folleto Morelia en 1872, de un autor de apellido Mendoza -el mismo Justo Mendoza-, que mencionaba que solamente en el casco de la ciudad había 30 mil hombres y mujeres. Les parecía ilógico que si en 1868 coexistían 25 mil personas en la ciudad, la población hubiera disminuido en un período ausente de acontecimientos extraordinarios, como la peste de cólera que se registró en 1850, verbigracia.

Quien recurra a los anales de la historia, descritos por Juan de la Torre, descubrirá que en 1883, año en que llegó el ferrocarril a Morelia, la ciudad estaba dividida en cuatro cuarteles, dos barrios -San Juan y Guadalupe- y 216 manzanas. En 1856 había 30 calles, de las cuales 18 eran laterales y 12 longitudinales, hasta que en 1873 sumaron 99, 55 y 44 en el orden referido. La apertura de la calle de San Agustín se registró en 1856, mientras las de San Francisco, Las Monjas y El Carmen fueron abiertas entre 1859 y 1860.

Y si el ferrocarril llegó a Morelia el 12 de septiembre de 1883, década y media antes, en 1868, se establecieron en la ciudad algunas de las primeras fábricas. En 1870 se inauguró la primera línea telegráfica de la entidad. En 1888, fue instalado el alumbrado eléctrico en las principales calles de la urbe.

En la década de los 80, en el mismo siglo XIX, Morelia contaba con 103 abogados, 52 sacerdotes, 23 médicos y 22 farmacéuticos; además, el propio autor de Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, Juan de la Torre, citaba que el consumo de artículos de primera necesidad se calculaba en la matanza, cada mes, de 600 cabezas de ganado vacuno y mil 800 cerdos. Estos últimos eran sacrificados en diversos sitios por no existir un espacio ex profeso. Paralelamente, en la capital de Michoacán se consumían, al mes, alrededor de nueve mil fanegas de maíz, y mil 800 cargas de harina; también se requerían 300 arrobas diarias de leche, entre junio y octubre, y 150 durante la llamada estación de secas. El consumo de arroz, azúcar, camote, frijol, garbanzo y piloncillo, entre otros productos, era considerable y muy difícil de calcular, admitía el autor.

El entorno incluía 21 templos y capillas, tres colegios -el Seminario, el de San Ignacio y el de Infantes-, nueve escuelas públicas -con matrícula para 339 niños y 331 alumnas-, y otra para adultos, dos hospitales -el Civil y el del Corazón de Jesús-, dos hospicios -el de hombres y el de mujeres-, una biblioteca pública, el Monte de Piedad que abrió al público el 22 de marzo de 1881, dos cárceles -la de hombres, en la Alhóndiga, y la de mujeres, a un costado del templo de La Cruz, donde antiguamente funcionó un colegio de niñas-, dos cementerios -el de San Juan y el de Los Urdiales-, dos teatros -el de Ocampo, construido en un terreno que perteneció a la Cofradía de la Sangre de Cristo, ocupado hasta antes de la edificación, entre 1828 y 1829, por varios jacales, y el mal llamado Hipódromo, establecido en un predio que se compró a los agustinos, a un lado de su convento, hecho a base de madera, con cubierta de forma cónica, y destinado más a peleas de gallos que a la dramaturgia-, una plaza de toros -una de las más notables de México, según analistas de la época, circular, totalmente de piedra, con galería y columnas, con capacidad para tres mil personas, establecida en el Barrio de San Juan-, sitios de paseo -Calzada de Guadalupe,en el barrio del mismo nombre, donde se establecieron fincas de familias acaudaladas, con
terminación en la Alameda; San Pedro, actualmente conocido como Cuauhtémoc; Las Lechugas, en la llanura de Los Urdiales-, cuatro imprentas, dos hoteles, cinco mesones de primera clase, ocho de segunda y más de 20 posadas, junto con 14 plazas y plazuelas, 30 fuentes públicas, 14 baños de agua fría, cuatro de tibia, e incluso cuatro para caballos. El inventario incluía el Colegio de San Nicolás y lamentaba la ausencia de escuelas normales a la altura de la época.

La actividad industrial, al inicio de la década de los 80, en el siglo XIX, era incipiente. Entre las fábricas, destacaban la de La Paz, cuyo proyecto fue concebido en 1865 e inaugurado en 1868 por Félix Alva, quien compartió la idea con los hermanos Macouzet y Francisco Grande, los cuales adquirieron la maquinaria correspondiente en Inglaterra, que a pesar de las vicisitudes de la época, llegó a Morelia y empezó a funcionar el 1º de marzo de 1868. El establecimiento fabril inició con dos mil 500 malacates y 68 telares, con capacidad para producir de mil a mil 100 piezas de manta a la semana, en horarios completos de día y noche, con la ocupación de 180 a 200 trabajadores en cada uno de los dos turnos. La fábrica estimuló el cultivo de algodóny contribuyó a la generación de riqueza.

En 1871, el inagotable Félix Alva emprendió otro proyecto industrial de hilados y tejidos de algodón, que estableció en la plazuela de Guadalupe, en la casa que alguna vez ocupó la Empresa de la Seda. Formó la fábrica con Francisco Grande y Pablo Torres Arroyo. La fábrica inició actividades en octubre de 1873, con mil 800 malacates y 36 telares, que daban empleo a un centenar de operadores.

La otra compañía que se formó con el nombre de Empresa de la Seda, en 1842, se instaló en la finca que ocupaba la fábrica La Unión, a la que se le compró la maquinaria. La escasez de seda provocó la caída del negocio. Al respecto, Luis G. Sámano y Dámaso López conservaron en aquellos días la industria de la seda en la célebre Hacienda de Guadalupe, en Tarímbaro.

Junto con esas industrias, funcionaban las de dulces, cerillos, catres metálicos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera y fideo, entre otras de menor importancia.

Digna de recordarse es la publicación del 2 de marzo de 1868, en el periódico El Constitucionalista, elaborado en la imprenta del acaudalado Octaviano Ortiz y coordinado por Antonio Espinoza, cuyas páginas reseñaron, precisamente, la inauguración de la Fábrica de La Paz, destacando la cantidad de invitados que presenciaron con asombro el funcionamiento de la maquinaria.

Posteriormente, según la información, los invitados llegaron hasta la bella casa de campo, como las que existían al oriente de la ciudad, donde se encontraban platillos deliciosos que compartieron el industrial Félix Alva, el mandatario estatal, el secretario de Gobierno y algunos personajes destacados, como Celso Dávalos, Luis Iturbide y Gabino Ortiz.

Las páginas del libro Morelia en 1873, su historia, su tipografía y su estadística, escrito por Justo Mendoza y publicado en la capital de Michoacán, en la imprenta de Octaviano Ortiz, que se encontraba en Villalongín No. 2, plantean que “de desearse sería que la industria en Morelia estuviese a la altura que reclaman su civilización y especialmente sus necesidades… El trabajo que puede llamarse manual, por el que se producen artefactos en que principalmente se ocupa la clase pobre, apenas puede mencionarse. No hay en Morelia, como en otras poblaciones, una producción especial o un artefacto de ella, porque los tejidos de hilo y lana que en otro tiempo tuvieron algún valor, hoy puede decirse que se hallan en decadencia. Hay, sin embargo, una industria que primero comenzó en las familias, y que a la fecha ha llegado a tener alguna importancia, y es la fabricación de una pasta de dulce llamada guayabate. De ella se hacen algunas exportaciones para México, y es un elemento de subsistencia para muchísimas personas”.

Menciona la obra que “el año de 1868, se fundó la Fábrica de la Paz con dos mil quinientos malacates y sesenta y ocho telares, establecimiento dedicado a la fabricación de hilados y tejidos de algodón. La ciudad necesitaba una fábrica de este género porque pudiéndose producir en el estado el algodón y obligado su comercio a importar de otros la hilaza y las mantas, dejaba en la ociosidad a centenares de brazos e improductivos a muchos capitales. Si la especulación preside a todas las empresas mercantiles, no debe negarse a la compañía que con tal fin se organizó, el positivo bien que se hizo no sólo a la ciudad, sino a todo el estado. Así es la verdad, pues la Fábrica de la Paz produce de mil a mil cien piezas semanarias de manta, trabajando día y noche, y ocupa de ciento ochenta a doscientos operarios por el día, y otros tantos en los trabajos nocturnos. Las rayas semanales importan de mil a mil cien pesos, y el consumo de algodón en el año es de tres mil a tres mil quinientos quintales”.

Y anunciaba el citado libro que “casi es una realidad el establecimiento de otra fábrica de hilados y tejidos de algodón, en el antiguo edificio en que hace años estuvo el de la seda. La maquinaria está ya en camino para esta ciudad; poco falta para la conclusión del local en las condiciones a propósito y muy pronto por esto la clase trabajadora de Morelia tendrá más
medios de subsistencia y se dará mayor movimiento a la seda”.

Respecto a la industria de la impresión, resalta el antiguo volumen que “el arte tipográfico merece sin duda figurar entre la industria, así porque es un medio de subsistencia para muchas familias, como también por su noble destino, que es dar a conocer el pensamiento y propagar las ideas. En Morelia existen dos establecimientos de este género, uno a cargo de la viuda e hijos de don Ignacio Arango, que según estamos informados, tiene cuatro prensas útiles, y otro, propiedad del C. Octaviano Ortiz, que tiene seis prensas en ejercicio”.

Prosigue el texto con el hecho de que “repetidas veces se ha dicho, y con verdad, que Michoacán necesita comunicación para dar fácil salida a sus diferentes productos. Esto se logrará con los caminos, en lo cual ya se ha puesto mano”, y valora que existan oficinas de correos y telégrafos.

Habría que añadir que en su libro Historia y descripción del Ferrocarril Central Mexicano, publicado en 1888 por la Imprenta de I. Cumplido, Juan de la Torre informó que la producción agrícola de Michoacán consistía, principalmente, en algodón, añil, arroz, café, caña de azúcar, cascalote, tabaco, morera, vainilla, cebada, chía, frijol, haba, maíz, papa, chile “y toda clase de verduras y legumbres, fruta de toda especie y plantas medicinales y tintóreas. El corte de una gran variedad de magníficas maderas de construcción, especialmente en el sur, y la cría de toda clase de ganados en los distritos del poniente y otros, son también ramos de riqueza para el estado”.

Michoacán, donde “el valor fiscal de la propiedad raíz que paga impuestos es de 21´124,997 pesos y la exenta de contribuciones vale 1´416,248 pesos”, aportaba anualmente, a nivel nacional, a través de sus productos agrícolas -según documento basado en las condiciones del país en 1879 y elaborado el 21 de agosto de 1881, en Boston, Estados Unidos de Norteamérica, por Nickerson, citado en la obra referida- un valor de 10´540,601 pesos, mientras el Distrito Federal, Guanajuato, Jalisco y Querétaro lo hacían con 591,906, 13¨652,031, 20´862,066 y 1´726,055 pesos, respectivamente.

Ese era, en la ancianidad del siglo siglo XIX, parte del escenario empresarial y social de Morelia, donde él, Ramón Ramírez Núñez, moraba y desarrollaba sus negocios, acaso sin imaginar que pronto acudiría de frente y puntual a su cita con el destino y la historia de la ciudad, al convertirse, en 1896, en quien protocolizó, junto con los integrantes de su directiva, la Cámara Nacional de Comercio e Industria de la capital michoacana.

OTRO RELATO

El tema del Panteón Municipal de Morelia se relaciona con Ramón Ramírez Núñez en el sentido de que el terreno donde se localiza, formó parte de su Hacienda La Huerta. En 1883, la superficie ociosa de seis hectáreas que entonces era conocida como “El Huizachal”, ubicada entre el Río Grande y la Hacienda Molino de Parras, se convirtió en patrimonio de lo que sería el Panteón Municipal. Aunque la historia de ese sitio parece ajena a la Cámara, es interesante y pintoresca, digna de relatarse en este espacio como homenaje a quien formalizó a la institución.

Enclavado al oriente de lo que entonces era la ciudad, en el antiguo y tradicional Barrio de San Juan -San Juan de los Mexicanos-, funcionaba el cementerio de los morelianos de postrimerías del siglo XIX. Era el tradicional panteón de San Juan, totalmente insalubre y ajeno a las ráfagas de viento por estar encajonado. Su trazo se presentaba tan estrecho, que no pocas veces los cadáveres eran sepultados a profundidades inconvenientes porque a unos centímetros de las fosas yacían otros cuerpos putrefactos. Prácticamente, los cadáveres eran sepultados con sus historias fragmentadas y sus nombres y apellidos completos o ignorados, mientras otros, al remover la tierra, aparecían pútridos e irreconocibles. Olía a descomposición, a hierba, a encierro, a muerte.

La ausencia de árboles causaba un aspecto de mayor desolación. Las tumbas exhalaban el sudor de la fetidez y la muerte. Abejorros, cucarachas, gusanos, moscas, lombrices, insectos y roedores infestaban los sepulcros asoleados durante el día y desiertos y helados en las noches. En aquel ambiente de muerte y vida, reposaba la cruz ochavada, tallada por manos tlaxcaltecas en la juventud del siglo XVI y testigo de la primera misa que se celebró en la ciudad, según la tradición, condenada a acompañar la caducidad de la existencia porque permaneció mucho tiempo en el cementerio del Barrio de San Juan de los Mexicanos y posteriormente en el Panteón Municipal de Morelia, donde los soldados fusilaban a los presos en las madrugadas, todavía en la década de los 30, en la vigésima centuria, hasta que en 1967 fue trasladada a un costado del Santuario virreinal
de Guadalupe o de San Diego, como se le conoce popularmente.

Refieren las páginas añejas de la historia que en 1882, el gobernador de Michoacán, Pudenciano Dorantes, en coordinación con las autoridades municipales de Morelia, entonces encabezadas por Manuel Montaño Ramiro, planeó la construcción de un cementerio en la loma de Santiaguito, al norte de la ciudad, que era fértil por la humedad que abosorbía del pantano donde se encontraba el Paseo de las Lechugas; sin embargo, el proyecto no se concretó. Los problemas de espacio, insalubridad, ausencia de corrientes de aire, fetidez acumulada y proximidad entre unos cadáveres y otros, continuaron en San Juan hasta 1894.

Ese panteón, el de San Juan, había acrecentado sus problemas de capacidad en 1833, con la mortandad impresionante que provocó la primera epidemia de cólera. El 31 de diciembre de 1894, el panteón de San Juan registró la inhumación del último cuerpo.

Y si el cementerio de San Juan resultaba insalubre, angosto e incómodo, el de Los Urdiales, al noroeste de la urbe, fue fundado el 23 de mayo de 1850 como consecuencia de que el primero era insuficiente para sepultar a quienes morían por la segunda epidemia de cólera; además, ya antes, en enero del mismo año, el decreto gubernamental ordenaba, entre sus cláusulas, el establecimiento de panteones fuera de las ciudades, precisamente con el objetivo de evitar contagios y el terror de la población al presenciar el tránsito de cadáveres.

El antiguo Paseo de las Lechugas, donde incontables familias vallisoletanas de antaño acudían alegres a convivir y disfrutar días inolvidables de campo, de pronto transformó su rostro y pasó del verdor intenso sobre el valle pantanoso, a un escenario desolador y de miedo. El decreto ordenaba, incluso, el traslado de cadáveres durante la noche para evitar pánico, descontrol y mayores contagios. Las autoridades aprovecharon que la zona, donde alguna vez se asentó el barrio indígena de Santa María de los Urdiales, permanecía casi desolado desde el amanecer del siglo XIX.

Rodeado de pantano, el cementerio de Los Urdiales ofrecía un espectáculo aterrador y deprimente; sin embargo, resultaba perentorio sepultar a la gente que moría contagiada de cólera, epidemia que amenazaba acabar con importante porcentaje de moradores de la capital de Michoacán. El mal se extendía con celeridad como las sombras al aproximarse la noche. Igual que en 1833, el año de 1850 fue fatal, al grado de que las autoridades del país y el estado no solamente presentaron varios decretos, sino difundieron métodos curativos propuestos por el Protomedicato y la Facultad Médica.

Una vez superada esa crisis de salud pública, el cementerio se destinó a la inhumación de cadáveres de gente pobre e indígenas. Los rituales parecían demasiado impresionantes. Desde el muro circundante y de escasa altura, se distinguían las flores pútridas, los cadáveres, las sepulturas.

Bien es sabido que a los niños los vestían de “angelitos” y solían colocar en sus manos una palma, una flor o una cruz, y algunos hasta permanecían con los ojos abiertos, como si vivieran. En Michoacán se acostumbró, por un tiempo, fotografiar los cadáveres de adultos dentro de sus ataúdes, unas veces parados, en los patios de sus casas, y otras, en tanto, en los cementerios.

La contingencia que provocó la epidemia de cólera, reforzó la decisión de clausurar los cementerios de la catedral y de los templos de San José, El Carmen, La Merced, San Agustín y San Francisco. Ese año, el de 1850, incontables hombres trabajaban durante las noches en el cementerio atrial de San José, con la misión de extraer los cadáveres y trasladarlos a los panteones de San Juan y Los Urdiales, e incluso el Santuario de Guadalupe, que aún funcionaba. Es importante reseñar que todavía entre las décadas de los 60 y los 70, en el siglo XX, la infancia de entonces jugaba en las casas y los predios de la colonia Industrial a desenterrar cráneos y huesos humanos, seguramente sin conocer los antecedentes del cementerio que se estableció en el lugar como consecuencia de las muertes que se registraron ante la segunda epidemia de cólera. En cuanto a la catedral barroca del siglo XVIII, también se clausuraron sus criptas. El último cadáver en ingresar fue el del obispo de Michoacán, Juan Cayetano Gómez de Portugal, en abril de 1850.

Discurrían los minutos porfirianos de 1882, época en que las autoridades municipales planearon la construcción de un cementerio que sustituiría el de San Juan y el de Los Urdiales, proyecto que se concretó, finalmente, en 1883, en El Huizachal. Una vez con el predio destinado al establecimiento del nuevo cementerio moreliano, el desplante del mismo fue ejecutado por un especialista de apellido Roth; en tanto, el célebre ingeniero belga Guillermo Wodon de Sorinne, se encargó de la arquitectura de la fachada.

Las autoridades municipales trazaron y construyeron el Panteón Municipal de Morelia, cuya primera inhumación se llevó a cabo en 1885 y fue inaugurado formalmente 10 años más tarde, en 1895. Otras versiones refieren que el Panteón Municipal de Morelia inició su gestión, todavía incipiente, en 1894, y que un año más tarde, tras su inauguración oficial, el primer cadáver registrado fue el del contador y corredor Luis Lemus Olañeta. En los días de 1905, fue inaugurado el monumento dedicado al segundo arzobispo de Michoacán, José Ignacio Árciga Ruiz de Chávez. Posteriormente, la construcción recibió el título de Capilla del Panteón.

También inició la edificación de la rotonda de los hombres ilustres, media década antes del estallido social que modificaría el rumbo de los mexicanos. Olía, entonces, a acontecimientos intensos, a historia, a capítulos irrepetibles. La nación miraba de frente hacia el horizonte, a su destino irrenunciable, a las páginas que hoy, con sus verdades y mentiras, se estudian en los libros.

Según la tradición, el poderoso hacendado guanajuatense, Ramón Ramírez Núñez, comisionó al joven Fermín Ramírez, vigilante del terreno del cementerio, donde también fungió con el cargo de sepulturero y administrador. Vivió alrededor de 80 años en la necrópolis de Morelia. El velador llegó muy joven al “camposanto” y allí murió, cuando casi tenía un siglo de edad. Coleccionó anécdotas, protagonizó historias y el cementerio formó parte de las horas de su existencia. Como que él y las tumbas ya eran parte de lo mismo.

Acaso por su fortaleza y juventud, Fermín Ramírez no temía a la muerte ni a los difuntos. El cementerio era su hogar, su mundo, su realidad. Todos los días, durante varias décadas, caminó por las calzadas con árboles y criptas. Miró lápidas y cruces. Conoció los nombres de quienes yacían en cada sepulcro. Los epitafios no le eran desconocidos. Sintió y vivió con intensidad, quizá como nadie en Morelia, el ambiente fúnebre. Hasta dos de sus hijas nacieron en el cementerio. De hecho, su nieto José Inés Estrada Ramírez, nacido en la década de los 30 del siglo XX, optó por dedicar los días de su existencia a la elaboración de lápidas y monumentos fúnebres.

Ya anciano, el velador Fermín Ramírez solía contar que en las madrugadas, cuando los soldados llegaban de improviso, irrumpían la tranquilidad fúnebre y fusilaban a la gente junto a la cruz atrial de piedra que actualmente se localiza a un costado del Santuario de Guadalupe, conocido popularmente como San Diego, al oriente del centro histórico de Morelia. Los militares lo llamaban con el objetivo de que recogiera los cadáveres y los sepultara. Incluso, en la época revolucionaria que inició en 1910, la gente le denominó “la cruz de los condenados a muerte”, en alusión a los bandidos que eran ejecutados.

Cierta ocasión, los militares ejecutaron a un par de hombres, acertando todos los tiros a uno y cayendo ambos. Cuando Fermín pretendió enterrarlos, uno de ellos, quien fingió estar muerto ante los soldados, incorporó y huyó despavorido. Al otro hombre, aparentemente fusilado, una bala que parecía mortal pegó en una medalla que colgaba en su pecho, salvándole la vida. Ensangrentado, escapó igual que su compañero, el otro fugitivo.

José Inés Estrada Ramírez, nieto del primer velador y administrador del Panteón Municipal de Morelia, presenció, en los minutos de su infancia, los últimos dos fusilamientos. Miró a su abuelo retirar a los muertos y sepultarlos en una fosa común. El hombre no solamente era velador, administrador y sepulturero; también se dedicaba a esculpir lápidas de cantera, muy modestas, iniciando así, quizá sin sospecharlo, el oficio que más tarde heredaría su nieto, hijo de María Ramírez, la mujer que nació en el cementerio, y de José Inés Estrada González, el primer artífice de monumentos sepulcrales de materiales más modernos, en el amanecer del siglo XX.

Cuando el Hospital General de Morelia, cuya construcción inició en 1897 y la declaración inaugural se pronunció en 1901, hasta desaparecer a mediados del siglo XX, se localizaba al poniente del centro de la ciudad, personal médico ordenaba que los cadáveres sin identidad fueran conducidos al panteón municipal, para lo cual eran colocados en ataúdes que un burro transportaba en un carretón de madera. Ante la ausencia de carretonero, la bestia de trabajo llegaba hasta determinado paraje del cementerio y allí se detenía, en espera de que los sepultureros retiraran los féretros que un hombre de oficio carpintero fabricaba con tablones burdos cerca del hospital. El animal conocía el camino. Entendía su misión y sabía su tarea.

Iba al cementerio y regresaba al hospital sin arriero ni carretonero. Un día, el animal reparó y cayeron las cajas a la tierra, de las cuales rodaron los cadáveres amarillentos y ensangrentados. Los médicos cerraban las heridas con mecates burdos. Innegablemente, el hombre de negocios, Ramón Ramírez Núñez, nunca imaginó que un trozo de la superficie de su hacienda, la de La Huerta, reuniría tanta historia como es el caso del cementerio, con sus claroscuros. De alguna manera, aunque no se le recuerde en ese sitio y su tumba se encuentre vacía, se presiente, al recorrer las calzadas ensombrecidas por árboles corpulentos, que hubo historia y que sus hojas rotas permanecen entretejidas aquí y allá, en un rincón y en otro.

Y si entre las calzadas aparecen criptas fragmentadas, heridas por la humedad, por los saqueadores y por el tiempo, otras han cautivado, como la escultura de San José, firmada por Piccini, o los dos ángeles y la Virgen del Rosario, labrados en mármol, cuyo autor fue el célebre Ponzanelli, miembro de una familia de artistas europeos, entre los que destacaron Valerio Ponzanelli, a quien se atribuye la antigua catedral de Carrara, en Italia.

Personajes ilustres han sido sepultados en el cementerio, pero igualmente resguarda a los morelianos anónimos, a la gente que nació y vivió aquí y allá, en la ciudad, en la capital del estado, y en diversos rincones de Michoacán. Permanecen sepultadas incontables generaciones de hombres y mujeres, unos con nombres y apellidos y otros desposeídos hasta de identidad.

El Panteón Municipal de Morelia conserva fragmentos que recuerdan a quien alguna vez, en postrimerías de la decimonovena centuria, se convirtió en el primer líder formal de los comerciantes establecidos en la capital michoacana. Hay hombres que caminan y dejan huellas, remembranzas, trozos de vida que se recuerdan, aunque sus tumbas se encuentren desoladas y vacías.

Y si la tumba del personaje guanajuatense que protocolizó la fundación de la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, Ramón Ramírez Núñez, está vacía, cargada de recuerdos y suspiros que el tiempo y el olvido, aliados inseparables, se empeñan en diluir, el otro sepulcro mortuorio, el de los cuatro hermanos Audiffred, incluido León, el tesorero en 1896 de aquella directiva de empresarios, enclavado con su blancura marmórea en el Cementerio Jausiers, en los Alpes de Haute Provence, Valle de Ubaye, Francia, desprende ecos de un ayer, fragmentos de una historia aquí y allá, las voces y los silencios de la vida y la muerte.

El monumento sepulcral presume el relieve de un ángel, entre dos columnas, quien mira hacia arriba, a un cielo donde se encuentra una cruz que emana rayos luminosos. Las guirnaldas talladas no son menos cautivantes que la Anunciación. El sepulcro, tallado por el arquitecto F. Girard, mira de frente al caserío, y sentencia: “mirabille aeternumque lumen”.

Otro espacio, contiene los datos de los hermanos Audiffred. Bajo la leyenda Ici reposent, aparecen los datos de André Víctor Audiffred, quien nació en Lans el 28 de marzo de 1847 y murió en París, el 29 de marzo de 1905; León Jacques Audiffred, que inició su vida el 3 de septiembre de 1843 y falleció en Jausers, el 17 de junio de 1918. También yace en la tumba Pierre Remy Audiffred, quien nació el 13 de diciembre de 1850 y murió en Jausiers, el 22 de julio de 1922. El otro hermano fue Emile Audiffred, que nació el 21 de abril de 1855 y falleció el 2 de noviembre de 1936.

De entre los suspiros callados, en esos ambientes que flotan en los panteones, las voces parecen clamar que alguien las escuche, y es precisamente en la tumba de los cuatro hermanos Audiffred, tan ostentosa y con el valor, según especialistas franceses, de una finca bien construida, de donde brotan trozos de historias añejas que envuelven, hasta que uno, al escucharlas, se siente inmerso en aquellos días, los del siglo XIX y los de las primeras décadas de la vigésima centuria, después de todo parte de la trama humana.

Relata la tradición que de los cuatro hermanos Audiffred que en la aurora de la década de los años 70, en el siglo XIX, partieron en barco, hacia México, junto con otros contemporáneos de Barcelonette, cuando el mar olía a aventura, a comercio, a epopeya, a piratas, a romanticismo, León, quien nació en Lans, Jausiers, alrededor de 1843, y murió en su pueblo en 1918, de acuerdo con datos guardados en los expedientes del Consulado Honorario de Francia en Morelia, era el más dinámico en los negocios.

Junto con su socio Camilo Cornille, León y sus hermanos adquirían parte de la mercancía en la Ciudad de México y regresaban a Morelia tras seis días de viaje; aunque directamente compraban un porcentaje significativo de artículos en Inglaterra, París y Lyon, los cuales llegaban al Puerto de Veracruz.

Los hermanos Audiffred, quienes se asociaron con otros fundadores de la Compañía Industrial Veracruzana de Tejidos de Ciudad Mendoza, fueron conocidos como “los cuatro sin mujer”, ya que no contrajeron matrimonio. Como era costumbre en las casas francesas de Lans y otros lugares, ellos, los hombres de negocios, firmaban contratos por tres, cinco y hasta ocho años para no contraer matrimonio, que muchas veces refrendaban al término de los mismos, porque debían entregarse por completo a la encomienda de fundar empresas, fortalecerlas y transformarlas en firmas de prestigio, motivo por el que no es de sorprender que no pocos de ellos, en aquella época, permanecieran solteros.

Bajo el liderazgo de León, los Audiffred simbolizaron una dinastía y se sumaron a otros destacados migrantes barcelonettes que trabajaron con empeño y acumularon cuantiosas fortunas, indudablemente despertando suspiros femeninos porque en México no ha sido mínimo el número de personas que sienten embeleso por los extranjeros, a tal grado que a las miradas azules y verdes les denominan “ojos de color” y a la gente de tez más clara le llaman “güera”, aunque no sea rubia.

La alianza de los recién llegados hermanos Audiffred, en 1871, con su paisano Camilo Cornille, representó el inicio de un imperio económico. Fundaron, en Morelia, el cajón de ropa Cornille y Audiffred; pero bastaron seis años para que en 1877, inauguraran la negociación Audiffred Hermanos, que en el albor del siglo XX cambió su razón social por Audiffred Hermanos y Compañía, casa que en esa época porfiriana contó con el respaldo de El Puerto de Liverpool y El Louvre. Esa empresa, fue dirigida por tres familias, cada una en distinto período: Audiffred, Jaubert y Reynaud.

Como otros empresarios, los Audiffred otorgaban créditos refaccionarios e incluso hipotecarios a hacendados, comerciantes e industriales, con intereses bastante considerables y en ocasiones, ante situaciones económicas, sociales y políticas tambaleantes, en las que difícilmente era posible cubrir los adeudos.

Nadie desconoce que los cajones de ropa, fundados por extranjeros -franceses, en su mayoríay mexicanos, fueron resultado del interés de la aristocracia porfiriana y de la clase media en las modas europeas. París dictaba el estilo de vestir. Un país encadenado a la zozobra, a las simulaciones, a la miseria, a los conflictos políticos y sociales, a la corrupción, a la turbulencia y al racismo, acogía con beneplácito esa clase de cajones, donde había desde ropa y sombreros hasta perfumes, libros y mercancía de lujo, como hoy, en otro esquema, en las plazas y los centros comerciales.

México viene, como país, de conflictos sangrientos, corrupción entre políticos, ambición desmedida por parte de grupos capaces de descontrolar a la nación, violaciones, fracasos, traiciones, engaños y crímenes, y nadie, ayer y hoy, ha deseado para sí volver a las cadenas de la miseria. Los cajones de ropa, como actualmente los centros y las plazas comerciales, siempre han ejercido un encanto en la gente, acaso porque le da glamour, probablemente por ser un deleite el arreglo y el aspecto personal, quizá por ser maquillaje en un lugar de apariencias, tal vez por todo.

Consta en archivos notariales e históricos que ellos, los hermanos Audiffred, extendieron su influencia comercial a Pátzcuaro, Uruapan, Ario de Rosales, Tacámbaro y otras poblaciones michoacanas; pero igualmente se asociaron, al finalizar el siglo XIX, con la Compañía Industrial de Atlixco, textilera de la que Ramón Ramírez Núñez también poseía acciones. Tejieron una red y formaron un imperio económico. Establecieron alianzas y negocios no solamente en Atlixco, Puebla, sino en Guanajuato, Veracruz y Guadalajara, por medio de las firmas Caire y Audiffred, Audiffred y Compañía y Audiffred y Garel, respectivamente.

Cuenta la historia que cuando los hermanos Audiffred acumularon una fortuna cuantiosa, llegaron a una casa, en París, que se encontraba muy próxima al Arco del Triunfo. Sus días se diluyeron entre el ambiente parisino y las carreras de caballos; mas los meses de julio y agosto de cada año, radicaban en su palacete construido en una reserva enorme, en Jausier, conocida posteriormente como Villa Morelia.

Influyentes como la mayoría de los integrantes de la comunidad francesa establecida en la capital michoacana, los cuatro hermanos Audiffred construyeron, entre 1903 y 1904, la mansión de exquisita arquitectura ecléctica -le chateu-, ostentosa, con esculturas, chimenea y ático de pizarra, en su terruño, Vallée de l´Ubaye, Jausiers, Francia. Más tarde, el arquitecto F. Girard talló la tumba augusta en mármol, donde los cuatro hermanos, cada uno en su tiempo, fueron depositados al morir solteros, célebres y dueños de una fortuna cuantiosa.

De ambas tumbas, la de Ramón Ramírez Núñez, en Morelia, y la de León Audiffred y sus tres hermanos, en Jausiers, gravitan hondos suspiros y los susurros de un enorme vacío porque los fragmentos permanecen aquí y allá, en cada espacio y rincón, en los otros días, como si de pronto la vida y la muerte fueran un símbolo y se empeñaran, por alguna causa, en reunir a quienes compitieron en los negocios, y ante los signos de su época, establecieron acuerdos y alianzas y se inscribieron en la historia al convertirse, en los días de 1896, en presidente y en tesorero, respectivamente, del primer consejo formal de la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia. Compartieron días y capítulos, con sus encuentros y desencuentros, y cada uno partió con los episodios que protagonizó; sin embargo, los sepulcros quedan, al final, entre la desolación, los recuerdos y el olvido, con el resumen de la vida y la muerte, y el eco, quizá, de la historia humana.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

  • Morelia es capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de la República Mexicana. Fue fundada en 1541
  • La Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, fue fundada en 1895 por el ferretero alemán Luis Andresen, y formalizada un año más tarde, en 1896, por el comerciante y hacendado Ramón Ramírez Núñez. Se trata de una de las agrupaciones de comerciantes más antiguas de México
  • La bibliografía y las fuentes de consulta se encuentran inscritas en el libro “123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia”, escrito por Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Mujeres de siempre: Cynthia Angélica Ayala Jiménez, una historia de ilusiones, sueños y realidades

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“…cuando tomé la decisión de realizar el examen, lo recuerdo muy bien, me dije que era lo mejor que podía hacer para vencer todos mis miedos”. Cynthia Angélica Ayala Jiménez

“Ese fue mi principal motivo: quería transformarme en una mujer segura, independiente, valiente…” Cynthia Angélica Ayala Jiménez

“Toda mujer debe saber y tener claro que no tiene por qué estar en un espacio y con personas que no la tratan bien, o más aún, que la violentan física o psicológicamente. Lo más importante en la vida de una mujer, es atreverse a ser y hacer aquello en lo que se sienta plena, realizada”. Cynthia Angélica Ayala Jiménez

Un día, en 1994, salió de la oficina del director del periódico, con la alegría juvenil y la ilusión de una universitaria recién egresada de abrirse paso en la vida y realizarse como mujer, profesionista y ser humano.

El director del periódico El Sol de Morelia, Armando Palomino Morales -don Armando, como le llamábamos cariñosamente-, me confesó alguna vez que aquella joven, Cynthia Angélica Ayala Jiménez, le había inspirado confianza y que un rasgo que le agradó fue, precisamente, la amabilidad, la sencillez, el respeto y los deseos de trabajar y progresar de aquella muchacha sonriente, honesta y soñadora. Así la definió al confiarme que esperaba mucho de ella como periodista.

No se equivocó el hombre que entonces tendría alrededor de 63 años de edad. Le autorizó una plaza como reportera y confió plenamente en ella, como lo hizo conmigo, años antes, sin conocerme. Y nunca traicionamos la confianza que aquel señor tuvo en nosotros. Actuamos siempre con honestidad y profesionalismo, fieles a nosotros mismos y a nuestros principios.

Aquella joven soñadora, “amable, bien intencionada y de mirada transparente”, como una vez alguien -otra mujer- la definió en la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, se entregó por completo al quehacer periodístico, profesión riesgosa, poco redituable económicamente y demasiado absorbente en tiempo; sin embargo, siempre llamó mi atención el hecho de que sabía lo que anhelaba en la vida y su mayor tesoro era, como lo es aún, su familia.

Me parece, en consecuencia, una persona que ha dejado huella, digna de ejemplo. Es una mujer de siempre. Es ella, Cynthia Angélica, quien ha respondido mis preguntas por escrito y de diferente modo, a través de lo cual percibo la misma emoción, alegría e ilusión de aquella joven que conocí en las horas de 1994:

“Nací el 18 de febrero de 1971, en Morelia, capital del estado de Michoacán, en el centro-occidente de México. Una ciudad colonial que desde muy temprana edad conquistó mis sentidos y mi corazón. Hablo de aquella ciudad de provincia, en la que aun siendo niños podíamos jugar y andar tranquilamente en la calle”.

Y provoca silencio, nostalgia y reflexión cuando completa la idea: “aquí, en Morelia, transcurrió mi infancia, tranquila y feliz, acaso con los vaivenes que en la época habría de enfrentar toda familia de clase media, pero en la que, ante todo, siempre se buscó inculcar valores y una educación tradicional”.

Es la misma de antaño. Sus palabras e ideales la descubren. Habla con firmeza, valor y seguridad acerca de sus principios, y eso da valor a una persona, a una mujer, a un hombre, a todo ser humano, la congruencia entre sus sentimientos, ideas, palabras y actos. Es el encanto de vivir. Se trata de la pasión de una existencia.

Prosigue con el relato de su vida: “soy la tercera de 6 hijos, llegados alternadamente -mujer-hombre, mujer-hombre, mujer-hombre-, lo cual hizo de la mía una infancia feliz, con acompañamiento constante -entre risas, pleitos infantiles, espacios, aficiones y juegos compartidos-, que bajo la guía de nuestros padres nos hizo crecer como hermanos muy unidos, como nos hemos mantenido hasta la fecha”.

De hecho, Cynthia, a quien desde los 13 años de edad le apasiona tomar fotografías de paisajes naturales, animales, personas y sitios de interés, siente especial amor hacia sus 11 sobrinos. “El vínculo con mis sobrinos, los hijos de mis hermanos, es tan grande que los amo tanto y los considero parte esencial de mí, como si fueran mis hijos”.

Y continúa con la emoción y el orgullo de quien ha tuvo la dicha de disfrutar su hogar e infancia: “hijos de padres trabajadores, desde pequeños aprendimos -principalmente por mi madre- la importancia de colaborar en casa y ser autosuficientes a temprana edad”.

Abre las páginas de su biografía, busca entre los minutos y los días que permanecen en el naufragio del tiempo, horada en sus recuerdos y explica que “en medio de la presencia de mis papás y cinco hermanos, y con un carácter extremadamente tímido, pensaba mucho, pero hablaba poco. Jugaba, sí, pero también observaba, analizaba situaciones que se daban a mi alrededor; percibía actitudes de adultos, que llamaban mi atención e internamente las cuestionaba y hacía conjeturas”.

¿Qué es el tiempo? ¿Cómo se registran los cambios sociales de manera casi imperceptible? No hace tantos años que el rostro del mundo era otro, y ahora aquella época pertenece al ayer, a otras horas, y es historia, recuerdo, historia y recuerdos que se añoran y motiva a preguntar en qué momento se perdieron las familias, la educación, el respeto, la alegría, los hogares.

Cynthia expresa: “mi infancia transcurrió en la época de los juegos de calle, juegos de mesa, muñecas, triciclos, y en una Morelia que aún nos permitía correr por las calles sin los peligros de hoy en día. Regresábamos del colegio -ubicado en el centro histórico de la ciudad- caminando hasta llegar a casa, sin ningún riesgo aparente”.

Refiere que “a pesar de no contar con una situación económica holgada, mi madre siempre se empeñó en que asistiéramos a colegios católicos -tal como su mamá hizo con ella y sus hermanos-, lo que aseguraba que recibiéramos la mejor educación -en esa época y en una ciudad de provincia, éstos eran una garantía -. Así, cursé los primeros 15 años de mi formación escolar con las madres salesianas. Ahí se sentaron en gran medida las bases de mi educación, que venían a complementar y/o reforzar la recibida en el hogar”.

“No obstante, y si bien fueron grandes los momentos, las enseñanzas y los recuerdos que me generó estar en un colegio de monjas, al que asistíamos solamente niñas, también me permitió conocer de manera muy cruda la diferencia de clases sociales y prejuicios raciales que en aquel entonces era muy marcada en la conservadora sociedad de Morelia”, admite.

Confiesa que el hecho de “no pertenecer a una élite predominante en el colegio, lo cual se reflejaba no solo en el color de la piel, sino en la apariencia, los accesorios escolares, el lunch y hasta el auto en que te recogían al salir del colegio -si no es que te tocaba regresar a casa caminado o en transporte público-, marcó sin duda mi vida. Yo estaba en el lado de la minoría, con escasos recursos económicos -en comparación con la mayoría de las compañeras-, y una piel morena que fue motivo de burlas, señalamientos y exclusión, hechos que limitaron mi desarrollo social, haciéndome una niña y luego adolescente extremadamente retraída. Insisto, pensaba mucho, observaba mucho, anticipaba reacciones, a veces en mi mente respondía las preguntas que hacían los maestros, pero nunca me atrevía a hablar ante mi grupo”.

Sus palabras, nuevamente motivan a la reflexión, y uno se pregunta cómo es posible que en una ciudad fundada en 1541, con tantos acontecimientos sociales e históricos en sus rincones, en sus plazas, en sus calles, donde coexistieron diferentes castas, la gente no haya aprendido que las apariencias y las superficialidades son burbujas frágiles y de efímera existencia, tendencia, por cierto, ampliamente practicada en diversas regiones de México y promovida, sobre todo, por las televisoras privadas del país.

Es, parece, mujer analítica: “y, sin embargo, el espíritu que rige a la congregación salesiana, en palabras de su fundador, San Juan Bosco, es “estar siempre alegres”. Y sin duda, es algo que las religiosas -la mayoría- y maestras, podían conseguir en sus colegios gracias al sistema pedagógico que ahí se les inculcaba. Lograba, con el reducido grupo de amigas, o acaso la amiga del momento, estar alegre, disfrutar a mi manera y tener ratos muy buenos, que son los que más grabados están en mi memoria”.

Y cuando uno le pregunta cuáles fueron sus sueños e ilusiones durante su niñez y adolescencia, hace una pausa y anticipa: “tal vez no podría hablar mucho de sueños e ilusiones en la primera infancia, porque solo estaba dedicada a jugar, a vivir. Tal vez fue en la adolescencia, cuando comencé a ser consciente de carencias económicas, que mis sueños e ilusiones se fueron conformando, pero básicamente en el sentido de algún día tener trabajo y dinero para compartir con mi familia. Si acaso, desde muy temprana edad, soñé con aprender a manejar y tener un auto”.

Admite: “no sé si fue el modelo de profesoras que tuve, o mi afición ya desde niña, por los más pequeños, lo que me hizo ir albergando desde muy pronto la que por muchos años fue mi gran ilusión en términos profesionales: ser maestra”.

“Primero con mis hermanos y primos, después con niños vecinos, o con hijos de las amigas de mi mamá, siempre tuve mucha facilidad para relacionarme con los más pequeños. Ensayaba entonces cómo sería maestra cuando grande. Esos fueron en muchos momentos mis juegos, entre los que destacaba preparar presentaciones infantiles para la familia en las festividades (día de la madre, día del padre, etcétera), en lo que una de mis tías -quien fue como mi segunda madre- me apoyaba, ayudándome a confeccionar los atuendos para dicho fin, o cualquier otra cosa que yo creyera necesitar; improvisaba el salón de clases, con un pizarrón que nos habían comprado para coordinar una agenda familiar -lo cual ocurrió muy poco tiempo, y después se quedó como un juguete-; y por supuesto los regaños y los recreos eran parte importante de esos juegos”, similar a una profesora real.

De tal manera, “me visualizaba enseñando a niños, principalmente de preescolar. Este hecho solo cambió cuando en el tercer año de preparatoria -en el bachillerato general con área pedagógica- llevamos la materia de Ciencias de la Comunicación, impartida además por uno de los maestros más reconocidos en Morelia, por su rectitud, fineza, capacidad, rigidez y calidad humana: Gustavo Ernesto Tena Orozco. Era un hombre mayor, que siempre, a cada una nos llamaba por nuestro apellido; de porte distinguido, cabello cano, siempre luciendo impecable, de expresión fina y, sobre todo, siempre exigiendo lo mejor de cada quien”.

Reconoce, tras la sabiduría y experiencia que transmitió aquel maestro: “la materia me conquistó, y el cambio de dirección fue motivado, además, por una prueba vocacional que nos aplicaron en ese periodo, donde me señalaba como áreas de interés y capacidades, la de los medios de comunicación”.

“Debo decir que, para ese entonces, si bien continuaba en el mismo colegio de religiosas, el entorno ya era diferente: grupos reducidos, mayor diversidad socio-cultural, lo que me generó la confianza que en niveles anteriores no había tenido, y me llevó a desenvolverme con mayor facilidad: estudiaba, hablaba, analizaba, me relacionaba, obtenía buenas calificaciones, y a veces no tan buenas; comencé a tener cierto discreto y sutil liderazgo, o eso sentía yo”.

Una vez abierto el libro de las remembranzas, las ideas llegan en tropel y ella las ordena, les da sentido: “tal vez una difícil situación económica, fue el hecho que influyó en mi vida en aquella época. La separación de mis papás, cuando yo tenía 17 años, derivó en desequilibrio económico para mi mamá, y del emocional y psicológico que a mí me ocasionó, solo pude ser consciente muchos años después. En ese momento, nos volvimos pragmáticos, y debimos hacer frente a una difícil realidad: nuestra economía. Mis dos hermanos mayores se convirtieron en el apoyo toral de mi mamá, quien debía hacer frente a la responsabilidad de sostener a la familia. Y yo, ahora lo veo, primero distraje mi atención en asuntos propios de la juventud, sin dar importancia a ese hecho, hasta que comencé a advertir las limitaciones económicas que enfrentábamos, y el impacto que había causado en cada miembro de la familia, comenzando por mí”.

“Desde muy pronto sentí también la inquietud de ser productiva. Quería trabajar, ganar dinero, por lo menos para mis propios gastos. Cuando se presentó la oportunidad, no dudé en aceptar el trabajo que me ofreció mi tía para trabajar en una dulcería grande e innovadora que tuvo una excelente época en Morelia. Tal vez mi modesto sueldo no daba para apoyar entonces al sustento familiar, pero era un gran alivio -de vez en cuando- poder invitarles una hamburguesa o algún otro antojo a mi mamá y hermanos, o simple y sencillamente cubrir mis propios gastos de transporte y escuela. Yo continuaba en el colegio de monjas gracias a una beca que mi mamá gestionó para que pudiera concluir ahí la preparatoria. Trabajar en la dulcería, como dependienta, me dejó grandes aprendizajes, y disfrutaba desde asear el local y acomodar mercancía, hasta decorar con motivos infantiles, de acuerdo a la temporada del año, los ventanales que daban a la calle y atraían a los transeúntes”.

Reconoce que “cuando la carga de trabajo académico fue más pesada en el segundo año del bachillerato, dejé el empleo de la dulcería, pero extrañaba sentirme productiva. Al concluir esa etapa escolar, y ante la incertidumbre de mi ingreso a la universidad, tuve oportunidad de trabajar por casi tres meses en una de las compañías gaseras más grandes del estado de Michoacán en ese entonces. Fui la recepcionista que atendía llamadas para pedidos de gas en Morelia, los organizaba por rutas, los distribuía entre los repartidores, recibía cuentas de éstos, y apoyaba a mi jefe en la preparación de los pagos de cada semana al personal. Dentro de mis funciones, además de recibir los regaños de los usuarios que se quedaban sin gas, porque no se los surtían inmediatamente, estaba el realizar depósitos bancarios, lo que me llevó a observar mucho la dinámica en un banco, y llegar a considerarlo como opción de trabajo”.

Y es que, “al terminar la preparatoria, ya convencida de que no sería educadora, corroboré que aquí en Morelia no había ninguna institución en la que se impartiera la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Con mi mamá, estuvimos al pendiente de la convocatoria para ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM por sus siglas -en aquella época la publicaban en los periódicos más importantes del país-, e hicimos todos los trámites necesarios para aplicar el examen. Fuimos a la Ciudad de México en dos ocasiones: una para sacar la ficha y otra para realizar el examen. Los resultados, según nos informaron, llegarían al domicilio particular, a través del correo terrestre”.

Y así, “llegó septiembre, y nada pasó; siguió octubre y tampoco; mientras, yo continuaba trabajando en la compañía gasera. Pero ante la posibilidad de quedarme sin estudiar, pues no había considerado un plan B, me propuse buscar otro tipo de trabajo, y fue cuando llevé una solicitud a un banco, pero nunca supe si me habrían llamado”.

“Eran casi mediados de noviembre -según recuerdo- cuando ya inesperadamente llegó la carta de la UNAM, felicitándome y dándome la bienvenida, al ser aceptada para cursar la licenciatura en Ciencias de la Comunicación, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Fue el 20 de noviembre de 1989 cuando dejaba Morelia para trasladarme a la Ciudad de México”.

Cynthia se interna a sus años juveniles, al momento de su prueba, y admite que “una vez recibida la noticia de que había sido aceptada en la UNAM, sentí pavor. Pero cuando tomé la decisión de realizar el examen, lo recuerdo muy bien, me dije que era lo mejor que podía hacer para vencer todos mis miedos. Ese fue mi principal motivo: quería transformarme en una mujer segura, independiente, valiente, lo cual entonces creía que estaba muy lejos de ser. Hubo ciertas dudas respecto a irme, porque además para ese momento una universidad privada estaba por empezar a impartir esa carrera”.

“Mi análisis me dijo, sin embargo, que no se podría comparar estudiar en una institución que apenas comenzaba a impartirla, con una universidad pública que ya tenía años de experiencia -la más grande del país- y en la que yo ya tenía una matrícula. Y con todo el apoyo y respaldo de mi mamá, tanto emocional como material, tomé la decisión de irme. Una amiga de la familia materna, que vivía allá, generosamente nos ofreció su departamento para que yo viviera con ella durante mis estudios”.

Respira profundamente al evocar aquella prueba de su vida y asegura que “fue así que, de un día para otro, me vi llegando a la Ciudad de México. Me llevó mi mamá en compañía de uno de mis hermanos. Debo reconocer lo contradictorio que puede parecer vivir aquel momento de la separación como uno de los voluntariamente más doloroso de mi vida. Nunca me había separado de ellos, de mi mamá, de mis hermanos. Recuerdo que lloré mucho, tuve mucho miedo, pánico, al verme sola -sin mi familia- en aquel monstruo de ciudad”.

Uno entiende los sentimientos de pánico que experimentó aquella muchacha con sueños e ilusiones enormes y una vida consumida en un ambiente familiar, en una provincia otrora apacible; sin embargo, como ella declara, “afortunadamente, tanto la persona con la que llegué a vivir, una señorita ya mayor, que vivía sola, y su cuñada, que vivía en un departamento del mismo edificio con su hija de 15 años, me acogieron como familia. Debo decir que este apoyo fue fundamental, porque si bien extrañaba inmensamente a mi mamá, hermanos, y todas las personas que formaban parte de mi entorno en Morelia, no me sentía sola. Ellas se convirtieron entonces en mi familia, con lo que se reforzó un lazo de amistad y familiaridad que data desde dos generaciones anteriores, y que hasta el día de hoy se mantiene”.

“Así, y afrontando el dolor que nunca dejó de ocasionarme la distancia de mi familia -confieso que lloré mucho, durante muchos días seguidos-, a quienes veía en promedio cada mes, que venía a Morelia, concluí la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Y por lo mismo, siempre tuve claro que, al terminar, quería volver a Morelia, a mi ciudad, con mi mamá y hermanos, con mi familia, y trabajar aquí”.

Hace el recuento: “fueron cuatro años y medio los que viví en la capital de México, suficientes para enamorarme de la ciudad, con todos sus contrastes, de la grandeza y riqueza histórica y cultural que encierra la gran urbe, y sobre todo de la muy breve pero entrañable historia que ahí construí. Adopté entonces al Distrito Federal como mi segunda ciudad favorita, y le estoy infinitamente agradecida porque en medio del pánico me empujó a sacar la osadía de hacer y vivir, de aprender a valerme por mí misma, que tal vez en otras circunstancias me hubiera costado más trabajo sacar”.

Es agradecida. Reconoce el esfuerzo de su familia, de la gente que la ama, y es por eso, quizá, que menciona que “estudiar en la Ciudad de México sin duda fue una de las mejores experiencias y oportunidades que agradezco infinitamente a mi mamá, a mi familia, y a la vida. Me cambió la visión del mundo. Me permitió descubrirme a mí misma”.

Surge, entonces, el espíritu de quienes han cursado alguna carrera profesional en la Universidad Nacional Autónoma de México, una de las instituciones más grandiosas que han encumbrado el nombre del país: “tal vez son unos cuantos los amigos que conservo de la universidad, pero con cada persona que conviví, compañeros, personal administrativo, de las bibliotecas, etcétera, aprendí la grandeza de una universidad que te hermana aún con el que no conoces”.

Recuerda con la alegría, el orgullo y la satisfacción de quien se ha atrevido a vivir episodios que parecían inalcanzables: “caminar por la explanada principal de la UNAM, admirar los murales de la biblioteca central, la torre de Rectoría, y la facultad de Medicina, solo por mencionar algunos de los espacios del campus, era un aliciente cuando me sentía sola y a punto de flaquear. A pesar de sentirme pequeña en aquella inmensa ciudad universitaria, y aquel mundo de estudiantes, me reconocía afortunada por estar ahí, y tener acceso a esas inmensas bibliotecas, hemerotecas, y, sobre todo, a grandes maestros”.

No omite que “sin duda la mayoría de profesores, cada uno a su manera, influyeron en mí. Lourdes Quintanilla, Javier Oliva Posada, Leopoldo Borrás Sánchez, Carmen Avilés Solís, Carmen Sanz, son los nombres que vienen a mi mente, como excelentes profesores de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales”.

Recorre, como una viajera con experiencia en las muchas rutas de su vida, que “para la realización de un trabajo escolar, tuve oportunidad de entrevistar, como simple estudiante, al periodista Miguel Ángel Granados Chapa, a quien fui a buscar a las oficinas de la radiodifusora Grupo Radio Mil, y donde me dio una cita para visitarlo en su despacho. Encantada en una oficina en aparente desorden, de papeles, documentos y libros, me habló sobre el periodismo, su trayectoria y su renuncia -que estaba muy reciente- al periódico La Jornada”.

Recalca, segura de sí: “pero quien llegó a marcar mi vida de manera contundente, tanto en lo profesional como en lo personal, fue el maestro -así, en toda la extensión de la palabra- don Henrique (si, con H) González Casanova. Sus clases eran esperadas con gran placer, porque siempre, aun cuando por llamar la atención a algún compañero se saliera del tema, nos daba grandes lecciones. Un caballero, en toda la extensión de la palabra, de excelente educación y fineza, de porte elegante, siempre vestido de traje; nos exigía hablar correctamente, con propiedad. Siempre con un voto de confianza en la juventud, se acercaba a algunos de sus estudiantes para ofrecer algún tipo de apoyo, dependiendo de las cualidades que viera. Por alguna razón se acercó a mí, al igual que a otras compañeras y compañeros. Al advertir mi gusto por la lectura, me regaló libros que aún conservo, nos invitaba a tomar un café, nos llevó a conocer su casa en la colonia Florida, y en ella su inmensa biblioteca, y en cada encuentro eran interesantes charlas sobre literatura, sobre personajes de la vida pública, del arte, de las letras, con quienes había convivido, pero, sobre todo, nos daba grandes lecciones de periodismo, de comunicación y de la vida”.

Ya en la última etapa de estudios, “y al percatarse de una condición económica limitada, me otorgó una beca estudiantil con la que apoyé un poco mi manutención; esto, y un negocio informal que comencé entonces, me ayudaban a hacer menos pesada la carga monetaria para mi mamá. Era una época en que se comenzaba a usar bisutería de fantasía muy vistosa y económica, que yo compraba en el centro de la Ciudad de México y vendía cada vez que venía a Morelia entre amistades, vecinas y compañeras de trabajo de mi mamá y hermana”.

Es lectora de libros. “Mi gusto por la lectura en la infancia y adolescencia, se fue dando en una de las recámaras de mi casa, donde había todo un librero lleno. En muchos casos, mientras mis hermanos jugaban o veían televisión, o hacían otras cosas, yo me sentaba a la orilla de la cama que estaba junto al librero, y recorría todos los títulos, sus nombres, autores, y si acaso alguno llamaba mi atención, lo sacaba, lo ojeaba y tal vez hasta lo leía. Hubo un momento en que, me atrevo a decir, tenía un inventario mental de la bibliografía que ahí concentraban mis papás: literatura universal, superación personal, buenos modales, colecciones, enciclopedias, psicología, técnicos, etcétera. Creo que a ellos debo mi fuerte inclinación y gusto por la lectura. Son personas muy preparadas e inteligentes, a quienes admiro y respeto profundamente, más allá del infinito amor y gratitud que les tengo”.

Uno de los libros que “llamó grandemente mi atención en la adolescencia, fue La Noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska. Después de leerlo comencé a documentarme y conocer su trayectoria y a interesarme por su literatura. Ya en la universidad mi maestro don Henrique se enteró de mi gusto por la obra de la escritora que además fue su amiga personal, y me regaló Hasta no verte Jesús mío, y Tinísima (dedicado por él: “Para Cynthia, este retrato que hizo Elena de Tina, y la fotografía que Tina hizo de la azucena, hoy que viene vestida de blanco, con el agradecimiento y la amistad de Enrique G. C.”)”.

De esta forma, “comenzaba mi colección de obras de la autora, a quien he tratado de seguir de cerca, y si bien no he leído su obra completa, sí una gran mayoría. Entre mis favoritas, Dos veces única, que narra la vida de Guadalupe Marín, y Las siete cabritas, donde retrata a siete mujeres destacadas en el arte en México”.

Estas primeras lecturas, “y por supuesto mi formación periodística, me fueron haciendo una aficionada a la literatura que tiene como base la realidad: la novela histórica, periodística o biográfica. Entre mis autores favoritos, Mario Vargas Llosa, a quien tuve la oportunidad de ver y escuchar en una conferencia en el Centro Cultural Universitario de la UNAM, donde presentó su libro El pez en el agua, apenas unas semanas después de que declarara que México era la dictadura perfecta; Gabriel García Márquez, Francisco Marín Moreno, Julio Sherer, por mencionar algunos, y por mucho tiempo fui asidua lectora del Mar de historias que publicaba cada ocho días Cristina Pacheco en el periódico La Jornada. Además de los ya mencionados, puedo pasar largos ratos en una librería, analizando títulos y si alguno llama mi atención, simplemente me doy la oportunidad de conocer nuevos autores”

Nunca olvidará, quizá que “muchos de mis tiempos libres en la Ciudad de México, fines de semana que no venía a Morelia, para no sentirme sola y nostálgica, me iba a las grandes librerías, Gandhi, El Sótano, donde podía pasar horas viendo libros, aunque no comprara, porque generalmente no tenía dinero”-

Agrega: “también me he ido haciendo aficionada de libros, artículos o entrevistas relacionados con educación y psicología, temas que siempre han llamado poderosamente mi atención, y sobre los cuales busco documentarme de manera constante”.

Detiene su conversación, hace una pausa como para ordenar sus recuerdos, hasta que habla de nuevo: “como estudiante de periodismo recibí la oportunidad, primero, en un periodo vacacional, de asistir un par de semanas al periódico La Voz de Michoacán, tan solo para conocer cómo era la dinámica en un diario, y donde me permitieron realizar algunas notas periodísticas. Seguramente para ellos pasé inadvertida, pero estaban en la redacción periodistas que hoy gozan de toda una trayectoria y todo mi respeto y admiración profesional, era el inicio de la década de los 90”.

Todo, parece, tiene un inicio y un final. Un día, de pronto se levantan las cortinas del escenario, y otro, en cambio, descienden, y puede ser que el escenario ofrezca la oportunidad de reaparecer con otro capítulo, y así aconteció con Cynthia:  “a mi regreso a Morelia, una vez concluidos mis estudios y el servicio social, el cual realicé en la misma Facultad, como adjunto de profesor, el compañero periodista a quien le habían asignado orientarme y asignarme tareas en La Voz de Michoacán, me pasó el dato de que se acababa de irse un reportero en El Sol de Morelia, por lo que tal vez habría una oportunidad para mí. Decidida fui a llevar mi currículum, y a los pocos días me llamaron de parte del director para que fuera a una entrevista”.

“Aún recuerdo, con mucha gratitud, mi nerviosismo ante el señor Armando Palomino, quien hizo notar que, si bien no tenía experiencia, era justo dar oportunidad a quienes apenas comienzan. Sin duda, empezar a trabajar después de los estudios universitarios, considero, es el verdadero principio del aprendizaje; es cierto que se llega con un bagaje de conocimientos, pero que sin la práctica difícilmente pueden cobrar sentido y considerarse completos”.

Detalla que “fueron dos años y medio -de gran aprendizaje- los que me desempeñé como reportera en El Sol de Morelia, primero dando cobertura a la información relacionada con el ayuntamiento local, y al poco tiempo se me asignó de manera especial todo lo relacionado con economía y empresarios”.

Posteriormente, “en la búsqueda de otro tipo de actividades, que me permitieran compaginar mi etapa de maternidad, desempeñé actividades de oficina y como docente. Áreas de relaciones públicas, oficinas de prensa, y la oportunidad de dar clases, fueron durante los primeros años como mamá, lo que me permitió dedicar lo que yo consideraba tiempo de calidad para mi hija, que hoy tiene 23 años de edad”.

Discurrían los días del año 2000, “cuando formé parte de la plantilla de corresponsales del que fuera el primer periódico por internet, llamado MexisTo2. Fui a la Ciudad de México a recibir capacitación, ya que entonces no se tenía como ahora el conocimiento generalizado del manejo de correo electrónico; más aún, era toda una hazaña tener un modem alámbrico y lograr conectar, sobre todo en una ciudad de provincia, como la nuestra, donde la tecnología siempre tarda un poco más en llegar que en la capital del país”.

“Fue poco el tiempo que duró el proyecto como tal, ya que la empresa se enfocó más a la prestación del servicio de internet, que a la generación de contenidos, por lo que terminó mi contrato, pero dejándome grandes aprendizajes”.

Tras navegar por su existencia, Cynthia informa que “después de algunas breves participaciones en radio, mi trayectoria periodística debió hacer una pausa, por voluntad propia. La tarea de ser mamá me representó una prioridad, quise permitirme hacerla lo mejor posible y disfrutarla; estar presente en los momentos importantes de mi hija: llevarla a la escuela, recogerla, ayudarla con tareas, asistir a sus festivales, acompañarla en actividades extraescolares, estar presente los fines de semana, etcétera. Así, y al contar con todo el respaldo económico y moral de mi esposo, me ausenté de los medios de comunicación, y me enfoqué en la actividad docente, que también disfruté plenamente, pero con la bondad de que se reducía a solo algunas horas a la semana; todo lo que implicaba, preparación de clases y procesos de evaluación, los podía hacer en casa”.

Como académica, “tuve a cargo materias enfocadas a los géneros periodísticos en las instituciones privadas que entonces ya impartían la carrera: Universidad de Morelia, Instituto de Estudios Superiores de la Comunicación -que posteriormente desapareció-, Universidad Vasco de Quiroga y Universidad Latina de América. Sin duda hasta la fecha sigue siendo una gran satisfacción esa etapa, al encontrar en pleno y exitoso ejercicio de su carrera a algunos de aquellos jóvenes que fueron alumnos, y que aún me dispensan una grata sonrisa al verme, un afecto manifiesto, y que aún me llaman maestra”.

Inquieta, resume que “como emprendedora, en tres ocasiones participé en el impulso de proyectos editoriales, específicamente revistas especializadas, que no trascendieron por no contar con el respaldo económico que entonces todavía se requería, al no existir las plataformas digitales y requerir grandes inversiones para impresión”.

“Durante el tiempo que dejé de trabajar en los medios, busqué actividades alternativas, como trabajos independientes de redacción y corrección de textos -libros, tesis, manuales, discursos, proyectos especializados-, y comencé un pequeño negocio informal de venta de perfumes, que, sin ser mi principal actividad, hasta la fecha conservo”.

Recuerda que cuando su hija “estuvo un poco más grande, tuve la oportunidad y decidí regresar a los medios de comunicación. Arrancaba el proyecto del periódico La Jornada Michoacán, y formé parte del equipo de reporteros con que inició este diario. Volví a ser asignada a la fuente económica de manera prioritaria. Debo asumir que reencontrarme con el periodismo, me revitalizó profesionalmente hablando, y disfruté plenamente los dos años y medio que participé de este medio”.

Da vuelta a otra página de su existencia y menciona que “después vinieron un par de campañas políticas, en área de comunicación social, y nuevamente la pausa, el trabajo independiente, desde casa, que me permitía estar presente y acompañar a mi hija adolescente”.

Y, sin embargo, “nunca me solté de los medios de comunicación, que me seguían atrayendo. En 2013, la entonces directora multimedia de Cambio de Michoacán, y mi ex alumna en la Universidad de Morelia, la licenciada Lety Florián, me invitó a participar en la generación de contenidos audiovisuales para el portal de internet del periódico. Volví a integrarme al medio, aunque de manera moderada”.

Los proyectos Cambio en el Debate, primero, con entrevistas a empresarios michoacanos, más tarde Mujeres de Cambio, y luego EducarT, impulsados desde la dirección mencionada, “me permitieron encontrar una nueva forma de hacer y decir periodísticamente, sobre aquellos temas de interés social. En cada tema o problemática abordada, confirmaba la importancia de la comunicación como paso fundamental para generar los cambios que tanto necesitamos como sociedad, pero sobre todo y ante todo, de la educación, de la cual depende en gran medida lo que somos y de donde derivan muchos de los problemas que padecemos”.

Argumenta que “concluir mi participación en Cambio de Michoacán, dejó en mí sembrada la semilla para ahondar, ahora sí, en temas que siempre me habían sido de especial interés: educación, psicología y mujeres, de donde nacieron algunos proyectos de comunicación personales, independientes, haciendo uso de las plataformas digitales, para difundir toda una diversidad de información sobre los mismos. Uno de ellos, ya en marcha, aunque enfrentando la compleja tarea de emprender en tiempos de pandemia, EducarT, medio de comunicación digital, especializado en educación, arte y cultura. Y otros más, aún en proceso”.

Opina: “y es que el ejercicio del periodismo enfrenta un momento por demás complejo, en el que el acceso a la información a un solo click, la aparición de la figura del periodismo ciudadano, nos ha impuesto nuevos retos, pero también pone a la ciudadanía ante un riesgo -aún mayor que antes- de ser víctima de la desinformación, la rumorología y la manipulación masiva”.

“Grandes y prestigiadas empresas periodísticas han sucumbido a la realidad tecnológica que las rebasa y les deja sin mayores herramientas para sostenerse”, añade, “mientras los reporteros, conductores, comentaristas y líderes de opinión ya no dependen de ellas, pues con sus solos nombres dan continuidad a su labor informativa y de opinión en las plataformas digitales, siguiendo sus propias líneas editoriales, de acuerdo a convicciones, criterios o intereses personales”.

Sin embargo, “no todos tienen la visión, las posibilidades o habilidades para incursionar en esta nueva era del periodismo, del periodismo digital, lo que ha dejado a un importante número de periodistas sin otra posibilidad que la de acercarse a trabajar para las instituciones que tal vez en ejercicio cuestionaron o denunciaron, convirtiéndose en parte de ellas, o en la necesidad de trabajar en otras áreas que nada tienen que ver con la comunicación”.

Mujer que ha acumulado conocimiento y experiencia a través de los años, quizá con tropiezos como acontece a las personas grandiosas, tal vez con períodos de triunfos, acepta que al parecer “se está gestando un nuevo modelo de empresas periodísticas, que busca responder a la época actual, y tenemos la obligación de actualizarnos y avanzar al ritmo de la tecnología, con la responsabilidad social que ello implica. Hay muchas de las empresas de tradición que supieron adecuarse y llevaron muy bien su transición, y otras nuevas que están llegando con gran empuje. Pero siempre, y ante todo, debemos pugnar por rescatar y dignificar al periodismo como una actividad profesional, especializada y de alto sentido social”.

La pregunta está dirigida a un punto deficiente en el sistema educativo mexicano y su aplicación en la realidad, y se refiere, específicamente, a si existen congruencia y vinculación entre la universidad y el ámbito profesional: “considero que en la mayoría de las profesiones, existe una marcada distancia entre la universidad, los contenidos, la realidad que pintan los profesores, o aquella que los estudiantes -como estudiantes- alcanzan a percibir cuando salen a realizar investigación, trabajo de campo o prácticas, y aquella a la que se han de enfrentar ya como profesionistas. Con mucho gusto he podido atestiguar que las universidades locales se han preocupado por actualizar sus planes y programas de estudio, para hacerlos cada vez más congruentes con la realidad en la que se verán inmersos sus egresados. Sin embargo, considero que es una cuestión de madurez: la congruencia total entre una y otra difícilmente se va a alcanzar, porque es la experiencia, la práctica, sin duda, la mejor y más contundente maestra para los profesionistas. Por eso, es importante que las universidades sigan haciendo su mayor esfuerzo para ofrecer profesionistas lo mejor preparados posible, con lo que les estarán haciendo menos difícil dichos aprendizajes en la etapa de su inmersión al mercado laboral; que muy pronto los empiecen a vincular con empresas e instituciones donde se habrán de desempeñar, para que al concluir sus estudios no siga ocurriendo lo que a muchos, que llegan sin tener la menor idea de cómo es la realidad”.

Sabe, por lo que ha experimentado, que la vida es dinámica y que uno, si en verdad pretende dejar huellas indelebles y constancia de su paso, no debe perder el tiempo en asuntos baladíes ni en pasatiempos estériles, y es la razón, sin duda, por la que tiene proyectos, de manera que “actualmente trabajo en el ya mencionado, EducarT, medio de comunicación especializado en educación, arte y cultura. Se trata de un sitio web, educart.mx que ofrece información escrita, audiovisual y gráfica sobre las diferentes opciones educativas que hay en el estado; entrevistas sobre temas relacionados con el proceso educativo, y en los que, por supuesto se contempla el arte, como elemento fundamental en la educación; análisis sobre las problemáticas y aspectos relacionados con el tema; así como la integración de un directorio escolar y agenda de eventos culturales”.

Por otra parte, “el haberme alejado durante algunos años de la práctica periodística, me llevó a obligarme a la actualización constante. Tomé algunos cursos sobre periodismo digital, periodismo creativo, gestión de redes sociales, por mencionar algunos, lo cual me ha permitido desarrollar algunas actividades adicionales de manera independiente. Así, de forma conjunta con mi esposo, que es diseñador gráfico y con quien hacemos un buen equipo, ofrecemos el servicio de páginas web, imagen, fotografía y manejo de redes sociales para empresas”.

Adicionalmente, “tengo un blog en el que no he escrito tanto como quisiera, pero en el que puedo verter ideas sobre toda una diversidad de temas, de interés social, educativos, literarios, hasta los muy personales que me permiten proyectar sentimientos y emociones, lo encuentras como cynthiaayalaj.wordpress.com”. En facebook tengo una página denominada Mis creaciones, en la que presento mis trabajos y pinturas sobre madera”.

Felizmente, como madre realizada que es, refuerza su deseo de agregar que “con mi hija Vania Jocelyn, compartimos el gusto por la literatura, los libros, la poesía, la palabra, y este año comenzamos –- iniciativa de ella- el proyecto Declamador_es, enfocado única y exclusivamente a leer en voz alta y con ello promover esta forma de arte. Es una página de Instagram, @declamador_es, y un canal de YouTube, Declamador Es, en donde quienes comparten como nosotros el gusto por la declamación, están participando gustosos. Es un proyecto, reitero, sin fines de lucro, solo por el gusto de promover la poesía, los cuentos, y todo aquello que tiene que ver con el arte de la palabra. Seguidores y suscriptores, y no otra cosa, será nuestra ganancia en este proyecto, porque al ver y escuchar nuestros videos, al escuchar poesía, narraciones o cuentos, y tal vez sentir la inquietud por leer más, por declamar, sabremos que estamos logrando algo muy bueno”.

Las condiciones, los retos, los intereses y los escenarios de la hora contemporánea son preocupantes y riesgosos; no obstante, Cynthia asegura que uno de sus intereses es “la educación, sin duda alguna, porque es donde está la base de muchos de los grandes problemas que como sociedad estamos enfrentando. Entre los más severos, la violencia intrafamiliar, hacia las mujeres y los niños, la violencia y agresiones en las escuelas”.

Hace un año, “participé en el Congreso Nacional de Bibliotecarios, y uno de los compañeros panelistas, quien representaba a una universidad virtual, hacía notar que la educación ya no está en manos de los padres o la familia, que ahora nuestros niños se tienen que educar a través de internet o de otros medios electrónicos, y que estos son ahora los responsables de educar a los niños y jóvenes, lo cual me pareció por demás descabellado”.

“Creo que debemos hacer un arduo trabajo para que las nuevas generaciones rescaten la integración familiar, sea cual sea su composición, para que los niños reciban en casa aquellos cimientos que les permitan salir y hacer frente al mundo, a la sociedad, con actitud empática, de respeto, tolerancia y ante todo con un sentido humano. Debemos encontrar el equilibrio entre el trabajo, el esparcimiento, y la responsabilidad que conlleva ser padres o tutores de los menores, quienes sin duda solo pueden encontrar en el amor de los adultos que les rodean, en su ejemplo, una guía para hacerse hombres o mujeres íntegros, y con la suficiente fuerza para defenderse a sí mismos y aquello en lo que creen”.

El tiempo camina implacable. Las manecillas recorren la carátula del reloj una y otra vez, inagotables, demasiado acordes a su misión y fieles al tiempo. Cynthia lo sabe y aprovecha los lapsos de la entrevista con la idea de declarar que “lo más importante en la vida de una mujer es ser consciente que tiene tanto valor, capacidades y derechos, como los de un hombre. Ante todo, tener siempre claro que es un ser independiente, libre, con tantas obligaciones como derechos. Toda mujer debe saber y tener claro que no tiene por qué estar en un espacio y con personas que no la tratan bien, o más aún, que la violentan física o psicológicamente. Lo más importante en la vida de una mujer, es atreverse a ser y hacer aquello en lo que se sienta plena, realizada”.

Excelente oradora, apasionada de la fotografía y entusiasta pintora sobre madera, plantea que “como seres humanos tenemos un poder superior que nos permite lograr aquello que deseamos, pero hemos sido alienados por instituciones y grupos de poder, para creer que tenemos límites, que el sufrimiento y las carencias son virtud que será compensada algún día, tal vez cuando ya no estemos en este mundo”.

“Uno de los grandes aprendizajes que me ha dado la vida, poniéndome siempre a los mensajeros en el camino, la intuición, las lecturas adecuadas, es que nuestra mente es muy poderosa, y tenemos la capacidad de crear nuestras propias circunstancias, si rompemos con viejos esquemas heredados de generaciones anteriores, para alcanzar un estado de bienestar”, expone.

Y responde: “como mujer, debo decir, he vivido el amor hasta su máxima expresión y también sufrí el dolor de las rupturas, la decepción, el desengaño en relaciones de pareja, pero un día tuve el deseo con toda mi fuerza de compartir mi vida con alguien, y ese alguien llegó. Hoy vivo en una relación plena, con un hombre que camina conmigo, a mi lado, como compañero de vida y con quien compartimos alegrías, preocupaciones, tristezas, actividades domésticas, ¡todo!”

Como quien ha navegado y recorrido el mapa de la vida, Cynthia -la mujer, la periodista, la hija, la hermana, la madre, la sobrina, la tía, la esposa, la lectora de libros, la fotógrafa, la oradora, la artista de la pintura sobre madera-, expresa: “hoy puedo ver que las decisiones que he tomado en el camino profesional, en función de mi vida personal, han sido las adecuadas, y me hace inmensamente feliz seguir acompañando a mi hija mientras se sigue forjando como una gran mujer y profesionista en el ámbito de la medicina”.

“He aprendido que la verdadera felicidad se encuentra en ser aquello que verdaderamente deseamos, aunque no siempre vaya en concordancia con lo que dictan los cánones y estereotipos sociales, y que, si bien podemos ser muy cuestionados por ser o hacer las cosas de manera diferente a la mayoría, debemos confiar en que somos capaces de llegar a nuestras metas”.

Detalla que “de ahí, la importancia además de ser congruentes entre el decir y el hacer. Si partimos de la congruencia en nuestras relaciones personales, sociales, laborales, estaremos en el camino adecuado. Si ya no sientes esa confianza en el camino que estás siguiendo, ya no lo sigas; si no te sientes contento con esa persona, aléjate; si no es eso lo que deseas para tu vida, déjalo, y por el contrario, si es lo que anhelas, lucha y trabaja por lograrlo. No hables de honestidad, lealtad, respeto, tolerancia, o cualquier otro valor, ¡vívelo y pregónalo con el ejemplo!”.

Serena, contesta la pregunta “la familia parece un modelo desgarrado en estos días. ¿Qué opinas?” Responde firme: “durante mi infancia, adolescencia y juventud, escuchaba las críticas que se hacían a la televisión, por ser un factor de desintegración familiar. Sin duda ha sido un medio de enajenación extrema. Pero creímos que nada más grave podía pasar, porque no imaginábamos a donde llegaría la tecnología. Mientras la televisión tal vez distraía y alienaba a la sociedad, con contenidos superfluos y vanos, todavía permitía cierto grado de interacción familiar al disfrutar algún programa, comentarlo, o hasta en las discusiones y acuerdos sobre los contenidos o tiempos de que cada quien dispondría para verla. No sucede así ahora. Hoy asistimos a una época contradictoriamente globalizada, pero por demás individualizada; podemos estar en contacto con alguien que está del otro lado del mundo, pero demasiado lejos de quien está sentado a nuestro lado, así sea padre, madre, hijo, hermano, abuelos o tíos. La tecnología nos ha aislado, y tal vez ha sido el mayor disruptor de la estructura familiar. Hemos permitido que los aparatos inteligentes nos absorban y reemplacen la interacción familiar, las charlas anecdóticas, la posibilidad de compartir preocupaciones y alegrías con nuestra familia, y más aún, el proceso de educación de nuestros hijos. Me parece muy grave ver en la calle, en restaurantes o lugares de esparcimiento, a las parejas jóvenes que les dan a sus bebés, de apenas 8 meses, uno o dos años de edad, un teléfono celular para que jueguen y no distraigan sus comidas o su convivencia con amigos”.

Argumenta que “bajo la muy socorrida idea de no querer que los hijos padezcan las carencias o limitaciones que nosotros tuvimos, los padres estamos siendo en exceso permisivos, dejando de lado las enseñanzas más importantes para los menores: a ser respetuosos con el prójimo, tolerantes, y a esforzarse para conseguir lo que quieren”.

“Aquí hay una importante tarea para educadores, padres de familia y medios de comunicación, que aprovechando precisamente la tecnología y sus alcances, podemos difundir y promover la vuelta a esa convivencia familiar en la que se encuentran los mayores aprendizajes; a la comunicación al interior del hogar, a los juegos, a las charlas, a la integración familiar que permita a las nuevas generaciones llegar a la edad adulta con la fortaleza y valores que tanto se requiere para lograr mejorar al mundo”.

Respecto a sus proyectos, responde: “efectivamente, siempre están llegando ideas a mi cabeza. Hay proyectos enfocados en la comunicación. Uno de ellos es dar continuidad a un espacio dedicado a información relacionada con mujeres; otros más a escribir… escribir, escribir y escribir, porque -creo- “siempre hay algo que decir”.

Asegura que desea escribir de manera más sistemática, “y de ahí dar el salto y ahondar en temas específicos de educación, psicología y cultura, y uno que otro biográfico, aprovechando las plataformas digitales que hoy están al alcance de todos”.

Envía un mensaje a las mujeres, antes de concluir la entrevista: “que crean en sí mismas, que busquen hasta descubrirse como seres únicos e irrepetibles, y sobre todo, con todo el derecho a la realización plena; a amar y ser amadas, con equilibrio y respeto. Que hagan conciencia de que la vida es un constante comenzar. Que siempre, siempre hay la posibilidad de volver a empezar. Aunque a veces parezca que las fuerzas decaen, aunque a veces sentimos dolor en el alma, desánimo, siempre habrá un nuevo comienzo. Que las mujeres somos tan frágiles y nos podemos romper, pero igualmente tan fuertes que nos podemos reconstruir y resurgir como el ave Fénix. Se puede ir una pareja, alejarse la que considerabas una gran amiga, podemos perder un trabajo, un proyecto, pero siempre podemos y tenemos la obligación de volver a empezar, porque hay una fuerza interior que nunca se pierde”

Hace una recomendación: “y algo muy importante, que confíen en su instinto, porque en efecto, las mujeres hemos sido dotadas de la magia, intuición femenina, sexto sentido, o como quieran llamarle, y tenemos la capacidad de identificar cuando algo en nuestra vida o en nuestras relaciones no está bien. Si todas hiciéramos caso a esa voz interior que nos alerta, habría menos casos de violencia, de abusos, muchas más mujeres realizadas, plenas y felices, y en consecuencia mejores seres humanos educados por ellas”.

Cynthia, quien una vez regresó a su ciudad natal después de enfrentar y vencer sus miedos y debilidades, y apareció joven, feliz y sonriente en los pasillos añejos del periódico El Sol de Morelia, aún no concluye su historia. Sabe que la grandeza espiritual y humana se construye cada momento de la vida, y así lo hace diariamente, convencida de que al mundo uno viene a aprender, dar amor y lo mejor de sí.

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Don Porfirio Díaz Mori y dos historias

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Unos, al escribir la historia, la recuerdan; otros, en tanto, la rescatan por medio de vestigios, documentos y evidencias; algunos, en cambio, la alteran y hasta la inventan. Todo depende del autor, de las intenciones e incluso del régimen político que ordene su recapitulación.

En México, como en otras naciones, la historia se hizo oficial para favorecer a los señores del poder. Muy al estilo de las doctrinas religiosas en las que hay santos y demonios, los protagonistas también fueron fragmentados, ausentes de los claroscuros naturales en los seres humanos, hasta presentarse en los libros como héroes y traidores. O eran buenos o malos.

Así, los protagonistas históricos que coincidieron con los intereses, políticas e ideología de los dueños del poder, durante décadas permanecieron como héroes, paladines de un México en el que siempre han coexistido poderosos y miserables; los personajes que por sus acciones del pasado no se ajustaron a las doctrinas partidistas de la época moderna, quedaron atrapados en el lodazal de los traidores.

En el caso de José de la Cruz Porfirio Díaz Mori, quien nació el 15 de septiembre de 1830 en Oaxaca, y murió en el exilio, en París, Francia, el 2 de julio de 1915 y fue presidente de México en nueve períodos, iniciando el primero a partir de 1876 y concluyendo el último en 1911, los historiadores del oficialismo lo satanizaron al grado de destacar exclusivamente sus rasgos negativos y sepultar su perfil positivo, hasta quedar en la conciencia colectiva la imagen de un dictador.

Obviamente, un régimen político que se mantuvo 71 años consecutivos en el poder, hasta convertir el ejercicio de autoridad en dictadura de partido más nefasta que la que impuso el propio Porfirio Díaz Mori, definitivamente no podía tolerar a quien les guste o no, con sus luces y sombras, contribuyó a la modernidad de México hace poco más de una centuria.

Los historiadores oficialistas tuvieron que aplicar una cirugía mayor para que Porfirio Díaz Mori permaneciera en los abismos del desprecio nacional, y es que nadie podría tolerar que la modernización nacional se impulsara a costa de la explotación y miseria de la mayor parte del pueblo mexicano de aquella época; sin embargo, al hacer un recuento, cualquier analítico llegará a la conclusión de que mayor daño y saqueo en perjuicio del país se han registrado con el sistema político mexicano que ejerció el poder durante las últimas siete décadas del siglo XX, junto con los que continúan ostentándolo hasta la fecha. Tal vez una dictadura no pueda ver ni tolerar otro sistema parecido.

Había que aprovechar una revolución, por no llamarle revuelta, en la que más que una lucha genuina y justa, se registraron crímenes, asaltos, saqueos y violaciones. Fue un movimiento en el que predominaron más los instintos bestiales, el odio, la crueldad y el resentimiento, que la búsqueda de bienestar y justicia social. Evidentemente, había que suavizar los episodios revolucionarios para que todos creyeran que se trató de una lucha justa de la que surgieron, posteriormente, décadas de armonía, estabilidad y progreso para los mexicanos.

A pesar de su permanencia en el poder en lo que se transformó en dictadura, Porfirio Díaz Mori también fue héroe y pionero en la construcción del México moderno; pero lamentablemente a autoridades y políticos no les conviene resaltar las virtudes de ese gran estadista. Aprovecharon el descontento que ya existía en la época porfiriana y acentuaron los aspectos negativos. Don Porfirio tuvo un rostro positivo y otro negativo. Es un tema muy complejo y, además, controvertido.

El pasado jueves 2 de julio de 2015, al cumplirse 100 años del fallecimiento de don Porfirio, sus restos permanecen en París, Francia, y al parecer no retornarán a México. Simplemente, se organizó una misa solemne en la parroquia de Nuestra Señora del Socorro, en Lomas Chapultepec, una de las zonas más exclusivas del Distrito Federal, claro, la misma donde la familia presidencial y otros personajes de la política tienen sus mansiones.

Al cumplirse el primer centenario de la muerte de Porfirio Díaz Mori, recordé que hace más de una centuria, uno de los salones de La Estrella de Oro, la casona del personaje a quien la aristocracia mexicana conocía como marqués de Serrallonga, exhibía, entre poltronas, espejos, esculturas, óleos, mesas con bases de mármol y el piano traído de Alemania -todo un acontecimiento cuando llegó a Papantla, Veracruz, y lo armaron técnicos europeos-, un reloj de porcelana con una carátula en la que los números fueron sustituidos por letras que formaban el nombre del presidente del país. Los signos numéricos del uno al 12, cedieron espacio a una docena de letras que formaban el nombre Porfirio Díaz.

José Serrallonga Fortes y Cristina Patiño Campos, marqueses de Serrallonga que durante cierta época, junto con otras familias extranjeras, controlaban el mercado mundial de la vainilla, eran amigos de don Porfirio Díaz Mori y su esposa Carmelita Romero Rubio y Castelló, con quienes periódicamente solían asistir al teatro en la Ciudad de México.

De los carruajes elegantes descendían hombres y mujeres, a los que con regular frecuencia se añadía el de los marqueses de Serrallonga, quienes compartían palcos con la pareja presidencial, con la cual, por cierto, pasaban días de descanso en la Hacienda Molino de Flores, enclavada en algún rincón de Texcoco, Estado de México, y en otros lugares.

Es innegable que aquellos personajes, junto con otras familias, compartieron horas de convivencia y encanto frente a la realidad incierta y la desdicha de millones de personas explotadas, principalmente en el campo y las minas. El proceso de modernización de México era desigual, con la fortuna y la dicha para un número reducido de personas y la sombra de la penuria para incontables familias miserables y explotadas, hasta que inició el movimiento revolucionario, también con sus auroras y ocasos, y el telón cayó. Los marqueses de Serrallonga, como su amigo Porfirio Díaz Mori y otras familias acaudaladas de la época, resbalaron a los desfiladeros de la historia y la vida. Perdieron todo. Se acabaron.

Ese es fragmento de una historia real. Esta es otra. Igual que con los retratos que quedan atrapados en los álbumes, las cartas escritas a los familiares y a los amigos son guardadas en los baúles, en los roperos, hasta convertirse en ayer, en recuerdo, en fragmentos de hombres y mujeres que protagonizaron historias y quedaron como testimonios de que alguna vez existieron en este mundo.

Y es que si no fuera por esas fotografías amarillentas y por aquellas misivas carcomidas, en ocasiones manchadas por la parafina de las velas y a veces por la humedad, ¿quién recordaría a los seres anónimos cuando dejaran de existir? Nadie sabría de ellos porque solamente quedarían las huellas indelebles de aquellos que emprenden grandes proezas y aportan algo a la humanidad, o de los que arrebatan todo y se quedan con el poder para inmortalizarse.

Tal vez nadie sabría acerca de Zeferino Montero y Eleno Aguilar, de no ser por la carta que el segundo escribió al primero un 30 de junio de 1904, en plena época del Porfiriato, con la intención de reunirse y convivir, disfrutar las caricias del agua y mirar con paciencia el discurrir de las horas.

Uno y otro eran agricultores y ganaderos. Arrancaban a la tierra el maíz que cada hora recibía el aliento del sol, las caricias de la lluvia, el soplo del viento, y que más tarde, al cabo de las semanas, comercializaban en Xilitla, un pueblo de San Luis Potosí.

También se dedicaban a la venta de café y otros productos, actividad que complementaban con la cría de ganado. Eran, como tantas personas en la época del Porfiriato, medieros y no siempre tenían éxito en sus negocios porque competían contra los hacendados y latifundistas que parecían ser dueños de todo.

Como constancia de aquella amistad que concluyó en compadrazgo, vínculo muy peculiar entre los mexicanos, existe una carta que data de 1904, seis años antes de que iniciara el movimiento revolucionario. Fue escrita por Eleno Aguilar el 30 de junio de aquel año en Xilitla, que en lengua indígena significa tierra de caracoles y se encuentra en San Luis Potosí.

La misiva fue dirigida a Zeferino Montero, quien entonces moraba en Xilitlilla, y su contenido era el siguiente:

“Estimado compadre:”

“Como muchas veces no viene usted al comercio el día domingo, me apresuro a manifestarle que lo espero sin falta el lunes, pero temprano, a fin de que nos vayamos a gozar un poco a Tancanhuitz con aquella temperatura tan agradable y aquella agua que ni tantito mal le hace. No se preocupe mucho por llevar mucho dinero, pues a más de que no es fuerza gastar, yo procuraré que sus gastos no sean tan grandes”.

“Mis recuerdos a mi comadre y chico y usted ordene a su compadre que lo aprecia”.

“Eleno Aguilar”.

“Si acaso puede ver a Hermenegildo, dígale que no le destape las clavijas, que no hay que tentar a Dios de paciencia”.

Y así fue. Los dos amigos se reunieron como tantas ocasiones lo habían acordado. Ambos se trasladaban en yeguas hasta Tancanhuitz, que significa canoa de flores, donde compraban alimentos y provisiones o vendían sus productos.

Con la Revolución Mexicana, el rostro del país se desfiguró como sucedió con la hoja de papel que una hora de 1904 utilizó Eleno Aguilar para invitar a su amigo Zeferino Montero a hacer un paréntesis dentro de su vida cotidiana, olvidar los asuntos de dinero y disfrutar la temperatura del agua, porque después de todo la vida, según parece, un día llega y otro se diluye.

Zeferino Montero, quien fue testigo de los días porfirianos, revolucionarios y de pugna entre generales por obtener el poder del país, recibió el 26 de agosto de 1925, en Xilitla, una tarjeta postal impresa en Estados Unidos de Norteamérica, cuyo texto fue redactado por Margarita González.

El anverso presenta una fotografía muy peculiar de Xilitla, San Luis Potosí. Al fondo, luce majestuosa una imponente montaña; en primer plano, en tanto, se aprecia una plaza pública con casas típicas. En la casona principal de dos plantas, cuelga un letrero comercial con la razón social “La Palestina”. Hay algunas personas y un árbol; además, la fotografía incluye un impreso que señala “calle Zaragoza, Xilitla, S.L.P.”

Fue el mismo Eleno Aguilar quien el 29 de enero de 1921, 17 años después de haberle escrito a su compadre Zeferino Montero, decidió dirigirle unas palabras a su ahijado Francisco Montero. Con letra manuscrita, escribió en el reverso de una tarjeta postal impresa en Alemania, el siguiente texto:

“A mi distinguido ahijado Francisco Montero:”

“Tengo el gusto de felicitarte con la presente tarjeta que representa no al tirano como el vulgo ha querido apostrofarle, sino al primer estadista de las Américas, al ilustre y valiente general D. Porfirio Díaz”.

“Consérvalo como un recuerdo de tu padrino Eleno Aguilar”.

Resulta que la impresión ofrece la traducción de “tarjeta postal” en más de 10 idiomas y el anverso exhibe, para sorpresa de todos, al presidente Porfirio Díaz Mori, ya anciano y con uniforme militar con insignias, montado a caballo y al fondo, primero, los ahuehuetes, y en la parte alta, en tanto, el soberbio e histórico Castillo de Chapultepec.

Se trata, en verdad, de un documento invaluable, ya que la fotografía del general Porfirio Díaz Mori es muy singular y, además, el concepto de Eleno Aguilar respecto a quien fue presidente de México una década antes de dedicar la postal a su ahijado Francisco Montero, demuestra que no solamente muchas familias acaudaladas reconocían en el mandatario nacional a un hombre que aportó mucho a México, sino también fue admirado y valorado por personas de menor posición económica, lo que desmiente, una vez más, a la historia oficial y a sus detractores.

Resulta fundamental analizar y estudiar el Porfiriato para reescribir la historia no en base a mentiras o suposiciones, sino a la verdad, con sus luces y sombras, con las flores que sostuvo en una mano y el látigo que sujetó con la otra. Hay que renunciar a esa historia oficialista de santos y demonios para descubrir a los hombres con sus virtudes y defectos. Sólo así podrán centrarse los mexicanos, entender su pasado, comprender su presente y definir su futuro. Es primordial asimilar las lecciones históricas.

Fórmula perfecta: familias de las “oportunidades” históricas versus sociedad adormilada

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La fórmula parece perfecta para transformarse en parte de las familias que disfrutan las “oportunidades” históricas que le arrancan a México: durante sus gestiones favorecen a empresarios con contratos millonarios para posteriormente resultar beneficiados con residencias lujosas, práctica de la que nadie debe sorprenderse en un país donde la corrupción es ejercicio cotidiano, desde el policía extorsionador y el automovilista con documentos irregulares y el maestro que para pasar a sus alumnos les sugiere una aventura amorosa o una botella de licor, hasta aquellos que decretaron una estatización y favorecieron a sus descendientes o que aprovechan gestiones públicas para enriquecerse con recursos nacionales.

México es, sin duda, uno de los países más corruptos e injustos del mundo, donde las desigualdades sociales resultan evidentes. La miseria es lacerante, los abusos y excesos de poder son práctica cotidiana, el autoritarismo y la represión aumentan alarmantemente, el descontento social se generaliza. Una minoría se enriquece exageradamente, mientras las mayorías empobrecen.

Resulta que ahora, según la revista Proceso, el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, sí, el funcionario que realiza giras a diferentes regiones del país y se reúne con hombres y mujeres procedentes de polígonos de pobreza y violencia en actos más similares al esquema de los reality show, es dueño, a través de su esposa, de dos lujosas residencias en Lomas de Chapultepec, en la Ciudad de México, adquiridas bajo idéntica fórmula a la que aplicaron, en su momento, su jefe, el presidente Enrique Peña Nieto, y su compañero de gabinete, el titular de Hacienda y Crédito Público, Luis Videgaray Caso.

Y no hay que espantarse porque indudablemente existen más funcionarios y políticos, no solamente a nivel federal, sino estatal y municipal, que actúan de acuerdo con la moda de corrupción e impunidad que dicta la élite gobernante desde hace décadas en la República Mexicana.

Resulta incongruente y hasta con cierto grado de cinismo y ofensa, que tales funcionarios manifiesten públicamente, por medio de discursos y declaraciones mediáticas, que las autoridades están trabajando arduamente, con compromiso y responsabilidad, para erradicar del país las injusticias, las arbitrariedades, la corrupción, los delitos, las diferencias sociales, la impunidad, las prácticas nocivas, los grupos que tanto daño causan, cuando abusan del poder y se benefician con el dinero que proviene de los mexicanos.

De no ser verídicos el reportaje de Proceso ni los que han publicado medios de comunicación mexicanos y extranjeros respecto a las residencias del mandatario nacional y los funcionarios mencionados, junto con todo lo que implican sus adquisiciones, tendrán que probarlo con documentos y evidencias reales; pero aún así siempre resultará insultante poseer mansiones de valor incalculable versus el pauperismo de millones de personas y las casas de interés social que venden a los trabajadores con la cuarta parte de sus salarios y 30 años de pagos, las cuales son de pésima calidad y tan minúsculas que cabrían, incluso, en alguna de las alcobas principales en las Lomas de Chapultepec, Malinalco, el Pedregal de San Ángel o cualquier otra zona exclusiva.

La lucha contra la corrupción no prosperará mientras los mexicanos la practiquen desde sus niveles más bajos, en sus asuntos cotidianos, y permanezcan más distraídos en el teatro futbolero y telenovelero, en los chismes de actores y cantantes, en las redes sociales y el whats app, en las modas, en lo que ocurre con las vidas de sus vecinos y en esas cosas intrascendentes que acumuladas, consumen gran parte de los días de la existencia.

Independientemente del tema relacionado con las residencias del presidente Enrique Peña Nieto y los colaboradores de su gabinete, aunado al involucramiento y la sospecha de personajes favorecidos con licitaciones y obras públicas, lo cual es demasiado grave y preocupante por lo que implica, se trata de funcionarios que han demostrado incapacidad para gobernar y mantener estabilidad, desarrollo integral, justicia, seguridad y respeto a las libertades.

Con tales antecedentes, uno se pregunta qué regalos no otorgarán a los políticos y altos funcionarios los inversionistas que resulten favorecidos con los contratos derivados de las tan defendidas reformas presidenciales, como la energética, por citar una. Las utilidades serán excesivas y las dádivas también. El nuestro es un México ajeno a más de 100 millones de habitantes porque solamente el grupo que ostenta el poder obtiene privilegios.

Entre funcionarios públicos y políticos de diferentes partidos se acusan de corrupción y otros delitos, pero no pocos se encuentran involucrados en actos de ilegalidad. Seguramente ninguno actuará, de poder hacerlo, en contra del otro.

Resulta lógico que ahora, al escuchar los mensajes presidenciales y de secretarios, gobernadores, legisladores y toda clase de políticos y funcionarios públicos, uno no solamente experimente coraje, repulsión e impotencia; también surge un conflicto interno al sospechar que sus palabras son resultado exclusivo de la desfachatez y el engaño, de simulaciones y programas endebles, de un sistema más proclive a la represión, el autoritarismo y la corrupción que a la justicia social y el desarrollo integral de los mexicanos.

¿Cómo escuchar con respeto los discursos de tales políticos si ellos han actuado, parece, deshonestamente ante decenas de millones de mexicanos que depositaron su confianza en ellos? ¿Cómo reaccionar cuando el presidente de la República anuncie obras millonarias o resalte sus reformas ante la comunidad internacional y los inversionistas? ¿Habrá más contratistas agradecidos? ¿Qué argumentar cuando el secretario de Hacienda y Crédito Público resalte el cumplimiento de las obligaciones fiscales? ¿Y qué contestar a los discursos y declaraciones del secretario de Gobernación? ¿Hay razón para creerles a otros funcionarios y políticos? ¿Qué calidad humana tienen tantos legisladores que con frecuencia votan contra México? Si los principales actores de la política mexicana se conducen bajo fórmulas que despiertan sospechas y no han tenido capacidad de gobernar adecuadamente a los mexicanos, ¿cuáles serán las aspiraciones y los estilos de vida de quienes les siguen en estatus?

Al caminar y mirar a un lado y otro, uno palpa miseria, corrupción, injusticias, abusos, represión e impunidad. Unos, los que pertenecen a la élite del poder, cometen toda clase de excesos y saquean a la nación; otros, los miembros de la sociedad, permanecen adormilados y distraídos, totalmente atrincherados en los grandes corrales humanos. ¿Existen perspectivas de progreso para un país con el perfil de México? Habrá que preguntar a cada uno de sus habitantes.

Rosi Martorell

A ella, precisamente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La amistad, como el amor, es resultado de los sentimientos más excelsos. Se trata, en realidad, de un estado más allá de la casualidad, los saludos cotidianos y las conveniencias sociales. Supera los encuentros fortuitos y los compromisos. Es, parece, una historia compartida, capítulos mutuos, detalles cincelados un momento y otro de la vida que al final quedan materializados en una obra, en recuerdos gratos, en acontecimientos grandiosos, en confidencias, en abrazos, en horas inolvidables, en el consuelo de saber que no estamos solos y que durante nuestro paso por el mundo siempre habrá un alma gemela que comprenderá las alegrías, tristezas, ilusiones y desencantos que experimentemos.

Durante la jornada existencial, uno, al convertirse en caminante, coincide en un lugar y en otro, a una hora y a muchas más, con toda clase de personas, hombres y mujeres con claroscuros, pertenecientes a diferentes razas y creencias, con educación y costumbres variadas, los cuales se transforman en compañeros por instantes, horas, días o años, quizá en el colegio o tal vez en el empleo, en el negocio, en el club deportivo o en diferentes actividades; no obstante, al final de la travesía, al enfrentar la experiencia del ocaso, el recuento da oportunidad de concluir que las verdaderas amistades son contadas.

Este día romperé la formalidad y me sentaré en la banca de las añoranzas, en el columpio de los recuerdos, para abrir el baúl de la vida y relatar que cuando mi madre era soltera, coincidió, acaso sin sospecharlo, con quien se convertiría en su amiga de siempre, en su hermana, en su confidente, en la compañera que rió y sufrió con ella dentro de su trama existencial: Rosa María Martorell Illescas, a quien mis hermanos y yo siempre hemos llamado y considerado tía, sí, nuestra tía Rosi.

Las amigas jóvenes que entonces, en la mitad de la centuria pasada, en el inolvidable e irrepetible siglo XX, compartieron sus historias y soñaron, como cualquier ser humano, en transformarse en mujeres felices, en formar familias ejemplares, en realizarse plenamente, nunca imaginaron, quizá, que ya estaban en el sendero que conduce a la dicha de contar siempre con una mano fiel, una mirada dulce, unos labios sinceros, una compañera.

Cada una, en su momento, contrajo matrimonio y formó su hogar; sin embargo, la amistad juvenil y de soltería se fortaleció al grado de convertirse, para nosotros, en una persona muy amada, en nuestra tía Rosi. Transitamos, mágicamente, de la amistad a los lazos que solamente conocen quienes han tenido la dicha de contar con la compañía de un ser humano grandioso e irrepetible.

Mi padre y mi madre le brindaron cariño y amistad. Ella, en tanto, se transformó, como sabe hacerlo, en verdadera amiga, en tía, en uno de los seres más amados dentro de nuestra familia. Es uno de nuestros personajes inolvidables.

Rosi era mágica. De pronto llegaba a casa con una bolsa pletórica de bizcochos, con regalos durante nuestros cumpleaños, con conversaciones amenas, con cariños y consejos, con disposición de pasear y convivir, con las conservas que preparaba su madre, con nuevas historias, con la alegría, el amor y la paz que siempre ha irradiado y transmitido.

Nos parecía increíble que memorizara todas las fechas de nuestros cumpleaños. Siempre era puntual en las llamadas telefónicas para dar una felicitación efusiva y desear lo mejor de la vida. Nunca la escuchamos odiar ni hablar mal de los demás. Sus conversaciones y proyectos siempre fueron constructivos. En su mirada se reflejó el amor. Sus manos aprendieron a dar más que a recibir. Seguramente aprendió desde la infancia que las cosas y el amor no solamente son para uno, sino para el bien que se pueda dar a los demás.

Más allá de los regalos que en determinados momentos pueden influir en los sentimientos infantiles, aprendimos a amar a Rosi y considerarla tía, el personaje inolvidable de nuestra niñez y adolescencia doradas, por su calidad humana. Con ella descubrimos que la amistad verdadera rebasa el interés de obtener algo a cambio porque se trata de un sentimiento que implica entrega total, sinceridad, amor.

El padre de Rosi, don Ramón Martorell, fue un español que décadas antes llegó a México procedente de España. Este año se cumplirán 73 de su fallecimiento. Hombre viudo que zarpó de su amado terruño, se estableció, primero, en Cuba, donde contrajo segundas nupcias; sin embargo, la mujer murió y decidió trasladarse a México.

Ya establecido en la Ciudad de México, casó con quien fue su tercera esposa, Juanita Illescas. En la colonia Roma, donde moraron, fundó una tienda de abarrotes, pero su principal negocio fue el de la venta de leche embotellada. En aquella época había lecherías establecidas en locales que contaban con un gran refrigerador. Las botellas de vidrio, con capacidad de un litro, eran contenidas en cajas de madera. Posteriormente aparecieron las estructuras metálicas.

La leche formaba nata. Los niños de entonces saboreaban la crema que se formaba en la parte interior de las tapas. Resultaba una delicia para quienes tenían la dicha de comprar la leche en botellas retornables de cristal, muy diferente a la que hoy se consume.

Con Rosi, mujer que sembró su camino de detalles, disfrutamos muchos de los mejores momentos de nuestra infancia y adolescencia. Siempre estuvo presente en las grandes y pequeñas ocasiones de nuestras existencias. Nos enseñó que la amistad sincera es un estilo de vida.

Mi padre pasó por la transición en octubre de 1985 y mi madre, en tanto, en septiembre de 2010; mas la amistad de Rosi quedó entre nosotros, mis hermanos y yo, como una de las mejores herencias. La amistad continúa y siempre, más allá de nuestros días, la consideraremos tía. Es, sin duda, la persona con la que al dialogar por teléfono o saludar, nos recuerda de manera más inmediata a nuestros padres. Me parece que hemos tenido el privilegio de conocer directamente el verdadero significado de la amistad. Rosi nos lo recuerda cada vez que tiene oportunidad. Es cierto, la amistad auténtica existe. Y hoy, a sus 81 años de edad, he salido de toda formalidad para rendirle un homenaje. Continúa escribiendo la historia de su existencia en un rincón de la Ciudad de México.

Lección en el Metro

A ellos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mi padre estacionó el automóvil cerca de la estación Taxqueña del Metro, al sur de la Ciudad de México. Mi hermana y yo descendimos con gran emoción y apoyados de las manos paternas, las mismas que mecieron el columpio, repararon el juguete y acariciaron nuestras cabezas durante las noches de relámpagos y tormenta, acaso porque en unos minutos más se cumpliría la promesa de viajar en Metro.

Ya habíamos mirado previamente, en la televisión de bulbos, al presidente Gustavo Díaz Ordaz y al regente del Distrito Federal, Alfonso Corona del Rosal, en el viaje inaugural de las dos primeras líneas del Metro, precisamente motivados por nuestra madre, quien siempre se interesó en convertirnos en testigos de los grandes acontecimientos nacionales y mundiales.

Aunque era muy pequeño, recuerdo que el presidente Díaz Ordaz asomó por la ventana de uno de los trenes y bromeó ante la cámara de televisión al declarar que iría a la Luna. Claro, estaban muy cercanos los tiempos del alunizaje del Apolo 11 que cierto o no, marcaron nuestras vidas al ser parte de una generación que presenció un importante proceso de transformaciones aceleradas que continúa hasta la fecha.

Ella, mi madre, se quedó en casa con mis hermanos más pequeños, mientras él, mi padre, decidió materializar nuestras ilusiones de conocer un tren tan moderno que parecía digno de las caricaturas futuristas y de naciones desarrolladas como Francia, porque hasta entonces el transporte público en la capital de México lo formaban taxis conocidos como ruleteros, camiones, trolebuses y tranvías eléctricos.

Antes de ingresar a la estación Taxqueña del Metro, mi padre organizó el recorrido de tal manera que mi hermana viajaría la mitad del trayecto a un lado de la ventanilla y yo, en tanto, en el pasillo, y viceversa.

Evidentemente, impulsado por la naturaleza humana, por la ambición desmedida, por la pretensión de desear influir en la decisión paterna, o lo que es lo mismo, por la voracidad, me adelanté para convencerlo de que me tocara el mejor tramo. Me creí, entonces, con mayor cantidad de derechos que mi hermana para disfrutar el viaje.

Mi padre, que lo mismo exploró en sus años juveniles las profundidades del ser que enfrentó el terror de la guerra en Normandía, en junio de 1944, sonrió con la sabiduría de quien ha pasado por todo en este mundo y sin hacerme sentir mal, influyó para que mi hermana eligiera la ventanilla del tren desde Taxqueña hasta San Antonio Abad. Ella se pasaría al asiento del pasillo y yo al de la ventanilla en cuanto los nueve trenes arrancaran rumbo a Pino Suárez.

Admito que siempre fui un niño muy consentido, pero comprendo que mi padre no podía permitir que su hijo mayor se convirtiera en un hombre descortés y cegado por la ambición desmedida. Debía ser caballero siempre, más allá de cualquier interés o pretensión.

Cuánta emoción sentimos mi hermana y yo en cuanto arrancó el convoy, la cual superó, sin duda, la que experimentamos minutos antes, cuando introdujimos los boletos color naranja en los torniquetes eléctricos. Aquellos boletos anaranjados costaban un peso cada uno, sí, un peso de aquellos tiempos, es decir una cantidad equivalente a un centavo de la época contemporánea. Esto da idea de la inflación acumulada a través de las décadas, propiciada por la corrupción e ineptitud de los gobiernos mexicanos.

El trayecto de Taxqueña a San Antonio Abad fue por la calzada de Tlalpan, precisamente sobre lo que fue la antigua ruta del tranvía que conducía del Zócalo al centro histórico de Tlalpan y viceversa, e incluso con posibilidad de viajar hasta Xochimilco. Mi hermana disfrutó la imagen urbana. Miró, maravillada, los automóviles, las casas, los edificios, los comercios y todo el cuadro que ofrece el paisaje urbano.

Triunfante -al menos así me sentí inicialmente-, ocupé el asiento de la ventanilla en cuanto los nueve furgones arrancaron de la estación San Antonio Abad a Pino Suárez. Mi imaginación infantil se había desbordado antes de conocer el Metro y superado, obviamente, la realidad, porque en cuanto los trenes abandonaron la superficie y se introdujeron al túnel subterráneo, solamente observé paredes de concreto gris y las luces efímeras de las estaciones en las que abrían las portezuelas automáticas por unos segundos, cual son los días de la existencia, el vuelo de la mariposa, el canto del jilguero o el perfume de la flor.

Así recorrimos las estaciones, con una mezcla de claroscuros que me parecieron extraños y muy diferentes a lo que mi hermana había visto antes. Tras el recorrido por los túneles subterráneos, nos trasladamos a la estación Zócalo con la intención de realizar algunas compras en el centro histórico de la Ciudad de México.

El retorno fue igual que el principio. Yo había elegido el túnel pensando que encerraba mayor emoción y misterio, mientras mi hermana, estimulada por la caballerosidad de mi padre, escogió la superficie, el exterior, donde la ciudad se manifestó plena ante ella, con su realidad inmediata, con sus luces y sombras.

Ya de regreso a casa, mi padre habló sobre la amabilidad y caballerosidad. Relató, con la maestría que le caracterizaba, varias historias que quedaron grabadas en mi memoria. Sin sospecharlo, nos convertimos, junto con una generación, en los primeros pasajeros del Metro de la Ciudad de México; pero tal vez eso no resulte tan significativo como la lección que recibí ese día y asimilé tiempo después. Todavía conservo uno de aquellos boletos color naranja. Mi padre me dio una gran lección y lo agradezco; aunque lamento que hoy, en nuestros días, tantos hombres y mujeres viajen entretenidos en el coqueteo del whats app y el facebook, mientras sus hijos les formulan preguntas de las que apenas obtienen respuestas escuetas. Eran aquellos días y claro, otra generación.