Biografía inolvidable

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quizá somos eco de un ayer no recordado, acaso realidad de un presente que pronto se desvanece y transforma en pasado, tal vez promesa de un futuro que entre un suspiro y otro se convierte en hoy o probablemente todo y nada porque la vida, en ocasiones, parece historia relatada por alguien o parte de un guión o un sueño. ¿Qué es la vida, pregunto, si no una serie de estaciones que se suceden unas a otras con celeridad, un amanecer y un ocaso que se repiten con sus luces y sombras, un sí y un no? Si los días de la existencia se consumen y parecen, como son, tan frágiles y efímeros, ¿por qué no experimentarlos plenamente? Cada instante que pasa ante la mirada, por cierto, resta páginas a las biografías de las personas, motivo por el que con las oportunidades perdidas se diluyen los proyectos existenciales. El momento de vivir es ahora, el minuto para ser felices es hoy, los días de epopeya empiezan en la hora presente. Mucha gente espera un día especial para comenzar su historia grandiosa y conquistar sus sueños, y olvida que sus vidas iniciaron en el cunero y terminarán en el sepulcro. Definitivamente, quienes anhelan que lleguen condiciones propicias para ser felices y vivir plenamente, quedarán desolados en un puerto abandonado y triste porque la existencia es dual, tiene luces y sombras. La maestría la alcanzan quienes aprenden a vivir, realizarse y ser felices lo mismo en un bote de remos que en un yate, en una morada de aspecto modesto que en un palacio, en las mañanas soleadas de primavera que en las tardes de lluvia torrencial de verano, en las horas vespertinas de viento otoñal que en las de la nieve del invierno. La vida ofrece etapas de alegría y ciclos de tristeza, momentos de triunfo e instantes de fracaso, porque es dual, tiene claroscuros. Hoy asomas al espejo y presumes la lozanía de tu rostro y el brillo de tu mirada; mañana, al contrario, distingues las arrugas que esculpe el tiempo y la escarcha de un invierno inevitable. Quienes aprenden a no desdeñar los segundos, que sumados componen la vida, empiezan a crecer y vivir. La vida es de aprendizaje y llega el momento en que uno, ante las pruebas, debe medirse y superar los obstáculos, empezar de nuevo o sucumbir. ¿Por qué no empezar a vivir en armonía, con equilibrio y plenamente a partir del minuto presente? ¿Qué caso tiene, pregunto, esperar algo por lo que no se lucha o que quizá no llegue? Si alguien desea transitar por el mundo con alegría y alcanzar el desenvolvimiento de su ser para trascender a fronteras superiores, tendrá que aprender a vivir con los contrastes del mundo y a ser la luz que resplandezca incluso en las sombras. Si uno, por añadidura, deja huellas, retira la enramada y las piedras del camino y da de sí a los demás, aunque llegue a su destino con llagas, innegablemente habrá protagonizado una historia grandiosa y será, por lo mismo, autor de una biografía inolvidable.

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Paseo interminable

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

… me di cuenta, entonces, de que por alguna causa mágica y sutil coincidimos en una estación en la que sin perder rasgos e identidad, ella ya estaba en mi morada y yo en la suya. Le pedí que sonriera porque la nuestra no sería una relación pasajera, caprichosa o provisional. El nuestro, definí, es un amor para hoy, mañana y siempre, aquí, en el mundo, y allá, en el plano etéreo donde el principio es fin y el ocaso, en tanto, aurora. La abracé en silencio, prolongadamente, hasta que ambos sentimos en nuestro interior las ráfagas de la inmortalidad. De pronto, abrimos los ojos y ya estábamos en los jardines del mundo y en los paisajes del cielo

Al confesar mi anhelo de compartir los días de la existencia contigo, me refiero, precisamente, a excursionar en los instantes, hacer parada en los momentos felices y dejar atrás las estaciones desoladas y sombrías con sus minutos de desventura, siempre juntos, con la alegría de sabernos parte uno del otro, de tal manera que las luces y las sombras no confundan ni distraigan nuestra senda porque sólo son eso, una dualidad, el sí y el no de la vida, para probarnos durante la jornada. Mi invitación es una carta abierta, un sobre con los boletos a la ruta interior y a los confines del mundo y el universo. Te propongo pasear por la vida y recrearnos y ser dichosos en los parajes y escondrijos que ofrecen las vivencias, los sueños y las ilusiones, en la temporalidad y en los planos de la inmortalidad. Cada día, acaso sin percibirlo, hemos construido una historia, un guión que te inserta en mí y me incluye en ti, hasta envolvernos en una nube de colores inimaginables que a ambos transporta a la maravillosa aventura de la existencia. Más allá de los asuntos mundanos con sus claroscuros, quiero pasear contigo, reventar las burbujas de ensueño, recibir y empaparnos con las gotas de una lluvia de fantasías, saltar a los planos de la realidad con sus valles, abismos y cumbres, y conquistar otros planos. La vida es una expedición con alegrías y tristezas, risas y llanto, cunero y tumba, elementos inevitables, es cierto, en el itinerario que conduce a otros horizontes más plenos. Es aquí y allá donde pretendo llevarte, tomada de la mano. Quiero que caminemos hasta la línea que parece definir la frontera entre el mundo y el cielo, para darte un beso y seguir nuestra travesía. La vida, en el amor, es un viaje interminable.

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Los ciclos y la trama de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estaba en casa aquella noche veraniega. El aguacero no cesaba. Los relámpagos incendiaban el cielo nebuloso y ennegrecido; proyectaban sombras momentáneas que le causaban terror. Los estruendos se propagaban una y otra vez. Sentía miedo y soledad.

Las ramas de los árboles se balanceaban y crujían al recibir las ráfagas del viento que azotaban la tormenta contra los muros de la casa y los cristales de las ventanas. El cielo se prendía de destellos plateados con cada relámpago.

Miró a los muchos días del ayer, hasta llegar a las horas primaverales que le parecieron tan fugaces como las gotas que deslizaban por las ventanas. Conforme transcurrían las semanas, los meses, los años, la niña y la joven de los sueños quedaba atrás, sentada quizá en una silla o tal vez en una playa que empequeñecía, junto con sus juegos, esperanzas e ilusiones, con sus alegrías y temores, con los resultados de sus decisiones.

De improviso se situó en el verano implacable, empequeñecida y desnuda, acaso porque se midió contra el tiempo y se ubicó en un paraje desolado, quizá por no haberse atrevido a desafiar los intereses y creencias de los demás, tal vez por autorizar la caminata del reloj sin tomar la decisión de experimentar cada instante con su estilo de vida, probablemente por ser la existencia una historia, una experiencia que cada uno debe emprender para evolucionar, probarse y ser feliz.

Meditó acerca de su vida y descubrió que se encontraba en la madurez. Se sentía abrumada por su ayer y su hoy. Hubiera deseado algunas modificaciones en su guión existencial.

Sus cavilaciones fueron interrumpidas por los golpes de la aldaba contra el portón de madera. ¿Quién podrá tocar a esta hora y bajo la tormenta?, se preguntó inquieta. Asomó por el postigo y miró, sorprendida, a seis visitantes extraños que se presentaron y solicitaron les permitiera entrar.

Temerosa, abrió el portón y los forasteros ingresaron a la morada como si conocieran cada rincón. Pasaron a la sala y ocuparon los sillones. Se presentaron ante ella: otoño, invierno, muerte, recuerdo, olvido y tiempo. El primero anunció la proximidad de su escala en la siguiente temporada. Anticipó, por lo mismo, que su aliento desprendería las hojas de los árboles hasta formar alfombras amarillas, doradas, naranjas y rojizas que dispersaría durante las tardes desoladas y grises.

El otoño prometió retornar con severidad, entintar las frondas y los paisajes naturales, arrancar las hojas y el verdor de las plantas, arrebatar la vitalidad y anticipar, a través de los rumores de su lenguaje -el viento-, la proximidad de la noche oscura, los síntomas prematuros del invierno.

Al escuchar al otoño, ella enmudeció y sintió estremecer. El visitante sonrió y le pidió fortaleza, seguridad y valentía. Aclaró que es indiferente a la alegría o al sufrimiento de la humanidad; sin embargo, sugirió que cada uno se entrega a su período y destino de acuerdo con su proyecto existencial. Le recordó, seguramente para animarla, la belleza del maquillaje otoñal y el encanto de sus voces al soplar.

Intervino el invierno, quien tras reconocer el temor que se le tiene por su manto tan helado y su indiferencia ante quienes lo experimentan en sus entrañas, en sus rostros, prometió borrar los matices de la vida en la siguiente estación. Era su tarea y debía cumplirla no por dedicarse a actos perversos, no, no era eso. Igual que el otoño, cumplía la misión que le fue encomendada y ofrecía una ambivalencia. Todo es ciclo. El final no es la muerte.

El frío e incluso los copos de nieve al cubrir los paisajes con su blancura, tienen un encanto muy especial, completó el invierno, quien expuso que es el término de las estaciones, la conclusión de una historia, y que puede ser una experiencia dulce e inolvidable o dolorosa, triste y desoladora.

Risueña, la muerte interrumpió. Arrebató la palabra y aseguró ser la más temida porque no le importan ni influyen en su ánimo los colores de la primavera, la fuerza y las tormentas del verano, la melancolía del otoño y la crudeza del invierno. Sencillamente, mueve la última pieza del tablero y concluye la partida y la trama de la vida, incontables ocasiones cuando la gente es más feliz. Rompe proyectos existenciales a cualquier edad. Cumple su tarea sin resbalar a la tentación de la belleza física ni al brillo de los diamantes.

El recuerdo solicitó a la muerte no ser tan ufana porque tras el final que provoca, surgen las remembranzas, lo que le concede el triunfo y mayor poder, incluso, que el otoño y el invierno. Los recuerdos sobreviven a la muerte y al tiempo, insistió.

De pronto, la voz del olvido se apoderó del recinto. Pidió respeto a su naturaleza porque al final desgarra los semblantes de la primavera, el verano, el otoño, el invierno, la muerte y el recuerdo. Todo lo convierte en ruina y lo pulveriza hasta extinguirlo.

Tal es el poder del olvido que con su presencia surge la amnesia. Todo se desvanece y queda reducido a nada. La gente, los recuerdos y las cosas se diluyen y pierden su sentido. El olvido es nadie. El olvido es nada.

El tiempo, que permaneció callado y reflexivo durante las intervenciones de sus compañeros, habló mesuradamente. Ella escuchó “sin mí, mis amigos no se manifestarían en este plano”. Cuando quiso plantear sus dudas e inquietudes, el tiempo se incorporó, seguramente porque no da oportunidad a un paréntesis, y repitió: “vive, vive”.

Ella escuchó aterrada los planteamientos de sus visitantes, quienes antes de despedirse, le sugirieron descifrar el mensaje oculto en cada disertación. Le explicaron que hay palabras y expresiones de apariencia superficial, mientras algunas más, en cambio, tienen mayor peso y un sentido que sólo entienden aquellos que se atreven a desentrañar la verdad.

Se marcharon y ella quedó nuevamente sola. Asomó por la ventana con el objetivo de contemplar el relampagueo que iluminaba el celaje nocturno y distinguir las sombras que se extendían enormes y siniestras, hasta que entendió que uno debe superar sus miedos y prejuicios y alumbrar las horas de su existencia con el resplandor que emana de su ser. Comprendió, igualmente, que si hay abismos, fantasmas, prisiones y fronteras, son, precisamente, los que se forman desde los sentimientos y la razón.

Reflexionó que si los relámpagos son capaces de desafiar la oscuridad de la noche y encender el paisaje, las sombras tienen la facultad de proyectarse y hasta causar miedo cuando se les autoriza ingresar a los sentimientos y al pensamiento.

No obstante, atrapó su atención el hecho de que cada relámpago y sombra tienen su momento de esplendor y desvanecimiento. Cada acto se expresa con oportunidad, hasta diluirse, y eso encierra un mensaje en la vida.

Ella recordó las facciones del otoño y el invierno, tan poderosos y sagaces que aparentemente propician la caducidad; sin embargo, determinó que se encuentran integrados al círculo de la vida y la creación, de modo que no son enemigos cuando se les interpreta. No tienen principio ni final.

La muerte representa, en todo caso, la caducidad de una temporada, el fin de un ciclo y el inicio de otro, el renacimiento, el principio. El inicio plantea nacer y posteriormente morir. El decreto consiste en que la vida es perenne. Cambian las formas, la cáscara, los perfiles; pero se conserva la esencia, el éter, la naturaleza.

Ella comprendió que la primavera es la aurora, la mañana, el inicio, la inocencia; el verano, en cambio, muestra la fortaleza, el vigor, la osadía, mientras el otoño, con su experiencia, prepara la ruta al final del ciclo y es la tarde, quizá el principio de la noche, hasta que el invierno, que es el ocaso, cubre todo, siempre con la promesa de un amanecer, de un renacimiento. Tales son la vida y la muerte. Forman parte de lo mismo, después de todo.

Perdió el temor al envejecimiento cuando aprendió que el ocaso sólo acerca a la aurora. Supo, entonces, que uno no puede anclar definitivamente en un puerto ni naufragar por tiempo indefinido porque la embarcación prosigue su itinerario, continúa su ruta. Quien se detiene, queda atrapado y el agua que se estanca, por cierto, es putrefacta. Hay que vivir cada instante en armonía, con equilibrio y plenitud, más allá de creencias, doctrinas, intereses y prejuicios. Es primordial atreverse a vivir.

Cuando se vive con autenticidad, no se le teme a la muerte. La finitud pierde su dimensión aterradora cuando uno aprende a vivir, a volar libre y plenamente, a protagonizar la historia más bella, inagotable, suprema e inolvidable. Y a la existencia se le decora cada día con actos sublimes, con sentimientos puros, con la hazaña de atreverse a sentirla en todo momento con sus claroscuros.

Y si la muerte ya no amedrenta, los recuerdos tampoco son cáliz amargo, sino fragmentos que repentinamente se rescatan para alegría, consuelo y recreo. El olvido sólo carga los malos momentos, cualquier sentimiento negativo que opaque la alegría y el desenvolvimiento del ser. Es incapaz de llevarse los sentimientos y las obras buenas.

Ella sonrió. Ya no le asustaron más las horas de desolación, las noches de aguaceros y los estruendos. Entendió que todo proviene de la misma fuente y cada expresión cumple alguna encomienda. Recordó que todo tiene claroscuros y una razón, un destino, un motivo. Sólo hay que atreverse a vivir.

Miró su viejo cuaderno de dibujos y anotaciones. Lo tomó con la certeza de que si trazaba un palacio, flores, sonrisas, amor, alegría y sentimientos dulces y supremos, los conseguiría, como igualmente obtendría, si los esbozaba, calabozos, grilletes y torturas.

Decidió trazar su existencia, dibujar su historia, colorear sus días, hasta que conquistó sus deseos. Los ciclos de la vida, que alguna vez tocaron a su puerta, no volvieron a ser intrusos porque aprendió, hasta la hora postrera, a disfrutar cada etapa con sus decisiones y libertad, con lo que ella deseaba y no con las imposiciones, creencias e intereses de los demás. No volvió a lamentar ni sufrir por lo que parecían fatalidades porque de pronto descubrió que la felicidad, el amor, la riqueza, los sentimientos y lo más excelso reposan en el interior, no en las apariencias y superficialidades ni en las convicciones de otros.

Así, ella se sintió dichosa los siguientes veranos y vivió con dignidad y encanto los otoños e inviernos que se sucedieron unos a otros, hasta que la muerte y el tiempo llegaron una noche acompañados del recuerdo y el olvido. Entendieron que por fin alguien había vencido sus miedos y desentrañado la verdad. Ella aprendió a vivir, a darse la oportunidad de ser muy feliz a pesar de las luces y sombras, y ganó, por lo mismo, el derecho al ciclo interminable de la creación. Existiría siempre, y así se marchó, digna y plena, muy feliz, a otras fronteras donde el principio y el fin no existen.

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El sueño entre una vida y otra

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tal vez la muerte es el sueño entre una vida y otra, el paréntesis que sigue a una aurora o a un ocaso, y no la inquietante ausencia, en un ciclo interminable de suspiros, hasta que uno llega finalmente a la morada. Quizá la muerte no es el final, como suponen muchos, sino el inicio o la prolongación de una historia. Acaso la vida y la muerte son lo mismo, no principio ni fin, porque el círculo de la creación no inicia ni concluye. Tras la mañana sigue la noche y después de la oscuridad viene la luz. El árbol y la flor mueren en un momento y renacen el próximo instante. Las hojas que un día el viento acaricia y dispersa en alfombras de matices amarillos, naranjas y rojizos, seguramente en otro minuto reaparecen ufanas y verdes. Las burbujas, en un manantial, provienen de la intimidad de la tierra y revientan al brotar y recibir la mirada del sol y el aliento del aire, para así transitar en la corriente y más tarde fundirse de nuevo en la inmensidad del océano. Hay un camino de ida y regreso al mismo espacio infinito. De entre una corriente etérea y un ambiente nebuloso y celeste surge uno, y se marcha, a la hora de la cuenta, por un túnel luminoso, entre vapor flotante y de tonos nunca antes vistos. Casi nadie recuerda esa caminata subyugante y mágica ni que en casa reposa todo, el bien y el mal, la sabiduría infinita, probablemente porque durante su jornada terrena coloca paladas de rutina, actos cotidianos, preocupaciones, ambición desmedida, enojos, compromisos, problemas, resentimientos, superficialidades y toda clase de expresiones negativas, hasta que la esencia es sepultada y se olvida que todo es unidad. Tal vez eso es la muerte para incontables personas que están confundidas, aniquilar su ser e identidad, enterrarse a cambio de momentos baladíes y pasajeros, construir paredones de discordia, sujetarse a las opiniones y reglas de otros, renunciar al amor y a la felicidad, preferir la inmediatez en vez de escalar la cima, consumir los días de la existencia en capítulos repetidos, vacíos e inciertos. La muerte física no es el final porque en la creación todo renace y es eterno. La muerte es no atreverse a vivir y optar por la agonía, el conformismo, la tristeza, los actos negativos, la acumulación de placeres y riquezas egoístas, las celdas que se fabrican y los espectros que se crean, la ausencia de puentes y la abundancia de precipicios y fronteras. Esa es la finitud porque la vida no termina con la consumación de un cuerpo físico. Uno muere, parece, no cuando los signos vitales se apagan, sino al odiar, al entristecerse, al aceptar creencias y prejuicios, al cerrar las puertas y ventanas a los sentimientos positivos y abrirlas a los niveles de evolución más ínfimos. La muerte no es la sombra. Simplemente es el cambio de un estado a otro, pero la esencia sigue porque no tuvo inicio ni conocerá el final. Su concepción escapa a la comprensión de quienes prefieren permanecer en la comodidad de sus creencias y suponer que la vida concluye en una cama de hospital o en una tumba. Tal vez la vida es sueño en un mundo de contrastes y pruebas, en un escenario de aprendizaje e historia, y la muerte la despierta con la intención de recordarle que sus días son incontables cuando se libera de la prisión. La vida en el mundo es bella y merece experimentarse en armonía, plenamente y con equilibrio; aunque parece que la muerte es su complemento inseparable. En el cosmos descubro luces y sombras como un todo. Quizá la muerte no es la despedida; seguramente, no lo dudo, es la pausa entre un sueño y otro dentro de la eternidad. Hay que vivir cada instante.

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Claroscuros de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

He andado por el mundo. No me impresionan la belleza física, los automóviles de lujo, las fortunas, los yates, las mansiones y el poder; tampoco me asustan la miseria y la ignorancia. Simplemente me alejo de ambas expresiones. Quienes permanecen atrapados en el traje pasajero de la belleza física, tras los antifaces de la temporalidad, con frecuencia demuestran que sus rasgos y líneas son inversamente proporcionales a la inteligencia y a los valores. Aquellos que intentan demostrar su grandeza por medio de las cosas materiales que acumulan y presumen, son tan pobres que no merecen que uno pierda tiempo en atender su demencia y ausencia de luz. En cuanto a la miseria, le temo más a la humana que a la material, a la que se multiplica en cada generación para mal del mundo. Eso no implica que cierre las puertas a la ambición natural, al desarrollo y a la consecución de niveles de bienestar. Más que disfraces mundanos, parece que tienen mayor encanto y mérito la alegría, el bien, los detalles, el amor, los sentimientos, las acciones y los valores. Uno puede aspirar a un castillo durante su jornada terrena, y es válido siempre que se piense y trabaje para alcanzar el palacio una vez que concluyan los días de la existencia. Si uno, en el mundo, experimenta la vida en armonía, con equilibrio y plenamente, ¿cómo será, entonces, la otra morada? La vida presenta claroscuros. Los resultados dependerán, finalmente, de la búsqueda permanente de la luz o de la preferencia por la sombra. Cada uno tiene la opción de escribir su propia historia.

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