No tiene caso tocar a las puertas de sus sepulcros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cursaba tercer año de primaria -educación básica- con la ilusión y los sueños infantiles de aprender gran cantidad de lecciones -Aritmética y Geometría, Ciencias Naturales, Historia, Civismo y Geografía, entre otras materias-; lucir, cada lunes, mi uniforme de gala -pantalón, camisa blanca, corbata de moño y chaleco-; leer incontables libros en la biblioteca escolar, divertirme y jugar con mis compañeros de aula, destacar en los ejercicios físicos y obtener, al final del curso, una medalla por mi conducta -era un niño bueno e ingenuo- y otra por mi aprovechamiento en clases. Sentí emoción al ir con mis padres al colegio, mirar mis documentos de reinscripción y percibir, en la papelería escolar, el aroma del papel y la tinta concentrado en los libros, el olor a madera de los lápices y colores y el perfume de los cuadernos, gises y crayones. Me parecía un mundo bello y mágico.

En el hogar -mi amado y pequeño mundo- existía un ambiente propicio para ser intensamente feliz. Mi padre y mi madre, siempre tan amorosos y dedicados a nosotros, me parecían seres humanos irrepetibles y extraordinarios, e incluso, a veces suponía que sus huellas eran tan profundas que nadie podría sustituirlos. Mis hermanos, en tanto, eran mis compañeros de aventuras y juegos, y si nos abrazábamos o reñíamos, finalmente sabíamos que existía un amor indestructible entre nosotros.

Tras las vacaciones, llegué de nuevo al colegio religioso, con sus corredores, pasillos y rincones que me cautivaban. Y ocupé mi pupitre, con la mochila repleta de útiles escolares, una cantimplora con agua, una manzana y un baguete elaborado por las manos maternas.

Algo complejo acontece con nosotros, los que pertenecemos a las minorías por diferentes motivos -creencias, ideologías, razas, conducta, esencia-, al grado de que la masa colectiva siente repulsión, antipatía y reacciones negativas por cualquier individuo, hombre o mujer, que sea diferente a sus modelos en serie.

Sentí una opresión terrible en el pecho. Ninguno de mis compañeros respondió mi saludo amistoso e ingenuo. Algo andaba mal. Eso no funcionaría. Me pareció inexplicable, a esa edad, que tratándose de un colegio religioso, los alumnos se comportaran igual que las hordas que se odian y se matan.

En mi vocabulario no existían palabras obscenas ni vulgares. Mi padre era un caballero que siempre corregía, en casa, nuestro lenguaje, y mi madre, una dama a la que la gente llamaba “señora amable”. Me sentí desarmado ante el compañero del pupitre contiguo, quien hizo señas desagradables con las manos y me amenazó, y sentí lo mismo con el que se encontraba detrás de mí, quien golpeaba mi espalda para que volteara y escuchara sus majaderías.

Me asusté. Todos parecían ser amigos de otros tiempos y aventuras mutuas. Compartían hábitos y conductas similares. Sentí miedo, nerviosismo, desolación y terror. Estaba en tierra hostil e insegura, rodeado de personas capaces de lastimar.

Inesperadamente, la puerta del salón de clases fue abierta por la profesora, mujer de baja estatura, vestida de negro, obesa y de gesto desagradable y adusto. El grupo calló y ella, ensoberbecida, caminó hasta el escritorio. No saludó. Escudriñó al grupo, como los generales que revisan hasta la limpieza de los zapatos de los soldados que minutos más tarde se enlodarán en la guerra y morirán, y advirtió que sería un curso demasiado complicado, y que ella, la maestra Teresa, era muy estricta e intolerante, y que, por lo mismo, no tendría piedad de aquellos alumnos que no se adaptaran a su estilo de impartir clases.

Recorrió los pasillos que formaban entre sí las hileras de pupitres, y revisó en cada alumno las uñas, el cabello, la ropa, el peinado. Sentí, de pronto, que era una sombra que se aproximaba a mí con la amenaza de entristecer y herir mis días. Llevaba una regla de madera en la mano derecha y una lista y un bolígrafo en la izquierda. Anotaba en el documento y reprendía a todos.

Todo momento llega, y así, la profesora Teresa abrió el campo de batalla al mirarme fijamente y advertir que no le agradaba y que no dudaba, en consecuencia, que ambos tendríamos problemas. La guerra estaba declarada por alguien mayor que yo. Mayúscula se empeñaría en aplastar a minúscula, respaldada en su autoridad de profesora, en su formación académica, en sus años de experiencia y en su volumen físico. ¿Qué podía hacer un niño inocente al recibir amenazas de una mujer amargada e intolerante?

Por algún motivo que hasta la fecha me parece complejo dentro de mi raciocinio infantil, decidí callar aquel capítulo y fingir ante mis padres y mis hermanos que todo marchaba bien en la escuela. Esculpí, con mi silencio, las injusticias que mis compañeros y la maestra Teresa cometieron contra mí. Fabriqué mi celda y les permití entrar. Me convertí en aliado y cómplice de golpes, insultos, castigos y gritos contra mí. Fui mi carcelero y verdugo.

La maestra Teresa, quien años después fue nombrada directora de la secundaria del mismo colegio, no me permitía ir al baño, y ella lo disfrutaba, se alimentaba con mi desesperación y malestar. Al final, orinaba los pantalones azul marino del uniforme o el de gala que al inicio del ciclo escolar me había impulsado a soñarme elegante y de esa manera presentarme orgulloso ante mi madre con la idea de explicarle que me sentía refinado como las imágenes que rescataba del ayer al relatarme la historia de su padre y sus antepasados.

Hace algunos años, cuando el reconocido urólogo Francisco Javier Valencia, analizó los resultados de mis estudios médicos y me informó que presentaba un pequeño y viejo daño en la vejiga, precisamente ocasionado por las retenciones urinarias de mi infancia, recordé la perversidad de la maestra Teresa. ¿Y cómo reacciona uno? ¿Odio o perdono? Imposible y tonto sería buscar a una mujer que, si vive, tendrá 90 años de edad o más, y muy ilógico sería tocar a la puerta de su tumba con el objetivo de reclamarle. No me quedo con espinas que en algún momento pueden rasgar mi alma. Prefiero el amor y la luz. Ella fue responsable de sus actos crueles e igual que cada ser humano, lleva una carga con lo bueno y lo malo que hizo. Lo que debo hacer es dar a conocer esta situación y prevenir a hombres y mujeres para que impidan crueldades e injusticias en perjuicio de sus hijos. Callé el martirio que viví, y en cierto fui corresponsable al ser aliado de los tormentos que una mujer desquiciada me impuso. Bastaba con denunciarla para exhibirla y vencer; pero adivinaba que no tenía amigos y que no me atrevería a confesarlo a mis padres.

Todos los días, al impedirme acudir al baño, orinaba los pantalones y era exhibido, con otros niños, hombres y mujeres, en el portón de la escuela, poco antes de que nuestros padres acudieran por nosotros. Permanecíamos expuestos a las miradas burlonas de nuestros compañeros, como monstruos horripilantes o criminales sentenciados a cárcel o a la horca que la gente mira aterrada y con mofa.

Los castigos se basaban en colocarnos hincados frente al pizarrón y estirar las manos hacia arriba o a los lados, con la amenaza de recibir golpes en las manos con el borrador o con la regla; pero también escribir en los cuadernos “debo portarme bien”, lo cual me parecía contradictorio y estúpido porque mi conducta era intachable. Los golpes en las manos o en las pantorrillas resultaban dolorosos.

En la medida que uno aprueba y permite abusos por parte de otras personas, tales seres crecen y se fortalecen, hasta convertirse en fantasmas, en tiranos, en forajidos. Es necesario denunciarlos de frente y con valor. No lo hice.

Los planes de la maestra Teresa parecían funcionar de acuerdo con su maldad y el odio que le inspiraba, y claro, estaba mal con ella, con los demás y con la vida. Una de tantas veces, me llevó con la directora general del colegio, llamada igual que ella, Teresa, una religiosa, quien sin interrogarme, me trató con asco al verme con los pantalones orinados y los ojos enrojecidos por el llanto que me provocaron los gritos, amenazas y golpes de la profesora de ropa oscura.

Nervioso y temeroso, pellizqué mis piernas, y minutos después reí y enmudecí. ¿Cómo explicar a la monja enfurecida que la profesora era un monstruo estúpido y mezquino que abusaba de mí solo por su autoridad en la enseñanza, su edad y su tamaño? ¿Y cómo hacerle entender que si orinaba los pantalones era porque ella, la maestra Teresa, me negaba los permisos para ir al baño? ¿Quién era más cruel e ignorante, la maestra que me atormentaba y contribuía a mi daño orgánico, o yo, un niño ingenuo, sin experiencia e inocente que callaba por miedo al escarnio y a la vergüenza, y que prefería la armonía, el amor y la paz? También deseaba aclararle algunos errores en los métodos de enseñanza, como el sistema en las restas, pero sentí que algo me aplastaba.

La mujer, que portaba ropa de su orden religiosa, marcó el teléfono y preguntó por mi padre, con quien de inmediato se quejó de mí, como si yo fuera un reo peligroso. Al hablar por teléfono con él, me acusó: “en este momento su hijo se burla de mí con una risa sarcástica”. Evidentemente, mi risa era provocada por el nerviosismo de encontrarme en un juicio severo e irracional.

Permanecí castigado en la oficina de la directora, hasta que mi padre llegó mortificado. Influida por la maestra Teresa, la religiosa desdibujó mi figura infantil y tejió la imagen de un delincuente. Advirtió, paralelamente, que la maestra y ella tenían idea de que yo era un retrasado mental, un niño que requería otra clase de atención, y que quizá, como ambas lo auguraban, mi capacidad mental me impediría concluir la educación primaria de seis grados. Cursaba tercer grado y mi incapacidad me impedía progresar, manifestó la mujer encolerizada, quien en ningún momento se atrevió a mirarme a los ojos.

Tras escuchar, mi padre ofreció revisar los argumentos de la reunión improvisada y, en todos los casos, reaccionar conforme lo ameritara mi condición humana y la realidad. Él y yo salimos ese día del colegio, silenciosos, inmersos en nuestros sentimientos e ideas. Abordamos el automóvil y llegamos a casa.

Mi padre y mi madre dialogaron. Ambos establecieron el compromiso de darme mayor atención de la que recibía amorosamente de ellos, y así lo hicieron. Mi padre aseguró, molesto, que las actitudes y los comentarios de la religiosa no habían sido de su agrado ni de su aprobación, y que demostraría que yo, su hijo, no estaba condenado, como anticipó, al subdesarrollo mental. Mi madre compartió su opinión y ambos diseñaron y aplicaron un programa integral para mí.

Un acontecimiento lleva a otro, y más si las personas reaccionan correctamente y con oportunidad y emprenden acciones y protagonizan sus propias historias. Mi padre y mi madre, que eran tan observadores y analíticos, no tardaron mucho tiempo en definir mis rasgos y establecer que yo, su hijo primogénito, al que en el colegio molestaban y creían retrasado mental, tenía capacidad y talento de artista, y al probar con las letras, me reencontré conmigo y con la vida.

Él, mi padre, cotidianamente me relataba algún episodio de su imaginación, y yo, su hijo, lo asimilaba y posteriormente lo escribía con mi estilo y mis ideas. Más tarde lo revisaba y me aconsejaba sabiamente y con amor. Ella, mi madre, al conocer mi pasión e interés por el ayer y sus historias, me narraba capítulos relacionados con sus antepasados, y de esa manera aprendí a amarlos y a emular su ejemplo, hasta que me formé como adulto.

La vida es una corriente que fluye inagotable. El agua cristalina avanza infatigable, mientras la que permanece estancada en la orilla, se enturbia y pudre. Crecí. Viví. Contra los pronósticos de la monja y la profesora, concluí todos los grados de primaria y continúe estudiando y formándome, desde luego sin renunciar al arte que llevo dentro de mí y sin el cual no me concibo.

Hace años, cuando publiqué mi primer libro, mi madre me aconsejó que dedicara un ejemplar a la directora del colegio. Escribí la dedicatoria y lo conservo en mi biblioteca. Reflexioné y llegué a la conclusión de que no necesitaba demostrar a quien me humilló, despreció y maltrató que no solamente había concluido mi formación escolar, sino que podía escribir y publicar obras. Y no se lo entregué. Es a mí a quien necesito demostrar que puedo cumplir mis sueños, ilusiones y proyectos si trabajo arduamente y con inteligencia para conseguirlos.

Pienso a esta hora de mi existencia que más allá de la crueldad, ignorancia y amargura de tantas personas, es posible, si uno lo decide, hacer un cielo sobre tantos infiernos. Mi padre y mi madre lo hicieron conmigo, y lejos de atormentarme más y hundirme con reclamos, críticas y regaños, me ofrecieron su amor, sus consejos y su apoyo. Me inculcaron valores, seguridad y amor, y también cultivaron mi pasión y encuentro conmigo y con el arte. Qué vale la escoria de algunos seres humanos, cuando hay otros que dan lo mejor de sí y ayudan a que uno encuentre la luz, disipe las sombras y trascienda. No tiene caso tocar a las puertas de los sepulcros de la religiosa y la profesora que intentaron hacer de mi existencia un martirio. La vida es superior y no merece desperdiciarse en seres que ya están muertos desde que nacen. Mis padres me ayudaron a descubrirme. Gracias, en verdad.

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Zorak

A mis padres

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Pellizqué mis piernas aún entumidas por la humedad del pantalón azul marino que rozaba mi piel, mientras ella, la religiosa, explicaba a mi padre por teléfono que yo, su hijo, presentaba síntomas de retraso mental y, por lo mismo, auguraba que no concluiría la primaria en el colegio y jamás tendría éxito en la vida.

Fuera de sí, su acento español se descompuso y manifestó que yo era cínico porque lejos de responder sus preguntas, permanecía callado y reía como idiota. Insistió en que me encontraba sentado frente a ella, castigado por haber orinado los pantalones, carente de explicaciones y respuestas, con la mirada inexpresiva, sonriente. Confesó, incluso, que le aterraba lo insondable de mis ojos.

Es cierto, a mis 10 años de edad no contesté sus reclamos porque consideré que si había orinado los pantalones del uniforme escolar, no había sido por descuido o placer, ni tampoco por sucio, como me calificó, ni siquiera por malos hábitos, sino porque la maestra me negó el permiso para ir al sanitario, y evidentemente el organismo reaccionó de acuerdo con sus procesos naturales. Eso era todo, la profesora me impidió ir al baño y oriné. Reí no por mofarme de ella; lo hice por los nervios que me transmitía con sus gritos y regaños, por su actitud descompuesta frente a un menor, por el hecho de que ellas, las religiosas y maestras, provocaban situaciones complicadas a los alumnos y finalmente los descalificaban, reprendían y castigaban con saña, y claro, lo admito, por la incongruencia entre las monjas y la doctrina que seguían y predicaban. Al menos en teoría, su religión se opone a injusticias e intolerancia. Esos fueron los motivos de mi risa y silencio. ¿Cómo me defendería, me preguntaba, si provocaban las faltas y al mismo tiempo se transformaban en jueces inflexibles?

Respecto a mi hermetismo, confieso que siempre he sido así; además, a esa edad ya había leído documentos y libros sobre diferentes doctrinas filosóficas, religiosas y esotéricas que tenía mi padre en su biblioteca particular, y escuchado de paso las conversaciones y discusiones sobre tales temas con diferentes personajes que visitaban la casa solariega. Me parecía que la mujer no era fiel a las creencias que pretendía inculcar en el colegio; no obstante, debía callar para no involucrarme en problemas más fuertes de los que ya enfrentaba. Tampoco le iba a rebatir que los estudiantes sabían más de doctrina religiosa que de matemáticas o historia, aunque no practicaran sus principios en el primer caso y obtuvieran excelentes calificaciones en el segundo.

El problema parecía delicado, aseguró la mujer cuyo pecho exhibía un crucifijo plateado que resaltaba con el tono oscuro de su vestido y la gravedad de su rostro. Así que mi padre desatendió sus ocupaciones y se dirigió al colegio con la intención de hablar con la directora, con quien permanecí gran parte de la mañana en una oficina oscura, rodeada de imágenes religiosas y libros. No entendí, entonces, la causa por la que me mantenía como rehén en la dirección, pues de cualquier manera no hubiera podido huir ni evadirla.

El resultado del balance me desfavoreció. Me pareció injusto, pero tontamente evité presentar mis argumentos de defensa. La mujer acusó mi costumbre de orinar los pantalones, no comprender las lecciones, permanecer distraído durante clases, apartarme de mis compañeros a la hora del recreo, no participar en las actividades sociales, negarme a seguir las acciones litúrgicas, no mostrar emociones, no contestar las preguntas de profesoras y religiosas, dibujar en horario escolar y reír, mostrar un aspecto de estúpido al que solamente le faltaba babear. La verdad es que estaba aterrado por el bullyng que practicaban monjas, maestras y alumnos.

Ya con el expediente que contenía el rostro oscuro de mi existencia y casi mi destierro del colegio y la ausencia de días de gloria durante mi jornada terrena, mi padre conversó con mi madre y conmigo, y aunque no creyeron, por exagerados e incongruentes, los argumentos de la directora, coincidieron en que me entrenarían integralmente con la finalidad de que superara las pruebas que estaba enfrentando. Fortalecerían mi autoestima, la confianza en mí, y demostraría a la comunidad educativa cuán equivocada estaba.

Nunca les confié el maltrato que recibía en el colegio. Lamentablemente, amenazado por creencias oscurantistas, no denuncié ante mis padres que ellas, las religiosas y maestras, nos imponían castigos como permanecer hincados a un lado del pizarrón, con las manos extendidas hacia arriba, o recibir impactos con la regla, el borrador o el “metro” en las yemas de los dedos, en las palmas de las manos, en la cabeza o en las pantorrillas. Cometí el error de no revelar las atrocidades que se cometían en el colegio, y es que quizá por mi mente rondaban los fantasmas diseñados por las religiosas para asustarnos y ejercer control absoluto y manipulador.

Mi madre, siempre tan amorosa y dulce, me relató historias de hombres y mujeres que aportaron algo valioso a la humanidad, seres extraordinarios que a pesar de las adversidades, desolación, ruina y tribulaciones, descubrieron la fórmula de la inmortalidad y se engrandecieron al emprender actos heroicos e ir más allá que los demás. Hasta rememoró la epopeya de nuestros antepasados y me invitó a emularlos, a convertirme en un ser irrepetible, especial, grandioso e inolvidable, en alguien capaz de retirar la enramada del camino y dejar huellas indelebles para que otros, los que marchan a los lados y atrás, no se extravíen. Coger la luz y alumbrar el sendero, advirtió, implica atravesar las tinieblas, pero se trata, parece, de la aventura más noble y llena de proezas.

Mi padre, en tanto, habló sobre la formación del carácter y la seguridad en uno mismo. Me enseñó a vencer los obstáculos y el miedo -caray, volar un avión de dos alas en la adolescencia, permanecer solo en una catacumba cuando se es joven y años después saborear el terror durante el desembarco de Normandía, en la Segunda Guerra Mundial, entre otros actos, no había sido cualquier cosa en su vida-; pero también a conducirme con amor, honestidad y valores en todos los capítulos de mi existencia, por insignificantes que me parecieran, porque hasta en lo pequeño se proyecta la grandeza.

Continuamos con la convivencia y los paseos porque las críticas y opiniones de una religiosa que perdía la cordura con un niño de 10 años, simplemente por orinar los pantalones y no responder preguntas como consecuencia del aturdimiento provocado por la reprimenda, no merecían tanta atención ni permitir que rompieran la armonía, ni tampoco abrir la puerta a dudas y problemas. Nunca se derrumbó la muralla que protegía nuestro exclusivo mundo familiar de un ambiente que no parecía el nuestro.

Fue mi padre quien al reconocer mi imaginación, apasionamiento por el arte y los libros, estado permanente de ensoñación e interés en ciertos temas, concibió la idea de invitarme a escribir una novela, que inicialmente titulamos “Zorak, el hombre de las cavernas”.

Sin descuidar la atención con mis hermanos, mi padre relataba con vehemencia, al llevarnos al colegio, algún fragmento del capítulo que yo, a la hora del descanso escolar, debía recordar y escribir. En casa, después de comer, hacer la tarea escolar y jugar un rato, me dedicaba a escribir la historia de Zorak. En las noches, antes de la cena familiar, mi padre revisaba mis escritos y hacía algunas recomendaciones.

Las reuniones familiares en el comedor, principalmente los fines de semana y cuando disponíamos de mayor cantidad de tiempo y no realizábamos algún paseo, resultaban de intensa convivencia y con disertaciones enriquecedoras sobre humanismo, filosofía, historia, arte, viajes, anécdotas, religiones, política y otros temas. En ese contexto hacía recomendaciones para que mejorara mis textos infantiles.

Conservo dos ejemplos muy ilustrativos acerca de mis primeros intentos de ser novelista. Una mañana, mi padre describió con detalle y pasión la lucha entre Zorak y un oso prehistórico. Escribí lo siguiente: “un día, Zorak tenía hambre, encontró un oso, pelió (sic) con él, lo mató y se lo comió”.

Ahora que me parece contemplar la expresión paterna en una orilla cada vez más distante, pero siempre amada, creo que sonrió por las ocurrencias de su hijo mayor. Tomó mi mano, me condujo amorosamente hasta él y explicó que uno, al escribir, debe hacerlo de tal manera que transmita sensaciones. Hay que tener la capacidad de trasladar al lector hasta el lugar de los hechos, provocar que experimente cada acontecimiento, entregarle una historia llena de vida, de manera que si uno lanza una moneda a una fuente, verbigracia, debe hasta escuchar el sonido de la pieza metálica al girar por el aire y al caer y sumergirse en el agua. Me enseñó a dar vida a las palabras, llenarlas de emociones positivas o negativas.

Relató, con detalles, lo que debía imaginar y sentir cualquier persona al leer la lucha encarnizada entre Zorak y el oso de las cavernas. Quien leyera esas líneas tenía que sentir, incluso, el sudor producido por el calor y el miedo de enfrentar una fiera, también hambrienta, armada de garras y colmillos temibles, junto con el ardor de las heridas que se acentuaban al caer en la tierra, entre la hierba, y hasta percibir la hediondez del pelambre de la bestia, en fin, cada detalle del escenario donde se desarrollaba la batalla mortal.

Conocedor del violín, refirió que los músicos, al interpretar un concierto, deben hacerlo al grado que los instrumentos transmitan sentimientos, como si acariciaran y sedujeran al público. Lo mismo ocurre con las letras. Hay que darles vitalidad y forma.

La otra anécdota se refiere al nacimiento del hijo de Zorak. Mi padre narró ese momento tan especial, al interior de la caverna que habitaba la tribu de Zorak. Como a esa edad creía que los bebés llegaban de París y los entregaban las cigüeñas, se me dificultó concebir el nacimiento del hijo de Zorak en una época en la que esa ciudad europea no existía por tratarse de la prehistoria.

Me adelanté y escribí lo siguiente: “esa noche, Zorak despertó a su esposa…” Qué barbaridad, utilicé el concepto esposa para los días prehistóricos. “¡Dalia, Dalia, despierta, despierta, nos ha nacido un hijo!” Imagine el lector, la mujer ni siquiera sabía que se había convertido en madre de un bebé.

Cuando creí que mi padre me felicitaría por la redacción del capítulo, nuevamente me abrazó y si bien es cierto que no cambió mi idea sobre el nacimiento de los seres humanos, me invitó a escribir de nuevo esa parte de la historia y hacerlo de tal manera que los lectores sintieran la emoción que experimentó la pareja al convertirse en progenitores de una criatura tan bella y a la vez la angustia que significaba pensar en su pequeñez en medio de un mundo agreste.

Zorak fue mi iniciación al mundo de las letras, al arte, a la literatura. Nunca concluí la novela, inspiración de mi padre, con la que me enseñó a escribir. Todos los días desarrollaba verbalmente los capítulos y me daba importantes lecciones.

Un día, como en todo, concluí mi ciclo en el colegio y jamás volví a saber de la monja ni de las profesoras; tampoco busqué a mis compañeros. Sólo conservé la amistad de uno, quien me ayudó en los momentos más aciagos en la escuela. Curiosamente, dentro de los claroscuros de la vida, un año me calificó la directora como retrasado mental y al siguiente me entregó una medalla en reconocimiento a mi conducta. Seguí mi camino. Me adelanté a los consejos de mi padre y decidí publicar mis dos primeros libros, uno escrito a los 20 y otro a los 23 años de edad, que he denominado “pecados de juventud” por la inexperiencia; sin embargo, continué porque aprendí a no darme por vencido, a luchar hasta conseguir resultados, y aquí estoy.

Reconozco que las manecillas del reloj viajan en una fragata que mantiene pacto impostergable con el tiempo y que me dirijo, por lo mismo, hacia el final del camino, igual que todos los seres humanos en el mundo; pero antes de llegar al horizonte, creo que escribiré más obras literarias con la promesa de que Zorak luchará con el oso de las cavernas y los lectores se sentirán en el campo de batalla, y también con el compromiso de que el protagonista de la novela ya no interrumpirá el sueño de su compañera en la cueva para informarle que nació su hijo. Los relatos serán diferentes, y todo gracias a Zorak y mi padre, autor del personaje y la historia. Lo demás, lo que pronosticaba la monja respecto a mi éxito en la vida, no soy yo quien calificará mis aciertos y yerros; tampoco sé si padecí algún tipo de retraso mental. No me dediqué a babear, como vaticinaron, cada una en su momento, la directora de la institución educativa y una de las mujeres de la comunidad gitana con la que conviví. Sólo me entrego a los susurros de las musas para permanecer dichoso en mi mundo paralelo, claro, sin descuidar el que me tocó vivir. Eso es todo.