Mujeres de siempre: Rosemarie Schade, de “niña de guerra” a dama de viajes y de bien a la gente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El mensaje que pretendo dar a las mujeres es que se atrevan a ser auténticas, a desarrollarse plenamente y a convertir en realidad todos sus sueños. Es importante que se fijen metas y luchen, a pesar de las adversidades y obstáculos, para conseguirlas. En mi paso por el mundo he conocido mujeres con posibilidades de ser grandiosas, singulares, extraordinarias; pero no se atrevieron a luchar y así transcurrieron sus años, entre aspiraciones incumplidas y suspiros tristes, hasta que se les hizo tarde ante la brevedad de la existencia… Otro mensaje que me gustaría transmitirles es que no se subordinen a personas que no son positivas para su desarrollo. No sean pasivas. Nunca sepulten sus anhelos y sueños. Les aconsejo luchar incansablemente por sus metas y, si es necesario, solicitar ayuda a personas e instituciones buenas y confiables. Recuerden que la grandeza se compone de la suma y multiplicación de pequeños detalles cotidianos. No desmayen. En mi opinión, también ayuda mucho a una vida feliz y plena, preocuparse siempre por personas que coexisten en condiciones difíciles… Rosemarie Schade

El mapa del mundo estaba cuadriculado y roto. Tenía círculos, anotaciones, fechas, signos. Olía a miedo, bombardeos, destrucción, muerte, desolación. El presente era un hoy fragmentado y resultaba aterrador, aplastante, digno de un paisaje surrealista, mientras el futuro, el amanecer del siguiente día y las auroras y los ocasos que le sucederían implacables e indiferentes, parecían inciertos. Cada instante llevaba consigo la repetición del miedo, la réplica de la incertidumbre que provocaba la guerra. La crueldad, el odio y la rivalidad entre personas y naciones, desconocen fronteras, inocencia, sonrisas, sentimientos nobles e ilusiones, y destruyen ciegamente muros y puentes, rompen las cadenas de la coexistencia armónica, aniquilan vidas. Todo queda fracturado en una guerra.

Uno, en una guerra, se siente muerto y solo. El hambre, el miedo, el ruido incesante de la artillería, la sangre, los gritos desgarradores y sus silencios repentinos, ahogan, y más al contar las ausencias en la lista de familiares y seres amados, al notar las faltas de nombres y apellidos en la vida desmaquillada, al contemplar las escuelas derruidas, al descubrir los hospitales improvisados en incesante lucha por rescatar el aliento de los moribundos, al probar el cáliz de la amargura, el pánico y la incertidumbre.

Los pedazos de muñecas y juguetes -eco de una infancia mancillada e interrumpida-, las puertas y los muros perforados por las balas, los cristales rotos, el humo que escapa de las casas derruidas, las cosas y los papeles dispersos en las calles pletóricas de escombros, las fotografías incompletas, los hogares ultrajados, la ropa manchada de sangre y mugre, los residuos humanos y sociales, todo se vuelve ruina, recuerdo, locura, amnesia. Las pesadillas escapan de los sueños y aparecen, cual fantasmas, en la realidad. La noche se vuelve día. El día se hace noche.

Aquella generación de adultos, con sus llamados “niños de guerra”, vivió lo indecible. Unos eran náufragos de acontecimientos como la Primera Guerra Mundial, registrada entre 1914 y 1918; otros venían de orillas cada vez más distantes, las de las últimas décadas del siglo XIX, y algunos más eran demasiado jóvenes. Vivieron una de las pesadillas de la vigésima centuria. Un día, al amanecer, despertaron y el panorama mundial era diferente al que conocían, amenazante y mortal, y cayeron unos y se levantaron otros, hasta que hubo un final con la posibilidad de un inicio.

Incontables hombres y mujeres intentaban disimular ante sus hijos los rostros de la Segunda Guerra Mundial y les presentaban, en la medida de lo posible, lecturas, juegos e historias, distracciones que parecían máscaras endebles que pronto caían al aparecer, de improviso, escenas inevitables, sangrientas y aterradoras, mientras otros, en tanto, les hablaban directamente sobre la realidad de aquel período. ¿De qué sirve, entonces, saberse parte de la historia global, si la vida se siente amenazada y cada instante se desmorona ante el riesgo de la muerte?

Quizá, una noche silenciosa, tras una mañana y una tarde de bombardeos, invite a evocar los días de un ayer reciente, a repasar los nombres y rostros familiares y amados, a recordar historias y vivencias, y a reflexionar acerca del sentido de la existencia humana y sus cosas. Llora la gente por lo perdido, por la interrupción abrupta de su historia y sus planes. Y todos preguntan, sin duda, por qué los seres humanos, si somos hermanos, nos odiamos tanto y causamos daño.

En diciembre de 1944, la niña Rosemarie, quien nació en Königsberg -hoy Kaliningrad, Rusia-, capital de Prusia Oriental a partir de la denominada Baja Edad Media, hasta 1945, al ser tomada la ciudad por los soviéticos, cerca del río Pregolia que se fundía en la laguna del Vistula y próxima a las hermosas playas del Mar Báltico, desconocía que el mundo se deformaba por el odio de la humanidad transformado en guerra.

Rosemarie era, hasta entonces, una niña muy feliz, educada en un ambiente familiar de cariño, atenciones y consentimiento. Su madre y su niñera le dedicaban la mayor parte de su tiempo y se esmeraban en que su infancia fuera dichosa e inolvidable.

Su padre, Alfred Heine, era profesor de Matemáticas, Física y Química. Impartía clases en una escuela secundaria, en Wuppertal, Rheinland, a aproximadamente 50 kilómetros de Colonia. En ese lugar, sus padres tenían una fábrica de cartón que fue destruida, años más tarde, por los bombardeos.

No obstante, en 1936, el profesor Alfred Heine fue obligado por los nazis a abandonar su ciudad materna con la idea de trabajar a unos mil kilómetros de distancia, en Prusia, con la intención de sumarse a la enseñanza y fortalecer la educación ante la escasez de maestros.

Fue allá, en Prusia, donde el maestro conoció a Gerda Bisler, la mujer de la que se enamoró y con quien tuvo tres hijos: Lore, Bernd y Rosemarie. Evidentemente, Rosemarie era la más pequeña. Su madre era maestra de párvulos, motivo por el que la pareja contrató una niñera.

Los días infantiles de Rosemarie discurrían felices y parecían, por lo mismo, inagotables, hasta que aquel invierno, en diciembre de 1944, la familia acudió puntual a su cita con el destino y se miró de frente ante los desfiladeros de la historia y la realidad. El ambiente enrareció en casa y en el entorno. La pequeña miraba a su madre callada y nerviosa. Preparaba equipaje con apresuración. Una vez con las maletas, la mujer se trasladó con sus tres hijos a la estación del tren, rumbo a Praga, sin proporcionarles explicaciones.

Silenciosos, en un ambiente de apresuramiento y temor, la maestra de párvulos y sus tres hijos fueron acompañados por el profesor, a quien resultó imposible ir con ellos en el furgón porque debía retornar a la compañía militar, donde entonces se desempeñaba como telegrafista, función que le ayudó a obtener información acerca de la proximidad del Ejército Rojo que pronto llegaría a Prusia.

El viaje en ferrocarril parecía lento. Las ruedas de hierro pasaban una y otra vez sobre los rieles, como midiendo y calculando sus vueltas, al mismo tiempo que el vapor escapaba de la locomotora y se perdía al recibir las caricias del viento, mientras ellos, los pasajeros, miraban los escenarios desde las ventanillas con la esperanza y la urgencia de llegar pronto y a salvo a sus destinos.

Gerda intentaba mantenerse serena con la intención de no transmitir miedo y nerviosismo a sus hijos; pero cada parada, retroceso, cambio de velocidad o recorrido del supervisor de la línea ferroviaria, la inquietaba. Sentimientos tan inexplicables y poderosos se hospedaban en ella y, por lo mismo, le resultaba complicado hablar y sonreír. Estaba distraída en sus pensamientos, en ese estado extraño al que resbalan quienes viven situaciones inimaginables.

Una vez en Praga, la familia del profesor Alfred Heine abordó otro tren. La mujer y sus hijos viajaron hasta Austria, donde se instalaron en la habitación modesta de una villa antigua, la cual fue bombardeada y destruida por artillería norteamericana.

Aterrorizada por los bombardeos y las ráfagas de balas, entre gritos de personas, estallido de cristales y derrumbe de construcciones, Rosemarie, la pequeña Rosemarie, escondió debajo de las escaleras, donde permaneció refugiada durante varias horas, hasta que Gerda y sus hijos la encontraron.

Ella misma lo describe en alemán: “desafortunadamente, no hay paraíso en la tierra, pero tal vez sea algo bueno. De esta manera, apreciamos aún más lo positivo que tenemos. En realidad, permanecí enterrada horas después del colapso en la villa vieja de Austria. Mi hermana, que es mayor, me lo relató hace algunos años. Esa es, probablemente, la razón por la que tengo miedo a las habitaciones cerradas e incluso a las tormentas eléctricas fuertes. He aprendido a vivir con eso… Mi madre, en sus últimos años, se arrastraba debajo de la cama cuando había tormentas. Pienso en las muchas personas en zonas de guerra a las que nadie ayuda”.

La casa y la villa estaban desfiguradas. Aquí y allá, en un espacio y en otro, el rostro y la historia de una aldea antigua fueron alterados por las bombas, el fuego, las balas y la muerte. Fue, sin duda, el primer encuentro de Rosemarie con la guerra. Allí aprendió, sin duda, que la vida no significaba jugar con muñecas y soñar en un mundo de fantasía; la realidad parecía algo más serio y grave, tan ácido como el odio con que disparaban los militares.

El chalet donde vivía la familia Heine fue destruido por una bomba norteamericana. La misma Rosemarie aparece en una fotografía, montada en un burro, días antes de que la bomba destruyera la construcción. Atrás de ella se distingue la edificación antigua. Era muy pequeña. Ella misma cita: “solamente fueron unas pocas semanas felices en el bello chalet viejo situado a orillas del Zeller See, en Austria. Poco después, una bomba de los norteamericanos destruyó completamente el chalet y mi madre tuvo que buscar otra vez una habitación para nosotros”.

Gerda se probó a si misma. Era responsable de proteger a sus tres hijos. Consiguió una habitación en la alta montaña, cuyo dueño, paisano de la familia, tuvo compasión. La otrora maestra de párvulos tricotaba y laboraba en el campo y en el establo.

Hay momentos, en la vida, en que los seres humanos enfrentan los desafíos y los obstáculos del destino y tienen oportunidad de medirse y crecer o caer, y ella, Gerda, demostró de qué material estaba hecha al asumir los riesgos de un conflicto armado a nivel mundial, trabajar arduamente en la campiña y en el establo y atender, cuidar y educar a sus hijos Lore, Bernd y Rosemarie.

Tras el fin de la guerra, todos los alemanes, como ellos, salieron inmediatamente de Austria. Gerda y sus hijos se hospedaron en una habitación en Bavaria, mientras Alfred Heine, quien abandonó la base militar, no encontró empleo como profesor, situación que lo motivó a conseguirlo en Leverkusen, Rheinland, su región materna.

El profesor Alfred Heine no encontró en Leverkusen un departamento para alojar a su familia, la cual permaneció en Bavaria. Se sufre después de los conflictos bélicos. Quienes no mueren por la artillería, se encuentran de pronto frente a sí, desprovistos de presente y con un porvenir incierto, con un destino y un paisaje desfigurados que retan a luchar y armar los pedazos dispersos e incompletos.

Alfred Heine visitaba a su esposa y a sus tres hijos durante los períodos vacacionales. Para Gerda y sus hijos resultaba un período tranquilo, feliz y extraordinario la ausencia del profesor, quien solía gritar y pegar sin motivo en determinadas ocasiones. De pronto, se volvía un hombre severo.

La familia de Rosemarie era pobre, pero a cambio se desarrollaba en un ambiente apacible e inmersa en un paisaje hermoso, con un lago donde la pequeña aprendió a nadar. Su madre la inscribió en una escuela local y pronto consiguió una amiga con quien diluyó las horas infantiles y compartió juegos, pláticas, recuerdos, momentos.

Gerda experimentaba dolor y tristeza. Había perdido todo, a sus padres y amigos, los lugares en los que se desarrollaron su niñez y adolescencia, su empleo como profesora de párvulos y el dinero ahorrado e invertido. Añoraba con nostalgia los otros años, los del ayer, cuando vivía en Prusia, en excelentes condiciones económicas. Al parecer, su padre murió durante la guerra. Una e incontables veces se preguntaba por el destino de su progenitor. No tenía a su madre a su lado, y menos a su hermana con seis hijos, quien moraba cerca de Stuttgart. Desde la profundidad de su ser, la mujer deseaba que nunca más volviera a registrarse otra guerra.

En la hora actual de su existencia, Rosemarie abre las páginas de su memoria y suavemente da vuelta a las hojas, hasta que evoca el episodio en que durante el bombardeo, perdió su pequeña liebre de tela, extravío que le causó mucho dolor y tristeza.

Días más tarde, la pequeña Rosemarie notó la presencia de una mujer que subió hasta la habitación familiar, en la alta montaña, quien le entregó gentilmente su querida liebre, compañera de tantos juegos, imaginación e historias infantiles durante las horas más cruentas de su existencia. Se sintió agradecida e intensamente feliz, y descubrió que hasta en los momentos menos afortunados, existe la posibilidad de encontrar un destello.

Rosemarie estudió en Colonia. Se formó profesionalmente en Ciencias Económicas y en Español; mas no consiguió empleo adecuado porque en 1967 había gran cantidad de suspensiones en las actividades productivas de Alemania. Solamente una empresa que fabricaba armas y municiones, con contactos de negocios en Sudamérica, le dio oportunidad de desarrollarse laboralmente como traductora del alemán al español. Definitivamente, el proyecto existencial de la ya entonces joven Rosemarie era superior a permanecer siempre en una fábrica de armas. Nuevamente ingresó a la escuela con la idea de estudiar y convertirse, a través de los años, en profesora de Matemáticas y Español.

Retorna a su período infantil en Bavaria y asegura que se sentía inmensamente dichosa cuando su padre no se encontraba en casa. Todos, en el ambiente apacible del hogar, tenían libertad de jugar con objetos que encontraban en el suelo e ir a los alrededores y nadar en el lago.

Y así, entre una hora y otra, la infancia se diluía con sus luces y sombras, con el sí y el no de la vida. Como toda mujer que ha sufrido los estragos y la persecución de la guerra, soñaba y le ilusionaba la idea de no padecer más hambre y tener mayor espacio en su casa. Por cierto, “cuando recibíamos la visita de mi padre, éramos cinco personas las que ocupábamos la habitación, más un ganso y tres conejos que planeábamos comer un día”, evoca con la nostalgia y la sabiduría de quien ha vivido intensamente.

Y reconoce: “mi juventud no fue muy feliz. Mis padres y mis profesores eran demasiado autoritarios. En la escuela a la que asistía, había muchas chicas de familias ricas, mientras yo no podía comprar los libros y las cosas necesarias. Tenía que trabajar para ganar dinero y así estudiar. No vivía libre de las amonestaciones por parte de mi padre y de los profesores, y, a la vez, soñaba con ser independiente y poder marcharme a cualquier sitio con mi madre y mis hermanos. Leía mucho y deseaba irme a los países citados en los libros”.

Hace un paréntesis con la finalidad de relatar: “tenía una pasión que de cierta manera daba sentido a mi vida, y era tocar el piano con excelencia, virtud que me acercó a una banda de Jazz, cuyos integrantes éramos cinco muchachos y yo, la única mujer. Tocábamos en discotecas y en diversos espacios”.

La pasión por los viajes, agrega Rosemarie, “surgió por la lectura de obras que describían otras naciones y paisajes. Como no existían la televisión ni los videos sobre viajes, leía muchos libros, por ejemplo, del escritor Karl May, autor de “A orillas del río de la Plata”, y de exploradores como Alexander Von Humboldt. Imaginaba que algún día, por mí misma, podría visitar esos países”.

Y continúa: “tomé la decisión de independizarme de mi familia cuando trabajaba en Bayer Leverkusen AG. Miré un pequeño libro con todas las direcciones de las representaciones de Bayer Leverkusen en el mundo. En ese momento, tuve la idea de escribir a la representación de México y de Argentina. La oficina de Buenos Aires me contestó inmediatamente, mientras la de México lo hizo meses después. Era demasiado tarde. Viajé en barco a Sudamérica”.

Retrocede a otras páginas de su existencia y menciona que debía trabajar durante su período estudiantil para ganarse la vida. Fue entonces cuando “un día leí un cartel en la universidad, el cual invitaba a alumnos interesados en ser guías de viajes de estudiantes. Cursé un seminario con duración de una semana y presenté un examen. Como mujer, no fue fácil abrirme paso en ese medio; pero hablaba cuatro idiomas extranjeros y tenía experiencias en viajes. Fui aceptada como guía de estudiantes”.

Rosemarie conoció a su marido, Werner Schade, durante un viaje que realizó a Mallorca, en las Islas Baleares, cuando era guía para estudiantes. Su esposo era miembro del grupo estudiantil. En aquella época no tenían interés uno del otro, pero transcurrió casi un año para descubrir que entre ellos había algo más que simpatía”.

A partir de entonces, ha viajado a diversos países de los cinco continentes. Algunos los ha recorrido varias ocasiones. Tiene amigos entrañables en determinadas naciones. Participa, además, en un proyecto de ayuda a orfanatos. Tales acciones las lleva a cabo en Myanmar.

Reconoce que lo que más le agrada de los viajes son las obras de arte, la naturaleza con su flora y fauna y, principalmente, la gente. Le interesa mucho el estilo de vida de las personas sencillas y cómo influyen en ellas la religión, las tradiciones y el sistema político. Igualmente, le atraen temas relacionados con las condiciones en que viven las personas y las alternativas que existen para ayudarles a superar su crisis.

Dueña de sí misma, Rosemarie explica: “yo sé que mi vida no siempre resultó fácil. Ahora tengo mucha suerte porque puedo vivir sin padecer hambre y asisto al médico cuando estoy enferma. Los viajes me han dejado la enseñanza de que muchas personas viven en malas condiciones y que yo tengo la posibilidad de ayudarlas por lo menos un poco. De hecho, pertenezco a Myanmar Kinderhilfe, que apoya orfanatos, y también a Talita Kumi de Ecuador, que ayuda a chicas que viven en malas condiciones. Respaldo, paralelamente, un hospital para niños en Kambodscha, e integro diversas organizaciones”.

Rosemarie es creadora de la página “Personas mayores alrededor del mundo”, donde publica artículos referentes a sus experiencias de viaje. Aclara: “mi página sólo tiene ese nombre porque mi idea es expresar que su autora no es joven. Su contenido se dirige a hombres y mujeres de todas las edades. La persona más joven que lee mis artículos, tiene 15 años de edad y vive en Inglaterra”.

“Los viajes significan mucho en mi vida. Me encanta admirar las bellezas naturales, arquitectónicas y artísticas que existen en el mundo; pero también me interesa conocer los problemas que hay en cada región del planeta y no concretarme exclusivamente a lo que presentan y ofrecen los diarios y la televisión. Es muy importante para mí hablar con la gente, conocer lo que sienten”, revela Rosemarie con el encanto de quien siente la pasión de vivir, dar de sí y tratar de mejorar el mundo y las condiciones de las personas que menos oportunidades de desarrollo tienen.

Confiesa que no pretende escribir un libro acerca de sus viajes porque cada uno es diferente; pero planea redactar artículos sobre ciertos países y temas. “He empezado a escribir un libro acerca de mi vida”, anuncia con la sencillez de quien verdaderamente es auténtico, libre, pleno y magistral, y confirma que la obra tratará de manera especial el tema de lo que fue durante su infancia, “una niña de guerra”, porque los jóvenes de la hora presente “no pueden imaginar cómo eran los días en esa época”.

El tiempo es una embarcación que, finalmente, llega a un puerto y a otro, donde la tripulación se queda con sus vivencias y recuerdos, con sus soles, lunas y estrellas, con su esencia, con lo que fue y con lo que es, cada uno con una historia, con pasos que dejaron huellas y rutas con diferentes significados, y ella, Rosemarie Schade, es un ser extraordinario, dedicada a lo que le encanta -los viajes-, y también al conocimiento y al bien. Como mujer de siempre, deja trozos de sí a los demás, fragmentos que germinan en los corazones y se reproducen para multiplicar el bien y dibujar alegría y esperanza en otros rostros.

Habla pausadamente: “el mensaje que pretendo dar a las mujeres es que se atrevan a ser auténticas, a desarrollarse plenamente y a convertir en realidad todos sus sueños. Es importante que se fijen metas y luchen, a pesar de las adversidades y obstáculos, para conseguirlas. En mi paso por el mundo he conocido mujeres con posibilidades de ser grandiosas, singulares, extraordinarias; pero no se atrevieron a luchar y así transcurrieron sus años, entre aspiraciones incumplidas y suspiros tristes, hasta que se les hizo tarde ante la brevedad de la existencia… Otro mensaje que me gustaría transmitirles es que no se subordinen a personas que no son positivas para su desarrollo. No sean pasivas. Nunca sepulten sus anhelos y sueños. Les aconsejo luchar incansablemente por sus metas y, si es necesario, solicitar ayuda a personas e instituciones buenas y confiables. Recuerden que la grandeza se compone de la suma y multiplicación de pequeños detalles cotidianos. No desmayen. En mi opinión, también ayuda mucho a una vida feliz y plena, preocuparse siempre por personas que coexisten en condiciones difíciles…”

Se despide como es, grandiosa, sencilla, extraordinaria, con sus recuerdos y vivencias. Tiene proyecto existencial. Valora cada instante de su vida. Es la otrora “niña de guerra” que superó las adversidades, la pobreza, el hambre, y se preparó, trabajó y cumplió sus aspiraciones. Es y será mujer de siempre.

Derechos reservados conforme a la ley

 

Enlace de la página “Personas mayores alrededor del mundo”, de Rosemarie Schade:

De Casa del Panteón y Factoría de Tabaco, a Palacio Municipal de Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quien acude a los expedientes empolvados de la historia y revisa el álbum de estampas nostálgicas o recorre los rincones añejos y románticos del centro de Morelia, donde cada detalle arquitectónico, ya fragmentado por los rasguños de la modernidad y la inconsciencia, delata el esplendor de lo que fue Valladolid, descubre que en la nomenclatura de la ciudad, registrada durante la madurez del siglo XIX, precisamente en las horas de 1840, existía una calle llamada Factoría.
El nombre de la callejuela, que formaba esquina con la del Sombrero, se derivó por erigirse, en una de las manzanas, un monumental palacio conocido entre los moradores de la capital de la provincia de Michoacán como Factoría de Tabaco, que antaño había sido sede de las autoridades virreinales.
Fue en esa finca, hoy ocupada por el Palacio Municipal de Morelia, donde residía el factor o representante del gobierno virreinal, quien por cierto poseía gran influencia y practicaba el monopolio del tabaco, actividad que significaba un importante ingreso para la Corona española.
Narra la tradición que antiguamente, antes de la Factoría de Tabaco, existía una finca, un inmueble que pertenecía a la catedral de Valladolid y que era conocido popularmente como Casa del Panteón, hasta que fue vendido y en 1781 se inició la construcción del nuevo palacio.
Los habitantes de Valladolid, ciudad fundada el miércoles 18 de mayo de 1541 en el antiguo Valle de Guayangareo, fueron testigos de la hora postrera de la Casa del Panteón, sustituida en 1781 por una construcción palaciega que en lo sucesivo sería sede de la Factoría de Tabaco, la cual funcionó en la provincia michoacana desde 1765.
Como dato anecdótico, de acuerdo con un acta de Cabildo, correspondiente al 13 de octubre de 1781, el Ayuntamiento de Valladolid, respaldado por el dictamen del maestro alarife Diego Durán, determinó que ellos, los constructores, repusieran los arcos angulares de los corredores de la parte superior, ya que estaban defectuosos.
Según documentos de la época, la Factoría de Tabaco constaba de tres casas. En la primera moraba el factor, mientras en las otras dos, que eran de un piso, habitaban el tesorero y el contador de la Renta. Las suyas eran familias influyentes.
La construcción del palacio se solventó con las utilidades del tabaco. Su costo fue de 64 mil 804 pesos, cuatro reales y dos gramos, como consta en las referencias históricas.
Residencia de cantera, cautiva por sus detalles arquitectónicos. Cuenta con dos patios, de los cuales el principal es cuadrado, pero con una composición octagonal que ofrece una perspectiva especial; además, los arcos y corredores, junto con las monumentales escaleras que tras el descanso parten en dos rampas, hacen de la construcción colonial una morada encantadora que invita a disfrutar sus rincones.
La cornisa superior posee gárgolas y guardamalletas. Los balcones de la planta alta son de hierro forjado y permanecen como eco de los otros días, los de la Colonia, cuando la Factoría de Tabaco era eje en las actividades de la Nueva España, en Valladolid, la capital de la antigua provincia de Michoacán.
Fue en esa casona donde se proclamó la abolición de la esclavitud en la Nueva España, dictado en la ciudad por Miguel Hidalgo y Costilla durante los minutos de 1810, cuando México llegaba puntual a su cita con el destino y miraba de frente el rostro de la historia.
Si bien es cierto que la Factoría de Tabaco funcionó durante muchos años en dicha mansión de cantera, en los días de 1824 el Gobierno de Michoacán ocupó una de las plantas para oficinas y dejó otro de los niveles para desarrollo de su función original. La casona albergó, al mismo tiempo, las oficinas gubernamentales y la Factoría de Tabaco.
Consta en una nota, la marcada con el número 90 y fechada el 5 de octubre de 1846, que él, el entonces gobernador Melchor Ocampo, solicitó a la Secretaría de Hacienda la cesión al Gobierno de Michoacán de las dos casas pequeñas y la autorización para usufructuar la grande. Varios días más tarde, el 19 de octubre del mismo año, la Secretaría de Hacienda aprobó la petición.
Igual que un engranaje que avanza imperturbable, los acontecimientos estimularon otro cambio, de manera que cuando el Gobierno de Michoacán adquirió el ex seminario Tridentino de San Pedro para palacio, por decreto 157 del 11 de marzo de 1861, la otrora Factoría de Tabaco fue otorgada al Ayuntamiento, que a la vez dejó lo que se conoce como Casas Consistoriales; no obstante, algunos investigadores aseguran que el recinto se convirtió en sede municipal a partir de 1856. Independientemente de lo anterior, el Gobierno de Michoacán pagó una deuda al Ayuntamiento.
Existen otras versiones acerca de lo que actualmente se conoce como Palacio Municipal, ya que relata la tradición que Roque de Yáñez, factor de Tabaco, compró al Cabildo Eclesiástico lo que se consideraba entonces una antigua casa de modesta construcción, popularmente conocida como del panteón.
Como quien hojea un libro con viñetas irrepetibles y exquisitas, el caminante puede ingresar al Palacio Municipal de Morelia para disfrutar sus corredores con arcadas, mirar las amplias habitaciones convertidas en oficinas públicas y quedar admirado con los detalles y frescos de la Sala de Cabildo.
De estilo barroco, el Palacio Municipal asombra por su arquería, sus escalinatas, su patio, su herrería forjada y sus salones con frescos, los cuales, por cierto, son signos de otros días, los del ayer, cuando Morelia era Valladolid.