El encanto de los pequeños charcos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Al caminar por los parques y las callejuelas, en los pueblos y en las ciudades, o por la campiña, en las llanuras, en los bosques y en las montañas, asomo a los pequeños charcos que forman las gotas de lluvia al acumularse o los ríos al salpicar una y otra vez, con la intención de descubrir las imágenes que reflejan. Encuentro, al mirarlos, los perfiles modestos y presumidos de las casas, de los edificios y de las tiendas, y hasta de los faroles y de las personas y de los vehículos que transitan incesantes, o las siluetas de los árboles, de las montañas y de los peñascos; aunque al fijar la mirada, si el agua de los charcos es diáfana, observo el fondo arenoso o de tierra, en contraste con la profundidad del cielo azul intenso y la blancura o el grisáceo de las nubes que flotan y modifican su apariencia, en un intento metafórico, quizá, de mostrar la dualidad, el infinito y la temporalidad. Me encanta volver a los pequeños charcos, igual que los niños regresan a sus espacios donde juegan a la vida, porque enseñan mucho. He aprendido que lo diminuto y lo sencillo pueden reflejar tanto, lo mismo los paisajes con su naturaleza, que la grandiosidad y los días soleados y nublados. Cuando el viento sopla, se multiplican los pliegues en el agua y las imágenes se vuelven difusas y parecen distorsionar lo que reflejan, como acontece con las personas y sus cosas al transcurrir los años. Las estaciones transforman el panorama que humildemente reflejan los charcos, con los colores de la primavera, el celaje nublado y la lluvia del verano, el aire otoñal y la nieve del invierno. Cuando los escenarios cambian, uno aprende, al mirar los reflejos, que nada, en el mundo, es permanente. Con frecuencia, los charcos se secan o se contaminan al permanecer inmóviles, como ocurre con hombres y mujeres al perder su dinamismo e interés en la vida. En los charcos que se evaporan o que la gente pisa con descuido, he visto mi reflejo, el del entorno y el de la profundidad azul del cielo, siempre con el asombro y la interrogante de cómo, algo tan minúsculo, puede replicar tanto. Si yo pudiera, como los charcos, reflejar mi interior y el exterior, como parte de una vida noble, con mis razones y mis motivos, con mi cordura y mi delirio, sencillo y grandioso, a la vez, dispuesto a compartir hasta regalar la imagen del cielo, me parece que sería un hombre extraordinario; no obstante, me sé un caminante, un discípulo de los árboles, de las plantas, de las flores, del viento y del agua, observador del alma y de la textura, explorador del cielo y de la arcilla, con la curiosidad de asomar a las pequeñas represas naturales que me enseñan tanto y me piden, a su nombre, derramar lo que contienen para bien mío y de los demás.

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Los sabores, cuando encantan…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los sabores regalan esencias, aromas, purezas o mezclas; pero también, cuando encantan, ofrecen armonía, equilibrio, amor, laboriosidad y tiempo. Los sabores que prepara la naturaleza o los que elaboran los seres humanos, son irrenunciables al paladar, a los sentidos, y deleitan, como si, al arrancar pedazos de instantes, minutos y horas, los impregnaran con sus fórmulas para invitar a la naturaleza, al mundo, al universo a hacer bellas pausas dentro de su incansable palpitar. Los sabores tienen perfumes y también, no lo niego, colores y formas, matices y rasgos que enamoran y se añaden al encanto de comer. He notado, igualmente, que los sabores, al probarlos, traen recuerdos, sentimientos e ideas, imágenes familiares o de otros días, personas y momentos. Son un poema, un concierto sinfónico, el trazo y la conclusión de un proyecto y una encomienda de la naturaleza o de la gente que se aplica en sus recetas gastronómicas. Los sabores me recuerdan los días soleados y nublados de mi existencia, las convivencias familiares y la suma de los instantes que he vivido, solo o al lado de la gente, durante mi paso por esta estación que llamamos mundo. Y me pregunto, siempre con asombro, si los sabores, en la Tierra, deleitan los sentidos y provocan tanto gozo, ¿cómo serán en el infinito, en el hogar, en la morada sin final?

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Y si mañana, cuando amanezca otra vez, descubre usted que no fue un sueño…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y si mañana, cuando amanezca otra vez, ¿descubre usted que nuestra historia no fue un sueño ni terminó al despertar? ¿Y si se convence de que, en un amor como el nuestro, el guión no tiene final y sí, en cambio, posee continuidad y se renueva cada instante? ¿Y si le platico a usted que el amor viste distintos colores en cada estación, siempre con tallas a nuestra medida y con los estilos que compartimos y deseamos? ¿Y si, tras mucho soñar, despertamos en un paraíso con flores, como las que, a hurtadillas, dejo cada mañana en su almohada impregnada de su exquisito perfume y de su encantadora presencia? ¿Y si, al abrir la ventana y asomar al jardín, mira las hojas del árbol y se da cuenta de que, en cada una, hay una palabra escrita, letras que se abrazan, como usted y yo al contemplar una noche estrellada o al mojarnos una tarde de lluvia, hasta formar el más bello y romántico de los poemas? ¿Y si esta noche, al dormir, usted se sumerge en las profundidades de su alma, y yo, igual, con la intención de reunirnos en los sueños y, juntos, despertar, al amanecer, para jugar a la vida y al amor? ¿Y si, después de leer mis textos, se encuentra e identifica en cada letra y palabra que le escribo? ¿Y si mañana, al despertar, usted se da cuenta de que los sueños son estaciones, paréntesis, descansos, regalos de Dios, para seguir viviendo en el mundo y en algún paraíso que se intuye desde el interior? ¿Y si mañana, al despertar, asoma al espejo y me descubre en su mirada?

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Otra definición de arte en un párrafo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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El arte consiste en introducirse en las profundidades del ser, explorar las vetas que existen en sus rincones inconmensurables, escuchar los rumores y los silencios del alma y de Dios y descifrar, finalmente, su lenguaje y sus mensajes, para, más tarde, transmitirlos a la humanidad, a través de letras y palabras, colores y formas, melodías y pausas, de tal manera que los relatos, los poemas, los murales y los lienzos pictóricos, las esculturas y la música, hablen suavemente, susurren a los oídos de arcilla y a la esencia y ofrezcan pedazos de cielo y conduzcan a otras fronteras, donde la luz infinita alumbra a quienes se atreven a sentirla.

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Algo tiene el arte

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Algo tiene el arte. Me recuerda, cuando lo escribo, los poemas y los textos de un paraíso que siento en mí y percibo aquí y allá, en el mundo y en el universo, en el barro y en la esencia. Leo sus razones y sus delirios en las hojas que se desprenden de los árboles al sentir las caricias del viento y en las gotas de lluvia que forman charcos y reflejan la profundidad azul del cielo. Algo tiene el arte. Sus formas y su policromía son, parece, trozos que flotan para que uno, al mirarlos, no olvide que existe lo tangible y lo etéreo. Algo tiene el arte. Al escucharlo, creo, y estoy seguro de que así es, que tiene mucho de la voz de Dios y del lenguaje de la creación. Algo tiene el arte. Cuando me inspiro y escribo, me transformo en flor y en helecho, en estrella y en oleaje, en tierra y en viento. Algo tiene el arte. Me recuerda a Dios cuando escribe sus guiones, al pintar y al decorar sus creaciones y sus formas, y al darles sonidos, pausas y silencios. Algo tiene el arte. Cuando escribo, sé que emulo, en pequeño, la inmensa tarea de la creación. Algo tiene el arte. Es la encomienda que traigo conmigo, mi razón, mi sentido, mi motivo. Algo tiene el arte. Enamora, cautiva, encanta. Eleva y lleva al bien, a la realización, a la plenitud, a la textura y a la fuente infinita. Algo tiene el arte. Es una forma de definir y expresar el mundo, el cielo y el infierno, la temporalidad y la eternidad, las cargas y las liviandades, los sueños y las realidades. Algo tiene el arte. Obsequia pedazos de vida. Algo tiene el arte. Abre las puertas de mi interior y descubro a los del ayer, a los del pretérito, a los de hoy, a los de mañana, en un palpitar con múltiples rostros que describo y vuelvo letras que dicen tanto y callan todo. Algo tiene el arte. Lo descubro en mí y no puedo renunciar a su linaje, a la encomienda de escribirlo, a la alegría de compartirlo. Algo tiene el arte.

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Y sin darnos cuenta

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y sin darnos cuenta, noviembre entró a la casa, entre rachas de viento otoñal en el norte y colores primaverales en el sur. No tocó a la puerta ni solicitó permiso. Simplemente, entró. Anticipa la vejez del año, la proximidad de su hora postrera, como el médico que anuncia a los parientes la impostergable agonía de un anciano. Y sin darnos cuenta, los días, en el calendario, se desprendieron irremediablemente, como un otoño arranca las hojas secas. Y sin darnos cuenta, atrás quedaron otros meses y estaciones, con algo de nosotros, con rasgos de nuestras vidas. Todo fue sepultado en nuestra biografía, en la memoria, en los dulces o amargos recuerdos, en la amorosa u odiosa desmemoria. Y sin darnos cuenta, el año se consume, anticipa y promueve su final, mientras el otro, en tanto, prepara su venida. Todo es tan breve y pasajero en este viaje, que la vida, la realidad terrena, parece un sueño, un paréntesis con sus excesos y sus sobriedades, con sus locuras y sus solemnidades, con su felicidad y su desdicha. Y sin darnos cuenta, las ausencias se multiplicaron y las listas de presencias se modificaron. Las sillas fueron desocupadas por unos y, casi de inmediato, ocupadas por otros. Y sin darnos cuenta, ahora tenemos mayor edad y más experiencia y vivencias, o tantos tropiezos, repeticiones y errores por la carencia de entendimiento. Y sin darnos cuenta, la lozanía huye silenciosa, gradualmente, como para que nadie lo note al siguiente día ni la atrape. Se va con la juventud. Y sin darnos cuenta, escapan la niñez, la adolescencia, la juventud, la madurez y la ancianidad, con la única esperanza de desechar las edades desde el alma y abandonarlas en los basureros de las apariencias, las mediocridades, los prejuicios y las presunciones. Todo pasa. Nada es permanente. Y sin darnos cuenta, preparamos el viaje de regreso a casa, al hogar, a la morada, de donde alguna vez, al nacer en el mundo, venimos a crecer y a probarnos. Y sin darnos cuenta, durante la caminata fuimos y somos acompañados por seres maravillosos e inolvidables que siempre, en cada ciclo, han estado a nuestro lado, y también con otros que se separan o no pertenecen al círculo evolutivo con el que vibramos. Y sin darnos cuenta, dejamos atrás tantos amaneceres y ocasos, quién sabe si bien aprovechados o totalmente desperdiciados. Quedan en el pretérito, en los otros días, los arcoíris con sus colores mágicos, las gotas cautivantes de la lluvia, las flores de exquisitos perfumes y finas texturas, los copos blancos y helados, las cortezas de los árboles en los bosques, el barro y los ríos, con la vida que solo uno sabe si aprovechó o desperdició, porque hay quienes la experimentan en armonía, con equilibrio y plenamente, lo mismo durante los aguaceros que en las sequías, y otros, en cambio, que la malbaratan y la venden con la idea de comprar apariencias y cáscaras, que ya definen, a partir de entonces, sus paraísos y sus infiernos. Y sin darnos cuenta, llevamos con nosotros cargas y liviandades, la historia completa de nuestras existencias, lo bueno y lo malo que no pueden refugiarse porque la verdad desnuda aquello que se oculta. Escribimos y protagonizamos nuestra historia, de acuerdo con el guión que nos inspira, unos para bien y otros para mal. De cada uno, por cierto, dependerá lo sublime de la obra o su triste desencanto y su fatal desenlace. Y sin darnos cuenta, la vida humana escapa cada instante.

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Y así…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Con esperanza, a quienes han olvidado vivir… Y sí, la muerte aparece cuando la vida pierde sentido

Y así, la vida se va, como el suspiro de una primavera que se añora tanto o la lluvia de un verano que despierta perfumes entre las cortezas, los helechos y las flores de un bosque encantado. Se marcha y no vuelve más, aunque se le extrañe y se le llore. Y así, llega un momento en que la mañana se vuelve tarde o noche, y el día entero se consume sin más posibilidades. No se repite, a pesar de que existan horas de apariencia idéntica, porque la vida es viajerra incansable que anda de una estación a otra. Y así, casi sin darnos cuenta, una mañana despertamos y, al descubrir nuestro semblante en el espejo, estrmecemos sin consuelo y pensamos que tal rostro irreconocible no es nuestro. Culpamos al destino, a otros, al tiempo, a los minutos y a as horas, a los días y a los años, que depilfarramos de modo impiadoso en contra propia. Y así, llega el momento, en el viaje, en que la gente sustituye las acciones, las vivencias, por los recuerdos y las nostalgias. Guarda sus caminatas, si las tuvo, en cajones empolvados, y saca, para justificación de sus tiempos y de su permanencia en el mundo, los ecos, las sombras, los pedazos rotos de sus vidas. El ayer les duele, el presente les incomoda y el mañana, el porvenir, el siguiente amanecer, les resulta incierto y los asusta. Darían sus fortunas, sus rasgos, su fama, a cambio de trozos minúsculos de salud y de vida, y de tener la dicha de salir libremente al jardín una mañana soleada o una tarde de lluvia, sentir las gotas deslizar en su textura cutánea, empaparse y saberse plenos. La vida tan bella, parece indiferente a las súplicas y no se corrompe con lisonjas ni le conmueven fortunas o rrostros bonitos. ¿Acaso le interesarían las baratijas que distraen a la humanidad, las cosas materiales y los apetitos humanos, las apariencias y los motivos? Cada persona, lo sabe la vida, define sus rutas y elige su destino. Y así, llega el período en que la aurora se convierte en ocaso, cada uno con su encanto y su desencanto, con sus fascinaciones y sus terrores, porque la vida y la creación se componen de dualidades, de cristales con el sí y el no, que la mayoría confunde con buena o con mala suerte y no comprende ni aplica para vibrar a ritmos superiores, en un sentido o en otro y desbarrancarse o irradiar la luz más herrmosa y plena. Y así, casi sin notarlo, el aliento del amanecer permanece muy cercano al del anochecer, como si el nacimiento y la muerte terrena mantuvieran un vínculo secreto e inquebrantable, un pacto incomprensible para tanta gente, cuando se trata de un lapso y de un acto pasajero fuera de casa. Y así, la inocencia de la niñez, la lozanía juvenil y el vigor de la madurez, parecen agotarse un día, a cierta hora, después de las tempestades y de la quietud, cuando el viento regresa tras su recurrente ausencia, sopla y arranca las hojas de los árboles y las flores que tiñe de matices nostálgicos, de esos tonos que uno ve al escapar la vida. Y así, casi sin percatarse, la vida escapa y llega puntual a su cita, en alguna estación, para saludar a la muerte y marcharse a otras rutas. Tal es la vida. Y así, al emprender el viaje, incontables hombres y mujeres miran atrás y descubren que el paisaje, con su gente, sus historias y sus cosas, empequeñece y se diluye, hasta que aquella realidad pierde sentido. Y así, cada viajero nota, durante el trayecto, que en su equipaje solo carga lo bueno y lo malo de sí, su biografía inalterable, como pasaporte a otros ciclos y destinos. Y así, la calidez de primavera -con sus colores y perfumes-, la lluvia de verano -mágica, sorprendente y encantadora-, al aire otoñal -tan nostálgico- y el frío del invierno -oh, esos copos que cubren abetos, montañas, paisajes y caseríos, al repetirse tanto, cubren las lápidas y sus epitafios con sus lágrimas y sus sudores, los ennegrecen y, alguna vez, por cierto, los recuerdos se vuelven olvido. Nombres, acontecimientos, fechas, todo naufraga en la desmemoria. Los amores y los desamores, los encuentros y los desencuentros, las alegrías y las tristezas, los hechos y los sueños, la abundancia y la escasez, la fama y el anonimato, la belleza y la fealdad, la sabiduría y la ignorancia, todo se vuelve parte de una historia, de una biografía, y la vida, indiferente, da vuelta a la página. Cada uno, por cierto, compone su obra magistral o sus notas discordntes.

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Más allá de barrotes y ataduras, el arte es libre

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La inspiración, en el arte, vuela y navega una noche o alguna mañana, en la tarde o en la madrugada, mientras es otoño o es primavera, durante un invierno o cierto verano, libre y plena, en armonía y con equilibrio, sin que alguien la mancille y someta, a veces solemne y en ocasiones, en cambio, desbordante. El arte sigue su ruta. No admite cadenas, barrotes y candados, simplemente por su rebeldía a la producción en serie, a las reglas estrictas e indiferentes, a la crueldad y al juicio sin sentido. Es un pájaro que vuela lejos o cerca, una hoja que juega con el viento o que deja pasar las corrientes de aire por preferir las gotas de lluvia o los copor de nieve, una embarcación que sortea el oleaje impetuoso, las tormentas incesantes y las tranquilidades profundas o superficiales. Es, parece, una palabra o alguna melodía de Dios, ciertos matices del cielo y determinadas formas del paraíso. El arte es una locura, un motivo, un delirio que va más allá de una época, una tendencia o una moda. El arte -igual que la ciencia- es universal y no puede fragmentarse en ideologías e intereses económicos y políticos. No está a la venta ni es una oferta. Es algo superior a la mercancía, a los discursos políticos, a las costumbres y a los fanatismos; aunque con frecuencia se le pretenda atrapar y etiquetar igual que un esclavo, un sirviente o un objeto. El arte visita las realidades cotidianas, lo extraño y lo conocido, y hasta explora los sueños, los parajes recónditos, la arcilla y la esencia, las luces y las oscuridades. Es tan auténtico y libre, que cada artista lo expresa con su estilo. El arte es la letra, el color, la nota y la forma de Dios, concepto que definitivamente no cabe en las mentalidades cuadriculadas y obstinadas en medirlo, alabar o condenar sus expresiones. El arte es la conexión a la inmortalidad, a las realidades y a los sueños, al alma y a la textura, al cielo y a la tierra. Es la corriente etérea que, en algún momento, plantea y explica lo incomprensible y le da sentido con las palabras, con las notas, con la policromía, con las formas. Es un puente de cristal prodigioso que conecta el mundo con reinos infinitos.

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Otra definición de arte

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Quien habla con Dios, ya tiene abierta la puerta de su alma al infinito y es capaz, por lo mismo, de sentir los aires del paraíso y volar muy alto. El artista que escucha los silencios etéreos, aprende a descifrar sus mensajes, interpretar sus motivos y ejecutar sus susurros. Quien oye los murmullos de Dios, no olvida sus pausas. Por eso, al componer música, sus obras ya poseen algo etéreo y terreno, y ese es el encanto, la fascinación, el deleite. Igual que el músico, el escritor que percibe los rumores y los sigilos prodigiosos, funde las letras y las palabras en un crisol de estrellas con la intención de crear novelas, cuentos, poemas y relatos que cautivan y trasladan a rutas insospechadas. Junto al escritor y al músico, el pintor capta matices y formas, colores y geometría, que se convierten, al deslizar los pinceles sobre los lienzos, en jardines mágicos. Así definiría, este día, el arte, quizá porque se trata de una plática interminable con Dios, acaso por ser un encuentro con el alma, probablemente por resumir la vida y los sueños, tal vez por algo más que flota en el ambiente y conecta al ser con la esencia y el barro.

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El matorral y la lluvia

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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-¿Por qué insistes en formar charcos y represas? -preguntó el matorral a la lluvia.

La lluvia, sonriente, contestó:

– Contribuyo a mantener los ciclos y el ritmo de la vida. Es mi encomienda.

El matorral, cubierto de polvo, sostenido por tallos insensibles y ásperos, abundantes en espinas con veneno, tenía la costumbre de agredir, desafiar, mofarse y discutir. Criticó a la lluvia, quien explicó:

-Mira y disfruta el esplendor de la vida a tu alrededor. Los árboles, las plantas y las flores coexisten en remansos apacibles, desde los que regalan sus colores, sus fragancias, sus sabores y sus formas. Beben el agua con sus nutrientes y conviven en armonía y en equilibrio. Son plenos. Unas especies obsequian la delicia de los sabores del paraíso, mientras otras, en tanto, decoran el paisaje con sus matices y sus perfumes. Todas las criaturas dan lo mejor de sí y contribuyen a la evolución de la naturaleza y la vida, igual que la corriente diáfana del río que serpentea la comarca y las abejas, los pájaros y las mariposas que revolotean despreocupados y ufanos.

El matorral sonrió burlón, con interés de molestar e interrumpir a la lluvia que dedicaba minutos y horas en formar sus motivos, sus detalles, sus encantos. Le molestaba tanta minuciosidad.

-Pierdes tiempo en formar charcos y represas. ¿Por qué dedicar tanto esfuerzo si, finalmente, se evaporarán, las otras criaturas la beberán y se esfumará?

-No soy presuntuosa porque la sencillez me hace auténtica, libre, rica y feliz, matorral. Podría asegurar que me extrañarás durante las estaciones de mi ausencia y que, seguramente, en ciertos momentos, padecerás sed y experimentarás la sensación de la muerte; sin embargo, mi misión es contribuir a dar vida, no a maldecir. Si requiero demasiado tiempo en construir represas naturales y charcos, es porque lo extraordionario y grandioso está compuesto de detalles pequeños. Nunca lo olvides, amigo mío: la acumulación de veneno, intoxica y mata; el conjunto de obras buenas, eniquece y da vida. Todo se construye a través de la aportación paciente de detalles pequeños.

Los árboles, las plantas y las flores, agradecidos con la lluvia, permanecían callados, atentos a sus enseñanzas. Sabían que el matorral, de infausto aspecto, destilaba odio y veneno. Sus espinas rasgaban y sus hojas envenenaban.

Tras una mañana de trabajo, la lluvia, finalmente, concluyó su tarea y se retiró a otras comarcas, no sin antes hablar con el matorral que la acosaba y espiaba:

-Matorral, he terminado mi labor. Me retiraré, pero te aconsejo, amigo mío, que asomes al charco que formé junto a ti, no solo para que te nutras, sino con el objetivo de que te descubras de frente, definas tus rasgos y tu semblante, sustituyas tus gestos amargos por una apariencia feliz, dadivosa y amable de todo ser que proviene de la esencia y de la fuente infinita.

-¡No lo creo! -replicó el matorral.

-Al descubrir tu imagen, notarás en el reflejo que a tu alrededor hay otras criaturas -árboles, plantas, flores- que coexisten libres y plenas, agradecidas y justas, dispuestas a dar lo mejor de sí y a decorar el paisaje con los colores, las formas, los sabores y las fragancias del paraíso.

Irascible, el matorral contestó:

-¿He de ocuparme en dar de mí, en desprenderme de lo que soy y tengo? No, lluvia. Mi odio me impide compartir. Solamente conozco el mal y soy capaz de espinar, herir y envenenar. Alejáte de mí.

Ya convertida en llovizna fugaz, la visitante agregó:

-Y cuando te descubras dichoso en el reflejo del charco, con la decisión de eliminar tu maldad, quizá te darás cuenta de que a tu alrededor coexisten seres maravillosos y que arriba se extiende un cielo inagotable, bello y cautivante, que de día te regalará la luz, las tonalidades de la vida, mientras en la noche, en cambio, te obsequiará las estrellas como faroles y la oscuridad para que tengas oportunidad de descansar e internarte en ti, en tu ser, hasta que percibas el palpitar de la creación, te encuentres y tu esencia recuerde que el bien atrae la inmortalidad.

Y la lluvia, envuelta en su ambiente prodigioso, marchó a otras rutas.

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