El encanto de la noche

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay una hora, entre la agonía de la tarde y la aparición de las sombras nocturnas, que me causó asombro y congoja desde que era niño, como si algo, en mí, muriera. Siempre lo sentí. Era, simplemente, que al extinguirse los minutos y las horas del día, notaba que mi cuaderno existencial tenía menos hojas en blanco, con la sospecha de que tras dormir profundamente o permanecer atrapado entre los pantanos del insomnio y retornar de los sueños y despertar al amanecer, el número de páginas habría reducido. La noche tiene su lenguaje, habla un idioma diferente que es preciso descifrar. No es necesario temerle. Es la otra parte del día. Entre sus sigilos y murmullos, la percibo alrededor de mí, me envuelve y cobija, con su aliento de luceros. De pronto, como en las narraciones épicas, surge el hálito de la noche nebulosa y fría, hasta que el viento y los truenos irrumpen la tranquilidad y el silencio del ambiente y las gotas de lluvia empapan el paisaje, la campiña, los bosques y el caserío. Los relámpagos incendian el cielo ennegrecido, apagado por completo y ausente de estrellas, hasta rasgarlo y proyectar las sombras y los perfiles de los árboles y las cosas que permanecen en la intemperie. Otras noches, en cambio, la nieve borra los colores y maquilla el escenario con sus matices blancos. Y existen otras noches en las que la luna con sonrisa de columpio, las estrellas y algunos mundos distantes asoman desde las ventanas del universo y resaltan la belleza y majestuosidad de la pinacoteca celeste. He dejado en los nudos de la amnesia, en los agujeros de la desmemoria, los abismos, las fronteras, los barrotes y los fantasmas que la gente suele colocar y cree sentir en su interior y afuera, consigo, durante las noches desoladas y calladas, porque entiendo que si existen las sombras que aterran, son las que cada hombre y mujer fabrican para sí y no las de la noche que es el manto que Dios tejió para cobijarnos y arrullarnos mientras somos personajes de nuestros sueños. Y en cuanto a las estampas de mi vida, comprendo que cada instante son menos y, por lo mismo, debo ilustrarlas con lo mejor de mí. También he aprendido que lo que no haga durante el día, me será imposible realizarlo en las horas nocturnas porque se trata del lapso en que Dios columpia a quienes cierran los ojos y se sumergen en sus profundidades con la dicha de sentirse en paz a la hora en que los colores del mundo no existen porque aparecen los del cielo y los del encanto y la magia de los sueños.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Columpios vacíos y pantallas repletas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas mañanas de lluvia, envueltas en neblina, suelen abrir las páginas de mi historia y mostrarme mi infancia azul y dorada, cuando era tan feliz al lado de mi padre, mi madre y mis hermanos. Insisten estos minutos veraniegos en horadar mi biografía, cavar túneles a otras épocas, descubrir y explorar capítulos que a veces parecen recluidos en la desmemoria, o sueltos en el naufragio, y aparecen, en consecuencia, aquellos parques infantiles a los que íbamos con tanta emoción, alegría e ilusión. Hoy, asomo por el ventanal cubierto de gotas que deslizan suavemente, una y otra vez, incansables como la lluvia, y descubro enfrente, en el parque, los columpios ausentes de niños, las “resbaladillas”, los “volantines” y los “sube y baja” desolados, con el eco de otros días, horas que apenas ayer eran presente y se maquillaban de felicidad con la presencia y diversión de los pequeños, miniaturas de hombres y mujeres que jugaban a la infancia y ensayaban la comedia humana, al lado de sus padres que los cuidaban y se interesaban más en su educación y felicidad que en maquillarse de apariencias. Miro, también, garabatos y palabras obscenas en la barda, en el suelo y en las gradas del parque, y con tristeza me pregunto, entonces, dónde quedó la inocencia. ¿En qué momento, sin darnos cuenta, perdimos el encanto de la vida, la dulzura de una sonrisa, la inocencia e ingenuidad de la niñez? Todo estaba preparado y casi nadie lo notó. Fue un proceso de gradualidad, aplicado desde hace varias décadas, con cierta intencionalidad, y ahora topamos con generaciones frías e indiferentes, cada vez más distantes de los sueños, las fantasías, los juegos, las ilusiones y la alegría de vivir. Estos días tan inciertos, se siente que definitivamente sobran los espacios, como en el caso de los columpios, ante la falta de quienes pintaban de colores y sabores el ambiente. En un hogar y en otro, en cada familia, entró la televisión sin anunciarse a la puerta, y se apoderó de todos, hasta intoxicarlos, suplantar a los padres y a las madres, a los abuelos, a los profesores, a los consejeros, y transformarse en la madrastra perversa que enseñó los colmillos al normalizar el mal y mofarse del bien, y lo mismo desde películas, disfrazadas para niños, que transmiten mensajes ocultos, hasta anuncios comerciales, telenovelas, noticieros y series. Rompió la comunicación e hizo ajenos, indiferentes y opuestos a los integrantes de las familias, hasta que consiguió dividirlos y enfrentarlos. Y luego, el padrastro despiadado se presentó disfrazado de maravilla científica y tecnológica, y envolvió a todos, menores y adultos, hombres y mujeres, hasta envenenar sus sentimientos e ideas, y así, un medio ambivalente -positivo y negativo- se convirtió en una amenaza. De esta manera, observamos gente de toda clase -pobres y acaudalados, sin estudios y académicos, empleados y empresarios, ciudadanos y políticos-, reclusos de las redes sociales que en algún instante de sus existencias embargaron sus sentimientos, ataron sus pensamientos y modificaron su lenguaje y sus conductas. ¿Y los niños? Ellos se llevan la peor parte al volverse, con adolescentes y jóvenes, en la generación perdida. Miramos a incontables niños inmersos en las redes sociales, en destinos cibernéticos que ni sus padres se interesan en conocer porque también están entretenidos en el espectáculo cibernético que reciben, y todos cambian el perfume de las flores y de la tierra mojada, la sensación de disfrutar las gotas de lluvia deslizar sobre uno, la experiencia de abrazar un árbol y sentir el palpitar de la creación, el placer de ayudar a los más débiles y el encanto de una palabra amable y una sonrisa linda, por superficialidades, basura y estupideces. Los niños, sin notarlo, quedan desprotegidos y expuestos a gente perversa, y son víctimas de golpes, maltratos, obscenidades, secuestros y violaciones. ¿A qué hora, la humanidad permitió que derrumbaran los muros que protegían a sus familias y, principalmente, a los niños? ¿Qué estábamos haciendo? ¿Estábamos distraídos en el espectáculo futbolero, en la locura de las telenovelas y los bufones de la televisión, en las mentiras de tantos noticieros mercenarios, en el box, en los baros, en las posadas de unas horas, en los abusos de poder y en la corrupción que la misma sociedad ha tolerado a sus gobernantes y políticos? ¿Dónde estábamos? A quienes pretenden adueñarse del mundo y de las voluntades humanas, les está resultando favorable su juego perverso, y ahora, la gente, atemorizada por un virus deformado en varios laboratorios por científicos mercenarios y cultivados estratégicamente a nivel mundial para su propagación inmediata, desde luego con la complicidad de gobiernos serviles y medios de comunicación totalmente vendidos, y así provocar miedo, recluir a millones de personas y acostumbradas a los grilletes, a la pasividad, a lo que se ordene por bien de la colectividad, está condenada a mantenerse pasiva y en espera de una vacuna que forzosamente la élite pretende justificar, paralelamente a la aplicación de medidas indignas, totalitarias e injustas. Contemplo los columpios ausentes de niños, silenciosos, desolados, ya sin vendedores de globos, helados, juguetes y golosinas, condenados a desaparecer o a convertirse en piezas de museo, en evocaciones, en trozos de una sociedad rota. Se acabó la inocencia. Se extrañan las risas infantiles que un día serán, si no actuamos de inmediato, ecos, pedazos, ayer roto, recuerdo y olvido. Veo con preocupación y tristeza los columpios abandonados, sinónimo de una infancia perdida. Volteen a su alrededor. Observen a sus hijos, a los vecinos, a otros niños, muchos de ellos rebeldes, aburridos e insensibles, como ausentes de sí, frente a los televisores, las pantallas de las computadoras y los equipos móviles. ¿Qué miran durante horas? ¿Con quiénes entablan comunicación? ¿Qué aprenden? Los columpios, los juegos infantiles, las canchas deportivas y los espacios públicos están vacíos, ausentes de pequeños; las pantallas de computadoras y equipos móviles, en cambio, se encuentran saturadas, con exceso de público infantil y adulto. Junto con alguien muy poderoso, la gente está arrebatando vida, alegría, juegos y oportunidades de realización a los niños. Los días de la existencia apenas alcanzan para dejar huellas y ser felices o pasar entre sombras y dolor porque el aliento escapa entre un suspiro y otro. ¿Deseamos columpios o monitores repletos de niños?

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Un amor especial

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Siempre a ti por ser el amor de mi vida

Tal vez, cada ser humano tiene capacidad para elegir su sendero y protagonizar la historia de su existencia; no obstante, ahora que te abrazo en silencio y percibo los latidos de tu corazón, entiendo que una vida se dulcifica y enriquece al compartir con otra el amor, los sentimientos, la alegría, los detalles y cada momento. Amar es, como yo lo siento, abrir a tu alma las puertas y ventanas de la mía, escuchar tus palabras y conducirlas a un sitio especial para componer con tu voz una melodía hermosa y magistral; enamorarme de tu mirada y acompañarla hasta lo más profundo de mi ser con la intención de disfrutar las siluetas, los colores y la belleza de la vida con la óptica de una musa; sentir tus caricias, la calidez de tus manos, para cobijarme en el más dulce encanto; contagiarme con tu sonrisa con el objetivo de dibujar felicidad en mi rostro; repasar los secretos que confiesas a mi oído para escribir un poema excelso; percibir la fragancia de tu perfume con la finalidad de reconocer los aromas de las flores y la cercanía del cielo; enamorarme de ti, con todo lo que eres, para agregar a mis días la dicha de no estar solo y caminar a tu lado, siempre contigo, rumbo a la cima que deseamos conquistar. Amar es poseer alas y volar, llegar al umbral del cielo, escuchar los coros de los ángeles y los susurros de Dios, para retornar al mundo con mayor aliento, fe y dicha. Al recargarte en mi hombro y abrazarte, comprendo que podría andar solitario por el mundo y así, cual navegante, llegar hasta el itinerario trazado; sin embargo, te extrañaría, me dolería tu ausencia, y no porque sea dependiente o carezca mi vida de sentido, sino por ser tú la otra parte de mi alma, el latido de mi corazón, o lo que es lo mismo, la mujer que amo. Y amar, ahora lo sé, es entregarse plenamente sin perder identidad, cordura y libertad; pero sí, lo admito, volar juntos, navegar en la misma embarcación, reír, sortear el oleaje una noche de tormenta, admirar la aurora desde una playa, jugar como dos chiquillos traviesos una mañana de recreo, empaparse una tarde de lluvia y sentir las gotas deslizar en nuestros rostros, compartir todo, enjugar las lágrimas del otro al carcajear tanto o llorar por algún dolor, sentir los corazones de ambos en un latido universal. Amar, creo yo, también es asegurar el porvenir, y no me refiero a conveniencias ni trucos; hablo del mañana inmediato, de la hora de la cuenta, del momento en que las velas de la vida terrena se extingan y nuestras almas, la tuya y la mía, lleven a cabo el acto más hermoso y subyugante al alumbrarse eternamente en la morada de un Dios maravilloso y pleno. Y es que de nada servirá decirte que te amo y que soy capaz, incluso, de conquistar este mundo con una serie de hazañas orientadas a coronarte con todas las riquezas materiales, si omitiera, ángel mío, ofrecerte, como lo deseamos desde lo más profundo del alma, enamorarnos plenamente de Dios y morar en su palacio de turquesa. Entonces sería un vendedor de seguros, un negociante interesado en satisfacer apetitos insaciables, no el hombre que siempre te amará en este mundo y el alma que, unida a la tuya, palpitará en la inmortalidad con los sentimientos más bellos y sublimes. El amor que te ofrezco, en consecuencia, contempla divertirnos en los columpios del mundo con la idea firme de mecernos eternamente en los del cielo. El amor que nos damos todos los días no es a corto plazo, en lo que el tren llega a la estación postrera; es reservar la banca en una historia encantadora y sin final. Eso es, parece, el amor. Al menos, tú y yo creemos que es así y, por lo mismo, seguiré percibiendo los latidos de tu corazón para fusionarlos con el mío y juntos, con la fortaleza del amor, llegar al palacio de cristal, donde la mañana y la noche del mundo se desconocen porque todo es siempre y la ropa que lo envuelve a uno ya está elaborada con la tela de la alegría y los sentimientos más hermosos y sublimes que entrega Dios a quien lo enamora.

Fragmento de luna

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

 Es para ti, tú lo sabes

             La luna asoma en la negrura de la noche, igual que un columpio plateado y solitario que se define retratado en las fuentes sosegadas y en los charcos que formó la lluvia vespertina, por donde camino mientras pienso en ti y en mí sentados en una banca arqueada para ser mecidos por el viento. Como que al conocer nuestro enamoramiento y gusto por el silencio, quiso presentarse brillante, cual hamaca para arrullarnos toda la noche. Hay quienes dicen que la luna, cuando se maquilla de carmesí o es enorme y brillante, es más romántica; pero hoy, al observarla, comprendo que sólo es para nosotros y que si nos atrevemos a caminar juntos hasta su espacio cóncavo, a nuestros lados, durante el ascenso, descubriremos barandales formados por incontables estrellas entretejidas. Antes de sentarnos en el columpio que formó la luna para ambos, detendremos, en ciertos momentos y parajes, nuestra marcha, acaso en un mirador de luceros para descubrir los claroscuros del mundo que duerme o contemplar arriba, en el cielo, la luminosidad majestuosa que parece insondable y reservada a los privilegiados, a quienes tienen la dicha, como nosotros, de unir sus corazones y emprender el viaje a la ruta más bella y excelsa. No siempre la luna se acomoda para recreo de los enamorados porque sabe, quizá, que el amor sólo es para quienes lo sienten desde lo más hondo del ser. Sólo ante ellos, como tú y yo, aparece ciertas noches solitarias y fugaces. No todos pueden mirarla y menos descubrir sus detalles y experimentarla entre sus sentimientos, porque ella, la luna, decidió por algún motivo hospedarse en nosotros, en ti y en mí. Guardo silencio y el aire musita a mis oídos que la luna se volvió columpio para nosotros y permanecerá hospedada en tu corazón y en el mío porque le gusta la historia de amor que escribimos cada instante y quiere, por lo mismo, aparecer en el relato. Es por eso, parece, que hoy compartimos un fragmento de luna que pretende mecernos una noche y otra de romance y silencio. Se enamoró de nuestro guión. Sí, la luna está enamorada. Quiere figurar contigo y conmigo, en nuestro libreto, para inmortalizarse, tal vez, como el columpio de tez plateada que mece  al amor.