Mascarillas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando las mascarillas permanezcan en los rostros, igual que una moda o, tal vez, una necesidad o una imposición, ¿dónde miraremos nuevamente la sonrisa de los niños, las expresiones de amor, la dulzura de alguien que pronuncia la más bella de las palabras?

Y si las mascarillas y otros inventos se hospedan en los rostros y esconden alegrías y tristezas, besos y sonrisas, gestos y sentimientos, amabilidad y enojo, hasta volverse paisaje de cada día, ¿dónde quedaremos nosotros, los de apenas hace uno días, con las expresiones que mostrábamos facialmente al mundo?

Unos nacerán y otros morirán, igual que las flores y las plantas de los jardines que hoy asoman a las ventanas, entre auroras y ocasos, y quizá alguna generación llegue y se acostumbre al atuendo, a la ropa de la cara, sin tener oportunidad de disfrutar la belleza y el esplendor de un rostro libre, auténtico, feliz y pleno

Y si con las mascarillas, ¿también pretenden callarnos, desdibujar nuestros rasgos, uniformarnos, acostumbrarnos a las órdenes y reglas, a la obediencia, a la ausencia de oxígeno puro? ¿Y si el significado es ajeno e indiferente a la salud, a la protección, y es resultado de una ecuación cuyo resultado es la masificación y el silencio? ¿Y si es cadena simulada o el inicio de un pasillo repleto de barrotes y celdas?

Si las mascarillas son preámbulo de otras cosas que se sucederán unas a otras, y que alguien, en su ambición de poder y dominio, ya tiene diseñadas y programadas, ¿en qué momento, como humanidad, perdimos la libertad, el derecho de ser felices, la justicia y la dignidad? ¿A qué hora cedimos derechos a los abusivos y perversos? ¿En que momento renunciamos a lo bello, a lo sublime, a cambio de estulticia y superficialidades?

Al dificultar la respiración, provocar calor y molestias, tapar las caras, a cambio de reducir las posibilidades de contagio de coronavirus, parece que se genera un deseo irresistible de liberación y una ansiedad hacia la invención y la aplicación de una vacuna que esconde intenciones perversas.

La mascarilla oculta la sonrisa amable y genuina y el gesto adusto y grosero, la piel natural y el cutis maquillado, el color y los rasgos faciales. Es, en todo caso, la invitada especial de la generación de la hora presente, o, acaso, un huésped que inesperadamente se alojó y cubrió parte de la cara, como esos males necesarios que un día o una noche, a cierta hora, llegan, tocan a la puerta y forman parte de las apariencias, se integran definitiva o temporalmente en el paisaje humano, acompañan a la gente en sus horas activas y ociosas, como si se tratara de debilitar a las mayorías y otorgarles, provisionalmente, andaderas y muletas para que tropiecen constantemente y pierdan capacidades, agilidad y habilidades.

Esconde los gestos y las reacciones de millones de personas, en el mundo, quienes, por necesidad y urgencia de protegerse contra una enfermedad real que alguien desea convertir en pandemia con la intención de justificar la invención y la aplicación de vacunas, el quebrando de la economía internacional, el derrumbe de esquemas y la imposición de un modelo cruel e injusto a nivel global, las utilizan irremediablemente. Unos las usan por convicción y protección, otros forzosamente y algunos más como moda. Se volvió parte del arreglo y el vestuario, y las hay de todas clases y materiales, de acuerdo con la capacidad económica, la disposición en el mercado y hasta las modas de quienes las utilizan.

En un ambiente contradictorio y enrarecido, con frecuencia intoxicado por las sombras del miedo, el contagio, la enfermedad y la muerte, provocado, al parecer, por un virus degenerado en las entrañas de uno o más laboratorios y disperso, inicialmente y con cierta intencionalidad, en diversas zonas estratégicas del planeta para su inmediata propagación global, como parte de la estrategia, el plan y las acciones de una élite ambiciosa, despiadada y poderosa económica y políticamente, que, además, corrompe, manipula y controla gobiernos, medios de comunicación e instituciones, la mascarilla forma parte del atuendo cotidiano de la humanidad, más allá de creencias, sexo, nivel socioeconómico y raza.

Las mascarillas, parte y símbolo de la historia que vivimos durante estos días, también marcará diferencias sociales, la condena y el desprecio a quienes no las utilicen, porque después de todo, tras la protección humana contra algo tan despiadado, se trata de volver a todos cifra, objeto, estadística.

Surgen las opiniones, las dudas, las interrogantes, las criticas, las discusiones. ¿Qué es, en realidad, la mascarilla, y cuál es su verdadero significado? ¿Protección eficiente? ¿Atuendo? ¿Prótesis? ¿Signo de control? ¿Grillete? ¿Represión? ¿Ensayo de manipulación? ¿Medida de emergencia? ¿Protocolo de seguridad e higiene? ¿Extremo de una cadena con tentáculos que pretende destejer alegría, sonrisas y expresiones nobles para transformar a las personas en artefactos utilitarios, en sujetos impersonales, en autómatas inexpresivos? ¿Fin de una época e inicio de un ciclo oscurantista? ¿Antítesis de la higiene? ¿Necesidad? ¿Urgencia? ¿Imposición? ¿Emergencia sanitaria? ¿Salud, vida, deficiencia, control, muerte?

Más allá de utilizarlas racionalmente, en el más amplio sentido de responsabilidad, compromiso y respeto individual y colectivo, para proteger la salud, las mascarillas esconden, sin duda, expresiones, rostros, semblantes, imágenes físicas; sin embargo, cada hombre y mujer, aquí y allá, deben salvaguardar la nobleza de su interior, su creatividad, sus sueños, sus ilusiones y su libertad de sentir, pensar, hablar y actuar.

Las expresiones faciales, al  interpretarse correctamente, suelen dar lectura a los sentimientos y a la personalidad de cada hombre y mujer, y encantan por ser alfombra de flores bellas y fragantes o desagradan por parecer un campo estéril cubierto de tierra, abrojos y piedras. Ahora, las mascarillas cubren tal lenguaje y, bien o mal, forman parte del escenario cotidiano.

La gente discute y pelea por los argumentos contradictorios respecto a las mascarillas, y si hay quienes defienden su uso, beneficio y protección, también existen aquellos que se oponen a utilizarlas y argumentan los perjuicios, las consecuencias de su uso prolongado y hasta su significado, e incluso se reúnen con la intención de denunciar los planes siniestros de una élite y dar a conocer que existen fórmulas para combatir tan nefasta enfermedad, la del coronavirus, sin necesidad de crear vacunas ni presentar un escenario teatral que distorsione la trama de la vida.

Ningún ser humano, en el mundo, debe consentir que otros, con mayor poder, intenten someterlos y verter sus sueños, sentimientos e ideas en cañerías inmundas, como lo han hecho desde hace mucho tiempo quienes pretenden apoderarse de las riquezas del mundo y de las voluntades humanas.

Si las mascarillas esconden los rostros amables, dulces y sonrientes, la capacidad de los seres humanos es superior para irradiar amor y sentimientos nobles y superiores a los apetitos, la ambición desmedida y la superficialidad de un grupúsculo cruel.

Una mascarilla ayudará, indudablemente, a proteger y reducir la multiplicación de contagios de coronavirus, a cambio, muchas veces, de disimular, esconder y silenciar la alegría y las palabras; pero mientras existan seres humanos capaces de amar, dar de sí a otros y actuar por medio de la nobleza de sus sentimientos, la luz disipará las sombras y ningún material que cubra la boca y las expresiones faciales, tendrá poder, en consecuencia, de borrar la alegría de vivir dignamente, la práctica diaria de valores, la libertad, el respeto y la justicia.

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Contagio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

… Desde aquel instante, al regresar a casa, miré mi rostro en el espejo y descubrí con asombro, en el reflejo, que ya no se trataba de mí, que no estaba solo, que siempre seríamos tú y yo

¿Dónde me contagié de ti? ¿Cuándo sucedió? ¿Acaso durante aquellos días, cuando éramos tan felices y tú entrabas a mi alma y yo visitaba la tuya? ¿Fue, quizá, en nuestros encuentros y citas interminables en aquel jardín donde jugábamos y sonreíamos? ¿O tal vez durante nuestra travesía, entre nubes celestes y corriente etérea, al regresar al mundo? ¿Fue en nuestra banca, una noche, al admirar las estrellas y escuchar el rumor de la fuente? No recuerdo si fue ayer, al mirarme en tus ojos de espejo, al besar tus labios o al tomar tus manos. Ahora los síntomas me conducen a un delirio, a un éxtasis, a un destino, a una locura. Algo acontece conmigo. Miro mi silueta en los espejos, en los charcos, en los cristales de los aparadores, y no me reconozco desde aquel día de nuestro primer encuentro. Busco aquí y allá, en un espejo y muchos más, hasta que defino mi figura desarraigada de los rostros colectivos y los rasgos del mundo, como si me encontrara separado, seguramente en un camino floreado, en un lago tranquilo o en la inmensidad del océano, contigo, siempre a tu lado. Siento mi esencia, sé que soy yo; pero en la medida que me observo para desentrañar mi apariencia, de repente te veo en mí. Sí, me defino en ti. Somos los dos, tú y yo, al descubrir mi reflejo. Me pregunto si el amor es un contagio que se adquiere al venir al mundo, o si, tal vez, en un acto de misericordia, Dios colocó una señal en uno y en otro para coincidir e identificarnos a una hora y en un lugar, y así acompañarnos en la aventura existencial, con los síntomas del amor, para jugar a la vida con sus encantos y desencantos, entre luces y sombras. Entiendo que tú y yo fuimos contagiados desde que las manos que funden los luceros y pintan el paraíso y el mundo, esculpieron nuestros rostros y colocaron la esencia que hoy nos une y compartimos. Me gustan las manifestaciones de este síndrome, Me contagié de ti. Eso significa que siempre te miraré y sentiré en mí, y tú, a la vez, me descubrirás y percibirás en ti. Se trata, parece, de los indicios de un amor fiel e inquebrantable que es vigente en la temporalidad del mundo y en la inmortalidad. Me siento contagiado de ti. Mi alivio eres tú.

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