¿Son dignos de confianza?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me pregunto, y solo es una interrogante sin el afán de agredir, si los políticos que transitan de un partido a otro, por capricho, ambición e interés de conseguir un cargo público, serán personas equilibradas, confiables, respetuosas y congruentes. Quizá por oportunismo, tal vez por ausencia de convicciones, acaso por la ambición desmedida de ejercer el poder y los recursos públicos, se empeñan en ser ellos los candidatos exclusivos, como las vedetes, aunque con anterioridad hayan llevado a cabo esas funciones con exceso de mediocridad. Y si tales personajes ofrecen espectáculos denigrantes y parecen indignos de confianza por su deslealtad, indisciplina y necedad de aferrarse al poder, a los presupuestos gubernamentales, llama la atención que los otros, los militantes de los partidos políticos, callen y acepten esa clase de abusos y prácticas que con frecuencia se registran en diversas regiones del mundo. Unas veces, esos hombres y mujeres, los mismos de siempre, portan un color, y algunas más, en un carrusel de matices que únicamente resulta un camuflaje, una farsa, aparecen con otro, como si fueran dueños de armarios repletos de playeras de diversos estilos. Si no existen proyectos integrales de nación en diferentes zonas del planeta, menos los habrá con gobernantes, políticos, legisladores y funcionarios sin compromiso ni lealtad a los principios de los partidos e instituciones que alguna vez les otorgaron su respaldo. Tampoco serán responsables con los pueblos. Quieren repetir sus funciones públicas como aquellos que obtienen un trofeo y muchos más. No admiten que la gente no los quiere y los rechaza por corruptos, en algunos casos, e ineptos, en otros. Y lo más lamentable es que las mayorías emiten sus votos por esa clase de personajes que hasta suelen presentarse con apariencias de comediantes y modelos de aparador. ¿Quiénes serán menos confiables, los políticos aferrados al poder, carentes de responsabilidad, compromiso y resultados favorables, ávidos de manejar las finanzas públicas, o la gente que vuelve a confiar en ellos, cegada, distraída y masificada, que otorga mayor credibilidad a la apariencia, a la simulación, que a las propuestas inteligentes y bien intencionadas?

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Ingenuidad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cansados de sí mismos, entre barrotes que los separan de su interior, muchos hombres y mujeres, en el planeta, anhelan y pretenden salir a las calles no con el propósito de sonreír a otros seres humanos, y menos con la idea de vivir plenamente, sino con el objetivo de consumir y que la gente que conocen -familiares, amigos, vecinos, compañeros- los miren en las tiendas de lujo, en los restaurantes, en los gimnasios, tras gruesos cristales que ahora exhiben a las personas igual que muñecos de aparador, porque lamentablemente aprendieron a ser maniquíes de temporada, con bromas, sentimientos, conversaciones, ideas y acciones desechables, ligeras y de moda, dictados por los dueños del poder a través de la televisión, las redes sociales y otros medios. Incapaces de convivir en familia -esquema ya roto, adulterado y pisoteado-, no pocos seres humanos -en femenino y en masculino-suspiran, en el encierro, por las reuniones en bares y cantinas, en posadas de unas horas, en tertulias interminables y sin sentido, similares a los colores amontonados y a las notas musicales discordantes acaso porque las minúsculas, sus hijos, les cansan, los fastidian, y les parece, en consecuencia, más grato disfrutar la compañía de otras personas que convivir y participar con quienes llevan su sangre. Tan distraídos están, que ni siquiera notan que el mundo, en diversas regiones, avanza hacia el odio racial, el totalitarismo y la violencia, con algunos personajes que se sienten elegidos -los nuevos mesías de la hora contemporánea- y pronostican calamidades globales, informan y prometen soluciones, con el control absoluto de las situaciones, como acontece ahora, tras la puerta y las ventanas, en época del coronavirus creado y dispersado perversamente con cierta intencionalidad. Previo a este mal que la élite poderosa intenta convertir en pandemia con el objetivo de justificar y llevar a cabo sus planes, se les hizo sentir a millones de personas, a nivel internacional, que son basura, escoria de la creación, y así se les ha enseñado a sentir, pensar y actuar. En un lapso breve, les presentaron, uno tras otro, daños ocasionados por el plástico en los océanos, erupciones volcánicas, incendios en el Amazonas y en Australia, deshielo en los polos, contaminación, proximidad de asteroides, animales en peligro de extinción, ruidos extraños en el ambiente y hasta aparición de abejas, y ahora se les domestica y se les prepara para un nuevo orden mundial. Ingenuamente, creí que tras la primera etapa de aislamiento, muchos aprovecharíamos la oportunidad para reencontrarnos con nosotros y nuestras familias, valorar lo que somos y tenemos, diferenciar los sentimientos, los ideales y los pensamientos de las apariencias y las superficialidades y decidir, finalmente, una vida auténtica, libre y plena. Tristemente, al andar por las calles, en los espacios públicos, en los jardines colectivos, en las plazas, descubro que, efectivamente, algunas personas tomaron la decisión de crecer y trascender; pero la mayoría continúa obstinada en sus asuntos baladíes, sus apetitos, su estulticia, su ambición desmedida, su egoísmo, su superficialidad, su ignorancia y su agresividad. Y no se trata de cambiar a la humanidad de acuerdo con las convicciones que uno tiene, sino de despertar, sentir y reaccionar, con transformaciones reales y sustanciales que generen armonía, respeto, tolerancia, libertad, paz, bien, justicia y dignidad. Creí, torpemente, que seríamos hermanos o, al menos, amigables y buenos; pero miro a una colectividad ansiosa de lucirse, consumir y dedicar los días de sus existencias a esas cosas insignificantes, superficiales e intrascendentes que, acumuladas, arrebatan la vida y la opción de ser felices y plenos.

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