Televisoras mexicanas, ¿nodrizas de millones de hogares?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Sí, me refiero a México

En la medida que una sociedad se masifica, es más cómodo y sencillo manipularla, aplicar la estrategia del engaño, dividirla o unirla con algún objetivo, jugar con sus intereses nacionales, acecharla, hostigarla, ejercer el poder aplastante y gobernar con corrupción, terror e injusticia.

Obviamente, para desnudar a los habitantes de un país, es preciso diseñar un plan maestro e implementar estrategias y la ley de la gradualidad, con la que los dueños del poder y las “oportunidades históricas”, un día, otro y muchos más desmantelan instituciones, estructuras sociales, costumbres, tradiciones, educación, riqueza y soberanía nacional.

En esa partida tramposa, no importan las consecuencias. Si hay que sacrificar niños, mujeres, ancianos, jóvenes, hombres, simplemente se deben considerar víctimas, número, estadística. Qué importa, entonces, que mueran o sufran tantas personas si es a cambio del bienestar de la clase política mexicana y sus cómplices los empresarios que hacen negocios sucios.

En este juego perverso, la clase política, respaldada por un grupo reducido de familias que en conjunto poseen fortunas superiores a las reservas del país, establece alianza con las televisoras nacionales -nodrizas de incontables generaciones-, las cuales “normalizan” las situaciones negativas e insanas, ridiculizan a la familia y a las instituciones -véanse los bufones, los cortes comerciales y las telenovelas, verbigracia-, promueven superficialidades y promiscuidad, disfrazan la realidad mexicana con maniquíes de aparador, establecen e imponen conceptos y modelos de vida artificiales y estúpidos, aplastan los valores y hasta fomentan la discordia, la vulgaridad, la estulticia, la confusión y la violencia.

Quien se altere y se sienta ofendido, solamente debe sacrificar algunas horas de su existencia, como diariamente lo hacen millones de mexicanos, para comprobar que la televisión, con el internet mal empleado, contribuyen al atraso y desmantelamiento de México.

La gente, multiplicada por millones, está fascinada con tales modelos de vida que llenan su terrible vacío e insignificancia existencial a través de la idea de que vale si posee un automóvil, una residencia con piscina, vacaciones constantes, perfumes y ropa de marcas prestigiosas, calzado que provoca envidia y no deja huellas y consumismo irracional. Todo se paga a crédito, se empeña la vida o se obtiene una posición socioeconómica aparente. Todos ambicionan la corona y desean la tajada de pastel, y en eso trabajan las camarillas de sinvergüenzas que han saqueado al país y pisoteado leyes, reglas, dignidad humana y vidas.

Es legítimo formar un patrimonio y hasta poseer riqueza; sin embargo, es reprobable construirla a partir de los beneficios tramposos del poder, la corrupción, el engaño y el abuso.

La tragedia de innumerables mexicanos de la hora contemporánea es que se encuentran inmersos en el miedo, la hipocresía, el conformismo, la traición y la pepena de vidas ajenas. Millones de ellos, atrapados en las mazmorras de la pobreza material, y otros tantos ya con formación académica y ciertos niveles de bienestar económico, sienten, piensan, actúan y hablan igual. Sólo cambian los estilos, pero en el fondo son los mismos.

Ni las instituciones universitarias, con sus maestros y doctores, han asumido su responsabilidad histórica y social. Están aletargados. Resulta más cómodo refugiarse en las aulas para criticar frente a los alumnos o en las tertulias de café los crecientes y alarmantes niveles de corrupción, impunidad, subdesarrollo e inseguridad que cotidianamente derrumban los pilares de México. Algunas instituciones se salvan, pero no todas. Igual acontece con los académicos, sobre todo con aquellos que emulan a los grandes corruptos de la política y los negocios turbios, al hostigar a los alumnos por medio de los exámenes “difíciles de aprobar”, los trabajos casi para intelectuales que ni ellos elaborarían a la altura de sus exigencias  y las calificaciones reprobatorias porque “el 10 es para el maestro y conmigo es muy difícil pasar, a menos que…”

En México, amplio porcentaje de familias están distraídas en marcadores deportivos, bromas en doble sentido por parte de los bufones consentidos de las televisoras, memes, telenovelas fuera de la realidad, chismes y boberías.

Una sociedad que en la última década del siglo XX creyó en el “chupacabras” y que hoy, en 2018, padece las consecuencias brutales de un voto hormonal e irracional por una supuesta belleza física y la fascinación de un matrimonio de telenovela, casi imperial, que únicamente dejó entrever la miseria humana de las multitudes, no despertará mientras no reaccione y siga concediendo su amor y confianza a la madrastra que la amamanta -la televisión- y a su padrastro ambivalente, lascivo y bipolar -internet-, pareja que se filtró con astucia a los hogares mexicanos.

Resulta preocupante que no existan puntos de referencia y que quienes sienten, piensan, hablan, escriben y actúan distinto, enfrenten el riesgo de ser asesinados brutalmente, sometidos por el poder y hasta juzgados por la propia sociedad a la que defienden.

Afortunadamente, el otro rostro de México es que también coexisten hombres y mujeres interesados en rescatar los valores de la nación. molestos con la irracionalidad de las mayorías que solapan gobernantes sucios, televisoras corruptas y perversas, desórdenes, injusticias, burocracia, crímenes, desempleo, miseria, enfermedades, subdesarrollo, inseguridad y falta de oportunidades.

Esas minorías, desde niños, adolescentes y jóvenes, hasta personas de edad madura y ancianos, sienten mortificación, vergüenza, coraje, asco e impotencia ante lo que la clase política mexicana, en complicidad con televisoras mercenarias, grupos de empresarios deshonestos y toda clase de delincuentes, están haciendo en contra y perjuicio de México; no obstante, en la balanza nacional, un grupo mayúsculo que habla diferentes lenguajes dentro de un mismo idioma, se encuentra entretenido en la trama interminable de las telenovelas, en el doble sentido de los bufones, en la falsedad de los noticieros, en los rostros y cuerpos de aparador que exhiben los programas televisivos, en las estupideces y vulgaridades de locutores y conductores, en expectativas y marcadores deportivos, en memes y claro, en la realidad impuesta por los poderosos -asaltos, crímenes, abusos, injusticias, inflación, desempleo, burocracia, injusticias y caos, entre otros-, para distraerlos, perturbar la tranquilidad social y desmantelar la riqueza y soberanía nacional. Con todo esto, ¿seguiremos consintiendo que la televisión siga amamantando los hogares mexicanos?

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Preocupación de una encomienda

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me preocupa que en un entorno cargado de abusos, apariencias, corrupción, delincuencia, deshonestidad, injusticias, mentiras, perversidad y simulaciones, niños, adolescentes y jóvenes deambulen en la intimidad de los equipos digitales, entre un destello y otro de internet -me refiero a las páginas nocivas y hasta los juegos que idiotizan-, o en las entrañas de la nodriza en que desde hace décadas se ha convertido la televisión, mientras sus padres, distraídos en encuentros y marcadores deportivos, chismes, telenovelas, memes, programas de bufones y reuniones de café, desatienden sus responsabilidades y creen que cumplen su encomienda con la aportación de dinero y bienes materiales, sencillamente porque tienen la idea de que merecen ser felices y aprovechar la brevedad de la existencia. En mis andanzas cotidianas, descubro con tristeza y mortificación a incontables mujeres entretenidas en los whats app de sus celulares, sonrientes, mientras ellos, sus hijos, les hablan y preguntan sin obtener atención ni respuesta, y hasta se muestran irascibles, en algunos casos, si los pequeños insisten en distraerlas; a los señores que no disimulan su júbilo al presenciar con alcohol y botanas un encuentro deportivo, al lado de sus amigos y compañeros, o mirar con lascivia a la joven que se encuentra a su lado, cuando ni siquiera conviven con sus familias ni conocen sus sentimientos e ideales; a los profesores mediocres que de alguna manera están más interesados, como tantos burócratas, en almorzar, planear sus días de descanso y cobrar, que en enseñar con los libros y el ejemplo; a los políticos y funcionarios que se enriquecen ilícitamente y desprecian a la población en vez de enfrentar los problemas que desmoronan a la nación y destruyen a las familias. Otros, ante las preocupaciones, el nerviosismo, las prisas, la ignorancia, el desinterés o las mortificaciones, ceden sus derechos maternos y paternos a la televisión, las páginas de internet y los juegos cibernéticos, hasta ser suplantados y consentir la formación de adefesios en sus hogares, en perjuicio de sus familias y de la humanidad, y si existe duda, hay que voltear aquí y allá, en todos los rincones del mundo, para comprobarlo. Me preocupa, en verdad, que un meme, el chiste de un payaso de televisión, un romance cibernético o un chisme tengan mayor atención, peso y valor, en innumerables casos, que la atención que merece un hijo.

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¿Quién será capaz?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me pregunto, en este México que cada día parece desmoronarse ante la apatía y mediocridad de millones de habitantes que se han acostumbrado a ser espectadores de acontecimientos negativos y el ejercicio de corrupción descarada que practica la clase gobernante, cargada de intolerancia e injusticias, con un proyecto perverso de gradualidad para desmantelar a la nación y apoderarse de su riqueza y de todas las oportunidades, ¿quién será capaz de construir puentes, derribar muros y fronteras, devolver la confianza y dignidad a la sociedad, restaurar las instituciones y los valores, modificar el rostro de la historia y definir las rutas de la armonía, el desarrollo y la paz?

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Los mismos nombres y rostros en la política mexicana

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En la política mexicana, quienes se han aferrado a los intereses del poder y causado tanto daño al país, ostentan los mismos nombres, apellidos, linaje y rostros. Cínicamente saltan de un partido a otro, se definen independientes o maquillan sus expresiones y sonrisas, como si la falsedad, la apariencia y la simulación fueran factor de cambio. Tratan de confundir a las masas y que éstas, aturdidas, crean en sus engaños, en su proyecto de desmantelar a la nación y empeñarla. Quien causa daño una vez, no merece una segunda oportunidad. El asunto es que millones de mexicanos, con grados académicos o sin formación escolar, con riqueza o desprovistos de todo, deambulan entre una distracción y otra, y hasta parecen más interesados en los resultados de un marcador, en la belleza física de un cantante o de un actor, en las tramas de las telenovelas y en las ocurrencias de los bufones de la televisión. Una sociedad que tiene a la televisión como nodriza, está perdida y cree, aunque experimente lo contrario, que la realidad es una telenovela, el escenario de un bufón que habla estupideces y promueve modas o el estudio que marca las cámaras y los reflectores a la pepena de vidas ajenas. Un pueblo con tales rasgos, no está preparado para defender a su nación y exigir gobernantes honestos.

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Pobres mexicanos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No es que uno esté empeñado en menoscabar la figura presidencial a la mexicana, ni tampoco con interés en deteriorar la imagen de los funcionarios y políticos que se han apropiado del país y lo han saqueado, y menos responsabilizar a la sociedad en la elección de gobernantes corruptos. En todos defino rasgos de corresponsabilidad cuando miro al México desgarrado. Definitivamente, resultaría más agradable escribir sobre el amor, las flores, el mar, la felicidad y los viajes que armar palabras e ideas tendientes a criticar a los políticos y al pueblo.

Esta ocasión evitaré repetir los datos e información escandalosa que todos, en México, conocen sobre el mandatario nacional, sus colaboradores cercanos y demás funcionarios y políticos federales, estatales y municipales del país.

Hablaré de cierta actitud preocupante en el pueblo mexicano. Es inconcebible que la sociedad, tan inmersa en sus telenovelas y ahora en los “cambios” que anunció Emilio Azcárraga Jean en Televisa -curiosamente en forma de distractor y como si la televisora no fuera responsable, en gran parte, de la mediocridad de millones de personas que voluntariamente la han convertido en nodriza-, haya demostrado más morbosidad en esperar una noticia acerca de los antecedentes del otrora joven Enrique Peña Nieto, quien presuntamente plagió párrafos completos de diversos autores para plasmarlos en el 29 por ciento de su tesis profesional, que una reacción critica y madura sobre el hecho.

Indudablemente, en Canadá, Estados Unidos de Norteamérica y naciones desarrolladas de Europa, el incidente hubiera despertado malestar social, condena y enojo colectivo, y hasta presiones para retirarle al presidente la cédula profesional, el título de licenciado en Derecho, y, evidentemente, la investidura, porque alguien que conduce el destino de un país, debe conducirse con rectitud en todos los, o al menos, si en el pasado cometió un error, tener la valentía de hablar, aceptarlo y enmendar con acciones y resultados positivos.

No pocos mexicanos reaccionaron indiferentes a la noticia, declararon que se trata de un ataque sistemático por parte de una periodista o justificaron irresponsablemente la conducta del hoy mandatario nacional al argumentar que todos, alguna vez en sus vidas, han actuado de manera similar.

El asunto no es, quizá, si se enjuicia al mandatario nacional; el problema es que la sociedad mexicana ya demostró su capacidad para vivir en la corrupción, el fraude, la mentira y el crimen.

Insisto en que resulta preocupante que una sociedad, como la mexicana, reaccione con tanta indiferencia y justificación ante un hecho fraudulento y vergonzoso, pues denota que millones de personas están tan distraídas y acostumbradas a los actos de corrupción, que les parece natural que alguien proceda con deshonestidad.

Tanto conformismo y pasividad, reflejan síntomas patéticos, hablan de una sociedad enferma y denigrada en la que ni siquiera se inculcan valores en las familias. Huele a descomposición social. La gente está tan acostumbrada a los crímenes despiadados, a la represión, a las injusticias, a la corrupción e impunidad, al engaño, a los escándalos, a los depredadores de su país, que le parece natural que alguien robe la autoría intelectual de otros para hacerla pasar por suya y así conseguir su objetivo, es decir un título profesional.

Millones de personas se encuentran tan desequilibradas, que no les parece un acto de relevancia que hace un cuarto de siglo un muchacho, hoy presidente de México, haya incurrido en una burla, que su asesor de tesis justifique el acto con argumentos absurdos e infantiles, que los políticos evadan o minimicen la acción y que la institución universitaria se queje más por no tomarla en cuenta los periodistas que interesarse en asumir su responsabilidad y hablar de frente a la sociedad.

Es penoso que millones de mexicanos demuestren una estatura tan corta. Significa, entonces, que esa cantidad tan considerable de personas es capaz de actuar con deshonestidad con el pretexto de que todos, alguna vez, lo han hecho. Ahora entiendo los motivos por los que México se encuentra en el subsuelo, en el lodazal, a un paso de desbarrancarse.

Si así piensan, empiezo a comprender la razón por la que no pocos médicos, abogados, comerciantes, policías, constructores, maestros, funcionarios públicos, políticos, prestadores de servicios y burócratas, entre otros, actúan con voracidad, como si compitieran entre sí y tuvieran prisa en enriquecerse sin importar el dolor y los sacrificios de los demás.

A innunerables mexicanos les enardece e interesa más, parece, si a determinado futbolista el árbitro lo castigó injustificadamente, que los fraudes y mentiras de los políticos que están dañando al país. Aprendieron, como se los inculcaron su madrastra la televisión y su padrastro el internet, a “normalizar” las situaciones negativas, al grado de que no les inquietan los crímenes e injusticias, el robo a la nación, el desequilibrio ecológico, los rezagos en asuntos torales, las mentiras y la impunidad. Coexisten con ellos cada instante. Se acostumbraron al estiércol.

Cuando una sociedad se acostumbra a considerar normales las actitudes negativas, es peligroso porque significa que sus integrantes están contaminados, tan enfermos que son incapaces de distinguir entre la verdad y la mentira.

En fin, una noticia negativa de interés nacional, justificada y minimizada por amplios sectores de la sociedad, se transformó en radiografía para conocer a millones de mexicanos, capaces, sin duda, de recibir una patada, un robo, una humillación, y tener la desfachatez de aplaudirle a su verdugo. Pobre México.

 

La tesis y el plagio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mis padres me enseñaron, hace años, que quien es infiel en los temas de apariencia insignificante, en los detalles pequeños, en las cosas minúsculas, también lo es en los asuntos formales e importantes de la vida, y hoy, al leer las noticias, los análisis, las declaraciones de unos y otros sobre el presunto plagio de párrafos completos de libros que hace un cuarto de siglo cometió el presidente Enrique Peña Nieto para incluirlos en su tesis profesional, compruebo una vez más que tenían razón, sobre todo porque el hombre que tanto cautivó a las mexicanas por su aspecto físico y provocó, por lo mismo, el voto glandular, se ha involucrado en escándalos relacionados con actos de corrupción.

Una periodista, Carmen Aristegui Flores, anunció previamente que daría a conocer una noticia sobre los antecedentes del mandatario nacional, declaración que desbordó el ánimo, la morbosidad y el masoquismo de la sociedad mexicana, hasta que desilusionó a incontables hombres y mujeres que esperaban, sin duda, información acerca de otro escándalo presidencial, quizá la adquisición sospechosa de nuevas mansiones o tal vez números de cuentas bancarias e inversiones millonarias.

Acostumbrados a la corrupción que practican desde burócratas de cuarta categoría y policías hasta funcionarios y políticos del más alto nivel, amplio porcentaje de mexicanos mostraron indiferencia al hecho, el cual, de haberse registrado en alguna nación desarrollada de Europa, habría desencadenado en juicio social e incluso la renuncia del personaje a su cargo.

Es un hecho que la noticia se difundió y el asunto se encuentra sobre la mesa. Más que pretender coartar la libertad de expresión y alegar que no fue tomada en cuenta por el equipo informativo de Carmen Aristegui Flores, la Universidad Panamericana tendrá que renunciar a sus declaraciones distractoras, asumir su responsabilidad y analizar con objetividad la tesis que hace 25 años presentó Enrique Peña Nieto con la intención de obtener el título de licenciado en Derecho, y determinar si efectivamente, como se le acusa, el 29 por ciento de su contenido forma parte del plagio a por lo menos una decena de obras de diferentes autores, o si hubo dolo, ignorancia o mala interpretación por parte de los comunicadores. La institución universitaria tiene el reto de actuar con honestidad porque mentir o distorsionar la realidad, en caso de que el presunto plagio fuera real, colocaría en riesgo su honorabilidad y prestigio académico.

Por otra parte, el vocero de la Presidencia se adelantó al argumentar que se trata de errores de estilo. Error de estilo se refiere, en todo caso, a cuestiones gramaticales, a la estructura de las oraciones, no a la ausencia de comillas y citas de autores y obras. Y claro que si la acusación se encuentra sustentada con la verdad, es motivo de actualidad y discusión porque si bien es cierto la tesis fue redactada hace dos décadas y media, resulta que su autor es en la actualidad presidente de más de 120 millones de mexicanos.

En este contexto de ataques y contradicciones, el director de tesis de Enrique Peña Nieto declaró que seguramente las comillas fueron eliminadas durante el proceso de captura e impresión de la misma, argumento totalmente burdo y ofensivo para la inteligencia de no pocos mexicanos.

De resultar verídica la informacón periodística de Carmen Aristegui, sería lamentable que el presidente mexicano, respaldado en su reforma educativa, pretendiera evaluar a los profesores, cuando él recurrió, para obtener su título profesional, a la trampa del plagio, noticia, por cierto, que tuvo mayor impacto en naciones desarrolladas que en México, donde la corrupción, impunidad, simulación e injusticias se practican cotidianamente a niveles preocupantes.

Es innegable que los mexicanos de la hora contemporánea son testigos de la descomposición que ya afecta a todos los sectores y de los escándalos, errores y acciones opacas por parte del mandatario nacional, quien hasta antes del asunto de la tesis y el plagio, apenas contaba con el 23 por ciento de credibilidad por parte de la población, según la encuesta realizada por el periódico Reforma.

Sin duda, la gestión presidencial de Enrique Peña Nieto se ha caracterizado por escándalos, inestabilidad económica y social, represión, imposiciones, banalidades, corrupción, impunidad, rezagos e injusticias, contrastantes con sus denominadas reformas estructurales que definitivamente no han presentado los resultados que se ofrecieron ni cuentan con el respaldo colectivo.

Si el multicitado plagio en la tesis resulta verídico, significará que se trata de un personaje que ha hecho de la mentira un estilo de vida y uno entenderá fácilmente, en consecuencia, la causa por la que un día promete no incrementar los precios de los combustibles y al poco tiempo, bajo argumentos nada creíbles, su administración realiza ajustes en perjuicio de los mexicanos; aunque si la Universidad Panamericana demuestra lo contrario de manera objetiva y responsable, habrá que replantear el tema y pensar que alguien, más allá del personaje público, mueve los hilos del poder. Seguramente en el lapso de los próximos días conoceremos la veracidad o falsedad en la noticia difundida por Carmen Aristegui Flores y su equipo de colaboradores

 

 

El síndrome del espejo y el poder

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Están de moda. Son maniquíes a la mexicana, con sonrisas, peinados y copetes reforzados por el encanto del photoshop, las redes sociales, los anuncios espectaculares y la televisión, que conmueven a las multitudes para que les concedan el poder y la oportunidad “histórica” de saquear al país.

Las hormonas suplen a la razón y las boletas son depositadas en las urnas electorales a favor del político más guapo o de la candidata de mayor belleza, sin importar sus antecedentes ni que no pocas veces la apariencia física sea inversamente proporcional a la inteligencia y los valores.

Evidentemente, se trata de un concepto de belleza muy al estilo mexicano, al grado, incluso, de que parece que la gente se siente inferior ante cualquier aspirante político transformado en muñeco de aparador.

Hoy los miramos soberbios, rodeados de escoltas feroces, enriquecidos inexplicablemente e incapaces de atender y solucionar las demandas de millones de mexicanos que coexisten en un territorio nacional desgarrado por corrupción, impunidad, desempleo, ilegalidad, miseria, crisis económica, violencia, inseguridad, burocracia e injusticias.

El síndrome del espejo se apoderó de la nación con el consentimiento de docenas de millones de mexicanos que víctimas de amnesia histórica y social, ahora sufren las consecuencias de sus decisiones erróneas.

Si antaño, en la vigésima centuria, fueron los generales y posteriormente los licenciados quienes saquearon al país, ahora, en el siglo XXI, son los maestros y doctores en Economía y otras especialidades los que continúan empeñados en aferrarse al poder y adueñarse de toda la riqueza nacional, claro, con sus honrosas excepciones.

Parece surrealista que un candidato político con imagen de actor de cine y televisión, que relate chistes o baile y cante durante las concentraciones masivas, obtenga el triunfo en las urnas electorales. Queda claro que si la nación mexicana fuera desarrollada y conciente, esa clase de políticos se irían al carretón de la basura.

Evidentemente, gobernar un municipio, un estado o un país exige algo más que rostro de actor o bufón de anuncio comercial de cerveza o desodorantes. Se necesitan honestidad, inteligencia, sensibilidad, compromiso, entrega, integridad, valores, experiencia y responsabilidad.

Una cara bonita, de acuerdo con el concepto mexicano, no es suficiente para gobernar, y la sociedad ya lo está comprobando al enfrentar las consecuencias de administraciones públicas con políticas totalmente erráticas.

La situación de México es riesgosa y preocupante. Ahora tal vez hay rostros “lindos” y “simpáticos” en la política nacional, con personajes como de telenovela estúpida de Televisa o TV Azteca; pero el país se encuentra sumido en las más descaradas y perversas corrupción e impunidad, entre crisis económicas, violencia, inseguridad, rezago educativo, desempleo, burocracia, represión aplastante del poder, pobreza lacerante e injusticias, no con tanto parecido a los dramas de televisión, sino a la realidad.

La historia habla

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La historia habla. Da lecciones a cada generación. Solamente aquellos que desconocen el método para descifrar e interpretar sus mensajes, resbalan una y otra vez y quedan presos en los errores del pasado. Son pueblos que, como el de México, no entienden que sus gobernantes, los que durante décadas los han controlado y manipulado, diseñaron y tejieron una historia falsa, casi con santos y demonios, en la que es más importante memorizar nombres, fechas, acuerdos y batallas que comprender el sentido de los hechos y la realidad nacional.

Existen ciertos personajes históricos en México que son intocables. Supuestamente representan un patriotismo grandioso y los ponen de ejemplo para millones de personas; sin embargo, bastaría con escudriñar sus vidas, sus acciones, para entender lo que en realidad fueron. Así, si a la clase política le conviene enseñar que cierto presidente repartió la tierra en beneficio de los campesinos, y no explica que fue para arraigar a las turbas y evitar que se sumaran a un nuevo movimiento armado, con los consecuentes daños a la productividad agropecuaria al cuadricular los terrenos y propiciar resentimientos y pleitos comunitarios, o si sólo destaca que el hombre, casi un ángel, arrancó el petróleo de manos extranjeras y no delata los abusos que cometió al favorecer a sus descendientes, no le importa distorsionar la historia porque finalmente le es primordial tener las condiciones propicias para continuar saqueando al país. Efectivamente, una nación sin historia ni civismo.

Si a ellos, los que integran la élite del poder, les interesa más resaltar la grandeza de los revolucionarios y colocarlos en el nivel de paladines, sin mencionar que en su mayoría, ya libertinos y resentidos, actuaron como bandoleros, saqueadores, borrachos y violadores, a cambio de hundir la figura de un presidente que se convirtió en dictador, con sus luces y sombras, al que paradójicamente emulan al favorecer políticas que dañan a millones de familias, en realidad no los importa el destino nacional porque están empeñados en abusar y enriquecerse desmedidamente.

Antes, las mayorías andaban descalzas, no sabían leer ni escribir, se condenaban en las tiendas de raya, coexistían entre enfermedades y miseria, con trabajos infames; ahora, en el tercer milenio de nuestra era, la gente compra automóviles, posee tarjetas de crédito, adquiere celulares y equipos de cómputo bastante caros y sofisticados, acude a los clubes y aparenta lo que no es, sin percibir que continúa en la misma situación de mediocridad que hace más de una centuria.

Con una moneda transformada en chatarra, que no vale nada y proyecta el basurero en que se ha convertido México, y que ya ni siquiera presenta las imágenes de los héroes nacionales ni ideales patrióticos, los habitantes de este país están atrapados en las consecuencias de no haber asimilado las lecciones históricas. Una y otra vez cometen los mismos errores, y las consecuencias son, precisamente, gobernantes corruptos, políticas demenciales y progreso nulo..

La historia habla. Nunca miente. Hoy, la sociedad mexicana tiene un gobierno con tendencias autoritarias, represor, corrupto, insensible a las necesidades mayoritarias, falso, derrochador e injusto, más proclive al espejo, a la ropa cara, a las reuniones con la nobleza europea, a coquetear y prostituirse con la comunidad internacional, que a reaccionar y trabajar por el desarrollo de innumerables personas que coexisten en la pobreza.

Y si esta clase política mexicana se ha empeñado en distorsionar y ocultar la verdadera historia del país, su ambición e ignorancia la conducen a perderse por olvidar u omitir las consecuencias del abuso de poder. Los gobernantes, funcionarios y políticos siguen empeñados en su ceguera, en su irresponsabilidad histórica y social, sin recordar, acaso, que los síntomas de descontento social no son solamente notas periodísticas que generalmente pueden callarse a cambio de dinero y prebendas, sino una realidad creciente que al final desencadenará un estallido con lamentables consecuencias para todos.

El pueblo mexicano, históricamente sometido al capricho y a los intereses perversos de quienes lo han gobernado, no solamente enfrenta las consecuencias de políticas y acciones erróneas, sino la obstinación de sus gobernantes en que todo marcha bien, a pesar del escenario internacional, junto con la creciente descomposición que ha intoxicado casi todas las instituciones, desde la familia, que es el núcleo de la sociedad, hasta las más altas esferas del poder.

La historia habla y se repite. Actualmente, el menú no ofrece grandes alternativas. Alguien se adueñó de la cocina, del horno, de la alacena. La mesa está servida con todos los platillos e ingredientes que irremediablemente conducirán al caos. El mandatario nacional critica a quienes hablan mal del ejercicio y los resultados de su gobierno, y hasta da ejemplo de inversiones, generación de empleos e inflación supuestamente controlada -claro, todo estampado en estadísticas-, cuando bastaría con que saliera a la calle sin escoltas ni acompañado de los señores y señoras encargados de transformar los escenarios en los que se realizan las giras presidenciales, donde todo está fabricado con la intención de ocultar la verdad lacerante de las mayorías, para que descubriera que no es lo mismo que su esposa e hijas viajen al extranjero a comprar vestidos carísimos y rodearse de superficialidades, que ser uno más de los incontables mexicanos que diariamente coexisten en una realidad desafortunada.

Mientras los mexicanos continúen indiferentes a las condiciones que ya atentan contra su integridad, sus familias, sus patrimonios y su nación, alimentarán de manera permanente a quienes se han apropiado del país con el objetivo de beneficiarse económicamente. Sin duda, a pesar del malestar social contra la corrupción e impunidad crecientes, las injusticias, la represión, la inseguridad, los abusos y la incompetencia gubernamental, entre otros síntomas de descomposición, la actual gestión presidencial quedará como un capítulo más dentro de la oscura historia, igual que yacen en el olvido las administraciones nefastas de Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo y Pacheco, Miguel de la Madrid y otros.

Cierto, los capítulos se repetirán y formarán parte de un grueso volumen de historia salpicada de infortunios para millones de mexicanos que tienen en su memoria -así se los inculcaron- las imágenes de héroes y traidores, buenos y malos, santos y demonios, como si se tratara de una religión. Aquí, en la realidad mexicana, la gente tiene mayor interés en oír la estridencia de los bufones de la televisión y mirar el teatro futbolero, las telenovelas, los chistes y morbosidades que abundan en las redes sociales, beber la copa, que escuchar los susurros de la historia que anticipan que algo anda demasiado mal en este país.

Corrupción e impunidad en México

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Si alguien, desnudo, observa cada día, frente al espejo, el tumor que crece desmesuradamente en su pecho y en vez de acudir con el médico especialista aplica cremas y ungüentos para sofocar la intensidad de los dolores, innegablemente estará presenciando su agonía y su funeral. La mayoría de la gente pensaría que se trata de una persona ignorante y masoquista que elige el sufrimiento y la muerte, y no la oportunidad de atenderse y quizá curar su padecimiento. Todos estarían de acuerdo en el desequilibrio mental y emocional del paciente.

Paradójicamente, lo mismo ocurre con la nación mexicana que a diario, en casi todos los ámbitos, enfrenta el cáncer de la corrupción e impunidad, palpable en actos desde el burócrata y policía que insinúan una “mordida”, hasta los funcionarios públicos y políticos que adquieren mansiones tan costosas que superan sus ingresos. La sociedad percibe la enfermedad de aspecto incurable y lejos de actuar para combatirla, la acentúa con su complacencia, pasividad y simulación.

Cotidianamente, los medios de comunicación y las redes sociales reportan actos de corrupción que se registran en el territorio nacional; pero la sociedad parece tan acostumbrada al estiércol en que se encuentra hundida, que reacciona insensiblemente y en ocasiones hasta con risa, acaso porque sabe que se trata de una criatura con incontables rostros y tentáculos que es capaz de aniquilar a quien intente denunciarla, menguarla o destruirla.

Reglamentos, leyes y toda clase de mecanismos oficiales parecen estar elaborados para complicar las cosas y favorecer a la burocracia improductiva que sólo piensa en almorzar y en sus quincenas y días de descanso, a los policías regordetes o mal encarados que muchas ocasiones son más temidos que los delincuentes, a los funcionarios y políticos que se enriquecen ante la miseria de millones de familias, a los líderes farsantes y traidores que manipulan a la gente adocenada, a los profesores que exigen alcohol o complacencias sexuales para aprobar a sus alumnos, a los ministerios públicos y jueces capaces de perjudicar personas inocentes, a los médicos que aplican cirugías innecesarias o prolongan los tratamientos de las enfermedades, a los abogados que defienden delincuentes e infractores o engañan a sus clientes, a los inspectores que se dedican a robar, al mesero que escupe la comida de su patrón y adultera las bebidas de los clientes, a las autoridades que aprueban licitaciones públicas a amigos que posteriormente les agradecen con regalos costosos como automóviles, joyas y residencias, a los periodistas que distorsionan la verdad a cambio de dádivas, al agente aduanal que permite el paso de armas y objetos prohibidos al país, al constructor que roba al ejidatario con el objetivo de pagarle migajas por los terrenos en los que construirá casas que lo harán millonario, al comerciante que pesa cantidades menores, al gasolinero que suministra litros falsos, a los empresarios que evaden impuestos, a las compañías telefónicas que abusan de los usuarios.

En el país son tan inconmensurables la corrupción e impunidad, acaso porque se practica desde el empleado más modesto hasta el político con mayor poder, que de acuerdo con el documento “¿Cómo vamos?”, elaborado y presentado por Observatorio Económico México durante el primer bimestre de 2015, representaron en 2014 el retroceso del valor del Producto Interno Bruto nacional equivalente a 22 mil millones de dólares.

Tal cantidad se habría incorporado a la economía mexicana si se hubiera reducido la percepción de la corrupción e impunidad; además, según el documento citado, ese renglón tan negativo representó 15 por ciento de la inversión pública correspondiente a 2014.

Adicionalmente, Observatorio Económico México indicó, en su momento, que un incremento de 10 por ciento en la percepción de corrupción en la República Mexicana, genera pérdidas de valor en pesos del Producto Interno Bruto nacional de dos por ciento, lo cual es preocupante.

Como bien sabe el lector, es imposible calcular en términos reales las cantidades millonarias que anualmente pagan los mexicanos por concepto de corrupción; pero la prueba la enfrenta cualquiera al transitar por una calle o avenida y toparse con un policía o en carretera con un patrullero, quienes buscarán en la tarjeta de circulación y en los documentos y registros vehiculares hasta las peccatas minutas para tratarlo como delincuente y extorsionarlo. Así, la corrupción se extiende como una serpiente de incontables cabezas hasta los más altos niveles de poder.

Es terrible imaginar los grados de corrupción que se presentan en los niveles de diputados y senadores, funcionarios públicos, alcaldes, gobernadores, secretarios y toda clase de políticos. En esta época, hasta la familia presidencial ha resultado envuelta en escándalos de esa naturaleza. Evidentemente, no es desconocido que la clase gobernante se ha dedicado a saquear al país desde hace décadas.

Tampoco es secreto que la corrupción inicia en los hogares, en las familias, cuando unos a otros se mienten, en el momento en que llega el cobrador y los padres piden al hijo que los niegue, al no devolver la cartera con identificación, al exigir a la profesora que apruebe al niño que no estudió para el examen, al regatearle al artesano o campesino empobrecido, al jugar con el tiempo de los demás.

La corrupción e impunidad siempre se han practicado en México, sólo que en la hora contemporánea el enfermo aparece ante el espejo totalmente deforme e irreconocible, con tumores, llagas y derrames putrefactos que nadie se atreve a curar. Todos observan al moribundo, pero la mayoría prefiere simular que no lo conoce, a pesar de que los riesgos de contagio sean reales y amenacen con transformarse en pandemia.

Y lo que falta

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Como las cremas y los maquillajes que se aplican en exceso para disimular las arrugas prematuras o los jeroglíficos cincelados por el tiempo, el photoshop se convirtió en el cosmético que ha pretendido suplir creatividad, ideas y propuestas por rostros joviales y sonrientes de candidatos políticos dedicados a atacar y descalificar a sus adversarios.

Al photoshop se añadieron banderas agitadas mecánicamente por jóvenes aburridos y sudados que se mezclan con limosneros, voceadores, “tragafuego”, limpiadores de parabrisas y vendedores ambulantes en los principales cruceros y avenidas de las ciudades; pero también canciones y corridos cuyas letras insisten en que los aspirantes políticos en referencia son los mejores y obtendrán el triunfo mayoritario en las urnas, a los que se unieron ocurrencias que parecen diseñadas, por lo absurdas y grotescas, por bufones de la radio y televisión, por comediantes que se especializan en entretener a las masas con estulticia. La diferencia es que las elecciones representan, se supone, un mecanismo democrático para que la población elija a sus gobernantes y legisladores; los chistes, las canciones sin contenido y las chocarrerías son para otro momento.

La mayoría de los candidatos políticos no convencen. Muchas de lo que denominan propuestas son, en realidad, listas que citan los problemas que aquejan a Michoacán y México. Sus respuestas a las demandas ciudadanas reflejan escasa creatividad y total desinterés en involucrarse en la solución de la problemática que hunde al estado y al país. Es más fácil declarar que se atenderán temas de empleo, salud, vivienda, inversiones, justicia y seguridad que presentar compromisos responsables y planteamientos inteligentes y viables.

No pocos de los candidatos semejan auténticos gladiadores en arenas donde la única regla que impera es la de los golpes. Entre más contundentes son sus agresiones, mejor para ellos. Los costos económicos y sociales no les interesan. Al adversario no se le pretende derrotar a través de propuestas convincentes, realistas y viables,, sino por medio de declaraciones mediáticas, amenazas, críticas y condena.

Tantos intereses millonarios deben existir en el ejercicio de la política y la función pública, que existen personajes que corrompen y engañan para obtener el voto, y otros que se atreven a acabar con sus competidores.

Al término de los debates, los candidatos suelen asegurar que ganaron y que ya cuentan con el apoyo mayoritario de la población; pero la comedia es tan pobre que el ciudadano que aún conserva dignidad y capacidad de análisis, se siente preocupado por la mejor elección.

Con autoridades electorales ambiguas y endebles, y dentro de un entorno de acoso e inseguridad, muchos candidatos prometen sueños, ofrecen emprender hazañas que no llevaron a cabo durante sus cargos públicos anteriores, critican a los aspirantes y partidos políticos adversarios sin reparar en el daño que la mayoría ha causado desde hace décadas en perjuicio de la entidad y el país.

Obviamente, son de entenderse los abusos, conductas y engaños de no pocos candidatos políticos si tomamos en cuenta el nivel de desarrollo de amplio porcentaje de electores, quienes tienen un pie en las comedias y telenovelas y otro en el futbol y el chismorreo de las redes sociales. Como que los gobernantes, autoridades y políticos mexicanos reflejan el nivel evolutivo de la sociedad. En otras naciones, los corruptos ya estarían en las cárceles y los mediocres desempleados.

Hace aproximadamente tres años, una joven exclamó ante nosotros, sus amigos, “y lo que falta por vivir”. Su expresión, digna de una persona joven e ilusionada, bien podría aplicarse a las campañas que se desarrollan en Michoacán y diferentes rincones de la República Mexicana porque parece que aún no presenciamos todos los números programados para la carpa política correspondiente a 2015. Estamos a la expectativa de lo que falta por venir.

Atiborrada de propaganda, información contrapuesta e imprecisa, contradicciones, descalificaciones y sospechas, la ciudadanía deberá emitir su voto el domingo 7 de junio de 2015 y alguien tendrá que asumir las diputaciones federales, pero también las alcaldías, gubernaturas y legislaturas locales en algunos estados como es el caso específico de Michoacán.

Resulta preocupante escuchar en un lugar y en otro a la gente que declara que no acudirá a las urnas o que ya en las casillas, tachará todas las opciones como muestra del descontento y rechazo hacia la clase política mexicana. Están en su derecho de hacerlo, pero hasta cierto grado cederán la oportunidad para que los candidatos que “acarreen” votantes o los obliguen o comprometan a sufragar a su favor, obtengan el triunfo electoral.

Esta ocasión, ante la falta de opciones convincentes entre la mayoría de los candidatos políticos que se disputan los votos en todo el país, los mexicanos tendrán que analizar bien los perfiles y elegir a quienes consideren más aptos y honestos. Evidentemente, la responsabilidad ciudadana no concluirá en las urnas porque en lo sucesivo habrá que vigilar la actuación de la clase política tan acostumbrada a manosear los recursos públicos y las oportunidades de enriquecimiento.

Si los aspirantes políticos no convencen y algunos, incluso, hasta son acusados de conductas graves, corresponderá a todos los sectores de la sociedad, una vez que resulten electos, exigirles resultados y evitar que despilfarren el dinero público y jueguen con las leyes y circunstancias a su favor, como si se tratara de su mejor partida en un tablero en el que sus patrimonios personales y familiares se multiplican contra la miseria y desgracia de millones de personas.