Y es que el arte, parece, es eso

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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…Y es que el arte es el lenguaje de Dios, su oficio, su esencia y su forma, la expresión magistral y sublime de su creación. Es un artista que crea. Es, parece, la primera flor que cultivó, alguna vez, en los jardines de un paraíso infinito. Siempre elige a algunos hombres y mujeres con la intención de que recorran el mundo y regalen flores transformadas en letras, poemas, matices, formas, notas, y, así, recordarles a las almas que forman parte de la más hermosa y magistral de sus obras… Creo, por lo mismo, que no solamente se trata de sembrar flores que decoren espacios fugazmente. Es importante enriquecer la tierra, removerla, depositar las semillas con amor y cuidado, proporcionar el agua y los nutrientes indispensables, multiplicar para bien, y, una vez que las plantas brotan y las flores expresan sus más exquisitos y ricos perfumes, texturas y colores, hay que acariciarlas, hablarles dulcemente, cuidarlas, escuchar sus rumores y sus sigilos, acaso por ser manifestación de Dios, quizá por tratarse de criaturas que sienten y sonríen, tal vez por los enigmas que trae la vida. El jardinero cuida las flores y hasta aporta sus habilidades para que tengan un sentido real. Lo mismo ocurre con el artista, quien no únicamente recibe la encomienda de escribir, pintar, esculpir o componer y ejecutar música o crear la obra más grandiosa; también comparte la responsabilidad de sumar a su estética, a las fórmulas de los sentimientos, la belleza y la razón, un mensaje, un código que, como el viento al agitar las flores, los dientes de león y el follaje, remueva conciencias, despierte a la arcilla empeñada en permanecer en mazmorras lóbregas e invite a participar en la luz, sí, en el bien y en la verdad, para así trascender y fundirse con el polvo estelar.

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¿Superiores?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

y Karla Paola Galicia Chávez

El ser humano es tan insignificante, fatuo e ignorante, que se siente eje de la creación, como si las demás especies animales y vegetales, junto con el agua, el oxígeno y las cosas del mundo, fueran inferiores y provinieran de otra fuente. ¿El hombre y la mujer superiores a otras expresiones de vida? Parece que existen ceguera espiritual e incapacidad mental. Si la humanidad se extinguiera sobre el planeta, la creación animal y vegetal coexistirían en el agua, la tierra y el aire, indiferentes a quienes presumen ser los únicos racionales e imagen y semejanza de Dios. Al contrario, si los animales y los vegetales desaparecieran de la faz del mundo, con el agua, el oxígeno y las cosas que les rodean, la gente no sobreviviría. Exterminen a todas las abejas y pronto serán testigos de la destrucción de la vida en la Tierra; acaben a la totalidad de seres humanos, y la naturaleza seguirá libre y plena. Uno de los problemas de la gente es su soberbia, falta de respeto e intolerancia hacia las otras manifestaciones de vida. Todas las criaturas, desde la minúscula hasta la mayúscula, siguen una razón y un sentido. Avergüenza e insulta que otros hombres y mujeres, movidos por su ambición desmedida, destruyan la naturaleza y la conviertan en botín y en trofeo. Mientras las personas no aprendan a coexistir con todas las expresiones de la vida, seguirán atentando contra sí y estarán rotas, enfermas, mutiladas y ciegas, incapaces de evolucionar y descubrir la ruta y la senda de retorno a casa.

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Un artista solitario

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hace tiempo, conocí a un hombre bueno y sencillo, un artista solitario que pinta al óleo desde la sensibilidad de su alma, en la desolación y el silencio de su buhardilla. Plasma, en los lienzos, jardines de paraísos distantes, rostros sustraídos de algún sueño o de ciertos mundos paralelos, ambientes insospechados y paisajes encantadores, los matices de Dios, como si su encomienda fuera acercar los cielos y el infinito a la humanidad, a hombres y mujeres que andan en busca de la senda perdida. Mientras pinta, escucha música que lo envuelve y transporta, quizá, a fronteras inimaginables, a su ruta interior, a las profundidades insondables donde las fórmulas del arte y de la inmortalidad tienen parentesco. Es genial e irrepetible. Su obra pictórica cautiva, fascina, hechiza. Ha acumulado experiencia y conocimiento. Su plática es amena y siempre está dispuesto a dar un consejo, a relatar una historia, a enseñar algo bueno. Recientemente, coincidí con él, en alguna callejuela desierta de la ciudad. Lo saludé como un escritor y un pintor lo hacen tras mucho tiempo de ausencia -al fin artistas-, y, al notar sus ojos entristecidos y su semblante demacrado, callé con la idea de no perturbarlo; sin embargo, al ser tan observador y percibir el sentido real de mi silencio, confesó que sus obras, al inspirarse y crearlas, lo trasladan a destinos cercanos y recónditos, a la vez, y que su arte es un delirio, un estilo de vida, un ministerio, una locura, lo cual, admitió, lo hace intensamente feliz e integrarse a la arcilla, al mundo, y a la esencia, a la luz. Expresó que el arte es su vida. Con dolor y pesadumbre, dijo que había recibido los más bello de la vida y que, no obstante, dicho tesoro le parecía irrecuperable, totalmente inalcanzable, porque se trata, en realidad, de sus hijas, a las que tanto ama y por quienes sacrificaría hasta su vida, si así fuera necesario, las cuales. a pesar de los sentimientos tan intensos que les ha entregado, evitan hablar con él, lo rechazan y lo tratan mal. Sensible, derramó algunas lágrimas, llanto de un padre que ama y sufre por el desprecio de sus hijas, mientras los días de su existencia se consumen irremediablemente. Un día se habrá agotado el tiempo y será imposible rescatar la felicidad perdida. Se despidió. Sé que un ser humano con la sensibilidad de artista, con el don de crear obras que embelesan y tocan el alma, tiene capacidad de derramar un amor inigualable. Esta noche y las anteriores, desde aquel día, lo imagino en su taller, entre pinceles, lienzos, paletas de madera con residuos de matices y frascos y tubos con pinturas, entregado a su arte, a su pasión, envuelto en lágrimas y en música, inspirado, en su inacabable proceso de la creación, paralelamente, muriendo ante el desprecio y el sigilo de sus hijas, a quienes llamó tesoros. Asombroso, en verdad, que alguien que comparte las riquezas del alma y el infinito, a través de sus obras de arte, se encuentre tan solo. Es sorprendente que un artista de la pintura, un autor magistral que plasma de colores los lienzos y la vida, derrame tinta de melancolía en las horas de su existencia.

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Aquí estoy, dijo la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

-Aquí estoy, en ti y en ellos, en las espigas y en los helechos, en las tempestades y en las olas, en los granos de arena y en las piedras que esculpen los ríos y el viento- gritó la vida y añadió-: Si estoy presente aquí y allá, en un paraje y en otro, ¿por qué insistes en caminar y acampar donde el agua se ha estancado y refleja, en sus pútridas condiciones, miradas tristes, ausencia de sonrisas, abundancia de egoísmo y maldad, rostros enojados y manos que arrebatan? Hunde tus pies en el barro, abraza un árbol, sumérgete en las profundidades de tu ser, entre mis murmullos y silencios, hasta que formes parte del todo, con tu identidad, y sientas mi palpitar inagotable y percibas el aliento y las voces de la creación. Soy luz y sombra, aurora y ocaso, y tú tienes libertad, derecho y responsabilidad de elegir una de las dos sendas. En una, la más compleja, descubrirás, al final de la caminata, que abundan los tesoros infinitos, mientras la otra, la de apariencia sencilla, te invitará, al concluir la jornada, a colocarte grilletes en tus tobillos y permanecer atrapado, en constante asfixia y llanto, dentro de sus mazmorras tristes y lóbregas. No te detengas. Ningún abismo es capaz de someter y desafiar al caminante si éste, sensible e inteligente, enfrenta retos, destruye muros y construye puentes, ayuda y da la mano a otros, suma y multiplica el bien, vive y sueña, ama y entrega lo mejor de sí a los demás. La muerte terrena es natural. Alguna mañana o tarde, o cierta noche o madrugada, llega puntual y de frente, toca a la puerta y entra sin invitación. No le temas si tu biografía ha sido de bien. Sabe que me encantan las historias de la gente que, en el mundo, dedicó los años de su existencia al amor, la verdad, el bien, la justicia, la honestidad, los valores y el servicio a los demás. Aquí estaré, contigo, en espera de que algún día me relates tu historia, desde el cunero hasta antes de llegar al sepulcro, para así regalarte la entrada a mi casa palaciega o, al contrario, lamentar la crónica de tu viaje por el mundo, despedirte y cerrar la puerta ante tu partida.

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El deleite de una flor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Qué es una flor, si no un pedazo de amor, unas pinceladas del cielo y un suspiro de Dios? ¿Qué, si no un reflejo del paraíso? ¿Qué, si no las fragancias de los enamorados en el encanto de un tú y un yo que salva del naufragio y del final? ¿Qué es una flor, insisto, si no la sonrisa pura, la alegría y la ilusión del que la entrega y de quien la recibe?¿Qué, si no la bienvenida a una existencia y la despedida a otra? ¿Qué, si no la enseñanza de lo complejo y lo sencillo, lo superficial y lo profundo, lo pasajero y lo infinito? ¿Qué es una flor, si no la belleza y el encanto del alma, los sentimientos, la vida y el amor? ¿Qué, si no una de las obras artísticas de Dios? ¿Qué es, al poseer espinas y tener pétalos con exquisitas texturas perfumadas, si no el sí y el no de la creación y la vida?

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Y así formó a los artistas…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y otro día, tras crear a la humanidad, Dios notó cierta ausencia en su obra. Contempló toda su creación, en el mundo, y pensó en la conveniencia de acompañar a hombres y mujeres de alguien más. Miró, una y otra vez, el paisaje terrestre, con sus rimas, sus signos y su lenguaje, matizado, en cada detalle y rincón, con la policromía más bella y fina, envuelto en conciertos magistrales y decorado con líneas, formas y trazos irrepetibles. Asomó nuevamente. Todo parecía excelso. Reflexionó. Pensó que el mundo aparecía hermoso y resplandeciente en el universo, y que todo parecía supremo y perfecto; sin embargo, los seres humanos serían responsables de cuidarlo, mantener la armonía y el equilibrio, y proteger todas las expresiones de vida. Necesitaban, en sus biografías e historias, criaturas que lo emularan y regalaran la belleza suprema de su obra. Le resultaba preciso que tales seres se introdujeran por las hendiduras de la inmortalidad, en las profundidades y el silencio de su interior, con el objetivo de retornar con pedazos de cielo y plasmarlos en el arte, en las letras, en los colores, en las notas, en las formas. Y así formó a los artistas. A unos, encomendó relatar historias, escribir narraciones y poemas, entre fantasías y realidades, sueños y vivencias; a otros, asignó la labor de pintar los escenarios de colores que abundan en los paraísos; a unos más, solicitó captar los sonidos del infinito, los murmullos de la naturaleza, los rumores de sus almas, para obsequiar música; y a varios más, pidió dar formas a los materiales yertos, cual ejemplo de que la vida surge aquí y allá, a una hora y a otra, incesante. Los artistas serían, por excelencia, sus pequeños creadores. Desde entonces, el mundo se pobló de flores hermosas y fragantes en cada relato y poema, lienzo y mural, concierto y sonido, forma y trazo, cual fragmentos que los artistas genuinos traen de planos superiores. De lo infinito, crean pequeñas obras que engrandecen a la humanidad y dan sentido a la vida, al mundo y a sus cosas.

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Inspiración

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cada noche -no sé dónde-, espero a la luna con su sonrisa de columpio, para mecerme y escribir poemas e historias, letras y palabras que trazo con amor y pasión. Todas las noches, desde algún lugar secreto, miro la pinacoteca celeste y acudo puntual a mi cita con las estrellas, con los luceros que alumbran mi vida, mi historia, mis papeles. En las noches, cuando todos duermen profundamente, despierto y escucho, en la soledad, los rumores del silencio, y percibo, igualmente, el sigilo de cada murmullo, como si, transformados en filamentos etéreos, sus voces provinieran de las honduras de mi alma y de las arterias del cielo. Esta y las otras noches, he contemplado la geometría del universo, las siluetas del mundo y mi figura que deambula, aquí y allá, quizá en espera del amanecer. La noche me abraza y me enseña a no temerle, a entender sus signos y que es la otra parte del día, y que tiene, por lo mismo, su encanto y reserva sorpresas para nosotros, los caminantes, en cada estación. Me columpio en la luna sonriente y brinco a las estrellas, salto a otros mundos, recorro y exploro rutas sidéreas, hasta que descubro que me encuentro en mí, en océanos muy profundos, de donde extraigo las letras que escribo a una y otra hora. Cada noche, al entregarme al arte, recojo ideas, letras, palabras, que anoto en en mi libreta de apuntes, en cualquier sitio, con la intención de regalar poemas e historias. Todas las noches, escapo un rato del mundo, paso por rendijas estrechas y secretas, y me introduzco a grutas que resguardan fórmulas y tesoros que uno toma y plasma, ya de regreso, en hojas de papel, en espacios que parecen vacíos y que uno, como artista, llena y cubre de vida, en un acto de emulación a quien un día, a cierta hora -si acaso existe el tiempo-, dio lenguaje y significado a todas las expresiones que concibió, esculpió y pintó. Cada noche, llevo conmigo mi mochila de explorador, donde guardo los pedazos de inspiración que recolecto durante mi caminata.

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El arte… el arte abre las otras puertas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El bolígrafo que desliza suavemente sobre las hojas de papel, es el pincel que traza y pinta colores y formas en el lienzo, el arco que acaricia las cuerdas del violín, el martillo y el cincel que esculpen la piedra yerta. En cada movimiento percibo rasgos similares, algo que es tan propio de los artistas y sus obras. Existe, parece, una correspondencia sutil en el arte, como si cada expresión -las letras, la pintura, la música y otras- perteneciera al mismo linaje, a una casa solariega, a una hermandad luminosa e infinita que emula los amores y las pasiones de Dios. Entiendo que el arte no es del mundo, pero lo envuelve al provenir de cielos inmortales que están en uno y en todo. Es para los humanos, a quienes presenta, sintetiza y asimila la creación, la vida, las ilusiones, los sueños y las realidades. Son burbujas que exploran y regalan lo que los sentidos materiales no captan. Enseñan a la humanidad lo que a veces, por sus distracciones, no mira ni escucha. Al dibujar letras y palabras con el lápiz o el bolígrafo, o al oprimir teclas para registrarlas en una pantalla, en un aparato, el escritor es el pintor que crea algún cuadro y el músico que cubre el ambiente con los rumores y silencios de un paraíso mágico. El arte es un mundo infinito, rico e inacabable. Creo que al formar el mundo, Dios hizo incontables paréntesis y dejó espacios, trozos ausentes de sonidos y matices, listas con faltantes, para que sus discípulos, los artistas, los completemos con los materiales que cargamos desde tierras lejanas y tiempos distantes. Dejó palabras incompletas, paisajes a medios tonos, silencios y piedras informes con el objetivo de que los escritores y poetas, inspirados, regalemos las historias y los versos más cautivantes, los pintores obsequien colores, los músicos repartan conciertos supremos y los escultores ofrezcan formas cautivantes. Nadie debe apagar las voces de los escritores y poetas, borrar la policromía y los trazos de los pintores, callar el lenguaje de los instrumentos musicales y destruir las formas cinceladas y fundidas, porque equivaldría, en consecuencia, a derrumbar la entrada a otros recintos, a profundidades hasta ahora insondables, donde se encuentran vetas, tesoros grandiosos, secretos y la fórmula de la inmortalidad. Hay quienes denigran, escupen y encadenan al arte porque saben que tiene alas y luz, y transporta, por lo mismo, a la libertad, a la plenitud. Otros, en tanto, con capacidad y talento de artistas, se transforman y solo aparecen cuando hay butacas ocupadas, reflectores y cámaras, como si las obras fueran mercancía fabricada en serie. El arte es superior porque viene del alma, del ser, y emula el poder de la creación, retrata el sí y el no de la vida, explica lo que casi nadie entendería de otra manera, y acerca, definitivamente, a paraísos, mundos e infiernos, como para que todos conozcan cada sitio y elijan la esencia y las flores o los cardos. El arte es clave, signo, llave. Abre las puertas del alma, del cielo, del mundo.

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Fragmento de cielo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Seguí el lenguaje de tu pulso, las huellas de tus sandalias, el aroma de tu piel, la ruta de tu ser y los rumores de tu silencio, hasta que descubrí los destellos del cielo

En tus manos, cuando tocan las mías y me acarician, siento la textura de las flores del paraíso y la suavidad de los pétalos al deslizar las gotas del rocío. Imagino la dulzura de una mañana de primavera y presiento el sabor del cielo con cada beso que me entregas. Grabo nuestra imagen al fundirme en tu mirada, en la profundidad de tus ojos, seguramente porque me regala los colores de la paleta de Dios. Noto, cuando hablas o susurras a mis oídos, que el viento sopla y me transmite los rumores de la vida, del océano, de nuestras almas, de la lluvia y de la creación. Admiro, al ser tú y yo, el esplendor de un amanecer en la playa, la magia de una llovizna de verano, el prodigio de un bosque alfombrado de hojarasca y el encanto de un manto de copos. Te abrazo en silencio, prolongadamente, hasta navegar en la profundidad de nuestras almas que reconocen la luz y la ruta a un plano que se percibe eterno. Encuentro en cada detalle tuyo, en tus guiños, en tu mirada, en tus palabras, en tus ósculos, un rincón de la inmortalidad, un trozo de Dios. Oigo los tañidos de un mundo distante y cercano a la vez, los murmullos de tu silencio y el mío, la música de nuestras voces al hablar y al callar. Me sorprende tanto que en ti -en tu mirada, en tus detalles, en tus palabras, en tus besos, en tus caricias- palpite un tanto de cielo, un fragmento de mí, un trozo del encanto de una flor y un eco que me recuerda lo que amo y siento tan tuyo y mío.

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Inolvidable para ti

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Siempre entendí que se trataba de ella, la pequeña que presentí durante mi infancia dorada y sustraje de mis sueños, la niña consentida de Dios, la musa que inspira mis obras y que al amarla, al saberla real, provoca que la admire, que sienta asombro hasta de mi enamoramiento y que hoy viva la locura de un amor que me lleva a las estrellas, al polvo cósmico, a la luz eterna. Prometí amarla y ser inolvidable para ella. Si lo soy y un día, una tarde o una noche, ella o yo cruzamos el umbral, la frontera entre el mundo y la morada celeste, no dudo que en algún instante, si acaso existe el tiempo en el palacio de Dios, su alma y la mía se reconocerán de inmediato para unirse en un romance sin final…

Quiero ser inolvidable para ti, no por el perfil de mi rostro, sino por la brillantez de mis ojos cuando te miro, por la dulzura de mis palabras al hablarte, por la alegría de mi sonrisa al estar contigo, por el sabor de mis labios al besarte. Quiero ser inolvidable para ti, no por la ropa que porto ni por la loción que utilizo, sino por el aroma de mi piel, los abrazos de amor y consuelo que te doy y lo que mis manos hacen por ti cuando ríes o sufres. Quiero ser inolvidable para ti, por los caminos que recorremos, los puentes que cruzamos y los sitios que visitamos; pero también, no lo niego, por las huellas que dejamos, la ruta que trazamos, los capítulos que compartimos. Quiero ser inolvidable para ti, por las horas que robamos a las manecillas del reloj, por los días que hacemos nuestros y restamos a los almanaques, por los años en el mundo y las promesas de un amor más pleno en la eternidad. Quiero ser inolvidable para ti, no por las superficialidades que están de moda, sino por mi amor fiel, por esta locura que me provoca admirarte tanto y sentirte como un tú muy mío sin arrebatar tu identidad ni ensombrecer tu vuelo. Quiero ser inolvidable para ti, por mis poemas y detalles, por nuestros sueños y realidades, por las ilusiones que atrapamos en burbujas que solemos reventar, cuando jugamos, para tornarlas en vivencias. Quiero ser inolvidable para ti, por la oración de cada día, por el asombro de un amor extraordinario, por los actos cotidianos, por el sí y el no de la vida. Quiero ser inolvidable para ti, de tal manera que sientas emoción, alegría e ilusión cuando exprese suavemente en tu oído, mientras te entrego un poema y un bouquet de flores perfumadas y de dulce policromía: “me cautivas. Estoy enamorado de ti. No espero a alguien más porque mi alma te ha reconocido. Eres tú. Te amo fielmente”. Quiero ser inolvidable para ti, al grado de que sientas el cielo durante los días de tu existencia en este plano y las cosas del mundo, el universo y la creación se confabulen a nuestro favor, hasta abrir las compuertas de un cielo que inicia en nuestras almas y se proyecta al infinito cual ensueño interminable. Quiero ser inolvidable para ti, por la historia que protagonizamos y compartimos, por los sueños e ilusiones, por las vivencias, por nuestros juegos, por los momentos de silencio, por lo sencillo y complejo, por la risa y las lágrimas, por las luces y sombras, por el tesoro que prometimos entregar a Dios. Quiero ser inolvidable para ti, lo confieso, para que el día que retornemos a la morada de las almas, la tuya y la mía se reconozcan y permanezcan abrazadas y felices en el arrullo de la eternidad.

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