Las letras, en el arte

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Las letras, en el arte, son el bosque del que se desprenden hojas con mensajes inscritos desde algún rincón del paraíso. Las palabras que surgen de la inspiración, las traen los murmullos y los silencios de la creación. Las expresiones literarias, en las páginas de los libros, son, simplemente, la voz de Dios que relata guiones que aún no convierte en historias de personajes reales, notas y recados que encomienda a los artistas, a los escritores, cuando se ocupa en otros quehaceres. El arte de las letras, parece tener mucho de gotas de lluvia, envueltas en nubes grisáceas o en los colores de los arcoíris; pero también es el mar que se funde en el horizonte y besa el último crepúsculo para reflejar sus tonalidades amarillas, naranjas, rojizas y violetas. En el arte, las letras y las palabras que se escriben son, definitivamente, el tablero con los códigos del infinito, el bien y la sabiduría sin final, la vida que pulsa en cada expresión. Las páginas literarias enseñan, llevan a espacios recónditos, muestran la creación e invitan a experimentar incontables vidas en una sola existencia. La tarea de escribir es el destino y el privilegio del artista, quien permanece atento a las voces y a los sigilos del alma y del universo. El arte de escribir es para aquellos que saben comunicarse con la vida, consigo, con la creación palpitante, con la esencia inmortal.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Collar de diamantes y perlas

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Alguien me preguntó, hace poco, el motivo por el que diariamente, sin molestar, saludo con tanto amor y emoción a mis familiares más cercanos. Sonreí. Amablemente, respondí que los miembros de una familia son como las cuentas de un collar de diamantes y perlas, las cuales, por sí solas, poseen belleza y valor. Son genuinas e irrepetibles. Se les ama y se les protege como el más querido de los tesoros. Contrariamente a los argumentos de innumerables personas en el sentido de que a la familia no se le escoge, creo y pienso -y así lo siento- que desde antes de tener la dicha de nacer, Dios me dio oportunidad de elegir, para mi aventura terrena, las almas más bellas de la creación. ¿Cómo podría, entonces, despreciar y olvidar a los integrantes de mi familia cercana? Cada uno tiene su propia identidad, sus libertades y sus motivos, con un valor que trasciende fronteras, porque se trata, precisamente, de almas, de esencia infinita, de ellos y yo en una unidad con diferentes rostros. Para mí, es un honor, una bendición y un privilegio, saberlos almas gemelas e inseparables, compañeros amorosos de toda la eternidad y sustancia con algo de arcilla y mucho de esencia. Todos forman el collar más bello y sublime. ¿Cómo no amar y cuidar los diamantes y las perlas del collar que atesoro en mi alma?

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Qué bella es la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Qué bella es la vida, al despertar de los sueños y contemplar el amanecer, los colores y las luces que diluyen las sombras nocturnas, los fondos ennegrecidos de la noche cargada de luceros. Qué bella es la vida, al sentir las caricias del viento en el rostro, en las manos, con los perfumes que arrastra de rutas lejanas, con los rumores y los silencios que trae consigo. Qué bella es la vida, al llover y deslizar las gotas diáfanas sobre mi piel y sentir que existo, en realidades de arcilla y de esencia. Qué bella es la vida, al comprobar que a mi lado hay seres humanos a los que amo tanto y con los que comparto una historia, un destino, una encomienda, una temporalidad y un infinito. Qué bella es la vida, al saberme amado y al devolver tan sublime y maravilloso sentimiento. Qué hermosa es la vida cuando, al anochecer, admiro con embeleso las estrellas y los mundos distantes; pero también al escuchar las voces de las lechuzas, los grillos y las cigarras. Qué bella es la vida, al abrazar un árbol y sentirla que pulsa en el agua, en las cortezas, en los follajes, en los helechos, en las plantas, en las flores. Qué bella es la vida cuando uno tiene familia y la considera su tesoro, al contar con amigos y al saberse rodeado de incontables afectos. Qué bella es la vida al quedar uno cautivado con el oleaje del mar jade o turquesa, al observar los amaneceres y los atardeceres, cuando, en el horizonte, el océano y el cielo se abrazan y se besan, hasta reflejar matices de incomparable belleza, como acontece al sentirse en armonía la textura con la esencia. Qué bella es la vida cuando uno se reconcilia consigo, con los demás, con todo, y comienza a experimentarla con amor, libertad, sentimientos nobles, justicia, bien y verdad. Qué bella es la vida cuando, finalmente, uno descubre que no termina con la jornada terrena y que la inmortalidad la alcanzan quienes evolucionan. Qué bella es la vida al amar, al hacer el bien, al dejar huellas, al sonreír, al enseñar, al romper cadenas y al tirar fronteras. Qué bella es la vida, en verdad.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Y mientras unos se ocupan de la guerra, la vida regala colores, formas y sabores

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

La humanidad está rota. Mutila la naturaleza y trata de enmendar los guiones de la vida. A pesar de todo, la mirada del sol, desde el amanecer hasta antes del ocaso, alumbra las flores que regalan sus matices y sus perfumes a quienes se deleitan con sus formas y sus texturas. La gente se odia. Pelea y se mata cruelmente; pero la lluvia y los ríos apagan la sed, palpitan al ritmo de la creación infinita y limpian la escoria que queda sobre el planeta y que cubre los poros y asfixia la intimidad de la naturaleza. Tantas personas se aglomeran, consumen y no aportan ni compensan el bienestar que disfrutan, en contraste con la vida que abre sus puertas y ventanas a buenos y malos. Hombres y mujeres contaminan la tierra, la envenenan y la intoxican, y sigue obsequiando frutos con sabores deliciosos y nutrientes invaluables. El ser humano atentó, recientemente, contra sí mismo al incendiar una selva, asesinar innumerables animales y crear, en laboratorios, una enfermedad que dispersó estratégicamente, una y otra vez, en distintas regiones del mundo, con la idea de eliminar ancianos, enfermos y mucha gente, y ahora, aún sin reponerse, se encuentra inmerso en una guerra; no obstante, hay quienes escriben y leen poesía y novelas, pintan y admiran lienzos con paisajes bellos, interpretan y escuchan melodías verdaderamente magistrales, aman, hacen el bien, defienden la paz, practican virtudes, promueven la libertad y luchan por la dignidad, la justicia y la igualdad, en alianza con la vida incesante que palpita en todas las expresiones. La humanidad está en guerra, pero el mundo y la naturaleza siguen en armonía y en equilibrio con la vida, a pesar de tantas alteraciones y mutilaciones, con una sonrisa y un abrazo infinito a quienes decidan asomar y descubrir su reflejo en los espejos más bellos y sublimes.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

El árbol centenario

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Todos los días lo contemplo con embeleso, en las mañanas y en las tardes, desde la ventana de la oficina. Me transmite su energía, la paz de la naturaleza, su fragancia de oxígeno, la sombra que proyecta en determinadas horas, el amor que exhala en cada suspiro y sus deseos de vivir. Es el árbol, un pirul centenario, que luce su tronco rugoso, su corteza agrietada y oscura, sus hojas peculiares, el aroma de su resina y sus pequeños frutos rojizos que cuelgan en racimos. Cuando llueve o al filtrarse la mirada solar entre sus hojas y tocarlo el viento, en sus interminables caricias, sus hojas agachadas, cada una con múltiples laminillas verdes, regalan un espectáculo mágico. La gente que entra y sale se acostumbró, parece, a verlo cerca del paredón de una finca antigua; sin embargo, me cautiva y es, en secreto, refugio de mis alegrías y de mis tristezas, de mis consuelos y de mis desconsuelos, de mis ilusiones y de mis esperanzas. Entre sus rumores y sus silencios, el árbol escucha la voz de mi interior y me abraza como un padre, igual que una madre, con amor y consejo, prudente y sabio. Me habla. Entiendo su lenguaje. Ha vivido tantas décadas en el mismo lugar y sus raíces no se han apropiado de las piedras ni intentan buscar y atrapar tesoros ocultos. Por eso es que, quizá, crece pleno y libre, contento, apacible y hermoso. Cuando más desolación siento, recibe los abrazos y los besos del viento que me comparte con dulzura y encanto, a veces con un consejo, en ocasiones ausente de mensajes, para tranquilidad mía. Constantemente me recuerda que las cosas intangibles y materiales no solamente son para uno, sino para el bien que pueda derramarse a los demás, principalmente a quienes más lo necesitan. Y como vive en armonía y en equilibrio consigo, con los elementos que lo componen y con las plantas que le rodean, entiendo el valor que significa amar a la familia y a los seres que están cerca y lejos, y respetar, siempre, a todos, por insignificantes que parezcan. Nadie es superior ni inferior. Solo los estúpidos y los necios juzgan por las apariencias. El árbol es testigo del paso de hombres y mujeres sencillos y amables, pero también de personas altivas, hostiles y groseras, sin que los malos gestos, la presunción y las superficialidades perturben su paz. A todos comparte frescura, oxígeno y sombra. Sus raíces se internan en las profundidades de la tierra y obtienen los nutrientes indispensables para vivir con salud, mientras su tronco arrugado y oscuro, es vigoroso y sostiene con firmeza las ramas que se multiplican, como una enseñanza, tal vez, de que la unidad da fuerza. Lo he mirado, desde la ventana, durante las horas de tormenta, digno, resistente, majestuoso, sin caer ni darse por vencido, y eso me enseña mucho. Al admirar sus ramas con cortezas ranuradas y la espesura del verdor de sus hojas con laminillas que apenas permiten distinguir, desde el césped, la blancura de las nubes y el azul profundo del cielo, pienso que me encuentro en un pedazo de edén y siento la presencia de las almas que tanto amo, de la creación palpitante y de la Mente Infinita de bien y de luz, un Dios bondadoso que me aconseja, enseña y abraza con el amor más puro y sublime.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

¿Vivir?

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

¿Vivir? Caray, qué pregunta. Vivir consiste, parece, en detener la marcha cotidiana, voltear a los lados y sonreír a la gente que se encuentra cerca y lejos, aliviar el hambre de los miserables e impedir que alguien muera por enfermedad o tristeza. ¿Vivir? En eso estamos, aunque a veces olvidemos quiénes somos y cuáles son nuestras encomiendas. ¿Vivir? Lo hacemos desde el nacimiento, en el cunero, con el aprendizaje y los juegos de la infancia, con las ocurrencias y las inquietudes de la adolescencia, con las ilusiones de la juventud, con los asuntos de la madurez y con los pasos de la ancianidad, hasta un instante previo a la muerte, a la sepultura. ¿Vivir? Me consta que se vive al amar, al hacer el bien, al disfrutar cada instante con sus luces y con sus sombras. Se vive, según sé, cuando se invita a otros -a la familia, a los amigos, a las personas con las que trata uno y hasta a los desconocidos- a la convivencia, al respeto, al orden, a la evolución, y a gozar los pequeños detalles que cotidianamente se transforman en milagros, como despertar, conservar la salud, reír, estar cerca de los seres amados. ¿Vivir? Con frecuencia olvidamos vivir, aprovechar al máximo cada instante, deleitarnos con la travesía por el mundo y por la existencia, y curiosamente, dentro de esa amnesia y de tal descuido, solemos llorar al aproximarse el momento postrero, el final, la muerte. ¿Vivir? Nos encariñamos tanto con la vida humana, que olvidamos que es temporal y que hay otra, tras la finitud del cuerpo físico, que ofrece, al trascender, el encanto y el milagro de una existencia infinita. ¿Vivir? El agua, al brotar por las hendiduras del manantial, al salir de la intimidad de la tierra, no pierde el tiempo ni se distrae en asuntos baladíes, porque sabe que corre el riesgo de estancarse y podrirse; conoce su esencia y alivia la sed, moja la campiña que multiplica sus sabores, sus aromas y sus colores, y, finalmente, regresa a la fuente de la que surgió. ¿Vivir? Hoy tienes vida y te encuentras en el mundo. Abre la puerta, asoma por la ventana, brinca la cerca, hunde los pies en el barro, abraza un árbol y siente la pulsación infinita de la creación que permanece conectada a ti, agradece tanta bendición, atrae lo bello y lo positivo, ama, derrama bien. ¿Vivir? Qué pregunta.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Las llaves

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Conservo las llaves que pertenecieron a mi padre y a mi madre. Alguna vez, hace años, decidí guardarlas como se protege algo tan querido. Las llaves de mi padre, lo acompañaron cotidianamente, cómplices y fieles a su historia de hombre bueno y sabio, en sus ocupaciones y en sus descansos, en sus mañanas y en sus tardes, en sus compañías y en sus soledades, en sus alegrías y en sus tristezas, en sus realidades y en sus sueños, mientras envejecía silenciosamente y se acercaba a su minuto postrero, al lado nuestro, sus cinco hijos, y de mi madre que tanto lo amó, y también de sus libros, sus creaciones y sus inventos. También fueron las llaves de mi madre, sus compañeras irrenunciables que, calladas, conocieron sus andanzas de mujer dedicada a su marido y a sus hijos, a sus plantas y al canto, a la música y a la convivencia familiar, a su dulzura y a su gesto amable, a lo que parecía tan suyo, al mismo tiempo que se le iban los años. Las llaves de mi padre y de mi madre, no volvieron a abrir ni a cerrar las habituales cerraduras que les resultaban tan cercanas. Esas llaves fueron parte de dos vidas humanas, dos personas, un hombre y una mujer, que se enamoraron e hicieron de su amor una familia, un linaje, una epopeya. Abrían y cerraban el hogar, la casa, donde protagonizábamos y compartíamos una historia, innumerables motivos, muchas razones, un destino. Las llaves no solamente abrían y cerraban las puertas de un inmueble, de una casa establecida en cierto domicilio. Eran el medio que facilitaba el paso a lo que resguardaba la casa. No eran simples llaves. Representaban la entrada a la casa, al hogar, al recinto familiar, a las páginas de nuestra historia, a las cosas que formaban parte del mundo que diariamente construíamos. Y así transcurrieron los años, hasta que una madrugada y una mañana de un año y de otro, mi padre y mi madre transitaron a otro plano, y dejaron sus llaves, sus inseparables piezas metálicas que abrían las puertas de su pequeño mundo, del rincón que transformaron en cielo, de su hogar, de su paraíso, con todo lo que significó para ellos. Miro mis llaves. Al introducirlas en los cerrojos de las puertas, facilitan mi acceso a casa, a mi taller de artista, a lo que forma parte de mi existencia cotidiana, y no me doy cuenta, acaso por estar tan ocupado en lo que es tan mío, en mis delirios y en mis motivos, pero también, como mi padre y mi madre, consumo mis días y mis noches, mis tardes y mis madrugadas. Me pregunto si una mañana, una tarde, una noche o una madrugada, al pasar por la transición, alguien tomará mis llaves, las guardará y de improviso recordará que eran mi paso al mundo diminuto y privado que formé, a la casa que fue testigo de mi historia, de lo que tanto quise. y de la gente que siento en mi alma, en mi ser, en mi interior. Las llaves no únicamente significan la apertura a un sitio; se trata, parece, de la oportunidad de entrar y salir, una y otra vez, a la casa, al hogar, a la familia, a lo que es tan amado.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Algo tiene el arte

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Algo tiene el arte. Me recuerda, cuando lo escribo, los poemas y los textos de un paraíso que siento en mí y percibo aquí y allá, en el mundo y en el universo, en el barro y en la esencia. Leo sus razones y sus delirios en las hojas que se desprenden de los árboles al sentir las caricias del viento y en las gotas de lluvia que forman charcos y reflejan la profundidad azul del cielo. Algo tiene el arte. Sus formas y su policromía son, parece, trozos que flotan para que uno, al mirarlos, no olvide que existe lo tangible y lo etéreo. Algo tiene el arte. Al escucharlo, creo, y estoy seguro de que así es, que tiene mucho de la voz de Dios y del lenguaje de la creación. Algo tiene el arte. Cuando me inspiro y escribo, me transformo en flor y en helecho, en estrella y en oleaje, en tierra y en viento. Algo tiene el arte. Me recuerda a Dios cuando escribe sus guiones, al pintar y al decorar sus creaciones y sus formas, y al darles sonidos, pausas y silencios. Algo tiene el arte. Cuando escribo, sé que emulo, en pequeño, la inmensa tarea de la creación. Algo tiene el arte. Es la encomienda que traigo conmigo, mi razón, mi sentido, mi motivo. Algo tiene el arte. Enamora, cautiva, encanta. Eleva y lleva al bien, a la realización, a la plenitud, a la textura y a la fuente infinita. Algo tiene el arte. Es una forma de definir y expresar el mundo, el cielo y el infierno, la temporalidad y la eternidad, las cargas y las liviandades, los sueños y las realidades. Algo tiene el arte. Obsequia pedazos de vida. Algo tiene el arte. Abre las puertas de mi interior y descubro a los del ayer, a los del pretérito, a los de hoy, a los de mañana, en un palpitar con múltiples rostros que describo y vuelvo letras que dicen tanto y callan todo. Algo tiene el arte. Lo descubro en mí y no puedo renunciar a su linaje, a la encomienda de escribirlo, a la alegría de compartirlo. Algo tiene el arte.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Silencios

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Hay silencios en el amor y en el desamor, en las risas y en e llanto, en los negocios y en los asuntos cotidianos, en las profundidades y en las superficialidades, que dicen tanto, que alivian o lastiman, que liberan o atrapan. Exhiben u ocultan todo o nada. Lo que callan las palabras, el silencio lo expresa, lo delata, lo revela. Sí. El silencio es un lenguaje enigmático que no todos saben interpretar cuando musita. Es preciso saber escucharlo, entender sus sentidos y sus motivos, comprender sus significados. Callar significa, a veces, desamor, incomprensión, desinterés, y, en ocasiones, aceptación, tolerancia, resignación. No pronunciar palabras, es, quizá, síntoma de orgullo, soberbia, resentimiento, egoísmo, venganza, desprecio o miedo, o, probablemente, equivale a la prudencia, a la reflexión, al asombro, al espacio que se necesita dentro del bien y del mal. Ciertos silencios necesitan intermediarios, algún traductor, mientras otros, en cambio, son tan claros y directos o conducen a las soledades y a sigilos que parecen distantes. Unos silencios los provocan las ausencias, con sus dolores y sus misterios, y otros, en tanto, las presencias, con todo lo que son. Existen silencios buenos y malos, pacíficos y agresivos, consoladores y también confinados al desconsuelo. Tras un acto humano, amoroso o heroico, un acontecimiento o la narración de un episodio, surge una pausa, un sigilo, como también aparece después de un crimen, una muerte o una noticia terrible. El mal, el pavor, la tristeza, el odio y la cólera paralizan la voz, le arrebatan sus notas, las palabras que arden en el fuego o se congelan en el hielo yerto. Abundan silencios que asfixian, confunden o enredan. Los hay, igualmente, que consuelan y enseñan. El silencio es, adicionalmente, idioma y suspiro de Dios, de las estrellas, del universo, del alma, de la creación y del infinito, en su dualidad del bien y del mal, y cada uno, desde el peldaño de su evolución, vibra con lo que anhela para sí. En la naturaleza y en las estaciones se distinguen pausas y silencios. Estamos rodeados de silencios, nos encontramos inmersos en sigilos, unos que dan vida, otros que matan. El silencio rompe ataduras y celdas o encarcela y tortura. Me gusta el silencio interior, el de los místicos, el de los buscadores de la luz y la verdad, no el sigilo que es cómplice de fechorías y de lo baladí. Los silencios entre un movimiento y otro, en los conciertos, en las sinfonías, en las obras literarias, me emocionan y los siento en mí. Me agrada el silencio de los artistas legítimos y naturales, cuando se inspiran y crean, seguramente porque emulan a Dios. También me fascina el silencio de los que se aman en cualquiera de sus expresiones. La vida y la muerte poseen sus silencios. Los silencios callan y dicen tanto. Somos criaturas hechas con pedazos de silencios, fragmentos de sigilos, y trozos de lenguajes y susurros.

Deerechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Tanto de arte tiene la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

La vida tiene sus propios encantos, sus expresiones y sus motivos, y yo, desde la pequeñez de mi condición humana, intento agregarle mis letras y mis palabras, mi arte, con sus acentos, puntuaciones y signos, como el jardinero que, una mañana y otra, añade y cultiva flores -orquídeas, tulipanes y rosas- en el paraíso, simplemente por la afición y por el gusto de dejar algo de sí, sus huellas y sus recuerdos. La vida posee colores que se derrama a sí misma, y yo, desde mi taller humilde de artista, mezclo tonos y doy pinceladas con la idea de que el paisaje terreno cuente con algo de esencia y de humano. La vida dispersa sus lapsos de rumores y sus pautas de silencios, en un canto mágico e interminable, en una sinfonía con movimientos y pausas, y yo, con mis textos, le ofrezco mis notas. La vida tiene sus sentidos, sus formas y sus razones, y yo, jornalero del arte, introduzco mis manos de escritor para moldear la mezcla de la arcilla y la luz. La vida amanece y anochece, en una estación y en otra, con los pedazos de arte que le regala Dios o que, entre sus suspiros, trae de uno de los tantos paraísos que visita, y yo, artista, solo trato de impregnarle mis letras, mis matices, mis sonidos y mis formas. La vida tiene mucho de sublime, tanto de arte, que yo, un aprendiz, pienso, cuando la siento, que me dicta mucho de lo que escribo.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright