Nuestros detalles

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una sonrisa que se regala un día nebuloso y frío, al amanecer, es un pedazo que uno deja de sí a otro ser humano. Las manos que dan a quienes más lo necesitan, reparten trozos de uno. Las palabras que una tarde desolada o una noche de tempestad son pronunciadas con amor, sinceridad y atención, acompañadas de consejos o de los sigilos, al escuchar, representan ecos que uno, a su paso, entrega a los que sufren, a aquellos que necesitan un consuelo, a quienes les urgen consejos que los animen e impulsen a reencontrarse consigo, a atreverse a vivir. El trabajo productivo, en cualquiera de sus renglones, conserva el palpitar que uno impregna durante una hora y otra. Dar es la palabra mágica, es la llave que abre las puertas del alma y del infinito. Uno, al dar lo mejor de sí a los demás, se pule y va dispersando pedazos de sí, un día y muchos más, aquí y allá, con el prodigio asombroso de que nunca queda vacío; al contrario, la entrega auténtica y desinteresada, crea espacios que se llenan con una mirada de agradecimiento, una sonrisa devuelta, una bendición callada, una vida que se rescata de la mediocridad, la perdición, la enfermedad, el duelo o la muerte. En esa medida, uno se vuelve más hombre y mujer, menos reflector que se enciende artificialmente y se apaga y funde alguna vez. Dar de sí a otros es, parece, emular a Dios en su taller, a la naturaleza incesante, a la vida y a sus estaciones.

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La ruta que sigo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Retiro bloques de piedra y materiales de las fronteras y los muros que encuentro en el camino y los acomodo, pacientemente, con la idea de construir puentes que sorteen abismos profundos, desfiladeros de apariencia insalvable, y que acerquen a parajes bellos y cautivantes, donde los rostros sean orquídeas y helechos amigables y sonrientes. Trato de dejar huellas y señales cuando descubro rutas seguras, con la intención de que otros, los que vienen atrás, las sigan y transiten alegres y confiados, igual que hermanos. Me hace muy feliz convidar mis viandas a los pájaros y a las ardillas que esperan mi paso, a los niños que juegan y a los ancianos que relatan las mismas historias. Intento convencer a otros, a los que me siguen y a los que se quedan, que la dirección más esplendorosa es la que conduce a destinos de amor, bien, verdad, respeto, nobleza de sentimientos, ideales, dignidad, justicia, sueños, ilusiones, actos positivos, armonía, paz y libertad. Reconozco que la existencia plantea que cada ser humano -mujer y hombre- se pruebe y se mida en diferentes circunstancias, para así evolucionar o precipitarse; sin embargo, mi intención es, al paso de los días, construir albergues que enseñen a dar de sí, plantar árboles y sembrar plantas que expresen el milagro de la vida, alumbrar durante las noches más oscuras, regalar amor y sonrisas donde todo parece estéril, marcar el sentido de la felicidad, sepultar el mal y las tristezas que deforman y hieren mortalmente a la gente, volver a ser hermanos y parte de un todo que palpita sin tregua, más allá de distancias, tiempo y rasgos, y se siente en uno, en lo que está en el interior y se encuentra afuera, porque solamente de esa manera es posible abrir la puerta y regresar a la morada, donde fluye una corriente etérea que envuelve en una gasa infinita.

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Eso es importante

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Eso es importante. Nadie, en el mundo, debe sentirse en el abandono y la desolación. Hay que acompañar a los que más sufren, regalarles una sonrisa y otras más, alumbrar sus pasos, cumplirles una promesa, sustituir sus fantasmas y sombras por presencia real, ofrecerles un detalle inesperado en sus días y noches difíciles, escucharlos, darles una mano o dos para que se apoyen. Nadie debe permanecer sin un consejo ni en el desamparo. Es preciso incluir, en la vida, la idea del bien que se pueda hacer a los demás. Quien pinta colores y senderos en su existencia y en las de otros, principalmente en quienes mayores necesidades enfrentan, ya tiene ganada, para sí, la ruta de la inmortalidad. Desde el amanecer, durante las tardes y las noches, hasta las madrugadas, no cesan de brotar en el manantial, las burbujas, las gotas que se atraen entre sí, en una hermandad amorosa, para formar corrientes que alivian y dan vida, igual que los sentimientos, las palabras, los pensamientos y las acciones de los seres humanos, cuando son nobles. Y si uno incluye en su biografía, en su historia, la costumbre de dar lo mejor de sí, sonreír e incorporar en su proyecto de vida el bien que se pueda hacer a los demás, innegablemente se convertirá en uno de los seres más felices y plenos, al grado de que llevará consigo la luz de su esencia, los matices de un cielo excelso y la certeza de un destino interminable y bello. Eso es importante, en verdad, fusionarse y abrazar al fruto, al mar, al sol, a la lluvia, a la flor, a la cascada, al viento, a las estrellas y a los árboles, para cumplir felizmente la misión de dar mucho de sí a la vida incesante y un día, a cierta hora y edad, llegar puntual y de frente a la cita con destino, con la satisfacción de haber cumplido la encomienda.

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Unos y otros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay quienes arrebatan, destruyen y dejan a su paso trozos de sí, pedazos irreparables, desaliento y tristeza, dolor y sufrimiento, hasta convertirse en hombres y mujeres acaudalados y, paradójicamente, incompletos, desfigurados, rotos, desolados. Creyéndose dueños del navío, la brújula y el timón, una noche de tormenta, naufragan y llegan desgarrados a alguna orilla incierta. Existen otros, en cambio, que entregan lo mejor de sí y dispersan alegría, amor, bien, justicia, enseñanza, comprensión, libertad, apoyo, sentimientos, dignidad y ayuda a su alrededor, a los que más lo necesitan, y dejan trozos de sí que alumbran y dan esperanza, fe y luz. Se vuelven seres humanos completos, inolvidables y ricos, muy afortunados, tanto que no necesitan la opulencia atesorada egoístamente. Saben que el dinero, cuando se destina a causas nobles, fluye naturalmente, se multiplica y da vida. El hombre y la mujer de sentimientos nobles, reconocen que el dinero es igual al estiércol que, bien disperso en las tierras de cultivo, las abona y fertiliza, hasta producir frutos que multiplican sus colores, fragancias y sabores; al contrario, al acumularlo egoístamente, se pudre y su hediondez lastima, hiere, intoxica, mata. Aquellos que ambicionan los bienes de los demás y causan daño con el objetivo acumular placeres, riqueza material y poder, ya están muertos, son infelices y se disponen a llevar su carga pesada en carrozas fúnebres, entre laberintos, encrucijadas y caminos abruptos e interminables; los que dan de sí y derraman amor, bien, ayuda y lo mejor de la vida sin esperar recompensas a cambio, descubren, adelante, la existencia de puentes que salvan de caer a los abismos y conducen a portones y rutas insospechadas. Unos y otros, de acuerdo con su evolución, con el equilibrio entre la esencia y la arcilla o en medio de su ceguera, descontrol y locura, eligen la ruta, el destino, la vida o la muerte.

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Y tenían razón

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En sus disertaciones sobre el arte, mi padre me aconsejaba que a las letras les entregara lo mejor de mí, igual que un enamorado a su amada, y que todos los días las cultivara con amor, constancia, esmero y pasión, como quien cuida un viñedo con la ilusión de cosechar las uvas que ha de destinar a la producción del vino más preciado.

Las letras y las palabras, si te entregas a su arte y a su encanto, finalmente te devolverán obras cautivantes, hermosas y magistrales, aseguraba mi padre, quien decía que quienes dan de sí sin esperar una recompensa a cambio, un día, una tarde o una noche, a cierta hora, abren a la puerta y se encuentran de frente con el resultado de sus sentimientos, palabras, actos y pensamientos. Y tenía razón.

Mi madre, en su jardín inmenso y perfumado, siempre de intensa policromía, daba lecciones de vida a mis hermanos y a mí, y no olvido que constantemente planteaba que si uno desea obtener flores hermosas, plantas sanas, frutos deliciosos y árboles bellos y corpulentos, es preciso atenderlos, remover la tierra, abonarlos, podar las partes inservibles, regarlos y cortar los abrojos. Y tenía razón.

Explicaba que como seres vivos y parte esencial del mundo, la flora y la fauna devolvían con gratitud lo que recibían, y lo multiplicaban, hasta regalar a la mirada y a los sentidos trozos del paraíso. Su jardín, tan cuidado, reflejaba y sumaba lo que entregaba con tanto amor y dedicación. Era un pedazo de cielo. Así lo ganó mi madre. Y tenía razón.

En los minutos y las horas presentes de mi existencia, empiezo a comprender que mi padre y mi madre tenían razón y que, además, existe un principio inquebrantable que es lección y clave de vida, y que consiste en el hecho de que quien da de sí, abre los baúles y las puertas de la abundancia.

Parece que existe una relación cósmica entre dar y recibir. Aquel que da lo mejor de sí -una mirada de amor, una mano que apoya, una palabra de aliento, unos minutos de atención, un acto humanitario, un abrigo, medicina, alimento, consejos-, abre portales y, sin esperarlo, recibe el bien en abundancia.

El que arrebata y todo lo desea para sí -dinero, viajes, residencias, automóviles, yates, objetos y placeres-, gradualmente coloca barrotes y candados y hace de los caminos, pasillos estrechos y lóbregos que, finalmente, lo aplastan y destruyen.

Aquel que da desinteresadamente sin esperar reconocimientos públicos, aplausos y reflectores, retribuciones y humillaciones de los más débiles, tal vez no sospecha que tras sus actos nobles, llegan canastas con los regalos más hermosos y preciados.

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Correspondencia con la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mientras caminaba, hoy en la mañana, por el boulevard, entre pinos, eucaliptos y otras especies de árboles, admiraba las formas de la naturaleza y disfrutaba, agradecido y con emoción, el aire suave con aroma a tierra, hojas y flores húmedas, y reflexioné, entonces, sobre lo magistral de la vida, que es resultado de las sumas y multiplicaciones de detalles, hasta regalar lo mejor de sí a quienes asoman a su esencia, a sus formas, a su palpitar. Noté que entre más da la vida, la naturaleza responde con mayor abundancia de colores, fragancias, sabores y formas, y todos los seres, incluidos los humanos -buenos y malos, acaudalados y pobres, académicos y analfabetos, célebres y anónimos, triunfadores y fracasados, sanos y enfermos- coexisten en un mundo que podría ser mágico si nosotros, hombres y mujeres, fuéramos una correspondencia de esa energía que proviene de una fuente infinita. Es por lo anterior que pensé en insistir en que el amor y las cosas no solo son para uno, sino para el bien que se pueda hacer a los demás, principalmente a aquellos que más lo necesitan por sus condiciones de hambre, ignorancia enfermedad y pobreza. En la medida que multipliquemos el bien e incineremos el mal y lo sepultemos en una fosa sin epitafio para que nadie le rinda culto, reaparecerán las sonrisas, las palabras de aliento, las manos que dan, la amabilidad, los sentimientos nobles, y el mundo, con la brevedad de nuestro paso, simplemente se transformará en pedazo y reflejo de un paraíso encantador y mágico.

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Asomé al espejo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una noche asomé al espejo y no definí mi imagen. Estaba muerto. Sorprendido, me pregunté qué había hecho de mi vida. ¿Dónde estaban los días de mi existencia? ¿En qué parte quedaron mis correrías infantiles y juveniles? ¿Dónde los años que me prometieron formarían parte de mi jornada terrena? Al no verme, entendí que todo, en el mundo, se sucede con celeridad y es temporal. Transitamos de una estación a otra y definitivamente, cuando menos lo esperamos, llegamos a un destino y debemos abandonar el furgón y renunciar al viaje. Desolado, busqué los rostros familiares, mi nombre con sus apellidos, las cosas que hice, mi casa y hasta mis cuentas bancarias y mis documentos personales; sin embargo, nadie me recordaba ni había indicios de mi tránsito por el plano material. Ni siquiera encontré mi tumba. Cabizbajo, me senté en una banca de hierro, en un parque, donde escuché los murmullos infantiles y contemplé la convivencia familiar, el gusto de los enamorados y el color de las flores. Al agacharme, descubrí en la tierra un pequeño charco, demasiado insignificante para la gente que paseaba, de tal manera que reflejaba la inmensidad del cielo azul. Reflexioné, entonces, en cómo algo tan minúsculo tenía capacidad de proyectar la belleza y la grandiosidad celeste. Miré a la gente, unos leyendo el periódico, algunos abrazados, otros en los juegos mecánicos, en las bancas o caminando, y todos consumiendo los minutos de sus existencias. Casi nadie contabiliza los momentos de la vida porque pasan imperceptibles; no obstante, comprendí que amplio porcentaje de hombres y mujeres desperdician los años de sus existencias en apetitos pasajeros, banalidades, estulticia, modas y superficialidades, generalmente con mayor interés en el calzado que en el sendero y en las huellas, más proclives al destello de un automóvil que a una caminata inolvidable. Les interesa mucho el yate y suelen desdeñar el bote de remos que quizá les entregaría una aventura inolvidable. Es que ahora, ausente de cuerpo, sé que la vida se compone de momentos y que cada instante debe experimentarse en armonía y equilibrio, con total plenitud. La familia, el ser que uno elige como un gran amor y las verdaderas amistades, son un tesoro invaluable. La gente merece respeto. Felices aquellos que no juzgan ni hieren a los demás. Dichosos quienes más que exhibir manos con el brillo del oro y los diamantes, poseen huellas de sus actos nobles. El amor, la honestidad, la nobleza de sentimientos, el bien y la verdad provocan que las almas resplandezcan. Los rostros engreídos, la ambición desmedida, las manos que arrebatan, no pertenecen a los seres humanos más dichosos. Hay que reír sin mofarse de los demás. Muchas veces, en lo sencillo están lo bello y la riqueza. El cielo se alcanza no con la opulencia material ni con una colección de apetitos carnales; se conquista con sentimientos, ideas, actos y palabras positivos. Si tuviera oportunidad de retornar a la vida e iniciar mis años primaverales, correría hacia mis padres y los abrazaría con amor; lo mismo haría con mis hermanos. Lejos de atesorar mis juguetes, los compartiría. Cumpliría con el estudio, las tares y los exámenes, en la escuela; pero no me sentiría tan tenso porque después de todo se trata de un ciclo y las verdaderas pruebas de la vida no son a través de altas calificaciones, sino de la capacidad de respuesta que se tenga ante cada situación. No me aterrarían esos profesores endiosados y denunciaría a los malos compañeros, a los que suelen abusar de los débiles y pequeños. Ayudaría en las labores de casa, pero también jugaría y me divertiría intensamente. Desde los primeros años tendría conciencia de la brevedad de la existencia y trataría, por lo mismo, de enojarme menos, amar más, reír mucho, dar de mí a los demás y trazar rutas con mi ejemplo y mis huellas. No perdería los años en la obsesión miserable de acumular una fortuna, pero viviría dignamente. No fijaría mis metas y resultados en los rostros adustos y las actitudes burdas, sino en mí, en mi capacidad de respuesta y evolución. Me enamoraría fielmente y cultivaría un amor auténtico y dulce. Fabricaría sueños que envolvería en burbujas de cristal para posteriormente reventarlas con alegría e ilusión y hacerlas realidad. No desperdiciaría el tiempo en amargura, odio, envidia y resentimiento. No encadenaría mi vida al miedo y la tristeza. Sería cariñoso y sensible. Derrumbaría muros y aniquilaría la discordia, el coraje, la soberbia y el desprecio a los demás por sus creencias religiosas, su raza y sus ideologías. A uno, a otro y a muchos seres humanos más les estrecharía las manos para formar un gran círculo y sentirnos hermanos. Sería un niño feliz, un adolescente alegre, un joven pleno, un hombre maduro íntegro y un anciano dichoso, bueno y sabio. Haría feliz a la gente que me rodeara. Me convertiría en el hijo, el hermano, el padre y el abuelo ejemplar e inolvidable. Tendría amigos y no enemigos. Evitaría vivir endeudado. Recordaría que el amor, las cosas y la fortuna no solamente son para uno y los seres amados, sino para el bien que se pueda hacer a los demás. Construiría puentes y escalinatas, derrumbaría fronteras y murallas, buscaría los rumores del silencio y también me uniría a los susurros de la vida. Aprendería desde el amanecer de mis días que la vida merece experimentarse con nobleza, armonía, equilibrio y plenitud. No tendría ansiedades ni temores. Protagonizaría la historia humana más noble, intensa, sublime, bella e inolvidable; sin embargo, una noche asomé al espejo y no descubrí mi imagen porque ya era tarde y estaba muerto. Antes de desvanecerme, grite: “¡La estancia en el mundo es breve! ¡Vivan!”

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Momentos de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los días del ayer, se consumieron entre un minuto y otro; ahora son experiencia, capítulos que se desvanecen conforme anida el olvido en sus esquinas y ranuras, vestigio de tu existencia, y sólo quedan como evocación de recuerdos y suspiros que, luminosos o sombríos, forman parte de tu historia. Si no te sientes seguro de la permanencia o sucesión del momento presente o del que se aproxima, mayor es la incertidumbre ante la noche que viene o la mañana que se anunciará por tu ventanal porque desconoces, en verdad, si hoy, al oscurecer, admirarás la belleza de las estrellas que cuelgan y titilan en la galería del universo o si despertarás al amanecer con la alegría y sonrisa de quien percibe los colores, las fragancias y los rumores de la vida. El momento presente es tan fugaz, que apenas te percatas que con cada segundo ganas la oportunidad de andar por rutas que conducen a la cima o la pierdes al preferir caminos inciertos. Tú decides. No esperes iluso cortar las flores cuando apenas miras la belleza e ingenuidad de sus botones. La vida inicia cada instante. El roble fue semilla y arbusto antes de desarrollar y alcanzar su esplendor. Ese quercus robur tenía almacenado en su memoria el conocimiento de sus características y grandeza, y nunca ignoró, por lo mismo, que quizá enfrentaría noches heladas, tardes de tempestad, mañanas níveas, días calurosos, plagas, incendios, sequías o tala. Ningún miedo obstaculizó su crecimiento. Creció con la sencillez de quien se sabe grande y elegido para una misión; por eso, cada instante fue significativo. No te atores en tristes naufragios ni te hundas en el agua estancada porque al no correr, al abandonarse en lo más oscuro de un recodo, pierde su cutis diáfano y ya no refleja, como antaño, las nubes rizadas que transitan felices y pasajeras cual preámbulo de la profundidad de un cielo azul. Tampoco caigas en la estulticia de la moda de la hora contemporánea que dicta ambicionar sin medida, arrebatar, disfrutar sin responsabilidad el momento, coleccionar placeres insulsos sin tener el privilegio de amar, negarse la dicha de dar, bajo el argumento de que la vida es breve y hay que aprovecharla. Eso es estúpido. Observa a quienes optan por tal estilo. De no ser sus conquistas materiales, sus fortunas y su poder, ¿descubres signos de grandeza en ellos? Tras sus risas escandalosas, sus pasiones desenfrenadas y su andar sin itinerario, ¿demuestran su alegría y son felices? La vida se experimenta cada instante en armonía consigo y con los demás, con el universo y la creación; también se practica con equilibrio y plenamente. Sé feliz. No dañes. No importa si en el camino quedó tu riqueza bajo toneladas de escombros si a cambio salvaste una vida humana. Qué valen los juicios ajenos, la condena social, si amaste con fidelidad, si hiciste de tu casa un hogar, si caminaste hacia la morada, si te regalaste el privilegio de disfrutar cada minuto y si en vez de desperdiciar la brevedad de tu tiempo en hablar de los demás, en dañar, arrebatar y engañar, lo consumiste en tu obra existencial. Mira atrás y revisa tus huellas, tu historial. Escudriña cada día de tu vida. Ahora analiza tu presente. No te engañes. Haz a un lado la ropa elegante que portas, los automóviles que luces y deslumbran la debilidad de tu ser, la mansión donde vives y hasta los viajes, títulos, placeres, poder y cosas que maquillan tu aspecto y visten tu desnudez. Sí. Momentáneamente quita de ti toda decoración artificial. Si te enseñaron a ser muñeca de aparador o maniquí de boutique y quedaste atrapado en las redes de las apariencias, mírate al espejo y pregúntate en cuántos años aparecerán los jeroglíficos del tiempo en la lozanía de tu rostro. Ubícate en tu realidad. Todos los seres humanos tenemos derecho a ser felices, poseer riqueza, gozar la vida y desenvolvernos en el papel que hemos elegido; sin embargo, nunca pierdas el rumbo a destinos firmes. Recuerda que si bien es cierto la apariencia, la fortuna y los placeres de la vida forman parte de la condición humana en el mundo, cuando se vuelven obsesión y prioridad, y pierden su sentido, parecen inversamente proporcionales a la inteligencia y los valores. ¿Cuál es tu misión en la vida? ¿Vestir la ropa más cara y elegante para mirar a hurtadillas tu perfil y provocar que otros te envidien? ¿Conducir el auto más fino? ¿Ejercer poder y acumular riqueza en exceso mientras a tu alrededor millones padecen hambre, injusticias y enfermedades? Claro, es válido y hermoso lucir la figura física, situarse en condiciones económicas que proporcionen comodidad; sin embargo, encuentro mayores tesoros y alegría en aquellos que ríen ante cualquier condición de la vida, que renuncian a su calzado para que otros caminen, que comparten su bocado a quienes desconocen el condimento de una mesa completa. Muchos esperan la proximidad de la etapa existencial que soñaron e imaginaron, la realización de algún acontecimiento, y creen que entonces serán dichosos; sin embargo, la mayoría se queda con sus fantasías, no luchan o al contrario, destacan en lo que se propusieron, y finalmente no son tan felices y plenos como lo deseaban porque desconocen que la vida es dual y tiene un sí y un no, luces y sombras, y que la verdadera maestría se demuestra al pasar cada día ante las pruebas buenas y malas. No esperes, para ser dichoso, que el destino se apiade y toque a la puerta de tu existencia con la intención de ofrecerte una historia de ensueño, prodigiosa e inolvidable. Vive a partir de este momento. Sé feliz en el yate lujoso o en la lancha modesta, y navega hasta conseguir lo que deseas. Los días dulces y amargos te pertenecen porque los desees o no, los esperes o los rechaces, los vives; trata de protagonizar tu historia y elegir las rutas más luminosas y sublimes. No esperes el momento futuro para ser feliz porque pudiera ser el instante postrero de tu existencia. Aprovecha los días que te quedan. Realízate como ser humano, construye tu historia y conquista tus sueños espirituales, físicos, intelectuales o materiales; pero empieza ahora, inicia a partir de este segundo que pasa, con sus luces y sombras, y no olvides obsequiarte la oportunidad de amar, reír, hacer el bien, cultivar valores y transformarte en una obra maestra.

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El encanto de las manos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En el arte, aliadas de la inteligencia y la sensibilidad del ser, las manos  interpretan el lenguaje de la vida, las voces del universo, los rumores de la creación, hasta transformarlos en poema, concierto, pintura. Son creativas y deslizan el bolígrafo sobre las hojas de papel, igual que lo hacen al acariciar las cuerdas con el arco del violín, al esculpir y dar forma a la piedra yerta o al mezclar colores y formas en el lienzo. Parecen mágicas y emulan a Dios en su proceso creativo cuando trabajan para el arte. En el amor, acarician y convierten la existencia en belleza y detalles, en trozos de una historia sublime e irrepetible, en sueños y realidades, en mundo y cielo. Me encantan aquellas manos que lejos de acumular, dañar y arrebatar, se vuelven punto de apoyo, entregan el bien y producen para sí y la humanidad. No me agradan, en cambio, las que permanecen atadas a instintos bajos ni las que lastiman, ni tampoco las que lucen artificialmente y se sienten inseguras sin alhajas y decoración. Me fascinan las manos que retornan después de una jornada de estudio y trabajo, las que se desgarran al sostener a quienes resbalan, al retirar la hierba y las piedras del camino, al dar felicidad a los que más sufren. Las manos carentes de inteligencia, amor, sentimientos y virtudes son monstruosas, capaces de destruir y cometer las más horrendas perversidades. Hay manos que curan, enseñan, apoyan y entregan; otras, al contrario, oprimen y lastiman, son crueles e ingratas. En las manos, uno descifra si un hombre o una mujer son cuidadosos, sus edades, sus costumbres y hasta la trayectoria de sus existencias. En las manos descubro al artista, al generoso, al estudioso, al que trabaja y produce, al que ama, al místico, al que aporta, al que vive en armonía y equilibrio, y también al que destruye, al que quita, al que traiciona, al ocioso, al que odia, al que causa mal. Insisto, las manos tienen un encanto, una señal, una misión que engrandece o destruye a los seres humanos. Son la historia y el mapa que cada persona talla para su evolución o su caída.

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El cerrojo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno no necesita la llave del cerrojo. No importa llegar con la ropa desgarrada, el rostro sudado y las manos ensangrentadas si al final lo único que queda en uno es el brillo de la mirada y la luz que surge del interior. Carece de sentido acortar la ruta, atravesar el pie y llegar primero con una fortuna acumulada si atrás, en el camino, pisoteó uno el semblante desesperado que ansiaba alguna palabra de aliento, los labios secos que anhelaban aliviar la sed, la infancia a la que se negaron los juegos e ilusiones, la juventud a la que se tendió la trampa del desencanto y la frustración, la vejez a la que se mostró la espalda del desprecio y la indiferencia. Tiene más valor retirar la hiedra y la piedra que obstruyen el paso, dejar huellas indelebles, ayudar a alguien a alcanzar el vuelo libre y pleno, cultivar el paisaje, convertir las gotas de lluvia en estilo de vida y transformar las estrellas y las flores en detalles, que arrebatar el fruto y arrojar las cáscaras en el sendero o presumir el brillo de las cosas y superficialidades atesoradas. No importa, en verdad, arrastrarse con las llagas de la entrega ni las heridas de la batalla, si a cambio uno modificó un rostro triste por uno alegre, si del quebranto de alguien se hizo la oportunidad de una esperanza, si se arrancó el espectro del dolor, la melancolía, el resentimiento, la desdicha y el odio. Uno pierde miedo a la muerte, a la idea de la finitud, cuando mira atrás e identifica en el paisaje de la existencia incontables semblantes risueños, felices e iusionados que a la partida colocan las manos en sus corazones cual señal de que alguna vez, cuando más abandonados y tristes se sintieron, alguien los miró y abrazó sin importar las espinas. No importa, en el minuto postrero, tocar a la puerta de la morada con la vestimenta despedazada y la piel rasguñada y maltrecha porque la ausencia de atuendos y alhajas facilitará el paso de la luz interna que abrirá el cerrojo.