En cada gota de lluvia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Sólo para ti

En cada gota de lluvia quiero depositar un sentimiento especial, un deseo, una promesa de amor, un detalle, para que así, cuando el aguacero empape tu cabello y tu rostro, sientas mi presencia y descubras el mundo bello y mágico que te ofrezco y pretendo conquistar para ti. Cada gota, al deslizar en tu piel, significará, no lo olvides, un regalo, una caricia, un beso tierno, el encuentro de nuestras miradas, palabras románticas y capítulos inolvidables e intensos. También deseo colocar en cada estrella un secreto, tu sonrisa y la mía, los destellos de tu alma, la alegría que compartimos, nuestros sueños y realidades, el juego de un amor especial e inagotable. Por añadidura, anhelo insertar mis sentimientos en cada filamento de diente de león, en las hojas de los árboles y en todos los pétalos de flores minúsculas y mayúsculas, para que cuando el viento te los entregue por tu ventana, reconozcas mi fragancia y percibas mi presencia y el amor que te doy cada instante.

 

El almanaque, los dientes de león y las flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Esta mañana, cuando revisaba mi archivo en el desván, descubrí un almanaque de otros días, de un año ya diluido por las manecillas del reloj, como si allí, en el sobre amarillo, esperara la hora impostergable de la cita conmigo.

Me cautivó e impresionó la imagen del calendario porque a pesar de que lo obtuve y guardé años antes de coincidir contigo en el sendero, apareces tú con él, la niña con su padre, ambos sonrientes y felices, en la impresión.

Revisé la fotografía, la imagen de la hija con su padre, hasta corroborar que son ustedes, él y tú, captados en algún instante de antaño. Posteriormente resolví escudriñar los días y los meses de aquel año cada vez más distante, como la embarcación que se aleja del muelle donde felizmente permaneció anclada.

Intrigado por la paradoja, decidí apuntar con el dedo índice alguna fecha al azar, hasta que un extraño sopor se apoderó de mí y me condujo a un túnel iluminado tenuemente. Las luces eran de tonalidades nunca antes vistas por ojo humano. Llegué, envuelto en nubes, al ayer, a minutos consumidos, a los otros días, a la campiña, a un jardín que parecía sustraído de un sueño.

Emocionado, observé a un hombre de carácter firme y apariencia enérgica, con un alma sensible, quien dedicaba los minutos de su madurez a convivir con una niña hermosa, consentida e inquieta en aquel paraje silvestre.

Aquel día soleado, húmedo por la lluvia de una noche nebulosa, fue mágico porque una mayúscula se unió a una minúscula con el objetivo de llenar las planas de la vida con palabras de amor y encanto y para hacer de su convivencia un capítulo de ensueño que sin sospecharlo, se agregaría a una historia irrepetible, bella, intensa, extraordinaria e inolvidable.

Sentí enternecer mi alma cuando descubrí en el rostro del hombre los rasgos de tu padre y en los de la niña, en tanto, definí tus facciones. Eran ustedes, el padre y la hija, unidos por el hálito prodigioso que proviene del vergel.

Maravillado, comprendí que mi cita con el calendario fue, precisamente, con la intención de mirar y vivir un pasaje de tu infancia al lado del padre que ahora, al no encontrarse físicamente en el mundo, extrañas tanto.

Atrapado en su historia, en su estilo, él, tu padre, te llamaba y esperaba entre las flores y hierbas ufanas, frescas, para observarte arrancar los dientes de león, sujetarlos entre tus dedos minúsculos y soplar fuerte hasta que los filamentos de forma geométrica se desprendían, brillaban al recibir la mirada de la luz solar y flotar igual que ángeles, hadas o mariposas en el edén.

Obtenías uno, otro y muchos dientes de león que arrancabas ante la complacencia, dicha y sonrisa de tu padre, no para coleccionarlos, sino con la finalidad de admirarlos dentro de su efímera existencia, poseerlos como quien se adueña de un tesoro y dispersar sus partículas en el aire a través de uno, otro e innumerables soplidos.

Niña encantadora y feliz, consentida con los actos y regalos paternos, protegida por los brazos firmes que también supieron darte libertad, lucías encantadora, igual que una muñeca de edición limitada.

Realmente el amor, la convivencia, el diálogo y el juego entre una hija y un padre son perlas que jamás apagan su brillo, regalos que vienen de Dios, destellos que brotan del cielo, promesas divinas que se cumplen, capítulos inolvidables e intensos que moran eternamente en la memoria y los sentimientos.

Gritabas henchida de euforia en aquel jardín del recuerdo, en ese trozo de paraíso extraviado en el ayer, latente en el pulso del corazón, de la vida, del universo, de la naturaleza, y presente, por lo mismo, en el río, bajo las piedras, en las cortezas, en el follaje, en las montañas, en los lagos, en las nubes, en los mares.

Ibas y venías en busca de otros dientes de león, guiada por tu padre que los descubría y te aguardaba con emoción. Te entregabas al juego, a los sueños, a las ilusiones, al encanto de ser niña y tener un padre amoroso y protector.

Eran los otros días de tu infancia, lo confieso, y cómo derramé lágrimas de emotividad al ver a tu padre conmovido, totalmente agradecido con Dios por ser tú su bendición, y a ti, dichosa, consentida, libre, segura.

Los días transcurrieron raudos, cual es la realidad de la naturaleza humana -oh, lo palpé en las hojas del almanaque-, hasta que se transformaron en años, en los minutos en que los dientes de león se desvanecieron y sus filamentos brillantes se convirtieron en lágrimas al partir tu padre amado de este mundo e ir, quizá guiado por algunas de las partículas geométricas de aquellas plantas silvestres a las que soplaste alguna mañana o tarde de tu infancia dorada, al portón del cielo.

Impregnaste los dientes de león con la alegría e inocencia de tu infancia dorada, con las fragancias del amor de una hija a su padre, con las palabras tiernas a quien te cargó y meció en la cuna sin esperar otra cosa a cambio que una sonrisa.

Nunca imaginaste, parece, que los filamentos de los dientes de león que quedaron flotando en el jardín mágico de tu infancia, en la campiña arrancada del paraíso, formarían una hilera luminosa para guiar a tu padre hasta la morada celestial.

Durante la ensoñación que tuve, miré a tu padre en el cielo, rodeado de fragmentos plateados de dientes de león, los que soplaste desde tu tierna infancia y ahora, en la eternidad, le recuerdan los días dichosos que compartió a tu lado en un rincón del mundo.

Ahora eres tú quien lo llama en una campiña especial, donde en recuerdo a aquellos regalos y sorpresas que te daba con los dientes de león que fragmentabas en partículas a través de tu aliento, le entregas flores blancas para que él, como entonces, mantenga unida su alma a la tuya.