Tal vez…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En los desayunos familiares, mi padre solía expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”, Mis hermanos y yo, en minúsculas, envueltos en capas infantiles, escuchábamos los argumentos, las explicaciones y los conceptos paternos. Años más tarde, mi madre recordaba aquellas palabras: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Ambos tenían razón. Como bien entenderá quien interprete el significado del mensaje, había una enseñanza, una invitación a buscar la felicidad y el sentido real y pleno de nuestras existencias. Éramos más ricos de lo que imaginábamos porque los integrantes de aquella familia, estábamos vivos, teníamos salud, compartíamos un ambiente de amor y valores, disfrutábamos cada momento, aprendíamos y coexistíamos en un medio digno, libre y respetuoso. Aquel encanto, en nuestras vidas, era un acontecer cotidiano y natural al que estábamos acostumbrados y considerábamos una bendición. Ahora, muchos años después, analizo los escenarios local, regional, nacional y mundial, amenazados por contaminación, hambre, coronavirus, guerras, odio, violencia, escasez de agua, deshumanización, crecimiento de la miseria versus la concentración de la riqueza y el poder en un grupo reducido que dicta políticas y estrategias perversas, entre otros elementos, y llego a la conclusión de que mi padre y mi madre, cada uno en su momento, tenían razón al expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Lo fuimos. Era una exhortación al amor, al bien, a los valores, a la realización, a la felicidad. Hoy, entre pedazos de humanidad y trozos de mundo, aún somos ricos porque seguimos con vida y tenemos oportunidad, cada instante, de rescatarnos, comenzar de nuevo y ser extraordinarios como seres humanos. Quizá hemos perdido las cosas materiales, pero aquí estamos, en medio del destino y de la vida, dispuestos a construir biografías auténticas, libres, dignas, dedicadas al bien, dispuestos a hacer de nuestra estancia en el mundo un paseo maravilloso e inolvidable.

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Somos más pobres

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hoy noto mayor pobreza que antaño, cuando era niño, entre el ocaso de la década de los 60 y la aurora de los 70, en el inolvidable siglo XX, época en la que aún había mucha gente analfabeta y descalza, en el país donde viví; pero quizá más amable, tranquila, feliz y sencilla porque la mayoría no competía por presumir marcas de prestigio ni rivalizaba por estrenar un automóvil lujoso, como ahora lo hacen tantos, orgullosos de sus apariencias y presurosos de esconder sus orígenes y sus deudas. La gente consumía productos naturales y se las ingeniaba para coexistir y reparar sus cosas. El tiempo parecía más extenso, pero era el mismo que hoy. Simplemente, no se desperdiciaba en elementos tan enajenantes. Y no solamente me refiero a la pobreza material, a las desigualdades sociales que laceran al mundo, con una élite millonaria y poderosa y multitudes que carecen de agua, salud, alimentación, vivienda, seguridad y educación, sino a la miseria humana, la cual va más allá de que la gente posea fortunas o se encuentre en el pauperismo, y sin distinciones de raza, creencias y niveles de escolaridad. Percibo una peligrosa ausencia de sentimientos nobles, una evasión al bien y a los compromisos, una gran irresponsabilidad y una falta preocupante de raciocinio, sentido común y respeto. Ahora, en el siglo XXI, los seres humanos disponemos de mayores comodidades y acceso a la ciencia y la tecnología, y hasta en segundos tenemos oportunidad de comunicarnos con gente de otras regiones del planeta; no obstante, parecemos disgustados con nosotros y con la vida, estamos rotos, somos contradictorios e incapaces, en la mayoría de los casos, de construir senderos y tender puentes. Permanecemos en continua discusión y enemistad, unos con otros, dentro del tramposo juego de los opuestos. Nos utilizamos para, finalmente, desecharnos, igual que se hace con los productos en serie. La desintegración familiar, el odio, la violencia, el miedo, la inseguridad, el egoísmo y la ambición desmedida, entre otros males, forman parte de las prácticas cotidianas que aplastan y entierran el amor, la dignidad, el respeto, la tolerancia, el bien y la armonía. Volteo a mi alrededor, a los lados, adelante, atrás, en los automóviles, en el transporte público, en los centros comerciales, en los mercados, en todas partes, y descubro, tristemente, discordia, agresividad, rostros compungidos, enojo, crueldad, egoísmo. Hemos perdido el respeto a nosotros y a los demás. Pisamos los derechos y las libertades. De no ser por las cuentas bancarias, las propiedades inmobiliarias, los automóviles, las alhajas, los títulos académicos y las superficialidades que rara vez utilizamos para bien de otros, parecemos seres muy primarios. Hemos empobrecido. ¿Cómo podrá una especie, en proceso devolutivo, superar los desafíos y enfrentar los retos de la hora contemporánea? Alguien que se interesa exclusivamente en satisfacer apetitos primarios, en consumir y en desechar, en denigrar a otros con el objetivo de destacar y obtener mayores beneficios, en arrebatar oportunidades, en engañar, en ataviarse con apariencias, en ambicionar lo que no les corresponde y en reprimir y burlarse de los demás, ¿tendrá capacidad para hacer algo grandioso por la humanidad, extenderá las manos para apoyar a los que sufren, podrá derramar bien en torno suyo? ¿Dónde se encuentran los hombres y las mujeres que en un futuro próximo tendrán que intervenir con el objetivo de rescatar a la humanidad y salvarla? Hay gente buena, es cierto; pero lamentablemente, el bien y la verdad, los sentimientos y la razón, la vida y los sueños, son confinados en la desmemoria para evitar que se interpongan al plan maestro de fabricar criaturas en serie y ausentes de sí, desprovistas de creatividad e ilusiones, enajenadas y dispuestas a ser cifra, estadística, número. Hemos empobrecido.

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Es momento de contagiar a la gente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es momento de contagiar a la gente, a millones de hombres y mujeres, en todo el mundo, que apenas hace rato, quizá ayer, cantaban y reían felices e ilusionados, alrededor de la vida, y hoy, irreconocibles, temen a las sombras de la muerte que amenazan entintar los días de sus existencias con matices luctuosos. Es perentorio escapar de los barrotes y las celdas que hemos creado egoístamente, salir del estado de comodidad aparente que equivale más a irresponsabilidad que a razón, y transmitir a otros -familia, amistades, vecinos- auténticas dosis de alegría, fe y optimismo. No hay que esperar a que alguien enferme para llorar, mortificarse y contabilizar uno más dentro de la lista de ausencias. Es momento de formar una cadena humana con innumerables eslabones, todos unidos entre sí, atentos y solidarios, no con la intención de encadenarnos, sino con la idea de fortalecernos y ser auténticos, libres y plenos. Desde hoy, es aconsejable llamar por teléfono a los familiares, a los amigos, a los vecinos, a los contactos más próximos, con la intención de animarlos, preguntar por su salud, recomendarles se cuiden, recordar historias y días felices, planear futuros encuentros, alegres y sanos, para celebrar el milagro de la vida. Es urgente que ellos, a la vez, marquen a otras personas y las saluden igual. Las emotividades presenciales deben reservarse para otras fechas. En ocasiones, las apariencias y las superficialidades, emparentadas con la ansiedad, el consumismo, la soberbia, la necedad y la ignorancia, provocan que la gente no entienda y cometa imprudencias que propician mayores problemas y complicaciones. Es indispensable contagiar a los demás, aquí y allá, ahora y siempre, con sentimientos, ideales, deseos y pensamientos nobles, evidentemente con amabilidad, entrega, sinceridad y sonrisas. El aislamiento y las mascarillas, confinan, aprisionan, a pesar de las recomendaciones en su uso; mas no son excusa para transformarse en criaturas burdas, groseras y malvadas. Es tiempo de demostrar que tú, yo, ellos, nosotros, ustedes, somos mejores y superiores a grupúsculos perversos que causan tanto daño a la humanidad en su afán de reprimirla y dominarla para apoderarse de las riquezas del mundo. Si una élite poderosa, en complicidad con gobiernos serviles y corruptos, militares irracionales, científicos mercenarios y medios de comunicación sin escrúpulos, entre otros, diseñó, formó y dispersó un virus criminal que ha enfermado y asesinado a incontables hombres y mujeres, en el planeta, no olvidemos que Dios colocó un alma en cada uno, sentimientos e ideales, pensamientos y sueños, que se demuestran con la mano generosa que da a otros lo mejor de sí, con palabras de aliento, con una sonrisa, con una mirada comprensiva. Es hora de contagiar a la humanidad.

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El mundo necesita algo más

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No necesitamos personajes mesiánicos que adivinen el futuro, anticipen hechos destructivos a nivel global y ofrezcan recomendaciones y fórmulas a la humanidad, ni tampoco gobernantes, científicos, líderes, académicos, medios de comunicación, instituciones, políticos, artistas, rezanderos e intelectuales que les aplaudan tanto como si fueran cómplices, mercenarios o títeres. El mundo requiere líderes genuinos, personas auténticas que más que declarar, aconsejar y recomendar lo que no hacen sobre temas preocupantes, que son del conocimiento público, sepan convocar a millones de hombres y mujeres, en cada nación, con el objetivo de enfrentar los retos y problemas con acciones y estrategias reales y honestas, en beneficio colectivo y no de su grupo influyente y poderoso. A la humanidad le urge despertar, sacudirse, reaccionar y emprender acciones orientadas a su rescate y salvación, antes de resbalar al precipicio, a los abismos, y naufragar, hasta ser salvada por grupos depravados que le cobrarán el favor de lanzarle cuerdas podridas para que no se ahogue en las turbulencias provocadas con cierta intencionalidad. Esa élite ya tiene el poder económico, militar y político, en todo el planeta, lo que evidentemente no la hace invulnerable. ¿Cuál es el afán de manipular, jugar tramposamente, mentir y controlar a millones de seres humanos? ¿Contra quién ejercerán su poder una vez que sometan al mundo entero? Resulta estúpido creer que serán eternos y que un sistema absoluto y oscurantista reinará siempre. Y los incontables hombres y mujeres que habitan el planeta, ¿a qué hora interrumpirán sus sueños de consumismo, sus estupideces, sus apetitos pasajeros y sus superficialidades? El mundo no necesita un teatro macabro con espectadores asustados y pasivos, actores hipócritas y titiriteros, guionistas, directores y productores mañosos e impíos. La gente, en el mundo, requiere amor, honestidad, valores, justicia, dignidad, respeto, paz, educación, libertad, progreso, salud.

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Espectadores en serie

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ahora somos espectadores -atemorizados, débiles, enajenados, manipulados, presos y vacíos- que permanecemos distraídos con las estupideces y superficialidades que los dueños del poder económico, militar y político, en el mundo, utilizan en las carpas sociales como dádiva y trampa que enloquece, mientras desatan los nudos de la vida para sepultar los sentimientos, la libertad, los ideales, la justicia, los pensamientos, las ilusiones, los sueños y los valores. Somos testigos del desmantelamiento de la vida. Están robando lo mejor de los seres humanos. Lo están haciendo gradualmente, con justificaciones, mentiras y distracciones, para apoderarse de la humanidad y del mundo. Parece que las mayorías no lo notan. Están vaciando nuestro interior. Casi hacen de cada ser humano un número en serie, un artefacto carente de sentimientos, unificado, sin familias ni ideas, callados, obedientes, sumisos, estúpidos. Hasta en lo que parece ajeno e insignificante, hay alguien desatando las cuerdas de la existencia. Se aproxima una era oscura en el planeta, y no por asteroides, agujeros negros y otras cosas, sino por la ambición desmedida y la perversidad de unos y la estulticia, necedad, ignorancia y superficialidad de otros. Somos eso, espectadores en serie.

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Sonrían, sean felices, pinten sus rostros de alegría…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Sonrían. Sean felices. Pinten sus rostros de alegría. Desborden amor. No carguen los desazones que provocan las superficialidades, la crueldad, el miedo, la envidia, el odio, la ambición desmedida, el enojo, las apariencias, la deshumanización. Eso es incómodo y provoca caídas. Hiere demasiado. No es bueno ni grato desgarrarse por lo que es baladí. Rompan las cadenas Desháganse de los grilletes que impiden sus movimientos, destruyan los barrotes de las celdas que los mantienen encarcelados y brinquen las cercas de las prisiones. Corran hasta llegar a parajes donde la verdad, el bien y la justicia son parte de la dicha y la libertad. Desmaquillen de su cutis la arrogancia, los apetitos que pisotean a los demás, el mal y la ignorancia, y eliminarán una carga pesada que entorpece su caminata y nubla sus miradas. Eviten convertirse en trozos de miseria humana. Si han de dejar pedazos de sí, que sea por el bien que hacen a los demás y no por el daño que puedan causar. Dejen huellas indelebles a su paso. Retiren las enramadas y las piedras del camino. Derrumben murallas y tiendan puentes. Liberen a otros. La vida es irrepetible. Cada instante es único. Se va entre un suspiro y otro y no vuelve más. El bien y el mal esculpen líneas en los rostros, dibujan siluetas y pintan los colores de la luz o las tonalidades de la oscuridad. Rechacen los antifaces, las máscaras, y defiendan los principios genuinos de la vida. Así, si un día, por alguna causa, tengo que partir a otras fronteras, me encantará regresar o asomar desde alguna ventana, y descubrir en sus rostros signos de amor, bien, armonía, paz y felicidad. Entonces serán libres y plenos.

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Ingenuidad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cansados de sí mismos, entre barrotes que los separan de su interior, muchos hombres y mujeres, en el planeta, anhelan y pretenden salir a las calles no con el propósito de sonreír a otros seres humanos, y menos con la idea de vivir plenamente, sino con el objetivo de consumir y que la gente que conocen -familiares, amigos, vecinos, compañeros- los miren en las tiendas de lujo, en los restaurantes, en los gimnasios, tras gruesos cristales que ahora exhiben a las personas igual que muñecos de aparador, porque lamentablemente aprendieron a ser maniquíes de temporada, con bromas, sentimientos, conversaciones, ideas y acciones desechables, ligeras y de moda, dictados por los dueños del poder a través de la televisión, las redes sociales y otros medios. Incapaces de convivir en familia -esquema ya roto, adulterado y pisoteado-, no pocos seres humanos -en femenino y en masculino-suspiran, en el encierro, por las reuniones en bares y cantinas, en posadas de unas horas, en tertulias interminables y sin sentido, similares a los colores amontonados y a las notas musicales discordantes acaso porque las minúsculas, sus hijos, les cansan, los fastidian, y les parece, en consecuencia, más grato disfrutar la compañía de otras personas que convivir y participar con quienes llevan su sangre. Tan distraídos están, que ni siquiera notan que el mundo, en diversas regiones, avanza hacia el odio racial, el totalitarismo y la violencia, con algunos personajes que se sienten elegidos -los nuevos mesías de la hora contemporánea- y pronostican calamidades globales, informan y prometen soluciones, con el control absoluto de las situaciones, como acontece ahora, tras la puerta y las ventanas, en época del coronavirus creado y dispersado perversamente con cierta intencionalidad. Previo a este mal que la élite poderosa intenta convertir en pandemia con el objetivo de justificar y llevar a cabo sus planes, se les hizo sentir a millones de personas, a nivel internacional, que son basura, escoria de la creación, y así se les ha enseñado a sentir, pensar y actuar. En un lapso breve, les presentaron, uno tras otro, daños ocasionados por el plástico en los océanos, erupciones volcánicas, incendios en el Amazonas y en Australia, deshielo en los polos, contaminación, proximidad de asteroides, animales en peligro de extinción, ruidos extraños en el ambiente y hasta aparición de abejas, y ahora se les domestica y se les prepara para un nuevo orden mundial. Ingenuamente, creí que tras la primera etapa de aislamiento, muchos aprovecharíamos la oportunidad para reencontrarnos con nosotros y nuestras familias, valorar lo que somos y tenemos, diferenciar los sentimientos, los ideales y los pensamientos de las apariencias y las superficialidades y decidir, finalmente, una vida auténtica, libre y plena. Tristemente, al andar por las calles, en los espacios públicos, en los jardines colectivos, en las plazas, descubro que, efectivamente, algunas personas tomaron la decisión de crecer y trascender; pero la mayoría continúa obstinada en sus asuntos baladíes, sus apetitos, su estulticia, su ambición desmedida, su egoísmo, su superficialidad, su ignorancia y su agresividad. Y no se trata de cambiar a la humanidad de acuerdo con las convicciones que uno tiene, sino de despertar, sentir y reaccionar, con transformaciones reales y sustanciales que generen armonía, respeto, tolerancia, libertad, paz, bien, justicia y dignidad. Creí, torpemente, que seríamos hermanos o, al menos, amigables y buenos; pero miro a una colectividad ansiosa de lucirse, consumir y dedicar los días de sus existencias a esas cosas insignificantes, superficiales e intrascendentes que, acumuladas, arrebatan la vida y la opción de ser felices y plenos.

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La ruta que sigo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Retiro bloques de piedra y materiales de las fronteras y los muros que encuentro en el camino y los acomodo, pacientemente, con la idea de construir puentes que sorteen abismos profundos, desfiladeros de apariencia insalvable, y que acerquen a parajes bellos y cautivantes, donde los rostros sean orquídeas y helechos amigables y sonrientes. Trato de dejar huellas y señales cuando descubro rutas seguras, con la intención de que otros, los que vienen atrás, las sigan y transiten alegres y confiados, igual que hermanos. Me hace muy feliz convidar mis viandas a los pájaros y a las ardillas que esperan mi paso, a los niños que juegan y a los ancianos que relatan las mismas historias. Intento convencer a otros, a los que me siguen y a los que se quedan, que la dirección más esplendorosa es la que conduce a destinos de amor, bien, verdad, respeto, nobleza de sentimientos, ideales, dignidad, justicia, sueños, ilusiones, actos positivos, armonía, paz y libertad. Reconozco que la existencia plantea que cada ser humano -mujer y hombre- se pruebe y se mida en diferentes circunstancias, para así evolucionar o precipitarse; sin embargo, mi intención es, al paso de los días, construir albergues que enseñen a dar de sí, plantar árboles y sembrar plantas que expresen el milagro de la vida, alumbrar durante las noches más oscuras, regalar amor y sonrisas donde todo parece estéril, marcar el sentido de la felicidad, sepultar el mal y las tristezas que deforman y hieren mortalmente a la gente, volver a ser hermanos y parte de un todo que palpita sin tregua, más allá de distancias, tiempo y rasgos, y se siente en uno, en lo que está en el interior y se encuentra afuera, porque solamente de esa manera es posible abrir la puerta y regresar a la morada, donde fluye una corriente etérea que envuelve en una gasa infinita.

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Una ecuación

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Por causas naturales, con frecuencia hay un dolor al nacer y otro al morir; pero no se trata del anticipo de una existencia infeliz ni de la despedida infausta al abordar el último furgón y abandonar la estación. La vida, en el mundo, es, parece, una ecuación con repetidos e incontables sí y no, multiformes y policromados, que se presentan repentinamente o que la gente, en el lapso de su caminata, propicia, y que, por lo mismo, es preciso equilibrar con la idea de que el resultado sea favorable. Quienes suman y multiplican bien, alegría, amor, sentimientos nobles, conocimiento, justicia, pensamientos positivos, libertad, sueños y detalles, ya se encuentran en un jardín bello, cautivante y supremo, aunque a veces haya espinas; aquellos que, al contrario, son títeres de apetitos, debilidades y maldad, se encontrarán entre cardos y plantas amargas y venenosas, a pesar de que se crean y sientan dueños del paraíso. Hombres y mujeres construyen la historia de sus instantes, minutos, horas, días y años. Esculpen y pintan sus rostros cotidianamente y definen las rutas de su destino. No es que la vida sea injusta. Es que cada uno diseña y construye sus sueños, sus realidades, sus capítulos, sus ascensos, sus tropiezos, sus conquistas, sus fracasos. Al final, cuando desciende el telón de la existencia, cada ser humano descubre si actuó dignamente y con libertad, auténtico y pleno, o si fue marioneta de sus caprichos, egoísmos y fechorías. Cada momento significa la oportunidad de anotar signos en el pentagrama, elementos que formarán parte de una sinfonía magistral y suprema o de un concierto discordante y pobre. Los aplausos o el rechazo, en el teatro, reconocerán o desaprobarán al actor; pero el mayor premio será, indudablemente, la satisfacción de haber probado una vida dedicada al bien, a la búsqueda de la verdad, al cultivo de detalles y sentimientos nobles, al pensamiento positivo, a la justicia, a la libertad plena, al trabajo productivo.

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Estamos muertos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estamos muertos. Camino aquí y allá, a una hora y a otra, un día y muchos más, y descubro a mi alrededor gente entristecida, hombres y mujeres que han renunciado a la alegría, al amor, a las ilusiones, a la amabilidad, a los sueños, a la risa. Miro sepulcros, lápidas abandonadas y gélidas, en cada persona que en el sendero de su existencia cambió los sentimientos, la justicia, el respeto, la tolerancia, la dignidad, los ideales y la libertad por candados, barrotes y celdas, acaso sin percatarse de que convirtió en rehenes a su alma, el bien y la verdad, sus aspiraciones y lo más grandioso de un ser humano. Hemos muerto, pienso cuando, al andar por las calles y los espacios públicos, advierto tanto mal, egoísmo, amargura, grosería, odio, envidia, ambición desmedida y violencia en la gente. Descubro hombres y mujeres debajo de fosas y sepulcros hediondos, arrastrándose como gusanos, serpientes y topos, al saber que consumen los días de sus vidas, tan escasos en realidad, en acumular riquezas materiales ausentes de causas nobles, en satisfacer apetitos carentes de amor, en inclinarse ante la estulticia y las superficialidades. Estamos muertos. Algo sucedió a la humanidad que, desde hace tiempo, noto desolación y quebranto, conductas en serie, pasividad ante los asuntos trascendentes, conformismo, gritos e irresponsabilidad. En las multitudes transformadas en masa, más allá de que cuenten con títulos profesionales o que jamás hayan asistido a las escuelas, y de que tengan dinero y fortunas materiales o coexistan entre clases medias y pobres, leo biografías y epitafios similares, extraviados en llanuras, huecos y arena que no presentan las huellas de seres extraordinarios, capaces de desafiar las adversidades, dedicados a esparcir acciones nobles y detalles, dispuestos a retirar las piedras y las enramadas de los caminos e interesados en aportar al mundo algo bueno. Estamos muertos, parece, cuando los niños, adolescentes y jóvenes delatan, a través de sus sentimientos, palabras, actos y pensamientos, la educación y el ejemplo que recibieron en sus hogares. Algo pútrido escapa de nuestras tumbas prematuras cuando obstruimos la vida y respaldamos la muerte. Hemos cambiado tanto, que preferimos los antifaces, las máscaras, y no una mirada amable, una palabra de aliento, una mano que apoya, un detalle que sostiene, unos momentos de atención, una sonrisa. Andamos en muletas al presumir el automóvil y olvidar la maravilla de unas piernas sanas. Usamos prótesis al valorar más lo que muestra una pantalla que lo que enseñan y regalan la naturaleza y la vida. Permaneceremos adormecidos en sepulcros cavados en serie, idénticos, mientras no reaccionemos y decidamos rescatar lo que somos, las riquezas de nuestro interior, y vivir en armonía, con equilibrio, plenamente y con respeto, justicia, dignidad, sentimientos nobles, libertad e inteligencia. Estamos muertos, sencillamente porque no nos atrevemos a vivir la historia cautivante y extraordinaria que nos corresponde.

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