Encuentros y desencuentros en el colegio

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Era pequeño e inocente, cuando la profesora, en el colegio, encolerizó y gritó, fuera de sí, totalmente descontrolada, por mis respuestas. Ordenó que me incorporara del pupitre que ocupaba y que de inmediato, sin titubeos, contestara sus preguntas, mientras los otros, mis compañeros, me observaban sonrientes y con mofa.

La maestra preguntó el motivo por el que había opinado, en el examen, que resultaba más aconsejable descifrar, comprender y asimilar lecciones de geografía e historia, que memorizar, a cambio de una calificación aprobatoria, continentes, países y sus capitales, fechas, nombres y apellidos de personajes, acontecimientos y guerras. Lo primero, dije, serviría para entender las conductas y las tendencias sociales, mientras lo segundo, en tanto, finalmente quedaría en la desmemoria y absolutamente desfasado ante nuevas realidades.

Rió burlona. Mis compañeros, respaldados por la mujer, carcajearon. Irónica, manifestó al grupo que yo, Santiago Galicia Rojon, al andar en las calles o en otras ciudades y naciones, sería un analfabeto e inculto al que habría que tomar de la mano para mostrarle los nombres de las avenidas, los jardines, las plazas y las urbes. Volvieron a reír. Escuché gritos colectivos, majaderías y silbidos, conductas indignas de una institución educativa.

Me resultaba complicado hablar, pero me atreví a explicar que en los siguientes años, ya en mi juventud y en mi madurez, la geografía sería diferente y quizá hasta las fronteras y los nombres de las naciones cambiarían. Ella pertenecía a una época que quedaría marcada en el pasado, en la historia, y yo, en cambio, pisaría otras tierras con distribuciones físicas y términos distintos.

Irascible, argumentó que demostraba atrevimiento e ignorancia, y que la ofendía al decirle que era una vieja que quedaría en el ayer. Simplemente, respondí que el mundo de mi juventud, de mi madurez y de mi ancianidad, sería diferente al suyo, y que si los nombres de los países cambiaban, era natural porque el mundo es dinámico y nada es permanente.

Mis compañeros mantuvieron silencio, en espera, tal vez, de que la profesora atacara de nuevo. Al demostrarle la inutilidad de la memorización de continentes y nombres de ciudades y países, transitó a la historia y expuso que sería tan ignorante, que ni siquiera conocería el significado de los días festivos y de las celebraciones nacionales.

Callé, pero exigió que hablara con la idea de arrojarme al escarnio, al coliseo, al anfiteatro, donde quedaría roto y destruido, envuelto en la basura y los escupitajos de la turba enardecida; sin embargo, al mirarme rodeado de sus fieras, cerca del patíbulo, argumenté que en otro tiempo, el de mi juventud y mi edad adulta, seguramente tendría capacidad para discernir entre la verdad y la mentira, con la fortuna, entonces, de identificar a la gente por sus obras, con sus luces y sombras, y no por ser estampas e imágenes de una farsa creada para engañar, manipular y controlar a una generación.

Insistí en marcar mi respeto al estudio, al conocimiento, y a ella, como profesora. No estaba de acuerdo con el enfoque de la educación; aunque, evidentemente, debía aprender y obtener el mayor provecho de la instrucción que recibía. Repliqué que se podría aprender demasiado sin necesidad de memorizar fórmulas, nombres, datos e información, generalmente sin procesar, como un robot que se programa y más tarde se desecha.

Me llevó, como otros días, a la oficina de la directora, no si antes golpearme con la regla de madera. Relató a la superiora, una monja, mi osadía de burlarme de ella y rebatir su enseñanza. La religiosa, a quien no simpatizaba a pesar de compartir detalles y motivos de la tierra nativa, me interrogó severamente, igual que lo haría, sin duda, cualquier tirano con poder, y repetí que carecía de lógica memorizar nombres de una geografía que cambiaría y de personas del pasado que, finalmente, eran catalogados ángeles y demonios, de acuerdo con los intereses oficiales de la época, respaldados por sus académicos e intelectuales, cuando lo más importante era, en todo caso, asimilar las lecciones, entender los sentidos y los motivos de la humanidad y su trayecto por el mundo.

Sumidas en su enojo e ignorancia, en su falta de dominio de sí y en su abuso de autoridad basado en su tamaño y en sus cargos dentro de la institución educativa, las dos mujeres -la monja y la profesora, la directora y la maestra- me escudriñaron, como pieza de laboratorio, y prácticamente montaron su espectáculo, un teatro grotesco, en el que ellas hubieran obtenido, en caso de estar presentes, los aplausos de mis compañeros, quienes innegablemente habrían mostrado sus colmillos.

Ellas se aferraron a que era un niño atrapado en los extravíos de la razón, ocrurente y loco, incapaz de asistir al colegio y estudiar con normalidad, como los otros alumnos, y yo, en tanto, con la defensa de mis argumentos -en casa, mi padre solía decir que los ideales genuinos se defendían, incluso, con la vida-, en una batalla, de su parte, por imponer la enseñanza por medio de sistemas y métodos desfasdos versus, de mi lado, la propuesta buscar e implementar mecanismos acordes a la época y congruentes con la realidad y el método cienfífico.

Definitivamente, no llegamos a un acuerdo y me castigaron. Horas después, en el portón del colegio, yo permanecía de pie, igual que otros niños, expuestos públicamente por haber orinado los uniformes o por conductas que parecían irracionales de nuestra parte. Recibíamos, entonces, el desprecio y el escarnio de la comunidad educativa.

Años más tarde, en mi etapa juvenil, enfrrenté una situación parecida con un profesor radical, quien militaba en un partido político de ideología extrema, en Europa. Pidió, en clase, que elaboráramos un texto relacionado con el contexto global y nuestra opinión personal. Cuando terminé la encomienda, le entregué el breve manustrito, como lo hicieron, en su momento, otros compañeros. Leyó mi texto en silencio, sonrojado, entiendo, por el coraje que le produjo mi planteamiento.

Con las hojas de papel en la mano, como quien sostiene basura, me preguntó que si estaba seguro de lo que había escrito. Mi respuesta fue afirmativa. Volvió a interrogarme y advirtió que si no cambiaba mi opinión, me reprobaría. Solo contesté que modificar mi opinión equivaldría a intentar transformar los procesos de transformaciones mundiales.

Amenazante con la idea de romper mi manuscrito, expresó “cómo es posible que un joven, en pleno siglo XX, trate de anticipar que el Muro de Berlín caerá y quedará como triste y vergonzoso recuerdo en las páginas de la historia, y que la Unión Soviética se transformará. No me convencen tus argumentos. La realidad humana no es sueño, joven poeta”.

El hombre me reprobó y condenó mi actitud y mi pensamiento, como años antes, en el colegio, lo hicieron la religiosa y la profesora. No transcurrió mucho tiempo después de aquel incidente, cuando el Muro de Berlín, en Alemania, fue derrumbado, mientras la geografía, en otras naciones, modificó sus fronteras, independientemente de que surgieron, a nivel internacional, tendencias orientadas a revisar la historia y denunciar la falacia de tantos capítulos respaldados por ciertos gobiernos y sus ideólogos, académicos e intelectuales.

Si hoy tuviera oportunidad de traer del pasado a la religiosa, a la maestra y al profesor, no fabricaría mi anfiteatro, como ellos lo hicieron. Simplemente les recordaría nuestros encuentros y desencuentros, en clases, y les aclararía con sencillez que mi idea no era, como suponían, aplastar el conocimiento ni tampoco considerarme superior ni desprestigiarlos, porque mi intención era proponer otros mecanismos y sistemas en la forma de enseñar. De nada o de muy poco sirve memorizar en un mundo cambiante, donde vale más lo real, asimilar las lecciones para entender la situación presente y no repetir errores.

Hoy, en el verano de mi existencia, insisto en el mismo mensaje. Estamos impartiendo educación, en diversas regiones del mundo, con herramientas anticuadas e impropias para que las generaciones de la hora contemporánea se preparen integralmente, asuman sus responsabilidades y afronten con éxito los problemas, las contradicciones y los retos que amenazan a la humanidad y parecen ensombrecer su presente y su mañana tan cercano.

No esperemos grandes humanistas ni científicos mientras continuemos empeñados en impartir educación desfasada, pobre, inadecuada y parcial, más proclive a obedecer intereses egoístas y a fabricar seres humanos alejados de su esencia, del bien, de la justicia, de la dignidad, del conocimiento puro y de la libertad, en un entorno en el que valen más las personas que rinden culto a las apariencias, a las cosas, a los temas superfluos y a poseer sin destino ni motivo.

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Un padre amoroso y el hijo roto

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Su hijo, lo entiendo así, es retrasado mental. Lamento darle la noticia. En el colegio, los otros niños, sus compañeros, se mantienen alejados de él porque lo consideran diferente. No les gusta. No creo que sea capaz de terminar sus estudios básicos; al menos no en este colegio, donde el nivel de preparación de los estudiantes se orienta a la excelencia académica y al desarrollo integral. Su hijo está herido e incompleto. No encaja en el salón de clase ni con sus compañeros, ni tampoco, creo, en la sociedad. Necesita atención médica y, tal vez, psiquiátrica. Estos trastornos no siempre se corrigen. Son errores de la vida. Tengo reportes de las maestras y de algunos de sus compañeros, respecto a su personalidad extraña. Se distrae en clases. Mientras la profesora expone algún tema, él, su hijo, se pierde en su mundo interior, en los árboles y en las flores que mira a través del cristal, en sus apuntes y en sus dibujos. No habla. Es silencioso. Tampoco juega. Sus lecturas son aterradoras. Hemos descubierto, en su mochila, desde libros referentes a dinosaurios, fósiles y arqueología, hasta obras literarias, filosóficas y esotéricas. Lee, a hurtadillas, tratados acerca de diversas religiones, e incluso sobre los lamas, lo cual es inadmisible en una institución educativa que se rige por normas estrictas y una doctrina pura. Lee libros de arte e historia, al mismo tiempo que no ha aprobado sus asignaturas. Cuando la maestra habló a los niños acerca de los señores feudales, en Europa, su hijo estremeció y tuvo un lapso extraño, como si se hubiera ausentado más de lo que generalmente acostumbra. Oculta, entre sus libros y cuadernos, una libreta con apuntes y dibujos indescifrables. Crea historietas fantasiosas con textos y dibujos. que ya le hemos descubierto. Es inconcebible que produzca historias sobre viajes a Marte y otros planetas, cuando apenas la humanidad a pisado la Luna. Y en sus escritos menciona estupideces y ocurrencias como el hecho de que si se explorara el interior de la Luna, los científicos obtendrían información que los asombraría; pero el niño va más allá al asegurar que mayor sería la sorpresa si la gente se internara en su ruta interior, donde encontraría la conexión con el universo, la vida y la creación. Habla de un Dios diferente al que nosotras, en el colegio, enseñamos a los alumnos a través de nuestra doctrina. No es un niño normal. ¿Qué opinión tendría de un niño que dibuja líneas diagonales con escaleras y números que se deslizan al vacío? Traza espirales, formas geométricas y estrellas repletas de números, letras y signos. ¿Qué sentimientos e ideas tendrá un alumno ensimismado que dibuja laberintos y pasadizos subterráneos debajo de castillos, fortalezas, monasterios e iglesias? Hace rato, cuando le llamé por teléfono a su oficina, su hijo, enmudecido, me miraba sonriente y burlón. Es majadero. Recomiendo que lo inscriba en una institución especializada en atención de problemas de lento aprendizaje. Si no recibe atención, este niño será una carga más, una persona dependiente e inútil, un ser humano de desecho con necesidades biológicas. Es todo lo que puedo decirle. Examine las calificaciones escolares de su hijo. Es evidente que algo no está bien”, informó la religiosa, directora del colegio, al padre del niño acusado, quien escuchó atento y silencioso las palabras ansiosas y precipitadas de la mujer.

Era hombre educado, tolerante, respetuoso. Sabía escuchar sin alterarse ni perder el control de sí. Aquella mañana, la monja denunció la incapacidad mental del alumno -y seguramente hasta espiritual y motriz- y recomendó la cancelación inmediata de la matrícula escolar. Ella, al recibir al padre del niño, se enredó en el tropel de sus palabras. Presentó al monstruo horrible que tenía como alumno del colegio, al enano mental que diariamente orinaba los pantalones del uniforme, al error de la naturaleza, símbolo del mal, la ineptitud y la mediocridad, que solía fijar su mirada en las hojas de los árboles, en las plantas y en las flores, en las mariposas y en los pájaros que volaban libres y plenos.

Aquella voz chillante, ofrecía al hombre la descripción de un hijo roto e irreconocible, distinto al que conocía en el hogar, un despojo humano, idiota y silencioso, un hombrecillo en minúsculas, una aberración de la naturaleza al que solamente le faltaba babear, arrastrarse y balbucear.

El padre, mortificado por su hijo, interrogó a la directora; sin embargo, ella, trastornada por el enojo, no escuchaba. Le dolía, en verdad, que un menor de edad se hubiera mofado de ella con esa risa tan estúpida y un silencio repugnante. Estaba atrapada en su blusa blanca y en su hábito gris. Una cruz metálica reposaba en su pecho disimulado. Resultaba imposible dialogar con ella. Se sentía ofendida por un monstruo, una deformidad de la creación, un error de la vida.

Respetuoso y silencioso, el hombre tomó la mano derecha de su hijo, quien se incorporó de la silla inmediatamente, con el alivio de aquel que se libera de un juicio al que va a ser condenado sin piedad para posteriormente sufrir el martirio del castigo en el patíbulo y la vergüenza del escarnio. Antes de marcharse, el señor habló pausadamente, con la idea de solicitar a la religiosa que consintiera que el pequeño continuara asistiendo a clase, con la promesa de que entre él y su esposa se responsabilizarían de ayudarlo a corregir su atraso en clases. El plazo, dijo, sería ese ciclo escolar.

La mujer, encolerizada, asintió con la cabeza e hizo una señal de despedida con la mano. Una vez que salieron de la institución educativa, el hombre abrió la portezuela delantera del automóvil para que el niño se acomodara en el asiento del lado derecho. Arrancó el motor del vehículo y marcharon a casa.

Durante el trayecto, el señor relató al hijo fragmentado algunas historias con ciertos mensajes ocultos, precisamente con el objetivo de enseñarle, a través de ejemplos y metáforas, que los seres humanos más grandiosos, alguna vez enfrentaron problemas, adversidades y desafíos que los tambalearon y los motivaron a luchar y ser superiores a las circunstancias.

En cuanto llegaron a casa, el niño abrazó a su madre -la señora amable, como le llamaba la gente- y le dio un beso en cada mejilla, para correr de inmediato al lado de sus hermanos, mientras el hombre relató a la mujer el encuentro con la monja y la situación del pequeño en el colegio, quien realmente, por lo que percibían, se encontraba ante enemigos que podrían destruirlo.

La mujer lloró al escuchar la narración de su marido e imaginar el sufrimiento de su hijo primogénito. Ambos, el padre amoroso y la señora amable, asomaron por la ventana y descubrieron a sus hijos en la inmensidad del jardín, felices y plenos. El mayor de ellos -el niño roto del colegio-, reía, saltaba, y parecía tan contento, que contradecía los argumentos de la religiosa y los reportes y las acusaciones de la profesora.

Pactaron reconstruir al hijo mutilado, al alumno deleznable del colegio de monjas, a quien sus compañeros descalificaban por lo extraño de su vida y ellas, las religiosas y las profesoras, aplastaban con órdenes irracionales, castigos despiadados e inexplicables y el peso de su autoridad y su tamaño.

La señora amable, ofreció a su hijo un cielo prodigioso, un hogar maravilloso, y le enseñó a amar la vida por medio de las flores, las plantas y los árboles, que cotidianamente regaban, al mismo tiempo que ella nombraba cada especie y explicaba su importancia para mantener el equilibrio y la salud del planeta. Y así, el niño amó la naturaleza, desde las gotas del agua que entonces brotaba en abundancia, hasta los pinos que proyectaban sus sombras al recibir los abrazos y la mirada del sol. Hasta plantó, al lado de su madre y sus hermanos, un árbol que compró su padre.

Y fue la propia madre quien platicó a su hijo tantas historias del ayer, la epopeya de sus antepasados, con sus luces y sombras, hasta que despertó en el pequeño el interés en explorar e investigar su antiguo linaje; pero también lo educó con valores espirituales y con la elegancia de los modales franceses que recibió de algunas parientes. El niño mutilado del colegio, aprendió arte, ciencia, negocios, espiritualidad y todos los conocimientos que más tarde, en otra época y ante diferentes circunstancias, aplicaría en su vida.

El señor amoroso y educado, reforzó la sensibilidad, el talento y la creatividad del pequeño artista, a quien introdujo, además, en temas arqueológicos y en el conocimiento, siempre en una línea de rectitud y valores. El hombre poseía amplio conocimiento y experiencia. Lo mismo permaneció, como monje, en un convento, que voló aviones de dos alas y participó en la incursión del desembarco de Normandía, durante la Segunda Guerra Mundial.

No obstante, el alumno fragmentado del colegio nunca se atrevió a revelar los castigos a que era sometido por las maestras, principalmente una que lo aborrecía, quien le negaba permisos para ir al sanitario, obligándolo, irresponsablemente, a no contener sus necesidades fisiológicas y orinar los pantalones del uniforme. Le ordenaba que pasara al frente y que, hincado y con los brazos estirados hacia arriba, a un lado del pizarrón, quedara en silencio e inmóvil, ante la mofa de sus compañeros, para, finalmente, otorgarle el perdón y enviarlo a su pupitre, no sin antes golpearlo con una regla de madera, impactos que recibía en las yemas de los dedos, en las palmas de las manos y en las pantorrillas. El menor temía que sus padres reclamaran y que ellas, la profesora del tercer grado de primaria y la directora, se vengaran de él. Y calló.

En ese colegio, el niño solamente confió en otro pequeño, hijo de un joyero alemán, en cuya casa, también con jardines amplios, la familia poseía aves exóticas, pavorreales, guacamayas, tortugas, perros y hasta un mono araña. El compañero, a quien, igualmente, le fascinaba el tema de los dinosaurios -ambos disfrutaban la colección Panorama Cultural, publicado por Novaro Editores, a cargo de Antonio M. Carneiro-, visitó diversas ocasiones al pequeño roto, al que alguna vez preguntó la razón por la que era tan diferente en la libertad de su casa, donde corría, platicaba, reía, gritaba y jugaba alegre y plenamente.

“Tú no estás enfermo, como aseguran la maestra y la directora -expresó a su pequeño amigo-. Tú eres más grande de lo que suponemos. Eres diferente a la mayoría. No pronuncias groserías, eres correcto al hablar y sabes escuchar, observar y respetar. Eres un niño educado. Me consta. Tu mundo interior y exterior es distinto al de la mayoría de nuestros compañeros. Ahora entiendo lo mucho que vales. Ni siquiera tu aspecto es como el de la mayoría. Te sucede lo mismo que a mí, pero no me molestan nuestros compañeros, y menos las autoridades educativas, porque siempre llevo dinero a la escuela y complazco a todos, hasta a la profesora que es feliz con la manzana que le regalo todos los días. Mi padre me ha enseñado que toda la gente, por monstruosa que sea, tiene un precio, y mira a la mujer amargada y tirana que es nuestra maestra, se doblega y me respeta por una simple manzana que diariamente coloco en su escritorio. No me alejo. Si llevo libros de dinosaurios al colegio, invito a mis amigos a observar cada página, y al deleitarse con lo que tanto nos gusta, me consideran amigable y poderoso. Eso es todo, amigo”.

El colegio era inmenso. Tenía, incluso, capilla e internado en otra sección. Había un comedor para quienes estaban inscritos como “medio internos”. El niño fracturado asistía a clases regulares, pero muchas ocasiones, ella, la profesora, lo mantuvo, igual que un rehén, en el aula, castigado por supuestos errores y travesuras que le atribuían, o lo enviaba, junto con otros menores, a permanecer cerca del portón, donde la comunidad escolar los miraba con desprecio y repugnancia, con los pantalones empapados de orines. Eran, por llamarles así, los pequeños delincuentes del colegio.

No pocas noches, el niño roto, acosado por fiebre y miedo, lloró inconsolable. Suplicaba a sus padres que ya no lo enviaran a la escuela. Algo le impedía explicar el terror que sentía. Su madre acariciaba su frente con el amor más puro y le narraba alguna historia dulce y tierna, o su padre le enseñaba a dominarse y le relataba capítulos de seres humanos extraordinarios.

Transcurrieron los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses, como se consumen la vida y los sueños. El niño roto aprobó el curso y, felizmente, pasó al cuarto grado de primaria. Un año más tarde, su padre y su madre decidieron inscribirlo en otra institución educativa, lejos de aquel escenario tan pútrido que generaban la directora y algunas profesoras, como el personaje siniestro que tuvo como maestra en el tercer curso de primaria; pero esa ya es otra historia que quizá, algún día, haya que relatar.

No me avergüenza confesar que aquel niño despedazado del colegio, fui yo. El amor, la entrega, los valores, la disciplina, el ejemplo, la firmeza, el respeto y la enseñanza de mis padres fue determinante, al menos, para demostrarme, principalmente, que no estaba atrofiado espiritual, física y mentalmente, como aseguraban la directora y la maestra. Simplemente, fui víctima silenciosa, como tantos casos existen en el mundo, del abuso de autoridad, la burla, la injusticia y la crueldad que intoxica a ciertos seres humanos.

Por cierto, aquella “risa burlona” que denunció la directora, fue por varios motivos: me parecía ridículo que una mujer adulta, perteneciente a una doctrina religiosa de amor, respeto y tolerancia, hubiera perdido el control de sí, al grado de interrumpir a mi padre, en horario laboral, a través de una llamada telefónica, como absurdo y estúpido era que le asustaran mis pantalones empapados de orines, cuando la maestra no me permitía acudir al sanitario, basada en la irracionalidad de su autoridad, su tamaño y su poder.

No tengo resentimiento. Simplemente, ambas mujeres eran débiles y estaban intoxicadas por la amargura, la mediocridad, los temores, las debilidades y la fragilidad que caracterizan a algunos seres humanos, incapaces de ser maestros de sí mismos. Al contrario, su estulticia y maldad generaron el ambiente propicio para que ellos, mi padre y mi madre, orientaran mayor atención de la que ya me daban.

Soy un artista sencillo, un escritor que pretende tocar a las puertas de cada ser humano -en minúsculas y en mayúsculas, en femenino y en masculino- con el objetivo de compartirles sentimientos e ideas que descubro entre los murmullos y los silencios de mi interior, en el pulso de la naturaleza, en las estrellas, en la lluvia, en las cortezas enlamadas de los árboles, en los helechos.

Me siento profundamente agradecido y orgulloso de mi padre y de mi madre, quienes me regalaron un cielo extraordinario y maravilloso, contrario al infierno que cotidianamente me ofrecían la directora del colegio, la profesora y muchos de mis compañeros. Me rescataron de aquel pantano y, claro, me encantó el arte, me enamoré de las letras que hoy, humildemente, trato de obsequiar a mis lectores.

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No tiene caso tocar a las puertas de sus sepulcros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cursaba tercer año de primaria -educación básica- con la ilusión y los sueños infantiles de aprender gran cantidad de lecciones -Aritmética y Geometría, Ciencias Naturales, Historia, Civismo y Geografía, entre otras materias-; lucir, cada lunes, mi uniforme de gala -pantalón, camisa blanca, corbata de moño y chaleco-; leer incontables libros en la biblioteca escolar, divertirme y jugar con mis compañeros de aula, destacar en los ejercicios físicos y obtener, al final del curso, una medalla por mi conducta -era un niño bueno e ingenuo- y otra por mi aprovechamiento en clases. Sentí emoción al ir con mis padres al colegio, mirar mis documentos de reinscripción y percibir, en la papelería escolar, el aroma del papel y la tinta concentrado en los libros, el olor a madera de los lápices y colores y el perfume de los cuadernos, gises y crayones. Me parecía un mundo bello y mágico.

En el hogar -mi amado y pequeño mundo- existía un ambiente propicio para ser intensamente feliz. Mi padre y mi madre, siempre tan amorosos y dedicados a nosotros, me parecían seres humanos irrepetibles y extraordinarios, e incluso, a veces suponía que sus huellas eran tan profundas que nadie podría sustituirlos. Mis hermanos, en tanto, eran mis compañeros de aventuras y juegos, y si nos abrazábamos o reñíamos, finalmente sabíamos que existía un amor indestructible entre nosotros.

Tras las vacaciones, llegué de nuevo al colegio religioso, con sus corredores, pasillos y rincones que me cautivaban. Y ocupé mi pupitre, con la mochila repleta de útiles escolares, una cantimplora con agua, una manzana y un baguete elaborado por las manos maternas.

Algo complejo acontece con nosotros, los que pertenecemos a las minorías por diferentes motivos -creencias, ideologías, razas, conducta, esencia-, al grado de que la masa colectiva siente repulsión, antipatía y reacciones negativas por cualquier individuo, hombre o mujer, que sea diferente a sus modelos en serie.

Sentí una opresión terrible en el pecho. Ninguno de mis compañeros respondió mi saludo amistoso e ingenuo. Algo andaba mal. Eso no funcionaría. Me pareció inexplicable, a esa edad, que tratándose de un colegio religioso, los alumnos se comportaran igual que las hordas que se odian y se matan.

En mi vocabulario no existían palabras obscenas ni vulgares. Mi padre era un caballero que siempre corregía, en casa, nuestro lenguaje, y mi madre, una dama a la que la gente llamaba “señora amable”. Me sentí desarmado ante el compañero del pupitre contiguo, quien hizo señas desagradables con las manos y me amenazó, y sentí lo mismo con el que se encontraba detrás de mí, quien golpeaba mi espalda para que volteara y escuchara sus majaderías.

Me asusté. Todos parecían ser amigos de otros tiempos y aventuras mutuas. Compartían hábitos y conductas similares. Sentí miedo, nerviosismo, desolación y terror. Estaba en tierra hostil e insegura, rodeado de personas capaces de lastimar.

Inesperadamente, la puerta del salón de clases fue abierta por la profesora, mujer de baja estatura, vestida de negro, obesa y de gesto desagradable y adusto. El grupo calló y ella, ensoberbecida, caminó hasta el escritorio. No saludó. Escudriñó al grupo, como los generales que revisan hasta la limpieza de los zapatos de los soldados que minutos más tarde se enlodarán en la guerra y morirán, y advirtió que sería un curso demasiado complicado, y que ella, la maestra Teresa, era muy estricta e intolerante, y que, por lo mismo, no tendría piedad de aquellos alumnos que no se adaptaran a su estilo de impartir clases.

Recorrió los pasillos que formaban entre sí las hileras de pupitres, y revisó en cada alumno las uñas, el cabello, la ropa, el peinado. Sentí, de pronto, que era una sombra que se aproximaba a mí con la amenaza de entristecer y herir mis días. Llevaba una regla de madera en la mano derecha y una lista y un bolígrafo en la izquierda. Anotaba en el documento y reprendía a todos.

Todo momento llega, y así, la profesora Teresa abrió el campo de batalla al mirarme fijamente y advertir que no le agradaba y que no dudaba, en consecuencia, que ambos tendríamos problemas. La guerra estaba declarada por alguien mayor que yo. Mayúscula se empeñaría en aplastar a minúscula, respaldada en su autoridad de profesora, en su formación académica, en sus años de experiencia y en su volumen físico. ¿Qué podía hacer un niño inocente al recibir amenazas de una mujer amargada e intolerante?

Por algún motivo que hasta la fecha me parece complejo dentro de mi raciocinio infantil, decidí callar aquel capítulo y fingir ante mis padres y mis hermanos que todo marchaba bien en la escuela. Esculpí, con mi silencio, las injusticias que mis compañeros y la maestra Teresa cometieron contra mí. Fabriqué mi celda y les permití entrar. Me convertí en aliado y cómplice de golpes, insultos, castigos y gritos contra mí. Fui mi carcelero y verdugo.

La maestra Teresa, quien años después fue nombrada directora de la secundaria del mismo colegio, no me permitía ir al baño, y ella lo disfrutaba, se alimentaba con mi desesperación y malestar. Al final, orinaba los pantalones azul marino del uniforme o el de gala que al inicio del ciclo escolar me había impulsado a soñarme elegante y de esa manera presentarme orgulloso ante mi madre con la idea de explicarle que me sentía refinado como las imágenes que rescataba del ayer al relatarme la historia de su padre y sus antepasados.

Hace algunos años, cuando el reconocido urólogo Francisco Javier Valencia, analizó los resultados de mis estudios médicos y me informó que presentaba un pequeño y viejo daño en la vejiga, precisamente ocasionado por las retenciones urinarias de mi infancia, recordé la perversidad de la maestra Teresa. ¿Y cómo reacciona uno? ¿Odio o perdono? Imposible y tonto sería buscar a una mujer que, si vive, tendrá 90 años de edad o más, y muy ilógico sería tocar a la puerta de su tumba con el objetivo de reclamarle. No me quedo con espinas que en algún momento pueden rasgar mi alma. Prefiero el amor y la luz. Ella fue responsable de sus actos crueles e igual que cada ser humano, lleva una carga con lo bueno y lo malo que hizo. Lo que debo hacer es dar a conocer esta situación y prevenir a hombres y mujeres para que impidan crueldades e injusticias en perjuicio de sus hijos. Callé el martirio que viví, y en cierto fui corresponsable al ser aliado de los tormentos que una mujer desquiciada me impuso. Bastaba con denunciarla para exhibirla y vencer; pero adivinaba que no tenía amigos y que no me atrevería a confesarlo a mis padres.

Todos los días, al impedirme acudir al baño, orinaba los pantalones y era exhibido, con otros niños, hombres y mujeres, en el portón de la escuela, poco antes de que nuestros padres acudieran por nosotros. Permanecíamos expuestos a las miradas burlonas de nuestros compañeros, como monstruos horripilantes o criminales sentenciados a cárcel o a la horca que la gente mira aterrada y con mofa.

Los castigos se basaban en colocarnos hincados frente al pizarrón y estirar las manos hacia arriba o a los lados, con la amenaza de recibir golpes en las manos con el borrador o con la regla; pero también escribir en los cuadernos “debo portarme bien”, lo cual me parecía contradictorio y estúpido porque mi conducta era intachable. Los golpes en las manos o en las pantorrillas resultaban dolorosos.

En la medida que uno aprueba y permite abusos por parte de otras personas, tales seres crecen y se fortalecen, hasta convertirse en fantasmas, en tiranos, en forajidos. Es necesario denunciarlos de frente y con valor. No lo hice.

Los planes de la maestra Teresa parecían funcionar de acuerdo con su maldad y el odio que le inspiraba, y claro, estaba mal con ella, con los demás y con la vida. Una de tantas veces, me llevó con la directora general del colegio, llamada igual que ella, Teresa, una religiosa, quien sin interrogarme, me trató con asco al verme con los pantalones orinados y los ojos enrojecidos por el llanto que me provocaron los gritos, amenazas y golpes de la profesora de ropa oscura.

Nervioso y temeroso, pellizqué mis piernas, y minutos después reí y enmudecí. ¿Cómo explicar a la monja enfurecida que la profesora era un monstruo estúpido y mezquino que abusaba de mí solo por su autoridad en la enseñanza, su edad y su tamaño? ¿Y cómo hacerle entender que si orinaba los pantalones era porque ella, la maestra Teresa, me negaba los permisos para ir al baño? ¿Quién era más cruel e ignorante, la maestra que me atormentaba y contribuía a mi daño orgánico, o yo, un niño ingenuo, sin experiencia e inocente que callaba por miedo al escarnio y a la vergüenza, y que prefería la armonía, el amor y la paz? También deseaba aclararle algunos errores en los métodos de enseñanza, como el sistema en las restas, pero sentí que algo me aplastaba.

La mujer, que portaba ropa de su orden religiosa, marcó el teléfono y preguntó por mi padre, con quien de inmediato se quejó de mí, como si yo fuera un reo peligroso. Al hablar por teléfono con él, me acusó: “en este momento su hijo se burla de mí con una risa sarcástica”. Evidentemente, mi risa era provocada por el nerviosismo de encontrarme en un juicio severo e irracional.

Permanecí castigado en la oficina de la directora, hasta que mi padre llegó mortificado. Influida por la maestra Teresa, la religiosa desdibujó mi figura infantil y tejió la imagen de un delincuente. Advirtió, paralelamente, que la maestra y ella tenían idea de que yo era un retrasado mental, un niño que requería otra clase de atención, y que quizá, como ambas lo auguraban, mi capacidad mental me impediría concluir la educación primaria de seis grados. Cursaba tercer grado y mi incapacidad me impedía progresar, manifestó la mujer encolerizada, quien en ningún momento se atrevió a mirarme a los ojos.

Tras escuchar, mi padre ofreció revisar los argumentos de la reunión improvisada y, en todos los casos, reaccionar conforme lo ameritara mi condición humana y la realidad. Él y yo salimos ese día del colegio, silenciosos, inmersos en nuestros sentimientos e ideas. Abordamos el automóvil y llegamos a casa.

Mi padre y mi madre dialogaron. Ambos establecieron el compromiso de darme mayor atención de la que recibía amorosamente de ellos, y así lo hicieron. Mi padre aseguró, molesto, que las actitudes y los comentarios de la religiosa no habían sido de su agrado ni de su aprobación, y que demostraría que yo, su hijo, no estaba condenado, como anticipó, al subdesarrollo mental. Mi madre compartió su opinión y ambos diseñaron y aplicaron un programa integral para mí.

Un acontecimiento lleva a otro, y más si las personas reaccionan correctamente y con oportunidad y emprenden acciones y protagonizan sus propias historias. Mi padre y mi madre, que eran tan observadores y analíticos, no tardaron mucho tiempo en definir mis rasgos y establecer que yo, su hijo primogénito, al que en el colegio molestaban y creían retrasado mental, tenía capacidad y talento de artista, y al probar con las letras, me reencontré conmigo y con la vida.

Él, mi padre, cotidianamente me relataba algún episodio de su imaginación, y yo, su hijo, lo asimilaba y posteriormente lo escribía con mi estilo y mis ideas. Más tarde lo revisaba y me aconsejaba sabiamente y con amor. Ella, mi madre, al conocer mi pasión e interés por el ayer y sus historias, me narraba capítulos relacionados con sus antepasados, y de esa manera aprendí a amarlos y a emular su ejemplo, hasta que me formé como adulto.

La vida es una corriente que fluye inagotable. El agua cristalina avanza infatigable, mientras la que permanece estancada en la orilla, se enturbia y pudre. Crecí. Viví. Contra los pronósticos de la monja y la profesora, concluí todos los grados de primaria y continúe estudiando y formándome, desde luego sin renunciar al arte que llevo dentro de mí y sin el cual no me concibo.

Hace años, cuando publiqué mi primer libro, mi madre me aconsejó que dedicara un ejemplar a la directora del colegio. Escribí la dedicatoria y lo conservo en mi biblioteca. Reflexioné y llegué a la conclusión de que no necesitaba demostrar a quien me humilló, despreció y maltrató que no solamente había concluido mi formación escolar, sino que podía escribir y publicar obras. Y no se lo entregué. Es a mí a quien necesito demostrar que puedo cumplir mis sueños, ilusiones y proyectos si trabajo arduamente y con inteligencia para conseguirlos.

Pienso a esta hora de mi existencia que más allá de la crueldad, ignorancia y amargura de tantas personas, es posible, si uno lo decide, hacer un cielo sobre tantos infiernos. Mi padre y mi madre lo hicieron conmigo, y lejos de atormentarme más y hundirme con reclamos, críticas y regaños, me ofrecieron su amor, sus consejos y su apoyo. Me inculcaron valores, seguridad y amor, y también cultivaron mi pasión y encuentro conmigo y con el arte. Qué vale la escoria de algunos seres humanos, cuando hay otros que dan lo mejor de sí y ayudan a que uno encuentre la luz, disipe las sombras y trascienda. No tiene caso tocar a las puertas de los sepulcros de la religiosa y la profesora que intentaron hacer de mi existencia un martirio. La vida es superior y no merece desperdiciarse en seres que ya están muertos desde que nacen. Mis padres me ayudaron a descubrirme. Gracias, en verdad.

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