Los fabrican y los destruyen

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Hasta hace algunos meses, el magnate Bill Gates, uno de los hombres más acaudalados del mundo, era el personaje favorito de los medios de comunicación que resaltaban, a diario, sus «cualidades» de adivino, sus predicciones terroríficas y sus consejos, fórmulas y recomendaciones para preservar el medio ambiente y salvar el planeta, convirtiéndolo, casi, en el mesías de la hora contemporánea, al grado, incluso, de que sus mensajes parecían tener mayor influencia y validez que las opiniones tan rotas y débiles de la apagada comunidad científica, respecto a temas como el Coronavirus, por citar un ejemplo. Era aplaudido por los medios informativos y admirado por el público internacional, tan distraído, superficial y enajenado. Sus «predicciones » aterraban, mientras sus pronósticos de solución eran esperados y generaban expectativas. Este multimillonario que por razones obvias es dueño de los mayores campos de cultivo en Estados Unidos de Norteamérica, según la prensa internacional, se desplomó -al menos por el monumento, y en apariencia- tras la noticia sobre su divorcio y todas las historias relacionadas con sus mentiras e infidelidades. Quenes lo creyeron un ser privilegiado y superior, ahora lo miran semidesnudo y empequeñecido, como lo son, por supuesto, las deidades humanas de barro, dueñas de poder y riqueza material, interesados en controlar el mundo. Contemplamos el ejemplo y la forma en que los medios de comunicación fabrican dioses y, posteriormente, al no recibir beneficios materiales, los mutilan; pero el magnate es astuto y seguramente aprovechará alguna situación coyuntural con el objetivo de reaparecer engrandecido, como le encanta y es su costumbre Todo es motivado por un plan siniestro de quienes dominan el mundo. Solo es una jugada maestra dentro de una gran partida. Lo lamentable no es su figura ni su imagen porque tal historia forma parte de las rutas de un tablero con cierto proyecto e intencionalidad; lo preocupante es, en realidad, que las mayorías, a nivel global, se encuentran inmersas en ambientes de conformismo, ausencia de valores, ignorancia, deshumanización, insensibilidad, violencia, ambición desmedida, consumismo, superficialidad, enajenación e irresponsabilidad. El problema humano no tiene un nombre de persona con apellidos específicos; el asunto es la esencia amordazada, prisionera, con la falta de sentimientos nobles, bien y verdad, y exceso de arcilla arrodillada ante apetitos incontrolables, estulticia y mal. Si las multitudes fueran realmente evolucionadas, tales dioses no ocuparían espacios en el mundo y lejos de planear rincones y paraísos exclusivos, ausentes de gente que les estorba, permanecerían en el sitio que les corresponde y merecen. La humanidad sería otra.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Incapaces de controlarse

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Los he mirado en los centros comerciales, en las tiendas de autoservicio, soberbios, prepotentes, agresivos e incapaces de dominarse a sí mismos, con jugos, rebanadas de carnes frías, galletas, lácteos, panes y refrescos que consumen antes de pagar en las cajas registradoras. Y si ellos, adultos, lo hacen sin recato ni respeto, es innegable que enseñan a sus hijos a ser débiles, a romper lineamientos y reglas de convivencia sana, a ceder a apetitos y a no controlarse, con lo que diseñan y fabrican seres humanos artificiales, endebles, egoístas, descontrolados, intolerantes y de plástico que se suman a la generación perdida, a aquellos que consumen y desechan irresponsablemente, a los que pisotean los derechos de los demás porque se creen dignos de privilegios y superiores a todos. Estamos produciendo exceso de basura. Y no me refiero a la gente que tiene hambre en las calles, sino a los que entran a las tiendas departamentales y demuestran falta de educación y respeto, incapacidad para controlar sus apetitos primarios, y los imagina uno, en la privacidad, donde nadie los mira, como descendientes de hordas, aunque vistan con elegancia, posean especialidades académicas y conduzcan automóviles de lujo. Tales conductas, que practican hombres y mujeres de distintos niveles económicos y hasta académicos -los he visto-, no son de asombrar si se toma en cuenta que, en las últimas décadas, los dueños del poder económico y político se empeñaron en acelerar la producción en serie, en transformar a la gente en rebaño, en sepultar sus valores, en saturar sus estómagos y en vaciar sus sentimientos, en apagar su capacidad de pensar, en apreciar más las superficialidades y en enseñarla a satisfacer instintos primarios que van más allá de la moderación, la dignidad, el respeto, la salud y el equilibrio. Sinplemente, anuncios comerciales, series de televisión, comentarios de locutores, telenovelas y películas, se orientan, principalmente, a consumir, a desechar, a satisfacer apetitos; pero no a cultivar el bien, adquirir mayor conocimiento y experimentar los días de la vida en armonía, con equilibrio y plenamente. Piensan, y así lo sienten, que una fiesta o una reunión no es alegre si se carece de bebidas embriagantes, que un encuentro de unas horas, en una posada, vale más que dos miradas que se funden románticas una noche estrellada. Todo lo han hecho, los miembros de una élite ambiciosa, apresurado, en serie, para engolosinar a hombres y mujeres que hoy se creen dueños de las oportunidades y de la vida. Es un proyecto ambicioso y cruel que se aplica gradualmente con cierta intencionalidad, la de quitarles a las personas el perfil humano, sepultar su esencia en mazmorras inhóspitas, pisotear su imaginación, encarcelar sus sueños e ilusiones y abrirles las compuertas a la irracionalidad, a la ausencia de sentimientos e ideas, a conductas aberrantes, a casi venerar los apetitos y denigrar y juzgar el pensamiento, la sensibilidad y los valores. Me encantaría mirar a una de esas personas egoístas, interesarse en ser las primeras en ayudar a la gente enferma, apoyar a quienes nada tienen y todo lo han perdido, aconsejar a aquellos que sufren, entregar lo mejor de sí para bien de otros. Y no, no es fácil derrumbar lo que hoy parece verdad absoluta. En contraparte, es cierto que también coexisten innumerables hombres y mujeres que anhelan un mundo más feliz y sano, a los que nos sumamos tú, yo, ustedes, nosotros, ellos; aunque con tanta frecuencia descubramos que una parte de la humanidad está rota -le faltan pedazos- porque le han hecho creer que la verdadera dicha y el sentido de la vida consisten en disfrutar irresponsablemente, responder a cualquier apetito antes que sentir, pensar, hablar y actuar con el interés de dar lo mejor de sí y evolucionar. En toda conducta, es factible detectar el rumbo y el valor de la humanidad.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Introducciones y finales

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La ciencia es ambivalente y, por lo mismo, sirve a causas grandiosas y positivas y a motivos oscuros y perversos. Es, como el tiempo y la vida, indiferente al uso que se haga de sus fórmulas; aunque su empleo y sus efectos, buenos o malos, no son ajenos a la humanidad ni al mundo.

El Coronavirus -ya se sabe, creado en laboratorios y cultivado estratégicamente en diversas regiones para su propagación global, propiciar la muerte de incontables personas y generar caos que abra espacios para imponer vacunas, esquemas de conducta y transformaciones que destruyan todos los esquemas humanos y sirvan a intereses egoístas de una élite poderosa-, en sus diferentes etapas, ha enseñado mucho, y parte de tal aprendizaje consiste, también, en comprobar, una vez más, la debilidad de los científicos al ensoberbecerse ante pedazos de conocimiento y volverse, en cierto porcentaje de su comunidad, mercenarios, títeres de quienes les pagan grandiosas cantidades de dinero.

Parece como si ellos, la mayoría de los científicos, se encontraran amenazados, ocultos, temerosos, indiferentes o en complicidad con quienes están operando la cirugía más grande y peligrosa a la humanidad. Las evidencias lo demuestran claramente, de manera que ante su ausencia y su silencio, aparecen otras voces, aquí y allá, y lo mismo les creen las multitudes -académicos y analfabetos, acaudalados y pobres, jóvenes y personas de edad madura- a las redes sociales que a alguien que platica en un transporte público, en un restaurante, o a un magnate que, sin ser científico, aunque quizá argumente que ha apoyado y permanecido cerca de ese sector, pronostica con mucha anticipación las calamidades que destrozarán a la humanidad y hasta aconseja, recomienda y predice el retorno a una supuesta normalidad. Lo peor del asunto, es que la gente le cree, nadie investiga la fuente de su información, y realmente sucede lo que advierte. Algo es anormal.

Hay quienes se han convertido en los mesías, casi salvadores del mundo, que cotidianamente aparecen en los medios de comunicación masivos, en las redes sociales. Son tan poderosos y manipulan a los gobernantes del mundo, a la prensa, a las instituciones públicas y privadas, a los líderes de mayor influencia, que aprovechan la apatía, enajenación e indiferencia de las mayorías, a quienes predican diariamente las introducciones y las conclusiones de sus juegos, la trama y el desenlace de los problemas que desgarran a las familias, a millones de hombres y mujeres, y paralizan sus alegrías, proyectos, estudio, trabajo, sueños e ilusiones.

Muchas veces me he preguntado cómo es posible que un número demasiado significativo de las más de siete mil ochocientas millones de personas que habitan el planeta, sean incapaces de reaccionar y permanezcan atrapadas voluntariamente en su pasividad e indiferencia ante los acontecimientos que realmente deberían interesarles.

La respuesta la obtengo, casi de inmediato, al andar en las calles, en los espacios públicos, en las plazas comerciales, en todas partes, donde percibo ambición desmedida, ausencia de valores, envidia, deshumanización, superficialidades y violencia. A la gente le resulta fácil ofender y agredir. No hay respeto ni tolerancia. Todo es desechable, vacío, consumible.

Cuando observo a la infancia, a los adolescentes, a la juventud, experimento tristeza y dolor porque alguien con mucho poder -una élite ambiciosa y pervertida-, y nosotros, los adultos irresponsables, les estamos arrebatando días, la oportunidad de vivir sus etapas de primavera, mancilladas con las sombras del dolor, la enfermedad, las carencias, el peligro y la muerte. ¿Qué hemos hecho?

Evidentemente, mi consuelo y esperanza consisten en que ellos, niños, adolescentes y jóvenes, reaccionen y en un futuro próximo -sí, cercano, porque el tiempo es pieza clave en el tablero de los buenos y los malos- sean protagonistas de cambios estructurales que se opongan a las pretensiones de un grupúsculo, a la corrupción de gobernantes, a la manipulación de gran cantidad de medios masivos de comunicación, al engaño de comunidades y líderes y a la deshumanización y estupidez de las sociedades.

Desde luego, los jóvenes que se atreverán a escribir sus propias historias y a imponer el orden que se requiere a nivel mundial, no serán aquellos que salen vomitando de las cantinas ni los ociosos que se reúnen en las esquinas, ni tampoco los que dedican los minutos de sus existencias a generar problemas. Serán grandiosos y promotores de cambios responsables quienes hoy sienten frustración e impotencia ante el robo que otras personas con mucho poder hacen de sus vidas y oportunidades, y que se preparan diariamente, a pesar de las condiciones adversas y de los desafíos locales, nacionales y mundiales.

Con el Coronavirus, aprendimos, igualmente, a distinguir, al menos, dos grupos humanos: la barbarie, la colectividad enajenada e interesada más en satisfacer sus apetitos e impulsos, intensamente reactiva y poco racional, y aquellos que desean preservar sus valores y coexistir en armonía y con equilibrio en un ambiente de progreso, tranquilidad y respeto.

Y los vemos diariamente, más allá de sus niveles académicos y económicos. No hace falta desperdiciar el espacio y el tiempo en explicaciones de hechos que uno comprueba diariamente. Cada uno, de acuerdo con sus sentimientos, costumbres, palabras, pensamientos y acciones, sabemos el nivel en que nos encontramos y, en consecuencia, a qué grupo humano pertenecemos.

Más allá de argumentos, el Coronavirus es real, y alguien, lo sabemos, está jugando con trampa. ¿Existirán marionetas capaces de romper los hilos del titiritero y saltar del escenario en busca de un mundo auténtico y pleno? El público que suele permanecer sentado cómodamente en sus butacas, a pesar de que el teatro y sus salidas de emergencia sean consumidas por las llamas, ¿tendrá capacidad de reaccionar con inteligencia y salvar sus vidas?

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright