¿Estamos preparados?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

He mirado a aquellos que una mañana, una tarde o una noche lloran tristes y desconsolados ante un ataúd, acaso por el amor y la nostalgia que experimentan al reconocer y sentir la ausencia de quienes han partido a otras fronteras; pero también he observado, a hurtadillas y con pesar, a los que derraman lágrimas y se sienten rasgados por el dolor que proviene del arrepentimiento, la indiferencia, el rencor, el olvido y los remordimientos, con un “te amo”, “perdóname”, “gracias por todo”, que no fue pronunciado con oportunidad por la ceguera de la altivez, los sentimientos negativos, el descuido y la superficialidad. Los primeros, alivian su dolor y tristeza porque se sienten libres de los barrotes y las celdas que imponen el odio, el rechazo y el remordimiento. Los segundos, en tanto, aunque lo rehúsen, permanecen encadenados a su incapacidad de no haber demostrado amor, interés, respeto y atención a los que transitaron a otros planos. Me pregunto, ¿estamos preparados, espiritual y mentalmente, para despedir a quienes de improviso pasan por la transición, con el dulce recuerdo de las luces y sombras compartidas, o seremos iguales a aquellos que, al morir alguien, miran con congoja que forman parte de grilletes que los encadenarán y martirizarán toda la vida? ¿Somos de los que regalamos detalles a la gente, cuando vive, o de aquellos que movidos por el desconsuelo y el arrepentimiento llevan flores que se marchitan en el olvido y la frialdad de un sepulcro?

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Fórmula del cielo o preludio de amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Eres yo, soy tú, somos nosotros. Es nuestra historia

Alguna vez, parece, Dios pintó tus ojos con las tonalidades de su paleta y los alumbró con la luz de tu alma, como si hubiera deseado colocar en tu semblante una marca, la señal de sus criaturas consentidas, el lenguaje de los seres elegidos. No se conformó, al crearte, con la delicadeza de tus manos y tu silueta de mujer, porque te hizo dama para dejar en cada detalle y movimiento tu huella femenina. Guardó en tu esencia, en tus sentimientos y en tu memoria la fórmula de niña y princesa, el encanto de mujer y dama, la sutileza de ángel y musa. Escogió de los rumores celestes, las notas más bellas, los susurros del silencio, la música de la creación y la vida, para convertir tu voz canora en poema, en canto, en concierto. Llamó al viento para que jugara con tu cabello de muñeca y sopló hasta que despertaste de un sueño denominado eternidad. Inscribió tu nombre en una estrella para inmortalizarlo en la pinacoteca del universo. Notó que había creado aquella mañana, en su buhardilla, un trozo de cielo, un fragmento de su alma, un pedazo de ternura. Aquella ocasión, creo, también modeló mi figura y deslizó sus pinceles sobre mí, hasta que sopló, como lo hizo contigo, y desperté, igual que tú, de ese sueño inmortal en la morada, donde ambos jugábamos y permanecíamos fundidos en un palpitar sin final. Nuestra historia ya estaba escrita; sin embargo, permitió que tú y yo, nosotros, los de siempre, enmendáramos los capítulos y añadiéramos páginas a nuestra historia, con la idea, parece, de hacerla grandiosa, sublime, inmortal e inolvidable. Emocionado, Dios me confesó al oído que tú tienes mucho de mí y yo un tanto de ti, de tal manera que somos uno y otro con diferente identidad y el mismo pulso en un alma que no morirá porque contiene un soplo de eternidad. Guardó Dios sus secretos de amor en tu alma y en la mía, con la promesa de que algún instante, en cierta estación, coincidiríamos con la idea de compartir un destino, una historia, un romance. Recibí de Dios la encomienda de amarte con el alma, fielmente, como si cada momento iniciara nuestro encuentro y me enamorara de ti a toda hora, siempre con alegría, emoción, asombro e ilusión, como lo hago desde la primera vez, cuando dije a tu oído “me cautivas. Me siento profundamente enamorado de ti. Te amo”. Es un enamoramiento que no cesa, una locura que no se apaga, una luz que no se extingue. Tú convertida en mí y yo transformado en ti. Es un amor que viene de lo alto, que proviene del interior, que nos mantiene en los parajes de la temporalidad y lleva a ambos al oleaje de la inmortalidad. Con un amor así, poseemos la llave del cielo. Hemos compartido incontables capítulos, prefacio, es verdad, de los días y la eternidad que están por venir. Amar significa fundir dos almas con tu esencia y la mía, volar juntos, navegar inseparables, ser mundo y paraíso, canto y suspiro, silencio y voz, nieve y tormenta, cascada y río. Veo mi reflejo en tu mirada cuando me encuentro a tu lado y al no estar contigo, te percibo en mí aquí allá, me siento en ti, y lo más asombroso es que somos tú y yo, con un rostro y otro más, mecidos en el arrullo de un alma, en una morada donde el amor es la luz, el destino y el principio sin final. El nuestro es un amor inextinguible porque nació en el cielo, en el alma, en ti y en mí, en la primera flor. Sólo un amor como el nuestro se vuelve inmortal y exhala los perfumes del infinito, irradia la luminosidad de los luceros y regala las caricias del viento que llega de rutas  distantes. Tú y yo, nosotros, es el secreto de un amor vuelto locura. Intenso, alegre e ilusionado, te siento en mí, en la hoja dorada que arranca el viento una tarde otoñal, en el copo de nieve que derrama el invierno una madrugada sobre los abetos, en el rocío de la mañana que a una hora primaveral desliza en los pétalos de la flor, en las gotas de lluvia que se precipitan un día de primavera, acaso porque somos eco y promesa, probablemente por ser el amor código de la alegría e inmortalidad, quizá por definir en ti algo de mí y volverme un tú que abrazo desde el silencio y la profundidad de nuestras almas, tal vez por formar parte del preludio y la fórmula del cielo.

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El encanto de un amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te intuí en mi infancia. Era bello soñar y sentirte, imaginar que un día o una noche especial por fin mi alma reconocería la tuya y me descubriría en tu mirada, te percibiría en el ambiente y me aproximaría a ti. Siempre esperé ese momento de ensueño. Sentí hasta la profundidad de nuestros abrazos en el silencio universal, escuché tu voz entre los rumores de la creación, percibí tu palpitar en el mío. Ahora sé que alguien, desde la esencia y la luz, abrió la puerta para nuestro reencuentro, sí, porque lo más maravilloso y subyugante es que tú y yo ya habíamos jugado al amor y a la vida una y otra vez, en las moradas del ser, donde el principio y el final sólo son círculo. El encanto de nuestro amor consiste en su autenticidad, en que es tan fiel como espontáneo y puro, en su libertad y plenitud, en sus burbujas de realidades y sueños, en sus detalles, alegría e ilusiones, en su magia y en estar planeado para hoy y siempre, en nuestras almas, en las noches estrelladas y en el plano celeste

El encanto de un amor se mece en el arrullo de la noche, entre luceros, cometas y polvo de estrellas, antes de expresarse en una mirada, en un beso o en una palabra, acaso porque se trata de un sentimiento puro y de algo más, quizá por venir del cielo, tal vez por pertenecer a seres privilegiados. La dulzura de un amor es más que letras del tintero plasmadas en una hoja de papel o una hora de encuentro fugaz, probablemente por ser motivo, detalle y prodigio. La magia de un amor se encuentra en un abrazo, una sonrisa o un acto especial. La historia de un amor se escribe cada instante con tus manos y las mías, con nuestros nombres y apellidos, con tu yo y mi tú, con las letras del abecedario y las cosas de la vida. El deleite de un amor se siente en un ósculo, una caricia o el silencio de dos almas que se saben unidad. La fortaleza de un amor es la suma de nuestras coincidencias; su riqueza, en cambio, es la unión de tu diversidad y la mía. La fórmula de un amor consiste en no abandonarse, en estar presente, en abrazar durante los minutos de desconsuelo y en las horas de alegría, en soñar y volar. La locura de un amor es intuirse desde la infancia, recorrer las estaciones y un día, una tarde o una noche encontrarse en algún rincón, de tal manera que al convertirse uno y otro en compañeros de viaje, en un alma palpitante, recuerden los juegos de un paraíso eterno, caminen hacia el palacio sin final y en el intermedio, aquí, en el mundo, sean intensamente felices, se abracen en el silencio, corran y giren durante las horas de lluvia, admiren las estrellas, graben sus nombres en la arena de la playa, tomen sus manos y contemplen el amanecer y la constelación, vuelen libres y plenos, compartan capítulos con el sí y el no de la vida, rían y ya en la ancianidad, en las horas postreras de la existencia, se miren con el asombro y el enamoramiento de los otros días, con la certeza de que el paseo no concluirá al no abrir más los ojos porque la caída de la última hoja significará que despertarán en la fuente de la luz, en el principio eterno, entre pétalos fragantes, ríos etéreos y gotas de cristal. El encanto de un amor es, simplemente, tú y yo contagiados por el sentimiento más resplandeciente, por la sonrisa de Dios, por lo que da color, sentido y armonía a la vida.

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En mí…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Supe desde el principio que si era la niña de mi vida y la dama de mis sueños, también sería más tarde el ángel de mi cielo

Pensar en ti es sentirte en mí, en mí como motivo de dulzura, en mí en los momentos de alegría y tristeza, en mí al pronunciar tu nombre, en mí cuando llevo tu sabor y tu perfume para impregnarlos en mi ambiente y en las páginas de nuestra historia, en mí al amarte. Sentirte en mí es vivir acompañado de día y de noche, es hilar la tela de la existencia, es dormir y despertar contigo, es diseñar un bouquet de flores. Percibirte en mí equivale a saltar por la reja del cielo o trepar a uno de sus balcones, significa escuchar los coros del universo, es abrazarte en silencio y susurrar a tus oídos los secretos de un amor que gradualmente se convierte en locura y en rumbo nuestro. Reconocerte en mí es mirarme al espejo y descubrirme en tu rostro, es sentirme tú con mi identidad, es componer el poema más sutil, es empaparse una tarde de lluvia. Experimentarte en mí es reconocer la presencia de Dios y el encanto de una existencia maravillosa e inolvidable, es flotar en la temporalidad y en el infinito, es soñar y vivir. Pensar en ti y sentirte en mí tiene una dirección, un significado, un destino. Saberte en mí, es conocer por fin el amor que soñé durante mi infancia dorada, es fundir mi alma con la tuya, es ser tú y yo, los de siempre, una estrella titilante en el día y la noche de la eternidad.

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Regalo del cielo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Siempre hay una mujer que cautiva y queda en los sentimientos, en la memoria, porque es diferente, especial, irreemplazable. Entre tantas mujeres, uno busca y elige a la mejor, a la que trae las ecuaciones y el perfume de Dios, a la que forma parte de su corona, a la que hace de la vida y de las cosas del mundo una serie de detalles parecidos a los encantos del cielo. Dios maquilla especialmente a las mujeres que elige para que sean damas, criaturas femeninas que embelesan y son su canto y su poema. Una dama eres tú y yo un caballero que desea colocar flores en tu sendero, ofrecerte mi más fiel y puro amor y hacerte muy dichosa

De la creación, la mujer es flor, estrella del firmamento, perfume de la vida y el universo; pero una dama es el valor que Dios agrega a su corona. Es su luz, su resplandor, su motivo. Es el nombre que anotó en su libreta de apuntes. Una dama es mujer y algo más. Es ángel y ente femenino. Es detalle, poema y canto. Es, parece, camino a la morada, destello del cielo, encanto sutil. Si una mujer es belleza, una dama es ensueño, luminosidad, hermosura. Su encanto viene de sí, de su esencia, de su estilo de vida. Como que trae consigo la fórmula de la inmortalidad. Cuando Dios moldeó y pintó a las mujeres, ellas, las damas, se transformaron en sus criaturas consentidas y selectas, a quienes maquilló con tonos femeninos para que uno, al mirarlas, aprenda a distinguirlas y sepa que aquel que ama a alguna, tiene una bendición y contrae, a la vez, el compromiso y la responsabilidad de cuidarla siempre y hacerla muy dichosa. Una dama es sueño, ilusión, vida, realidad, encanto y dulzura. Es alguien que no se olvida. Una dama es, además, remembranza de las historias celestes, palpitar del espíritu femenino que está presente en lo más sublime de la vida, la naturaleza y el universo. Es detalle, actitud, valores. Ser mujer es un privilegio y un regalo de Dios; pero una dama es su tesoro. Feliz el hombre que ama, finalmente, a una dama porque ella le entregará sus sentimientos fielmente y con pureza, lo hará dichoso y lo llevará a los jardines, las terrazas y los recintos del cielo. Una dama eres tú, con tu forma de ser, tu código de vida, tus detalles y tu forma femenina. Una dama es la mujer que amo y con quien doy vueltas en una espiral hasta llegar a los sueños de la eternidad, a la vida sin final. Una dama eres tú, un regalo de Dios, un dulce y gran amor.

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¿Qué puede uno decir?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Al darme cuenta del amor tan grande que me inspira, convertí mi taller de artista en fragua para fundir el abecedario y entregarle el más bello de los poemarios, versos dulces y el libro de nuestra historia

¿Qué puede uno decir cuando parece que las letras del abecedario se agotaron y las palabras del diccionario resultan insuficientes para expresar sentimientos? ¿Qué escribe uno al creer los demás que el lenguaje, en cualquier idioma, es ancestral y pobre para describir un gran amor? ¿Cómo defender y conservar los textos que brotan de la inspiración, cuando te vistes de musa, si ahora mucha gente pretende talar letras, quemar acentos y borrar puntuaciones? ¿Dónde plasmar las ideas si cualquier espacio se reduce a las limitantes de su superficie, la caminata del tiempo y el precio que se le fija? ¿Qué puede uno escribir cuando otros, en el pasado, ya hicieron del amor un verso, una novela, un concierto, una canción, un cuadro, una escultura? ¿Cómo transmitir el amor que me inspiras si antes de venir tú y yo al mundo, ya había poetas que fundían las letras para formar palabras que delataban la locura de su enamoramiento? ¿De qué manera quebranto los barrotes de las celdas y libero todos los dialectos e idiomas del mundo y los rumores del universo para componerte el poema más bello y subyugante? ¿Con qué sustituyo las estrellas si las tomo para fundirlas durante mis noches de inspiración y colocarlas en tu almohada mientras duermes? ¿Cómo diseñar y escribir una carta de amor y pretender que la humanidad cimbre, si los sobres escasean y ya no provocan encanto ni las letras causan ilusión? Si la mayoría es proclive al brillo de la superficialidad, a los apetitos pasajeros y a la levedad de la existencia y las cosas, ¿cómo uno puede introducirse a las profundidades del océano para armar una declaración de amor? Si en una confusión de ideas y atrapados entre las pasiones y los sentimientos, los compositores ofrecen canciones baladíes y los productores filman películas redituables económicamente, ¿cómo escribir, entonces, la historia más bella, excelsa, rica e inolvidable de amor? ¿Qué puedo decir cuando parece que todo se ha pronunciado? ¿Cómo susurrar a tu oído la cadencia de mis composiciones si muchos prefieren la discordancia de los gritos? Nadie sabe, aunque algunos lo sospechen, que la aleación de mis palabras, al escribir para ti, proviene de los talleres del cielo y de mi alma, donde todos los días horado con la intención de descubrir los tesoros más resplandecientes que un artista puede entregar a su musa, a una dama, al ente femenino que ama y en el que se reconoce eternamente. Esa es, parece, la razón por la que el material de mis escritos es inagotable. No podría rasgar trozos de tela para entregarte remiendos que cubran y resalten tu brillantez; es preciso, por ser quien eres, cortar con delicadeza el lienzo que merece alguien que late en el corazón y mora, por lo mismo, en el interior de uno y en los salones de un destino sin final.

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Nuestra historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Lo mejor de todo es que existen historias especiales y mágicas que son reales

Todo, en el mundo, se transforma en ayer, en historia, en recuerdo. Nuestros nombres, grabados en la playa sobre granos de arena que incendia el sol matinal o que resalta con especial hechizo el crepúsculo dorado a una hora vespertina, podrán ser borrados por la espuma de las olas jade y turquesa, o quizá la locura de trazar en un cristal, mientras llueve, tu inicial y la mía con expresiones que conocemos por surgir del alma y de los latidos de ambos, serán diluidas ante la caminata de los minutos; sin embargo, el amor que compartimos a una hora y otra, un día y muchos más, jamás desaparecerá porque ya nos pertenece. El paso de las manecillas es impostergable. Nuestros juegos, risas, pláticas y ocurrencias podrán convertirse en pasado; pero nadie tendrá facultad de arrebatarnos tan bellos e inolvidables capítulos porque pulsan en el interior de los dos, son nuestros y pertenecen a la historia que protagonizamos. Salpicarnos con el agua de las fuentes, sentarnos en una banca de hierro para embelesarnos con las estrellas que cuelgan en el celaje, recibir las gotas de lluvia, pasear por sitios de ensueño, experimentar el encanto y la magia de un abrazo prolongado y silencioso, preparar un postre, probar los sabores del café y los platillos que elaboramos, cargarte, rodar por el césped, reír y llorar, vivir los días con sus claroscuros, aprender, compartir anhelos, crear sueños e ilusiones dentro de burbujas y reventarlas con realidades, columpiarte, seguir la misma ruta y escribir la historia más bella, sublime, grandiosa e inolvidable, podrá parecer a otros un delirio, una fantasía o un discurso inverosímil; mas tú y yo sabemos que es algo real y que ni el tiempo, el recuerdo, la muerte y el olvido, en apariencia rivales, tendrán capacidad para desvanecer el amor que compartimos y nos enriquece e identifica aquí y allá, en el mundo y en la eternidad. Nadie, en el mundo, tiene capacidad de borrar una historia de amor como la nuestra porque fue decretada, tú lo sabes, en algún rincón, por quien colocó en ti el brillo de las estrellas y las partículas del cielo para que yo, al caminar a tu lado, cuide su resplandor.

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Emociones y motivos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Para ti, con la promesa de la locura de un amor sin final

Me gusta que en las mañanas, al despertar, encuentres en tu almohada una flor blanca o fucsia, como las que te encantan y sueñas cada noche mientras te arrullo, para que sepas que estuve a tu lado y que nunca te olvido. Me fascina dispersar pétalos de textura deliciosa para que al andar descalza, sientas mis caricias. Me emociona admirar a tu lado el celaje nublado y pintar sueños, promesas e ilusiones que se transforman en realidad al deslizar las gotas de lluvia en nuestros rostros y piel. Me interesa construir puentes de cristal para diluir contigo las horas y los días más románticos del reloj y el calendario. Me enternece que al abrir el ventanal de tu habitación, el viento suave te envuelva, desordene tu cabello y te entregue mis abrazos y la fragancia de mi perfume; me alegra que al contemplarte en el espejo, definas mi rostro y mi silueta junto a ti porque significa, entonces, que compartimos una historia; me enamoran tus detalles, tu sonrisa y tus bromas de niña tierna, quizá por indicarme que te hago feliz, que te sientes ilusionada y que estás viva. Me deleitan tus rasgos femeninos, tu figura de dama, con todo lo que vales. Me cautiva tu mirada de ensueño, tal vez por la belleza de tus ojos, quizá por ser paso al cielo, acaso por reconocerme en tu reflejo. Me embelesas y siento emoción, dicha e ilusión al expresarte mi amor y admiración, igual que la primera vez. También me conmueve llamarte mirada de cielo, nombre de ángel, ojos de espejo, musa, primera flor y detalle de mujer. Me fortalece bromear y jugar contigo, probar tu sabor en un beso tierno, reír y protagonizar capítulos incontables, porque quiere decir que desconocemos el aburrimiento, la cotidianidad y la rutina. Me agrada que ambos coincidamos en el mundo, los sueños y el cielo, siempre con algo diferente y la promesa de un amor inagotable, con detalles cotidianos. Me gusta que siempre hay un motivo para ser felices con la locura de este amor que siento en ti y en mí. Me sorprende que Dios pinte arcoíris, bancas, jardines y luceros en nuestro sendero, como si le complaciera acompañarnos. Con tantas burbujas pletóricas de emociones y motivos, ¿no acaso el amor engrandece, es fiel y no se aburre?

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Tú eres un motivo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No espero acontecimientos especiales para expresarte mis sentimientos porque cada instante a tu lado es mágico y propicio para envolver ilusiones en las estrellas y reventar las burbujas de los sueños para que se conviertan en la historia que compartimos

No me conformo con esperar a que la noche cubra el mundo con su manto para admirar las estrellas, ni que el anuncio de la mañana me invite a disfrutar los colores y percibir las fragancias de la vida, porque al asomar en ti descubro el arcón donde Dios atesoró las fórmulas y los secretos de su creación. No necesito un acontecimiento especial para expresarte una palabra bella, ni acelerar las horas de la noche para envolver mis promesas en las estrellas; tampoco confundo la emoción y hermosura de una flor con la alegría y el suspiro de un detalle. Simplemente, susurro a tu oído “te amo”. A un amor especial se le obsequian momentos y sonrisas, alegrías e ilusiones, sueños y realidades. Y es que aquellos seres humanos que esperan el siguiente día, la otra oportunidad, para decidirse a pronunciar las palabras más tiernas a quienes les abren las puertas de sus corazones, se arriesgan a sustituirlas por frases mezcladas de dolor y lágrimas. Prefiero anticiparme con la intención de que cada instante sientas la dulzura de mis besos y la ternura de mi amor, acompañados de la idea de reventar las burbujas de las ilusiones para transformarlas en vivencias y compartir tú y yo una historia de ensueño. Confieso que soy de otra arcilla porque más allá de dedicar los años de la vida en tratar de interpretar la razón por la que coincidimos en el sendero, dedico cada instante de mi existencia a amarte y preparar el camino de terracería hacia horizontes plenos y moradas etéreas. No soy de los que esperan envejecer para comprender el significado de la vida y expresar durante los días postreros un “te amo” tan débil que el viento lo disperse cual hojas secas y quebradizas. Me adelanto cada segundo para consentirte y que escuches en tu interior mi voz que pronuncia “me cautivas y te amo”.

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Momentos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Susurro tu nombre para que el viento de la noche lo disperse en el cielo y lo convierta en estrellas de cristal

Despedir un día sin expresar tu nombre con dulzura, equivaldría a dejar la hoja en blanco y dar la vuelta a la página de nuestra historia; omitir el beso tierno, cuando permanezco a tu lado, significaría marcharme de tu casa con la ausencia de tu sabor; no regalarte alegría ni sonrisas, implicaría cargar tristezas. No consentirte una mañana o una tarde, sería igual a pasar indiferente ante la niña feliz e inocente que sustraje del arcón del ayer con la promesa de amarla hoy y siempre. Si no cubriera las horas de tu existencia con detalles, mi vida mostraría hojas y flores yertas. Si no te tratara como dama, me pregunto dónde quedaría el caballero que afirmo ser. No asomar a tus ojos cuando estoy contigo, me impediría descubrir dos espejos mágicos y la entrada a paisajes excelsos y subyugantes. No tomar tus manos ni introducirme en tu mirada con la finalidad de confesar suavemente “me encantas y me siento enamorado de ti”, sería olvidar la emoción, alegría e ilusión de la primera vez, cuando te vi y dije: “me cautivas y quiero amarte toda la vida”. Qué mejor, pienso, que fundir nuestros corazones para que al latir cada instante repliquen tu nombre y el mío en el universo. Así, asomo al balcón y susurro tu nombre con sutileza, casi en secreto, para que el viento de la noche silenciosa lo disperse en el cielo y lo convierta en estrellas de cristal que reflejen mis ojos y el océano turquesa.

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