Mujeres de siempre: Cynthia Angélica Ayala Jiménez, una historia de ilusiones, sueños y realidades

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“…cuando tomé la decisión de realizar el examen, lo recuerdo muy bien, me dije que era lo mejor que podía hacer para vencer todos mis miedos”. Cynthia Angélica Ayala Jiménez

“Ese fue mi principal motivo: quería transformarme en una mujer segura, independiente, valiente…” Cynthia Angélica Ayala Jiménez

“Toda mujer debe saber y tener claro que no tiene por qué estar en un espacio y con personas que no la tratan bien, o más aún, que la violentan física o psicológicamente. Lo más importante en la vida de una mujer, es atreverse a ser y hacer aquello en lo que se sienta plena, realizada”. Cynthia Angélica Ayala Jiménez

Un día, en 1994, salió de la oficina del director del periódico, con la alegría juvenil y la ilusión de una universitaria recién egresada de abrirse paso en la vida y realizarse como mujer, profesionista y ser humano.

El director del periódico El Sol de Morelia, Armando Palomino Morales -don Armando, como le llamábamos cariñosamente-, me confesó alguna vez que aquella joven, Cynthia Angélica Ayala Jiménez, le había inspirado confianza y que un rasgo que le agradó fue, precisamente, la amabilidad, la sencillez, el respeto y los deseos de trabajar y progresar de aquella muchacha sonriente, honesta y soñadora. Así la definió al confiarme que esperaba mucho de ella como periodista.

No se equivocó el hombre que entonces tendría alrededor de 63 años de edad. Le autorizó una plaza como reportera y confió plenamente en ella, como lo hizo conmigo, años antes, sin conocerme. Y nunca traicionamos la confianza que aquel señor tuvo en nosotros. Actuamos siempre con honestidad y profesionalismo, fieles a nosotros mismos y a nuestros principios.

Aquella joven soñadora, “amable, bien intencionada y de mirada transparente”, como una vez alguien -otra mujer- la definió en la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, se entregó por completo al quehacer periodístico, profesión riesgosa, poco redituable económicamente y demasiado absorbente en tiempo; sin embargo, siempre llamó mi atención el hecho de que sabía lo que anhelaba en la vida y su mayor tesoro era, como lo es aún, su familia.

Me parece, en consecuencia, una persona que ha dejado huella, digna de ejemplo. Es una mujer de siempre. Es ella, Cynthia Angélica, quien ha respondido mis preguntas por escrito y de diferente modo, a través de lo cual percibo la misma emoción, alegría e ilusión de aquella joven que conocí en las horas de 1994:

“Nací el 18 de febrero de 1971, en Morelia, capital del estado de Michoacán, en el centro-occidente de México. Una ciudad colonial que desde muy temprana edad conquistó mis sentidos y mi corazón. Hablo de aquella ciudad de provincia, en la que aun siendo niños podíamos jugar y andar tranquilamente en la calle”.

Y provoca silencio, nostalgia y reflexión cuando completa la idea: “aquí, en Morelia, transcurrió mi infancia, tranquila y feliz, acaso con los vaivenes que en la época habría de enfrentar toda familia de clase media, pero en la que, ante todo, siempre se buscó inculcar valores y una educación tradicional”.

Es la misma de antaño. Sus palabras e ideales la descubren. Habla con firmeza, valor y seguridad acerca de sus principios, y eso da valor a una persona, a una mujer, a un hombre, a todo ser humano, la congruencia entre sus sentimientos, ideas, palabras y actos. Es el encanto de vivir. Se trata de la pasión de una existencia.

Prosigue con el relato de su vida: “soy la tercera de 6 hijos, llegados alternadamente -mujer-hombre, mujer-hombre, mujer-hombre-, lo cual hizo de la mía una infancia feliz, con acompañamiento constante -entre risas, pleitos infantiles, espacios, aficiones y juegos compartidos-, que bajo la guía de nuestros padres nos hizo crecer como hermanos muy unidos, como nos hemos mantenido hasta la fecha”.

De hecho, Cynthia, a quien desde los 13 años de edad le apasiona tomar fotografías de paisajes naturales, animales, personas y sitios de interés, siente especial amor hacia sus 11 sobrinos. “El vínculo con mis sobrinos, los hijos de mis hermanos, es tan grande que los amo tanto y los considero parte esencial de mí, como si fueran mis hijos”.

Y continúa con la emoción y el orgullo de quien ha tuvo la dicha de disfrutar su hogar e infancia: “hijos de padres trabajadores, desde pequeños aprendimos -principalmente por mi madre- la importancia de colaborar en casa y ser autosuficientes a temprana edad”.

Abre las páginas de su biografía, busca entre los minutos y los días que permanecen en el naufragio del tiempo, horada en sus recuerdos y explica que “en medio de la presencia de mis papás y cinco hermanos, y con un carácter extremadamente tímido, pensaba mucho, pero hablaba poco. Jugaba, sí, pero también observaba, analizaba situaciones que se daban a mi alrededor; percibía actitudes de adultos, que llamaban mi atención e internamente las cuestionaba y hacía conjeturas”.

¿Qué es el tiempo? ¿Cómo se registran los cambios sociales de manera casi imperceptible? No hace tantos años que el rostro del mundo era otro, y ahora aquella época pertenece al ayer, a otras horas, y es historia, recuerdo, historia y recuerdos que se añoran y motiva a preguntar en qué momento se perdieron las familias, la educación, el respeto, la alegría, los hogares.

Cynthia expresa: “mi infancia transcurrió en la época de los juegos de calle, juegos de mesa, muñecas, triciclos, y en una Morelia que aún nos permitía correr por las calles sin los peligros de hoy en día. Regresábamos del colegio -ubicado en el centro histórico de la ciudad- caminando hasta llegar a casa, sin ningún riesgo aparente”.

Refiere que “a pesar de no contar con una situación económica holgada, mi madre siempre se empeñó en que asistiéramos a colegios católicos -tal como su mamá hizo con ella y sus hermanos-, lo que aseguraba que recibiéramos la mejor educación -en esa época y en una ciudad de provincia, éstos eran una garantía -. Así, cursé los primeros 15 años de mi formación escolar con las madres salesianas. Ahí se sentaron en gran medida las bases de mi educación, que venían a complementar y/o reforzar la recibida en el hogar”.

“No obstante, y si bien fueron grandes los momentos, las enseñanzas y los recuerdos que me generó estar en un colegio de monjas, al que asistíamos solamente niñas, también me permitió conocer de manera muy cruda la diferencia de clases sociales y prejuicios raciales que en aquel entonces era muy marcada en la conservadora sociedad de Morelia”, admite.

Confiesa que el hecho de “no pertenecer a una élite predominante en el colegio, lo cual se reflejaba no solo en el color de la piel, sino en la apariencia, los accesorios escolares, el lunch y hasta el auto en que te recogían al salir del colegio -si no es que te tocaba regresar a casa caminado o en transporte público-, marcó sin duda mi vida. Yo estaba en el lado de la minoría, con escasos recursos económicos -en comparación con la mayoría de las compañeras-, y una piel morena que fue motivo de burlas, señalamientos y exclusión, hechos que limitaron mi desarrollo social, haciéndome una niña y luego adolescente extremadamente retraída. Insisto, pensaba mucho, observaba mucho, anticipaba reacciones, a veces en mi mente respondía las preguntas que hacían los maestros, pero nunca me atrevía a hablar ante mi grupo”.

Sus palabras, nuevamente motivan a la reflexión, y uno se pregunta cómo es posible que en una ciudad fundada en 1541, con tantos acontecimientos sociales e históricos en sus rincones, en sus plazas, en sus calles, donde coexistieron diferentes castas, la gente no haya aprendido que las apariencias y las superficialidades son burbujas frágiles y de efímera existencia, tendencia, por cierto, ampliamente practicada en diversas regiones de México y promovida, sobre todo, por las televisoras privadas del país.

Es, parece, mujer analítica: “y, sin embargo, el espíritu que rige a la congregación salesiana, en palabras de su fundador, San Juan Bosco, es “estar siempre alegres”. Y sin duda, es algo que las religiosas -la mayoría- y maestras, podían conseguir en sus colegios gracias al sistema pedagógico que ahí se les inculcaba. Lograba, con el reducido grupo de amigas, o acaso la amiga del momento, estar alegre, disfrutar a mi manera y tener ratos muy buenos, que son los que más grabados están en mi memoria”.

Y cuando uno le pregunta cuáles fueron sus sueños e ilusiones durante su niñez y adolescencia, hace una pausa y anticipa: “tal vez no podría hablar mucho de sueños e ilusiones en la primera infancia, porque solo estaba dedicada a jugar, a vivir. Tal vez fue en la adolescencia, cuando comencé a ser consciente de carencias económicas, que mis sueños e ilusiones se fueron conformando, pero básicamente en el sentido de algún día tener trabajo y dinero para compartir con mi familia. Si acaso, desde muy temprana edad, soñé con aprender a manejar y tener un auto”.

Admite: “no sé si fue el modelo de profesoras que tuve, o mi afición ya desde niña, por los más pequeños, lo que me hizo ir albergando desde muy pronto la que por muchos años fue mi gran ilusión en términos profesionales: ser maestra”.

“Primero con mis hermanos y primos, después con niños vecinos, o con hijos de las amigas de mi mamá, siempre tuve mucha facilidad para relacionarme con los más pequeños. Ensayaba entonces cómo sería maestra cuando grande. Esos fueron en muchos momentos mis juegos, entre los que destacaba preparar presentaciones infantiles para la familia en las festividades (día de la madre, día del padre, etcétera), en lo que una de mis tías -quien fue como mi segunda madre- me apoyaba, ayudándome a confeccionar los atuendos para dicho fin, o cualquier otra cosa que yo creyera necesitar; improvisaba el salón de clases, con un pizarrón que nos habían comprado para coordinar una agenda familiar -lo cual ocurrió muy poco tiempo, y después se quedó como un juguete-; y por supuesto los regaños y los recreos eran parte importante de esos juegos”, similar a una profesora real.

De tal manera, “me visualizaba enseñando a niños, principalmente de preescolar. Este hecho solo cambió cuando en el tercer año de preparatoria -en el bachillerato general con área pedagógica- llevamos la materia de Ciencias de la Comunicación, impartida además por uno de los maestros más reconocidos en Morelia, por su rectitud, fineza, capacidad, rigidez y calidad humana: Gustavo Ernesto Tena Orozco. Era un hombre mayor, que siempre, a cada una nos llamaba por nuestro apellido; de porte distinguido, cabello cano, siempre luciendo impecable, de expresión fina y, sobre todo, siempre exigiendo lo mejor de cada quien”.

Reconoce, tras la sabiduría y experiencia que transmitió aquel maestro: “la materia me conquistó, y el cambio de dirección fue motivado, además, por una prueba vocacional que nos aplicaron en ese periodo, donde me señalaba como áreas de interés y capacidades, la de los medios de comunicación”.

“Debo decir que, para ese entonces, si bien continuaba en el mismo colegio de religiosas, el entorno ya era diferente: grupos reducidos, mayor diversidad socio-cultural, lo que me generó la confianza que en niveles anteriores no había tenido, y me llevó a desenvolverme con mayor facilidad: estudiaba, hablaba, analizaba, me relacionaba, obtenía buenas calificaciones, y a veces no tan buenas; comencé a tener cierto discreto y sutil liderazgo, o eso sentía yo”.

Una vez abierto el libro de las remembranzas, las ideas llegan en tropel y ella las ordena, les da sentido: “tal vez una difícil situación económica, fue el hecho que influyó en mi vida en aquella época. La separación de mis papás, cuando yo tenía 17 años, derivó en desequilibrio económico para mi mamá, y del emocional y psicológico que a mí me ocasionó, solo pude ser consciente muchos años después. En ese momento, nos volvimos pragmáticos, y debimos hacer frente a una difícil realidad: nuestra economía. Mis dos hermanos mayores se convirtieron en el apoyo toral de mi mamá, quien debía hacer frente a la responsabilidad de sostener a la familia. Y yo, ahora lo veo, primero distraje mi atención en asuntos propios de la juventud, sin dar importancia a ese hecho, hasta que comencé a advertir las limitaciones económicas que enfrentábamos, y el impacto que había causado en cada miembro de la familia, comenzando por mí”.

“Desde muy pronto sentí también la inquietud de ser productiva. Quería trabajar, ganar dinero, por lo menos para mis propios gastos. Cuando se presentó la oportunidad, no dudé en aceptar el trabajo que me ofreció mi tía para trabajar en una dulcería grande e innovadora que tuvo una excelente época en Morelia. Tal vez mi modesto sueldo no daba para apoyar entonces al sustento familiar, pero era un gran alivio -de vez en cuando- poder invitarles una hamburguesa o algún otro antojo a mi mamá y hermanos, o simple y sencillamente cubrir mis propios gastos de transporte y escuela. Yo continuaba en el colegio de monjas gracias a una beca que mi mamá gestionó para que pudiera concluir ahí la preparatoria. Trabajar en la dulcería, como dependienta, me dejó grandes aprendizajes, y disfrutaba desde asear el local y acomodar mercancía, hasta decorar con motivos infantiles, de acuerdo a la temporada del año, los ventanales que daban a la calle y atraían a los transeúntes”.

Reconoce que “cuando la carga de trabajo académico fue más pesada en el segundo año del bachillerato, dejé el empleo de la dulcería, pero extrañaba sentirme productiva. Al concluir esa etapa escolar, y ante la incertidumbre de mi ingreso a la universidad, tuve oportunidad de trabajar por casi tres meses en una de las compañías gaseras más grandes del estado de Michoacán en ese entonces. Fui la recepcionista que atendía llamadas para pedidos de gas en Morelia, los organizaba por rutas, los distribuía entre los repartidores, recibía cuentas de éstos, y apoyaba a mi jefe en la preparación de los pagos de cada semana al personal. Dentro de mis funciones, además de recibir los regaños de los usuarios que se quedaban sin gas, porque no se los surtían inmediatamente, estaba el realizar depósitos bancarios, lo que me llevó a observar mucho la dinámica en un banco, y llegar a considerarlo como opción de trabajo”.

Y es que, “al terminar la preparatoria, ya convencida de que no sería educadora, corroboré que aquí en Morelia no había ninguna institución en la que se impartiera la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Con mi mamá, estuvimos al pendiente de la convocatoria para ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM por sus siglas -en aquella época la publicaban en los periódicos más importantes del país-, e hicimos todos los trámites necesarios para aplicar el examen. Fuimos a la Ciudad de México en dos ocasiones: una para sacar la ficha y otra para realizar el examen. Los resultados, según nos informaron, llegarían al domicilio particular, a través del correo terrestre”.

Y así, “llegó septiembre, y nada pasó; siguió octubre y tampoco; mientras, yo continuaba trabajando en la compañía gasera. Pero ante la posibilidad de quedarme sin estudiar, pues no había considerado un plan B, me propuse buscar otro tipo de trabajo, y fue cuando llevé una solicitud a un banco, pero nunca supe si me habrían llamado”.

“Eran casi mediados de noviembre -según recuerdo- cuando ya inesperadamente llegó la carta de la UNAM, felicitándome y dándome la bienvenida, al ser aceptada para cursar la licenciatura en Ciencias de la Comunicación, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Fue el 20 de noviembre de 1989 cuando dejaba Morelia para trasladarme a la Ciudad de México”.

Cynthia se interna a sus años juveniles, al momento de su prueba, y admite que “una vez recibida la noticia de que había sido aceptada en la UNAM, sentí pavor. Pero cuando tomé la decisión de realizar el examen, lo recuerdo muy bien, me dije que era lo mejor que podía hacer para vencer todos mis miedos. Ese fue mi principal motivo: quería transformarme en una mujer segura, independiente, valiente, lo cual entonces creía que estaba muy lejos de ser. Hubo ciertas dudas respecto a irme, porque además para ese momento una universidad privada estaba por empezar a impartir esa carrera”.

“Mi análisis me dijo, sin embargo, que no se podría comparar estudiar en una institución que apenas comenzaba a impartirla, con una universidad pública que ya tenía años de experiencia -la más grande del país- y en la que yo ya tenía una matrícula. Y con todo el apoyo y respaldo de mi mamá, tanto emocional como material, tomé la decisión de irme. Una amiga de la familia materna, que vivía allá, generosamente nos ofreció su departamento para que yo viviera con ella durante mis estudios”.

Respira profundamente al evocar aquella prueba de su vida y asegura que “fue así que, de un día para otro, me vi llegando a la Ciudad de México. Me llevó mi mamá en compañía de uno de mis hermanos. Debo reconocer lo contradictorio que puede parecer vivir aquel momento de la separación como uno de los voluntariamente más doloroso de mi vida. Nunca me había separado de ellos, de mi mamá, de mis hermanos. Recuerdo que lloré mucho, tuve mucho miedo, pánico, al verme sola -sin mi familia- en aquel monstruo de ciudad”.

Uno entiende los sentimientos de pánico que experimentó aquella muchacha con sueños e ilusiones enormes y una vida consumida en un ambiente familiar, en una provincia otrora apacible; sin embargo, como ella declara, “afortunadamente, tanto la persona con la que llegué a vivir, una señorita ya mayor, que vivía sola, y su cuñada, que vivía en un departamento del mismo edificio con su hija de 15 años, me acogieron como familia. Debo decir que este apoyo fue fundamental, porque si bien extrañaba inmensamente a mi mamá, hermanos, y todas las personas que formaban parte de mi entorno en Morelia, no me sentía sola. Ellas se convirtieron entonces en mi familia, con lo que se reforzó un lazo de amistad y familiaridad que data desde dos generaciones anteriores, y que hasta el día de hoy se mantiene”.

“Así, y afrontando el dolor que nunca dejó de ocasionarme la distancia de mi familia -confieso que lloré mucho, durante muchos días seguidos-, a quienes veía en promedio cada mes, que venía a Morelia, concluí la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Y por lo mismo, siempre tuve claro que, al terminar, quería volver a Morelia, a mi ciudad, con mi mamá y hermanos, con mi familia, y trabajar aquí”.

Hace el recuento: “fueron cuatro años y medio los que viví en la capital de México, suficientes para enamorarme de la ciudad, con todos sus contrastes, de la grandeza y riqueza histórica y cultural que encierra la gran urbe, y sobre todo de la muy breve pero entrañable historia que ahí construí. Adopté entonces al Distrito Federal como mi segunda ciudad favorita, y le estoy infinitamente agradecida porque en medio del pánico me empujó a sacar la osadía de hacer y vivir, de aprender a valerme por mí misma, que tal vez en otras circunstancias me hubiera costado más trabajo sacar”.

Es agradecida. Reconoce el esfuerzo de su familia, de la gente que la ama, y es por eso, quizá, que menciona que “estudiar en la Ciudad de México sin duda fue una de las mejores experiencias y oportunidades que agradezco infinitamente a mi mamá, a mi familia, y a la vida. Me cambió la visión del mundo. Me permitió descubrirme a mí misma”.

Surge, entonces, el espíritu de quienes han cursado alguna carrera profesional en la Universidad Nacional Autónoma de México, una de las instituciones más grandiosas que han encumbrado el nombre del país: “tal vez son unos cuantos los amigos que conservo de la universidad, pero con cada persona que conviví, compañeros, personal administrativo, de las bibliotecas, etcétera, aprendí la grandeza de una universidad que te hermana aún con el que no conoces”.

Recuerda con la alegría, el orgullo y la satisfacción de quien se ha atrevido a vivir episodios que parecían inalcanzables: “caminar por la explanada principal de la UNAM, admirar los murales de la biblioteca central, la torre de Rectoría, y la facultad de Medicina, solo por mencionar algunos de los espacios del campus, era un aliciente cuando me sentía sola y a punto de flaquear. A pesar de sentirme pequeña en aquella inmensa ciudad universitaria, y aquel mundo de estudiantes, me reconocía afortunada por estar ahí, y tener acceso a esas inmensas bibliotecas, hemerotecas, y, sobre todo, a grandes maestros”.

No omite que “sin duda la mayoría de profesores, cada uno a su manera, influyeron en mí. Lourdes Quintanilla, Javier Oliva Posada, Leopoldo Borrás Sánchez, Carmen Avilés Solís, Carmen Sanz, son los nombres que vienen a mi mente, como excelentes profesores de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales”.

Recorre, como una viajera con experiencia en las muchas rutas de su vida, que “para la realización de un trabajo escolar, tuve oportunidad de entrevistar, como simple estudiante, al periodista Miguel Ángel Granados Chapa, a quien fui a buscar a las oficinas de la radiodifusora Grupo Radio Mil, y donde me dio una cita para visitarlo en su despacho. Encantada en una oficina en aparente desorden, de papeles, documentos y libros, me habló sobre el periodismo, su trayectoria y su renuncia -que estaba muy reciente- al periódico La Jornada”.

Recalca, segura de sí: “pero quien llegó a marcar mi vida de manera contundente, tanto en lo profesional como en lo personal, fue el maestro -así, en toda la extensión de la palabra- don Henrique (si, con H) González Casanova. Sus clases eran esperadas con gran placer, porque siempre, aun cuando por llamar la atención a algún compañero se saliera del tema, nos daba grandes lecciones. Un caballero, en toda la extensión de la palabra, de excelente educación y fineza, de porte elegante, siempre vestido de traje; nos exigía hablar correctamente, con propiedad. Siempre con un voto de confianza en la juventud, se acercaba a algunos de sus estudiantes para ofrecer algún tipo de apoyo, dependiendo de las cualidades que viera. Por alguna razón se acercó a mí, al igual que a otras compañeras y compañeros. Al advertir mi gusto por la lectura, me regaló libros que aún conservo, nos invitaba a tomar un café, nos llevó a conocer su casa en la colonia Florida, y en ella su inmensa biblioteca, y en cada encuentro eran interesantes charlas sobre literatura, sobre personajes de la vida pública, del arte, de las letras, con quienes había convivido, pero, sobre todo, nos daba grandes lecciones de periodismo, de comunicación y de la vida”.

Ya en la última etapa de estudios, “y al percatarse de una condición económica limitada, me otorgó una beca estudiantil con la que apoyé un poco mi manutención; esto, y un negocio informal que comencé entonces, me ayudaban a hacer menos pesada la carga monetaria para mi mamá. Era una época en que se comenzaba a usar bisutería de fantasía muy vistosa y económica, que yo compraba en el centro de la Ciudad de México y vendía cada vez que venía a Morelia entre amistades, vecinas y compañeras de trabajo de mi mamá y hermana”.

Es lectora de libros. “Mi gusto por la lectura en la infancia y adolescencia, se fue dando en una de las recámaras de mi casa, donde había todo un librero lleno. En muchos casos, mientras mis hermanos jugaban o veían televisión, o hacían otras cosas, yo me sentaba a la orilla de la cama que estaba junto al librero, y recorría todos los títulos, sus nombres, autores, y si acaso alguno llamaba mi atención, lo sacaba, lo ojeaba y tal vez hasta lo leía. Hubo un momento en que, me atrevo a decir, tenía un inventario mental de la bibliografía que ahí concentraban mis papás: literatura universal, superación personal, buenos modales, colecciones, enciclopedias, psicología, técnicos, etcétera. Creo que a ellos debo mi fuerte inclinación y gusto por la lectura. Son personas muy preparadas e inteligentes, a quienes admiro y respeto profundamente, más allá del infinito amor y gratitud que les tengo”.

Uno de los libros que “llamó grandemente mi atención en la adolescencia, fue La Noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska. Después de leerlo comencé a documentarme y conocer su trayectoria y a interesarme por su literatura. Ya en la universidad mi maestro don Henrique se enteró de mi gusto por la obra de la escritora que además fue su amiga personal, y me regaló Hasta no verte Jesús mío, y Tinísima (dedicado por él: “Para Cynthia, este retrato que hizo Elena de Tina, y la fotografía que Tina hizo de la azucena, hoy que viene vestida de blanco, con el agradecimiento y la amistad de Enrique G. C.”)”.

De esta forma, “comenzaba mi colección de obras de la autora, a quien he tratado de seguir de cerca, y si bien no he leído su obra completa, sí una gran mayoría. Entre mis favoritas, Dos veces única, que narra la vida de Guadalupe Marín, y Las siete cabritas, donde retrata a siete mujeres destacadas en el arte en México”.

Estas primeras lecturas, “y por supuesto mi formación periodística, me fueron haciendo una aficionada a la literatura que tiene como base la realidad: la novela histórica, periodística o biográfica. Entre mis autores favoritos, Mario Vargas Llosa, a quien tuve la oportunidad de ver y escuchar en una conferencia en el Centro Cultural Universitario de la UNAM, donde presentó su libro El pez en el agua, apenas unas semanas después de que declarara que México era la dictadura perfecta; Gabriel García Márquez, Francisco Marín Moreno, Julio Sherer, por mencionar algunos, y por mucho tiempo fui asidua lectora del Mar de historias que publicaba cada ocho días Cristina Pacheco en el periódico La Jornada. Además de los ya mencionados, puedo pasar largos ratos en una librería, analizando títulos y si alguno llama mi atención, simplemente me doy la oportunidad de conocer nuevos autores”

Nunca olvidará, quizá que “muchos de mis tiempos libres en la Ciudad de México, fines de semana que no venía a Morelia, para no sentirme sola y nostálgica, me iba a las grandes librerías, Gandhi, El Sótano, donde podía pasar horas viendo libros, aunque no comprara, porque generalmente no tenía dinero”-

Agrega: “también me he ido haciendo aficionada de libros, artículos o entrevistas relacionados con educación y psicología, temas que siempre han llamado poderosamente mi atención, y sobre los cuales busco documentarme de manera constante”.

Detiene su conversación, hace una pausa como para ordenar sus recuerdos, hasta que habla de nuevo: “como estudiante de periodismo recibí la oportunidad, primero, en un periodo vacacional, de asistir un par de semanas al periódico La Voz de Michoacán, tan solo para conocer cómo era la dinámica en un diario, y donde me permitieron realizar algunas notas periodísticas. Seguramente para ellos pasé inadvertida, pero estaban en la redacción periodistas que hoy gozan de toda una trayectoria y todo mi respeto y admiración profesional, era el inicio de la década de los 90”.

Todo, parece, tiene un inicio y un final. Un día, de pronto se levantan las cortinas del escenario, y otro, en cambio, descienden, y puede ser que el escenario ofrezca la oportunidad de reaparecer con otro capítulo, y así aconteció con Cynthia:  “a mi regreso a Morelia, una vez concluidos mis estudios y el servicio social, el cual realicé en la misma Facultad, como adjunto de profesor, el compañero periodista a quien le habían asignado orientarme y asignarme tareas en La Voz de Michoacán, me pasó el dato de que se acababa de irse un reportero en El Sol de Morelia, por lo que tal vez habría una oportunidad para mí. Decidida fui a llevar mi currículum, y a los pocos días me llamaron de parte del director para que fuera a una entrevista”.

“Aún recuerdo, con mucha gratitud, mi nerviosismo ante el señor Armando Palomino, quien hizo notar que, si bien no tenía experiencia, era justo dar oportunidad a quienes apenas comienzan. Sin duda, empezar a trabajar después de los estudios universitarios, considero, es el verdadero principio del aprendizaje; es cierto que se llega con un bagaje de conocimientos, pero que sin la práctica difícilmente pueden cobrar sentido y considerarse completos”.

Detalla que “fueron dos años y medio -de gran aprendizaje- los que me desempeñé como reportera en El Sol de Morelia, primero dando cobertura a la información relacionada con el ayuntamiento local, y al poco tiempo se me asignó de manera especial todo lo relacionado con economía y empresarios”.

Posteriormente, “en la búsqueda de otro tipo de actividades, que me permitieran compaginar mi etapa de maternidad, desempeñé actividades de oficina y como docente. Áreas de relaciones públicas, oficinas de prensa, y la oportunidad de dar clases, fueron durante los primeros años como mamá, lo que me permitió dedicar lo que yo consideraba tiempo de calidad para mi hija, que hoy tiene 23 años de edad”.

Discurrían los días del año 2000, “cuando formé parte de la plantilla de corresponsales del que fuera el primer periódico por internet, llamado MexisTo2. Fui a la Ciudad de México a recibir capacitación, ya que entonces no se tenía como ahora el conocimiento generalizado del manejo de correo electrónico; más aún, era toda una hazaña tener un modem alámbrico y lograr conectar, sobre todo en una ciudad de provincia, como la nuestra, donde la tecnología siempre tarda un poco más en llegar que en la capital del país”.

“Fue poco el tiempo que duró el proyecto como tal, ya que la empresa se enfocó más a la prestación del servicio de internet, que a la generación de contenidos, por lo que terminó mi contrato, pero dejándome grandes aprendizajes”.

Tras navegar por su existencia, Cynthia informa que “después de algunas breves participaciones en radio, mi trayectoria periodística debió hacer una pausa, por voluntad propia. La tarea de ser mamá me representó una prioridad, quise permitirme hacerla lo mejor posible y disfrutarla; estar presente en los momentos importantes de mi hija: llevarla a la escuela, recogerla, ayudarla con tareas, asistir a sus festivales, acompañarla en actividades extraescolares, estar presente los fines de semana, etcétera. Así, y al contar con todo el respaldo económico y moral de mi esposo, me ausenté de los medios de comunicación, y me enfoqué en la actividad docente, que también disfruté plenamente, pero con la bondad de que se reducía a solo algunas horas a la semana; todo lo que implicaba, preparación de clases y procesos de evaluación, los podía hacer en casa”.

Como académica, “tuve a cargo materias enfocadas a los géneros periodísticos en las instituciones privadas que entonces ya impartían la carrera: Universidad de Morelia, Instituto de Estudios Superiores de la Comunicación -que posteriormente desapareció-, Universidad Vasco de Quiroga y Universidad Latina de América. Sin duda hasta la fecha sigue siendo una gran satisfacción esa etapa, al encontrar en pleno y exitoso ejercicio de su carrera a algunos de aquellos jóvenes que fueron alumnos, y que aún me dispensan una grata sonrisa al verme, un afecto manifiesto, y que aún me llaman maestra”.

Inquieta, resume que “como emprendedora, en tres ocasiones participé en el impulso de proyectos editoriales, específicamente revistas especializadas, que no trascendieron por no contar con el respaldo económico que entonces todavía se requería, al no existir las plataformas digitales y requerir grandes inversiones para impresión”.

“Durante el tiempo que dejé de trabajar en los medios, busqué actividades alternativas, como trabajos independientes de redacción y corrección de textos -libros, tesis, manuales, discursos, proyectos especializados-, y comencé un pequeño negocio informal de venta de perfumes, que, sin ser mi principal actividad, hasta la fecha conservo”.

Recuerda que cuando su hija “estuvo un poco más grande, tuve la oportunidad y decidí regresar a los medios de comunicación. Arrancaba el proyecto del periódico La Jornada Michoacán, y formé parte del equipo de reporteros con que inició este diario. Volví a ser asignada a la fuente económica de manera prioritaria. Debo asumir que reencontrarme con el periodismo, me revitalizó profesionalmente hablando, y disfruté plenamente los dos años y medio que participé de este medio”.

Da vuelta a otra página de su existencia y menciona que “después vinieron un par de campañas políticas, en área de comunicación social, y nuevamente la pausa, el trabajo independiente, desde casa, que me permitía estar presente y acompañar a mi hija adolescente”.

Y, sin embargo, “nunca me solté de los medios de comunicación, que me seguían atrayendo. En 2013, la entonces directora multimedia de Cambio de Michoacán, y mi ex alumna en la Universidad de Morelia, la licenciada Lety Florián, me invitó a participar en la generación de contenidos audiovisuales para el portal de internet del periódico. Volví a integrarme al medio, aunque de manera moderada”.

Los proyectos Cambio en el Debate, primero, con entrevistas a empresarios michoacanos, más tarde Mujeres de Cambio, y luego EducarT, impulsados desde la dirección mencionada, “me permitieron encontrar una nueva forma de hacer y decir periodísticamente, sobre aquellos temas de interés social. En cada tema o problemática abordada, confirmaba la importancia de la comunicación como paso fundamental para generar los cambios que tanto necesitamos como sociedad, pero sobre todo y ante todo, de la educación, de la cual depende en gran medida lo que somos y de donde derivan muchos de los problemas que padecemos”.

Argumenta que “concluir mi participación en Cambio de Michoacán, dejó en mí sembrada la semilla para ahondar, ahora sí, en temas que siempre me habían sido de especial interés: educación, psicología y mujeres, de donde nacieron algunos proyectos de comunicación personales, independientes, haciendo uso de las plataformas digitales, para difundir toda una diversidad de información sobre los mismos. Uno de ellos, ya en marcha, aunque enfrentando la compleja tarea de emprender en tiempos de pandemia, EducarT, medio de comunicación digital, especializado en educación, arte y cultura. Y otros más, aún en proceso”.

Opina: “y es que el ejercicio del periodismo enfrenta un momento por demás complejo, en el que el acceso a la información a un solo click, la aparición de la figura del periodismo ciudadano, nos ha impuesto nuevos retos, pero también pone a la ciudadanía ante un riesgo -aún mayor que antes- de ser víctima de la desinformación, la rumorología y la manipulación masiva”.

“Grandes y prestigiadas empresas periodísticas han sucumbido a la realidad tecnológica que las rebasa y les deja sin mayores herramientas para sostenerse”, añade, “mientras los reporteros, conductores, comentaristas y líderes de opinión ya no dependen de ellas, pues con sus solos nombres dan continuidad a su labor informativa y de opinión en las plataformas digitales, siguiendo sus propias líneas editoriales, de acuerdo a convicciones, criterios o intereses personales”.

Sin embargo, “no todos tienen la visión, las posibilidades o habilidades para incursionar en esta nueva era del periodismo, del periodismo digital, lo que ha dejado a un importante número de periodistas sin otra posibilidad que la de acercarse a trabajar para las instituciones que tal vez en ejercicio cuestionaron o denunciaron, convirtiéndose en parte de ellas, o en la necesidad de trabajar en otras áreas que nada tienen que ver con la comunicación”.

Mujer que ha acumulado conocimiento y experiencia a través de los años, quizá con tropiezos como acontece a las personas grandiosas, tal vez con períodos de triunfos, acepta que al parecer “se está gestando un nuevo modelo de empresas periodísticas, que busca responder a la época actual, y tenemos la obligación de actualizarnos y avanzar al ritmo de la tecnología, con la responsabilidad social que ello implica. Hay muchas de las empresas de tradición que supieron adecuarse y llevaron muy bien su transición, y otras nuevas que están llegando con gran empuje. Pero siempre, y ante todo, debemos pugnar por rescatar y dignificar al periodismo como una actividad profesional, especializada y de alto sentido social”.

La pregunta está dirigida a un punto deficiente en el sistema educativo mexicano y su aplicación en la realidad, y se refiere, específicamente, a si existen congruencia y vinculación entre la universidad y el ámbito profesional: “considero que en la mayoría de las profesiones, existe una marcada distancia entre la universidad, los contenidos, la realidad que pintan los profesores, o aquella que los estudiantes -como estudiantes- alcanzan a percibir cuando salen a realizar investigación, trabajo de campo o prácticas, y aquella a la que se han de enfrentar ya como profesionistas. Con mucho gusto he podido atestiguar que las universidades locales se han preocupado por actualizar sus planes y programas de estudio, para hacerlos cada vez más congruentes con la realidad en la que se verán inmersos sus egresados. Sin embargo, considero que es una cuestión de madurez: la congruencia total entre una y otra difícilmente se va a alcanzar, porque es la experiencia, la práctica, sin duda, la mejor y más contundente maestra para los profesionistas. Por eso, es importante que las universidades sigan haciendo su mayor esfuerzo para ofrecer profesionistas lo mejor preparados posible, con lo que les estarán haciendo menos difícil dichos aprendizajes en la etapa de su inmersión al mercado laboral; que muy pronto los empiecen a vincular con empresas e instituciones donde se habrán de desempeñar, para que al concluir sus estudios no siga ocurriendo lo que a muchos, que llegan sin tener la menor idea de cómo es la realidad”.

Sabe, por lo que ha experimentado, que la vida es dinámica y que uno, si en verdad pretende dejar huellas indelebles y constancia de su paso, no debe perder el tiempo en asuntos baladíes ni en pasatiempos estériles, y es la razón, sin duda, por la que tiene proyectos, de manera que “actualmente trabajo en el ya mencionado, EducarT, medio de comunicación especializado en educación, arte y cultura. Se trata de un sitio web, educart.mx que ofrece información escrita, audiovisual y gráfica sobre las diferentes opciones educativas que hay en el estado; entrevistas sobre temas relacionados con el proceso educativo, y en los que, por supuesto se contempla el arte, como elemento fundamental en la educación; análisis sobre las problemáticas y aspectos relacionados con el tema; así como la integración de un directorio escolar y agenda de eventos culturales”.

Por otra parte, “el haberme alejado durante algunos años de la práctica periodística, me llevó a obligarme a la actualización constante. Tomé algunos cursos sobre periodismo digital, periodismo creativo, gestión de redes sociales, por mencionar algunos, lo cual me ha permitido desarrollar algunas actividades adicionales de manera independiente. Así, de forma conjunta con mi esposo, que es diseñador gráfico y con quien hacemos un buen equipo, ofrecemos el servicio de páginas web, imagen, fotografía y manejo de redes sociales para empresas”.

Adicionalmente, “tengo un blog en el que no he escrito tanto como quisiera, pero en el que puedo verter ideas sobre toda una diversidad de temas, de interés social, educativos, literarios, hasta los muy personales que me permiten proyectar sentimientos y emociones, lo encuentras como cynthiaayalaj.wordpress.com”. En facebook tengo una página denominada Mis creaciones, en la que presento mis trabajos y pinturas sobre madera”.

Felizmente, como madre realizada que es, refuerza su deseo de agregar que “con mi hija Vania Jocelyn, compartimos el gusto por la literatura, los libros, la poesía, la palabra, y este año comenzamos –- iniciativa de ella- el proyecto Declamador_es, enfocado única y exclusivamente a leer en voz alta y con ello promover esta forma de arte. Es una página de Instagram, @declamador_es, y un canal de YouTube, Declamador Es, en donde quienes comparten como nosotros el gusto por la declamación, están participando gustosos. Es un proyecto, reitero, sin fines de lucro, solo por el gusto de promover la poesía, los cuentos, y todo aquello que tiene que ver con el arte de la palabra. Seguidores y suscriptores, y no otra cosa, será nuestra ganancia en este proyecto, porque al ver y escuchar nuestros videos, al escuchar poesía, narraciones o cuentos, y tal vez sentir la inquietud por leer más, por declamar, sabremos que estamos logrando algo muy bueno”.

Las condiciones, los retos, los intereses y los escenarios de la hora contemporánea son preocupantes y riesgosos; no obstante, Cynthia asegura que uno de sus intereses es “la educación, sin duda alguna, porque es donde está la base de muchos de los grandes problemas que como sociedad estamos enfrentando. Entre los más severos, la violencia intrafamiliar, hacia las mujeres y los niños, la violencia y agresiones en las escuelas”.

Hace un año, “participé en el Congreso Nacional de Bibliotecarios, y uno de los compañeros panelistas, quien representaba a una universidad virtual, hacía notar que la educación ya no está en manos de los padres o la familia, que ahora nuestros niños se tienen que educar a través de internet o de otros medios electrónicos, y que estos son ahora los responsables de educar a los niños y jóvenes, lo cual me pareció por demás descabellado”.

“Creo que debemos hacer un arduo trabajo para que las nuevas generaciones rescaten la integración familiar, sea cual sea su composición, para que los niños reciban en casa aquellos cimientos que les permitan salir y hacer frente al mundo, a la sociedad, con actitud empática, de respeto, tolerancia y ante todo con un sentido humano. Debemos encontrar el equilibrio entre el trabajo, el esparcimiento, y la responsabilidad que conlleva ser padres o tutores de los menores, quienes sin duda solo pueden encontrar en el amor de los adultos que les rodean, en su ejemplo, una guía para hacerse hombres o mujeres íntegros, y con la suficiente fuerza para defenderse a sí mismos y aquello en lo que creen”.

El tiempo camina implacable. Las manecillas recorren la carátula del reloj una y otra vez, inagotables, demasiado acordes a su misión y fieles al tiempo. Cynthia lo sabe y aprovecha los lapsos de la entrevista con la idea de declarar que “lo más importante en la vida de una mujer es ser consciente que tiene tanto valor, capacidades y derechos, como los de un hombre. Ante todo, tener siempre claro que es un ser independiente, libre, con tantas obligaciones como derechos. Toda mujer debe saber y tener claro que no tiene por qué estar en un espacio y con personas que no la tratan bien, o más aún, que la violentan física o psicológicamente. Lo más importante en la vida de una mujer, es atreverse a ser y hacer aquello en lo que se sienta plena, realizada”.

Excelente oradora, apasionada de la fotografía y entusiasta pintora sobre madera, plantea que “como seres humanos tenemos un poder superior que nos permite lograr aquello que deseamos, pero hemos sido alienados por instituciones y grupos de poder, para creer que tenemos límites, que el sufrimiento y las carencias son virtud que será compensada algún día, tal vez cuando ya no estemos en este mundo”.

“Uno de los grandes aprendizajes que me ha dado la vida, poniéndome siempre a los mensajeros en el camino, la intuición, las lecturas adecuadas, es que nuestra mente es muy poderosa, y tenemos la capacidad de crear nuestras propias circunstancias, si rompemos con viejos esquemas heredados de generaciones anteriores, para alcanzar un estado de bienestar”, expone.

Y responde: “como mujer, debo decir, he vivido el amor hasta su máxima expresión y también sufrí el dolor de las rupturas, la decepción, el desengaño en relaciones de pareja, pero un día tuve el deseo con toda mi fuerza de compartir mi vida con alguien, y ese alguien llegó. Hoy vivo en una relación plena, con un hombre que camina conmigo, a mi lado, como compañero de vida y con quien compartimos alegrías, preocupaciones, tristezas, actividades domésticas, ¡todo!”

Como quien ha navegado y recorrido el mapa de la vida, Cynthia -la mujer, la periodista, la hija, la hermana, la madre, la sobrina, la tía, la esposa, la lectora de libros, la fotógrafa, la oradora, la artista de la pintura sobre madera-, expresa: “hoy puedo ver que las decisiones que he tomado en el camino profesional, en función de mi vida personal, han sido las adecuadas, y me hace inmensamente feliz seguir acompañando a mi hija mientras se sigue forjando como una gran mujer y profesionista en el ámbito de la medicina”.

“He aprendido que la verdadera felicidad se encuentra en ser aquello que verdaderamente deseamos, aunque no siempre vaya en concordancia con lo que dictan los cánones y estereotipos sociales, y que, si bien podemos ser muy cuestionados por ser o hacer las cosas de manera diferente a la mayoría, debemos confiar en que somos capaces de llegar a nuestras metas”.

Detalla que “de ahí, la importancia además de ser congruentes entre el decir y el hacer. Si partimos de la congruencia en nuestras relaciones personales, sociales, laborales, estaremos en el camino adecuado. Si ya no sientes esa confianza en el camino que estás siguiendo, ya no lo sigas; si no te sientes contento con esa persona, aléjate; si no es eso lo que deseas para tu vida, déjalo, y por el contrario, si es lo que anhelas, lucha y trabaja por lograrlo. No hables de honestidad, lealtad, respeto, tolerancia, o cualquier otro valor, ¡vívelo y pregónalo con el ejemplo!”.

Serena, contesta la pregunta “la familia parece un modelo desgarrado en estos días. ¿Qué opinas?” Responde firme: “durante mi infancia, adolescencia y juventud, escuchaba las críticas que se hacían a la televisión, por ser un factor de desintegración familiar. Sin duda ha sido un medio de enajenación extrema. Pero creímos que nada más grave podía pasar, porque no imaginábamos a donde llegaría la tecnología. Mientras la televisión tal vez distraía y alienaba a la sociedad, con contenidos superfluos y vanos, todavía permitía cierto grado de interacción familiar al disfrutar algún programa, comentarlo, o hasta en las discusiones y acuerdos sobre los contenidos o tiempos de que cada quien dispondría para verla. No sucede así ahora. Hoy asistimos a una época contradictoriamente globalizada, pero por demás individualizada; podemos estar en contacto con alguien que está del otro lado del mundo, pero demasiado lejos de quien está sentado a nuestro lado, así sea padre, madre, hijo, hermano, abuelos o tíos. La tecnología nos ha aislado, y tal vez ha sido el mayor disruptor de la estructura familiar. Hemos permitido que los aparatos inteligentes nos absorban y reemplacen la interacción familiar, las charlas anecdóticas, la posibilidad de compartir preocupaciones y alegrías con nuestra familia, y más aún, el proceso de educación de nuestros hijos. Me parece muy grave ver en la calle, en restaurantes o lugares de esparcimiento, a las parejas jóvenes que les dan a sus bebés, de apenas 8 meses, uno o dos años de edad, un teléfono celular para que jueguen y no distraigan sus comidas o su convivencia con amigos”.

Argumenta que “bajo la muy socorrida idea de no querer que los hijos padezcan las carencias o limitaciones que nosotros tuvimos, los padres estamos siendo en exceso permisivos, dejando de lado las enseñanzas más importantes para los menores: a ser respetuosos con el prójimo, tolerantes, y a esforzarse para conseguir lo que quieren”.

“Aquí hay una importante tarea para educadores, padres de familia y medios de comunicación, que aprovechando precisamente la tecnología y sus alcances, podemos difundir y promover la vuelta a esa convivencia familiar en la que se encuentran los mayores aprendizajes; a la comunicación al interior del hogar, a los juegos, a las charlas, a la integración familiar que permita a las nuevas generaciones llegar a la edad adulta con la fortaleza y valores que tanto se requiere para lograr mejorar al mundo”.

Respecto a sus proyectos, responde: “efectivamente, siempre están llegando ideas a mi cabeza. Hay proyectos enfocados en la comunicación. Uno de ellos es dar continuidad a un espacio dedicado a información relacionada con mujeres; otros más a escribir… escribir, escribir y escribir, porque -creo- “siempre hay algo que decir”.

Asegura que desea escribir de manera más sistemática, “y de ahí dar el salto y ahondar en temas específicos de educación, psicología y cultura, y uno que otro biográfico, aprovechando las plataformas digitales que hoy están al alcance de todos”.

Envía un mensaje a las mujeres, antes de concluir la entrevista: “que crean en sí mismas, que busquen hasta descubrirse como seres únicos e irrepetibles, y sobre todo, con todo el derecho a la realización plena; a amar y ser amadas, con equilibrio y respeto. Que hagan conciencia de que la vida es un constante comenzar. Que siempre, siempre hay la posibilidad de volver a empezar. Aunque a veces parezca que las fuerzas decaen, aunque a veces sentimos dolor en el alma, desánimo, siempre habrá un nuevo comienzo. Que las mujeres somos tan frágiles y nos podemos romper, pero igualmente tan fuertes que nos podemos reconstruir y resurgir como el ave Fénix. Se puede ir una pareja, alejarse la que considerabas una gran amiga, podemos perder un trabajo, un proyecto, pero siempre podemos y tenemos la obligación de volver a empezar, porque hay una fuerza interior que nunca se pierde”

Hace una recomendación: “y algo muy importante, que confíen en su instinto, porque en efecto, las mujeres hemos sido dotadas de la magia, intuición femenina, sexto sentido, o como quieran llamarle, y tenemos la capacidad de identificar cuando algo en nuestra vida o en nuestras relaciones no está bien. Si todas hiciéramos caso a esa voz interior que nos alerta, habría menos casos de violencia, de abusos, muchas más mujeres realizadas, plenas y felices, y en consecuencia mejores seres humanos educados por ellas”.

Cynthia, quien una vez regresó a su ciudad natal después de enfrentar y vencer sus miedos y debilidades, y apareció joven, feliz y sonriente en los pasillos añejos del periódico El Sol de Morelia, aún no concluye su historia. Sabe que la grandeza espiritual y humana se construye cada momento de la vida, y así lo hace diariamente, convencida de que al mundo uno viene a aprender, dar amor y lo mejor de sí.

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Presea “Periodista Mario Barajas Pérez”

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Redactar una nota informativa, otra y muchas más, implica conocimiento, habilidad, experiencia y trasladarse al lugar de los hechos o con los protagonistas, vivir la noticia, mirarla de frente con objetividad, ética, profesionalismo y oportunidad; construir una historia personal, requiere toda la vida con sus luces y sombras, su sí y su no.

Una persona, en cualquier momento, puede denigrar su imagen por sus equivocaciones, sus errores y hasta su perversidad al sentir, pensar, actuar y hablar, o porque otros, por adversidad, coraje, envidia e intereses contrarios, lapidan injustamente su trayectoria y ensucian su biografía.

No es sencillo diseñar y protagonizar capítulos para una existencia grandiosa y sencilla, ejemplar y noble, virtuosa y bella, y más complicado resulta tejerla cuando una persona, hombre o mujer, en cierta medida es pública o tiene ante sí posibilidades de abusar y aprovechar su posición e influencia para destruir a quienes le rodean y beneficiarse.

Quienes por alguna causa tenemos oportunidad de que nuestros nombres y apellidos transiten del anonimato a los reflectores públicos, sean pequeños o grandes, deberíamos de asumir el compromiso de actuar y vivir con ejemplo, honestidad y congruencia porque somos responsables, igualmente, de influir positiva o negativamente en la gente.

En el arte, el periodismo y las actividades públicas, existen bastantes intereses, egolatría, rivalidad, egoísmo y coraje, cuando deberían servir a la humanidad para su tránsito a niveles superiores.

Hoy más que antes, la  humanidad necesita ejemplos auténticos, totalmente reales, de personas extraordinarias, gente capaz de dar lo mejor de sí y emprender actos que aporten y enseñen, que tracen rutas y destinos, porque el mundo atraviesa por una crisis de valores y de todo lo que da sentido y respaldo a la vida.

Aquí y allá, la historia ha mentido porque quienes la han registrado, muchas veces son los vencedores, los dueños del poder, aquellos a los que conviene distorsionar la realidad para crear figuras artificiales dentro de su grupo y denigrar a los que no se doblegan ni comparten sus intereses.

Hace días, el 21 de diciembre de 2017, tuve el honor de trasladarme hasta la ciudad de Morelia, capital de Michoacán, en la región centro occidente de México, con la intención de recibir la Presea “Periodista Mario Barajas Pérez”, a quien conocí en 1988, hace 29 años, cuando inicié mi labor en los medios de comunicación.

Recuerdo que era muy joven, con dos libros que hacía poco había publicado, cuando un amigo periodista me recomendó con el director de cierto medio de comunicación estatal, quien me atendió alrededor de las once la noche, después de tres horas de espera en un pasillo.

Cuando el hombre, vestido con chamarra de piel color miel, salió de su oficina, los reporteros ya se habían marchado. Solamente se encontraban en el área las personas responsables de dar seguimiento a los procesos de edición del periódico.

Soberbio y sin mirarme, preguntó: “¿quién es Santiago Galicia Rojon?” No saludó. Yo estaba solo en aquel pasillo, así que su pregunta tan tonta iba dirigida a mí. Me hizo una señal para que lo siguiera y caminó engreído y molesto hasta su despacho.

Su actitud de desprecio me indicó que había perdido el tiempo y que el hombre, acostumbrado a las lisonjas de políticos, líderes, funcionarios públicos y otros personajes, no me escucharía con atención porque carecía de educación y sensibilidad, como lo aseguraba, entonces, no poca de la gente que lo conocía.

En cuanto entramos a su oficina, sacó una pistola que llevaba entre el pantalón y la camisa, por la parte de las caderas. Miré el cinturón piteado. Colocó el arma sobre el escritorio, se quitó los zapatos y se colocó un par de pantuflas de piel.

Me pregunté, a pesar de mi juventud, a qué se debía esa función de circo y si el hombre, acostumbrado a ser semidiós, pretendía colocarme en un nivel inferior para así ejercer autoridad y poder sobre mí. No me impresionó; al contrario, me pareció miserable y ansioso de poder y reconocimiento, como esas personas que se sienten superiores y embisten a los demás cuando repentinamente obtienen poder. Su torpeza y majadería delataban al fatuo y vanidoso orador con ademanes estudiados cuando utilizaba la tribuna pública, con la diferencia que desde la infancia aprendí a no dejarme seducir por las apariencias, de manera que no me impresionan el brillo de la opulencia y del poder ni me aterran las sombras de la miseria. Estaba ante un pobre mediocre con ínfulas de grandeza.

Sin más preámbulo, preguntó con enfado: “¿qué quieres?” En cuanto le comenté mi intención de laborar como reportero en el medio de comunicación que dirigía, respondió con molestia acentuada: “¡aquí nadie ingresa como reportero sin antes venir desde abajo! Si te interesa desempeñarte en el periodismo, tendrás que iniciar como corrector o en otro puesto de menor categoría. Piénsalo y si continúas con interés de incursionar en el periodismo, espera a que el periódico publique sus vacantes. Harás una serie de exámenes para ingresar. El resultado dependerá de tu capacidad”.

Ni siquiera me dio oportunidad de hablar y presentarme con mis antecedentes, formación y experiencia. Fui amable y educado, valores que no le interesaron porque sus códigos eran opuestos a los míos. Se concretó a decir:”hasta luego”, antes de entrar al dormitorio contiguo a su despacho.

Fue así como otra noche me aventuré a ir con el jefe de Redacción de El Sol de Morelia, Mario Barajas Pérez -don Mario, como le llamábamos todos-, quien ausente de formalismos y poses se encontraba a esa hora en el campo de batalla, entre un proceso y otro dentro del quehacer de los periódicos. Este señor se marchaba de su oficina hasta que recibía el primer ejemplar de la edición del día.

Hombre de carácter endurecido y vocabulario impropio para oídos pulcros, me recibió entre una tarea y otra. Me escuchó con atención y con voz modulada respondió y solicitó, primero, que le entregara colaboraciones relacionadas con los temas que le propuse. Así lo hice.  El hombre de hierro me atendió con educación. No necesitó, para demostrar que tenía poder y era responsable de la producción del periódico, pistola, chamarra de cuero y pantuflas. Era hombre de acción.

Cuando al siguiente año, en 1989, don Armando Palomino Morales, director del diario perteneciente a la Organización Editorial Mexicana, que entonces encabezaba don Mario Vázquez Raña, me nombró titular de la fuente Económica, don Mario, tan temido por muchos, me recibió con educación. Platicamos. Dijo que esperaba mucho de mí y confiaba, por lo mismo, en que no lo defraudaría.

Durante mi estancia de varios años en El Sol de Morelia, donde finalmente me desempeñé como coordinador, reportero e investigador del suplemento turístico, fui testigo de su carácter, lo que en muchos casos lo hizo un hombre temido; sin embargo, con él tuve encuentros y un solo desencuentro que algún día, en otro texto, relataré. También me sorprendió que alguna vez me diera consejos como un padre a su hijo. Reconoció, apoyó y respetó mi trabajo periodístico.

Ahora que me encuentro en una orilla distante, me parece que tenía una gran responsabilidad como jefe de Redacción. En cualquier medio de comunicación, el hecho de publicar notas informativas implica un gran riesgo porque no se sabe si atrás de cada nota existe algún interés. Es fundamental estar seguros de la veracidad de la información y que no exista a cambio un favor o un pago al reportero.

En la hora contemporánea, los medios de comunicación enfrentan una crisis severa en todos sentidos y muchas veces ya no se reportea en los escenarios de los hechos ni ante los protagonistas de las noticias, sino por medio de whats app, teléfono celular e internet, generalmente en grupos de colegas con intereses, cerrados y opositores con quienes pretenden trabajar con mayor ética y profesionalismo.

Basta analizar las estrategias tan pobres en las coordinaciones de Comunicación Social de los gobiernos para descubrir, ipso facto, cuán lejanas se encuentran del periodismo, con apertura para los amigos y aquellos que comulgan con la forma de ejercer el poder, e implacables contra quienes se oponen a sus políticas o no pertenecen a sus grupos.

De don Mario se habla mucho. Unos lo consideran maestro, formador de periodistas y gran amigo, jefe y compañero; otros, en tanto, critican su lenguaje, su carácter fuerte y su trabajo. Yo lo respeté siempre y él, por su parte, me trató con caballerosidad.

Él, don Mario, fue personaje de su tiempo, cuando uno se forjaba en las calles, en el lugar de los hechos, y las oficinas de Redacción eran eso, campo de batalla, el otro hogar de los reporteros, con aroma a café y tabaco, con el rumor de las teclas de máquinas de escribir mecánicas y los cúmulos de “cuartillas”, hojas de papel revolución que cortaban de los rollos que montaban en las rotativas.

Ingresé entre la época de las máquinas de escribir mecánicas y las computadoras. No había internet ni teléfonos celulares. La información la conseguíamos en el lugar de los hechos, con los actores de la sociedad. Vivíamos la noticia. Por eso a don Mario le molestaba que ciertos reporteros maquillaran los comunicados que llegaban a la Redacción a través del fax y todavía insertaran sus nombres. En cierta etapa, fui el primer reportero en El Sol de Morelia que decidió pasar a las computadoras, ya que me molestaban las faltas de ortografía y hasta de comas. MI argumento para ocupar las computadoras fue cuidar la pulcritud de mis notas. Don Mario lo entendió y me concedió redactar y revisar mis notas en las computadoras.

Efectivamente, como lo recalcó mi colega Óscar Tapia Campos la tarde que recibí la presea, don Mario Barajas Pérez solía preguntar tajante “para qué te alquilaste…” y claro, la grosería correspondiente; pero así formó a gran cantidad de reporteros, quienes hoy recuerdan con cariño y nostalgia.

Don Mario no toleraba la irresponsabilidad. El reportero, en su época, debía conseguir cinco notas informativas diarias, bien elaboradas, de preferencia exclusivas y con temas actuales,  objetivos y de interés público.

Un día de julio de 1989, me llamó con la finalidad de informarme que a partir de la siguiente semana, la empresa suspendería mis descansos durante casi un mes y que aunadas a mis cinco notas cotidianas y mi columna empresarial, tendría que cubrir la totalidad de actividades del Primer Festival Internacional de Música, ya que el director del periódico, don Armando Palomino Morales, se había comprometido con el comité organizador a concederles gratuitamente cuatro planas diarias. Pregunté a don Mario la razón por la que me habían seleccionado para cubrir, entre las tardes y las noches lluviosas de julio, la gran cantidad de conciertos que se presentarían durante el Primer Festival Internacional de Música, cuando había un reportero dedicado a la fuente cultural y otros colegas que podrían participar, y contestó: “porque se nota que te gusta la música clásica”. Lo miré y pregunté: “¿cómo lo sabe, don Mario?” Contestó sonriente, amigable y con autoridad: “porque el arte se te nota hasta en la cara. Te alquilaste como muy profesional y ahora tienes oportunidad de demostrarlo”. Así lo hice, redacté cinco notas diarias sobre Economía, lo que significó asistir a eventos y trasladarme hasta las oficinas de empresarios y funcionarios públicos; elaboré mi columna semanal, espacio que tres años más tarde, en junio de 1992, me llevó a obtener el Premio Estatal de Periodismo; y cubrí todos los conciertos del Primer Festival Internacional de Música en Morelia. Cumplí. Iniciaba todos los días muy temprano y concluía hasta las dos de la mañana. No había, entonces, internet ni telefonía celular. Don Mario aprendió a conocerme y confió en mí. No podía fallarle.

En total, el pasado 21 de diciembre de 2017, el comité organizador entregó diez preseas “Periodista Mario Barajas Pérez”, en su segunda versión. La mía fue al mérito periodístico en el género empresarial. Otras personas, como don Germán Oteyza, la recibieron por diversas causas. La de él, verbigracia, fue por el mérito empresarial. Hubo quienes la recibieron por su participación en cuestiones humanas y altruistas.

Más allá del personaje que fue el periodista Mario Barajas Pérez, a quien recuerdo con cariño y gratitud, el hecho de recibir una presea que lleva su nombre, compromete a dar lo mejor de sí a favor de los demás y continuar la ruta existencial y el quehacer de la comunicación con alegría, distinción, honestidad, orgullo y profesionalismo. La Presea “Periodista Mario Barajas Pérez” no es un premio que represente dinero, sino una distinción, un documento que reconoce el esfuerzo que uno realiza cotidianamente en diversas disciplinas.

Agradezco públicamente la distinción que recibí de los organizadores y promotores de la Presea “Periodista Mario Barajas Pérez”, Juan Manuel Valenzuela Villegas, locutor y periodista; Víctor Estrada Torres, presidente presidente de la Asociación Nacional de Productores Forestales; y Salvador Arvizú Cisneros, regidor del Ayuntamiento de Morelia. Gracias, también, a Hevelind Arredondo López, ex compañera en El Sol de Morelia y quien hizo favor de proponer mi nombre al comité que entrega la Presea “Periodista Mario Barajas Pérez”. Gracias por reconocer mi labor y trayectoria en una época en la que parecen valer más las superficialidades y los intereses. Lo valoro mucho y me compromete a superarme.

Como recipiendario de la Presea “Periodista Mario Barajas Pérez”, me parece correcto que este estímulo continúe entregándose con transparencia, lejos de compromisos económicos y políticos, como lo han hecho los organizadores hasta el momento, práctica que legitimizará más aún tal reconocimiento.

En lo personal, el hecho de haber recibido la presea que lleva el nombre de mi antiguo jefe de Redacción, me compromete a ser mejor y un periodista que no solamente informe, sino genere opinión e influya positivamente en los demás. Sólo así dejaremos huellas y trascenderemos porque con conocimiento, entrega, dedicación y experiencia tendremos capacidad para redactar notas informativas; pero una vida, insisto, se teje cada instante y se escribe con el ejemplo de cada día.

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