La humanidad merece respeto

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En estos días sombríos, cuando la gente es contagiada, enferma y muere irremediablemente, la humanidad necesita mensajes positivos y soluciones reales a los problemas que enfrenta y parecen desmantelarla, no vaticinios ni palabras mesiánicas que no aportan y sí, en cambio, generan incertidumbre, miedo e inseguridad. Ya basta de falsos profetas que se sienten dioses y salvadores del mundo. La gente, al menos la que tiene mayor conciencia, les agradecería que fueran auténticos y en verdad trabajaran en el rescate del planeta y sus habitantes, no en ser portadores de noticias y eventualidades catastróficas que por alguna razón conocen. Es inconcebible que tales oportunistas, dueños del poder y del dinero, pretendan hasta diseñar la alimentación de la población mundial. La vida, la salud, el mundo y la humanidad merecen respeto.

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Se llamaba Salud

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Era una niña descuidada. Estaba en un rincón, atrapada entre muros carcomidos e intoxicados de salitre, cerca de goteras, lodo y telarañas que cubrían vigas apolilladas, objetos de acero con herrumbre y piedras enlamadas. Se sentía abandonada y triste. Ya no estaban a su lado, como antes, apenas ayer, la alegría, los sueños, las ilusiones y el encanto de la vida. Todas, en su huida, habían renunciado a los juegos. La armonía y el equilibrio permanecían desgarrados. Le acompañaban sus hondos suspiros que se diluían con los ecos y pedazos de los otros días -ayer, cuando jugaba tan feliz- y con los murmullos y sigilos que, a veces, en la soledad, aparecen de improviso, acaso cual remembranza, probablemente como tortura, quizá porque así son las condenas, tal vez por todo y nada. Entumecida, no olvidaba su valor; mas la casa, otrora palacio, desmoronaba cotidianamente por el descuido de tantos años repetidos. Paredes y techos se desgajaban y caían, igual que un leproso contempla su cuerpo incompleto y pútrido que se despedaza irremediablemente. La hediondez se acentuaba cada instante, resultaba insoportable y ofendía los sentidos. Ella, la niña, ya no jugaba. Su rostro pálido y su mirada extraviada, indicaban un naufragio inevitable en rutas demasiado peligrosas, donde los sobrevivientes, al final, perecen. La niña era una vieja desdentada y enjuta, ciega y mutilada, manca y tullida, que apenas se arrastraba para comer hongos, musgo, lombrices y caracoles. Era la salud con aspecto de enfermedad. La salud -tan jovial que había llegado- enfermó gravemente y, por lo mismo, sentía morir. Permanecía agónica y presa en aquella casa, antaño intoxicada por la ignorancia, el descuido, la lujuria y la irresponsabilidad de su dueño. Cuántas personas, en el mundo, contaminan y pervierten a su huésped -la salud- y la encarcelan en órganos putrefactos, mientras abren puertas y ventanas a otra invitada -la enfermedad-, aliada incondicional de la muerte en su más dolorosa y macabra expresión. Parece que hombres y mujeres, en amplio porcentaje, ignoran que la salud es una niña que necesita jugar y recibir alimentación nutritiva, combinada con ejercicio, aire y sol; al contrario, la amargan e intoxican, hasta deformarla, envejecer su rostro, deformar su organismo y entregarla a la muerte, con bebidas y alimentos artificiales, inactividad y vicios. El coronavirus y otras enfermedades contagiosas y mortales, buscan, entre sus víctimas preferidas, a quienes han olvidado a esa niña de nombre Salud, a la que cotidianamente acorralan y sepultan, hasta provocarle formaciones extrañas, segregación y derrame de líquidos enrarecidos, pestilencia, cansancio y ausencia de vitalidad. El encanto se acaba y, en consecuencia, se manifiestan goteras, muros fracturados, techos rotos, ayeres nostálgicos, presentes dolorosos y mañanas inciertos. Hay que entender que, como dueños de la casa, las personas tienen la responsabilidad de cuidarla y hacer de sus recintos un palacio hermoso o una pocilga.

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2020, ¿la despedida o al patíbulo?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay fechas que resultan inolvidables y marcan a la gente, a la humanidad, por lo que representan; sin embargo, ningún instante, minuto, hora, día o año -tiempo, al fin- es responsable de las alegrías y las tristezas, el éxito y los fracasos, la vida y la muerte. Los momentos son tan fugaces e indiferentes a la felicidad o a la desdicha humana, que pasan y no vuelven más. Nunca voltean atrás ni a los lados, ni siquiera si alguien atraviesa en su camino y suplica que hagan una tregua. Sencillamente, continúan su macha. El tiempo es una medida que los seres humanos calcularon y establecieron con la intención de organizar sus días existenciales y sus actividades, incluso en términos científicos, y ni siquiera las estrellas, en el universo, están al tanto de los sentimentalismos de las personas que casi todo lo miden en fechas, valor monetario y apariencias. El tiempo, en este planeta, es algo más. Es indiferente a la dicha o al sufrimiento de la gente. pero su uso no debería de ser ajeno a los intereses humanos. Esto no significa que en lo sucesivo tomemos los almanaques y los arrojemos al cesto de la basura con la intención de vivir desordenadamente. La medida del tiempo es útil en nuestros años existenciales, pero no es responsable de la felicidad o del desconsuelo, de la juventud o del envejecimiento, de la salud o de la enfermedad, de la vida o de la muerte, porque cada renglón es consecuencia de diferentes conceptos. Si desconectáramos los relojes y olvidáramos los calendarios, los seres humanos seguirían coexistiendo en el mundo y no se atraerían la fortuna ni se evitaría el sufrimiento. Simplemente, aunque en desorden, la gente seguiría en el mundo con el sí y el no de la vida. No es verdad que 2020 trajo enfermedad, contagios, pobreza, sufrimiento y muerte al planeta, y que partiendo, con el odio que lógicamente se le tiene, aparecerá una nueva etapa y todo quedará en el recuerdo. No seamos infantiles ni sentimentalistas, por favor, porque esas debilidades e ignorancia las están aprovechando los dueños del poder económico y político, en el mundo, para atormentar, provocar miedo, desestabilizar y controlar absolutamente a los sobrevivientes de una enfermedad que ellos mismos, con el apoyo de científicos mercenarios, ordenaron crear y dispersar en el planeta. Es irracional la pretensión de desear la muerte de 2020 por considerarlo responsable y causante del coronavirus y todas las calamidades que le acompañan, cuando le correspondió, a su paso, ser el marco de tanto crimen masivo. Todo el escenario fue preparado por seres humanos perversos que desean apoderarse de las voluntades humanas y de las riquezas del planeta. Este año que agoniza -2020- se marchará sin despedidas amorosas, y nunca más volverá. Igual que sus antepasados, se refugiará en las páginas de la historia, con la diferencia de que claramente demostrará en lo que nos hemos convertido millones de hombres y mujeres a nivel global. Es momento de despertar y reaccionar del letargo para liberarnos de las cadenas y los barrotes que una élite malvada ha colocado a todos. Incontables gobiernos, medios de comunicación masiva, líderes religiosos y sociales, instituciones públicas y privadas, artistas, intelectuales y parte de las comunidades científica, médica y académica, en el planeta, están a disposición de tal grupúsculo que crece en la medida que la humanidad se debilita. Despidamos el año 2020, con todos sus desencuentros y terrores, sin olvidar sus enseñanzas y vivir cada uno de sus minutos en armonía, con equilibrio y plenamente, porque cada instante es vida que escapa, y no perdamos de vista los signos no de la época, sino de aquellos que anhelan manipular y controlar a la gente. No culpemos a 2020 ni lo convirtamos en rehén que altere nuestra tranquilidad. Dejemos que se vaya. Tengamos cuidado con los días que vienen. Los planes de ese grupo, son perversos e insanos. Eso es lo que importa saber y enfrentar con la razón y la unidad, no lo que se registró durante 2020, a pesar de nuestros dolores y nostalgias. En cada uno, y no en las fechas, se encuentra la decisión del cambio y propiciar, en conjunto, el retorno a la verdadera normalidad.

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Los “sin mascarilla”

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Irracionales, necios, irresponsables, cínicos, desafiantes e irrespetuosos, pertenecen a una casta recién formada. Se encuentran aquí y allá, en todas partes, igual que microbios que pululan en un ambiente pútrido. Los descubre uno en automóviles, transporte público, ascensores, escaleras eléctricas, salas de espera, cines, plazas comerciales, cantinas, restaurantes y espacios públicos. Se trata de una clase social recién surgida que aglutina a hombres y mujeres de todas edades -niños, adolescentes, jóvenes, adultos en edad madura, ancianos-, diferentes creencias y razas, distintos niveles económicos -alto, medio y bajo- y lo mismo con un título universitario que con estudios inconclusos. Son los “sin mascarillas”. Se han convertido, al paso de los días, las semanas y los meses, en seres humanos deleznables. Más allá de la trampa perversa del Coronavirus, las vacunas y el ambiente mundial enrarecido artificialmente, es innegable que la enfermedad afecta a las personas, las rompe, las mata. Se requieren, por lo mismo, acciones y medidas sanitarias perentorias, que eviten o, al menos, contrarresten ese tipo de contagios. Esta gente, los “sin mascarillas”, es prófuga de la sensibilidad, el respeto, la inteligencia y el sentido común. Se han transformado en la escoria de las sociedades, en el mundo, y parece que, gradualmente, provocan enojo en la gente que se cuida y protege. Son productos desechables, escombros, cifras y estadísticas de una sociedad de consumo, ligera, artificial y vacía. Son los parias de nuestros días, aunque muchos tengan dinero y preparación académica. En cierto grado, muchos de los contagios vienen de ellos. Ante la complicidad, en algunos casos, y la pasividad, en otros, de los gobiernos, en ciertas regiones del mundo, parece que será la gente, la sociedad organizada, quien emprenda manifestaciones severas de rechazo contra la nueva generación de jóvenes, adultos y ancianos que, por diferentes motivos, rehúsan utilizar mascarillas y seguir protocolos de higiene y seguridad, con los consecuentes problemas, conflictos y fracturas que acentuarán el odio y la violencia. ¿No resultaría más prudente que las autoridades sancionaran con energía a los “sin mascarilla” y a los que irresponsablemente andan desbocados y contribuyen a multiplicar la gravedad que propicia el Coronavirus? Merecen escarmientos fuertes. La necedad, el capricho, la ignorancia, el desafío y la estupidez no pueden, en ningún caso, permanecer encima del respeto, la salud colectiva, la razón y la vida.

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Introducciones y finales

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La ciencia es ambivalente y, por lo mismo, sirve a causas grandiosas y positivas y a motivos oscuros y perversos. Es, como el tiempo y la vida, indiferente al uso que se haga de sus fórmulas; aunque su empleo y sus efectos, buenos o malos, no son ajenos a la humanidad ni al mundo.

El Coronavirus -ya se sabe, creado en laboratorios y cultivado estratégicamente en diversas regiones para su propagación global, propiciar la muerte de incontables personas y generar caos que abra espacios para imponer vacunas, esquemas de conducta y transformaciones que destruyan todos los esquemas humanos y sirvan a intereses egoístas de una élite poderosa-, en sus diferentes etapas, ha enseñado mucho, y parte de tal aprendizaje consiste, también, en comprobar, una vez más, la debilidad de los científicos al ensoberbecerse ante pedazos de conocimiento y volverse, en cierto porcentaje de su comunidad, mercenarios, títeres de quienes les pagan grandiosas cantidades de dinero.

Parece como si ellos, la mayoría de los científicos, se encontraran amenazados, ocultos, temerosos, indiferentes o en complicidad con quienes están operando la cirugía más grande y peligrosa a la humanidad. Las evidencias lo demuestran claramente, de manera que ante su ausencia y su silencio, aparecen otras voces, aquí y allá, y lo mismo les creen las multitudes -académicos y analfabetos, acaudalados y pobres, jóvenes y personas de edad madura- a las redes sociales que a alguien que platica en un transporte público, en un restaurante, o a un magnate que, sin ser científico, aunque quizá argumente que ha apoyado y permanecido cerca de ese sector, pronostica con mucha anticipación las calamidades que destrozarán a la humanidad y hasta aconseja, recomienda y predice el retorno a una supuesta normalidad. Lo peor del asunto, es que la gente le cree, nadie investiga la fuente de su información, y realmente sucede lo que advierte. Algo es anormal.

Hay quienes se han convertido en los mesías, casi salvadores del mundo, que cotidianamente aparecen en los medios de comunicación masivos, en las redes sociales. Son tan poderosos y manipulan a los gobernantes del mundo, a la prensa, a las instituciones públicas y privadas, a los líderes de mayor influencia, que aprovechan la apatía, enajenación e indiferencia de las mayorías, a quienes predican diariamente las introducciones y las conclusiones de sus juegos, la trama y el desenlace de los problemas que desgarran a las familias, a millones de hombres y mujeres, y paralizan sus alegrías, proyectos, estudio, trabajo, sueños e ilusiones.

Muchas veces me he preguntado cómo es posible que un número demasiado significativo de las más de siete mil ochocientas millones de personas que habitan el planeta, sean incapaces de reaccionar y permanezcan atrapadas voluntariamente en su pasividad e indiferencia ante los acontecimientos que realmente deberían interesarles.

La respuesta la obtengo, casi de inmediato, al andar en las calles, en los espacios públicos, en las plazas comerciales, en todas partes, donde percibo ambición desmedida, ausencia de valores, envidia, deshumanización, superficialidades y violencia. A la gente le resulta fácil ofender y agredir. No hay respeto ni tolerancia. Todo es desechable, vacío, consumible.

Cuando observo a la infancia, a los adolescentes, a la juventud, experimento tristeza y dolor porque alguien con mucho poder -una élite ambiciosa y pervertida-, y nosotros, los adultos irresponsables, les estamos arrebatando días, la oportunidad de vivir sus etapas de primavera, mancilladas con las sombras del dolor, la enfermedad, las carencias, el peligro y la muerte. ¿Qué hemos hecho?

Evidentemente, mi consuelo y esperanza consisten en que ellos, niños, adolescentes y jóvenes, reaccionen y en un futuro próximo -sí, cercano, porque el tiempo es pieza clave en el tablero de los buenos y los malos- sean protagonistas de cambios estructurales que se opongan a las pretensiones de un grupúsculo, a la corrupción de gobernantes, a la manipulación de gran cantidad de medios masivos de comunicación, al engaño de comunidades y líderes y a la deshumanización y estupidez de las sociedades.

Desde luego, los jóvenes que se atreverán a escribir sus propias historias y a imponer el orden que se requiere a nivel mundial, no serán aquellos que salen vomitando de las cantinas ni los ociosos que se reúnen en las esquinas, ni tampoco los que dedican los minutos de sus existencias a generar problemas. Serán grandiosos y promotores de cambios responsables quienes hoy sienten frustración e impotencia ante el robo que otras personas con mucho poder hacen de sus vidas y oportunidades, y que se preparan diariamente, a pesar de las condiciones adversas y de los desafíos locales, nacionales y mundiales.

Con el Coronavirus, aprendimos, igualmente, a distinguir, al menos, dos grupos humanos: la barbarie, la colectividad enajenada e interesada más en satisfacer sus apetitos e impulsos, intensamente reactiva y poco racional, y aquellos que desean preservar sus valores y coexistir en armonía y con equilibrio en un ambiente de progreso, tranquilidad y respeto.

Y los vemos diariamente, más allá de sus niveles académicos y económicos. No hace falta desperdiciar el espacio y el tiempo en explicaciones de hechos que uno comprueba diariamente. Cada uno, de acuerdo con sus sentimientos, costumbres, palabras, pensamientos y acciones, sabemos el nivel en que nos encontramos y, en consecuencia, a qué grupo humano pertenecemos.

Más allá de argumentos, el Coronavirus es real, y alguien, lo sabemos, está jugando con trampa. ¿Existirán marionetas capaces de romper los hilos del titiritero y saltar del escenario en busca de un mundo auténtico y pleno? El público que suele permanecer sentado cómodamente en sus butacas, a pesar de que el teatro y sus salidas de emergencia sean consumidas por las llamas, ¿tendrá capacidad de reaccionar con inteligencia y salvar sus vidas?

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¿Qué falto? ¿Qué sobró?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Qué faltó este año, que ahora las listas de ausencias permanecen saturadas de nombres y apellidos? ¿Cómo es que la falta de presencias abandonó las sillas apiladas y vacías? ¿Cómo es que las restas y las divisiones tienen la facultad de sumar y multiplicar? ¿Qué sobró, que hoy existen espacios desocupados? ¿Dónde quedaron los rumores de la vida, si solo se escuchan desde la ventana los silencios de la muerte? ¿Quién se apropió de la alegría en meses de tristeza? ¿En qué paraje descansan las ilusiones, si cada estación se entintó con el desencanto de las horas presentes? ¿A qué hora pararon las manecillas del reloj, si el tiempo continúa su marcha y toda la gente camina apresurada? ¿Qué ruta seguir cuando parece se extraviaron y olvidaron los destinos y el sentido de la existencia? ¿Qué son los rostros amables y sonrientes, y dónde se refugiaron, si los antifaces y las mascarillas esconden ceños fruncidos? ¿Existe algún lugar donde fueron confinados y sepultados los minutos y los días, mientras las horas y las semanas por venir son inciertas? ¿Cómo iniciar, si parece que todo ha terminado? ¿Cómo llamar al despertar si la espesura de los días simulan una noche sin final? ¿A quiénes podrán dejarse sentimientos, palabras e ideas, si muchos oídos clausuraron sus puertas e incontables manos permanecen atadas por voluntad propia? ¿Es posible sanar en la enfermedad y vivir en la muerte? ¿Se puede enfermar en la salud y morir en la vida? ¿Tendremos capacidad de ser luz e iluminar donde las llamas se propagan y resplandecen, con el engaño de alumbrar, mientras queman todo y lo transforman en cenizas?

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El sí y el no

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si el concierto de las aves y los susurros del aire son fragmentos de las notas de Dios? ¿Y si todo es signo de una partitura magistral y, en consecuencia, es voz de la misma sinfonía? ¿Y si las palabras escritas y pronunciadas, a cierta hora, son ecos de música, pedazos de matices, trozos de formas? ¿Y si tu voz y la mía pertenecen al lenguaje de otros? ¿Y si las flores, las cortezas enlamadas y las frondas de los árboles, al reflejarlas los lagos y las represas, parecen lienzo raptado del mismo paraíso? ¿Y si los seres humanos solo se disgregaron y su familia son las plantas, los animales, los abetos, las orquídeas, los tulipanes? ¿Y si los pétalos y las espinas se complementan y también se integran a la piel, a las escamas, a las texturas? ¿Y si los rumores son silencios y los sigilos, en tanto, susurros interminables? ¿Y si el océano y las tormentas tienen parentesco con la pinacoteca celeste? ¿Y si la finitud únicamente es rostro desprendido de la eternidad? ¿Y si los sueños son la otra parte de la vida? ¿Y si existen mundos paralelos en los que, nosotros, somos buenos y malos? ¿Y si el bien es la luz, el agua diáfana, las gotas que brotan de la fuente inagotable, y el mal, en cambio, es oscuridad y mezcla de líquido estancado con tierra? ¿Y si los niños, adolescentes y jóvenes son las personas maduras que transitan por el mundo y los ancianos que reposan en sus asientos de remembranzas? ¿Y si el titiritero de la humanidad es cada persona? ¿Y si las mujeres traen consigo la receta de los hombres, y ellos, en cambio, poseen las fórmulas de ellas? ¿Y si los colores son fragancias y sabores? ¿Y si el sí y el no de la vida nadan en la misma corriente? ¿Y si alguien pertenece a cierta familia, a un grupo evolutivo, y, a la vez, a una generación y a todas las que han transitado y vienen? ¿Y si la piedra, el mineral y la arena se encuentran dispersas, en sus ambientes, y sienten el paso de la lluvia, el viento, la nieve, el calor y el frío? ¿Y si el día no se manifiesta sin la presencia anticipada de la noche? ¿Y si la enfermedad, la muerte, el odio, la tristeza y el mal son ruinas y sombras, exclusivamente, de la salud, la vida, el amor, la alegría y el bien? ¿Y si el mundo y otros planos se desprendieron de un cielo infinito? ¿Y si la muerte y la vida se parecen tanto y solo se trata de un viaje previo a la inmortalidad? ¿Y si la arcilla resulta animada por la esencia y el alma, a la vez, es destello de Dios? ¿Y si solamente es preciso escuchar los murmullos y sigilos que provienen del interior y conciliarlos con los apuntes de Dios para ser uno con el todo y ya no sufrir ni morir tantas veces y sí, en cambio, disfrutar la corriente etérea que fluye? ¿Y si en vez de pisar charcos con reflejos, decidimos sumergirnos en las profundidades del ser y descubrir las riquezas inconmensurables? ¿Y si de pronto, al unir las piezas, cada uno descubrimos que somos algo más que seres humanos?

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Los que estorban

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La realidad, en el mundo, es más cruel, inhumana, grave y preocupante de lo que incontables medios de comunicación, en amplio porcentaje mercenarios, parciales e incapaces de hablar de frente y con la verdad, informan cotidianamente. Definitivamente, es claro, y no es secreto para analistas y estudiosos del tema, que ancianos, enfermos crónicos y terminales, pensionados, desempleados y personas que coexisten en el pauperismo, representan una carga cada día más onerosa para los dueños del poder económico y político en el mundo, los gobiernos corruptos y serviles y las instituciones financieras. Se trata de personas que por sus condiciones físicas, mentales o económicas, de pronto se convirtieron en seres humanos de cuarta o quinta categoría, en estorbos, por no utilizar el término despreciables, y ahora son cifras y estadísticas que no significan generación de riqueza ni votos a favor de algún partido político. No son consumidores potenciales ni tienen capacidad, si la vejez o las enfermedades los mantiene aprisionados, de acudir a las urnas electorales. Ni siquiera representan algo significativo para las instituciones de beneficencia y religiosas. No representan utilidades monetarias; al contrario, significan erogación de recursos públicos. Más que recibir algún beneficio monetario de ellos, requieren apoyo. Hasta los ciudadanos, deshumanizados y masificados, sienten repulsión y tratan con desdén a esos sectores incapacitados. Con la aprobación del público, las empresas televisoras, radiofónicas y de medios digitales, ridiculizan a los ancianos, a aquellos que nacieron deformes o tienen algún defecto físico o una deficiencia mental. Las telenovelas, las series y los programas acentúan las diferencias raciales y sociales, y ser viejo, enfermo, desempleado, pensionado o pobre equivale al desprecio, al olvido, a la humillación. Muchos de ellos entregaron lo mejor de sí durante sus años productivos, pero a nadie parece importar esas historias que desde hace tiempo son garabatos arrojados a la basura. Les resulta preciso a los propietarios del dinero y el poder, a los gobiernos y a las instituciones, reducir las crecientes e imparables cuentas millonarias que representan tales personas. Piensan los que controlan el poder económico y político, junto con sus gobiernos aliados, y con el apoyo de innumerables artistas, científicos, intelectuales, académicos y medios de comunicación, en la aplicación de una fórmula para reducir, en primer lugar, a tales sectores de la sociedad. No es de extrañar, en consecuencia, que actualmente sean las principales víctimas de algo deforme y monstruoso que la clase poderosa, con respaldo de científicos mercenarios, gobiernos aliados y títeres, pretende denominar y convertir en pandemia para así justificar la aplicación de vacunas, reducir la población global  y controlar al mundo. No les interesan el conocimiento y la experiencia de los viejos, y menos los relatos de los enfermos y pobres, a quienes desde hace décadas han preparado a las generaciones, dentro de un proceso de gradualidad que evidentemente tiene cierta intencionalidad. Sencillamente, se trata de sectores que pretenden eliminar del planeta porque les parecen gente despreciable e improductiva que no les representa algún beneficio utilitario.

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Camila

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay seres humanos que transitan por el mundo y dejan huellas, recuerdos e historias memorables por lo sublime de sus sentimientos, la profundidad de su pensamiento y lo extraordinario de sus actos, hombres y mujeres que, como Camila, son inolvidables por el amor auténtico, fiel y puro que entregan y el resplandor que destilan desde su interior.

Mujer bella y tierna, con sueños e ilusiones, dulce y noble, mostró su inclinación artística durante los primeros años de su existencia. ¿Cómo no va a ser hermoso y sensible quien desde la infancia tiene capacidad de expresar sentimientos e ideas a través del dibujo?

Ella, Camila, dio muestra de su grandeza hasta el minuto postrero de su existencia. Se le extraña. Tenía 14 años de edad. Un día, cuando sus manos se deleitaban con los dibujos que creaba y sus sueños e ilusiones, envueltos en la dulzura de su carácter, la transportaban a las fronteras de los ensueños, su salud se quebrantó y aprendió, como era, a coexistir con la enfermedad, con el cáncer que cada instante carcomió su organismo.

Entre las postrimerías de su infancia y la aurora de su adolescencia, aprendió que los juegos, las fantasías y los sueños quedan atrás, en el recuerdo y a veces en el olvido, y que en ocasiones algunos seres humanos deben enfrentarse a una realidad cruda e incomprensible, al dolor que causa un padecimiento incurable, a la impotencia de salir de la fila para luchar contra algo que parece injusto e invencible.

Los últimos dos años de su existencia fueron difíciles para Camila. Su existencia se complicó. No es fácil padecer cáncer en los pulmones, someterse a quimioterapias y andar, al final, con un tanque de oxígeno; sin embargo, fue ella quien enseñó a la vida, al destino y a la gente que cuando un ser humano es grandioso, las pruebas empequeñecen ante luz que irradia el alma.

Dicen que esas enfermedades enseñan a los pacientes, que les transmiten algún mensaje; pero en el caso de Camila, siempre alegre y fuerte, dio una lección a quienes tuvieron la dicha de conocerla. Fue superior al cáncer.

Uno, ante el dolor y la tristeza, cierra los ojos e imagina a la adolescente, a su corta edad, quizá soñando y con la ilusión de que de improviso se registrará una fórmula para curar el cáncer, tal vez con el anhelo de un día bailar y correr como los chicos de su edad, probablemente con sus esperanzas y frustraciones, ante el desfiladero de la vida, entre un sí y un no, una mañana y una noche.

El dolor, las quimioterapias y sus efectos, la ausencia de un pulmón y la presencia de un tanque de oxígeno permanente, no fueron motivo para que Camila se aislara en un recinto oscuro y silencioso de su casa o en una habitación del hospital; al contrario, cursaba secundaria en un colegio y hasta estaba aprendiendo a conducir un automóvil. Tenía aspiraciones como todo adolescente. Asistía a fiestas y reuniones y lejos de permanecer callada o con mirada de resentimiento, sonreía con naturalidad y se divertía sanamente. Le gustaba la música y ciertas ocasiones, incluso, bromeó.

La  brevedad de su existencia no significa que su jornada terrena fue inútil, porque dejó enseñanzas muy grandes y demostró la superioridad de su ser ante las adversidades que se empeñaron en cerrar las puertas y ventanas de su dicha.

Los juguetes quedaron guardados cual memoria de una infancia pasajera, momentos dorados en los que los personajes no imaginan que protagonizarán capítulos intensos y finalmente dramáticos. Las ilusiones, en tanto, reventaron igual que las burbujas que flotan de efímera existencia.

Todo se encuentra presente en lo que fue su pequeño mundo, todo, menos la presencia física de Camila. El 7 de diciembre de 2017, fecha en que pasó por la transición, el ataúd de la mujer de edad minúscula, tan pura y tierna, lució pletórico de globos, la cartulina en la que un día anotó los sueños que cumpliría cuando sanara, incontables fotografías y muchas flores aromáticas, policromadas y de textura delicada y fina.

Allí, entre sus familiares, amigos, profesores y compañeros de secundaria, el féretro mantuvo atrapado el cuerpo femenino de la adolescente, con sus esperanzas y frustraciones, sus alegrías y tristezas, su risa y su lucha incansable por la vida, sus sueños desvanecidos, su historia prodigiosa.

Al siguiente día, todo se redujo a la urna con cenizas que la empresa fúnebre entregó a sus padres desconsolados. El cáncer y la muerte, aparente victoriosos,  quedaron empequeñecidos ante la grandeza y luminosidad de Camila, quien hasta el último suspiro conservó la fortaleza de los seres superiores que a pesar de la brevedad de su paso, dejan huellas indelebles.

¿Niña?, ¿adolescente?, ¿mujer?, ¿ángel? Camila ya no tuvo oportunidad de experimentar los ciclos de la vida, en este mundo; no obstante, no los necesitó, parece, porque vino a enseñarnos que los días de la existencia son breves, fugaces como un suspiro, y que uno no debe perder la oportunidad de amar, ser feliz y cultivar el sendero con detalles y actos dulces y buenos, dejar luz para que los demás se guíen con los faroles y puedan trascender y volar a otros planos.

Los padres de Camila se encuentran en el desconsuelo, como cualquiera sufre lo indecible ante la muerte de un hijo; sin embargo, un día, cuando el recuerdo se dulcifique, se sentirán embargados por la paz profunda al entender que tuvieron la dicha de contar en su hogar con uno de esos seres consentidos de Dios, una de las criaturas que suele enviar con la intención de que otros aprendan a vivir y conquistar el cielo.

La vida fugaz de Camila no fue en vano Merece un reconocimiento permanente y que se siga su ejemplo. Ya es luz quien enfrentó el acoso de las sombras. Vive eternamente quien durante sus horas de prueba demuestra valentía, fe, esperanza, amor, alegría y valores. Sonrió a pesar de alojar al cáncer y a la muerte en su cuerpo. Siempre hubo algo sublime en ella, un alma verdaderamente llena de luz, que superó las pruebas y dio una lección a la misma vida. Una niña pura y tierna.

Camila, quien disipó las sombras y buscó la luz, invita a vivir alegres, con amor e ilusiones, lejos de los resentimientos, el mal, las superficialidades y la mediocridad, y cerca del bien y la verdad.

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