Y tenían razón

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En sus disertaciones sobre el arte, mi padre me aconsejaba que a las letras les entregara lo mejor de mí, igual que un enamorado a su amada, y que todos los días las cultivara con amor, constancia, esmero y pasión, como quien cuida un viñedo con la ilusión de cosechar las uvas que ha de destinar a la producción del vino más preciado.

Las letras y las palabras, si te entregas a su arte y a su encanto, finalmente te devolverán obras cautivantes, hermosas y magistrales, aseguraba mi padre, quien decía que quienes dan de sí sin esperar una recompensa a cambio, un día, una tarde o una noche, a cierta hora, abren a la puerta y se encuentran de frente con el resultado de sus sentimientos, palabras, actos y pensamientos. Y tenía razón.

Mi madre, en su jardín inmenso y perfumado, siempre de intensa policromía, daba lecciones de vida a mis hermanos y a mí, y no olvido que constantemente planteaba que si uno desea obtener flores hermosas, plantas sanas, frutos deliciosos y árboles bellos y corpulentos, es preciso atenderlos, remover la tierra, abonarlos, podar las partes inservibles, regarlos y cortar los abrojos. Y tenía razón.

Explicaba que como seres vivos y parte esencial del mundo, la flora y la fauna devolvían con gratitud lo que recibían, y lo multiplicaban, hasta regalar a la mirada y a los sentidos trozos del paraíso. Su jardín, tan cuidado, reflejaba y sumaba lo que entregaba con tanto amor y dedicación. Era un pedazo de cielo. Así lo ganó mi madre. Y tenía razón.

En los minutos y las horas presentes de mi existencia, empiezo a comprender que mi padre y mi madre tenían razón y que, además, existe un principio inquebrantable que es lección y clave de vida, y que consiste en el hecho de que quien da de sí, abre los baúles y las puertas de la abundancia.

Parece que existe una relación cósmica entre dar y recibir. Aquel que da lo mejor de sí -una mirada de amor, una mano que apoya, una palabra de aliento, unos minutos de atención, un acto humanitario, un abrigo, medicina, alimento, consejos-, abre portales y, sin esperarlo, recibe el bien en abundancia.

El que arrebata y todo lo desea para sí -dinero, viajes, residencias, automóviles, yates, objetos y placeres-, gradualmente coloca barrotes y candados y hace de los caminos, pasillos estrechos y lóbregos que, finalmente, lo aplastan y destruyen.

Aquel que da desinteresadamente sin esperar reconocimientos públicos, aplausos y reflectores, retribuciones y humillaciones de los más débiles, tal vez no sospecha que tras sus actos nobles, llegan canastas con los regalos más hermosos y preciados.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

El encanto de las manos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En el arte, aliadas de la inteligencia y la sensibilidad del ser, las manos  interpretan el lenguaje de la vida, las voces del universo, los rumores de la creación, hasta transformarlos en poema, concierto, pintura. Son creativas y deslizan el bolígrafo sobre las hojas de papel, igual que lo hacen al acariciar las cuerdas con el arco del violín, al esculpir y dar forma a la piedra yerta o al mezclar colores y formas en el lienzo. Parecen mágicas y emulan a Dios en su proceso creativo cuando trabajan para el arte. En el amor, acarician y convierten la existencia en belleza y detalles, en trozos de una historia sublime e irrepetible, en sueños y realidades, en mundo y cielo. Me encantan aquellas manos que lejos de acumular, dañar y arrebatar, se vuelven punto de apoyo, entregan el bien y producen para sí y la humanidad. No me agradan, en cambio, las que permanecen atadas a instintos bajos ni las que lastiman, ni tampoco las que lucen artificialmente y se sienten inseguras sin alhajas y decoración. Me fascinan las manos que retornan después de una jornada de estudio y trabajo, las que se desgarran al sostener a quienes resbalan, al retirar la hierba y las piedras del camino, al dar felicidad a los que más sufren. Las manos carentes de inteligencia, amor, sentimientos y virtudes son monstruosas, capaces de destruir y cometer las más horrendas perversidades. Hay manos que curan, enseñan, apoyan y entregan; otras, al contrario, oprimen y lastiman, son crueles e ingratas. En las manos, uno descifra si un hombre o una mujer son cuidadosos, sus edades, sus costumbres y hasta la trayectoria de sus existencias. En las manos descubro al artista, al generoso, al estudioso, al que trabaja y produce, al que ama, al místico, al que aporta, al que vive en armonía y equilibrio, y también al que destruye, al que quita, al que traiciona, al ocioso, al que odia, al que causa mal. Insisto, las manos tienen un encanto, una señal, una misión que engrandece o destruye a los seres humanos. Son la historia y el mapa que cada persona talla para su evolución o su caída.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright