Azoteas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Refugio de perros acalorados, con hambre y sed, confinados por sus amos crueles al destierro, las azoteas son paso, también, de arañas, hormigas y gatos volubles y morbosos que acechan a la gente, a los pájaros, o persiguen a los ratones de ojillos saltones y colas tiesas que corren y se esconden entre tablones y cajas con libros deshojados, documentos amarillentos y quebradizos y trapos deshilachados.

No pocas azoteas mexicanas son destierro y olvido, tumbas, sepulturas de trozos de vida y cosas que un día fueron activos, valores, y significaron, por sus mecanismos de compra, pasivos, deudas. Objetos abandonados, juguetes y utensilios en el exilio.

Entre lavaderos grises y agrietados, tinacos decolorados y tendederos endebles, quizá se encuentran arrumbados la casa de madera y los collares del perro que murió atropellado, la bicicleta que enseñó a mantener el equilibrio a los niños y adolescentes, el televisor en blanco y negro de bulbos y las jaulas oxidadas de canarios inexistentes y loros que otrora fueron parlanchines y comieron desordenadamente plátanos y cacahuates.

Al aire libre, amontonados en un rincón o dispersos, permanecen mecates, cartones con grasa, periódicos con noticias que pronto se volvieron ayer e historia, tablas, envases de bebidas gaseosas y cervezas con residuos descompuestos, libros con páginas nunca leídas, zapatos de suelas desgastadas que recorrieron caminos inimaginables, cuadernos, sábanas y cobijas endurecidas y hediondas que reciben aguaceros e insolación.

En las azoteas se perciben las caricias del viento, los rumores de la ciudad, el paso de los vehículos, los ladridos de perros y los gritos de las personas. Los drenajes escurren. Las gotas de lluvia se acumulan en los techos, entre ladrillos de proyectos e ilusiones que por alguna causa se desvanecieron, escobas inservibles y aparatos de radio con cubiertas de madera o plástico, trozos de vidrios, clavos oxidados y colchones donde reposaron sueños de hombres y mujeres agotados o ansiosos de una aventura o algún acontecimiento grandioso en sus vidas. Todo se encuentra con su historia enmudecida y rota.

Unos se reúnen en las azoteas, donde ríen y conviven, mientras otros, en tanto, las habitan durante sus jornadas en la servidumbre o las convierten en bodegas, en cementerio de cosas, en fragmentos de vida e ilusiones. Los juguetes, eco de otra infancia, permanecen en el olvido, mientras los trastes, amontonados, recuerdan platillos, sazones, condimentos del ayer. Fracturadas, las muñecas de rostros sucios, los carritos sin llantas y los cuentos despastados, recuerdan que nada es permanente y que el ser humano sólo es un forastero en el mundo.

En los cuartos de las azoteas permanecen atrapados los retratos de los abuelos, el vestido de una boda, el traje de una fiesta, los zapatos incómodos, el cepillo de cerdas débiles, la grasa reseca y las marcas de productos que ya no se encuentran en los mercados. Bodegas de etiquetas, mochilas, maletines, revistas y hasta pelucas y cosméticos resecos.

Mientras las prendas asolean en tendederos y riñen por un espacio, las caricias del aire y los ósculos del sol, los otros objetos, las cosas que permanecen en las azoteas, gimen calladamente porque un día y otro, sin percatarse, envejecieron y se transformaron en sobrante, basura, estorbo, recuerdo, olvido.

En algunas azoteas duermen las trabajadoras domésticas, agotadas y tal vez acosadas por sus patrones, o se asolean el anciano tullido, la abuela diabética, el muchacho paralítico que arroja espuma por la boca o el hombre y la mujer que se jubilan y carecen de guión para cubrir los días postreros de sus existencias, como si todos fueran despojos de la sociedad.

Allí, en los techos de las casas y edificios, la gente suele conservar ollas y cazuelas vetustas, peceras ausentes de agua y vida, lámparas fundidas,

Con colecciones de antenas, cables y herrumbre de ventanales antiguos, las azoteas acumulan trozos de vida, historias, testimonios de alegría e ilusiones, pedazos de tristezas y desencanto, fragmentos de biografías, desfiles de modas, rituales, dinero invertido, tiempo que se consumió, macetas despedazadas con tierra endurecida y hierbas secas, recuerdos de personas e instantes pasajeros, olvido de gente y acontecimientos fugaces.

Tales azoteas son cementerio de las cosas buenas y malas del ayer, escondite de enamorados, mundo de servidumbre, mirador de soñadores, paso de rateros y tránsito de generaciones. Las utilizan para lavar y tender ropa o con la intención de mirar los astros, pronunciar palabras románticas o convivir con alimentos y bebidas, o se convierten, en cualquier momento, en destierro de las otras cosas, las que fueron alcanzadas por la caminata del tiempo, el uso y las modas. Nada es permanente.

Hay azoteas, en cambio, limpias, ordenadas, incluso con jardines o decoración. Invitan a disfrutarlas y experimentar los instantes de la vida. Denotan orden y limpieza de sus propietarios.

Igual que el calzado, los cinturones o las bolsas femeninas, las azoteas proyectan la cultura, los principios, la educación, los valores, las costumbres, el nivel socioeconómico, el orden y la limpieza de sus dueños. Cada azotea es el otro rostro de los moradores de la casa. Es espejo de los habitantes de un domicilio.

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México

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

México no son sus políticos ni sus televisoras; tampoco aquellos que lo han herido con sus actos rapaces. Eso es basura. México es superior a las circunstancias y lo forman todos sus habitantes, hombres y mujeres que hoy sienten luto y dolor al contemplar las ruinas, muerte y desolación que provocó el temblor del 19 de septiembre de 2017. Mexicanos son aquellos que hoy sienten el dolor de las muertes, aunque no tengan familiares bajo los escombros, por el simple hecho de solidarizarse y ser hermanos de una raza. Mexicanos no son los funcionarios, políticos y líderes que se han enriquecido con el patrimonio nacional y que nuevamente, como el 19 de septiembre de 1985, significan vergüenza, causan asco y se encuentran rebasados por la sociedad. Mexicanos son los que sienten tristeza por el luto nacional, los que participan en la recolección de víveres, los que sacrifican su tiempo y exponen su integridad física al tratar de rescatar por lo menos una vida que agoniza bajo toneladas de escombros. Mexicanos no son los que se toman selfies ante escenarios de desgracia ni los que envían memes estúpidos y grotescos ante las horas presentes de angustia. Mexicanos son los que unen sus manos, sus brazos, para rescatar vidas y su nación, su país devastado por temblores, pero también por quienes ostentan el poder económico, político y social y se han beneficiado sin que les importe el destino de millones de familias. Mexicanos son los que hoy lloran, trabajan y estudian para restaurar un proyecto de país que puede ser esplendoroso. Mexicanos no son los gobernantes y políticos que iniciaron su gestión con una historia irrisoria de telenovela ni televisoras que generan psicosis y hacen de una desgracia nacional un negocio redituable y un reality show. Mexicanos no son los que inventan y lucran con personajes ficticios que remueven desconsuelo colectivo y generan enojo y frustración. Mexicano no es aquel que abusa, roba y causa daño. México eres tú. Mexicano es aquel que ante las adversidades y desastres de su nación, se levanta y con sus actos cotidianos hace patria. Es quien bendice el nombre de México y se enorgullece de llevar su sangre.

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