No estaban en el manuscrito

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No estaban en el manuscrito. Busqué, primero, en la papelera de mi escritorio, en los cajones, en el suelo; más tarde, desesperado, hurgué en el cesto de la basura. En la novela que escribía entonces –Los señores Pérez o la otra infancia-, se percibía la ausencia de dos hojas -cuatro páginas- que esa mañana, inspirado, había escrito. En ese momento de mis años juveniles, me había parecido que se trataba de cuartillas muy interesantes dentro del relato. Me urgía localizarlas. Tenía que integrarlas a la obra. Tampoco estaban en los anaqueles pletóricos de libros. Algo faltaba en la acumulación de cuartillas escritas a una hora y a otra, en las mañanas, las tardes, las noches y las madrugadas, sin tregua., en un rincón, en un espacio y en muchos más.

Tengo la costumbre de destruir , en pedazos minúsculos, los documentos y papeles que no utilizo. Las cuatro páginas de mi novela, junto con otras hojas, se encontraban confinadas en la papelera, confundidas con otros fragmentos, igual que la gente, en las ciudades, al caminar en un sentido y en muchos más en las avenidas y calles transitadas, en busca de todo y nada. revuelta, masificada, confundida y extraviada entre tanto número en serie.

Eran las hijas ausentes, las integrantes de una familia entristecida por los faltantes. Mi deber, como artista y escritor, era rescatarlas, en pedazos, con la intención de restaurarlas, curar sus heridas y fracturas, o definitivamente renunciar a su aliento, a la creatividad y pasión con que las formé y conformarme, más tarde, ese día o el siguiente, con el intento componer de algo parecido.

Tres años antes, mi padre, poco antes de pasar por la transición, me había narrado una historia que en su niñez le relataron algunas personas ancianas, con la idea de que yo, su “muy inquieto hijo”, como solía llamarme, la escribiera y consiguiera su publicación. Él ya no estaba presente en casa, en el mundo, y yo, su hijo y discípulo, no podía fallar en mi promesa.

Coloqué todos los papeles diminutos en el suelo. Estaban adoloridos por las fracturas que les causé al romperlos. Conservaban rasgos de mis letras rotas. El piso se convirtió, inesperadamente, en mesa de salvamento y curación, en cama hospitalaria para criaturas deformes y lastimadas, en campamento y en sala de curación y restablecimiento,

Me convertí, sin planearlo, en médico de mi manuscrito. Paciente, disciplinado, controlé mi ansiedad por los minutos consumidos, por las horas irrepetibles que transitaron, hasta que, finalmente, emocionado, miré el paisaje con dos hojas recién operadas en la sala improvisada de cirugía.

Uní, primero, todos los fragmentos minúsculos de papel, similares a las piezas de un rompecabezas que sigilosamente reta la paciencia e inteligencia de los individuos que se atreven a probar su capacidad mental y de observación; pero se trata, igualmente, de la caminata del tiempo imperturbable que esculpe jeroglíficos y signos en los rostros.

Tras armar cada hoja, me sentí vencedor de una prueba en la que el único competidor era yo, y así coloqué, una y otra vez, cinta adhesiva, hasta que rescaté cuatro cuartillas de mi novela, emocionado y feliz, cual médico que salva las vidas de un paciente y de otro que esperan la hora infausta en sus lechos arrinconados y cubiertos de sombras y recuerdos.

Me apresuré a reproducir el texto, recién vendado, en otras hojas que incorporé al manuscrito de la novela, obra que no publiqué y que ahora, al recordarla, rescataré del silencioso y triste asilo en que reposa, en el archivo olvidado, con la idea de reencontrarme con su esencia, disfrutar su perfume de papel y tinta añejos, revisarla y publicarla.

Solo es, la de hoy, una evocación de las hojas rotas, una añoranza, quizá, de aquellos años juveniles, de las horas primaverales, cuando los seres humanos no dependíamos tanto de aparatos y resolvíamos los problemas enfrentándolos con creatividad, observación, inteligencia y esfuerzo. Únicamente eran dos hojas -cuatro páginas- que no estaban en el manuscrito.

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Un poema

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La musa inspira al artista, pero si éste la busca en el éter, en el cielo, en el mar, en el mundo, en los sueños, en la vida, en el todo y la nada, para enamorarse de ella y entregarle sus obras, innegablemente descubre y siente el amor que trasciende las fronteras del espacio y las murallas del tiempo, detiene las manecillas del reloj y se abren las compuertas del infinito con la alegría e ilusión que sólo conocen aquellos que atraen la mirada de Dios 

Un poema, cuando es de amor, se escribe con los sentimientos, con los teclados y las octavas del universo, con la pasión del arte que desmorona fronteras y abre caminos. Un poema, cuando es de amor, se diseña y construye una noche estrellada y silenciosa, entre papeles, retratos y velas consumidas por las flamas de las horas, o una madrugada desolada y de tempestad, cuando la gente duerme arrullada. Un poema, cuando es de amor, se compone una mañana, cerca de las gotas del rocío que deslizan suavemente en los pétalos de exquisita fragancia y textura, o una tarde en alguna banca, junto a los rumores de la fuente y las frondas acariciadas por el viento otoñal, en un paisaje alfombrado de hojas amarillas, doradas, naranjas y rojizas que crujen ante los pasos del caminante y los enamorados. Un poema, cuando es de amor, se plasma en cualquier parte porque es una joya que brota del alma, que viene del cielo y que va a los sentimientos. Un poema, cuando es de amor, no se dedica a cualquiera porque tiene destinatario, y no importa que un día quede atrapado entre las hojas de un libro o en el baúl de recuerdos, porque siempre será constancia de una historia mutua, de una unión inolvidable, de un encuentro, un rumbo y un destino. Un poema, cuando es de amor, poda las tristezas, tala las sombras y sesga cualquier dolor, porque presenta, por sencillo que sea, un jardín de belleza incomparable. Un poema, cuando es de amor, es inspirado por alguien, por una musa, y no tiene precio por tratarse de una perla que forma parte del collar que lleva a fronteras y parajes inagotables. Un poema, cuando es de amor, no se entrega a cambio de una noche cualquiera, en una posada, para más tarde seguir la caminata en busca de otra estación, porque se escribe inspirado por los sentimientos más excelsos, por el palpitar que sólo experimentan aquellos que tienen la dicha de enamorarse fielmente. Un poema, cuando es de amor, lo escribo para ti con la idea de abrazarnos prolongadamente y en silencio, leerlo suavemente y sentir la brisa del cielo, escuchar las voces del universo, percibir el palpitar de la vida y sabernos felices. Un poema, cuando es de amor, lo escribo para ti con el enamoramiento, la alegría y la ilusión de cada instante. Un poema, cuando es de amor, está dedicado e inspirado en ti.

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Algunas palabras, cuando escribo…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una vez que la sentí a mi lado y supe que en mi morada no esperaba a alguien más, la invité a pasar y cerré la puerta a otras posibilidades; entonces abrí las ventanas y saltamos hasta un jardín soleado donde los colores y perfumes de las flores son de amor y alegría. Así descubrimos, aquel día, la fórmula de la inmortalidad

Algunas palabras, cuando escribo, abrazan a otras en las hojas de papel, en el cuaderno de apuntes, como si supieran que una noche estrellada, en una banca y al lado de una fuente, entre árboles corpulentos y flores fragantes, o en el rincón de mi taller de artista, tejo poemas para ti. No serían poéticas mis palabras sin ti ni arte mis obras ante tu ausencia. Guardaría en un relicario las letras, los acentos y la puntuación, en caso de que no existieras, para definirte y utilizarlas al descubrirte conmigo y sentirme contigo. Inventaría tu nombre, tu rostro de niña consentida, tu mirada de espejo, tu estilo. Ensayaría, una y otra vez, al escribir, tu identidad, tu silueta, tus manos, tu risa y hasta tus travesuras y nuestra historia. También agregaría, si sólo te presintiera, un texto que me condujera hasta otras moradas para sustraer el polvo que te hace diferente, la esencia que te mueve, la luz que te ilumina, y trazaría, para besarte y llevar eternamente tu sabor y tu fragancia, la ruta a tu interior, hasta mirarte a mi lado y sentir el hálito de la vida, la sensación de volar plenos y la emoción de amar. Escribo feliz porque no tengo que buscar más tu presencia al ser mi musa, la dama de mi espíritu de caballero, el amor de un artista. Amo de ti tu esencia, tus ojos, los latidos de tu corazón, tu belleza, tus ocurrencias. Miro en mi interior y te percibo en mí; escudriño en lo más insondable de ti y me encuentro. Oigo, al caminar en mi senda y escribir las letras que se abrazan en la libreta de anotaciones, los murmullos del universo, la sinfonía de la vida, el encanto de tu voz al amarme  y los rumores de una historia inolvidable que solamente espera que tú y yo, inspirados, la bordemos con el enamoramiento de dos niños juguetones.

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Las palabras que construyo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

…y esa noche mágica e inolvidable, cuando le declaré mi amor, retorné a casa emocionado, con incontables sueños e ilusiones, con la intención de definirme en el espejo, palpar mi perfil y mis rasgos, porque creí, a partir de entonces, estar con alguien inseparable y especial en mi vida 

Cada noche me refugio en mi silencio para diseñar y construir palabras sutiles, textos de cristal, poemas mágicos. Horado mi interior. Cavo túneles. Exploro las rutas de mi ser. Busco la veta de mi inspiración, donde reposan ideas, sentimientos, letras, arte. Mientras ella duerme y el universo plasma incontables mundos en su pinacoteca, sustraigo letras que enlazo como quien teje un columpio para mecerse suavemente una mañana soleada, una tarde de juegos y risa o una noche cubierta de luceros. Me oculto en mi soledad, lejos del bullicio y los reflectores, para bordar el amor y transformarlo en arte. Lo escribo en una hoja o en una servilleta de papel, lo pinto en el cuaderno o en el lienzo, lo esculpo en la piedra o en el mármol, lo toco en el piano o en el violín. Ella sabe que también podría caminar a su lado por la playa y escribirle en la arena el texto más sublime para que las olas rapten su nombre y el mío a fronteras y horizontes insospechados, o trazar su imagen en la nieve o armar y ordenar las ráfagas de viento para componerle una sinfonía y regalarle mi canto. Me inspira tanto, que mi buhardilla de escritor se ha convertido en el taller de un orfebre que fabrica amor para su musa. Tal vez la gente piense o diga que he perdido la razón, que me obstino en una demencia, un capricho o una necedad; pocos saben que la locura de un amor conlleva, precisamente, a eso, al delirio, a la emoción, a un estilo de vida, a la alegría, a un destino, a la ilusión, a una historia irrepetible, plena, feliz e inolvidable que no concluye con las horas y los días en el mundo porque es inagotable y promete, por lo mismo, el arrullo de la inmortalidad. Me sumerjo en mí para hacer del amor un verso, un concierto, una pintura, y entregarle el arte que me inspira con un bouquet de flores policromadas y fragantes. La vida es un paseo fugaz, una excursión que termina en el mundo entre un suspiro y otro, con la disyuntiva de navegar dichoso hacia rumbos perennes, o al contrario, morir en el naufragio. Quiero estar con ella porque desde aquella fecha, cuando le declaré mi amor, descubrí que no estaba solo, que me había encontrado conmigo y que si tenía la capacidad de inspirarme y escribirle la más subyugante de las historias, también podría hacerla realidad y compartirla con ella. Componerle un poemario, trazar nuestros nombres en la playa o escribirle un mensaje en una servilleta de papel, es hacer del amor un texto, un verso, un cielo con estrellas, una sonrisa sin final, un plano de sueños, realidades e ilusiones. Cada texto es un bloque que adhiero ilusionado porque deseo regalarle un paraíso, el encanto de un amor.

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Eres mi musa, lo confieso

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

De pronto descubro, mientras escribo, que la maravilla de una musa supera la inspiración que derrama sobre un creador de obras, quizá porque su mayor encanto consiste en ser real y compartir una historia mágica de amor. Esa musa, lo confieso, eres tú

Tuve la sensación, alguna vez, de necesitar una musa que iluminara mi buhardilla de escritor e inspirara mi ser con el objetivo de transformar las letras en ideas y sentimientos bellos y sublimes, que jugara y sonriera conmigo y ambos descubriéramos cada día el encanto de nuestro amor en un acto, un detalle, una palabra, un lapso de silencio.

Establecí el compromiso, si la encontraba, de escribir los poemas más románticos, textos conmovedores para la humanidad, capaces de vibrar con la misma frecuencia del universo. Prometí añadir cada noche una estrella para mi musa, un sueño que le emocione, una realidad que le alegre y acentúe sus ilusiones, un sendero floreado con puentes de cristal y faroles celestes, gotas de lluvia convertidas en diamantes para elegir el más hermoso y cautivante, insertarlo en un anillo y colocarlo en su dedo una hora romántica, entre música y velas.

Anhelé siempre una musa que perciba en los pequeños detalles, en la sonrisa, en un acto de consentimiento, la riqueza del ser, el sentido de la vida, la excelsitud del amor que sólo se entrega una vez con tanta pureza.

Musa es aquella que inspira, pero también a la que uno ama, la que al mirar a los ojos retrata a ambos eternamente unidos. Sí, afirmé que requería una musa que confíe en mí, entable comunicación con la certeza de que siempre la escucharé y me tenga tanta confianza que logremos fundir nuestros corazones hasta que palpiten al unísono de la creación.

Ocupo, en mi estudio de escritor, en los rincones de mi alma y de mi corazón, en mi mente y en los días de mi existencia, una musa que sin perder identidad, vuele libremente conmigo hacia las rutas del cielo, desde donde miraremos los pliegues de las olas, en el mar, que forman nuestros nombres, las siluetas de ambos sobre el manto turquesa, siempre enamorados y dispuestos a construir la más cautivante e intensa historia de amor.

Ahora entiendo que una musa, en la obra y la vida de un escritor, escapa de las letras y las páginas, hasta materializarse en una historia real, en capítulos mágicos e inolvidables, quizá por estar más próximos al taller de Dios o tal vez por eso, por añorar un cielo eterno para entregar el más dulce y encantador de los sentimientos.

No todos los seres humanos experimentan la dicha de tener una musa, un ser que inspira al escritor y le entrega cada instante su más puro amor. Tal fortuna conlleva a que tan inspiradora musa escuche una mañana, una tarde o una noche silenciosa, la promesa más bella y conmovedora de amor, el juramento de consentirla y darle toda la atención para que sea muy feliz.

Guardo mis notas en el morral de artista y camino reflexivo por las callejuelas y plazas, entre árboles, bancas y fuentes que reflejan la profundidad del cielo y las nubes pasajeras de formas cambiantes, hasta que entiendo que una musa no solamente inspira obras literarias, sino capítulos reales, una historia de amor, magia, ensueño, alegría y encanto.

Imagino, entonces, que si una musa es capaz de acompañar al escritor a mundos mágicos de la imaginación, también puede permanecer al lado del creador para compartir las horas de la existencia, reír, soñar, experimentar cada minuto con intensidad y protagonizar juntos una historia irrepetible.

Eres tú, rostro, mirada y nombre de ángel, quien me inspira cada segundo, y no solamente con la finalidad de escribir obras; también lo eres en mi vida porque en ti y en mí hay una historia de amor insuperable, una unión que sólo el cielo puede concebir una mañana o una noche, mientras Dios crea y salpica en nuestras almas el resplandor de su grandeza.

Trozos de vida… Las letras que te dedico

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tú sabes que te amo y que este texto te pertenece

Tomo las letras del abecedario que Dios guarda en su morral, acaso con la esperanza de que germinen y se conviertan en palabras que expresen los sentimientos que me inspiras. Escribo textos para ti porque tengo el proyecto, y te lo comparto, de que cada idea que plasme se transforme en la vivencia más hermosa. Admito que si soy inagotable al escribirte, es porque no me cansaré de mirarte como la primera vez, reír contigo y repetirte lo mucho que te amo, hasta rotular mis sentimientos en una paleta de hielo, en el café que bebemos y en la arena de la playa donde corremos libres y dichosos. Mi planteamiento consiste en plasmar mis sueños, ilusiones y sentimientos en el papel para moldearlos y darles vida, de tal manera que si te escribo en una hoja dorada y quebradiza o en el pétalo de una flor, es con la intención de llevarte a un bosque o a un jardín encantado para amarte, divertirnos y jugar como dos enamorados. O si elijo una servilleta como superficie para trazar letras que te transmitan mis sentimientos, es con el propósito de que sepas que te convidaré un platillo delicioso, quizá un pastel con tu nombre y el mío, y que te confesaré que me embelesas y estoy enamorado de ti. Así, al escribirte un compendio, un libro con incontables capítulos bellos y sublimes, sabrás que es con la finalidad de protagonizar una historia inolvidable, maravillosa, plena e irrepetible. Ningún texto será fatuo ni superficial porque mi anhelo es protagonizar contigo el relato más hermoso. Guío las letras con el resplandor de las estrellas y la luz de un faro para que no se pierdan ni naufraguen porque mi aspiración es vivir plenamente cada palabra contigo. Ilusionado, con el bolígrafo y el cuaderno de anotaciones, dibujo letras, las uno y formo palabras, conceptos e ideas que sueño materializar y compartir a tu lado. Escribo tu nombre y el mío muy unidos, mientras narro el espectáculo irrepetible del mar y el cielo, en el horizonte, cuando se besan con ternura durante la hora postrera de una tarde de verano, con el resplandor amarillo, naranja y dorado del crepúsculo, ¿y sabes el motivo?, porque deseo que tú y yo permanezcamos abrazados en el encanto del amor, aquí, en el océano y el mundo, y allá, en los parajes de la creación, donde Dios crea guiones e historias magistrales para aquellas almas que se reencuentran algún momento y ya no se separan porque se se han reconocido al mirarse y se saben gemelas, como nosotros.

Al escribirte

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, a quien escribir palabras de amor equivale a mecerse en el oleaje para admirar el enamoramiento, en el horizonte, del océano con el cielo

Escribir las cartas que con frecuencia sumo a tu colección y deposito en el buzón de tu morada, equivale a ir todos los días, en las mañanas, a recolectar las flores más hermosas del jardín para diseñar ramos con las fragancias y tonalidades que te encantan y entregártelas en canastas de original estilo; armar palabras, guiado por la alegría e ilusión que provocas en mí, significa recoger los granos de arena en la playa para formar letras e imágenes que pego en la ventana de tu habitación con la finalidad de que las mires y sientas mi presencia al despertar; inspirarme en ti para componer el más subyugante de los poemas, es salir una tarde de verano a recibir las gotas de la lluvia, atrapar las más hermosas y transparentes y tejerte un collar de diamantes; transformar los sentimientos en párrafos, es igual a zambullirme en el mar, llegar a sus profundidades, extraer las perlas de mayor belleza e insertarlas en aretes de oro para que los luzcas siempre; deslizar el bolígrafo sobre la hoja de papel u oprimir una tecla, otra y muchas más, es fabricar una escalera con el objetivo de alcanzar las nubes y arrullarte cerca del cielo; dedicarte una porción de mi trabajo literario, es fundir nuestros corazones y miradas, estrechar tus manos y las mías y protagonizar una historia inolvidable. Escribir para ti, forma parte de mi estilo de vida. No me agota ni me hastía; al contrario, disfruto pegar una letra a la otra hasta formar palabras y más tarde párrafos y textos que queden como constancia de nuestro amor. Me enamoré de mi musa, de quien me inspira en el arte, en la creación literaria, y me resultaría imposible, en consecuencia, no expresar mis sentimientos. Por eso, cuando la gente pregunta si no duermo, si estoy obsesionado contigo, si ya no escribiré sobre otros temas, si mi arte se encuentra sometido a nuestros sentimientos o si algún día me cansaré de dedicarte mis obras, sonrío porque nadie sabe que al enamorarme de ti, mi musa, tu mano unida a la mía es la que plasma las letras. Mientras el amor, los detalles, la risa, los juegos y los capítulos compartidos formen parte de nuestras existencias y palpiten en tu corazón y el mío, habrá motivos para dedicarte una carta, un párrafo, unas líneas, mis obras, mi arte literario. Si la gente supiera que eres mi musa y yo tu amante de la pluma, comprendería la razón por la que escribirte equivale a extraer pigmentos del morral de Dios para pintar los caminos de tu existencia con tonalidades mágicas o arrullarnos en un oleaje que nos conduzca al horizonte, donde el océano besa al cielo en un acto de belleza extraordinaria y encanto sublime, como tú y yo al unir nuestros corazones.

Antes de conocerte

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Aquella noche, cuando decidí mirarte de nuevo a los ojos y declararte mi amor, cargaba en mi morral de artista el cuadro que años antes, al imaginarte, pinté para ti, en medio de ángeles, estrellas y flores.

Escudriñé tus rasgos, tu sonrisa, tu cabello, tu perfil, al permanecer frente a ti y descubrir con asombro que eras tú, nadie más, la que pinté en el lienzo antes de conocerte.

Admiré tu cara de porcelana, tus manos y el color de tu piel que comparé, igualmente, con la escultura que esculpí tiempo atrás, antes de que tú y yo coincidiéramos en el sendero de la existencia.

Descubrí en tu voz, en cada palabra pronunciada, el concierto que inicié en la niñez y concluí durante los primeros días juveniles, las notas que creí escuchar del cielo antes de saber de ti.

Miré tus ojos y al observarme retratado, recordé que antaño, cuando aún no te conocía, ya me había reflejado en el espejo que fabriqué y se parecía tanto a ti.

Vi en tus labios, tus manos, tus ojos y tus mejillas a la mujer que inventé una noche de soledad, antes de conocerte, mientras contemplaba la armonía, el equilibrio y la majestuosidad de los luceros, y también, es verdad, durante las tardes veraniegas de lluvia.

Noté en tus palabras total similitud con el poema que me inspiraste hace años, antes de conocerte, cuando el vuelo de las hadas me indicaba que existías y que debía, por lo mismo, unir letras, sílabas que me dictabas sin saber yo que ya eras mi musa.

Leí, al encontrarme frente a ti aquella noche de enamoramiento, el nombre que había anotado en una servilleta cuando te percibí en mis sueños, y me di cuenta que coincidía con el tuyo.

Mantuve silencio aquella noche, la de nuestro encuentro, y contuve mi impulso de estrecharte en mis brazos efusivamente, lo confieso, porque intenté corroborar, una vez más, si eras tú la mujer que intuí hace años, y me estremecí al obtener una respuesta afirmativa, al grado, creo, que el universo se incendió de tonalidades nunca antes vistas.

Es verdad, dibujé, alguna hora distante de mi existencia, el esbozo de una mujer hermosa, el perfil de un ángel sin alas, cuando mis sueños eran eso, sólo esperanza y fantasías, dulce espejismo, y contigo me percaté que las ilusiones se hacen realidad. Eras ella, tú, la del bosquejo en la hoja de papel.

Imaginé, repito, que existías en algún rincón del cielo, que estarías asomada, tal vez, en alguna de las ventanas del paraíso, y al encontrarme frente a ti, aquella noche, me convencí de que las escenas pasadas habían sido un aviso anticipado de mi encuentro contigo.

Insisto en que manifesté admiración, quizá, al tomar tus manos, acariciarlas y percibir el mismo calor y la sensación que experimenté incontables noches previas, al imaginarte, al pretender entrar por el balcón del cielo para traerte al mundo y compartir nuestros días con la misma intensidad de amor.

Gracias a la historia de amor que escribí antes de conocerte y que conservé en la mochila de viajero, constaté que me había adelantado al ser tú y yo los protagonistas. Los personajes, idénticos a nosotros, cobraron vida al abrazarte y susurrar a tu oído mi propuesta de amor. Entonces, Dios prendió las velas románticas que se encontraban sobre la mesa, mientras los ángeles, parece, entonaron cantos de un himno jamás escuchado en el mundo, ambiente que me ayudó a insistir en el amor que ya sentía por ti y te ofrecí para hoy, mañana y toda la eternidad.

Olvidé por un momento mis apuntes, los dibujos, mis cuadros, las canciones y sinfonías, mis esculturas, indudablemente porque supe, a partir de entonces, que la musa que me acompañó desde la infancia se había convertido en la mujer de la que me enamoré aquella noche y a quien cada día ofrendo mi más puro amor.

Después del embeleso que se apoderó de mi ser al mirarte y saber que se trataba de ti, la otra parte de mí, mi emoción, alegría e ilusión se derramaron en un caudal de sentimientos que me motivaron a confesarte al oído: “me encantas”, “te amo”, y por algo, lo admito, confesé que siempre me había sentido enamorado de ti y te consideraba mi vida y mi cielo.

Inventé, descubrí o recordé, no lo sé, tu nombre, tu figura, tu sonrisa, tus ojos; sin embargo, tengo la sensación de que cuando Dios expresó la maravilla de la vida en el mundo y el universo, le acompañabas y te dejó en una banca, la del jardín más hermoso y cautivante, para que yo, al caminar, descubriera tu presencia y corriera a ti con la idea de que juntos, tomados de las manos, regresemos a su lado y recibamos los abrazos de la eternidad.

Recordé de improviso la fugacidad de la existencia, la prisa de las manecillas por cumplir una y otra vuelta en la carátula del reloj, la mano implacable del tiempo que cincela en los rostros los signos de los años; en consecuencia, me apresuré a revelar los sentimientos que me inspirabas antes de conocerte y fue así como te declaré mi amor.

Al aceptar mi declaración de amor y buscar el guión de la historia que escribí con anticipación, el cuadro que pinté al sentirte en mi interior antes de conocerte, el concierto y las canciones que inspirado en tu imagen compuse una y otra noche de soledad, descubrí que mi morral de artista y mi mochila de viajero estaban vacías y que debía, por lo mismo, invitarte a reinventar nuestro guión, protagonizar capítulos intensos e irrepetibles, plasmar la imagen más hermosa y sublime en el lienzo y tocar la música subyugante del cielo, como promesa, supongo, de una vida compartida y una eternidad ganada.

Es así como Dios borró mis esbozos de artista, antes de conocerte, porque es el gran creador y quien ha otorgado permiso con la intención de que tú y yo tomemos el bolígrafo, los pinceles y las partituras de nuestras existencias para dejar constancia de una gran historia de amor que sin duda, cuando traspasemos el umbral del cielo, se convertirá en huella indeleble, en recuerdo inmortal, que otros, al observar con tanto resplandor, seguramente desearán emular con el objetivo de descubrir y vivir con plenitud la dicha que compartimos. Nos regaló, para dicha nuestra, las páginas en blanco que llenaremos con capítulos mutuos y una historia maravillosa e inolvidable, sublime e irrepetible, porque Él, estoy seguro, se encargará de mantener prendidas las velas que la noche de mi declaración de amor iluminaron tu rostro y el mío cual símbolo de la más excelsa de las uniones.