El arte… el arte abre las otras puertas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El bolígrafo que desliza suavemente sobre las hojas de papel, es el pincel que traza y pinta colores y formas en el lienzo, el arco que acaricia las cuerdas del violín, el martillo y el cincel que esculpen la piedra yerta. En cada movimiento percibo rasgos similares, algo que es tan propio de los artistas y sus obras. Existe, parece, una correspondencia sutil en el arte, como si cada expresión -las letras, la pintura, la música y otras- perteneciera al mismo linaje, a una casa solariega, a una hermandad luminosa e infinita que emula los amores y las pasiones de Dios. Entiendo que el arte no es del mundo, pero lo envuelve al provenir de cielos inmortales que están en uno y en todo. Es para los humanos, a quienes presenta, sintetiza y asimila la creación, la vida, las ilusiones, los sueños y las realidades. Son burbujas que exploran y regalan lo que los sentidos materiales no captan. Enseñan a la humanidad lo que a veces, por sus distracciones, no mira ni escucha. Al dibujar letras y palabras con el lápiz o el bolígrafo, o al oprimir teclas para registrarlas en una pantalla, en un aparato, el escritor es el pintor que crea algún cuadro y el músico que cubre el ambiente con los rumores y silencios de un paraíso mágico. El arte es un mundo infinito, rico e inacabable. Creo que al formar el mundo, Dios hizo incontables paréntesis y dejó espacios, trozos ausentes de sonidos y matices, listas con faltantes, para que sus discípulos, los artistas, los completemos con los materiales que cargamos desde tierras lejanas y tiempos distantes. Dejó palabras incompletas, paisajes a medios tonos, silencios y piedras informes con el objetivo de que los escritores y poetas, inspirados, regalemos las historias y los versos más cautivantes, los pintores obsequien colores, los músicos repartan conciertos supremos y los escultores ofrezcan formas cautivantes. Nadie debe apagar las voces de los escritores y poetas, borrar la policromía y los trazos de los pintores, callar el lenguaje de los instrumentos musicales y destruir las formas cinceladas y fundidas, porque equivaldría, en consecuencia, a derrumbar la entrada a otros recintos, a profundidades hasta ahora insondables, donde se encuentran vetas, tesoros grandiosos, secretos y la fórmula de la inmortalidad. Hay quienes denigran, escupen y encadenan al arte porque saben que tiene alas y luz, y transporta, por lo mismo, a la libertad, a la plenitud. Otros, en tanto, con capacidad y talento de artistas, se transforman y solo aparecen cuando hay butacas ocupadas, reflectores y cámaras, como si las obras fueran mercancía fabricada en serie. El arte es superior porque viene del alma, del ser, y emula el poder de la creación, retrata el sí y el no de la vida, explica lo que casi nadie entendería de otra manera, y acerca, definitivamente, a paraísos, mundos e infiernos, como para que todos conozcan cada sitio y elijan la esencia y las flores o los cardos. El arte es clave, signo, llave. Abre las puertas del alma, del cielo, del mundo.

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Una de esas noches

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una de esas noches, cuando Dios pintaba el mundo, rasgó el cielo con la espátula, de donde sustrajo estrellas, luceros que colgó aquí y allá, igual que el poeta que escribe versos en las páginas de su libreta y los dispersa para deleite de los enamorados y soñadores. Una de esas noches, parece, por la misma hendidura escaparon algunas notas musicales que se mezclaron con el lenguaje de la vida, con los sonidos de la creación, con las pausas del infinito y la temporalidad, con los rumores y los sigilos terrenos, y aparecieron, entonces, las melodías, los conciertos, los susurros que se perciben en el interior -en el alma, en los sentimientos- y afuera, en la lluvia, en los ríos, en las olas, en el viento. Una de esas noches, cuando el mural parecía réplica del paraíso, brotó una corriente sutil que fluyó por todas las rutas del mundo y repartió, como ahora, pedazos de vida. Una de esas noches, cuando el artista pintaba inspirado, un ángel, otro y muchos más asomaron por la misma rendija y se introdujeron en los seres que poblaron el mundo, y así, entre un suspiro y otro, la arcilla fue animada por la esencia, y desde entonces los sentimientos y la razón se volvieron compañeros inseparables. Una de esas noches, al retocar Dios los escenarios terrestres y planear la creación de incontables planos, tuvo la idea de colocar en un sitio y en otros tantos, a los artistas -escritores, músicos, pintores, poetas, escultores- con la idea de legarles el privilegio de adornar e iluminar el mundo. Una de esas noches, Dios y sus artistas derramaron matices, fragancias y sabores en la tierra, en los frutos, en los paisajes. Una de esas noches, Dios abrió los portones de su casa, la entrada a sus recintos palaciegos, el ingreso a su hogar prodigioso, y quedaron en uno y en todos la esperanza y la ilusión de la inmortalidad. Una de esas noches, tú, yo, nosotros, ustedes, ellos, todos, ya estábamos concebidos en las notas y en los versos de Dios.

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No estaban en el manuscrito

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No estaban en el manuscrito. Busqué, primero, en la papelera de mi escritorio, en los cajones, en el suelo; más tarde, desesperado, hurgué en el cesto de la basura. En la novela que escribía entonces –Los señores Pérez o la otra infancia-, se percibía la ausencia de dos hojas -cuatro páginas- que esa mañana, inspirado, había escrito. En ese momento de mis años juveniles, me había parecido que se trataba de cuartillas muy interesantes dentro del relato. Me urgía localizarlas. Tenía que integrarlas a la obra. Tampoco estaban en los anaqueles pletóricos de libros. Algo faltaba en la acumulación de cuartillas escritas a una hora y a otra, en las mañanas, las tardes, las noches y las madrugadas, sin tregua., en un rincón, en un espacio y en muchos más.

Tengo la costumbre de destruir , en pedazos minúsculos, los documentos y papeles que no utilizo. Las cuatro páginas de mi novela, junto con otras hojas, se encontraban confinadas en la papelera, confundidas con otros fragmentos, igual que la gente, en las ciudades, al caminar en un sentido y en muchos más en las avenidas y calles transitadas, en busca de todo y nada. revuelta, masificada, confundida y extraviada entre tanto número en serie.

Eran las hijas ausentes, las integrantes de una familia entristecida por los faltantes. Mi deber, como artista y escritor, era rescatarlas, en pedazos, con la intención de restaurarlas, curar sus heridas y fracturas, o definitivamente renunciar a su aliento, a la creatividad y pasión con que las formé y conformarme, más tarde, ese día o el siguiente, con el intento componer de algo parecido.

Tres años antes, mi padre, poco antes de pasar por la transición, me había narrado una historia que en su niñez le relataron algunas personas ancianas, con la idea de que yo, su “muy inquieto hijo”, como solía llamarme, la escribiera y consiguiera su publicación. Él ya no estaba presente en casa, en el mundo, y yo, su hijo y discípulo, no podía fallar en mi promesa.

Coloqué todos los papeles diminutos en el suelo. Estaban adoloridos por las fracturas que les causé al romperlos. Conservaban rasgos de mis letras rotas. El piso se convirtió, inesperadamente, en mesa de salvamento y curación, en cama hospitalaria para criaturas deformes y lastimadas, en campamento y en sala de curación y restablecimiento,

Me convertí, sin planearlo, en médico de mi manuscrito. Paciente, disciplinado, controlé mi ansiedad por los minutos consumidos, por las horas irrepetibles que transitaron, hasta que, finalmente, emocionado, miré el paisaje con dos hojas recién operadas en la sala improvisada de cirugía.

Uní, primero, todos los fragmentos minúsculos de papel, similares a las piezas de un rompecabezas que sigilosamente reta la paciencia e inteligencia de los individuos que se atreven a probar su capacidad mental y de observación; pero se trata, igualmente, de la caminata del tiempo imperturbable que esculpe jeroglíficos y signos en los rostros.

Tras armar cada hoja, me sentí vencedor de una prueba en la que el único competidor era yo, y así coloqué, una y otra vez, cinta adhesiva, hasta que rescaté cuatro cuartillas de mi novela, emocionado y feliz, cual médico que salva las vidas de un paciente y de otro que esperan la hora infausta en sus lechos arrinconados y cubiertos de sombras y recuerdos.

Me apresuré a reproducir el texto, recién vendado, en otras hojas que incorporé al manuscrito de la novela, obra que no publiqué y que ahora, al recordarla, rescataré del silencioso y triste asilo en que reposa, en el archivo olvidado, con la idea de reencontrarme con su esencia, disfrutar su perfume de papel y tinta añejos, revisarla y publicarla.

Solo es, la de hoy, una evocación de las hojas rotas, una añoranza, quizá, de aquellos años juveniles, de las horas primaverales, cuando los seres humanos no dependíamos tanto de aparatos y resolvíamos los problemas enfrentándolos con creatividad, observación, inteligencia y esfuerzo. Únicamente eran dos hojas -cuatro páginas- que no estaban en el manuscrito.

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El amor de un poeta

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En cada poema y texto que me inspiras, detecto un encuentro, un paseo al mundo y una excursión al cielo, una cita entre tu alma y la mía, un juego llamado amor y vida, una sonrisa y otra más…

El amor de un poeta no se extingue porque si alguna vez se apagaran sus latidos, su canto y su voz naufragarían en la memoria y los sentimientos de quien lo inspiró. Los poemas de un artista no mueren mientras exista quien los lea. Las ocurrencias y la locura de un escritor -artista al fin-, quedan como constancia de que el amor se hace poema, se sueña y se vive cada instante. El delirio de un autor convierte a su amada en voz del cielo, en susurro del océano, en rumor del viento, en murmullo del lenguaje universal. La obra de un poeta descubre que atrás de sí hay una musa, un amor inmortal, un alma paralela. Los poemas y los textos de un escritor, quedan inscritos en el libro, en la servilleta, en los pétalos de las flores, en la arena de la playa, en el papel, en las hojas doradas y quebradizas que alguna vez , en su frenesí, arrancó el viento otoñal a la arboleda; pero también permanecen en los latidos del corazón, en los recuerdos, en las páginas de la historia que uno protagoniza. El amor de un poeta no se diluye porque verdaderamente lo siente por su musa y lo vive con la locura de un artista enamorado y ocurrente, feliz e intenso, que  por alguna razón, entre papeles, tinta, colores, música y silencio, pactó con ella la historia de un idilio inmortal. El amor que hoy te expreso, es el de un poeta enamorado, un escritor que cotidianamente experimenta asombro hasta por la admiración que siente por ti, un artista que te hizo su musa. Mis poemas que son tan tuyos, tienen en sus acentos, comas, puntos y letras el sabor de un romance que sabemos nuestro; no obstante, tú y yo hacemos de cada palabra un sueño, una ilusión, un fragmento de vida, instantes en el mundo y destellos en la inmortalidad. El amor de un poeta no te traiciona porque su tinta es esencia, sabor, perfume y forma de su estilo de expresarte sus sentimientos.

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Algunas palabras, cuando escribo…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una vez que la sentí a mi lado y supe que en mi morada no esperaba a alguien más, la invité a pasar y cerré la puerta a otras posibilidades; entonces abrí las ventanas y saltamos hasta un jardín soleado donde los colores y perfumes de las flores son de amor y alegría. Así descubrimos, aquel día, la fórmula de la inmortalidad

Algunas palabras, cuando escribo, abrazan a otras en las hojas de papel, en el cuaderno de apuntes, como si supieran que una noche estrellada, en una banca y al lado de una fuente, entre árboles corpulentos y flores fragantes, o en el rincón de mi taller de artista, tejo poemas para ti. No serían poéticas mis palabras sin ti ni arte mis obras ante tu ausencia. Guardaría en un relicario las letras, los acentos y la puntuación, en caso de que no existieras, para definirte y utilizarlas al descubrirte conmigo y sentirme contigo. Inventaría tu nombre, tu rostro de niña consentida, tu mirada de espejo, tu estilo. Ensayaría, una y otra vez, al escribir, tu identidad, tu silueta, tus manos, tu risa y hasta tus travesuras y nuestra historia. También agregaría, si sólo te presintiera, un texto que me condujera hasta otras moradas para sustraer el polvo que te hace diferente, la esencia que te mueve, la luz que te ilumina, y trazaría, para besarte y llevar eternamente tu sabor y tu fragancia, la ruta a tu interior, hasta mirarte a mi lado y sentir el hálito de la vida, la sensación de volar plenos y la emoción de amar. Escribo feliz porque no tengo que buscar más tu presencia al ser mi musa, la dama de mi espíritu de caballero, el amor de un artista. Amo de ti tu esencia, tus ojos, los latidos de tu corazón, tu belleza, tus ocurrencias. Miro en mi interior y te percibo en mí; escudriño en lo más insondable de ti y me encuentro. Oigo, al caminar en mi senda y escribir las letras que se abrazan en la libreta de anotaciones, los murmullos del universo, la sinfonía de la vida, el encanto de tu voz al amarme  y los rumores de una historia inolvidable que solamente espera que tú y yo, inspirados, la bordemos con el enamoramiento de dos niños juguetones.

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El arte es un delirio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El arte es un delirio, una pasión, un ministerio. Quienes dedicamos los días de nuestras existencias a las letras, a la pintura, a la música, a la escultura, somos los aprendices de Dios, los seres que emulamos la creación para dar luz a la humanidad y dejar huellas durante nuestro paso por el mundo. No nos concebimos sin el arte porque forma parte de nosotros y tenemos la misión de manifestarlo en obras que si uno escudriñara y descifrara con calma y sensibilidad, descubriría la verdadera belleza y entendería el sentido de la vida. Nosotros, los artistas, alumbramos a la humanidad. Imaginen un mundo sin arte, pueblos ausentes de poemas y relatos, cuadros, conciertos y canciones, figuras y formas… sería un amanecer con un faltante, una noche fría y helada ante la falta de estrellas. El día que no haya artistas, los seres humanos se encontrarán ante su funeral porque ya no habrá plumas que relaten historias, pinceles que plasmen colores, instrumentos que emitan sonidos melódicos, cinceles que den forma al material yerto. Los sueños, la inspiración, las obras magistrales, pertenecen al arte. El arte, insisto, es un servicio, un susurro del paraíso, un rumor del universo, una mirada de Dios. Acerca al amor, a la paz, a los valores, a la fraternidad, al alma, al cielo.

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¿Quién eres?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando ando por las calles, los jardines y las plazas, la gente pregunta la causa por la que mi aspecto de artista y hombre reflexivo cambió su matiz por el de escritor alegre y enamorado; otros, en cambio, confiesan sonrientes que mi mirada, al voltear al cielo, a los paisajes floreados y al horizonte, releja el rostro de alguien que destella belleza resplandeciente. Al caminar por las rutas de mi existencia, hay quienes al saludarme estrechan mi mano, me abrazan y besan mis mejillas, para de inmediato admitir que emano una fragancia diferente y especial, exclusiva de quienes se enamoran y aman. Si me siento en una banca solitaria o bebo café en determinado sitio, algunos amigos se aproximan a mí con la intención de preguntar si es verdad, como dicen, que ahora late el corazón de una mujer en el mío, que a mis ojos se añadió otra mirada y que al caminar ya no son mis huellas solitarias las que quedan impregnadas en la arena, sino otras más, las tuyas, las de un ser que me acompaña aunque en ocasiones no me encuentre físicamente contigo. Al caminar y pasear solitario con el objetivo de meditar e inspirarme, aseguran que tanto pienso en ti y te siento en mí, que hasta te descubren a mi lado. Todos, al coincidir en mi sendero, preguntan por ti, por la identidad de mi musa, con la sospecha de que eres tan real que ya te dibujas en mi sonrisa. Tras publicar los textos que me inspiras y te dedico, la gente interroga si en verdad existes o si te inventé alguna noche helada y oscura de mi existencia, cuando más próximo me sentí a los abismos y desfiladeros de la soledad. Unos argumentan que eres diseño de mi imaginación de artista, que un día ocioso te definí en un cuaderno con mis letras y dibujos para darte vida, quizá porque me sentía solo, tal vez por necesitarte a mi lado para amarte en secreto e inspirarme; otros aseguran que eres real, que te descubren en mi mirada, te sienten en mis brazos y manos, y te escuchan en mis palabras. No recuerdan que el amor es compartir y no trasladar la sombra de uno al otro. Confundidos, los que preguntan por ti creen que eres obra de mi locura de artista, invención de mi soledad o ilusión momentánea. Probablemente esa es la razón por la que preguntan por ti. Al leer mis textos, la curiosidad los motiva hasta opinar que si existes, debes ser una mujer irrepetible, especial y sublime, porque nadie llamaría a alguien musa, ángel tierno y vida y cielo a otra persona si no ejerciera magia en las horas de su existencia. Consideran unos que eres mujer especial para inspirarme en mis escritos sobre el amor. Si supieran que lo eres porque Dios, al crearte, lo hizo con una fórmula secreta e irrepetible que posteriormente guardó, como lo he dicho, en uno de los arcones del paraíso, y que así, durante tu jornada terrena irradias el resplandor de los ángeles y, por añadidura, actúas diferente a los apetitos del mundo. Me encantan la armonía y belleza de tus ojos, tu semblante y tu perfil; pero me cautivan los tesoros de tu alma, el código de tu vida y la forma en que me amas. Andas en el mundo y sabes que la vida es breve; mas no la derrochas en apetitos ajenos a tu esquema ni en superficialidades, porque eres mujer de verdad y conoces las riquezas del alma y del verdadero amor. Y si hay quienes creen que eres capricho, entretenimiento, paréntesis o locura, también existen aquellos que opinan, basados en la esencia de mis textos, que tú y yo debemos ser intensamente dichosos por buscar en el camino que ahora compartimos, el amor y la puerta al cielo prometido. No saben que eres real, que no tuve necesidad de inventarte una noche de locura y desolación, porque nuestras almas se atrajeron al grado de hoy andar juntas en el sendero y los peldaños del amor y la luz. Desconocen que un amor como el nuestro no se extingue ni conoce traiciones porque sus pilares luminosos son su fortaleza. Si la gente considera que te define en mi mirada, mi voz y mi semblante, no es por permanecer atados uno al otro, como erróneamente actúan quienes creen que el amor es encadenarse y así se condenan a la esclavitud voluntaria, a la desconfianza, al acoso, a la rutina, a la monotonía y a la soledad irremediable; es porque en un amor como el nuestro, las almas se fusionan con la intención de compartir los sentimientos más sublimes y ser muy dichosas aquí, en el mundo, y allá, en la eternidad. No revelaré tu identidad ni el lugar donde moras porque eso, como la receta de nuestro amor, es el secreto que tú y yo compartimos y disfrutamos. Quienes preguntan por ti, desconocen que al amarnos con nuestra fórmula, ya somos felices en el mundo y preparamos el espacio que anhelamos en uno de los jardines del cielo.