Eso es importante

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Eso es importante. Nadie, en el mundo, debe sentirse en el abandono y la desolación. Hay que acompañar a los que más sufren, regalarles una sonrisa y otras más, alumbrar sus pasos, cumplirles una promesa, sustituir sus fantasmas y sombras por presencia real, ofrecerles un detalle inesperado en sus días y noches difíciles, escucharlos, darles una mano o dos para que se apoyen. Nadie debe permanecer sin un consejo ni en el desamparo. Es preciso incluir, en la vida, la idea del bien que se pueda hacer a los demás. Quien pinta colores y senderos en su existencia y en las de otros, principalmente en quienes mayores necesidades enfrentan, ya tiene ganada, para sí, la ruta de la inmortalidad. Desde el amanecer, durante las tardes y las noches, hasta las madrugadas, no cesan de brotar en el manantial, las burbujas, las gotas que se atraen entre sí, en una hermandad amorosa, para formar corrientes que alivian y dan vida, igual que los sentimientos, las palabras, los pensamientos y las acciones de los seres humanos, cuando son nobles. Y si uno incluye en su biografía, en su historia, la costumbre de dar lo mejor de sí, sonreír e incorporar en su proyecto de vida el bien que se pueda hacer a los demás, innegablemente se convertirá en uno de los seres más felices y plenos, al grado de que llevará consigo la luz de su esencia, los matices de un cielo excelso y la certeza de un destino interminable y bello. Eso es importante, en verdad, fusionarse y abrazar al fruto, al mar, al sol, a la lluvia, a la flor, a la cascada, al viento, a las estrellas y a los árboles, para cumplir felizmente la misión de dar mucho de sí a la vida incesante y un día, a cierta hora y edad, llegar puntual y de frente a la cita con destino, con la satisfacción de haber cumplido la encomienda.

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No hay que ser espectadores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La dialéctica del espectador resulta perversa cuando la comodidad, el egoísmo y la indiferencia son superiores al dolor, las necesidades y el sufrimiento de los demás, quienes permanecen en el ruedo de la vida desconsolados y sin esperanza de una mano noble y firme que evite su fatal caída.

El mundo somos todos y lo que acontezca a unos, definitivamente repercutirá en otros, bien o mal, de manera que la construcción de una humanidad grandiosa y extraordinaria exige una verdadera hermandad que implica, en primer término, el rescate y la aplicación de valores para proceder a dar lo mejor de sí, ceder algo de uno a aquellos que más sufren y requieren apoyo.

Y no solamente se trata de ayudar materialmente, sino aconsejar al niño, sostener al anciano trémulo por las enfermedades y por desafiar al tiempo, orientar al adolescente que deambula en busca de una luz, sonreír al desolado, extender la mano al hambriento, escuchar al desesperado y alentar al que lucha y resbala.

Realmente es lamentable y vergonzosa la simulación de incontables hombres y mujeres que aparentan ser piadosos y en los hechos prefieren refugiarse en sus debilidades y egoísmo, permanecer atrapados en sus vicios y pasiones, despilfarrar tiempo y dinero en asuntos baladíes, en aquellas cosas intrascendentes que acumuladas, consumen los días de la existencia hasta convertirla en una historia fútil.

Parece que la vida es similar a un pentagrama al que diariamente, cada segundo, uno agrega notas para componer la sinfonía más subyugante, el concierto de mayor intensidad y magistral belleza, o la más discordante de las composiciones; pero la obra final y excelsa no se obtendrá por medio de la comodidad, el egoísmo y la ambición desmedida del espectador, sino a través de acciones a favor de los demás, principalmente de quienes en realidad lo necesitan.

Ni siquiera la comodidad de su posición, justifica al espectador que mira con indiferencia a la madre angustiada por sus hijos, al padre que lucha por el sustento diario, al enfermo que se arrastra en busca de medicamento, al ser que se hunde en el pauperismo, al anciano que requiere compañía, al joven que pierde las ilusiones, a aquellos que con una palabra de aliento, una mirada de comprensión o una mano decidida, hubieran evitado el camino de los vicios, la desgracia y la muerte.

Resulta muy triste el hecho de que si alguien ofreció su vida por la humanidad, no abunden personas dispuestas a retirar las piedras del camino, cultivar detalles y flores durante su jornada terrena y quitar los clavos y sanar las llagas de los demás.

Al final del recorrido por la vida, es posible voltear atrás con angustia y arrepentimiento ante un paisaje desolado y muerto, o mirar con alegría y satisfacción no sólo las huellas personales, sino innumerables pisadas que lo acompañan y siguen a uno, y de eso dependerá la carga del equipaje para seguir el viaje a rutas grandiosas e insospechadas.

Este artículo fue publicado en el periódico semanal  Comunidad Cristiana, en Morelia, capital del estado mexicano de Michoacán, con el título “No hay que ser espectadores”, en la sección “Cerca de ti”.