Cualquier día

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una mañana, al despertar, al retornar de los sueños, o una noche, antes de dormir, alguien asoma al espejo y descubre su aspecto, los ojos tristes y apagados que miran, sorprendidos, el cabello encanecido, la piel arrugada y ausente de lozanía, presagio de un final no tan distante, Los años transcurrieron implacables, casi imperceptibles, hasta cincelar y pintar el rostro con los tonos otoñales o de invierno. El hombre o la mujer, ante su imagen, totalmente irreconocible, se descubre por primera vez, acaso sin sospechar que ya los años desdibujan la estabilidad de su organismo, probablemente envuelto en los temores que surgen al comprobar, en uno, la caducidad de la existencia, la improbabilidad de un porvenir grandioso, o quizá acosado por una, otra y muchas dudas, o tal vez por todo y nada o por la angustia de definir las siluetas, el pulso y las sombras de la hora postrera. Si tal persona se encuentra inmersa en lo baladí y lo superficial, llorará, sufrirá y de inmediato tomará la decisión de rejuvenecer artificialmente, esconder su edad e incluso adquirir ropa diseñada para otras estaciones; pero si ha evolucionado y, por lo mismo, asimilado las lecciones, entenderá que si la apariencia física, como el arreglo, es importante, más lo es hacer un paréntesis para efectuar un balance y reconstruirse, enmendar el mal y seguir y aplicar el bien, perdonar a los demás y a sí mismo, sonreír, amar y siempre, a pesar de todo, desbordar lo mejor para bien suyo y de la gente que le rodea y encuentra a su alrededor. Nunca es tarde, en verdad, mientras exista la posibilidad de comenzar de nuevo. Los días de la existencia son tan breves, por increíble que parezca, que escapan de un instante a otro, entre un suspiro y alguno más que ya no llega. Y no se trata, como actualmente lo inculcan quienes suelen invitar a la gente, a las multitudes, a derrochar los años de la existencia en conductas aberrantes y de desecho, en estupideces y superficialidades. Hoy, al voltear a nuestro alrededor, notamos que las sociedades, en el mundo, incluyen a pobres y acaudalados, profesionistas y analfabetos, en un juego perverso, demasiado tramposo, en el que se comportan igual, casi con las mismas tendencias, irracionalmente, a excepción de los estilos que implican las posibilidades económicas. Alguien, con poder e influencia en el mundo, desde hace tiempo, acorde con sus planes crueles, los ha aplicado gradualmente y con cierta intencionalidad, y así regaló a gran parte de la humanidad la idea de que la vida es una y hay que vivirla irresponsablemente, para lo que volvió a las multitudes en consumidoras de lo desechable, en criaturas de plástico, en hombres y mujeres de apariencias, en muñecos que el titiritero controla de acuerdo con sus intereses y caprichos, en seres humanos de uso rápido igual que cualquier producto que se come y se arroja su envoltura a la calle o al basurero, en personas egoístas y ausentes de sí, transformadas en más arcilla que en esencia. Desequilibraron a millones de personas que hoy transitan confundidas, atrapadas en apetitos que se tiran una vez que son satisfechos. Y desde hace años, las generaciones de la hora presente -jóvenes, adultos de edad madura y ancianos- creen que el suyo es el período más pleno dentro de la historia y la trayectoria de la humanidad, seguramente sin percibir que alguien abrió los corrales con el objetivo de que todos, agotados por la miseria de otros días, consuman, se endeuden, pierdan sus valores y se desboquen enloquecidos, hasta precipitarse al abismo, vacíos y miserables. El cabello encanecido, las arrugas y la mirada cansada, deben estimular otra clase de vida. Son válidos la apariencia personal, el arreglo y la buena presencia, en la medida de lo posible; sin embargo, si alguien desea trascender y, en consecuencia, ser pleno, feliz, auténtico, digno y libre, debe buscarse a sí mismo, no en los reflejos de los aparadores, sino en su interior, donde reposan incalculables riquezas. La gente joven que suele criticar, burlarse y odiar a los ancianos y que alguna vez, a cierta hora, en una fecha no lejana, si acaso sus días se alargan con salud, llegarán a tal edad, están a tiempo de enmendar el camino y ser personas inolvidables, grandiosas e irrepetibles. Y quienes hoy, al despertar, o antes de dormir y entregarse a los sueños, descubrieron que el tiempo y la vida tallaron los primeros jeroglíficos de su paso, sin duda tienen oportunidad de descender en alguna estación y buscar un destino con verdadero sentido existencial. Nunca es tarde para cambiar y evolucionar, aunque se trate del último día en la vida.

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Se sentían tan hermosos…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Él y ella se sentían tan hermosos, que tras asomar un día, otro y muchos más al espejo, a los cristales y a los charcos, enamoraron de sí, sintieron embeleso al definir sus imágenes y rindieron culto a su apariencia. Evitaban hablar de la caminata del tiempo porque temían descubrir en sus rostros, en sus miradas, en su piel y en su cabello, alguna mañana, al despertar, o una noche, al dormir, las huellas de los días y los años. Anhelaban la cáscara y la inmediatez de su existencia porque aprendieron, y así les enseñaron, a ser maniquíes de aparador, muñecos de boutique, huéspedes de posadas transitorias. Demostraron, al interesarles más el calzado que las huellas y preferir los reflectores a la fuente de luz, que la belleza física no siempre es compatible con la inteligencia y las virtudes. Atendieron tanto la forma y descuidaron en exceso la esencia, que se transformaron en antítesis de la razón y los valores. Estaban enamorados de un sueño llamado belleza cuya sanación, parece, es el tiempo. Deslumbraron con la belleza temporal y sepultaron la hermosura de su interior.

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Otra alma preguntó

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Enamoró tanto del cuerpo donde moraba, que otra alma preguntó: “¿qué acontecerá cuando ese rostro tan bello marchite? ¿Qué harás la noche invernal en que atrapada en un cuerpo agotado y enfermo, asomes al espejo y notes que huyeron los años juveniles y que la hora postrera se encuentre cercana? Quizá rodeada de añoranzas y fortuna, preguntarás dónde quedaron las huellas de tu paso o tal vez, no lo sé, te sentirás atrapada en algún abismo al que resbalaste por no haber construido puentes ni escalado cumbres. Olvidaste, parece, que se trasciende no por el maquillaje de un rostro pasajero ni por la fugacidad de un cuerpo perfecto, sino por el bien que se hace a sí mismo y a los demás durante la jornada mundana. Olvidaste que uno vibra de tal manera que atrae para  sí la miseria de una pocilga o la majestuosidad de un palacio”.

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Adagio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te amo 

La gente insiste, cuando la encuentro en las calles, en conocer tu identidad. Busca, a hurtadillas, algún indicio en las páginas de mi libreta de apuntes, en las hojas donde anoto los poemas que me inspiras, en los libros que leo, como si tu nombre y tus apellidos estuvieran inscritos a mi alrededor, ligados a los textos literarios, plasmados en las palabras que escribo y pronuncio. Nadie desconoce mi locura. En las plazas, en los cafés al aire libre, en los museos y en los teatros, todos preguntan si existes y hasta sienten curiosidad por conocer tu rostro y tu sonrisa de niña consentida, como te he definido, acaso por llamarte color de mi vida y ángel de mi cielo, probablemente por admitir que me descubro en tu mirada de espejo, quizá por expresar que de tu belleza natural construyo un poema, tal vez por todo. Te he descrito en mis cartas de amor, en mis confesiones diarias, en mi romancero, hasta aceptar que eres mi musa, mi compañera de juegos y la otra parte de mí; sin embargo, hay quienes preguntan por ti y algunos más, en tanto, escudriñan mis palabras y conductas, como si fueras mi invención, mi capricho o mi obsesión. Desean mirar un retrato tuyo, una fotografía o una pintura que te defina o descorra el telón de tus rasgos enigmáticos, leer o escuchar accidentalmente tu nombre y tus apellidos, comprobar que tus manos no necesitan disfrazarse con barnices y que tu rostro y tus ojos no requieren ornamentos artificiales, precisamente porque en estos días de inmediatez casi resulta imposible coincidir con seres etéreos, con criaturas extraordinarias, sublimes e inolvidables. ¿Definiría tu rostro, tus manos y tus ojos, a los que alguna vez, embelesado, compuse mis creaciones literarias, cuando sé que mañana y los días que siguen transitarán a otros ciclos? Quienes hoy preguntan por tu voz, por tu semblante, por tu aspecto, estimulados por la debilidad que produce en la naturaleza humana la curiosidad, ¿estarían dispuestos a amar, después de rendirse la hermosura y la lozanía juvenil ante la caminata de los años, los rasgos tiernos de una ancianidad iluminada por la dicha de una biografía especial? La medida del amor no son la belleza física ni una noche placentera que posteriormente se olvida o sustituye por otros apetitos; es, parece, el sentimiento del que brotan la vida y la luz, la alegría y la fidelidad, la inmediatez y la eternidad, tú y yo. Me encantan tus facciones y el perfume de tu piel, tu cabello y hasta tu estatura; pero me subyuga, cuando visito la morada de tu ser, el resplandor que irradias. Las personas que leen el poemario que me inspiras, el amor que transformo en letra y arte, reconocen en mis obras el canto que hago de ti. No necesitan, si descifran el peso de mis palabras, diccionario ni intérprete, porque te defino con la esencia de un artista enamorado y fiel; no obstante, una vez más describiré los rasgos que me cautivan de ti, la lectura que doy a tu ser, precisamente con la idea de que siempre recuerden tu esencia. El viento sopla implacable y arrastra los rumores de la vida hasta dispersarlos en rutas lejanas. La apariencia física, tan subyugante, es sólo espejismo, instantes, suspiros, porque bastan unos años para que las arrugas y las canas modifiquen el aspecto de un hombre o una mujer, de tal manera que quienes se inclinan ante las sensaciones de la piel. olvidan la belleza y lo excelso del interior. Tu nombre con apellidos, tus ojos y tu perfil los conservo en el relicario de mis sentimientos. El espejo refleja la belleza natural de tus facciones ausentes de maquillaje; tus ojos, en tanto, devuelven la imagen de tu alma. Tus besos me entregan tu sabor, tu mirada me da tu amor y tus manos me ofrecen tus detalles. El susurro de tu voz, cuando hablas, se parece tanto a los murmullos del aire, el mar, la lluvia y el cielo que a veces creo que floto en un sueño mágico, en las fronteras de la imaginación o en los linderos de Dios. Abro el libro de la vida y descubro con alegría e ilusión nuestra historia y tu código existencial. Eres yo. Soy tú. Somos nosotros. Admiro tus detalles, movimientos y dulzura cuando te vistes de dama y actúas como ente femenino; sin embargo, admito que me asombra tu capacidad y me emociona tu éxito en los asuntos del mundo. Tras nuestro reencuentro, aquella ocasión que no olvido, supe que tu risa, tus juegos, tus ilusiones y tu vida son mis días y mis noches, mis anhelos, mi realidad y mis sueños, mi destino y mi historia. ¿Importan tanto tu nombre, tus apellidos, tu apariencia, cuando eres una dama, la niña que se enorgullece de su naturaleza femenina, la mujer con la que uno está dispuesto a seguir el itinerario hacia la inmortalidad? Y eso significa expresar “dichoso el hombre que se une a una mujer y comparte con ella sus sueños y realidades, su historia, su amor, su paso por el mundo y su tránsito a la morada sin final. Esa mujer es la bendición de una estancia en el plano material. Bendito quien se une a ella y comparte a su lado todos sus días existenciales”. Eres diferente y especial, y eso, amada mía, es imposible reproducirlo en una fotografía, observarlo en el reflejo de algún espejo o plasmarlo en un documento. ¿Tendrá sentido revelar tu nombre si resulta más importante resaltar la riqueza de tu interior? Alguien que es capaz de inspirar un poema, un texto romántico, una historia subyugante e irrepetible, es más que un nombre o un retrato, es el amor, es el cielo, eres tú.

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Contagio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

… Desde aquel instante, al regresar a casa, miré mi rostro en el espejo y descubrí con asombro, en el reflejo, que ya no se trataba de mí, que no estaba solo, que siempre seríamos tú y yo

¿Dónde me contagié de ti? ¿Cuándo sucedió? ¿Acaso durante aquellos días, cuando éramos tan felices y tú entrabas a mi alma y yo visitaba la tuya? ¿Fue, quizá, en nuestros encuentros y citas interminables en aquel jardín donde jugábamos y sonreíamos? ¿O tal vez durante nuestra travesía, entre nubes celestes y corriente etérea, al regresar al mundo? ¿Fue en nuestra banca, una noche, al admirar las estrellas y escuchar el rumor de la fuente? No recuerdo si fue ayer, al mirarme en tus ojos de espejo, al besar tus labios o al tomar tus manos. Ahora los síntomas me conducen a un delirio, a un éxtasis, a un destino, a una locura. Algo acontece conmigo. Miro mi silueta en los espejos, en los charcos, en los cristales de los aparadores, y no me reconozco desde aquel día de nuestro primer encuentro. Busco aquí y allá, en un espejo y muchos más, hasta que defino mi figura desarraigada de los rostros colectivos y los rasgos del mundo, como si me encontrara separado, seguramente en un camino floreado, en un lago tranquilo o en la inmensidad del océano, contigo, siempre a tu lado. Siento mi esencia, sé que soy yo; pero en la medida que me observo para desentrañar mi apariencia, de repente te veo en mí. Sí, me defino en ti. Somos los dos, tú y yo, al descubrir mi reflejo. Me pregunto si el amor es un contagio que se adquiere al venir al mundo, o si, tal vez, en un acto de misericordia, Dios colocó una señal en uno y en otro para coincidir e identificarnos a una hora y en un lugar, y así acompañarnos en la aventura existencial, con los síntomas del amor, para jugar a la vida con sus encantos y desencantos, entre luces y sombras. Entiendo que tú y yo fuimos contagiados desde que las manos que funden los luceros y pintan el paraíso y el mundo, esculpieron nuestros rostros y colocaron la esencia que hoy nos une y compartimos. Me gustan las manifestaciones de este síndrome, Me contagié de ti. Eso significa que siempre te miraré y sentiré en mí, y tú, a la vez, me descubrirás y percibirás en ti. Se trata, parece, de los indicios de un amor fiel e inquebrantable que es vigente en la temporalidad del mundo y en la inmortalidad. Me siento contagiado de ti. Mi alivio eres tú.

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Reflejos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Esa ocasión, cuando la miré por primera vez a los ojos, descubrí mi rostro junto al de ella; entonces comprendí que mi destino ya estaba definido y que era la misma alma con quien había jugado en un paraíso casi olvidado y pactado un amor eterno. Así inició nuestra historia

Busco una estrella, la más hermosa del firmamento, para que cada noche sea romántica y siempre alumbre nuestra caminata a las rutas donde el amor es alegría, detalle, ilusión, juego y risa. Quiero un farol, como los que alumbraban la fachada de la casa solariega durante mi niñez, para no perdernos jamás en las sombras de la discordia, el enojo, la cotidianidad, el aburrimiento y la rutina. Deseo conquistar la luna plateada para que unas veces sea espejo que refleje nuestro enamoramiento y felicidad, y otras, en cambio, sonría y se transforme en columpio de los sueños y realidades que compartimos. Tras la lluvia, anhelo descubrir un charco pequeño entre las baldosas de una callejuela o en algún paraje insospechado, para que asomes y veas nuestros rostros sonrientes y detrás el azul de un cielo hermoso, inagotable y profundo. Pretendo mostrarte nuestras siluetas en el cristal de un aparador, quizá en una boutique o en una joyería, para que aprendamos que si las alhajas son cautivantes y los reflectores atraen, son eso, antifaces, momentos, vanidades, porque el valor lo da uno en la medida que aprende a amar, vivir y ser feliz. Me gustaría contemplar a tu lado las manecillas y el péndulo del reloj, protegidos por un cristal que retrate nuestras imágenes con el objetivo de que nos recuerde que el tiempo es fugaz aquí, en el mundo, y que si aspiramos la eternidad, tendremos que aprender a vivir en armonía, con equilibrio y plenamente cada momento. Planeo llevarte a la playa, una mañana, para sentarnos en la arena a observar juntos los pliegues jade y turquesa del océano y de pronto abrazarte y acostarnos al mismo tiempo con la intención de descubrir el encanto e intensidad del cielo. En la misma playa, a la hora postrera de la tarde, te mostraré la fusión, en el horizonte, del cielo y el mar en el más puro acto de amor. Quiero enseñarte, en la nieve, el brillo solar sobre los copos inmaculados, tal vez como símbolo de la pureza de dos almas que se fusionan; pero también tomar tus manos y unir nuestras miradas para descubrirnos reflejados y comprender, en consecuencia, que se trata de ti y de mí, fundidos en el más bello, fiel y puro amor.

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Disyuntiva

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Ya te dije que te amo?

La disyuntiva que se presenta en mi camino es tolerar que los instantes fugaces transcurran y escapen o atraparlos con la intención de que antes de que se diluyan, te entreguen mis cartas y poemas de amor, la fragancia de mi perfume y la dulzura de mis besos. Tengo el dilema de percibir el rumor del tiempo, contar los pasos de las manecillas y escuchar las campanas y el péndulo del reloj o hacer incontables paréntesis en mi vida, cavar espacios y construir puentes para que cada segundo sepas que pienso en ti y te siento en mí porque moras en mi mente y en mi corazón. Mi opción es conformarme con las planas que encontré en el sendero de mi existencia o plasmar mi tinta sepia para relatar la historia que tú y yo compartimos y protagonizamos. La alternativa es callar, como muchos, hasta esperar una fecha que seguramente no llegaría, o propiciar los momentos, la oportunidad de confesar con la emoción, alegría e ilusión de la primera vez: “me cautivas. Estoy enamorado de ti. Te amo”. Enfrento la elección de amordazar mis sentimientos, embalsamarlos y sepultarlos, o salir una tarde de verano a las calles céntricas, sentir deslizar las gotas de lluvia en mi rostro y expresar al mundo que soy feliz, que mi alma no está sola, que el pulso de un amor se repite en mi corazón. Puedo seleccionar entre mirarme al espejo todas las noches, hasta que a una hora invernal no aparezca más mi reflejo, y partir con el dolor y la tristeza de no haberme atrevido a amar plenamente, o abrazarte, mirar tus ojos de espejo y musitar a tu oído que mi plan es que tu alma y la mía se fundan en un crisol especial, hasta convertirlas en la estrella más resplandeciente del universo. Y si tengo capacidad de encerrar sueños e ilusiones en las burbujas, también puedo reventarlas para convertirlas en realidad y así acercar el mundo al cielo para que nuestra historia sea inmortal.

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