Sin prisa, febrero se marcha

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Sin prisa -he comprobado que la vida tiene un orden y un sentido cuando se le entiende y se le respeta-, goza su estancia en la temporada 2021. No volverá más durante este año, motivo por el que ha experimentado plenamente, desde que llegó, cada minuto. Sabe que los momentos, dulces o amargos, alegres o tristes, buenos o malos, son irrepetibles. Es febrero, el más pequeño de la familia, a pesar de ser el segundo hermano desde que inicia el año. No tiene maletas. En realidad, no tendría sentido cargar objetos que pertenecen al mundo y que, en consecuencia, no le servirán durante el viaje. Tampoco se apresura ni se siente melancólico ni nervioso. Conoce su encomienda y su destino. Llegarán la hora y el día en que mire de frente, en la estación, a marzo, su otro hermano, como alguna vez, al nacer, cruzó con enero, el primogénito de la familia. Son asuntos de ellos, los meses, quienes conocen sus deberes y sus locuras. Febrero no pretenderá vivir más de lo que le corresponde, ni peleará con marzo, y menos se atreverá a ofender a enero. No ambicionaré el espacio que ya ocupó. Permanece en su campamento. Hay que saludarlo y disfrutar su compañía, vivirlo en armonía y con equilibrio, antes de que se marche y se convierta en ayer, en historia, en recuerdo, y nosotros, en tanto, en cosas rotas y desprovistas de sentido.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Y llegó febrero

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y llegó febrero, como se marchó un día, a cierta hora, con exactitud, puntual y sin remordimientos ni temores, a pesar de saberse el más pequeño de sus hermanos. Vino completo, sin instantes de más ni momentos con faltantes. Aquí está, con nosotros, imperturbable, en el invierno del hemisferio norte, patinando sobre la nieve, al lado de la chimenea, y en el verano del hemisferio sur, empapándose con las gotas de la lluvia y asoleándose mientras reposa en la hamaca, indiferente, como siempre, a lo que tú, yo, nosotros, ustedes, ellos y todos los hombres y mujeres, en el planeta, hagamos de nuestras existencias. Sabe que le nombramos febrero, pero realmente no le interesan las identidades ni los linajes porque sus 28 o 29 amaneceres y ocasos podrían continuar sin la presencia humana. Todo es pasajero en el mundo, en la vida terrena, y los días transcurren más allá de acontecimientos, fechas memorables y aniversarios. Febrero contempla un grupo de días que coinciden con cierta temporada, en una estación de paso, en espera del siguiente pasajero, llamado marzo. No se arraiga en ningún sitio porque de caer en la tentación de refugiarse en una cabaña, en alguna posada, como en ocasiones lo ha hecho, perturbaría a su hermano -marzo- con un clima diferente y el año parecería, simplemente, desvertebrado. Ya lo hacho. Le encanta jugar, en ocasiones, hasta salpicar a marzo. No trae regalos ni ofrece alegrías o desventuras. No promete. Es inquieto y se marcha sin despedirse. Una noche, al llegar la madrugada, simplemente ya no está en casa. Sabe, por experiencia, que los seres humanos son responsables de su destino y que, extraordinario y feliz o desventurado e infausto, solamente ellos podrán pintarlo con los colores más bellos y cautivantes o salpicarlo con los tintes de su drama, y así crear paraísos o infiernos. Llegó febrero y pronto se marchará sin anunciarlo.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Y me quedé

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y me quedé aquella noche, cuando me descubrí retratado en tu mirada. Supe, entonces, que había encontrado la ruta a mi destino, y ya no fui a la estación del ferrocarril en busca de un asiento en el furgón, ni tampoco al muelle, donde, cuentan, acuden quienes lloran y suspiran, mientras la luna, nostálgica y con sonrisa de columpio, les recuerda antiguos idilios. Agradecí a mi equipaje la compañía de muchos años. Mi fiel acompañante, en verdad. Conservaba, adheridas, las etiquetas de tantas aduanas; pero también, calladamente, nuestros secretos y el aroma de mis perfumes cuando los derramaba, Tendría que olvidar los recorridos nocturnos de una ciudad a otra y en cada pueblo, donde te busqué incontables veces. Entendí que en ti tendría un tú con mucho de mí. Me quedé. Renuncié a mi caminata. Me despedí de mi mochila de trotamundos. Y aquí estoy, contigo, en nuestras vidas y en los sueños, en las mañanas y en las tardes, en las noches y en las madrugadas, tan parecidos al oleaje y a la arena de la playa cuando, libres y plenos, se besan en la aurora y en el ocaso. Aún con aroma a fogatas en medio del bosque de abetos, estaciones y trenes, puertos, tormentas, pueblos, chimeneas y posadas, me quedé y tengo para ti, en cada detalle, una flor, un poema, una sonrisa. Decidí quedarme, acaso sin sospechar que la locura de este amor me empujaría al crisol de las letras, al abecedario, a los sentimientos, a las ideas, con el objetivo de escribir para ti con polvo de estrellas, como lo hacemos los artistas cuando enamoramos de alguien. Dije, al renunciar a otros caminos y destinos, que cubriría los minutos y los días de tu existencia con pétalos de flores, y aquí permanezco, fiel y dichoso por la oportunidad de saberte la musa de mi amor y mis poemas. Al asomar a tu mirada, alguien en ti -tú- me llamó por mi nombre, acarició mi rostro y prometió, a mi lado, jugar y reír, cantar y bailar, saltar y correr, hablar y callar. Ahora sé que cuando uno y otro más, un tú y un yo, coinciden en un rincón del mundo, a cierta hora y en alguna fecha, ya tienen un pedazo de cielo.

A todos mis amigos, contactos, lectores y seguidores, les deseo felices e inolvidables fiestas navideñas. Cuídense mucho, por favor. Y gracias por estar presentes,

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Despedidas y bienvenidas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Despido, en la estación del tren, a la lluvia que se marcha como se va la vida, con sus gotas de agua y de cristal, transformadas en sueños e ilusiones, y recibo al viento que llega y desciende de uno de los furgones al andén, con su equipaje de hojas secas y quebradizas -amarillas, doradas, naranjas y rojizas-, igual que un día aparecen, en los humanos, las tardes postreras. Agradecido con la lluvia veraniega, que en sus maletas carga pinceles, lienzos y pinturas, la abrazo y le confieso que me cautiva y enamora, seguramente por recordarme los años de mi infancia azul y dorada. Al escucharme, sus ojos y labios de agua reflejan alegría, y promete volver para empaparme, dar vida y abrir los capullos y las flores. Asoma por la ventanilla, sonríe y con una señal me muestra el celaje nublado que ha dejado como un regalo. La locomotora arrastra los furgones sobre las vías de acero que reposan en durmientes de madera, hasta que entra a un túnel rumbo a otras fronteras. A mi lado permanece, silencioso, el viento, el aire que me abraza con la idea, tal vez, de causarme embeleso y mostrarme su magia y encanto. Lo acompaño y caminamos por aldeas, ciudades, llanuras, bosques, montañas, abismos y playas, donde sopla y agita las flores y los árboles, las palmeras y los rosales, que siento en mí y disfruto plenamente. Me enseña a no temerle porque una fecha incierta, puntual y de frente, se hospedará en mí. Volamos entre nubes rasgadas, igual que una cometa, hasta que entiendo que los días de la vida son irrepetibles y es preciso, en consecuencia, asimilar sus lecciones, sentirlos, experimentar su blancura y negrura. Sé que después, al partir el viento otoñal, como lo hizo la lluvia veraniega, llegarán, con exactitud, el frío y la nieve invernal, y posteriormente el sol primaveral. Forman parte de los ciclos de la vida y hay que disfrutarlos, experimentarlos y vivirlos. He conocido personas que en temporada de lluvia, preguntan con desagrado el motivo de los aguaceros, o en período de frío se quejan de las temperaturas bajas, cuando es natural que se presenten tales fenómenos. Prefiero disfrutar cada una de las estaciones con sus diferentes rostros y pieles. Sé que si visitan el campo, las aldeas, los océanos y las ciudades, también se hospedan en toda la gente y marcan su paso en las cara, en la vitalidad, en la mirada, en el cabello, hasta que desciende el telón. Con la visita del otoño a la ciudad donde vivo, quiero disfrutar el espectáculo que ofrece el viento al desprender incontables hojas de los árboles y dispersarlas aquí y allá, en alfombras de tonalidades nostálgicas, porque si aprendo de sus sigilos y rumores, de sus caricias y rasguños, no dudo que estaré preparado para recibirlo, alguna tarde de mi vida, cuando el final de mi historia se encuentre próximo. Y así seguiré aprendiendo las lecciones de cada estación -primavera, verano, otoño e invierno-, hasta asimilarlas, comprender el mensaje y el sentido de la vida, y aplicarlo en mí. He abrazado a la lluvia veraniega con la esperanza de su retorno. Le agradecí por lo mucho que me ha enseñado y regalado. Y recibí al otoño recién llegado, envuelto en los perfumes que dispersa al soplar. No sabe que también lo abrazaré y le daré las gracias cuando parta. Es nuestro huésped momentáneo. Cuánta belleza descubro en la vida.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

La vida y la belleza

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Caminaba la Vida con su morral, entre remansos y rincones boscosos, deleitándose con el colorido y las fragancias de su primavera, las gotas de cristal y la tempestad de su verano, las ráfagas y las tonalidades de las hojas secas y quebradizas de su otoño y la alfombra nívea de su invierno. Andaba contenta, reflexiva, cuando inesperadamente miró en un recodo cubierto de sombras jaspeadas, apoyada tristemente sobre una roca, a la Belleza, a quien abrazó y preguntó la causa de su llanto y dolor. Irreconocible, la Belleza limpió sus lágrimas con el paño que le ofreció la Vida y respondió atormentada, casi ahogándose en sus palabras, que el encanto se había perdido, que de pronto volteó al espejo y descubrió no la lozanía de su rostro juvenil de antaño, sino la piel marchita que le colgaba cual anuncio y preámbulo de una vejez anticipada y una muerte irremediable. La Vida escuchó paciente y silenciosa, abrazó a la Belleza inconsolable y explicó: “eres el dibujo de una cara hermosa, el trazo de un perfil equilibrado y perfecto, la figura que arroba; no obstante, amiga mía, te enamoraste de ti y perdiste el sentido de tu misión. Olvidaste que la belleza, cuando es obsesiva y prioritaria en la vida humana, en un ambiente de apariencias y superficialidades, pierde su naturalidad y tiene urgencia y necesidad de maquillarse, hasta sepultar su esencia y volverse contraria a los valores y a la inteligencia. Te volviste antítesis de lo natural. Creíste que el maquillaje sobre tu belleza original, atraería los reflectores y la atención de hombres y mujeres, como si fueras mercancía, y lo conseguiste al abaratarte y disfrazar y sustituir tus atributos con decoraciones artificiales. No recordaste que en la sencillez y en la humildad de espíritu se encuentra la verdadera belleza. Confundiste tu misión. Hiciste de ti, de la belleza, un retrato burdo, un culto falso, un esmalte transitorio y de pésima calidad. Te convertiste en un sueño temporal llamado belleza, en fragmento débil y pasajero. La belleza natural no necesita barniz sintético. Cuando recuperes tu principio original y no entierres la esencia que te da sentido, descubrirás que la belleza no es artificio ni moda de una estación porque se trata de un estado de encantamiento que viene de las profundidades del alma y da luminosidad al rostro, de tal manera que se le distingue desde el cunero, la niñez, la adolescencia y la juventud, hasta la edad madura y la ancianidad. Erróneamente, abriste las puertas y ventanas de tu casa a las formas temporales, a la superficialidad, a la lascivia, cuando la belleza, amiga entrañable, es algo más que un aspecto, es un estilo de vida, es la suma de todos los sentimientos y actos nobles, es reflejo de la sonrisa de Dios”.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Estación intermedia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Somos vida y sueño. Venimos de un mundo prodigioso y vamos a un plano mágico. Estamos temporalmente en una estación intermedia, en un puente, en algún paraje de la senda. Este es el paisaje de nuestro itinerario. Es nuestra realidad. Aquí estamos, en medio de la vida, ante cumbres y precipicios, cada uno con el equipo de experiencias pasadas, con las provisiones que dispusimos para la travesía presente, con las luces y las sombras de lo que somos y de los ciclos que protagonizamos. De cada uno es responsabilidad definir el destino y la ruta, construir puentes y escaleras, ir a la cima, donde aparecen los amaneceres, o descender e internarse en la penumbra de los abismos. Durante la caminata, cada ser humano tiene oportunidad de enfrentar experiencias, asimilar lecciones, medirse y evolucionar, o permanecer atado a los grilletes de la mediocridad o del mal y resbalar irremediablemente. Las estaciones intermedias son eso, la mitad o el final del camino, con tiempo para corregir el sentido de la vida. Son definición y paso hacia un destino. La bitácora de viaje se escribe cada día, y hay unas muy intensas, plenas e interesantes, y otras, en cambio, mediocres, negativas y rutinarias. La bitácora describe los capítulos y detalles que se experimentan durante el paseo; aunque también revela, al final, la personalidad y el destino del viajero.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright