Julio

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Apenas ayer iniciaba el año, con tantos anhelos y temores, con las páginas en blanco para dibujar y escribir nuestras historias, al lado de envolturas, regalos e ilusiones que quedaron a un lado ante el paso de las horas y de los días, y hoy, sorprendidos, vemos que es julio, mes que, en su madurez, sabe que es una estación de paso y que, alguna vez, en cierta fecha, se marchará sin voltear atrás. Permanece en sus silencios, en su caminata si tregua, en esos sigilos que poseen un lenguaje que casi nadie comprende. Si no es invención humana para medir y ordenar sus existencias y sus actividades, el tiempo, dicen, transcurre inevitablemente, cuando se trata, parece, de una sucesión de ciclos. Son luces y sombras vinculadas, materialmente, a lo que la gente llama nacimiento y muerte, lozanía y envejecimiento, porque, después de todo, las estaciones retornan, una y otra vez, desapegadas a afectos, romances y enamoramientos. No les es permitido quedarse. Notamos que los minutos, los días y los años marcan nuestros rostros y encanecen el cabello, y suponemos, en consecuencia, que es el tiempo. Y realmente son las estaciones de la vida, los ciclos de la existencia, la experiencia que tenemos, el paso por un mundo de temporalidades, que ofrece la alternativa de perderse y caer en hondos vacíos o descubrir el sendero hacia rutas y destinos esplendorosos e infinitos. Así que ya es julio y no es que el año envejezca y se aproxime a su inevitable agonía; somos nosotros quienes llegamos, alguna vez, a un mundo pasajero que prueba nuestra evolución y del que, generalmente, queremos arrancar y atesorar pedazos, apoderarnos de sus bellezas y de sus cosas, a pesar de saber que todo se quedará al partir. Culpamos al tiempo de la vejez, de los descalabros, de las enfermedades, sin percatarnos de que somos nosotros los responsables de lo que sufrimos o gozarnos, de acuerdo con la frercuencia y los niveles con que vibramos durante la vida. Es julio y se marchará. No es que se acabe el año; somos nosotros quienes navegamos, casi imperceptiblemente, hacia la otra orilla. Hay que saltar la cerca de la amargura, el enojo, la frustración, la ignorancia, el mal, el miedo, el resentimiento y la tristeza, para disfrutar, una vez liberados, la alegría, el amor, el bien, la salud, la verdad y la vida armónica, equilibrada y plena. Julio se irá. Quienes permanezcamos otro rato en el mundo -instantes, horas, días, años-, no debemos esperar el retorno de lo que se fue, de lo que quedó en el ayer; al contrario, tenemos el reto de incorporarnos de la banca en la que estamos sentados e ir al encuentro de un destino grandioso.

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El encanto de los pequeños charcos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Al caminar por los parques y las callejuelas, en los pueblos y en las ciudades, o por la campiña, en las llanuras, en los bosques y en las montañas, asomo a los pequeños charcos que forman las gotas de lluvia al acumularse o los ríos al salpicar una y otra vez, con la intención de descubrir las imágenes que reflejan. Encuentro, al mirarlos, los perfiles modestos y presumidos de las casas, de los edificios y de las tiendas, y hasta de los faroles y de las personas y de los vehículos que transitan incesantes, o las siluetas de los árboles, de las montañas y de los peñascos; aunque al fijar la mirada, si el agua de los charcos es diáfana, observo el fondo arenoso o de tierra, en contraste con la profundidad del cielo azul intenso y la blancura o el grisáceo de las nubes que flotan y modifican su apariencia, en un intento metafórico, quizá, de mostrar la dualidad, el infinito y la temporalidad. Me encanta volver a los pequeños charcos, igual que los niños regresan a sus espacios donde juegan a la vida, porque enseñan mucho. He aprendido que lo diminuto y lo sencillo pueden reflejar tanto, lo mismo los paisajes con su naturaleza, que la grandiosidad y los días soleados y nublados. Cuando el viento sopla, se multiplican los pliegues en el agua y las imágenes se vuelven difusas y parecen distorsionar lo que reflejan, como acontece con las personas y sus cosas al transcurrir los años. Las estaciones transforman el panorama que humildemente reflejan los charcos, con los colores de la primavera, el celaje nublado y la lluvia del verano, el aire otoñal y la nieve del invierno. Cuando los escenarios cambian, uno aprende, al mirar los reflejos, que nada, en el mundo, es permanente. Con frecuencia, los charcos se secan o se contaminan al permanecer inmóviles, como ocurre con hombres y mujeres al perder su dinamismo e interés en la vida. En los charcos que se evaporan o que la gente pisa con descuido, he visto mi reflejo, el del entorno y el de la profundidad azul del cielo, siempre con el asombro y la interrogante de cómo, algo tan minúsculo, puede replicar tanto. Si yo pudiera, como los charcos, reflejar mi interior y el exterior, como parte de una vida noble, con mis razones y mis motivos, con mi cordura y mi delirio, sencillo y grandioso, a la vez, dispuesto a compartir hasta regalar la imagen del cielo, me parece que sería un hombre extraordinario; no obstante, me sé un caminante, un discípulo de los árboles, de las plantas, de las flores, del viento y del agua, observador del alma y de la textura, explorador del cielo y de la arcilla, con la curiosidad de asomar a las pequeñas represas naturales que me enseñan tanto y me piden, a su nombre, derramar lo que contienen para bien mío y de los demás.

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Llegó marzo, en su versión anual

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Llegó marzo, en su versión anual, probablemente como recordatorio de que la vida continúa, a pesar de que otros queden atrás o mueran. Anuncia, entre sus horas y sus días, el inicio de la primavera, en el Hemisferio Norte, y del otoño, en el Hemisferio Sur, como dos rostros que, aunque diferentes, se complementan y esculpen sus formas y pintan sus colores en el planeta. Llegó marzo, con sus 31 días completos, quizá para que la gente, en el mundo, no olvide que recientemente inició el año y que, por lo mismo, es preciso despertar y mirar los signos de la creación, percibir las fragancias y los sabores de la naturaleza, en una invitación a experimentar la vida con armonía, en equilibrio y plenamente, antes de que caiga la tarde y llegue la noche. Llegó marzo y en otra fecha se marchará, ajeno e indiferente a las alegrías y a las tristezas, a los triunfos y a los fracasos, a lo bueno y a lo malo del ser humano. Marzo, el tercer hijo del año, enseña tanto al matizar las flores en un lugar y pintar, en otro sitio, las hojas que caen al suelo. Y es que la vida es eso, nacer y morir, retornar y marcharse, reír y llorar. Solo quien abraza la vida desde su interior, entiende la dualidad del mundo y conoce la razón por la que, en ciertas regiones, la primavera decora el planeta con flores perfumadas y de hermosos colores y texturas, y adorna el paisaje, en otras zonas, con las hojas que el otoño arranca y deposita en el suelo, hasta formar alfombras de tonalidades nostálgicas. ¿Será, tal vez, que hay un aliento prodigioso desde la aurora hasta el ocaso? Simplemente, cierro los ojos y escucho las voces y los silencios que vienen de mi interior, los murmullos y los sigilos que llegan del exterior, y que, juntos y en armonía, me invitan a vivir cada instante y hacer de mi existencia una biografía inolvidable, una historia magistral y sublime. No cabe duda, llegó marzo.

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Y sin darnos cuenta

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y sin darnos cuenta, noviembre entró a la casa, entre rachas de viento otoñal en el norte y colores primaverales en el sur. No tocó a la puerta ni solicitó permiso. Simplemente, entró. Anticipa la vejez del año, la proximidad de su hora postrera, como el médico que anuncia a los parientes la impostergable agonía de un anciano. Y sin darnos cuenta, los días, en el calendario, se desprendieron irremediablemente, como un otoño arranca las hojas secas. Y sin darnos cuenta, atrás quedaron otros meses y estaciones, con algo de nosotros, con rasgos de nuestras vidas. Todo fue sepultado en nuestra biografía, en la memoria, en los dulces o amargos recuerdos, en la amorosa u odiosa desmemoria. Y sin darnos cuenta, el año se consume, anticipa y promueve su final, mientras el otro, en tanto, prepara su venida. Todo es tan breve y pasajero en este viaje, que la vida, la realidad terrena, parece un sueño, un paréntesis con sus excesos y sus sobriedades, con sus locuras y sus solemnidades, con su felicidad y su desdicha. Y sin darnos cuenta, las ausencias se multiplicaron y las listas de presencias se modificaron. Las sillas fueron desocupadas por unos y, casi de inmediato, ocupadas por otros. Y sin darnos cuenta, ahora tenemos mayor edad y más experiencia y vivencias, o tantos tropiezos, repeticiones y errores por la carencia de entendimiento. Y sin darnos cuenta, la lozanía huye silenciosa, gradualmente, como para que nadie lo note al siguiente día ni la atrape. Se va con la juventud. Y sin darnos cuenta, escapan la niñez, la adolescencia, la juventud, la madurez y la ancianidad, con la única esperanza de desechar las edades desde el alma y abandonarlas en los basureros de las apariencias, las mediocridades, los prejuicios y las presunciones. Todo pasa. Nada es permanente. Y sin darnos cuenta, preparamos el viaje de regreso a casa, al hogar, a la morada, de donde alguna vez, al nacer en el mundo, venimos a crecer y a probarnos. Y sin darnos cuenta, durante la caminata fuimos y somos acompañados por seres maravillosos e inolvidables que siempre, en cada ciclo, han estado a nuestro lado, y también con otros que se separan o no pertenecen al círculo evolutivo con el que vibramos. Y sin darnos cuenta, dejamos atrás tantos amaneceres y ocasos, quién sabe si bien aprovechados o totalmente desperdiciados. Quedan en el pretérito, en los otros días, los arcoíris con sus colores mágicos, las gotas cautivantes de la lluvia, las flores de exquisitos perfumes y finas texturas, los copos blancos y helados, las cortezas de los árboles en los bosques, el barro y los ríos, con la vida que solo uno sabe si aprovechó o desperdició, porque hay quienes la experimentan en armonía, con equilibrio y plenamente, lo mismo durante los aguaceros que en las sequías, y otros, en cambio, que la malbaratan y la venden con la idea de comprar apariencias y cáscaras, que ya definen, a partir de entonces, sus paraísos y sus infiernos. Y sin darnos cuenta, llevamos con nosotros cargas y liviandades, la historia completa de nuestras existencias, lo bueno y lo malo que no pueden refugiarse porque la verdad desnuda aquello que se oculta. Escribimos y protagonizamos nuestra historia, de acuerdo con el guión que nos inspira, unos para bien y otros para mal. De cada uno, por cierto, dependerá lo sublime de la obra o su triste desencanto y su fatal desenlace. Y sin darnos cuenta, la vida humana escapa cada instante.

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Silencios

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Hay silencios en el amor y en el desamor, en las risas y en e llanto, en los negocios y en los asuntos cotidianos, en las profundidades y en las superficialidades, que dicen tanto, que alivian o lastiman, que liberan o atrapan. Exhiben u ocultan todo o nada. Lo que callan las palabras, el silencio lo expresa, lo delata, lo revela. Sí. El silencio es un lenguaje enigmático que no todos saben interpretar cuando musita. Es preciso saber escucharlo, entender sus sentidos y sus motivos, comprender sus significados. Callar significa, a veces, desamor, incomprensión, desinterés, y, en ocasiones, aceptación, tolerancia, resignación. No pronunciar palabras, es, quizá, síntoma de orgullo, soberbia, resentimiento, egoísmo, venganza, desprecio o miedo, o, probablemente, equivale a la prudencia, a la reflexión, al asombro, al espacio que se necesita dentro del bien y del mal. Ciertos silencios necesitan intermediarios, algún traductor, mientras otros, en cambio, son tan claros y directos o conducen a las soledades y a sigilos que parecen distantes. Unos silencios los provocan las ausencias, con sus dolores y sus misterios, y otros, en tanto, las presencias, con todo lo que son. Existen silencios buenos y malos, pacíficos y agresivos, consoladores y también confinados al desconsuelo. Tras un acto humano, amoroso o heroico, un acontecimiento o la narración de un episodio, surge una pausa, un sigilo, como también aparece después de un crimen, una muerte o una noticia terrible. El mal, el pavor, la tristeza, el odio y la cólera paralizan la voz, le arrebatan sus notas, las palabras que arden en el fuego o se congelan en el hielo yerto. Abundan silencios que asfixian, confunden o enredan. Los hay, igualmente, que consuelan y enseñan. El silencio es, adicionalmente, idioma y suspiro de Dios, de las estrellas, del universo, del alma, de la creación y del infinito, en su dualidad del bien y del mal, y cada uno, desde el peldaño de su evolución, vibra con lo que anhela para sí. En la naturaleza y en las estaciones se distinguen pausas y silencios. Estamos rodeados de silencios, nos encontramos inmersos en sigilos, unos que dan vida, otros que matan. El silencio rompe ataduras y celdas o encarcela y tortura. Me gusta el silencio interior, el de los místicos, el de los buscadores de la luz y la verdad, no el sigilo que es cómplice de fechorías y de lo baladí. Los silencios entre un movimiento y otro, en los conciertos, en las sinfonías, en las obras literarias, me emocionan y los siento en mí. Me agrada el silencio de los artistas legítimos y naturales, cuando se inspiran y crean, seguramente porque emulan a Dios. También me fascina el silencio de los que se aman en cualquiera de sus expresiones. La vida y la muerte poseen sus silencios. Los silencios callan y dicen tanto. Somos criaturas hechas con pedazos de silencios, fragmentos de sigilos, y trozos de lenguajes y susurros.

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Somos, quizá, hojas frágiles de la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Somos, quizá, hojas frágiles de la vida, o, probablemente, trozos de realidades y sueños. Somos, tal vez, hojas que, en las mañanas de primavera y en los mediodías del verano, el aire y la lluvia tocan con frenesí, mientras pintan los colores de la vida y despiertan los perfumes de la naturaleza, o acaso de las que arranca el viento otoñal y dispersa en alfombras y tapices amarillos, dorados, naranjas, rosados, sepias y rojizos, para que el invierno, en sus nevadas visitas, las sepulte y nadie las recuerde. Somos, parece, hojas lozanas y viejas, verdes y doradas, que escribimos historias en nuestras texturas lisas y venosas, seguramente como fiel recuerdo de los días y las noches que contamos cuando aún permanecemos en los árboles. En nosotros se almacena, seguramente, la memoria del sol y de los arcoíris, de las gotas de lluvia y de las caricias y los rasguños de cada estación. Somos, creo, hojas que nacen y mueren, parte de un follaje que da belleza y sentido al paisaje. Cada hoja posee una identidad y aparece con un tono que le es propio, con una forma tan digna y especial. Una hoja, otra y muchas más pertenecen al follaje, cuando nacen, mientras son jóvenes, al alcanzar la madurez y al envejecer, y siguen su encomienda, plasman su historia, dan sentido a su vida y eligen su destino. Al desprenderlas el viento otoñal y deslizar sobre sus texturas quebradizas los pinceles con matices amarillos, dorados, naranjas, rosados, sepia y rojizos, el tapete nostálgico y prodigioso invita a admirarlo y a reflexionar antes de que las caricias, los ósculos y las bofetadas del viento las desintegren y las transformen en remembranzas y en posteriores olvidos. Me pregunto, entonces, si acaso nos conformaremos con ser una multitud de hojas silenciosas, resignadas a morir, a transformarnos en alfombras crujientes y quebradizas, o tendremos capacidad de superar lo que, en apariencia, es un infausto final, para volar suavemente y llegar a otras rutas, a planos grandiosos, y transitar de un bosque paradisíaco, en un mundo temporal, a otro superior e infinito.

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Rumbo al puerto

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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No son las estaciones que han transcurrido, con sus calores y sus fríos, sus lluvias y sus aires, la causa de mi reflexión y mis inquietudes, a esta hora del día; es, parece, lo que he vivido, lo que he dejado en el camino, lo que cargo, lo que llevo conmigo. No son los recuerdos de mis años pasados, que traigo en mi alma y en mi memoria como quien guarda el más bello y preciado de los tesoros, lo que a veces me duele tanto; se trata, pienso, de la gente y de las cosas rotas que quedaron atrás, ante mi mirada, mis oídos, mi boca y mis manos que de pronto distrajeron, quizá por mis andanzas en el encanto pasajero de las apariencias, tal vez durante mis cavilaciones recurrentes o en mis excursiones por la vida. No es angustia, no es miedo, de voltear atrás y descubrir la otra orilla empequeñecida, casi imperceptible, y saberme tan cercano a un puerto incierto, porque soy un navegante acostumbrado a principios y a finales; simplemente, es que temo desembarcar con el peso de la liviandad y darme cuenta de que mi travesía resultó estéril. Estas mañanas y tardes de mi existencia navego hacia el puerto, envuelto, a veces, por noches nebulosas y de tormenta, y, en ocasiones, por la pinacoteca celeste decorada con luceros que guían mi camino. Manejo el timón y consulto la brújula en la inmensidad azul del océano, en la trama de la vida, entre auroras y ocasos, con la posibilidad de rescatar a los que naufragan, a los que parecen hundirse inevitablemente, o dedicarme a la afición de pirata, a la guerra por la simple diferencia entre unos y otros. Ciertas noches, mientras navego en la quietud marítima, me he preguntado si acaso llegaré a mi destino con la alegría que experimenta quien regresa del destierro o con la pena de un viaje aburrido e insulso. Sé, y pienso que aún dispongo de tiempo, que debo aprender a distinguir, en las mañanas y en las tardes, el azul del mar con el del cielo, a pesar de que ambos sean tan inmensos y parezcan dos enamorados que se funden y vuelven uno, ante la vista fija en el horizonte, con sus tonos amarillos, dorados, naranjas, rojizos y morados de las tardes, o sus oscuridades nocturnas, con el objetivo de no confundir mi ruta y mi encomienda.

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Nuestros detalles

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una sonrisa que se regala un día nebuloso y frío, al amanecer, es un pedazo que uno deja de sí a otro ser humano. Las manos que dan a quienes más lo necesitan, reparten trozos de uno. Las palabras que una tarde desolada o una noche de tempestad son pronunciadas con amor, sinceridad y atención, acompañadas de consejos o de los sigilos, al escuchar, representan ecos que uno, a su paso, entrega a los que sufren, a aquellos que necesitan un consuelo, a quienes les urgen consejos que los animen e impulsen a reencontrarse consigo, a atreverse a vivir. El trabajo productivo, en cualquiera de sus renglones, conserva el palpitar que uno impregna durante una hora y otra. Dar es la palabra mágica, es la llave que abre las puertas del alma y del infinito. Uno, al dar lo mejor de sí a los demás, se pule y va dispersando pedazos de sí, un día y muchos más, aquí y allá, con el prodigio asombroso de que nunca queda vacío; al contrario, la entrega auténtica y desinteresada, crea espacios que se llenan con una mirada de agradecimiento, una sonrisa devuelta, una bendición callada, una vida que se rescata de la mediocridad, la perdición, la enfermedad, el duelo o la muerte. En esa medida, uno se vuelve más hombre y mujer, menos reflector que se enciende artificialmente y se apaga y funde alguna vez. Dar de sí a otros es, parece, emular a Dios en su taller, a la naturaleza incesante, a la vida y a sus estaciones.

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Llegó noviembre y octubre se marchó

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con perfume y cutis de hojarasca, octubre esperó sentado en la banca del jardín, hasta que, somnoliento, escuchó pasos a cierta hora de la madrugada. Noviembre llegó con su equipaje, con sus alegrías y tristezas, con su carga de trotamundos y sus 30 días completos. Igual que las flores marchitas que caen sobre las hojas yertas y el viento dispersa lejos, sin la esperanza ni la posibilidad de recuperarlas, los días de octubre se desvanecieron, como aconteció con los del invierno, la primavera y el verano, en el transcurso del año. Llegó noviembre otoñal, invicto, con la atención para sí, dueño de sus minutos, días y semanas. Se le esperó desde el balcón, la sala, el comedor y el jardín, al lado de la chimenea, en alguna poltrona, en una silla o en el lecho, con la esperanza de recibir algo nuevo y alentador; pero su visita es temporal y se comporta indiferente, como los otros meses que se hospedan silenciosos y se marcharon sin una despedida. Es preámbulo de nieve y frío. Anuncia la cercanía de diciembre, el último furgón del año, con sus nostalgias y esperanzas, con su vida y su muerte. Noviembre es un hoy que abandona ayeres y espera la consumación de mañanas, hasta que sucumbe o escapa. Desmaquilla y aumenta edades. No trae nada mágico ni sublime, parece, ni tampoco regala caras risueñas, porque es idéntico al aire de su tiempo, que todo se lleva, acaso con el mensaje de que cada ser humano debe construir su biografía, protagonizar su historia, sin esperar la visita de un día y otro que, a cierta hora, pueda traer regalos y sorpresas. Sabe que lo grandioso debe venir de cada hombre y mujer y no de las estaciones. El aliento y el lenguaje del otoño son aire que sopla y arranca flores, hojas y ramas. Se lleva los años, la belleza y la vida. Es la presencia pasajera entre la lluvia y la nieve. Tiene murmullos y sigilos, claroscuros, poemas y música. Es otoñal. Pinta rostros de melancolía en aquellos que no actúan ni planean rutas bien definidas hacia sus destinos. Otro día, a determinada hora, permanecerá sentado, al lado de la fuente, en el jardín o en el parque, en espera de diciembre y su invierno, con la carga de un año más y la conexión a uno nuevo, con sus esperanzas e ilusiones. No es el viejo con bastón y prótesis que llega de improviso, toca a la puerta y se hospeda malhumorado; es el personaje del otoño, el mes del viento, la fugacidad del tiempo y la vida. Se le descubre en casa, en todos los rumbos, corredores y pasillos. Le corresponde acompañarnos, a los de la hora presente, a los que aún permanecemos en el mundo, quizá cual enseñanza de que la vida se compone de etapas, ciclos, estaciones pasajeras, y que cada día es un paseo, una oportunidad irrepetible de vida y evolución. Pronto se irá noviembre, igual que como llegó, para no volver más en su versión 2020. Es preciso, en consecuencia, seguir la caminata y aprender el significado del paisaje alfombrado de hojas amarillas, doradas, naranjas y rojizas que el viento dispersa cuando las voces y las pausas de noviembre se sienten tan próximas.

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Con las hojas del otoño

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Para los que en otoño se quedan sin un amor

Con las hojas del otoño, el amor partió y abandonó, en la estación, los pedazos de una historia. Con el viento que sopla y recuerda los ciclos de la vida, el amor sintió desfallecer, cayó al suelo y se disolvió. Con los rumores del aire, solo quedaron hojas secas y quebradizas, dispersas en las calles, en los parques y en los sitios donde jugábamos al amor y a la vida. Cubren hasta las antiguas vías del ferrocarril que reposan sobre durmientes de madera carcomida, en el olvido, como lo que es tan viejo y duerme ya en espera del minuto postrero. Con las hojas del otoño, descubro una alfombra amarilla, dorada, naranja y rojiza; pero no encuentro el color de tu mirada ni el perfil de tu rostro. Camino desolado, triste, reflexivo, con un canasto pletórico de recuerdos que escapan mientras ando sobre las hojas que crujen al sentir dolor a mi paso, igual que yo lo experimento ante el tránsito de los minutos y las horas sin un tú y un yo que creí indisoluble. Hay ausencias que duelen, lastiman, hieren. Y tú, al marcharte, te llevas algo de mí, sí, mi vida, mis sueños, mi alegría, mis ilusiones. Sin darte cuenta, en tu equipaje van pedazos míos, fragmentos que necesito rescatar y unir para no sentirme incompleto y evitar mi terrible agonía. De toda aquella primavera y del verano que le siguió, el otoño arrugado apareció entre nubes plomadas de las lluvias agonizantes y otras rasgadas por su aliento, sin nada más que ofrecer que un espectáculo de tardes solitarias y cubiertas de matices que acentúan mi soledad. Con las hojas de otoño que antes eran nuestro poema y con las que jugábamos al desplomarse la mañana, empiezo a conocer y probar el sabor de la muerte. Los recuerdos sirven, a veces, para recrear otros rostros y días consumidos y dispersos en el ayer, con lo que fuimos, y, en ocasiones, al contrario, provocan cicatrices que no cierran. Busco tu rostro entre los pasajeros y no te encuentro. Todos son hojas, flores y plantas que abordan los furgones a destinos inciertos, lejos del otoño, temerosos de arrugarse y envejecer. Me faltan tus ocurrencias, tus alegrías y tus tristezas, y hasta tus enojos. Un día cualquiera, la gente despierta, regresa de sus sueños, y se dispone a continuar su historia existencial, quizá sin sospechar que a cierta hora sufrirá la ausencia de un amor. Una noche lejana de mi vida, miré entre la multitud a una niña con cara de ángel y ojos y pestañas de muñeca, y una voz interna me ordenó que la buscara y le hablara porque juntos tejeríamos una vida, una historia, una eternidad; y otro día la vi partir a rutas que ignoro. Desprovisto de mí, cargado de recuerdos y con faltantes en mi cuenta, en lo que soy, en lo que me he forjado, espero el siguiente tren en la vieja estación, desolada y fría, con la idea de buscarla aquí y allá, en este tiempo y en otras horas, tal vez ambos en otra versión y con la extraña e inexplicable sensación de que ya antes habríamos protagonizado una historia, capítulos épicos que quedaron incompletos, como yo, al descubrirme tan solo. Pienso que siempre, con cada amanecer, en cualquier plano, hay una oportunidad para abrir la ventana. El amor, como las hojas doradas y secas, murió en el otoño, con un tú y un yo extintos, en espera, probablemente, de llegar a otra estación y mirar nuevamente las tonalidades de las flores y percibir sus fragancias de mágico encanto.

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