Nuestros detalles

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una sonrisa que se regala un día nebuloso y frío, al amanecer, es un pedazo que uno deja de sí a otro ser humano. Las manos que dan a quienes más lo necesitan, reparten trozos de uno. Las palabras que una tarde desolada o una noche de tempestad son pronunciadas con amor, sinceridad y atención, acompañadas de consejos o de los sigilos, al escuchar, representan ecos que uno, a su paso, entrega a los que sufren, a aquellos que necesitan un consuelo, a quienes les urgen consejos que los animen e impulsen a reencontrarse consigo, a atreverse a vivir. El trabajo productivo, en cualquiera de sus renglones, conserva el palpitar que uno impregna durante una hora y otra. Dar es la palabra mágica, es la llave que abre las puertas del alma y del infinito. Uno, al dar lo mejor de sí a los demás, se pule y va dispersando pedazos de sí, un día y muchos más, aquí y allá, con el prodigio asombroso de que nunca queda vacío; al contrario, la entrega auténtica y desinteresada, crea espacios que se llenan con una mirada de agradecimiento, una sonrisa devuelta, una bendición callada, una vida que se rescata de la mediocridad, la perdición, la enfermedad, el duelo o la muerte. En esa medida, uno se vuelve más hombre y mujer, menos reflector que se enciende artificialmente y se apaga y funde alguna vez. Dar de sí a otros es, parece, emular a Dios en su taller, a la naturaleza incesante, a la vida y a sus estaciones.

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Llegó noviembre y octubre se marchó

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con perfume y cutis de hojarasca, octubre esperó sentado en la banca del jardín, hasta que, somnoliento, escuchó pasos a cierta hora de la madrugada. Noviembre llegó con su equipaje, con sus alegrías y tristezas, con su carga de trotamundos y sus 30 días completos. Igual que las flores marchitas que caen sobre las hojas yertas y el viento dispersa lejos, sin la esperanza ni la posibilidad de recuperarlas, los días de octubre se desvanecieron, como aconteció con los del invierno, la primavera y el verano, en el transcurso del año. Llegó noviembre otoñal, invicto, con la atención para sí, dueño de sus minutos, días y semanas. Se le esperó desde el balcón, la sala, el comedor y el jardín, al lado de la chimenea, en alguna poltrona, en una silla o en el lecho, con la esperanza de recibir algo nuevo y alentador; pero su visita es temporal y se comporta indiferente, como los otros meses que se hospedan silenciosos y se marcharon sin una despedida. Es preámbulo de nieve y frío. Anuncia la cercanía de diciembre, el último furgón del año, con sus nostalgias y esperanzas, con su vida y su muerte. Noviembre es un hoy que abandona ayeres y espera la consumación de mañanas, hasta que sucumbe o escapa. Desmaquilla y aumenta edades. No trae nada mágico ni sublime, parece, ni tampoco regala caras risueñas, porque es idéntico al aire de su tiempo, que todo se lleva, acaso con el mensaje de que cada ser humano debe construir su biografía, protagonizar su historia, sin esperar la visita de un día y otro que, a cierta hora, pueda traer regalos y sorpresas. Sabe que lo grandioso debe venir de cada hombre y mujer y no de las estaciones. El aliento y el lenguaje del otoño son aire que sopla y arranca flores, hojas y ramas. Se lleva los años, la belleza y la vida. Es la presencia pasajera entre la lluvia y la nieve. Tiene murmullos y sigilos, claroscuros, poemas y música. Es otoñal. Pinta rostros de melancolía en aquellos que no actúan ni planean rutas bien definidas hacia sus destinos. Otro día, a determinada hora, permanecerá sentado, al lado de la fuente, en el jardín o en el parque, en espera de diciembre y su invierno, con la carga de un año más y la conexión a uno nuevo, con sus esperanzas e ilusiones. No es el viejo con bastón y prótesis que llega de improviso, toca a la puerta y se hospeda malhumorado; es el personaje del otoño, el mes del viento, la fugacidad del tiempo y la vida. Se le descubre en casa, en todos los rumbos, corredores y pasillos. Le corresponde acompañarnos, a los de la hora presente, a los que aún permanecemos en el mundo, quizá cual enseñanza de que la vida se compone de etapas, ciclos, estaciones pasajeras, y que cada día es un paseo, una oportunidad irrepetible de vida y evolución. Pronto se irá noviembre, igual que como llegó, para no volver más en su versión 2020. Es preciso, en consecuencia, seguir la caminata y aprender el significado del paisaje alfombrado de hojas amarillas, doradas, naranjas y rojizas que el viento dispersa cuando las voces y las pausas de noviembre se sienten tan próximas.

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Con las hojas del otoño

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Para los que en otoño se quedan sin un amor

Con las hojas del otoño, el amor partió y abandonó, en la estación, los pedazos de una historia. Con el viento que sopla y recuerda los ciclos de la vida, el amor sintió desfallecer, cayó al suelo y se disolvió. Con los rumores del aire, solo quedaron hojas secas y quebradizas, dispersas en las calles, en los parques y en los sitios donde jugábamos al amor y a la vida. Cubren hasta las antiguas vías del ferrocarril que reposan sobre durmientes de madera carcomida, en el olvido, como lo que es tan viejo y duerme ya en espera del minuto postrero. Con las hojas del otoño, descubro una alfombra amarilla, dorada, naranja y rojiza; pero no encuentro el color de tu mirada ni el perfil de tu rostro. Camino desolado, triste, reflexivo, con un canasto pletórico de recuerdos que escapan mientras ando sobre las hojas que crujen al sentir dolor a mi paso, igual que yo lo experimento ante el tránsito de los minutos y las horas sin un tú y un yo que creí indisoluble. Hay ausencias que duelen, lastiman, hieren. Y tú, al marcharte, te llevas algo de mí, sí, mi vida, mis sueños, mi alegría, mis ilusiones. Sin darte cuenta, en tu equipaje van pedazos míos, fragmentos que necesito rescatar y unir para no sentirme incompleto y evitar mi terrible agonía. De toda aquella primavera y del verano que le siguió, el otoño arrugado apareció entre nubes plomadas de las lluvias agonizantes y otras rasgadas por su aliento, sin nada más que ofrecer que un espectáculo de tardes solitarias y cubiertas de matices que acentúan mi soledad. Con las hojas de otoño que antes eran nuestro poema y con las que jugábamos al desplomarse la mañana, empiezo a conocer y probar el sabor de la muerte. Los recuerdos sirven, a veces, para recrear otros rostros y días consumidos y dispersos en el ayer, con lo que fuimos, y, en ocasiones, al contrario, provocan cicatrices que no cierran. Busco tu rostro entre los pasajeros y no te encuentro. Todos son hojas, flores y plantas que abordan los furgones a destinos inciertos, lejos del otoño, temerosos de arrugarse y envejecer. Me faltan tus ocurrencias, tus alegrías y tus tristezas, y hasta tus enojos. Un día cualquiera, la gente despierta, regresa de sus sueños, y se dispone a continuar su historia existencial, quizá sin sospechar que a cierta hora sufrirá la ausencia de un amor. Una noche lejana de mi vida, miré entre la multitud a una niña con cara de ángel y ojos y pestañas de muñeca, y una voz interna me ordenó que la buscara y le hablara porque juntos tejeríamos una vida, una historia, una eternidad; y otro día la vi partir a rutas que ignoro. Desprovisto de mí, cargado de recuerdos y con faltantes en mi cuenta, en lo que soy, en lo que me he forjado, espero el siguiente tren en la vieja estación, desolada y fría, con la idea de buscarla aquí y allá, en este tiempo y en otras horas, tal vez ambos en otra versión y con la extraña e inexplicable sensación de que ya antes habríamos protagonizado una historia, capítulos épicos que quedaron incompletos, como yo, al descubrirme tan solo. Pienso que siempre, con cada amanecer, en cualquier plano, hay una oportunidad para abrir la ventana. El amor, como las hojas doradas y secas, murió en el otoño, con un tú y un yo extintos, en espera, probablemente, de llegar a otra estación y mirar nuevamente las tonalidades de las flores y percibir sus fragancias de mágico encanto.

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