Donald Trump y la desmemoria de los pueblos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Lo que menos necesita la humanidad es un monstruo que ensombrezca su presente y futuro. Ya hay exceso de dolor, hambre y miseria en el mundo como para obsequiarle un demonio que agreda con sus fauces a quienes más sufren. No, los seres humanos no requieren una bestia que extienda sus tentáculos para destruir y causar dolor y luto.

Xenófobo enloquecido, machista, lujurioso, desleal, mentiroso, fraudulento, engreído, traidor, majadero, violento y con pretensiones que conducirían a su nación y al mundo a la destrucción, Donald Trump pertenece al linaje de seres humanos despreciables y monstruosos, como Adolfo Hitler, con capacidad de convencer a las multitudes con sus discursos engañosos e incendiarios para conducirlas, finalmente, al matadero.

Ofensivo con mujeres, inmigrantes, latinoamericanos, musulmanes y veteranos de guerra, entre otros grupos, Trump, el empresario mañoso que ha jugado perversamente desde sus negocios de bienes raíces con supuestos quebrantos y que ha hecho creer que es billonario, no es otra cosa más que la escoria de un mundo embrutecido por la ambición desmedida y la pérdida de valores.

Si dueño del micrófono y del escenario público es capaz de desafiar a sus adversarios, a quienes desde su lastimosa posición de ídolo dorado considera inferiores, ¿hasta dónde llegaría en caso de convertirse en presidente de Estados Unidos de Norteamérica, en la deidad que aspira ser? Claro, aplastaría a la humanidad para colocarse en su cetro de policía del mundo.

Independientemente de la raza a la que pertenezcan, las ciudadanas estadounidenses probarán sus niveles de dignidad al rechazar, a través del voto, a quien considera al sexo femenino inferior y como objeto de placer, o favorecer con el sufragio a un verraco que vino al mundo a dejar escoria.

Lamentablemente, los pueblos suelen padecer amnesia. La desmemoria colectiva, junto con su estupidez, provoca que las lecciones históricas no se asimilen, ni recuerden e interpreten, de manera que los pueblos caen y repiten sus errores.

En las páginas amarillentas y quebradizas de la historia, uno encuentra lecciones repetidas en las que solamente cambian los rostros, las identidades y los escenarios; pero los errores son los mismos, como si la ausencia de memoria e inteligencia tomaran de la mano al padrastro que las mancilló.

Si uno revisa la historia de Estados Unidos de Norteamérica, nación odiada en muchas regiones del mundo, comprobará sus políticas expansionistas, intimidatorias y hostiles, con la diferencia de que la humanidad de la hora contemporánea también es endurecida, ambiciosa y proclive a responder con agresividad, lo que da idea del escenario internacional en caso de que Donald Trump ocupara la presidencia.

Estados Unidos de Norteamérica necesita un líder auténtico, no un muñeco inmundo que le contagie sus infecciones y lo deteriore. La humanidad no merece tener una amenaza que en cualquier momento, por enfurecimiento, soberbia e intereses, la moleste con sus insultos y agresiones.

Las elecciones presidenciales de los estadounidenses se celebrarán el 8 de noviembre del presente año, fecha en que los ciudadanos de esa nación votarán a favor de Hillary Clinton o de Donald Trump. Evidentemente, se trata de un asunto interno de Estados Unidos de Norteamérica; sin embargo, la falta de respeto, las amenazas y la intromisión de Donald Trump, el “güerejo” caricaturesco, a otras naciones, como México, obligan y estimulan a contener sus ataques.

Innegablemente, el pueblo estadounidense se probará a sí mismo al demostrar si tiene o no conciencia sobre el riesgo que enfrentará en caso de que resulte electo Donald Trump, quien sólo espera acariciar el poder para colocarse el antifaz de segador. Si tal fuera el caso, seguramente las páginas de la historia que hoy permanecen en blanco por no llegar aún a su cita con el destino y el tiempo, se cubrirán de miseria, destrucción, aniquilamiento y luto.

Este asunto no solamente corresponde reflexionarlo a mexicanos y latinoamericanos; incumbe también a los ciudadanos de todos los orígenes. Donald Trump es una bacteria que cavará agujeros y túneles para dañar a Estados Unidos de Norteamérica y a la humanidad.

Un hombre degenerado, intolerante, loco, extremista, agresivo, irrespetuoso, soberbio, racista, lujurioso y cínico no es digno de ostentar la presidencia de Estados Unidos de Norteamérica, no, al menos que la ciudadanía haya perdido el sentido común y crea las mentiras de un farsante que colocará a la humanidad en las casillas del tablero para jugar una partida peligrosa.

Encuentro Peña Nieto-Trump, ofensa para México

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Todavía no superaba la crítica de académicos e intelectuales, e incluso de la comunidad internacional, por el plagio, en el 29 por ciento de su tesis profesional, de al menos 10 obras de diferentes autores, acto irresponsablemente justificado por la Universidad Panamericana, cuando el enardecimiento surgió en las redes sociales y en diferentes ámbitos sociales, hasta condenarlo y exhibirlo por su falta de respeto y sensibilidad hacia los mexicanos.

Si se hubiera tratado de un accionista de Coca Cola, Mc Donalds o Walmart, la visita del antipático y deleznable candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos de Norteamérica, quizá sólo habría generado sospechas y rumores sobre los proyectos expansionistas de los gringos; pero fue él, Enrique Peña Nieto, el presidente de más de 120 millones de mexicanos, quien lo invitó a la residencia oficial de Los Pinos, en la Ciudad de México.

¿Acaso el otrora Enrique Peña Nieto que tanto cautivó a millones de mexicanas, paga cantidades escandalosas de los impuestos de la gente que verdaderamente produce, a sus pésimos asesores, o actúa por cuenta propia con todo el poder que le otorgó la sociedad a través de la investidura presidencial?

En primer término, más allá de las torpezas cometidas durante los primeros cuatro años de su gestión, muchas muy graves y criticables, Enrique Peña Nieto debe respetar a los mexicanos y su representación ante los mismos, ya que resulta ilógico e inadmisible que lejos de invitar a un mandatario, a un jefe de Estado, haya abierto las puertas de Los Pinos a un candidato en declive que solamente lo utilizó para demostrar su poderío e influencia, debilitar la figura presidencial de quien erróneamente lo recibió, enardecer a la comunidad mexicana y fortalecer su odio y racismo.

El abominable y mal intencionado Donald Trump, enemigo número uno de México, como negociante que es, supo canalizar para su provecho la invitación que erróneamente le extendió Enrique Peña Nieto, para robustecer su candidatura y aumentar el odio contra los mexicanos, precisamente en Arizona, donde el racismo está muy acentuado y habló acerca de su política migratoria.

Sólo hay que analizar las posturas de Trump frente a Peña Nieto para comprender el desprecio que siente por el mandatario y, en consecuencia, por el pueblo mexicano. Proyectó lo que hará con México en caso de conseguir su objetivo de conquistar el voto y ganar las elecciones presidenciales. ¿Cómo es posible que un mandatario nacional se rebaje y coloque al nivel de un patán -entiéndase Donald Trump- que hasta ese momento era un candidato en decadencia? ¿Tanta necesidad había de llamarlo, humillarse ante él y permitirle que manejara la agenda a su antojo?

Desde hace más de un año, Donald Trump se ha dedicado a agredir y ofender a los mexicanos, llamándoles desde delincuentes hasta portadores de enfermedades contagiosas, independientemente de amenazar constantemente, como un padrastro despiadado o un policía asesino, la cancelación del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica y construir una barda fronteriza de la que aseguró México pagará el 100 de la obra, entre otras estupideces que ya anticipan un escenario desolador y peligroso si los políticos y habitantes de este país continúan solapando abusos de una nación con una sociedad decadente y enferma -por fortuna, no todos-, que en el siglo XIX robó más de la mitad del territorio mexicano.

Las reuniones privadas, “a puerta cerrada”, son como los antifaces y las máscaras, guardan misterios y con frecuencia terror en el sentido de que uno desconoce lo que hay detrás, y en este caso, el del encuentro Peña Nieto-Trump, lo que en realidad hablaron, trataron y acordaron es desconocido. Esto significa que si Enrique Peña Nieto aseguró, tal vez como las promesas de que su administración ya no aplicaría más “gasolinazos”, que México no pagará la construcción de la barda fronteriza con Estados Unidos de Norteamérica, y el otro, el enloquecido y feroz Donald Trump, afirmó que el costo total de la obra lo cubrirán los mexicanos, ¿a cuál de los dos hay que creer o cómo se deben interpretar sus declaraciones?

Donald Trump debió disculparse con los mexicanos por el agravio tan grande que ha cometido. ¿Ese hombre que contrariamente a los mexicanos asesinos y contagiosos que llama él, y es capaz de cometer atrocidades, se atrevería a insultar de la misma manera a los chinos, norcoreanos y europeos con el mismo tono e intensidad? ¿Imagina el lector las consecuencias mundiales que representarían sus sandeces?

Es innegable que los mexicanos y los migrantes se sienten irritados con el presidente Enrique Peña Nieto, ánimo al que seguramente se suma el de los demócratas que fueron testigos de la oxigenación que se le dio al monstruoso Donald Trump en México.

Obviamente, en una sociedad corrompida y deshumanizada, a los hombres del poder, a los de las “oportunidades” históricas, no les interesa que la figura presidencial, y por lo tanto todos los mexicanos, haya sido denigrada por un degenerado estúpido y mesiánico, con intereses fascistas y mezquinos, quien de resultar electo presidente de los estadounidenses, sin duda construirá su muro absurdo, mientras en México se le abrirán las puertas de la casa para que los gringos exploten la riqueza petrolera, precisamente ahora que el país tiene una reforma energética que “beneficiará” a millones de familias y a las empresas que generan empleo.

Si el mandatario nacional o sus asesores y colaboradores no tienen visión para prever lo que sucederá con México en caso de que Donald Trump ocupe la presidencia de Estados Unidos de Norteamérica, la sociedad mexicana debe reaccionar para que su líder no asuma el síndrome de Moctezuma o las porquerías de Antonio de Santa Anna, por mencionar dos personajes y omitir nombres más cercanos de personajes que son paladines de la clase política mexicana.

El tema no es de cafetín. México se encuentra de frente ante el desfiladero de la historia y si sus gobernantes no reaccionan y se sujetan a intereses de grupos, es momento de actuar para recobrar la dignidad perdida desde hace mucho tiempo, ¿o estarán resignados a continuar bajo el yugo de Estados Unidos de Norteamérica?