De pedazos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Estoy hecho de pedazos -fragmentos de cielo y trozos de barro, partes de aquí y porciones de allá, colores y fragancias de un lado y también de otro-, porque así, simplemente, es mi naturaleza. No tengo arraigo en el mundo porque conozco mi destino, mi ruta, mis detalles, mi encomienda; aunque reconozco que aquí poseo mis afectos y mis motivos, mis caminos y mis paseos, mis realidades y mis sueños, mi biografía presente y mis espisodios, mis apegos y mis relatos. Vivo en el destierro y extraño mi casa, mi origen, mi hogar, como añoro, igual, mi tierra nativa. Soy un fotastero en este plano, con fracciones de un sitio, otro y muchos más, como el reloj que exhibe en su rostro gajos de tiempo, minutos y horas disímiles, matutinas, vespertinas y nocturnas, diluidas no sé donde, o similar al navegante que trae consigo tantos mares y puertos. Con la memoria de incontables comarcas y rincones, en el mundo, ¿acaso pertenezco a un pueblo, a una ciudad, a una nación? Me es imposible negar la historia acumulada en mi memoria, en mi sangre, en el linaje que cada uno conservamos. Es imposible traicionar lo que forma parte de uno. Traigo segmentos de paraísos y de arcilla, de corriente etérea y de riachuelos, y aunque me cautiven las formas y me enamore de las cosas, sé que todo, aquí, es temporal, y que si quiero conquistar el infinito, la fuente de donde vengo, debo hacerlo, antes, conmigo. El sendero de regreso a la morada sin final, se encuentra en mí, comienza en mi alma, y se extiende al infinito, y mucho se relaciona con el bien y la verdad; pero el camino de la envoltura que traigo, con nombre y apellidos, es un viaje temporal, con sus alegrías y sus tristezas, su risa y su llanto, sus luces y sus sombras, y he de aprender, por lo mismo, a conciliar todos mis fragmentos para ser uno y llegar completo, real, auténtico, y así resplandecer al lado de quienes tanto amo. Estoy hecho de pedazos, de arcilla y de luz, de tierra y de cielo. He tenido que desmantelarme, una y otra vez, en diferentes ciclos, con la idea de volver a armar las piezas, unir las partes, y saberme completo.

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El matorral y la lluvia

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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-¿Por qué insistes en formar charcos y represas? -preguntó el matorral a la lluvia.

La lluvia, sonriente, contestó:

– Contribuyo a mantener los ciclos y el ritmo de la vida. Es mi encomienda.

El matorral, cubierto de polvo, sostenido por tallos insensibles y ásperos, abundantes en espinas con veneno, tenía la costumbre de agredir, desafiar, mofarse y discutir. Criticó a la lluvia, quien explicó:

-Mira y disfruta el esplendor de la vida a tu alrededor. Los árboles, las plantas y las flores coexisten en remansos apacibles, desde los que regalan sus colores, sus fragancias, sus sabores y sus formas. Beben el agua con sus nutrientes y conviven en armonía y en equilibrio. Son plenos. Unas especies obsequian la delicia de los sabores del paraíso, mientras otras, en tanto, decoran el paisaje con sus matices y sus perfumes. Todas las criaturas dan lo mejor de sí y contribuyen a la evolución de la naturaleza y la vida, igual que la corriente diáfana del río que serpentea la comarca y las abejas, los pájaros y las mariposas que revolotean despreocupados y ufanos.

El matorral sonrió burlón, con interés de molestar e interrumpir a la lluvia que dedicaba minutos y horas en formar sus motivos, sus detalles, sus encantos. Le molestaba tanta minuciosidad.

-Pierdes tiempo en formar charcos y represas. ¿Por qué dedicar tanto esfuerzo si, finalmente, se evaporarán, las otras criaturas la beberán y se esfumará?

-No soy presuntuosa porque la sencillez me hace auténtica, libre, rica y feliz, matorral. Podría asegurar que me extrañarás durante las estaciones de mi ausencia y que, seguramente, en ciertos momentos, padecerás sed y experimentarás la sensación de la muerte; sin embargo, mi misión es contribuir a dar vida, no a maldecir. Si requiero demasiado tiempo en construir represas naturales y charcos, es porque lo extraordionario y grandioso está compuesto de detalles pequeños. Nunca lo olvides, amigo mío: la acumulación de veneno, intoxica y mata; el conjunto de obras buenas, eniquece y da vida. Todo se construye a través de la aportación paciente de detalles pequeños.

Los árboles, las plantas y las flores, agradecidos con la lluvia, permanecían callados, atentos a sus enseñanzas. Sabían que el matorral, de infausto aspecto, destilaba odio y veneno. Sus espinas rasgaban y sus hojas envenenaban.

Tras una mañana de trabajo, la lluvia, finalmente, concluyó su tarea y se retiró a otras comarcas, no sin antes hablar con el matorral que la acosaba y espiaba:

-Matorral, he terminado mi labor. Me retiraré, pero te aconsejo, amigo mío, que asomes al charco que formé junto a ti, no solo para que te nutras, sino con el objetivo de que te descubras de frente, definas tus rasgos y tu semblante, sustituyas tus gestos amargos por una apariencia feliz, dadivosa y amable de todo ser que proviene de la esencia y de la fuente infinita.

-¡No lo creo! -replicó el matorral.

-Al descubrir tu imagen, notarás en el reflejo que a tu alrededor hay otras criaturas -árboles, plantas, flores- que coexisten libres y plenas, agradecidas y justas, dispuestas a dar lo mejor de sí y a decorar el paisaje con los colores, las formas, los sabores y las fragancias del paraíso.

Irascible, el matorral contestó:

-¿He de ocuparme en dar de mí, en desprenderme de lo que soy y tengo? No, lluvia. Mi odio me impide compartir. Solamente conozco el mal y soy capaz de espinar, herir y envenenar. Alejáte de mí.

Ya convertida en llovizna fugaz, la visitante agregó:

-Y cuando te descubras dichoso en el reflejo del charco, con la decisión de eliminar tu maldad, quizá te darás cuenta de que a tu alrededor coexisten seres maravillosos y que arriba se extiende un cielo inagotable, bello y cautivante, que de día te regalará la luz, las tonalidades de la vida, mientras en la noche, en cambio, te obsequiará las estrellas como faroles y la oscuridad para que tengas oportunidad de descansar e internarte en ti, en tu ser, hasta que percibas el palpitar de la creación, te encuentres y tu esencia recuerde que el bien atrae la inmortalidad.

Y la lluvia, envuelta en su ambiente prodigioso, marchó a otras rutas.

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Mi padre, mi madre… mi madre, mi padre

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALONGA

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Y una madrugada, en otra fecha, tu alma partió de este mundo, padre mío, con el hueco que dejan las ausencias de quienes uno ama tanto, quizá para emular tus principios y tu ejemplo, probablemente con el objetivo de hilvanar capítulos bellos e inolvidables en tu memoria, o sin duda porque así es la trama de la vida y fue parte de nuestro proceso evolutivo y de la historia inolvidable, bella, mágica e irrepetible que compartimos.

Otra mañana, a cierta hora, tú, mi inolvidable madre, te marchaste de este plano y aquí quedamos, tus hijos, tus descendientes, enmedio del mundo, con la desolación que seguramente también experimentaron tus flores y tus plantas, en el jardín que cultivabas mientras suspirabas y morías en silencio, como una reina que ha superado todas las pruebas y espera, finalmente, la más grandiosa de las coronaciones.

A una hora y a otra, entre la maquinaria y los engranajes del tiempo, al lado de estaciones que se van y no vuelven, ustedes, papi y mami -como siempre les llamé cariñosamente-, pasaron por la transición, rompieron las cadenas temporales y partieron, libres y plenos, a otras rutas, a la fuente infinita, a la luz inagotable, desde la que permanecen conectados a nuestras almas, a nosotros, sus sucesores.

Miro atrás, a los otros días, a los años que se consumieron. Descubro las huellas de ambos con sus biografías, con sus capítulos, con sus historias, y con nosotros -su familia-, agradecido profundamente y con el deleite de la bendición y la fortuna de tantas cosas -tangibles e intangibles- que nos unen y nos hacen entes ricos e inseparables.

Y un día, sin darnos cuenta, llegó la hora postrera-si acaso existe el tiempo en otros planos y en la fuente universal- y la caducidad de la existencia terrena y material tocó a la puerta de cada uno. Ustedes ya lo sabían. Les fue anunciado. Abandonaron sus respectivos cuerpos, como quien renuncia a sus sandalias para continuar la caminata descalzo y libre por sendas prodigiosas y sublimes.

Hay ausencias que duelen tanto y que, por lo mismo, parecen insuperables; sin embargo, nosotros, sus descendientes, somos afortunados porque, si ustedes fueron ángeles durante su estancia en el plano que habitamos temporalmente, ahora son corriente etérea y luz, gotas de cristal y esencia.

Me sumerjo en mis silencios, en mis rumores, en mis profundidades, hasta que llego a mi ser, a mi alma, donde los encuentro, grandiosos y eternos, como han sido siempre, inmersos en el amor, en la justicia, en el bien, en la verdad. Qué dicha tan grande ser su descendiente. Cuán maravilloso saberlos infinitos, etéreos, luminosos; aunque a veces, dede el lado humano, duela tanto su ausencia en el mundo.

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Al elegir el camino, se definen el rumbo y el destino

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Cuando se apaga una vida, en el mundo, se agrega de nuevo un alma y se enciende una luz en el infinito. Lloramos, con frecuncia, por la ausencia de las presencias físicas, por la gente que de pronto se retiró del sendero, sin recordar, acaso, que solo se trataba de una caminata y de un ensayo, de una prueba dentro de la finutud, una excursión terrena muy breve y temporal. Nos acostumbramos tanto a los encantos de la vida humana, que olvidamos la otra parte de nosotros, la que se encuentra en nuestro interior y tiene, por lo mismo, conexión con paraísos mágicos, con planos inmortales, con la Fuente Infinita. Es maravilloso experimentar los instantes, las horas y los años de la existencia en el mundo, dentro de una textura de arcilla que iremediablemente envejece y se transforma al pasar por una transición, prrincipalmente cuando la vida se experimenta en armonía, con equilibrio y plenamente, rumbo a la evolución; no obstante, es tan temido el final terreno, la llamada muerte, que, consciente o involuntariamente, desde los primeros minutos de la infancia, colocamos diques y capas de tierra a los recintos del alma para no encontrarnos con nosotros, con lo grandiosos que somos, y seguimos, entonces, cual náufragos en el destierro, una y otra vez, en ciclos que parecen interminables. Somos tan anbiciosos, egoístas e ignorantes, que hasta el concepto y la imagen de Dios es procesada y asimilada por nosotros de acuerdo con nuestros intereses, cuando se trata de algo superior que, incluso, es posible experimentar. La invitación toca a la puerta de cada ser y asoma a sus ventanas con insistencia. Nadie está peleado con las cosas materiales. Es legítimo, por ejemplo, aspirar a verdaderos niveles de bienestar y disfrutar al máximo lo que la vida ofrece en la Tierra. Al elegir el camino, cada hombre y mujer define su rumbo y su destino. Una vida que se experimenta en el mundo y, por añadidura, se dedica al bien, la verdad, la justicia, la dignidad humana, el respeto, la libertad y los valores, innegablemente trascenderá y, al apagarse en el mundo, será luz.

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Desde mi buhardilla y mi destierro voluntario

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Desde mi silencio interior y mi destierro voluntario, aquí, en mi buhardilla de artista, entre papeles y retratos, asomo a mi alma, veo mi mirada, volteo a los otros días, siempre con la nostalgia de los rostros, los nombres y los apellidos que tanto he amado. ¿Dónde están quienes eran adultos durante mi infancia y mi pubertad doradas, en mi juventud azul, en mi días y en mis años alegres y tristes? ¿En qué ruta se perdieron esas caras con identidad, señales e historia? ¿En qué lugar quedaron sus biografías? ¿Por qué las sillas están marcadas con ausencias? La lista de faltantes es extensa. Camino nostálgico, mientras el viento sopla y balancea las frondas de los árboles y toca las plantas y las flores, entre gotas de cristal que las nubes plomadas arrancan del cielo como un regalo que Dios envía para reír y no llorar tanto. Busco aquí y allá, horado en un sitio y en otro, acaso en busca de la gente de otras épocas, probablemente con la idea de abrazar a las generaciones que se marcharon, quizá con la intención de detener las manecillas del reloj y de alguna manera regresar el tiempo que se fugó, tal vez por las ausencias que duelen y pesan tanto y por las presencias que se van sumando y uno ya no reconoce. “Sal a vivir” -grita la creación-, “aunque la otra gente ya no esté contigo. Experimenta los momentos antes de que se conviertan en pasado, en ayer, en historia, en imágenes difusas e irrecuperables. Quienes tanto te abrazaron y amaste, se encuentran en ti, en tu alma, adentro y afuera, en la corriente etérea que pulsa en todo, en planos superiores. Su esencia no morirá, ni tampoco la tuya; no obstante, asómate a la vida, al mundo, para que lo adornes y lo pintes con tu estilo. No permitas que alguien o algo más le den un sentido que no deseas. Sal a vivir”.

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¿Eres el poema que escribo?

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Si eres el poema que te escribo, ¿qué son tus ojos?, ¿qué tu rostro?, ¿qué tus manos? ¿Acaso letras y acentos?, ¿quizá palabras, signos y puntuación?, ¿tal vez polvo de estrellas e inspiración? Si eres las flores que te regalo, ¿qué es tu textura?, ¿qué tu rubor?, ¿qué tus suspiros? ¿Se trata de pétalos cautivantes que presumen los matices de los jardines del paraíso?, ¿perfumes del cielo? Si eres los sentimientos de mis textos, ¿qué significado tienen en las páginas donde los escribo? ¿Es delirio de un amor sin final?, ¿alegría y locura?, ¿realidades y sueños? Si eres lo que siento y lo que pienso, lo que vivo y lo que sueño, ¿de qué materiales estás hecha? ¿Eres arcilla y cristal?, ¿piel y esencia?, ¿temporalidad e infinito? ¿Quien eres? ¿Mi poema?, ¿mi musa?, ¿tu yo y mi tú?, ¿mirada de ángel y de mujer?, ¿pedazo de tierra y eco y fragmento de cielo?, ¿tu rostro y el mío?, ¿tu nombre y el de ambos?, ¿tú, conmigo?, ¿yo, contigo? ¿Nosotros, en la banca del jardín terreno y en el columpio del infinito?

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A veces, cuando me siento tan ausente y roto…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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A veces, cuando me siento tan ausente y roto, cautivo tras los barrotes de las remembranzas, en estos atardeceres lluviosos y melancólicos, me refugio en las profundidades de mi ser, me encuentro conmigo en mi interior -en algún remanso de mi alma-, hasta que me restauro por completo y retorno con nuevas fórmulas existenciales, con las ocurrencias que me ayudan a vivir y con lo que están mío. A veces, cuando me descubro tan solo, en medio del mundo y de la vida, noto que todo ha cambiado y que en mis listas existen muchos faltantes, rostros y nombres que ya no están, voces y risas que no se escuchan desde hace días o meses, proyectos e ilusiones que quedaron abandonados e inconclusos al lado del camino, perfumes que apagaron sus encantos. A veces, cuando despierto en la noche y me siento tan solo, experimento el dolor de los hombres y las mujeres que se retiraron de la senda y, por lo mismo, dejaron la memoria de sus historias. A veces, cuando siento que me deshilvano irremediablemente, evoco mis otros días, los del ayer; los repaso y sonrío al pensar que, al menos, se justifica mi existencia, acaso por las huellas que he dejado -nunca son suficientes-, probablemente por los abrazos y el bien que compartí -aún necesito dar lo mejor de mí-, quizá porque todos somos compañeros de viaje y llegaremos al mismo destino, tal vez por tantas causas que aún no entiendo. A veces, cuando me sé atrapado en mis propias murallas y escucho la tempestad nocturna, duermo con la certeza de que habrá otros amaneceres y, en cada uno, por cierto, un detalle, un motivo, un deleite, un encanto, un despertar. A veces, al no reconocerme en las imágenes del espejo, hago un recuento de mi historia y recolecto los vestigios de mi existencia para así sentirme y, paralelamente, saberme yo. A veces, al dormir entre mis murmullos e inquietudes y mis pausas y silencios, en la soledad, en mi propio destierro voluntario, me tranquilizo al entender que algún día, a cierta hora, despertaré en la alborada de la inmortalidad, al lado de ellos, de ustedes, de los que fueron, de los que son y de los que serán, en una magistral y prodigiosa unidad.

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Soy uno

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Soy uno, pero me sé, en el mundo, hecho de pedazos, ecos y fragmentos de aquí y de allá, luces y oscuridades, rumores y silencios. Soy yo, el de entonces, el de siempre, con rostro de tierras distantes y cercanas, con memoria de ayer y de hoy, con episodios protagonizados tantas veces y momentos futuros aún inexplorados y, a la vez, presentdos. Emulo, al crear, al escribir, a la flor, al tulipán, a la orquídea, a la rosa, que reproducen los matices y los perfumes del cielo, las formas de un paraíso que se siente en uno y, no obstante, se extienden en su tierra nativa. Estoy compuesto de partes, luz y arcilla, esencia y barro, éter y textura, infinito y hora. Soy de esos linajes con historia, que navegan en mares impetuosos, entre olas y tempestades, y hasta en corrientes benévolas, con sabor a aventuras y a sueños. Me siento con piel y sangre de distintos mapas, acaso con la certeza de saberme de tantas partes, quizá con el pulso de innumerables terruños, tal vez con motivos, detalles y sentidos de mi naturalelza; sin embargo, me reconozco, iguamente, al percibir mi ser, la esencia que habla y calla dede mi interior. Estoy confeccionado de alegrías y tristezas, realidades y sueños, triunfos y fracasos. Fui hilvanado con lingotes de Dios y recortes de tierra. Soy ayer, hoy y mañana, temporalidad e infinito, resumen de unos y promesa de otros, edén y mundo. Soy, finalmente, yo, con tanto de alma y algo más de arcilla, en un ensayo para llegar al centro de la esencia. Me sé uno. Y aquí estoy, con mis enteros y mis fracciones, con la identidad que es tan mía y en la senda que he elegido.

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Un día, a cierta hora…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Una mañana incierta, de improviso, ya no calzaré mis sandalias para andar contigo, con ustedesm con ellos. Mis huellas no quedarán registradas más en caminos sucesivos, en rutas nuevas, y quedarán, empolvadas, en antiguos trayectos. Quizá al mediodía, a partir de alguna fecha desconocida, ya no beberé ni comeré a tu lado, entre ellos, frente a todos, porque andaré, sin olvidarlos, en busca de ricos manjares. Una tarde -acaso cálida, probablemente nevada, quizá de lluvia, tal vez de viento-, mi bolígrafo y mi libreta de apuntes quedarán desolados, entre los sigilos y los rumores de lo que escribí, resignados, seguramente, a permanecer sobre el escritorio, en mi taller de artista, presos en alguna caja o sin duda en la basura, en un naufragio extraño, en un delirio patético ante el naufragio, la desmemoria y la ausencia de autor y la falta de poemas. Una noche postrera de mi existencia -desconozco cuál-, finalmente callaré y no habrá letras ni palabras. Mis textos hablarán por mí a quienes deseen escucharme y recordar lo que soy, lo que fui. Una madrugada -aún no la identifico-, ya no soñaré que vivo en un mundo que fue paraíso y mi casa, al lado tuyo y de ellos, de los que más he amado. Un día, a cierta hora, sabré, finalmente, si gané o si perdí la batalla, si llegué a la cumbre o si resbalé a los desfiladeros, si alcancé la luz o si quedé en las sombras. Un día de este mundo, en la temporalidad, partiré y, al siguiente, en la inmortalidad, permaneceré en algún remanso, en un paraíso, feliz de esperarte, contento de aguardarlos, encantado del reencuentro y de la fusión. Y mientras llega la hora, el minuto que posiblemente navega en algún océano, el instante que desembarcará en un puerto, sonreiré a tu lado y al de ellos, caminaré con ustedes, descalzaré, hundiré los pies en el barro, abrazaré los árboles, sentiré el pulso de la vida y disfrutaré este regalo tan grandioso del cielo.

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¿Dónde quedamos?

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Qué fue de nuestros perfumes? ¿Qué de la sonrisa que compartimos? ¿Qué de nuestra historia y de la gente y las cosas que vimos pasar? ¿Qué de las gotas de lluvia que mojaron nuestras cabezas y sentimos deslizar en la piel? ¿Qué de los capítulos que vivimos y de nuestros sueños, esperanzas e ilusiones? ¿Dónde quedamos nosotros, los de apenas hace unos días, los de entonces, los del ayer? ¿Dónde están el deleite y el encanto de nuestros encuentros y desencuentros, de los juegos, de las palabras y los silencios, de los romances, de las compañías y las soledades? ¿Dónde quedaron las letras de los poemas y de las odiseas, los matices de los lienzos, la música de los pianos, las arpas y los violines? ¿Dónde permanecen las imágenes que reflejaron los espejos, las lagunas y los charcos? ¿Dónde las estrellas que descubrimos una noche espectacular y que otra, mágica e inolvidable, dedicamos a contabilizar luceros y a ponerles nombres? ¿Dónde está la fuente? ¿Dónde las bancas? ¿Dónde el puente? ¿Y nuestras complicidades? ¿Dónde quedamos después de vivir un rato en este mundo? ¿Acaso somos eco de antaño?, ¿probablemente, estamos rotos y permanecemos dispersos en la hojarasca y la tierra que pisamos?, ¿quizá todo resultó un sueño?, ¿tal vez no nos dimos cuenta de lo que fuimos? ¿Qué somos? ´¿Sombras dentro de la oscuridad que creamos o luz de los destellos que irradiamos? Un día, no estamos aquí y nadie imagina nuestra identidad; otra fecha desembarcamos y somos parte de una biografía, de una historia, cual espectadores o protagonistas en el muelle y tierra adentro; y más tarde, en otro tiempo, nos ausentamos. A una hora, nos sabemos arcilla, y a otra, en cambio, esencia. ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Dónde quedó el tiempo que solíamos medir y temer? ¿Dónde el infinito prometido que tantas veces intuimos y sentimos en nosotros? Me pregunto si seremos el guión o el poema que Dios escribió al principio y que nosotros, por error, rompimos. ¿Somos burbuja vana e ilusa que revienta al sentir las caricias del aire o gota que en cierto instante, en algún ciclo, brota del manantial, transita por cascadas y ríos, para retornar a la fuente de dónde provino, tras ensayar la vida y probarse? ¿Dónde quedamos tras vivir tanto o poco? ¿Seguimos vivos en la temporalidad, en la finitud, o en la eternidad, en el infinito?

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