Y ya no estaban…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Intenté felicitarlo, correr a su lado para abrazarlo; pero sus espacios, en la biblioteca, en el comedor, en la sala, en los rincones de la casa, estaban ausentes y nadie respondía al pronunciar su nombre. Lloré, entonces, entristecido, al recordar que mi padre, mi amado e inquieto padre, ya no se encontraba en el mundo, y mayor fue mi desconsuelo al saber que ella, mi madre, mi madre querida e inolvidable, tampoco estaba conmigo, al menos en la arcilla que soy ahora. Pretendí sorprenderlo esta mañana tan especial en que muchos hombres y mujeres, en minúsculas y en mayúsculas, celebran al padre tras haber festejado, semanas antes, a la madre, y si a ella no la descubrí, amable y sonriente, entre sus plantas y sus flores, en el jardín, a él tampoco lo encontré inmerso en sus lecturas, en su arte y en sus inventos, ni los miré, como antes, sentados a la mesa, en la sala, en nuestras convivencias, ni tampoco en los paseos que realizábamos, felices y agradecidos. Creí, al no encontrarlo, en esta fecha dedicada al padre, que el tiempo y la vida lo desmantelaron; pero no es así porque ni uno ni la otra, por su naturaleza, desperdician su caminata en la gente. Son indiferentes a lo que cada hombre y mujer eligen. Simplemente, mi padre cumplió su ciclo en este plano, como lo hizo mi madre tantos años después, y los siento en mí cuando recorro y exploro las rutas de mi interior, los senderos y los destinos de mi alma. Hoy, sencillamente, desperté con el anhelo y la ilusión de reunirme con mis hermanos, en complicidad y sigilo con mi madre, como lo hacíamos en la infancia, y luego en la adolescencia y en la juventud, con el objetivo de llegar hasta la habitación y abrazar y felicitar, una y otra vez, a mi padre, y expresarle el más puro amor, mi gratitud y mi admiración. Abrazaría a mi padre esta mañana, como lo hubiera hecho, semanas antes, con mi madre. Recuerdo que ellos siempre aseguraban que nosotros, sus hijos, les regalábamos tanto amor y respeto, que para ellos, simplemente, todos los días eran del padre y de la madre. Físicamente ya no están aquí, en la Tierra, pero espiritualmente, por ser esencia, percibo sus latidos y su presencia en mi interior, en mi ser, en mi alma, en las gotas de lluvia, en las caricias del viento, en los abrazos del sol, en los copos que se acumulan, en las flores sonrientes, en el pulso de la vida, en el polvo de estrellas, en el éter que fluye prodigiosamente y envuelve todo. Me fundó en la corriente etérea y los percibo conmigo, y así, emocionado, les doy un abrazo de luz con todo mi amor y mi agradecimiento, con la certeza de que el infinito es un regalo maraviloso de la creación. Hoy, definitivamente ya no fue posible sorprender a mi padre con cajas de aviones de dos alas, a escala, como los que voló en sus días juveniles, acompañados de calzado, ropa, libros y lociones, como otro día, apenas hace algunas semanas, a mi madre le hubiera obsequiado zapatos, algún vestido y hasta un suéter y perfumes; sin embargo, ahora, al escuchar las voces y los silencios de mi ser interno, descubrí la presencia de ambos, y eso me indica que Dios reserva para nosotros una existencia infinita de beatitud y paz. Después de todo, los regalos materiales, tan agradables y bonitos, quedan en envolturas, en recuerdos y en tarjetas que algunos conservan en baúles y roperos; pero la bencidión y la fortuna de un padre, una madre y una familia tan especiales y maravillosos, con una historia irrepetible, mágica e inolvidable, pertenecen al alma, no tienen precio y son para vivirlas eternamente. Agradezco a Dios tan excelso regalo. Gracias a mi padre y a mi madre por tanto.

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Enfrentan a los opuestos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Los gobernantes con tendencias absolutistas y dictatoriales, suelen recurrir a la tentación y a la práctica de debilitar, fracturar y enfrentar a la sociedad. Saben que la gente y los pueblos débiles, enfermos, ignorantes y empobrecidos, carentes de identidad y de proyecto común e integral, son proclives a la enajenación y a la manipulación, y resultan más violentos y reactivos. Con el apoyo de medios de comunicación mercenarios, tales gobernantes y políticos optan por aprovechar y explotar la carga negativa de la sociedad y aplicar, entre otras estrategias, la lucha radical, agresiva e irracional entre los opuestos, es decir, fomentan adversidades, enfrentamientos y contradicciones en hogares, escuelas, centros laborales, espacios públicos e instituciones. Convierten en enemigos a los opuestos: ancianos-jóvenes, padres-hijos, hombres-mujeres, académicos-analfabetos, patrones-trabajadores, magnates-pobres, religiosos-ateos, morenos-blancos. Una sociedad que se odia y agrede por diferencias religiosas, culturales, económicas, raciales y políticas, definitivamente está rota y, lejos de coincidir en armonía, respeto y libertad, permanecerá condenada al resentimiento, a la miseria, a la destrucción y al sometimiento. Los gobernantes y los políticos de la hora contemporánea, aquí y allá, en diversas regiones del mundo, están fomentando resquebrajamiento en las estructuras sociales, falta de credibilidad en las instituciones, vacío existencial, ausencia de valores, exceso de burocracia, entornos de desequilibrio y temor, desconfianza, superficialidad, consumismo irresponsable, temor y enajenación, condiciones propicias para desbaratar a los individuos, a las familias, a las comunidades, a los pueblos. Una vez que prevalezcan el desorden colectivo, la ilegalidad, la confusión, el antagonismo acrecentado, los propios gobernantes justificarán la intervención de la fuerza pública con la intención de apoderarse de las garantías, los derechos y las libertades, y así ejercer el control absoluto, el dominio de los rebaños humanos que hoy se creen dueños de oportunidades históricas y no se percatan de la etapa próxima del nuevo oscurantismo. La fórmula más eficaz para evitar el desastre social que hoy presenciamos, es por medio de los valores y la educación en las familias, en las instituciones educativas y en los espacios donde todavía coexisten hombres y mujeres interesados en el bien, en la verdad y en rescatar la esencia humana. Se trata de sectores que estorban a los poderosos, a quienes ambicionan el control absoluto de las sociedades. La disyuntiva es permanecer indiferentes y pasivos a las pretensiones de aquellos que ostentan el poder, hasta resbalar y quedar atrapados en sus trampas despiadadas e infaustas, o reaccionar oportunamente, recuperar la dignidad y los valores perdidos, exigir respeto y legalidad, sumar y multiplicar en vez de restar y dividir.

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Nací en marzo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estoy feliz. Me siento intensamente bendecido y dichoso. Nací en marzo, cuando las abejas, las libélulas y las mariposas posan sobre las flores que brotan de la tierra con la fórmula de sus colores y sus perfumes mágicos, cautivantes a los sentidos y tan parecidos al encanto del vergel. Mi cuna data de marzo de cierta fecha -¿importan el día, el año, la edad?-, en algún minuto y una hora que el tiempo raptó al sentirse dueño de las manecillas del reloj, mientras el sol y la lluvia de primavera, en el hemisferio norte, fabricaban arcoíris para provocar alegría y sonrisas. Desembarqué en marzo, procedente de algún paraíso etéreo, con la idea de reencontrarme, abrazar a los otros -oh, mi grandioso tesoro-, protagonizar una historia, fundir la esencia en la arcilla y probarnos en un paseo terreno, en una jornada mundana, hasta descubrir la ruta y preparar el regreso a casa. Nací en marzo, cuando en el hemisferio sur las hojas otoñales eran mecidas por el viento al soplar inagotable y melancólico. Llegué al puerto de la existencia, en marzo -en marzo de cierto año-, donde ya me esperaban mis padres, amorosos y nobles, contentos ante el prodigio de la vida, y, lo mejor de todo, agradecidos con Dios por la oportunidad del reencuentro. Nací en marzo, alguno de esos días que posee el mes -el tercero del año-, en un tiempo, con una familia y en un sitio que no cambiaría. Vengo de un marzo distante y cercano, espectacular y normal, con los besos de primavera y los abrazos de otoño al coincidir, en algún punto de encuentro, los hemisferios norte y sur, enamorados al obsequiarse, mutuamente, las tonalidades de las flores y los matices de las hojas, el calor y el viento, los perfumes de uno y otro. Nací en marzo, en marzo de cualquier año -el día 30, si hay que ser exactos-; sin embargo, estoy agradecido con Dios por cada instante que vivo, por la oportunidad de ser yo y el privilegio de formar parte de una historia con las almas que tanto amo. Sé que nací en marzo y tengo la fortuna de desconocer la fecha de mi partida, quizá porque es maravilloso y preferible despertar, cada mañana, o dormir, en la noche, con el milagro de la vida, y agradecer, siempre, por un instante más y la oportunidad de amar, reír, abrazar, compartir, aprender, dar de sí, caminar y hacer el bien. Nací en marzo, pero en realidad me renuevo cada momento con mi agradecimiento a la fuente infinita que me ha dado tanta dicha, a pesar de sus claroscuros.

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Tal vez…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En los desayunos familiares, mi padre solía expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”, Mis hermanos y yo, en minúsculas, envueltos en capas infantiles, escuchábamos los argumentos, las explicaciones y los conceptos paternos. Años más tarde, mi madre recordaba aquellas palabras: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Ambos tenían razón. Como bien entenderá quien interprete el significado del mensaje, había una enseñanza, una invitación a buscar la felicidad y el sentido real y pleno de nuestras existencias. Éramos más ricos de lo que imaginábamos porque los integrantes de aquella familia, estábamos vivos, teníamos salud, compartíamos un ambiente de amor y valores, disfrutábamos cada momento, aprendíamos y coexistíamos en un medio digno, libre y respetuoso. Aquel encanto, en nuestras vidas, era un acontecer cotidiano y natural al que estábamos acostumbrados y considerábamos una bendición. Ahora, muchos años después, analizo los escenarios local, regional, nacional y mundial, amenazados por contaminación, hambre, coronavirus, guerras, odio, violencia, escasez de agua, deshumanización, crecimiento de la miseria versus la concentración de la riqueza y el poder en un grupo reducido que dicta políticas y estrategias perversas, entre otros elementos, y llego a la conclusión de que mi padre y mi madre, cada uno en su momento, tenían razón al expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Lo fuimos. Era una exhortación al amor, al bien, a los valores, a la realización, a la felicidad. Hoy, entre pedazos de humanidad y trozos de mundo, aún somos ricos porque seguimos con vida y tenemos oportunidad, cada instante, de rescatarnos, comenzar de nuevo y ser extraordinarios como seres humanos. Quizá hemos perdido las cosas materiales, pero aquí estamos, en medio del destino y de la vida, dispuestos a construir biografías auténticas, libres, dignas, dedicadas al bien, dispuestos a hacer de nuestra estancia en el mundo un paseo maravilloso e inolvidable.

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Espectadores en serie

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ahora somos espectadores -atemorizados, débiles, enajenados, manipulados, presos y vacíos- que permanecemos distraídos con las estupideces y superficialidades que los dueños del poder económico, militar y político, en el mundo, utilizan en las carpas sociales como dádiva y trampa que enloquece, mientras desatan los nudos de la vida para sepultar los sentimientos, la libertad, los ideales, la justicia, los pensamientos, las ilusiones, los sueños y los valores. Somos testigos del desmantelamiento de la vida. Están robando lo mejor de los seres humanos. Lo están haciendo gradualmente, con justificaciones, mentiras y distracciones, para apoderarse de la humanidad y del mundo. Parece que las mayorías no lo notan. Están vaciando nuestro interior. Casi hacen de cada ser humano un número en serie, un artefacto carente de sentimientos, unificado, sin familias ni ideas, callados, obedientes, sumisos, estúpidos. Hasta en lo que parece ajeno e insignificante, hay alguien desatando las cuerdas de la existencia. Se aproxima una era oscura en el planeta, y no por asteroides, agujeros negros y otras cosas, sino por la ambición desmedida y la perversidad de unos y la estulticia, necedad, ignorancia y superficialidad de otros. Somos eso, espectadores en serie.

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Era necesario

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Era necesario distraer, enfrentar y dividir a las familias, hasta deshumanizarlas y enfermarlas totalmente, mutilarlas y arrancarles su esencia, con el objetivo perverso de vaciar a la sociedad, transformarla en cáscara y en basura, y así, masificada, uniforme, distraída, indiferente, superficial y enajenada, corromperla, etiquetarla en producción en serie y someterla a los apetitos, caprichos e intereses abyectos de quienes, dueños de las fortunas y del poder, pretenden apropiarse de las voluntades humanas y de las riquezas del planeta. Ya idiotizaron a millones de personas que hasta se creen responsables de la contaminación en los mares, cuando la mayoría de la gente habita otras regiones y son ellos, una élite poderosa, los depredadores de esteros y zonas naturales. La gente está distraída en sus aparatos móviles, en las estupideces cotidianas que intercambian y que son tan ajenas a la realidad, al consumo de mercancía y servicios superfluos, a temas grotescos de televisión. Ahora resulta más sencillo alterar la genética y fabricar hombres y mujeres estúpidos, inmorales y sumisos, ausentes de sentimientos e ideas. Han convertido a las sociedades en mastiques que, apelmazados y silenciosos, únicamente servirán para sostener los cristales más elegantes. Casi ninguna institución es confiable. Todos los sectores, a nivel local y global -gobiernos, iglesias, bancos, academia, científicos, artistas, intelectuales, incontables médicos, redes sociales y medios masivos de comunicación, entre otros- parecen cómplices, temerosos o amenazados mortalmente. Nadie se opone ni se atreve a contradecir a la élite poderosa. La mayoría ha callado y obedece y sigue recomendaciones, incluso, de los nuevos mesías que si predicen los acontecimientos y dan recomendaciones, es porque conocen lo que existe detrás del teatro internacional. Son dueños de la mesa de juego, del tablero, de las fichas y de los dados. Una de las mejores fórmulas para enfrentar y eliminar al grupúsculo que se está apoderando del mundo, es actuar de inmediato en la reconstrucción y el fortalecimiento de las familias, integrarlas y retornar a los valores genuinos; sin embargo, se trata de una labor titánica que requiere compromiso, responsabilidad y participación de millones de hombres y mujeres en todo el planeta. ¿Lo lograremos?

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Ingenuidad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cansados de sí mismos, entre barrotes que los separan de su interior, muchos hombres y mujeres, en el planeta, anhelan y pretenden salir a las calles no con el propósito de sonreír a otros seres humanos, y menos con la idea de vivir plenamente, sino con el objetivo de consumir y que la gente que conocen -familiares, amigos, vecinos, compañeros- los miren en las tiendas de lujo, en los restaurantes, en los gimnasios, tras gruesos cristales que ahora exhiben a las personas igual que muñecos de aparador, porque lamentablemente aprendieron a ser maniquíes de temporada, con bromas, sentimientos, conversaciones, ideas y acciones desechables, ligeras y de moda, dictados por los dueños del poder a través de la televisión, las redes sociales y otros medios. Incapaces de convivir en familia -esquema ya roto, adulterado y pisoteado-, no pocos seres humanos -en femenino y en masculino-suspiran, en el encierro, por las reuniones en bares y cantinas, en posadas de unas horas, en tertulias interminables y sin sentido, similares a los colores amontonados y a las notas musicales discordantes acaso porque las minúsculas, sus hijos, les cansan, los fastidian, y les parece, en consecuencia, más grato disfrutar la compañía de otras personas que convivir y participar con quienes llevan su sangre. Tan distraídos están, que ni siquiera notan que el mundo, en diversas regiones, avanza hacia el odio racial, el totalitarismo y la violencia, con algunos personajes que se sienten elegidos -los nuevos mesías de la hora contemporánea- y pronostican calamidades globales, informan y prometen soluciones, con el control absoluto de las situaciones, como acontece ahora, tras la puerta y las ventanas, en época del coronavirus creado y dispersado perversamente con cierta intencionalidad. Previo a este mal que la élite poderosa intenta convertir en pandemia con el objetivo de justificar y llevar a cabo sus planes, se les hizo sentir a millones de personas, a nivel internacional, que son basura, escoria de la creación, y así se les ha enseñado a sentir, pensar y actuar. En un lapso breve, les presentaron, uno tras otro, daños ocasionados por el plástico en los océanos, erupciones volcánicas, incendios en el Amazonas y en Australia, deshielo en los polos, contaminación, proximidad de asteroides, animales en peligro de extinción, ruidos extraños en el ambiente y hasta aparición de abejas, y ahora se les domestica y se les prepara para un nuevo orden mundial. Ingenuamente, creí que tras la primera etapa de aislamiento, muchos aprovecharíamos la oportunidad para reencontrarnos con nosotros y nuestras familias, valorar lo que somos y tenemos, diferenciar los sentimientos, los ideales y los pensamientos de las apariencias y las superficialidades y decidir, finalmente, una vida auténtica, libre y plena. Tristemente, al andar por las calles, en los espacios públicos, en los jardines colectivos, en las plazas, descubro que, efectivamente, algunas personas tomaron la decisión de crecer y trascender; pero la mayoría continúa obstinada en sus asuntos baladíes, sus apetitos, su estulticia, su ambición desmedida, su egoísmo, su superficialidad, su ignorancia y su agresividad. Y no se trata de cambiar a la humanidad de acuerdo con las convicciones que uno tiene, sino de despertar, sentir y reaccionar, con transformaciones reales y sustanciales que generen armonía, respeto, tolerancia, libertad, paz, bien, justicia y dignidad. Creí, torpemente, que seríamos hermanos o, al menos, amigables y buenos; pero miro a una colectividad ansiosa de lucirse, consumir y dedicar los días de sus existencias a esas cosas insignificantes, superficiales e intrascendentes que, acumuladas, arrebatan la vida y la opción de ser felices y plenos.

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Las despedidas no se anuncian…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las despedidas no se anuncian cuando uno, encantado con las auroras y los ocasos de la vida, abre las ventanas y contempla, asombrado, las fragancias y los colores del paraíso dispersos en las flores, en las cortezas musgosas, en la tierra mojada por la llovizna y en el ambiente nebuloso y frío o soleado y maquillado prodigiosamente con los matices del arcoíris. Las ausencias no se planean al ser uno tan dichoso y hacer de los minutos de la vida instantes bellos e inolvidables, momentos sublimes y mágicos consigo, en la soledad, entre los rumores y silencios del interior, o acompañado de quienes son tan amados y ya se encuentran, por lo mismo, inscritos en el alma, en otros sueños y aventuras infinitos, en una historia magistral e interminable. De naturaleza inquieta y quizá hasta rebelde, pero envuelto por la esencia del amor, uno no se marcha de improviso ni es pasajero de estaciones y furgones desolados y tristes. Uno, al vivir y morir todos los días, ha hecho pactos de unión infinita con quienes tanto ama y al llevarlos en la esencia, en el interior, en el alma, siempre permanecerán en una hermandad inquebrantable. Sucede que de pronto, entre las meditaciones del aislamiento, las observaciones y los análisis del paisaje humano y las reflexiones sobre la realidad de la hora contemporánea, uno mira aquí y allá, a una hora y a otra, los asientos y los espacios que apenas ayer -oh, cuán rápido se convierte el hoy en antaño- estaban ocupados por minúsculas y mayúsculas, con nombres y apellidos, e inesperadamente han quedado ausentes, vacíos, como la silla de madera que un día infausto, en cierto minuto, el artista abandonó en el jardín cubierto de maleza. Ya la lista está incompleta. Muchos rostros no volverán a presentarse más ante nuestras miradas ni escucharemos sus voces, como antes, porque de improviso partieron a otras rutas. Ni siquiera tuvieron oportunidad de despedirse. Hace algunas semanas vivían y soñaban, reían y lloraban, resbalaban y se incorporaban, y estaban en medio de la trama de la vida, acaso sin sospechar que pronto, ante una realidad tan compleja e injusta, se convertirían en pasajeros de un tren desolador y triste. Su historia fue interrumpida. Soy caminante y aquí me encuentro, en medio de mi historia, entre páginas escritas y hojas vacías que anhelan y esperan otros capítulos, y no pienso retirarme porque me parece que aún quedan muchos días para iluminarlos con los matices del amor, la alegría, los sentimientos nobles, el bien y la verdad; sin embargo, también pienso que ante las trampas mortales que han colocado quienes pretenden adueñarse del planeta y de las voluntades humanas, es conveniente luchar e impedir mayores daños y crueldades, y, a la vez, entrar en comunión consigo, con la esencia, con la vida. A quienes amo tanto, deseo expresarles mi agradecimiento y mis sentimientos puros, y más porque son mi tesoro, mi motivo, mi otra parte, mi bendición. Estoy en paz conmigo, con la humanidad, con la vida, con la creación. Me he preparado, estos días, para ser más auténtico, libre y pleno, y darles a todos lo mejor de mí. Y no es una despedida. El adiós no se anuncia cuando uno ama tanto y es tan dichoso. Todos los días abriré las ventanas de mi alma, de mis sentidos, de mi vida, de mi casa, con la idea de recibir las caricias del sol y el saludo de las estrellas, los perfumes de las flores silvestres, los susurros del viento, las risas de los niños y los relatos de los ancianos, el lenguaje de la humanidad y de los seres que viven. Cuando uno ama tanto a la gente que forma parte de su alma y su historia, a su familia -oh, mi bendición y mi tesoro-, a la otra parte de sí -un tú y un yo inseparables-, a sus amigos, definitivamente no aparece en los planes la separación anticipada. Simplemente, lo que hago es ponerme en armonía y en paz conmigo, con la gente, con la vida, con la esperanza e idea de seguir, como hasta hoy, con mi caminata por las páginas de la historia que protagonizo con ustedes, contigo, con ellos, con todos, y la sensación de que siempre me acompaña un aliento etéreo tan parecido al perfume de Dios. La vida es, sencillamente, hermosa, y no es mi intención partir inesperadamente. Hay mucho que aportar a mi historia, la mejor novela, por cierto, que he escrito. Y aquí estoy, como siempre, con la puerta y los ventanales abiertos, preparado para recibirlos sonriente y con el amor que me inspiran.

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Los poemas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los poemas, al escribirlos el artista, se transforman en palabras y sentimientos que deslizan suavemente, en rumores y silencios que provocan un deleite, en susurros que escapan y cautivan por su encanto. Los poemas se vuelven oleaje interminable que va y viene, hasta dejar su aliento y sus huellas en los riscos, en la arena, en el horizonte al fundirse el océano con el cielo y regalar colores mágicos y sensaciones insospechadas. Los poemas son hermandad de letras, convivencia de acentos y signos, encuentro de significados que alegran o entristecen, emocionan y arrullan. Envuelven a hombres y mujeres en burbujas de sueños e ilusiones. Los acarician dulcemente. Los poemas son la nieve que cubre el paisaje de la existencia, la lava que se vuelve piedra de formas caprichosas, el burbujeo inagotable de los manantiales, la flor que exhala fragancias bellas y gratas. Los poemas se escriben una mañana soleada, una tarde de lluvia, una noche estrellada o una madrugada sigilosa, y son para ti, para mí, para él, para ella, para nosotros, para ustedes, para todos o para nadie.. Son las letras que escapan del abecedario y a cierta hora acuden a su cita, puntuales y a hurtadillas, para abrazarse contentas, atraerse e inesperadamente enamorarse entre sí, hasta contraer matrimonio y formar palabras, palabras suaves y fuertes, palabras alegres y tristes, palabras, al fin, que traducen sentimientos e ideas y dan sentido a la vida, al mundo, a las cosas, a la gente, a las rutas. Los poemas son, sospecho, trozos del lenguaje de Dios, pedazos de susurros de mar y viento, vestigios de paraísos inimaginables, ecos del mundo. Son, parece, notas musicales que acuerdan tener correspondencia con el infinito, con la creación, con la naturaleza, con la vida, para que el hombre y la mujer se conviertan en luz y en arcilla, en cielo y en tierra, en aurora y en ocaso, en ángeles y en seres humanos. Los poemas acarician. Estoy convencido de que se trata, en el fondo, de las caricias de Dios, de un padre y una madre, de un hijo y un hermano, de un abuelo y un nieto, de alguien muy amado, de un amigo, de un amor inquebrantable. Sí. Acarician y dicen, en silencio, que uno, en verdad, no está solo.

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Columpios vacíos y pantallas repletas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas mañanas de lluvia, envueltas en neblina, suelen abrir las páginas de mi historia y mostrarme mi infancia azul y dorada, cuando era tan feliz al lado de mi padre, mi madre y mis hermanos. Insisten estos minutos veraniegos en horadar mi biografía, cavar túneles a otras épocas, descubrir y explorar capítulos que a veces parecen recluidos en la desmemoria, o sueltos en el naufragio, y aparecen, en consecuencia, aquellos parques infantiles a los que íbamos con tanta emoción, alegría e ilusión. Hoy, asomo por el ventanal cubierto de gotas que deslizan suavemente, una y otra vez, incansables como la lluvia, y descubro enfrente, en el parque, los columpios ausentes de niños, las “resbaladillas”, los “volantines” y los “sube y baja” desolados, con el eco de otros días, horas que apenas ayer eran presente y se maquillaban de felicidad con la presencia y diversión de los pequeños, miniaturas de hombres y mujeres que jugaban a la infancia y ensayaban la comedia humana, al lado de sus padres que los cuidaban y se interesaban más en su educación y felicidad que en maquillarse de apariencias. Miro, también, garabatos y palabras obscenas en la barda, en el suelo y en las gradas del parque, y con tristeza me pregunto, entonces, dónde quedó la inocencia. ¿En qué momento, sin darnos cuenta, perdimos el encanto de la vida, la dulzura de una sonrisa, la inocencia e ingenuidad de la niñez? Todo estaba preparado y casi nadie lo notó. Fue un proceso de gradualidad, aplicado desde hace varias décadas, con cierta intencionalidad, y ahora topamos con generaciones frías e indiferentes, cada vez más distantes de los sueños, las fantasías, los juegos, las ilusiones y la alegría de vivir. Estos días tan inciertos, se siente que definitivamente sobran los espacios, como en el caso de los columpios, ante la falta de quienes pintaban de colores y sabores el ambiente. En un hogar y en otro, en cada familia, entró la televisión sin anunciarse a la puerta, y se apoderó de todos, hasta intoxicarlos, suplantar a los padres y a las madres, a los abuelos, a los profesores, a los consejeros, y transformarse en la madrastra perversa que enseñó los colmillos al normalizar el mal y mofarse del bien, y lo mismo desde películas, disfrazadas para niños, que transmiten mensajes ocultos, hasta anuncios comerciales, telenovelas, noticieros y series. Rompió la comunicación e hizo ajenos, indiferentes y opuestos a los integrantes de las familias, hasta que consiguió dividirlos y enfrentarlos. Y luego, el padrastro despiadado se presentó disfrazado de maravilla científica y tecnológica, y envolvió a todos, menores y adultos, hombres y mujeres, hasta envenenar sus sentimientos e ideas, y así, un medio ambivalente -positivo y negativo- se convirtió en una amenaza. De esta manera, observamos gente de toda clase -pobres y acaudalados, sin estudios y académicos, empleados y empresarios, ciudadanos y políticos-, reclusos de las redes sociales que en algún instante de sus existencias embargaron sus sentimientos, ataron sus pensamientos y modificaron su lenguaje y sus conductas. ¿Y los niños? Ellos se llevan la peor parte al volverse, con adolescentes y jóvenes, en la generación perdida. Miramos a incontables niños inmersos en las redes sociales, en destinos cibernéticos que ni sus padres se interesan en conocer porque también están entretenidos en el espectáculo cibernético que reciben, y todos cambian el perfume de las flores y de la tierra mojada, la sensación de disfrutar las gotas de lluvia deslizar sobre uno, la experiencia de abrazar un árbol y sentir el palpitar de la creación, el placer de ayudar a los más débiles y el encanto de una palabra amable y una sonrisa linda, por superficialidades, basura y estupideces. Los niños, sin notarlo, quedan desprotegidos y expuestos a gente perversa, y son víctimas de golpes, maltratos, obscenidades, secuestros y violaciones. ¿A qué hora, la humanidad permitió que derrumbaran los muros que protegían a sus familias y, principalmente, a los niños? ¿Qué estábamos haciendo? ¿Estábamos distraídos en el espectáculo futbolero, en la locura de las telenovelas y los bufones de la televisión, en las mentiras de tantos noticieros mercenarios, en el box, en los baros, en las posadas de unas horas, en los abusos de poder y en la corrupción que la misma sociedad ha tolerado a sus gobernantes y políticos? ¿Dónde estábamos? A quienes pretenden adueñarse del mundo y de las voluntades humanas, les está resultando favorable su juego perverso, y ahora, la gente, atemorizada por un virus deformado en varios laboratorios por científicos mercenarios y cultivados estratégicamente a nivel mundial para su propagación inmediata, desde luego con la complicidad de gobiernos serviles y medios de comunicación totalmente vendidos, y así provocar miedo, recluir a millones de personas y acostumbradas a los grilletes, a la pasividad, a lo que se ordene por bien de la colectividad, está condenada a mantenerse pasiva y en espera de una vacuna que forzosamente la élite pretende justificar, paralelamente a la aplicación de medidas indignas, totalitarias e injustas. Contemplo los columpios ausentes de niños, silenciosos, desolados, ya sin vendedores de globos, helados, juguetes y golosinas, condenados a desaparecer o a convertirse en piezas de museo, en evocaciones, en trozos de una sociedad rota. Se acabó la inocencia. Se extrañan las risas infantiles que un día serán, si no actuamos de inmediato, ecos, pedazos, ayer roto, recuerdo y olvido. Veo con preocupación y tristeza los columpios abandonados, sinónimo de una infancia perdida. Volteen a su alrededor. Observen a sus hijos, a los vecinos, a otros niños, muchos de ellos rebeldes, aburridos e insensibles, como ausentes de sí, frente a los televisores, las pantallas de las computadoras y los equipos móviles. ¿Qué miran durante horas? ¿Con quiénes entablan comunicación? ¿Qué aprenden? Los columpios, los juegos infantiles, las canchas deportivas y los espacios públicos están vacíos, ausentes de pequeños; las pantallas de computadoras y equipos móviles, en cambio, se encuentran saturadas, con exceso de público infantil y adulto. Junto con alguien muy poderoso, la gente está arrebatando vida, alegría, juegos y oportunidades de realización a los niños. Los días de la existencia apenas alcanzan para dejar huellas y ser felices o pasar entre sombras y dolor porque el aliento escapa entre un suspiro y otro. ¿Deseamos columpios o monitores repletos de niños?

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