Los días que se fueron

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los días que se fueron son, quizá, las flores minúsculas que no miramos en el jardín y se marchitaron, a pesar de sus fragancias, policromía y textura, al mediodía o al atardecer de nuestras existencias, o tal vez el riachuelo cristalino que pasó ante nosotros, cuando éramos tan felices sin saberlo, y no probamos la delicia de su agua cristalina por creer que no padeceríamos sed durante la jornada y que el manantial no se secaría. Los días que se fueron, ya no volverán a nosotros, porque no existen, son intangibles, y acaso se diluyeron, igual que los abrazos y las caricias del sol que no se disfrutaron, y seguramente sus fragmentos naufragan en la memoria como últimos sobrevivientes de un barco que se hundió. Los días que se fueron, dejaron marcas indelebles, heridas, señales de sus pisadas, en nuestros rostros y manos, probablemente con la idea de patentarnos antes de la llegada de la muerte con su lista de inventario en una mano y su bolígrafo negro en la otra. Los días que se fueron, cuando éramos tan felices sin sospecharlo, son ayer irrepetible, y quedaron, en consecuencia, en una estación distante, con otros nombres y rostros, entre ráfagas de viento y sombras de la noche. Los días que se fueron, anticipan, sigilosamente, que perderemos los actuales -dichosos o infelices-, porque todos -humanos, vegetales, animales y cuanto existe en el mundo- somos pasajeros que alguna vez -en la mañana, al atardecer, en la noche, en la madrugada- tendremos que descender en alguna estación, solos, sin acompañantes, con el equipaje de lo bueno y lo malo que hicimos. Los días que se fueron, no heredaron pinturas ni retratos porque no son emotivos y sí, en cambio, parecen indiferentes al aprovechamiento o despilfarro de sus momentos y horas. Los días que se fueron, no se repetirán porque el tiempo solo es una herramienta, un medio que lo seres humanos utilizan para calcular y registrar su estancia en el mundo y organizar sus vidas y sus tareas. Los días que se fueron motivan, a veces, a interrogar si el tiempo es real o, sencillamente, una caricatura. Los días que se fueron plantean si en verdad existe el tiempo, si es una medida humana o si nosotros, mujeres y hombres, simplemente envejecemos por procesos naturales, morimos y culpamos a la acumulación de las horas, cuando bien sabemos que la arcilla carece de porvenir. Los días que se fueron, anuncian, a través de su silencio, que no cargan responsabilidades ni culpas por el desaprovechamiento de la vida humana. Los días que se fueron, simplemente representaron trozos de vida, oportunidades de evolución y felicidad que seguramente desdeñamos al inconformarnos por no poseer ni gozar lo que aquí, en el mundo, se ha de quedar. Los días que se fueron, pregonan, calladamente, que sus compañeros, los que están por venir, podrían no tocar a las puertas de muchos y, por lo mismo, significar la caducidad. Los días que se fueron, no saludaron ni preguntaron si uno fue dichoso o infeliz. Los días que se fueron, jamás volverán a nosotros ni devolverán los pedazos que nos arrancaron, quizá sin darnos cuenta, o que, descuidados, abandonamos durante la caminata, con la amenaza del minuto presente que marchará pronto, entre un suspiro y otro, al destino de su inexistencia. Los días que se fueron, nadie los oyó cuando gritaron: “¡la vida, no el tiempo, es breve! ¡Vivan, vivan!”

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Las flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las flores son el poema que Dios matiza con los colores del paraíso, el fragmento de un jardín que se presiente inconmensurable, el eco de un ramillete de intensa policromía que alguien, al principio, regaló al mundo. En cada flor encuentro el sentido de la vida, un suspiro de la naturaleza y del universo, las formas interminables de la creación. Una flor, otra y muchas más suman y multiplican la finura del alma y la textura de la piel. Descubro, entre la delicadeza de sus pétalos, las fragancias de un cielo infinito, la alegría de un amor perdurable, la inocencia de un acto noble y de una sonrisa feliz, auténtica y plena. Mayúsculas y minúsculas, las flores me enseñan que la superficialidad, las apariencias y la vanidad, tan lejanas del bien y de la inteligencia, son barrotes que encarcelan, fantasías que estorban, carentes de porvenir, y que, por lo mismo, un día, una tarde o una noche, llegan a su final y mueren; aunque también, es cierto, algunas me dan una lección en el sentido de que antes de la grandiosidad, existen, en los caminos, abrojos que pueden desgarrar la piel y la ropa si uno no crece ni evoluciona. Las flores, agitadas por las caricias del aire, dispersan sus perfumes y obsequian su policromía durante los grandes y los pequeños acontecimientos de la humanidad, al nacer una persona, al cumplir años, al obtener algún reconocimiento, al sanar, al enamorarse, al adornar su mesa, al dar un detalle, al morir. Son indiferentes a la vida humana y lo mismo crecerían en las montañas, en los barrancos, en las laderas, a la orilla de los ríos, en las llanuras, si no existieran hombres y mujeres a su alrededor, con el regalo fugaz de sus tonalidades y aromas, pedazos, quizá, de un vergel perenne que se anhela y extraña. Quien regala una flor, da un trozo de cielo. Aquellos que ceden un espacio en sus jardines para cultivarlas, emulan el proceso de la creación y seguramente añoran paraísos que uno cree perdidos. Hay flores que resguardan, en su intimidad, la dulzura y el encanto del néctar, y existen otras que, al contemplarlas, transportan a las profundidades insondables del alma, donde los rumores y los silencios de la creación se perciben en océanos infinitos. Las flores, las flores. Quien las ha admirado y tocado, de alguna manera ya ha sentido la textura del cielo. Son el regalo de Dios, su pintura, su concierto, su poema, y si a ti, a ella, a él, a ustedes, a todos, un día, a cierta hora, entrego una flor, será porque, dentro de su simbolismo mágico, desearé transmitirles que las recolecté con amor en los jardines del paraíso.

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Esta mañana, al recolectar las flores que te regalo…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Desconozco la hora en que Dios aplicó matices y fragancias en los tulipanes, las rosas y las orquídeas que recolecto para ti esta mañana; pero creo que hace rato pasó por aquí con su morral de artista y su caballete, porque encontré uno de sus pinceles y huele a cielo, a eternidad, a paraíso. No sé si fue Dios quien dejó, junto a los rosales, entre los abetos y la fuente, una libreta con anotaciones y poemas, idénticos a los que te escribo, quizá para recordarme que es autor de las letras y la música, del amor y la dicha, de la esencia y la arcilla, y que solo hay que internarse en uno, en la ruta interior, para coincidir con sus tesoros. Ignoro a qué hora inicia el milagro de la vida -si acaso existe el tiempo-; sin embargo, empiezo a sospechar que el pintor de estrellas es el mismo que prende los faroles de la existencia y dicta a mis oídos y manos las palabras que, a una hora y otra, escribo para ti. Esta mañana, al reunir tus flores en una canasta, descubrí un listón de colores mágicos y sutiles, parecidos a los de la inmortalidad, que me enseñaron que la vida, el amor y la felicidad son una gama, una escala que hay que saber combinar para descubrir la senda a uno mismo y, en nuestro caso, hacer de ti y de mí un yo y un tú libres, plenos e inseparables. Temprano, al mirar las gotas del rocío deslizar sobre la textura de los pétalos, me pareció sentir la presencia de Dios, escuchar sus susurros, compartir sus letras, percibir tu aliento y saberte mucho de mí y yo tanto de ti, porque eso es, en el amor, el gran secreto, y hoy lo aprendí.

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Las despedidas no se anuncian…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las despedidas no se anuncian cuando uno, encantado con las auroras y los ocasos de la vida, abre las ventanas y contempla, asombrado, las fragancias y los colores del paraíso dispersos en las flores, en las cortezas musgosas, en la tierra mojada por la llovizna y en el ambiente nebuloso y frío o soleado y maquillado prodigiosamente con los matices del arcoíris. Las ausencias no se planean al ser uno tan dichoso y hacer de los minutos de la vida instantes bellos e inolvidables, momentos sublimes y mágicos consigo, en la soledad, entre los rumores y silencios del interior, o acompañado de quienes son tan amados y ya se encuentran, por lo mismo, inscritos en el alma, en otros sueños y aventuras infinitos, en una historia magistral e interminable. De naturaleza inquieta y quizá hasta rebelde, pero envuelto por la esencia del amor, uno no se marcha de improviso ni es pasajero de estaciones y furgones desolados y tristes. Uno, al vivir y morir todos los días, ha hecho pactos de unión infinita con quienes tanto ama y al llevarlos en la esencia, en el interior, en el alma, siempre permanecerán en una hermandad inquebrantable. Sucede que de pronto, entre las meditaciones del aislamiento, las observaciones y los análisis del paisaje humano y las reflexiones sobre la realidad de la hora contemporánea, uno mira aquí y allá, a una hora y a otra, los asientos y los espacios que apenas ayer -oh, cuán rápido se convierte el hoy en antaño- estaban ocupados por minúsculas y mayúsculas, con nombres y apellidos, e inesperadamente han quedado ausentes, vacíos, como la silla de madera que un día infausto, en cierto minuto, el artista abandonó en el jardín cubierto de maleza. Ya la lista está incompleta. Muchos rostros no volverán a presentarse más ante nuestras miradas ni escucharemos sus voces, como antes, porque de improviso partieron a otras rutas. Ni siquiera tuvieron oportunidad de despedirse. Hace algunas semanas vivían y soñaban, reían y lloraban, resbalaban y se incorporaban, y estaban en medio de la trama de la vida, acaso sin sospechar que pronto, ante una realidad tan compleja e injusta, se convertirían en pasajeros de un tren desolador y triste. Su historia fue interrumpida. Soy caminante y aquí me encuentro, en medio de mi historia, entre páginas escritas y hojas vacías que anhelan y esperan otros capítulos, y no pienso retirarme porque me parece que aún quedan muchos días para iluminarlos con los matices del amor, la alegría, los sentimientos nobles, el bien y la verdad; sin embargo, también pienso que ante las trampas mortales que han colocado quienes pretenden adueñarse del planeta y de las voluntades humanas, es conveniente luchar e impedir mayores daños y crueldades, y, a la vez, entrar en comunión consigo, con la esencia, con la vida. A quienes amo tanto, deseo expresarles mi agradecimiento y mis sentimientos puros, y más porque son mi tesoro, mi motivo, mi otra parte, mi bendición. Estoy en paz conmigo, con la humanidad, con la vida, con la creación. Me he preparado, estos días, para ser más auténtico, libre y pleno, y darles a todos lo mejor de mí. Y no es una despedida. El adiós no se anuncia cuando uno ama tanto y es tan dichoso. Todos los días abriré las ventanas de mi alma, de mis sentidos, de mi vida, de mi casa, con la idea de recibir las caricias del sol y el saludo de las estrellas, los perfumes de las flores silvestres, los susurros del viento, las risas de los niños y los relatos de los ancianos, el lenguaje de la humanidad y de los seres que viven. Cuando uno ama tanto a la gente que forma parte de su alma y su historia, a su familia -oh, mi bendición y mi tesoro-, a la otra parte de sí -un tú y un yo inseparables-, a sus amigos, definitivamente no aparece en los planes la separación anticipada. Simplemente, lo que hago es ponerme en armonía y en paz conmigo, con la gente, con la vida, con la esperanza e idea de seguir, como hasta hoy, con mi caminata por las páginas de la historia que protagonizo con ustedes, contigo, con ellos, con todos, y la sensación de que siempre me acompaña un aliento etéreo tan parecido al perfume de Dios. La vida es, sencillamente, hermosa, y no es mi intención partir inesperadamente. Hay mucho que aportar a mi historia, la mejor novela, por cierto, que he escrito. Y aquí estoy, como siempre, con la puerta y los ventanales abiertos, preparado para recibirlos sonriente y con el amor que me inspiran.

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Personas grandiosas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las personas grandiosas, no construyen murallas ni bloquean caminos; edifican puentes, trazan rutas y retiran abrojos y piedras del sendero. La gente encantadora, no agrede ni insulta; sonríe, da lo mejor de sí y cultiva flores en vez de cardos. Las mujeres y los hombres extraordinarios son tan admirables, que sus rasgos dibujan la sencillez que hay en lo bello y puro, y tienen capacidad de derramar bien y detalles. Los seres humanos que trascienden, saben que la vida es un río que corre infatigable y que el agua que se estanca a la orilla, se vuelve pútrida al paso de los días, y por eso no se distraen en tonterías y aprovechan cada instante de sus existencias. La gente hermosa no es la que disimula su enojo con una sonrisa mal maquillada ni con una amabilidad que no siente, y menos la que compensa su miseria espiritual con lujos y soberbia; es la que da lo mejor de sí. Las mujeres y los hombres dichosos, libres y plenos, coexisten en armonía, dignamente y con equilibrio y respeto a sí y a los demás. La gente ejemplar no prostituye el idioma ni lo utiliza para ofender y mofarse de otros; tampoco agrede ni pisotea a los más débiles.. Los seres felices, aman intensamente a sus familias, son fieles a un amor, ofrecen su amistad sincera y ayudan a quienes más sufren. Las personas irrepetibles, maravillosas e inolvidables, que trascienden por sus sentimientos, actos y pensamientos, no abren las puertas de fronteras y planos superiores con apariencias, riqueza acumulada, apetitos primarios, superficialidades y fama, y menos si tales rasgos fueron sus rostros, sus cartas de presentación y su única riqueza. La gente conecta la esencia con la arcilla, la flama con la fuente de luz, por medio de la nobleza de sus sentimientos, el destino y la intención de sus pensamientos, la bondad de sus actos y el bien de sus palabras. Las personas grandiosas son gotas de agua diáfana que se convierten en perlas de cristal que flotan en el infinito.

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Y un día…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y un día, sin darme cuenta, volví a mi infancia. Abrí la puerta de la casa solariega y entré. Reconocí mis juguetes, la ropa que usaba, las corbatas de moño que mi madre me ponía y hasta el peine que utilizaba para recorrer mi cabello castaño con limón o jitomate, los libros y la colección de timbres que solía comprar mi padre cuando me consentía; aunque también descubrí, en una habitación y en otras más, las cosas, el calzado y la ropa de mis hermanos. Caminé en total silencio, reflexivo, emocionado por la oportunidad de retornar a mi niñez azul y dorada, y triste por los rostros, las historias y los años irrepetibles que se agotaron y escaparon inesperadamente, cuando más felices parecíamos. Un día, a cierta hora, regresé a casa, al hogar, a mi familia, y sin que ellos lo notaran, miré a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y a otro niño, yo, que me sumergía en las profundidades de mi ser e imaginaba capítulos e historias. Me reuní conmigo, sí, me palpé y me vi, me acompañé, musité a mis oídos, y conviví con mi familia en completo sigilo. Nací, inesperadamente, en mi casa, con mi familia, con la gente que siempre ha permanecido vinculada a mi alma. Volví como lo hace la gota de agua que se sumerge en la tierra y brota al lado de otras en el manantial. Me observé en la mesa del comedor, quizá en el desayuno o tal vez en la comida, y presencié mis juegos y momentos de soledad. Atestigüé mi sufrimiento a la hora de ir al colegio y mi alegría al asistir con mis padres y mis hermanos al parque y a los paseos que organizábamos los fines de semana. En aquella casa amurallada y enorme de mi niñez, coincidí conmigo a una hora y a otra, e identifiqué a mi padre bondadoso e inteligente, con sus relatos inagotables y sus inventos, y a mi madre amorosa, con sus platillos, sus plantas y su amabilidad, y a mis hermanos -hombres y mujeres-, a mi lado, jugando a la vida. Escuché los rumores y silencios de aquella casona con sus jardines y rincones insospechados, o acaso los murmullos de la gente que tanto he amado, o probablemente el lenguaje del tiempo, o quizá la tempestad y el viento que balanceaban el follaje y las ramas de los árboles corpulentos, o tal vez los susurros de Dios que siempre estuvo presente. Regresé, igual que el hijo que un día se marcha con la promesa de volver, feliz y profundamente emocionado y sorprendido; pero ellos y yo no me miraron, y yo sí, y de esa manera los seguí y participé calladamente en sus reuniones familiares, en sus paseos, en sus instantes de trabajo, en sus horas de alegría y melancolía, con el sí y el no de la vida. Cada noche desperté y visité las habitaciones, la sala, el comedor, la cocina, la biblioteca y todos los espacios, e intenté dialogar con mi padre, con mi madre, con mis hermanos, conmigo, y no sentimos mi presencia intangible. Una noche, mientras cenábamos, sentí que una fuerza superior e indescriptible me jalaba hacia un remolino y la escena familiar empequeñeció inevitablemente hasta desvanecer. Comprendí que ya no pertenecía al pasado y que el ayer me identificaba infinitamente con otras almas. Caí en un estado de somnolencia. Al despertar, asomé al espejo y descubrí mi figura retratada, actual. Sonreí con la convicción de que mi familia y yo fuimos intensamente dichosos en mi época infantil y no dudé que otro día, a cierta hora, tendré oportunidad de encontrarme conmigo adolescente o joven, y con la gente que tanto he amado durante mi jornada terrena y antes porque el ser es insustancial y no conoce ropaje ni limitaciones temporales. Entendí que la vida, en este mundo, es momentánea y se fuga entre un suspiro y otro. Ahora sé que la estancia en el plano material es simplemente un paseo breve que uno disfruta plenamente o desperdicia en crueldades, mediocridad, barreras y temores. Si un día, como lo hice con mi infancia, tengo oportunidad de retornar a casa y mirarme en la etapa presente de mi existencia, deseo sonreír al saberme feliz y pleno con quienes tanto amo.

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Quien una mañana escribe “te amo”, en la arena de la playa

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

… la miré aquella vez y supe que la amaría eternamente. Cuando un susurro interno me anticipó “es ella, es ella”, comprendí que dentro de mí escuché su voz que advirtió “soy yo, soy yo”. Entendí el secreto de ser uno y otro en el amor

Quien una mañana se anticipa al oleaje y traza en la arena de la playa la expresión “te amo”, conoce los secretos del alma y ha pronunciado en silencio el código para abrir las puertas del cielo. Quien se preocupa por uno y tiene la atención de recomendar una alimentación sana, un buen abrigo en temporada de frío, un paraguas o un impermeable durante la lluvia y un sueño dulce y tranquilo, es una bendición porque hace de cada momento un detalle, un paraíso, un destello. Quien es mujer y dama, también es suspiro y ángel, poema y música, luna y estrella, y merece a su lado un hombre y caballero, un ser humano capaz de serle fiel y tratarla con enamoramiento e ilusión. Quien abraza y provoca que uno perciba su esencia y escuche el lenguaje que brota desde el silencio y la profundidad de su alma, es la mujer a quien se ama fielmente, la dama a la que se le admira y respeta, la compañera de una aventura llamada vida y de un sueño que se entrega al arrullo de la eternidad. Quien es mujer, posee el encanto de una niña; pero si por añadidura es dama, resplandece y guarda los tesoros celestes. Quien una noche se anticipa a los luceros y a la luna con sonrisa de columpio y prende velas entre los sabores de una cena, es compañera de una historia sin final, doncella de un cuento real, amor que no se olvida y que se lleva siempre por ser tan bello y sublime. Es a quien se entrega un bouquet de rosas. Quien me ama, eres tú, la dama de quien hoy hablo y a la que defino en los rumores del mar y el viento, en las notas del violín, en los minutos temporales y en los círculos de la eternidad, en los latidos de mi corazón y en un lenguaje que proviene de ti y de mí. Quien una mañana nebulosa o una noche de llovizna escribe “te amo” en la arena de la playa o en alguno de los cristales de la ventana, eres tú.

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Nocturno

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A esta hora, ¿ya dije que te amo?

Si no existieras, no habría poemas en mi cuaderno de artista ni esbozos de la dulzura de tu rostro en mis lienzos cubiertos de pintura; tampoco tendría reunidos en mi pentagrama los sonidos de la música, los rumores del silencio y el lenguaje de Dios con sus tonos de cascada, río, lluvia, viento. nevada y mar. Si no tuviera tu amor, sería tanto como mirar la noche oscura y profunda, ausente de las luces de su pinacoteca, olvidada en su oscuridad y en las enmiendas que hacen los enamorados cuando sienten embeleso al mirar las estrellas y quizá al trazar rutas insospechadas de sus idilios, mientras se abrazan. Si no compartiéramos una historia con sus luces y sombras, con la alegría e ilusión que uno experimenta al sentirse enamorado, mis facciones delatarían mi añoranza, tu inexistencia, mi desolación. Si no existieras, viviría extrañándote y te inventaría cada día. Si no conociera tu nombre ni me descubriera retratado en tu mirada de espejo, sería un viajero solitario, el pasajero de un tren que va de una estación a otra sin un sentido. Si no tuviera tu amor cuando estás cerca y lejos de mí, no existiría una historia compartida, no te llamaría color de mi vida y de mi cielo, no pronunciaría tu nombre de ángel. Existes, igual que el sueño más bello y sublime cuando uno despierta y se hace realidad. Eres yo, soy tú, somos nosotros; por eso, al inspirarme este nocturno, lo escucho una y otra vez, hasta que percibo tu voz transformada en la mía, y juntas, ya fundidas en el lenguaje universal, expresadas en el silencio de nuestras almas, en el lenguaje del cielo, en el poemario de la vida, en las notas de la inmortalidad. Tu voz, tu mirada, tu cercanía y lejanía, tu alma, tu silencio, tus detalles y ese amor tan tuyo y mío, indican que existes, que me encuentro en ti y estás en mí. Los días de ausencia, cuando por alguna causa te encuentras en otro sitio o yo ando lejos, podrían ser de total impaciencia; no obstante, me sé en ti y así vivo esas horas, contigo en mí, hasta que volvemos a mecernos en los sueños, las ilusiones y los capítulos que protagonizamos, acaso sentados en la luna con sonrisa de columpio o a la orilla de un lago rodeado de abetos, una noche estrellada, o tal vez al escapar a la playa, entre los riscos, un amanecer y otro, como dos niños alegres y traviesos, tomados de las manos, ante la inmensidad del océano y el cielo.

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Invitación de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Entre el vuelo de la gaviota, las nubes de formas caprichosas que desvanece el viento y el susurro del oleaje interminable, detecto las voces de Dios y los gritos de la vida que me invitan a experimentar mis días en armonía, con equilibrio y plenamente. Todo, en la naturaleza, tiene un lenguaje que conlleva, finalmente, a un principio y a un final, a un amanecer y a un ocaso, con la alegría y la esperanza de que la vida se renueva cada instante entre una estación y otra, como si el mensaje fuera claro y señalara que cada instante es único y hay que protagonizarlo con sencillez, nobleza y sabiduría para así  superar las pruebas, dejar huellas y trascender. Encuentro y disfruto los colores y sabores de la manzana, las uvas y los frutos que una vez fueron semilla y arrancaron de la tierra y el aire los nutrientes para expresar su naturaleza. Sirven sin esperar algo a cambio. Siento la lluvia que me empapa, hundo los pies en el barro y abrazo el tronco de un abeto hasta sentir el palpitar de la vida y más allá, allende la corteza interpretar el lenguaje de Dios que me dice que la muerte no existe porque sólo hay etapas, cambios, y que la eternidad es hermosa e inicia en el alma, en el interior, y se prolonga a planos insospechados.

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Fórmula del cielo o preludio de amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Eres yo, soy tú, somos nosotros. Es nuestra historia

Alguna vez, parece, Dios pintó tus ojos con las tonalidades de su paleta y los alumbró con la luz de tu alma, como si hubiera deseado colocar en tu semblante una marca, la señal de sus criaturas consentidas, el lenguaje de los seres elegidos. No se conformó, al crearte, con la delicadeza de tus manos y tu silueta de mujer, porque te hizo dama para dejar en cada detalle y movimiento tu huella femenina. Guardó en tu esencia, en tus sentimientos y en tu memoria la fórmula de niña y princesa, el encanto de mujer y dama, la sutileza de ángel y musa. Escogió de los rumores celestes, las notas más bellas, los susurros del silencio, la música de la creación y la vida, para convertir tu voz canora en poema, en canto, en concierto. Llamó al viento para que jugara con tu cabello de muñeca y sopló hasta que despertaste de un sueño denominado eternidad. Inscribió tu nombre en una estrella para inmortalizarlo en la pinacoteca del universo. Notó que había creado aquella mañana, en su buhardilla, un trozo de cielo, un fragmento de su alma, un pedazo de ternura. Aquella ocasión, creo, también modeló mi figura y deslizó sus pinceles sobre mí, hasta que sopló, como lo hizo contigo, y desperté, igual que tú, de ese sueño inmortal en la morada, donde ambos jugábamos y permanecíamos fundidos en un palpitar sin final. Nuestra historia ya estaba escrita; sin embargo, permitió que tú y yo, nosotros, los de siempre, enmendáramos los capítulos y añadiéramos páginas a nuestra historia, con la idea, parece, de hacerla grandiosa, sublime, inmortal e inolvidable. Emocionado, Dios me confesó al oído que tú tienes mucho de mí y yo un tanto de ti, de tal manera que somos uno y otro con diferente identidad y el mismo pulso en un alma que no morirá porque contiene un soplo de eternidad. Guardó Dios sus secretos de amor en tu alma y en la mía, con la promesa de que algún instante, en cierta estación, coincidiríamos con la idea de compartir un destino, una historia, un romance. Recibí de Dios la encomienda de amarte con el alma, fielmente, como si cada momento iniciara nuestro encuentro y me enamorara de ti a toda hora, siempre con alegría, emoción, asombro e ilusión, como lo hago desde la primera vez, cuando dije a tu oído “me cautivas. Me siento profundamente enamorado de ti. Te amo”. Es un enamoramiento que no cesa, una locura que no se apaga, una luz que no se extingue. Tú convertida en mí y yo transformado en ti. Es un amor que viene de lo alto, que proviene del interior, que nos mantiene en los parajes de la temporalidad y lleva a ambos al oleaje de la inmortalidad. Con un amor así, poseemos la llave del cielo. Hemos compartido incontables capítulos, prefacio, es verdad, de los días y la eternidad que están por venir. Amar significa fundir dos almas con tu esencia y la mía, volar juntos, navegar inseparables, ser mundo y paraíso, canto y suspiro, silencio y voz, nieve y tormenta, cascada y río. Veo mi reflejo en tu mirada cuando me encuentro a tu lado y al no estar contigo, te percibo en mí aquí allá, me siento en ti, y lo más asombroso es que somos tú y yo, con un rostro y otro más, mecidos en el arrullo de un alma, en una morada donde el amor es la luz, el destino y el principio sin final. El nuestro es un amor inextinguible porque nació en el cielo, en el alma, en ti y en mí, en la primera flor. Sólo un amor como el nuestro se vuelve inmortal y exhala los perfumes del infinito, irradia la luminosidad de los luceros y regala las caricias del viento que llega de rutas  distantes. Tú y yo, nosotros, es el secreto de un amor vuelto locura. Intenso, alegre e ilusionado, te siento en mí, en la hoja dorada que arranca el viento una tarde otoñal, en el copo de nieve que derrama el invierno una madrugada sobre los abetos, en el rocío de la mañana que a una hora primaveral desliza en los pétalos de la flor, en las gotas de lluvia que se precipitan un día de primavera, acaso porque somos eco y promesa, probablemente por ser el amor código de la alegría e inmortalidad, quizá por definir en ti algo de mí y volverme un tú que abrazo desde el silencio y la profundidad de nuestras almas, tal vez por formar parte del preludio y la fórmula del cielo.

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