Sueño de amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los sueños se cumplen. Alguien se encarga de hacerlos realidad. Uno se convierte en personaje de sus sueños, de su vida, y todo se mueve en el universo para materializarlos. Los elementos de la naturaleza se mezclan y de pronto aparecen el viento, la lluvia, la nieve, transformados en espectáculos bellos, en trozos magistrales, en lienzos cautivantes. El carbón, con el tiempo, se vuelve diamante.  Las estrellas, para lucir una noche mágica e inolvidable, esperan que transcurran, en el mundo, las horas de la mañana y la tarde. Tengo sueños y vivencias. Vivo los sueños. Sueño la vida. Quizá parezca delirio, fantasía, extravío de la razón; no obstante, mis sueños y realidades son locura de este amor. Hay quienes durante las travesías de sus existencias soñaron palacios y formaron reinados; otros, en sus anhelos, construyeron puentes de cristal con la intención de cruzar abismos y llegar hasta bosques y jardines celestes. Los seres brillan y se vuelven extraordinarios e inmortales cuando sueñan y transforman sus fantasías e ilusiones en realidad

Fue una noche de encuentro conmigo, una hora de soledad y silencio, un rato de esos en que el tiempo parece detenerse, instantes que no se olvidan por el significado de lo que uno piensa y siente, por el encanto de los sueños que envuelven la vida y alumbran los anhelos e ilusiones.

Una noche aquella, recuerdo, cubierta de prodigios, pletórica de milagros, con luces y sombras, cielos y mares, calma y tempestades, donde navegué inagotable, guiado por la brújula de mi interior, para así llegar a los confines del infinito, a la morada de mi alma y a las mansiones de Dios.

Inmerso en mí, sentí el pulso de la creación, noté tu presencia, escuché los rumores del silencio, percibí tu aliento y admiré las llanuras de la vida, los destellos de la oscuridad y las sombras de la luz.

Ya en la región donde confluyen corrientes de agua etérea, ríos ingrávidos, con nubes de colores tenues, entendí que me encontraba a un paso de la eternidad, entre lo que la gente, en el mundo, llama vida y muerte. Zona aquella donde el espacio y el tiempo pierden sentido. Percibí, por lo mismo, los susurros de la creación, los murmullos de tu voz, el lenguaje de un paraíso que se siente tan cercano y a la vez muy lejano, las voces de Dios.

Recuerdo que años antes, cuando los espejos de la casa solariega sólo conocían mis rasgos infantiles, mi perfil y silueta de niño, algunas ocasiones, nostálgico y reflexivo, preguntaba a mi madre si ya habría nacido la mujer que amaría. Esperaba su respuesta ansioso y emocionado, mientras derramábamos el agua de la regadera sobre las plantas y flores de su jardín de aromas, colores y formas, prefacio de un edén mágico.

Ella, sonriente y maternal, con la nobleza que le caracterizó siempre, solía responder que seguramente no o que quizá se encontraba en un cunero, pero que pidiera a Dios, sobre todo, coincidir con una dama, con un ser extraordinario y femenino, con una mujer a la que pudiera entregar mi más fiel y puro amor y de quien toda la vida me sintiera orgulloso por la calidad de su arcilla y la flama de su interior.

Aprovechaba la coyuntura para relatarme historias maravillosas, sustraídas de sus sentimientos e imaginación. Me inculcaba que debía ser caballero con la niña de mi alma, respetarla como ser humano, apoyarla en todo, hacerla muy feliz, entregarle detalles todos los días y amarla con tal intensidad que las compuertas del infinito se abrieran para recibirnos. Habría que entrar por la puerta principal, alegres y de frente, para merecer el recibimiento más cálido y los mejores regalos.

Las palabras de mi madre, a quien siempre llamé mami, apaciguaban mi ser inquieto. Jugaba y vivía tranquilo, con la seguridad de que un día, al ser mayor, la bruma se dispersaría ante un amanecer esplendoroso, y descubriría frente a mí a la mujer que sentía en mi interior, con su nombre de ángel en el mío, acaso sin comprender entonces que tú, aún en otras fronteras, en un plano diferente, te sabías yo.

Fue la razón, quizá, por la que aquella noche juvenil me interné en mí, a tal profundidad que descubrí la entrada a ti, a la naturaleza, al universo, al cielo más subyugante. Tras sentir la presencia de Dios, caí en un sueño de amor, en una velada mística y romántica, entre el oleaje marítimo y la pinacoteca con luceros.

Pedí a Dios me concediera encontrarte en mi sendero, coincidir contigo en alguna estación del viaje, andar a tu lado por la misma ruta, aspirar al mismo destino, sin importar nuestras edades en tan dulce acontecimiento. Simplemente, ahora lo sé, mi encuentro contigo y la historia de este amor, significarían la coronación de nuestras vidas.

Hoy, por primera vez, confesaré mi petición a Dios. Con la pureza de aquellos años infantiles, cuando pregunté a mi madre por ti, también formulé interrogantes a quien decreta los signos de la creación, y le pedí descubrirte en determinado período de mi existencia para protagonizar la historia más hermosa y amarte en el mundo y en otros planos insospechados para la mayoría de los seres.

Como eres una de sus niñas consentidas, ahora lo sé, solicitó, en el silencio de mi ser, expusiera qué buscaba en ti, y como ya te presentía, no dudé en decir que la pureza y el resplandor de un alma evolucionada, digna de ser esencia, orgullosa de sus rasgos femeninos, con un tanto de mí , libre y plena, con los tesoros del interior.

Dios me mostró, en su taller, diseños femeninos, fórmulas de mujer, trazos de seres sutiles. Me invitó a examinar cada dibujo con su proyecto existencial. Había mujeres con ojos raptados del mar turquesa o con los tonos del jade y del cielo, como también tan profundos como el color de la madera. Otras poseían rasgos elegantes y finos, de hermosura incomparable.

Unas eran acaudaladas, poseían fortunas materiales; otras, en cambio, se distinguían refinadas y cultas; algunas portaban belleza física. Las había de todas las clases sociales, creencias y razas. Había mujeres bonitas, elegantes, superficiales, inteligentes, espirituales. Allá, en su buhardilla mágica, me mostró el catálogo de la humanidad. Observé a todas las mujeres de antaño, hoy y mañana. Comprendí, también, que hay una esencia que pulsa y posee innumerables rostros.

No oculté mi sobresalto cuando pregunté a Dios el motivo por el que no te encontré en el catálogo que me mostró. Sonriente, explicó que a seres como tú los resguarda en un arcón secreto porque les tiene encomendadas tareas significativas, alguna misión especial, y anticipó que si en verdad estaba dispuesto a amarte, tendría que acompañarte en el paseo y la estancia de este mundo y en el viaje a la ruta interior, a las mansiones del infinito.

Sé que Dios me puso a prueba. Colocó el álbum de las mujeres ante mi mirada, acaso para medir si era capaz de resbalar ante la seducción de las apariencias y la fortuna; sin embargo, el amor que te tengo, ese tú tan mío y ese yo demasiado tuyo, influyeron en mi búsqueda.

Desde el inicio de la conversación, Dios notó que deseaba una mujer con el resplandor de un alma pura, entregada a sus códigos y principios, auténtica y sonriente, fiel y traviesa, libre y plena, con manos laboriosas para dar de sí y apoyar, con oídos atentos a las necesidades humanas, con voz canora para dar consuelo, con mirada de ángel para difundir las riquezas del cielo. La pureza de un ser, anticipó, no se compra con tesoros materiales.

Prometí amarte aquí, en el mundo de la temporalidad, y en el plano de la eternidad, porque una historia compartida es el tú y el yo transformado en nosotros, en ti, en mí, que asegura la vida interminable, la dicha y el encanto de ser fuente y agua, manantial y río, nube y lluvia, volcán y lava.

Dios miró mis ojos y expresó que concedería mi petición, con la advertencia de que tendría que ser caballero de una dama, juego de una niña, alegría y consuelo en las tristezas, compañero fiel de un ser femenino, burbuja llena de detalles, amor interminable.

Al retirarme de aquel recinto donde todo era luz, regresé con la promesa de vivir contigo un sueño de amor, el encanto de la existencia, la alegría de permanecer juntos, el privilegio de estar hechos de otro barro.

Hoy, cuando te miro, agradezco a Dios aquel sueño de amor, la noche en que dormí profundamente y le pedí coincidir contigo para amarte y compartir a tu lado, en ti y en mí, el devenir de la creación interminable.

Cada día, lo he confesado, me enamoro de ti y siento embeleso hasta por el asombro que experimento al amarte, al descubrir tus detalles femeninos, al escuchar tu voz, al disfrutar nuestros juegos, al abrazarte, al buscar las notas musicales y los rumores del silencio interior, al besarte y llevar tu sabor, al regalarte una flor, al saber que eres dama, al compartir el sí y el no de la vida.

Observo tus movimientos sutiles cuando eres tan mujer, tus detalles femeninos, respaldados por un código inquebrantable de principios que rigen tu existencia e invitan a admirarte y sentir respeto por ti, cuidarte todos los días y las noches, consentirte, dispersar pétalos fragantes en tu camino, amarte con alegría y libertad.

No eres burda ni superficial. Jamás serás maniquí de aparador ni juguete pasajero en alguna posada, ni tampoco pepenadora de existencias ajenas ni fuente de odio y perversidad, porque una mujer como tú, hecha de ecos y fragmentos de un paraíso celeste, huele y sabe a la excelsitud y pureza de un alma contagiada por el aliento de Dios, y eso, musa mía, es lo que le solicité aquella noche memorable durante mi sueño de amor.

Una mujer es un ser humano maravilloso que merece volar libre y plena, segura de sí, rumbo a su desenvolvimiento. ¿Qué más podría solicitar a Dios si me concedió todo lo que le pedí durante aquel encuentro mágico? Ojos de espejo para mirarme, perfume del cielo para recordar la esencia de mi alma, sabor a ángel, actos femeninos, mujer de virtud modelo, dama innata, todo lo que soñé en ti desde los años de mi infancia dorada.

Mi madre tenía razón, había que soñar, creer y esperar pacientemente. Sabía que un día llegarías, cruzaríamos por algún camino y de ahí partiríamos a los escenarios del mundo, a las estaciones del firmamento, a la eternidad.

Quizá a muchos hombres y mujeres, aquí y allá, a una hora y a otra, les parezca repugnante y absurdo resaltar las virtudes de una mujer como tú, y hasta pensarán erróneamente y con mofa que estoy enamorado de tu cuerpo, de la pasión pasajera que la mayoría busca en una relación, o que sigo modelos caducos y acartonados; pero desconocen que cuando uno, tras la caminata de las centurias y los milenios, descubre la belleza y los secretos de la luz perenne, desbarata los intereses fugaces y el guiño de la superficialidad para emprender la jornada a tierras distantes y cercanas, donde la existencia es sueño y los anhelos e ilusiones se convierten en vida.

Me encantas. Eres bella, noble, sencilla, inteligente y equilibrada. Tus principios son elevados, pertenecen a otros planos, como los vi en el taller de Dios, un gran tesoro guardado en tu alma para que irradies resplandor durante tu caminata por el mundo, ilumines el sendero de vuelta a casa y tu flama se una a la gran luz universal.

La gente dirá, tal vez, no sé, que he perdido la razón; mas no sabe que me sumergí en mí, viajé por mi ruta interior, creí en mis anhelos y hablé con Dios para que me concediera la dicha y el privilegio de coincidir con una dama, con el color de mi vida y el perfume de mi cielo, contigo, mi musa, a quien entrego estas palabras cual prueba de mis sentimientos y admiración, y constancia de que alguien, desde su buhardilla, cumplió mi sueño de amor.

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¿Qué puede uno decir?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Al darme cuenta del amor tan grande que me inspira, convertí mi taller de artista en fragua para fundir el abecedario y entregarle el más bello de los poemarios, versos dulces y el libro de nuestra historia

¿Qué puede uno decir cuando parece que las letras del abecedario se agotaron y las palabras del diccionario resultan insuficientes para expresar sentimientos? ¿Qué escribe uno al creer los demás que el lenguaje, en cualquier idioma, es ancestral y pobre para describir un gran amor? ¿Cómo defender y conservar los textos que brotan de la inspiración, cuando te vistes de musa, si ahora mucha gente pretende talar letras, quemar acentos y borrar puntuaciones? ¿Dónde plasmar las ideas si cualquier espacio se reduce a las limitantes de su superficie, la caminata del tiempo y el precio que se le fija? ¿Qué puede uno escribir cuando otros, en el pasado, ya hicieron del amor un verso, una novela, un concierto, una canción, un cuadro, una escultura? ¿Cómo transmitir el amor que me inspiras si antes de venir tú y yo al mundo, ya había poetas que fundían las letras para formar palabras que delataban la locura de su enamoramiento? ¿De qué manera quebranto los barrotes de las celdas y libero todos los dialectos e idiomas del mundo y los rumores del universo para componerte el poema más bello y subyugante? ¿Con qué sustituyo las estrellas si las tomo para fundirlas durante mis noches de inspiración y colocarlas en tu almohada mientras duermes? ¿Cómo diseñar y escribir una carta de amor y pretender que la humanidad cimbre, si los sobres escasean y ya no provocan encanto ni las letras causan ilusión? Si la mayoría es proclive al brillo de la superficialidad, a los apetitos pasajeros y a la levedad de la existencia y las cosas, ¿cómo uno puede introducirse a las profundidades del océano para armar una declaración de amor? Si en una confusión de ideas y atrapados entre las pasiones y los sentimientos, los compositores ofrecen canciones baladíes y los productores filman películas redituables económicamente, ¿cómo escribir, entonces, la historia más bella, excelsa, rica e inolvidable de amor? ¿Qué puedo decir cuando parece que todo se ha pronunciado? ¿Cómo susurrar a tu oído la cadencia de mis composiciones si muchos prefieren la discordancia de los gritos? Nadie sabe, aunque algunos lo sospechen, que la aleación de mis palabras, al escribir para ti, proviene de los talleres del cielo y de mi alma, donde todos los días horado con la intención de descubrir los tesoros más resplandecientes que un artista puede entregar a su musa, a una dama, al ente femenino que ama y en el que se reconoce eternamente. Esa es, parece, la razón por la que el material de mis escritos es inagotable. No podría rasgar trozos de tela para entregarte remiendos que cubran y resalten tu brillantez; es preciso, por ser quien eres, cortar con delicadeza el lienzo que merece alguien que late en el corazón y mora, por lo mismo, en el interior de uno y en los salones de un destino sin final.

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Conmigo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Detrás de mí hay remembranzas, incontables días del ayer, una historia intensa, no una gran mujer; ella, la dama extraordinaria de mi vida, eres tú, y te encuentras a mi lado, siempre conmigo

Hay palabras y frases que alguien escribió o pronunció cierta ocasión, en el pasado, y quedaron grabadas en la memoria colectiva, quizá por responder a las tendencias de una época o tal vez por quedar atrapadas en las modas populares.

No me agrada, verbigracia, la afirmación que el actor, humorista y escritor estadounidense Julius Henry Marx, mejor conocido como Groucho Marx (1890-1977), expresó en el sentido de que “detrás de un gran hombre hay una gran mujer”. Me parece, por sí sola, una frase desafortunada e ingrata. Habría que desmenuzarla y darle una interpretación.

Una de mis aspiraciones, tú lo sabes, es conquistar el mundo para los dos, transformar nuestros sueños e ilusiones en vida y fundir las existencias de ambos en la dulzura del encanto y la ensoñación, construir un puente y una escalera para llegar al cielo y compartir la historia más grandiosa, irrepetible, plena e inolvidable. Este anhelo implica emprender hazañas, traspasar las fronteras humanas, romper esquemas y abrir boquetes para que la luz penetre.

No dudo que la gente exclamará, como me lo ha transmitido cuando obtengo éxito con alguna de mis obras literarias, que seguramente detrás de mí existe una gran mujer, a lo que siempre responderé que no es así, que percibo cierta imprecisión en sus opiniones.

Atrás de mí no existe una gran mujer. Eso es totalmente falso. La mujer que me ama y acompaña es una dama extraordinaria, un ser humano femenino que definitivamente nunca estará detrás de mí, por más celebridad que alcance, porque ella eres tú y tu sitio es a mi lado, siempre libre y plena, con tu identidad.

Cuando recibo algún reconocimiento por mi arte, sé que eres la mujer que se encuentra conmigo, no atrás, perdida en la oscuridad. No muestras tu rostro porque no eres persona pública; sin embargo, aunque no aparezcas en el escenario y sea yo quien reciba los elogios, las palabras de aliento, las ovaciones, siempre estás junto a mí y mi triunfo te pertenece.

Creer que permaneces detrás de mí al conquistar el éxito, equivaldría a relegarte, convertirte en algo oculto, cuando eres mi luz, el color de mi vida, un trozo resplandeciente del cielo. Siempre estás a mi lado, atenta a las cosas de mi vida.

Evidentemente resguardo en el anonimato tu identidad, tu rostro, para no exponerte a los riesgos de la vida pública; pero al ser la dama que late en mi interior, el ente femenino que suaviza e ilusiona mis días, siempre estás a mi lado, junto a mí, conmigo, no en el asiento posterior.

Atrás de uno pueden quedar los bellos recuerdos, las sombras de los otros días, la historia, pero no una gran mujer. Una dama siempre está al lado, en la misma medida, porque uno y otro somos tú y yo.

Me alegra e ilusiona voltear atrás y descubrir una historia que compartimos desde hace tiempo, mirar a mi lado y sentirte conmigo, observar adelante y distinguir el camino y el horizonte que ambos elegimos. No te encuentras detrás ni adelante; estás junto a mí, siempre conmigo, con la luz y los colores de la alegría, el amor y la vida.

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Promesa

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Te he comentado que tus ojos me conducen a las estrellas y que los luceros de tu alma me trasladan al cielo?

Acaso tus ojos me cautivaron cuando asomé a su interior y miré las profundidades y el destello del cielo, probablemente tu voz acarició mi alma al pronunciar mi nombre, quizá tus manos, al tocarlas, me transmitieron lo sublime de ti y la dulzura de tus sentimientos, o tal vez tu esencia llegó a la mía y te percibí conmigo desde el inicio del diseño y construcción de la obra magistral de la vida. Puede ser que hasta tu estatura me encantó, o que tu cabello, al ser revuelto por el aire, me fascinó. Seguramente tus pestañas, el color de tu piel, tu fragancia y tu boca me parecieron de princesa. No dudo que tus ocurrencias provocan que ría mucho. No obstante, como hombre que ha estado aquí y allá, sé que a las manecillas del reloj no les es permitido acudir con retraso a su cita con el tiempo y, por lo mismo, los rostros otrora lozanos asoman una noche al espejo y descubren con asombro cabellos encanecidos, grietas en la piel y agotamiento en la mirada, motivo por el que no condeno el destino de mis días a la seducción de las apariencias. Hay quienes se entregan e idolatran la envoltura, el antifaz, la máscara, quizá porque les inculcaron la veneración a las apariencias, a la belleza pasajera de los muñecos de aparador, y no la búsqueda de los tesoros que yacen en el interior. Me embelesas, no lo niego; pero confieso que cuando te miré por primera vez, quedé arrobado al definirte, al sentir tu esencia en la mía, al descubrir la luz resplandeciente de tu ser y escuchar, por cierto, los rumores de tu corazón en mis latidos. De ti me encantan tu sonrisa, el estilo de amarme, tu código de vida tan diferente, tus rasgos femeninos, tu sencillez, tu búsqueda del silencio interior, esa forma de ser mujer y no copia de muñeca de vitrina ni baratija, tus detalles y hasta tus movimientos naturales al elaborar un postre. He prometido que te amaré hasta la eternidad, que te haré muy feliz, que seré el caballero inagotable que consentirá a la dama que eres, que al definirte a mi lado supe que no esperaré a alguien más en mi morada y que te ofreceré una epopeya, una historia irrepetible, grandiosa e inolvidable para que tus días, en el mundo, resulten maravillosos, y allá, en las fronteras etéreas de la inmortalidad, sean expresión de un paraíso que ya presientes. Si lo prometo, destello de cielo, es porque te amaré durante los días otoñales y de invierno con la misma intensidad, alegría e ilusión de ahora, en los años primaverales y de verano. Hojearé las páginas quebradizas y sepia con la delicadeza que lo hago con las que ahora brillan. Si me encanta tu imagen de hoy, mañana seguirás presenciando el delirio de este escritor que ama al ser intangible, al alma brillante que mora en un cuerpo femenino. Quizá sea la fórmula para que en el universo y la eternidad resuenen nuestros nombres y seamos tú y yo los de siempre.

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Auténtica y bella

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Dedicado a un ser especial y maravilloso, a quien pertenece mi amor

Cuando las flores olvidan su esencia y renuncian a la intensidad de sus tonalidades, al encanto de su fragancia y a la belleza de sus rostros tersos, asoman los pétalos marchitos y los tallos con espinas que reflejan su fragilidad y lo efímero de sus existencias, igual que el mar en sus momentos de turbulencia al optar por el grisáceo que esconde el jade y turquesa de su mirada, o el cielo al perder su fondo azul y las nubes blancas y rizadas o rasgadas por los ósculos y rasguños del viento. Cuán triste es que lo bello pierda su autenticidad, como ha sucedido en la época contemporánea con no pocas mujeres que por moda, adversidad y lucha contra el abuso y el pensamiento masculino, competencia con los hombres, necesidad, prejuicios, ausencia de valores e ignorancia, han sepultado y distorsionado su espíritu femenino. Hoy, ante la falta de ella y él, porque la mayoría compite por las formas, los placeres y las posesiones, más que cultivar virtudes y características propias de su género, resulta aburrido y patético coexistir en ambientes planos, masificados y carentes de principios y sentido. Cuando abriste la morada de tu ser a mi corazón, descubrí con emoción que si bien es cierto eres una mujer que cotidianamente labora y se desarrolla profesional y socialmente, no te contaminas con tendencias grotescas y baladíes de la época; al contrario, conservas tu esencia y los principios que te sostienen y dan valor. Te he mirado exitosa en el mundo, reconocida en tus labores; pero también, no lo niego, mi asombro y emoción no han disminuido desde que te vi en casa con el porte de mujer bella, amable, dulce, risueña, con un vestido demasiado femenino, preparando con alegría los platillos para deleite de nuestros sentidos, y me sentí tan contento en aquel ambiente creado por ti, que me convertí en tu aliado en la cocina y allí, entre alimentos y trastes, conversamos, jugamos y reímos como si se hubiera tratado de protagonizar un capítulo singular e inolvidable. Adornaste, incluso, los platillos con un toque mágico, elegante y femenino. Eso, amada mía, no te hizo sumisa ni esclava de un hombre, como creen innumerables mujeres; te engrandeció y, además, demostraste tu valor femenino y correspondiste con fidelidad a tu naturaleza. Vives con el reflejo de quien eres. No extravías tu rostro ni lo cambias por caretas según las circunstancias y las conveniencias. Eres poesía y cielo. Actúas como sientes y piensas, de acuerdo con tus convicciones. No te embruteces ni te vulgarizas ni rebajas a la categoría de objeto o baratija; tampoco olvidas tu calidad de mujer ni imitas posiciones masculinas que no te pertenecen. Eres tú con tus invaluables tesoros internos y tu belleza resplandeciente, con tu encanto femenino, con tus convicciones e ideales. Eso te distingue y tal vez muchos no lo aprecian ya y hasta te critican y condenan por estar atrapados en el lodazal de sus existencias. Tus manos, bien cuidadas, son femeninas y hermosas, y lo mismo saben dar caricias de amor y ternura que sostener con firmeza, señalar los caminos, enseñar y sostener a los caídos. Maquillas tu rostro, pero sin caer en excesos ni coqueterías que atrapan superficialidades y aventuras pasajeras, ya que te valoras y eres amada, y recibes, por lo mismo, atenciones, sentimientos, detalles y respeto por parte del hombre que te admira y cuyo corazón, lo confieso, late al unísono del tuyo y del universo. Más que las palabras y las promesas que no pocas veces se olvidan, actúas, demuestras tu amor y tus valores con hechos y resultados. Eres una mujer, y eso me emociona, alegra e ilusiona como la primera vez, cuando entré por la puerta de tu ser y expresé “me encantas” y “te amo”. Nunca, ni siquiera sometida por los juicios mundanos, renuncias a tu naturaleza de mujer porque te sientes bendecida, feliz y realizada. Vuelas y no manchas tus alas. El hecho de vivir como mujer auténtica, vida y cielo mío, jamás te ha menoscabado ni restado alegría e independencia, como falsamente sostienen quienes creen que lo femenino es sinónimo de placer efímero y artificialidades o algo arcano e inusual, pasado de moda. Juntos, hemos asistido al paisaje de nuestras existencias, al libro que contiene una historia maravillosa y plena para ambos, y soy testigo, en consecuencia, de que sabes dialogar, divertirte, jugar, reír; pero también actúas con formalidad y firmeza cuando es necesario. Estás preparada para ser intensamente feliz y realizarte plenamente como mujer y el ser humano más maravilloso. Podrán existir millones de mujeres en el planeta, algunas quizá muy hermosas o dueñas de riquezas materiales; sin embargo, jamás voltearía ante la seducción de su coquetería porque tú eres a quien amo, mi musa y el alma que permanece unida a la mía para cruzar los umbrales y llegar a la inmortalidad. Quienes te educaron, deben sentirse orgullosos de la mujer que eres. Dios, como fuente de todo, sonríe porque no le fallas y actúas conforme a tu esencia y con los códigos que te hacen diferente y dan valor. Yo, escritor, te miro cautivado y enamorado, tú lo sabes, y muy agradecido por la bendición de amar a una mujer auténtica, especial y diferente. Eso, mi musa, es una fortuna que recibo desde el cielo porque eres tú y no cualquier hombre tiene la bendición y dicha de contar con el amor de un ser tan femenino, diferente y sublime. Si Dios colocó en ti la fórmula y la fragancia de mujer especial y guardó su secreto en los arcones celestes, en mí depositó un corazón que te admira y está dispuesto a amarte hoy y cada día, aquí, en el mundo, y durante la eternidad, allá, en la gran morada, donde siempre resplandecerá tu alma de mujer hermosa y consentida por quien todo lo creó.