¿De qué estamos hechos?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿De qué estamos hechos? ¿Acaso de amor, bondad, sentimientos nobles y alegrías, o de odio, tristeza, maldad y temor? ¿De qué?, insisto. ¿Probablemente de alientos y suspiros, de corrientes etéreas, de pedazos de cielo y migajas de trigo, o de cauces secos y ranurados, abrojos y parásitos? ¿Es todo?, pregunto. ¿Quizá de tapices de piel, de engranajes orgánicos, de miradas, de sensaciones? ¿Tal vez de recuerdos, de ecos perdidos en un ayer, de momentos presentes, de imágenes futuras? ¿Estamos compuestos de sueños, de vivencias, de recuerdos, de desmemoria? ¿O somos nada, vacío insondable, polvo disuelto? ¿De qué estamos hechos? ¿De bien, de mal, de ambos? ¿Dioses?, ¿ángeles?, ¿demonios?, ¿simplemente humanos? ¿Todo y nada? ¿Qué somos? ¿Cuál es nuestra fórmula? ¿Agua, fuego, tierra, viento, algo más? ¿De qué estamos hechos?, interrogo de nuevo ante la urgencia de dar respuesta a mi ser inquieto. Pienso que somos principio y fin, eternidad, fuente, luz, esencia, envueltos en arcilla, en barro de apariencias temporales, y que cada uno, de acuerdo con su nivel evolutivo, con la frecuencia vibratoria que emana, es cielo, mundo o infierno, y define, en consecuencia, su ruta, su destino. No somos causalidad ni resultado de ecuaciones torpes, y menos producto de un idilio pasajero y caprichoso. Sencillamente, tú, yo, ella, él, ustedes, ellos, nosotros, somos extraordinarios, almas luminosas que transitamos momentáneamente, en el mundo, de una estación a otra, con oportunidad de hacer del viaje una excursión grandiosa e inolvidable, a pesar de los días soleados y de las noches de tempestad. No es natural morir en el abandono de sentimientos. La vida es algo más, y nosotros también.

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Y un día, la gente se va

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y un día se va la gente que uno conoció. Hombres y mujeres, al retirarse, llevan consigo la memoria de sus biografías y la carga de lo bueno y lo malo que hicieron durante su paseo por el mundo. Y un día quedan las fotografías atrapadas en cajas, marcos, álbumes y archivos que nadie vuelve a mirar. Permanecen, en las imágenes, rostros, figuras, momentos y cosas, como si cada uno hubiera preguntado: “cuando yo ya no exista, ¿habrá alguien que me recuerde? Y un día las plantas del jardín empiezan a marchitar. El pasto crece, las enredaderas y las hiedras trepan insaciables y los abrojos cubren y asfixian las flores, cual desafío a la ausencia de quienes amaban las plantas y los árboles. Se convierte el jardín en un trozo de paraíso menos en el planeta. Y un día, casi imperceptiblemente, las calles, las plazas y las tiendas se aglomeran con nombres y apellidos que sustituyen a los que se fueron y de pronto resultan extraños. Y uno se va sintiendo más solo. Y un día, las fragancias y los sabores de la cocina son otros. Se pierden las recetas. Y un día, uno a uno, las sillas del comedor y los espacios de la sala van quedando vacíos, hasta que la lista de faltantes provoca hondos suspiros y lágrimas que duelen mucho. Y un día, la vejez asoma a las ventanas y toca a las puertas de la gente que uno conoció y trató. Ya no hay a quién estrecharle la mano. Son menos los abrazos y los besos. Quienes apenas ayer entregaron lo mejor de sí a los demás, se dan cuenta de que, a cierta edad, no son prioridad ni figuran en los planes de otros. Y un día, uno deja de ser hijo, nieto, hermano, padre, madre, abuelo, pareja, amigo, compañero, habitante, vecino. Y un día, cuando uno piensa que ha asimilado las lecciones de la vida y está preparado para mejorar su historia, aparece la muerte que provoca el último suspiro. El libro de la biografía se cierra de pronto, quizá con un destino parecido a otros que son olvidados, mientras sus páginas amarillentas y arrugadas envejecen y se sienten invadidas de polilla, hasta que se desintegran. Y un día, uno muere y tal vez, a pesar de las lágrimas y las flores sobre la cripta, será olvidado porque la vida continúa, similar a un río cristalino. Y un día, uno queda solo y se va igual, como llegó, sin compañía. Y un día, uno es llanura, pasado, desmemoria, acompañado exclusivamente de la luz o de la oscuridad que portó en el mundo. Y un día, uno es esencia y no cuerpo, luz y no oscuridad, infinito y no temporalidad. Y un día.

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La vida aconsejó a un hombre que caminaba

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Se feliz e intensamente rico”, aconsejó la vida a un hombre que caminaba, reflexivo y cabizbajo, quien preguntó, asombrado, cuál es la fórmula para obtener una fortuna inmensa. La vida, sonriente, aclaró: “al invitarte a ser feliz e intensamente rico, demostraste mayor interés en el dinero, en las cosas materiales, que en tu dicha, actitud que te coloca en un estado muy primario, en el cual, por cierto, generalmente es más grande la necesidad de satisfacer apetitos, poseer todo y colocarte antifaces, que la búsqueda de amor, salud, alegría, sentimientos nobles, bien, sabiduría y valores. Quiero aclararte, además, que al expresar intensamente rico, no me referí, precisamente, a dedicar los días de tu existencia a la acumulación de dinero, mansiones y alhajas, a lo cual es legítimo y válido aspirar, principalmente cuando las fortunas sirven para aliviar necesidades humanas y mejorar el entorno, el mundo; mi idea fue, exactamente, resaltar la trascendencia de que cada ser humano, hombre o mujer, posea tal cantidad de tesoros en su interior, que tenga capacidad de sonreír y derramar, como un regalo infinito, amor y bien a los demás, que es lo que justifica su paso por la vida terrena. Alguien que tolere y no enfurezca por cualquier motivo, una persona incapaz de almacenar y procesar odio, un ser humano que no cause daño. ¿Entiendes el sentido de mi invitación? Urge, en el planeta, gente dispuesta a construir escalinatas y tender puentes, arrojar la cuerda a los que andan perdidos en abismos, retirar cardos y piedras de los caminos, abrir celdas y romper barrotes para que se liberen los que se sienten aprisionados. Vive feliz quien dedica su biografía a hacer el bien y lo reproduce aquí y allá, en cualquier lugar, a todos y más a los que mayor sufrimiento cargan. En la medida que dediques tus días y años, dentro de su fugacidad, al bien, sin olvidarte de ti y de tus necesidades humanas, serás inmensamente rico y feliz, y todo lo bueno de la creación, intangible y material, vendrá por añadidura”, explicó la vida al hombre, quien al experimentar una mezcla de enfado, coraje y vergüenza, decidió alejarse de su consejera, no sin antes pensar que no requería lecciones, sino dinero, bienes materiales, para compensar su historia de dolor, tristeza y sufrimiento. Se marchó. La vida, acostumbrada a los desdenes humanos, lo miró alejarse desafiante, molesto, en busca de felicidad que creyó descubriría en la posesión de cosas que, si es innegable son útiles y valiosas, en la práctica, por sí solas, carecen de parentesco con los sentimientos y las riquezas del alma. Al dedicarse la vida a continuar regalando invitaciones a otros hombres y mujeres, distinguió, en la siguiente esquina, a la muerte que impartía su doctrina y conseguía adeptos.

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El tiempo que dejamos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El tiempo que dejamos escapar, otros lo necesitan en la cama de un hospital, en el lecho de agonía, en algún lugar, cerca o lejos, para reparar y zurcir silencios e indiferencia y palabras rotas, correr al encuentro de los seres que desdeñaron, devolver lo que arrebataron, pegar expresiones y sentimientos que reprimieron y en cierta parte sepultaron. Son los minutos y las horas arrojados al lodo, olvidados en algún sitio, en el rincón del desván o en el sótano, envueltos en oscuridades recurrentes y polvos acumulados, que otros requieren para curar heridas y salvar distancias, superar naufragios y evitar hundimientos. Son los días y los años que uno y muchos más buscan al revisar almanaques y relojes, arrugas y canas, prótesis y tierras desiertas. Es el tiempo o la vida que suspiran desde criptas desoladas y tristes, quizá con despojos y carentes de la luz que los animó, probablemente en espera de una oportunidad -una sola- para reparar los caminos, los puentes y los muros que alguna vez dejaron inconclusos. El tiempo que consumimos en apetitos fugaces y ocios malsanos e improductivos, lo anhelan los bienhechores, los artistas y los científicos, los que desean retirar las piedras del camino para que otros pasen, con el objetivo de pintar colores en el mundo y llevarlo a otros peldaños, a mayor altura. El tiempo que huye sin fragancias ni matices, ausente de pasajeros que abandona en estaciones desoladas, es nuestra vida que se diluye aquí, en este plano.

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Y así se me fue la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y así se me fue la vida, coleccionando alegrías y sonrisas, limpiando la alacena y las cornisas, remendando tristezas y dolores, en el desván y en la azotea, cerca de la chimenea y afuera, zurciendo ilusiones rotas, hilvanando sueños bellos y mirando el paso de auroras y ocasos. Y así se fugaron mis días, entre un suspiro y otros más, acaso sin darme cuenta de que las manecillas deslizaban silenciosas en el rosto numerado de las horas y se columpiaban despreocupadas y risueñas en el péndulo. Y así se desvanecieron mis tiempos, protagonizando mi historia, con mi esencia y en mi arcilla, al lado de gente muy amada, con nombres y apellidos, igual que yo, solo de paso por el mundo, probándose en las novelas de sus existencias. Y así se marcharon mis años, en mis tareas y en mis ocios, en mis fatigas y en mis descansos, en escalar y en descender, en gozar y en sufrir, en nacer y en morir. Y así se agotó mi paseo, en un lado y en otro, afuera y adentro, en las cumbres y en los abismos, en la esclavitud y en la libertad, en los detalles y en la construcción de algo grandioso y sublime, y en esas cosas intrascendentes que, acumuladas, suman y multiplican edades y restan y dividen la vida. Y así se me escapó la existencia, como un árbol en el bosque, acompañado de sus retoños, que florece y se deshoja cada momento. Y así huyó aquella época de mi vida, entre una actuación y otra, con mis sigilos y soledades canoras, unas veces con mis rasgos y apariencias de barro y otras, en tanto, con el resplandor de mi ser interno, sin omitir los encantos y desencantos del camino, mis encuentros y desencuentros. Y así continúan los minutos en su tránsito implacable, aliados y cimientos de las horas y los meses, acumulándose y desmoronándose con los maquillajes y la desnudez humana, mientras yo me aproximo, cada día, a la estación postrera, en ocasiones dejando huellas y otras, en cambio, en la desmemoria de mi paso. Y así se me fue y se va mi vida -oh, mi vida tan querida-, con lo bueno y lo malo, midiéndome en cada prueba, entre la oportunidad de elegir el bien o el mal, abrir el portón a algo mayor y prodigioso o cerrarlo y perecer. Y si hoy escapan los instantes, una mañana o una tarde, una noche o una madrugada, no lo sé -conservo la dicha de desconocer la fecha de mi despedida-, mi aliento será, quizá, prófugo de mí y trataré de alcanzarlo con el anhelo de todavía no dormir. Y así se va la vida, con la sensación de que aún no completo mi encomienda, con la idea de que faltan muchos abrazos, detalles y palabras que regalen bien, sentimientos y trozos de paraíso, y rompan los desamores y fracasos. Y así camino al final del viaje, hacia los últimos años de la jornada, con un ayer, en primavera, muy intenso, mágico e inolvidable, una estancia plena en un verano inagotable, y mi futuro paso al otoño y al invierno, en la frontera entre la finitud, el barro, y el infinito, la esencia luminosa.

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El deleite de una flor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Qué es una flor, si no un pedazo de amor, unas pinceladas del cielo y un suspiro de Dios? ¿Qué, si no un reflejo del paraíso? ¿Qué, si no las fragancias de los enamorados en el encanto de un tú y un yo que salva del naufragio y del final? ¿Qué es una flor, insisto, si no la sonrisa pura, la alegría y la ilusión del que la entrega y de quien la recibe?¿Qué, si no la bienvenida a una existencia y la despedida a otra? ¿Qué, si no la enseñanza de lo complejo y lo sencillo, lo superficial y lo profundo, lo pasajero y lo infinito? ¿Qué es una flor, si no la belleza y el encanto del alma, los sentimientos, la vida y el amor? ¿Qué, si no una de las obras artísticas de Dios? ¿Qué es, al poseer espinas y tener pétalos con exquisitas texturas perfumadas, si no el sí y el no de la creación y la vida?

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Ya no están aquí

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ya no están aquí, cerca de nosotros, para acariciarlos y expresarles nuestro más profundo amor y la gratitud que sentimos por ellos. Se ausentaron. Ya no están aquí, familiares y amigos, compañeros y vecinos, para conversar con ellos, compartirles una sonrisa y comentarles que, felizmente, son parte de nuestras historias. Dejaron suspiros y hondos vacíos. Ya no están aquí, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, que provocaban risa o coraje en nosotros, y, después de todo, siempre se mantuvieron presentes, muy fieles, en las mañanas soleadas, los mediodías de lluvia, las tardes de viento otoñal y las noches invernales. Abandonaron sus nombres, apellidos y todo lo que eran. Ya no están aquí los de nuestra generación, los de ayer y los de hoy. Sus asientos permanecen vacíos. Ya no están aquí los que estiraron sus manos para recibirnos durante nuestros primeros pasos, aquellos que entregaron lo mejor de sí para hacernos muy felices y enseñarnos las lecciones y los secretos de la vida. Abordaron el furgón en alguna estación abandonada y vieja. Ya no están aquí, minúsculas y mayúsculas, en femenino y en masculino, con sus sonrisas y sus enojos, sus sueños y sus ilusiones, sus luchas y sus desencuentros, sus triunfos y sus fracasos. Se fueron y quedamos solos. Ya no están aquí, ellos, quienes nos enseñaron que el mundo solo es un paseo que conviene disfrutar con el sí y el no de la vida, en armonía, con equilibrio, plenamente y con dignidad, y que el sendero hacia el infinito, a los cielos sin final, principia en el alma y está más próximo cuando uno es otro, más esencia que arcilla, y los sentimientos, palabras, acciones y pensamientos son nobles y resplandecen con la luz interior. Viajaron, sin duda, a los paraísos que tanto anunciaron. Ya no están aquí, con nosotros, aquellos que nos acompañaron durante nuestras jornadas terrenas. Algo sucedió con ellos. Ya no están aquí, en el mundo, los que nos amaron tanto y los que sintieron envidia y odio contra nosotros. Ni a unos les expresaremos nuestro amor ni a otros los perdonaremos de manera personal. Ya no están aquí los que igual que tú, yo, ellos, nosotros y ustedes, protagonizaron minutos y años existenciales. Algo los deshilvanó. Ya no están aquí, entre nosotros, seres humanos con identidad, para amarlos, solicitar su perdón o disculparlos. Partieron de improviso, cuando las noches parecían tan silenciosas y alguien tocó a sus puertas. Ya no están aquí los que crecieron a nuestro lado. Oh, presagio de que nos estamos yendo y de que el árbol se deshoja sin que nos demos cuenta. Ya no están aquí los que se mantuvieron presentes en nuestras vidas. Todavía, a pesar de los dolores de las ausencias, hay gente a la que podemos expresar nuestro amor, pedirle olvide y perdone nuestros errores y ofensas, abrazar y sentirla desde la profundidad y el silencio de nuestras almas. Ya no están aquí los de antes y los de ahora. Nos vamos quedando solos, o, tal vez, ya lo estábamos desde que preferimos las apariencias y no la esencia, a partir del momento, quizá, en que elegimos lo inmediato, lo desechable, y no lo perenne. Ya no están aquí los que apenas hace rato o ayer nos regalaron una sonrisa, algunas palabras o la calidez de un abrazo. Solo quedan los recuerdos que alguna vez, a cierta hora, se volverán olvido y el viento dispersará como las hojas que desprende del árbol. Ya no están aquí.

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Los días que se fueron

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los días que se fueron son, quizá, las flores minúsculas que no miramos en el jardín y se marchitaron, a pesar de sus fragancias, policromía y textura, al mediodía o al atardecer de nuestras existencias, o tal vez el riachuelo cristalino que pasó ante nosotros, cuando éramos tan felices sin saberlo, y no probamos la delicia de su agua cristalina por creer que no padeceríamos sed durante la jornada y que el manantial no se secaría. Los días que se fueron, ya no volverán a nosotros, porque no existen, son intangibles, y acaso se diluyeron, igual que los abrazos y las caricias del sol que no se disfrutaron, y seguramente sus fragmentos naufragan en la memoria como últimos sobrevivientes de un barco que se hundió. Los días que se fueron, dejaron marcas indelebles, heridas, señales de sus pisadas, en nuestros rostros y manos, probablemente con la idea de patentarnos antes de la llegada de la muerte con su lista de inventario en una mano y su bolígrafo negro en la otra. Los días que se fueron, cuando éramos tan felices sin sospecharlo, son ayer irrepetible, y quedaron, en consecuencia, en una estación distante, con otros nombres y rostros, entre ráfagas de viento y sombras de la noche. Los días que se fueron, anticipan, sigilosamente, que perderemos los actuales -dichosos o infelices-, porque todos -humanos, vegetales, animales y cuanto existe en el mundo- somos pasajeros que alguna vez -en la mañana, al atardecer, en la noche, en la madrugada- tendremos que descender en alguna estación, solos, sin acompañantes, con el equipaje de lo bueno y lo malo que hicimos. Los días que se fueron, no heredaron pinturas ni retratos porque no son emotivos y sí, en cambio, parecen indiferentes al aprovechamiento o despilfarro de sus momentos y horas. Los días que se fueron, no se repetirán porque el tiempo solo es una herramienta, un medio que lo seres humanos utilizan para calcular y registrar su estancia en el mundo y organizar sus vidas y sus tareas. Los días que se fueron motivan, a veces, a interrogar si el tiempo es real o, sencillamente, una caricatura. Los días que se fueron plantean si en verdad existe el tiempo, si es una medida humana o si nosotros, mujeres y hombres, simplemente envejecemos por procesos naturales, morimos y culpamos a la acumulación de las horas, cuando bien sabemos que la arcilla carece de porvenir. Los días que se fueron, anuncian, a través de su silencio, que no cargan responsabilidades ni culpas por el desaprovechamiento de la vida humana. Los días que se fueron, simplemente representaron trozos de vida, oportunidades de evolución y felicidad que seguramente desdeñamos al inconformarnos por no poseer ni gozar lo que aquí, en el mundo, se ha de quedar. Los días que se fueron, pregonan, calladamente, que sus compañeros, los que están por venir, podrían no tocar a las puertas de muchos y, por lo mismo, significar la caducidad. Los días que se fueron, no saludaron ni preguntaron si uno fue dichoso o infeliz. Los días que se fueron, jamás volverán a nosotros ni devolverán los pedazos que nos arrancaron, quizá sin darnos cuenta, o que, descuidados, abandonamos durante la caminata, con la amenaza del minuto presente que marchará pronto, entre un suspiro y otro, al destino de su inexistencia. Los días que se fueron, nadie los oyó cuando gritaron: “¡la vida, no el tiempo, es breve! ¡Vivan, vivan!”

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El sí y el no

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si el concierto de las aves y los susurros del aire son fragmentos de las notas de Dios? ¿Y si todo es signo de una partitura magistral y, en consecuencia, es voz de la misma sinfonía? ¿Y si las palabras escritas y pronunciadas, a cierta hora, son ecos de música, pedazos de matices, trozos de formas? ¿Y si tu voz y la mía pertenecen al lenguaje de otros? ¿Y si las flores, las cortezas enlamadas y las frondas de los árboles, al reflejarlas los lagos y las represas, parecen lienzo raptado del mismo paraíso? ¿Y si los seres humanos solo se disgregaron y su familia son las plantas, los animales, los abetos, las orquídeas, los tulipanes? ¿Y si los pétalos y las espinas se complementan y también se integran a la piel, a las escamas, a las texturas? ¿Y si los rumores son silencios y los sigilos, en tanto, susurros interminables? ¿Y si el océano y las tormentas tienen parentesco con la pinacoteca celeste? ¿Y si la finitud únicamente es rostro desprendido de la eternidad? ¿Y si los sueños son la otra parte de la vida? ¿Y si existen mundos paralelos en los que, nosotros, somos buenos y malos? ¿Y si el bien es la luz, el agua diáfana, las gotas que brotan de la fuente inagotable, y el mal, en cambio, es oscuridad y mezcla de líquido estancado con tierra? ¿Y si los niños, adolescentes y jóvenes son las personas maduras que transitan por el mundo y los ancianos que reposan en sus asientos de remembranzas? ¿Y si el titiritero de la humanidad es cada persona? ¿Y si las mujeres traen consigo la receta de los hombres, y ellos, en cambio, poseen las fórmulas de ellas? ¿Y si los colores son fragancias y sabores? ¿Y si el sí y el no de la vida nadan en la misma corriente? ¿Y si alguien pertenece a cierta familia, a un grupo evolutivo, y, a la vez, a una generación y a todas las que han transitado y vienen? ¿Y si la piedra, el mineral y la arena se encuentran dispersas, en sus ambientes, y sienten el paso de la lluvia, el viento, la nieve, el calor y el frío? ¿Y si el día no se manifiesta sin la presencia anticipada de la noche? ¿Y si la enfermedad, la muerte, el odio, la tristeza y el mal son ruinas y sombras, exclusivamente, de la salud, la vida, el amor, la alegría y el bien? ¿Y si el mundo y otros planos se desprendieron de un cielo infinito? ¿Y si la muerte y la vida se parecen tanto y solo se trata de un viaje previo a la inmortalidad? ¿Y si la arcilla resulta animada por la esencia y el alma, a la vez, es destello de Dios? ¿Y si solamente es preciso escuchar los murmullos y sigilos que provienen del interior y conciliarlos con los apuntes de Dios para ser uno con el todo y ya no sufrir ni morir tantas veces y sí, en cambio, disfrutar la corriente etérea que fluye? ¿Y si en vez de pisar charcos con reflejos, decidimos sumergirnos en las profundidades del ser y descubrir las riquezas inconmensurables? ¿Y si de pronto, al unir las piezas, cada uno descubrimos que somos algo más que seres humanos?

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El tiempo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El tiempo posee un lenguaje. Tiene un código. Parece indestructible. Está presente, toma a la vida de las manos y no la suelta. Persigue a quien trata de evadirlo y no le importa seguirlo hasta los rincones más intrincados. Le encanta horadar. Es constante e infatigable. Da sorpresas. Unos creen que existe y otros suponen que se trata de una aplicación matemática que ayuda a organizar los días de la existencia. Entre sus compases y sus notas de rumores y silencios, cincela, esculpe, horada y pinta la constancia de su paso, el testimonio de su estancia pasajera en cada persona, en la flora y en la fauna, en el paisaje, en la arena, en las rocas. Es un jardinero que poda día y noche. Es huésped. Actúa y pernocta en uno, en hombres y mujeres, y abandona, indiferente, cuando la vida ya no está y llega la muerte. O al menos ya no se le tiene presente. Alguien, en horas no recordadas -otra vez el tiempo-, lo inventó para ordenar su vida y sus actividades, y así colocó diques y compuertas. Quienes mucho atesoran cosas y frecuentan el espejo, más temen al espectro y al nombre del tiempo. Creen que el tiempo estorba a la vida. Justifican sus fracasos y mediocridad con el argumento del tiempo. No concilian sus existencias con los instantes que marca el tiempo. Es un fantasma que inventaron los seres humanos. Nadie sabe si hombres y mujeres son sus marionetas o si es títere e invención de ellos. Claro, una invención que de pronto se rebeló e independizó. El alma, atormentada por la prisión que anhela perpetuarse en el mundo de la temporalidad -nuevamente el tiempo-, para acumular tesoros, gozar y deleitarse con su aspecto, insiste a su celador que la escuche, que protagonice su biografía en cada estación, con una historia grandiosa y de bien para obtener la llave, liberarse y retornar a casa, donde la finitud es inexistente. Pide el alma a su acompañante que abra la puerta y las ventanas de su ser para reencontrarse, a pesar de la caminata de las manecillas, y así fundirse, ser uno y cruzar la frontera al infinito. Solo hay que evolucionar y pasar los desafíos y las pruebas si uno, en verdad, desea trascender y derrotar medidas, abismos y fronteras, insiste el alma, quien invita a construir puentes al otro lado; pero el tiempo, sonriente, se mofa y asegura que el celador se siente tan enamorado de sí, de sus placeres fugaces y de lo que denomina riqueza, que no escuchará y sí, en cambio, arrojará piedras y tierras con la intención de sepultarla. El tiempo dice, arrogante, que la humanidad pretendió colocarlo tras los barrotes de un reloj y quienes se encuentran en la celda, por no comprender ni atreverse a descifrar la vida, son hombres y mujeres que no reaccionan y lamentan el paso de los días y los años. Los seres humanos seguirán aquí, en su mundo temporal, luchando por la prolongación de sus días, en la invención de fórmulas para eliminar arrugas, y olvidarán, como siempre, volar libres y plenos, con el sí y el no de la vida. El alma, a pesar de las amenazas del tiempo, sabe que se trata de un caballo desbocado al que sus amos, las personas, consintieron su rebeldía e irresponsablemente lo soltaron, cuando les hubiera sido tan útil. Lo hicieron un animal rebelde. Salió de las caballerizas y anda suelto. No organizan sus vidas, pero sí, en cambio, intentan medir otros planetas y el universo. Creen que su concepto del tiempo, en el mundo, aplica en las estrellas y en la inmensidad de lo que llaman espacio. Dedíquense a vivir en armonía, con equilibrio, plenamente, dignos y libres, y vuelen alto, a la luz. El tiempo es una medida que pertenece a este mundo. Aprovéchenlo y vivan. La estancia en el plano en que se encuentren es breve. No repitan historias que encadenan. Vivir significa no morir, anuncia el alma.

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