De cada detalle

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tomo de las orquídeas y de los tulipanes sus fragancias y sus matices con la idea de impregnarlos en cada letra que te escribo, en las palabras que susurro a tus oídos cuando el viento juega con tu cabello y lo enreda en mi cara. Busco, en el concierto de la lluvia, los ríos y las cascadas, las notas que reproduzco al acercarme a ti y expresar, simplemente, “te amo”. Descubro en cada amanecer, y en las tardes y en las noches, un motivo que rompa la monotonía de los relojes -sus manecillas, sus engranajes y sus péndulos inagotables-, para jugar y amarnos, como en nuestra infancia perdida en un paraíso lejano, y así, felices, abrir las puertas a una historia sin final, tan hermosa e intensa como nuestros anhelos y sueños. Horado, a ciertas horas, mi interior, mi ser, y busco rutas al alma, al cielo, con la intención de traerte alguna flor, un detalle o un poema, y, sencillamente, entregártelo como quien comparte los regalos que le obsequia Dios al caminar a su lado y hablarle en sus jardines. Me encanta mirar la hoja blanca y anotar las letras y las palabras que destilo al pensar en ti, al saberte tan yo como sentirme tú, en el vuelo más libre y bello de la vida. De cada detalle -los de la vida, los del amor, los de la arcilla, los de la esencia, los de mis manos- hago un motivo, construyo un sendero, tiendo un puente, fabrico una escalera, para estar contigo.

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Las flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las flores son el poema que Dios matiza con los colores del paraíso, el fragmento de un jardín que se presiente inconmensurable, el eco de un ramillete de intensa policromía que alguien, al principio, regaló al mundo. En cada flor encuentro el sentido de la vida, un suspiro de la naturaleza y del universo, las formas interminables de la creación. Una flor, otra y muchas más suman y multiplican la finura del alma y la textura de la piel. Descubro, entre la delicadeza de sus pétalos, las fragancias de un cielo infinito, la alegría de un amor perdurable, la inocencia de un acto noble y de una sonrisa feliz, auténtica y plena. Mayúsculas y minúsculas, las flores me enseñan que la superficialidad, las apariencias y la vanidad, tan lejanas del bien y de la inteligencia, son barrotes que encarcelan, fantasías que estorban, carentes de porvenir, y que, por lo mismo, un día, una tarde o una noche, llegan a su final y mueren; aunque también, es cierto, algunas me dan una lección en el sentido de que antes de la grandiosidad, existen, en los caminos, abrojos que pueden desgarrar la piel y la ropa si uno no crece ni evoluciona. Las flores, agitadas por las caricias del aire, dispersan sus perfumes y obsequian su policromía durante los grandes y los pequeños acontecimientos de la humanidad, al nacer una persona, al cumplir años, al obtener algún reconocimiento, al sanar, al enamorarse, al adornar su mesa, al dar un detalle, al morir. Son indiferentes a la vida humana y lo mismo crecerían en las montañas, en los barrancos, en las laderas, a la orilla de los ríos, en las llanuras, si no existieran hombres y mujeres a su alrededor, con el regalo fugaz de sus tonalidades y aromas, pedazos, quizá, de un vergel perenne que se anhela y extraña. Quien regala una flor, da un trozo de cielo. Aquellos que ceden un espacio en sus jardines para cultivarlas, emulan el proceso de la creación y seguramente añoran paraísos que uno cree perdidos. Hay flores que resguardan, en su intimidad, la dulzura y el encanto del néctar, y existen otras que, al contemplarlas, transportan a las profundidades insondables del alma, donde los rumores y los silencios de la creación se perciben en océanos infinitos. Las flores, las flores. Quien las ha admirado y tocado, de alguna manera ya ha sentido la textura del cielo. Son el regalo de Dios, su pintura, su concierto, su poema, y si a ti, a ella, a él, a ustedes, a todos, un día, a cierta hora, entrego una flor, será porque, dentro de su simbolismo mágico, desearé transmitirles que las recolecté con amor en los jardines del paraíso.

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El amor a una dama

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El amor a una dama es el poema que Dios escribió una noche, en su buhardilla, a una mujer y a otra, cuando miró sus rostros y comprobó que algunas, como tú, tenían mucho de ángel. Es la carta escrita en el cielo. Es el lenguaje que el enamorado traduce una madrugada, otra y muchas más, encerrado en su estudio, mientras las gotas de lluvia deslizan suavemente en los cristales de la ventana y derraman el aliento de las nubes, del aire y del paraíso. El amor a una dama es el sentimiento noble, son los detalles, es la flor que se obsequia sin las asperezas del tallo. Se trata del regalo que un caballero entrega con una sonrisa, ausente de impurezas, tan cerca del alma y del encanto y la sencillez de una vida. El amor a una dama es para soñarlo y vivirlo aquí, en el mundo, y llevarlo alegremente y sin peso a otro plano, a la ruta sin final. Es el tesoro que alumbra el alma y la mirada, no el destello de piedras que confunde y despierta la ambición y la envidia. El amor a una dama es una ilusión, un prodigio, una idea, un acto, una palabra. Es algo maravilloso y etéreo que pasó por el crisol de un vergel, por la fuente mágica de un jardín, por algún océano turquesa y jade, y se da con una sonrisa, una palabra bella, una mañana, una tarde o una noche. El amor a una dama la cobija, le da las manos, vuela a su lado libre y pleno. Es un amor que deleita y no conoce, por lo mismo, cadenas ni el deseo de una noche fugaz en alguna posada no recordada. El amor a una dama se dedica con nombre y apellidos, de frente, con una flor y la promesa de compartir la historia más bella, un idilio cautivante, un romance inolvidable. Es el suspiro del cielo, el abrazo que se da desde las profundidades y el silencio del alma, el vals que se baila y patina en una pista de hielo, el beso que sabe, sin duda, al más sublime y maravilloso de los sentimientos. A una dama no se le dan cardos ni se le pone una trampa para convertirla en juguete de unas horas, en colección de una aventura pasajera. Inspira amor y admiración. Se le quiere para siempre. El amor a una dama es un tú y un yo real. A una dama se le entrega un amor libre de asperezas y escollos. Se le abren las puertas de casa, del auto y del cielo; se le cede el asiento y si no lo hay, se le construye uno; se le fabrica una escalinata para subir juntos al paraíso. A una dama no se le deja atrás durante la caminata; va con uno, al lado, y se le repasa en la memoria y se le siente en el corazón, en el alma. A una dama, simplemente, se le recibe en casa con la idea de compartir una historia superior al tiempo y al espacio, y al amarla, como yo a ti, se le invita a pasear por la vida, en el mundo, a jugar felices y a construir un puente a las estrellas, a los ríos etéreos, a parajes insospechados, sublimes e infinitos.

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Recuerdo de aquel amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un amor, salva. Un amor, conduce a la eternidad. Un amor, pronuncia tu nombre y el mío en algún paraje del alma y el cielo

Cuando alguien, a cierta hora y en determinada fecha, descubra los pétalos secos de una rosa blanca entre las páginas amarillentas y quebradizas de un libro o alguna carta doblada y fielmente depositada en un baúl de secretos, percibirá el aliento y el recuerdo de aquel amor que le parecerá de ensueño. Un amor, es cierto, que siempre quedará entre tú y yo, en ti y en mí, con toda su esencia, acompañado de los días que vivimos en el mundo, de los juegos y las risas que compartimos, de los sueños que diseñamos, de los capítulos que protagonizamos, con sus luces y sombras, con el sí y el no de la existencia, con el compás de sus sonidos y silencios. Tengo la certeza de que el amor que hoy transformamos en alegría, encanto, prodigio e ilusión, alguna vez será la historia de un idilio que tras superar las pruebas de la finitud, traspasará las fronteras sutiles y se prolongará en la eternidad. Y es que un amor, cuando es como el nuestro, viene de la luz, alumbra la estancia temporal y retorna a su morada sin final. Alguien, en otro tiempo, abrazará con emoción el libro con la rosa y la carta con el poema, hasta derramar lágrimas al percibir los ecos y el palpitar ya distantes de la locura de nuestro amor convertida en dicha, sueños, detalles, promesas, vivencias e ilusiones. Los fragmentos y las huellas que tú y yo hemos dejado en nuestro camino, serán constancia de lo que algunos, a una hora y otra de mañana, definirán como el recuerdo de aquel amor. Tú y yo, entonces, pasearemos por los rincones de una morada etérea e iluminada por el amor que da luz y sentido a la vida y al universo. El recuerdo de aquel amor será el pulso del romance que hoy compartimos en el mundo y que más tarde, en la ancianidad, al ya no abrir más los ojos, arrullarnos en el sueño y despertar de nuevo, propiciará que tomados de las manos, giremos alegres y miremos de frente el rostro de la inmortalidad. Mi padre me enseñó a ser caballero y mi madre me aconsejó que el día que te descubriera en mi camino, te amara fielmente, como el tesoro del alma, porque eso, color de mi vida, es lo que provoca el retorno a un paraíso que se cree perdido.

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Fragmento de cielo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Seguí el lenguaje de tu pulso, las huellas de tus sandalias, el aroma de tu piel, la ruta de tu ser y los rumores de tu silencio, hasta que descubrí los destellos del cielo

En tus manos, cuando tocan las mías y me acarician, siento la textura de las flores del paraíso y la suavidad de los pétalos al deslizar las gotas del rocío. Imagino la dulzura de una mañana de primavera y presiento el sabor del cielo con cada beso que me entregas. Grabo nuestra imagen al fundirme en tu mirada, en la profundidad de tus ojos, seguramente porque me regala los colores de la paleta de Dios. Noto, cuando hablas o susurras a mis oídos, que el viento sopla y me transmite los rumores de la vida, del océano, de nuestras almas, de la lluvia y de la creación. Admiro, al ser tú y yo, el esplendor de un amanecer en la playa, la magia de una llovizna de verano, el prodigio de un bosque alfombrado de hojarasca y el encanto de un manto de copos. Te abrazo en silencio, prolongadamente, hasta navegar en la profundidad de nuestras almas que reconocen la luz y la ruta a un plano que se percibe eterno. Encuentro en cada detalle tuyo, en tus guiños, en tu mirada, en tus palabras, en tus ósculos, un rincón de la inmortalidad, un trozo de Dios. Oigo los tañidos de un mundo distante y cercano a la vez, los murmullos de tu silencio y el mío, la música de nuestras voces al hablar y al callar. Me sorprende tanto que en ti -en tu mirada, en tus detalles, en tus palabras, en tus besos, en tus caricias- palpite un tanto de cielo, un fragmento de mí, un trozo del encanto de una flor y un eco que me recuerda lo que amo y siento tan tuyo y mío.

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El color de cada flor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tú lo sabes, escribo para ti

…Olvidé decir que en cada flor veo el color que Dios aplicó al diseñar y formar los pétalos, siento la textura de sus caricias y percibo las fragancias de su taller celeste. Es cierto, no lo niego, en todas las flores descubro la belleza y la esencia de un jardín que se presiente en uno, en ti y en mí, y en los paisajes alegres e interminables del mundo y de la otra morada; no obstante, esta vez no omitiré, al escribir, que en cada una te encuentro y distingo tu estilo femenino, tu perfume, las tonalidades de tu sonrisa y la textura de tu rostro, tu silueta y la luz de tu mirada. En cada flor te descubro, tal vez por ser su delicadeza tan femenina como tú, acaso por la belleza de su esencia y de su semblante, quizá porque te amo.

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Emociones

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es una emoción que no acaba, una alegría que no expira, un amor que no se agota ni envejece. Son la servilleta y la flor, el texto, el poemario y el bouquet, el arreglo, con nuestro aliento y perfume. Son el mundo y el cielo. Es la locura de un amor. Somos tú y yo

Tengo un delirio, una costumbre, un secreto que creí inconfesable y que esta mañana, por la emoción que siento, deletrearé a tu oído, igual que el rumor de la fuente y la lluvia cuando una tarde romántica transmiten su locura a los enamorados.

Este día confieso que aquella hora distante, cuando por fin coincidimos en algún rincón del mundo, no me equivoqué al reconocer la señal que de inmediato descubrí en ti y provocó que una voz -la de mi interior- insistiera: “es ella, la otra parte de ti, tu compañera de juegos en los patios del cielo, el rostro femenino de tu alma, la musa que te inspirará y a quien siempre has amado. Es tu amor inmortal”.

Ahora quiero expresar al mundo, a la gente que conoce o intuye mi desvarío por ti, que de todos los encantos cotidianos, hay dos que me fascinan, acaso por el hechizo que ejerce construirlos, quizá porque me acercan más al pulso de tu ser, tal vez por saber que se tata de emociones que tú y yo conocemos y nos identifican.

Me encanta construir palabras y sentimientos, promesas y recuentos, sueños y sorpresas, alegría e ilusiones, sonrisas, detalles y vivencias, material que reúno en páginas de níveo encanto y transformo en encuentro de letras, en jardín del abecedario, para entregarte las obras que me inspiras.

Obtengo, al fundir letras en el crisol de mis sentimientos y la razón, palabras que preparo para ti, musa de mi amor y mis obras, para dejar constancia de nuestra historia y de los momentos de ensueño que compartimos.

Al inspirarme en ti y entregarte mis sentimientos en obras de arte, en poemas, en la dulzura de la prosa, experimento tanta emoción como cuando me entero que los lees y te cubren de embeleso.

Nunca antes había entregado mi amor a alguien, y menos escrito una y otra vez a una mujer acerca de los sentimientos que me inspira. Jamás me había enamorado, creo yo, porque te estaba esperando y reservé para ti lo mejor.

Gozo plenamente cuando termino un poema o un texto, inspirado en ti, y lo lees con alegría e ilusión, con la emoción de una niña que es sorprendida con un regalo, con la dulzura y el encanto de una dama que se sabe amada y consentida.

Escribir los sentimientos que me inspiras, es un deleite, como lo es, también, elegir las orquídeas, los tulipanes, las rosas y las flores que alguien -el artífice que entiende mi anhelo de expresarte mi amor e interpreta mis secretos- convierte en versos, en música, en lienzo.

Letras y flores forman parte de mis emociones al volverlas detalles, motivos, instantes, destino. Disfruto desde el minuto de su creación hasta la hora en que te entrego mi amor fundido en arte, en creación literaria, o en colores, fragancias y textura.

Imagino tu admiración, sonrisa, alegría e ilusión al leer, a una hora y a otra, los textos que me inspiras, o al recibir, aquí y allá, los bouquets y arreglos florales con los matices del amor y la mezcla de tu perfume y el mío, porque de lo contrario, pregunto, si no se tratara de las fragancias de ambos, ¿cuál será la razón por la que los pétalos exhalan nuestro aliento?

No sabe la gente que me observa con el bolígrafo en la mano y la libreta de apuntes, que soy el escritor que compone poemas a su musa bienamada; tampoco imagina la mayoría, al mirarme con el florista, la emoción que siento al enviarte un ramo, un bouquet, con un sobre que encierra una promesa, un detalle, una palabra de amor.

Admito que siento emoción, alegría e ilusión al escribirte un texto y al regalarte un ramo. Una servilleta con algunas letras, es una flor; las páginas que me inspiras, te escribo y te dedico, son un ramo, un bouquet, un arreglo con nuestro aliento y perfume, tal vez, razón de mis emociones.

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Te regalo una flor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te regalo esta flor como anticipo del jardín que prometí para embellecer tu vida

Cuando prometo cubrir las horas de tu existencia con flores, significa que me he propuesto depositar alfombras de pétalos fragantes en tu camino para que al pisarlas, sientas mis caricias y que te cuido y consiento. Pienso dispersar los colores de orquídeas, azafranes y hortensias con la intención de que formen el atuendo que resalte tu belleza y sonrisa. Deseo que cada mañana, al abrir los ojos y mirar el cielo, voltees al jardín y descubras en las rosas blancas y fucsia las gotas del rocío que al deslizar suavemente, se transforman en perlas que atrapo con el objetivo de tejer un collar para ti. Mi plan consiste en colocar en tu almohada fragmentos de eustomas, gloriosas y lirios del valle con la finalidad de que te sumerjas en los sueños más hermosos. Con cada tulipán maquillaré tu alegría, tu rostro de niña inquieta y tierna y tu mirada de espejo. Entre los alcatraces he colocado dientes de león para que te recrees, juegues y retornes a la infancia dorada. Quiero que los filamentos de los dientes de león vuelen cerca y lejos, en el mundo y el paraíso, para que siempre descubramos en cada uno la brillantez de su inocencia. Mi estrategia se basa en jugar contigo entre flores de kudupul para entregarte horas de ensueño, burbujas con ilusiones y tonalidades de la creación. Al ofrecerte que llenaré tu vida de flores, me refiero a que hasta de las gotas de lluvia haré cristales que contengan promesas, sueños, ilusiones, alegría, regalos, sonrisas, realidades y sorpresas. En cada flor que te entregue, recibirás mi amor, mis detalles, mi consentimiento y la ternura de mis besos, siempre con la promesa de que construiré un palacio de encanto y magia, donde jugaremos y reiremos felices entre pétalos fragantes y tersos. Hoy te entrego una flor como anticipo del jardín que prometí regalarte.

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La flor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

De las flores que te entrego, hay una que impregnará tu perfume y el mío en sus pétalos y desafiará los años entre las páginas de un libro, quizá para dejar constancia de nuestra historia y la ruta hacia las estrellas y el cielo

Flor de existencia breve, ¿qué historia conservas en tu memoria? ¿Quién te guardó entre las páginas amarillentas de un libro, acaso cual confidente de un amor secreto, quizá como testimonio de un sueño transformado en realidad, tal vez en un intento de invitarte a ser estampa de álbum? ¿En qué momento alguien te raptó del jardín con alegría, esperanza e ilusión? ¿A qué hora robaste un suspiro? ¿En qué minuto provocaste embeleso? ¿Quién escribió iniciales y frases de ensueño en tus pétalos? ¿Quién te recibió con el encanto del enamoramiento e impregnó la fragancia de su perfume? ¿Alguien descifrará las iniciales de dos enamorados y revelará el significado: “con la emoción, alegría e ilusión de la primera vez, confieso que me encantas y te amo”? ¿Quiénes fueron “tu amante de la pluma” y “mi musa bella”? ¿Quién fue “mirada de cielo” y “nombre de ángel”? Y el poema escrito en la servilleta quebradiza que envuelve tu tallo, flor marchita de añejos recuerdos, ¿quién lo compuso? ¿Quién inspiró la idea de reventar burbujas para descubrir regalos y sonrisas, soplar a los dientes de león con la intención de volar en sus filamentos hacia una infancia dorada y al paraíso, y guardar promesas en las estrellas con el objetivo de contabilizarlas una noche, otra y muchas más, y convertir los sueños e ilusiones en realidades? No te desintegres, flor de apellidos elegantes, porque el hombre que te entregó con dulzura, esperanza e ilusión, y la mujer que te recibió enamorada y feliz, seguramente coincidieron en algún rincón del mundo y partieron juntos a rutas insospechadas para protagonizar la historia escrita en el firmamento que exhala el recuerdo de un romance que se antoja de ensueño, mágico y subyugante. Quédate aquí, en medio del mundo, como testimonio de la locura de un amor.

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La hoja y la flor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, con quien he aprendido que el amor es uno de los detalles más hermosos de la creación

Al recoger una de las hojas doradas y quebradizas que el aliento del aire otoñal arrancó de las ramas de los árboles, en el bosque, sonreí, evoqué tu imagen de niña juguetona y traviesa, recordé tus ojos de perla y escribí tu nombre unido al mío, con la expresión que se desborda de mi corazón: “te amo”. Pensé, entonces, que en ese instante te hubiera encantado que tomáramos nuestras manos para girar alegres y finalmente caer en la alfombra de hojarasca, desde donde miraríamos la profundidad del cielo azul y las formas caprichosas de las nubes rizadas e incendiadas por el sol.

Noté que una flor presuntuosa y de fugaz existencia me observaba atenta y mordaz, quien preguntó el motivo por el que te expresaba mi amor en una hoja amarillenta y seca, y no con una alhaja.

Guiado por la delicadeza de su voz y su fragancia exquisita, la miré en silencio, reflexivo, hasta que preguntó de nuevo la causa por la que te invitaba, cada noche, a contemplar la galería sidérea y contar las estrellas, en vez de entregarte un collar de diamantes.

Ensimismado en mis cavilaciones, la soslayé y pensé que sus pétalos de intensa policromía avanzaban hacia el ocaso, cuando ella, envuelta en los destellos y suspiros de su belleza efímera, insistió en preguntar la razón por la que si mi amor por ti es tan grande, te obsequiaba detalles, cosas pequeñas y de apariencia insignificante, si yo podría, si quisiera, ofrendarte el brillo de un anillo o una joya de piedras preciosas.

La rosa, ufana, se atrevió a interrogar si te valoraba tan poco que me atrevía a regalarte una canasta con flores minúsculas, una hoja dorada con nuestros nombres, una servilleta con las expresiones “me cautivas” y “te amo”, algunas horas de alegría e ilusión a la orilla del mar o una excursión a la montaña, y no un vestido de princesa o zapatos de oro y plata.

Ignoré la estulticia de sus palabras, pero insistió en saber por qué cada día compartimos sonrisas, juegos, miradas, ilusiones, textos, vivencias, abrazos, palabras, besos, hojas doradas con nuestros nombres, sueños y momentos de silencio interior, cuando el mundo ofrece regalos ostentosos.

Noté tanta miseria en la flor arrogante, que decidí responderle, aclarar sus inquietudes, no sin antes decirle que la belleza exterior solamente es una apariencia temporal, una ilusión que se manifiesta entre un suspiro y otro para más tarde, en el momento menos esperado, huir y no regresar jamás. Recalqué que la estancia en el mundo es breve y que las horas pasajeras transcurren tan aceleradas e indiferentes a la felicidad o desdicha de cada ser, que hay que amar plenamente, experimentar los días con intensidad, crecer, evolucionar, derramar el bien, practicar las virtudes y marcar un sendero indeleble como huella para otros y constancia del paso alegre y maravilloso. Lamenté que con la brevedad de sus horas, fuera tan fatua. Inevitablemente, el tiempo la marchitaría; la muerte, en tanto, apagaría su aparente belleza y la consumiría. El tiempo y la muerte terrena comparten algo en común: no se enamoran porque entonces debilitarían sus corazas y quebrantarían su juramento.

Advertí su estremecimiento cuando expliqué que en lo sencillo muchas veces se encuentran lo bello y la grandeza, de manera que vale más diseñar un collar de estrellas, quizá durante una noche de quietud y romanticismo, que entregar uno de perlas que tal vez cueste tanto que se encuentre muy distante de la felicidad.

Trémula, la rosa comprendió que el amor se materializa no con el brillo y la superficialidad de las joyas y los regalos de lujo, sino con los pequeños detalles que forman la grandeza, con los actos de apariencia insignificante que se transforman en demostración de los más dulces sentimientos. Resulta falso regalar riquezas materiales, cuando alguien no es capaz de apoyar a la persona amada durante las etapas de prueba y tribulaciones. Hay quienes regalan mansiones, anillos y viajes costosos, y se ausentan cuando se trata de probar y entregar el verdadero amor a través de actos humanos.

Entendió que el amor no se compra ni ata, y que si dos almas se unen para volar juntas hasta la eternidad, no se condenan a la dependencia ni a la pérdida de identidad, porque se ayudan a crecer, a evolucionar, con la finalidad de caminar por un puente de cristal para llegar al cielo.

Aprendió que un amor como el tuyo y el mío, basa sus riquezas en los detalles, los actos, las pruebas de la vida, la fe, el consentimiento, las atenciones, los cuidados, la convivencia, la alegría y los sentimientos, no en el brillo seductor de las superficialidades ni en los bienes temporales.

Miró a su alrededor, donde las otras flores se mofaban de su asombro y decidió irse conmigo, dormir en la canasta de los encantos, porque prefirió trascender y convertirse en parte de un detalle hermoso que jamás se olvida, que en una presunción destinada a la finitud y al olvido. Sus pétalos tersos y perfumados acompañaron a la hoja dorada con nuestros nombres inscritos, acaso con la dicha de un día permanecer ambos entre las páginas de un libro muy querido como prueba de un amor especial y mágico.

Optó la flor por abandonar la petulancia que la cegaba y transformarse, igual que la hoja seca, en un detalle inolvidable, en parte de un día alegre, hermoso e irrepetible como los que tú y yo compartimos cada instante con la ilusión de que nuestro amor sea poema universal, música subyugante, puerta al cielo.