Hoy visité mi tumba

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Hoy visité mi tumba, y allí estoy, en arcilla y en polvo, no sé desde qué fecha, yerto, irreconocible, silencioso, con esa quietud que tienen los muertos al encontrarse tan ausentes y rotos. Esta tarde, al llover, fui hasta mi sepulcro, donde leí mi nombre y mis apellidos, y no miré, como esperaba, el día y el mes de mi hora postrera y de mi partida a otras fronteras, únicamente con la sospecha de que allí quedé, abandonado, sin flores ni suspiros renovados, Tras el dolor, las lágrimas y el sufrimiento, la gente se acostumbra a las ausencias y luego olvida. Este día caminé por calzadas desoladas y melancólicas, cubiertas, aquí y allá, de charcos que reflejan nubes plomadas, árboles con follaje agachado y monumentos pétreos y marmóreos. Observé los perfiles y los rostros sepulcrales, asomados al lado de árboles corpulentos que sueltan hojas y tristezas, entre los rumores y los sigilos de la vida y la muerte, no sé a cuál hora ni en qué fecha transformado en ambiente y en morada de mi cuerpo de barro y ceniza. Busqué un dato, una fecha, el año de mi despedida terrena, algún epitafio y un trozo de mi biografía, con la idea, al menos, de reconocerme y saber cómo terminé mi ciclo. Regresé con el calzado sucio, cubierto de lodo, y el aroma a otros días, a existencias consumidas, a flores depositadas y después marchitas, a historias interrumpidas. Lloré inconsolable y me sentí tan solo, en medio de un hondo vacío, que me pregunté si en realidad estaba vivo o si todo, al contrario, era sueño y ya no estaba aquí. La lluvia y el viento asomaron a la ventana que olvidé cerrar y los sentí al acariciar mi rostro, al besar mi piel, casi al mismo tiempo que expresaron: “despierta. Estás vivo. No seas espectador en las gradas del teatro de tu existencia; transfórmate en protagonista de tu biografía, en autor y en personaje de tu historia. No regreses al cementerio en busca de tus cenizas y de posibles epitafios. No recojas tristes despojos. Quienes lo hacen, ya están muertos, aunque crean que viven. No esperes flores de dolor, tristeza y remordimiento. Cultívalas y siempre regalarán sus matices y perfumes, incluso después de que te hayas ido. No sufras más- Ama y sonríe con la vida”. Me sentí vivo. Supe que no era polvo, que estaba vivo y que la oportunidad de hacer el bien, retirar la piedra del camino, amar, reír, ser feliz, jugar y trascender es hoy, el momento presente de mi existncia, y no la soberbia de descubrir un epitafio que mienta sobre lo que no fui. Estoy vivo.

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Usted es tan real

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Usted es tan real, aunque a veces suela callar y su nombre permanezca guardado en el botón de algún tulipán, envuelto en una gota de cristal, escondido en el romance de un poema. Usted, con su mirada de espejo, es tangible, y yo, para comprobar si existe y si su amor no es imaginación ni locura mía, la busco en cada línea impresa en las páginas de los libros, en las planas de los diarios, en las hojas escritas por mí cada mañana y tarde. Entro a las obras literarias, a los cuentos, a las novelas, a los poemas, con la idea de comprobar que usted no es mi imaginación, que es real, que no aparece como musa de otros artistas, que es quien inspira mis delirios, mis letras, mis motivos. Usted es tan genuina, que no necesité diseñarla como lo hago con mis personajes, en cada historia que imagino y escribo, y hasta escapa,, traviesa e inquieta, de mi arte, de mis obras, cuando me ama y me detesta, si ríe o llora, al abrazarme y al enojar, durante los instantes nebulosos y fríos y en las tempestades Usted es tan real que, ahora, al no estar aquí, conmigo, esta tarde de lluvia, asomo por la ventana con la esperanza de descubrirla en cada gota que revienta. Abro la puerta con la idea de recibirla y que ocupe el sitio que le corresponde porque, si recuerda bien, sabrá que no espero a alguien más. Usted existe, es auténtica, es irrepetible, y no es imaginación mía. Incontables momentos, me pregunto, inquieto, por qué, si es tan real y es mi musa, resulta imposible romper tantas cosas para impregarme de usted y regalarle una flor cada mañana, al despertar, como es su anhelo y su sueño, y es mi deseo y mi proyecto. Usted es tan real que, a veces, supongo que viene de un sueño, de algún sitio de mi alma o de cierto remanso apacible, donde las musas son gotas de cristal y estrellas que cuelgan en la bóveda celeste. Tiene tanto de mí y yo de usted, que sé, por lo mismo, que no se trata de una casualidad ni de un encuentro temporal, porque somos reales y, a la vez, destellos de sueños y vidas, ecos de cielos y mundos, trozos de hojas y flores, personajes de un idilio sin final. Usted es tan real.

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Por favor

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Por favor, cuando mi cuerpo permanezca yerto, ausente de alma, ya sin esencia, faltante de mí, no desperdicies un día completo en mirarme inmóvil ni en cavar en los años, en el tiempo, para llegar a alguna orilla del ayer, casi olvidada, buscar mis pedazos y recordarme. Las flores se marchitan y quedan abandonadas en los sepulcros, mientras las lágrimas de arrepentimiento, dolor y tristeza, en tanto, secan al amanecer y son olvidadas, cuando el sol pinta los jardines y el paisaje con matices de alegría, y los asuntos de la vida asoman cotidianamente con su sí y su no. La gente que se va y los recuerdos, quedan atrás, al expresarse el siguiente día. Parten de estaciones desoladas a rutas insospechadas. Prefiero que la mañana y la noche, la madrugada y la tarde, que indudablemente me dedicarás alguna vez, en una fecha desconocida y a cierta hora, las diluyas en instantes, en momentos con detalles, para que en verdad convivamos y, al final de nuestras existencias, resplandezcamos con ese tesoro grandioso y tan nuestro, y, ya sin llanto ni remordimientos, prevalezcan la alegría, las evocaciones felices, igual que cuando uno, contento y pleno, lee todo el libro y da vuelta a la página postrera. Prometo que haré lo mismo contigo y con la gente que amo y con la que aún no conozco. Repartiré detalles, motivos, instantes. No importa si es un mensaje instantáneo, si es una carta, si es una llamada o si es una visita. Lo importante es no sabernos ni considerarnos solos, compartir nuestras alegrías y tristezas, los triunfos y los fracasos que tenemos, la sonrisa y el llanto, porque de tales encuentros y desencuentros, sin duda, surgirán historias inolvidables, bellas e irrepetibles. Y si a los minutos que repartimos, agregamos el bien que podamos hacer a los demás, fundirnos en una cadena hacia determinados propósitos nobles, y enseñar a los que no saben, construir puentes y caminos que salven de caer a los abismos, seguramente, al despedirnos, no será en salas velatorias ni en hornos crematorios, ni tampoco en sepulcros. Nos recordaremos de manera idéntica a la de las personas que se aman, cuando se despiden tras una visita feliz y armónica, con la promesa de volver a encontrarse. Y así es. La jornada existencial solo es un paseo, una acumulación de años, para más tarde, si acaso existe el tiempo en otros planos, entregarse a la conquista, por méritos propios, del infinito. Por favor, evita, como lo haré yo, la pena, el dolor y la tristeza de mirar mi cuerpo ausente de mí, ya sin esencia, porque más que cavar una tumba que exhale hondos suspiros y cargar un ataúd en su despedida final, en el cementerio, me gustaría, contigo y con los demás, utilizar la pala para cerrar heridas y construir momentos grandiosos, vivencias inolvidables, oportunidades para hacer el bien y aliviar el dolor de otros. Más que cargar pesos innecesarios, abracemos a quienes están a nuestro lado, a aquellos que necesitan, por sus condiciones, una mano que dé, oídos que escuchen, miradas que vean con benevolencia, palabras de aliento que aconsejen y enseñen. No cavemos ni despediciemos los minutos y los días de la existencia en soportar tanto peso. Perdonemos el mal que nos causamos, si así ha sido, y repongamos la vida perdida -los segundos y los años componen los períodos de la existencia, en este mundo- con sentimientos, palabras, pensamientos y acciones nobles. Por favor, cuando sepas que mi cuerpo permanece con un faltante -yo, mi alma, mi esencia-, lleva alegría, buenos recuerdos, y continúa por la senda que diseñamos como seres humanos dichosos e íntegros. Dejemos las flores no para cubrir ni rodear ataúdes y sepulcros, decoración marchita de los cementerios, sino con la idea de cultivarlas, embellecer el mundo, alegrar a la humanidad y dispersar sus pétalos en los caminos, en las rutas a donde el paraíso, simplemente, inicia y parte de nosotros, de nuestro interior, de cada alma que palpita aquí y allá, en la arcilla y en la luz.

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Y ahí estaba usted

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y ahí estaba usted, cuando la reconocí en mis sueños, en alguno de los recintos de mi alma, conmigo, envuelta en los pétalos de rosa que le prometí. Y ahí la descubrí, mientras yo dormía, en una banca de cristal, alrededor de árboles y riachuelos, como musa de otro paraíso que acompaña y espera fielmente a su artista. Y ahí la encontré, en mi ayer, en mi hoy y en mi mañana, atemporal, imperturbable, hermosa, cautivante. Y ahí la vi, en mi interior y afuera, en el exterior y en mí, contenta, sonriente e inspiradora. Y ahí la encontré, al mirarme en el espejo, en mí, a mi lado, inseparable, con su propia identidad, en un vuelo libre y pleno, aunque con un tanto de mí como yo llevo mucho de usted. Y ahí la miré, en mi arcilla, en mi perfil, en mi textura, con la sensación de que también ha permanecido en mi esencia, en mi interior, en mí. Y ahí la vi, en el mundo, en la temporalidad, y en el infinito, en el océano sin final, ocurrente y dichosa. Y ahí estaba usted, cuando asomé en mí, conmigo, en el inagotable juego de la vida y del amor, quizá con la idea de correr en la arena y empaparnos con la espuma del mar, probablemente con la intención de patinar sobre la nieve, tal vez en el bosque, a la orilla del río, mientras la lluvia pertinaz nos moja con sus gotas de cristal. Y ahí coincidí con usted, en mis letras, en mi arte, en mis palabras, en mis textos, en mi locura. Y ahí la percibí, en mis mundos y en mis cielos. Y ahí estaba usted.

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Hubo un mundo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Hubo aves que cantaron, pájaros que regalaron sus conciertos, y que pocos escucharon y disfrutaron, que algunos ignoraron, que otros atraparon y callaron y que muchos más depredaron. Existieron cascadas, ríos manantiales y lagos que eran espejos y fragmentos de paraísos y que hoy, en medio de la desolación y de la tierra seca y ranurada, todos añoran, sedientos, tristes y sucios. Una tierra, no lo olvido, de la que surgían colores, formas, permumes, sabores. Animales, en minúsculas y en mayúsculas, fueron amigos y compañeros de viaje de los seres humanos en un cielo de barro con esencia prodigiosa; pero ya no están, hombres y mujeres los asesinaron para enriquecerse naterialmente en la brevedad de sus pequeñas existencias, saciar sus instintos criminales y exhibirlos y presumir sus trofeos de caza y sus pieles tan caras. Abundaban, otrora, árboles y maleza en bosques y selvas que, impotentes, enfrentaron crueldades, ambición desmedida y rapacidad de la gente que presumía estar hecha a imagen y semejanza de Dios, mientras aniquilaba y se apropiaba de la creación, con un tanto de desmemoria sobre la luz interior que les hubiera dado un sentido real y pleno. Sentían las personas merecer la corona celeste y mataron y olvidaron todo. Teníamos, en el mundo, un pedazo de vergel, la entrada segura a otros paraísos; sin embargo, prevalecen las ruinas, queda el testimonio de los vestigios repentinamente enmudecen y de improviso hablan. Unos denunciaron y muchos callaron las atrocidades. Estamos rotos. Y en eso, todos compartimos una responsabilidad que pesa demasiado.

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Las flores que recolecto

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Cada flor es un rostro que tiene un encanto, una belleza, un motivo. Las flores que recolecto y le entrego, poseen una mirada, como la suya, y, quizá -ahora lo sospecho-, hasta un perfume igual al que usted exhala. En una y en otra flor, descubro los colores de la vida, el nombre de usted y hasta sus alegrías y tristezas. En las flores que le regalo, habrá algunas, probablemente, que quedarán atrapadas en páginas con dobleces -hojas, al fin-, hasta marchitarse al lado de las letras y las palabras que le escribo, cual testimonio de que un día y muchos más, multiplicados al infinito, le entregué mi delirio, la locura de un amor irrenunciable, pleno e inquebrantable. Al mirar las flores por las que deslizan las gotas del rocío, evoco sus lágrimas cuando ríe o llora, y mayores deseos siento, entonces, de correr a su lado para abrazarla desde la profundidad de nuestras almas. Las flores de mi jardin y las bosque son para usted. Las hay blancas, rosas, violetas, amarillas, rojas y de tantos matices que, a veces, pienso que Dios derramó, intencionalmente, su paleta de colores con la idea de adelantar uno de sus paraísos a aquellos que, como usted y yo, sentimos admiración y deleite por sus criaturas. Las flores aparecen aquí y allá, en minúsculas y en mayúsculas, en femenino y en masculino, decoradas con hojas y sostenidas en tallos que, en ocasiones, espinan y rasgan la piel y la ropa porque las cuidan. Busco flores sonrientes para usted, orquídeas y tulipanes, gladiolas y lilís, girasoles y rosas, acacias y dientes de león, begonias y claveles, lirios y hortensias, dalias y crisantemos, y qué importa si las acomodo en el canasto en nones o en pares, si en cada uno descubro su aroma y el mío, nuestras sonrisas y el amor inextinguible, a pesar e que la textura se arrugue una mañana o una tarde. En cada flor descubro su mirada, su perfume, su textura. Quiero preguntarle si me permite diseñar y crear una alfombra de pétalos para que su caminata por la vida sea un paseo inolvidable y bello que le recuerde, en cierto momento, los jardines del paraíso. De ser así, me gustaría saber si le agradaría tener mucho de mí como yo tanto de usted.

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Y asomé…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y asomé a mi vida, en la noche, al oscurecer, cuando pensaba que ya no estabas conmigo, y descubrí, inesperadamente, tus huellas en el jardín con olor a tierra mojada, tus pisadas sobre la hojarasca y el aroma de tu perfume. Y miré desde la ventana de mi existencia, hacia dentro y afuera. y te vi, a veces silenciosa, en ocasiones con tu voz, interesada en mí, en el amor que nos convierte en tú y yo, en lo que es tan nuestro. Y abrí la puerta al creer que estarías afuera, acaso con una sonrisa, tal vez con una flor; pero recordé -vaya descuido el mío- que siempre estás adentro, conmigo, y que no espero, por lo mismo a alguien más. Y llegué al balcón de la casa, abrí el ventanal corredizo y observé, maravillado, la pinacoteca celeste con incontables mundos y luceros mágicos que colgaban plateados, y escuché el murmullo de los grillos, el lenguaje del viento al acariciar las frondas de los árboles, los susurros de la vida y de la creación, y, entonces, al voltear a mi lado, te miré y te sentí conmigo. Y así, profundamente emocionado, asomé al infinito, a nuestras almas, y te vi conmigo, inseparable, mecidos ambos en un columpio de orquídeas y tulipanes, elaborado con mucho de ti y de mí.

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Nací en marzo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estoy feliz. Me siento intensamente bendecido y dichoso. Nací en marzo, cuando las abejas, las libélulas y las mariposas posan sobre las flores que brotan de la tierra con la fórmula de sus colores y sus perfumes mágicos, cautivantes a los sentidos y tan parecidos al encanto del vergel. Mi cuna data de marzo de cierta fecha -¿importan el día, el año, la edad?-, en algún minuto y una hora que el tiempo raptó al sentirse dueño de las manecillas del reloj, mientras el sol y la lluvia de primavera, en el hemisferio norte, fabricaban arcoíris para provocar alegría y sonrisas. Desembarqué en marzo, procedente de algún paraíso etéreo, con la idea de reencontrarme, abrazar a los otros -oh, mi grandioso tesoro-, protagonizar una historia, fundir la esencia en la arcilla y probarnos en un paseo terreno, en una jornada mundana, hasta descubrir la ruta y preparar el regreso a casa. Nací en marzo, cuando en el hemisferio sur las hojas otoñales eran mecidas por el viento al soplar inagotable y melancólico. Llegué al puerto de la existencia, en marzo -en marzo de cierto año-, donde ya me esperaban mis padres, amorosos y nobles, contentos ante el prodigio de la vida, y, lo mejor de todo, agradecidos con Dios por la oportunidad del reencuentro. Nací en marzo, alguno de esos días que posee el mes -el tercero del año-, en un tiempo, con una familia y en un sitio que no cambiaría. Vengo de un marzo distante y cercano, espectacular y normal, con los besos de primavera y los abrazos de otoño al coincidir, en algún punto de encuentro, los hemisferios norte y sur, enamorados al obsequiarse, mutuamente, las tonalidades de las flores y los matices de las hojas, el calor y el viento, los perfumes de uno y otro. Nací en marzo, en marzo de cualquier año -el día 30, si hay que ser exactos-; sin embargo, estoy agradecido con Dios por cada instante que vivo, por la oportunidad de ser yo y el privilegio de formar parte de una historia con las almas que tanto amo. Sé que nací en marzo y tengo la fortuna de desconocer la fecha de mi partida, quizá porque es maravilloso y preferible despertar, cada mañana, o dormir, en la noche, con el milagro de la vida, y agradecer, siempre, por un instante más y la oportunidad de amar, reír, abrazar, compartir, aprender, dar de sí, caminar y hacer el bien. Nací en marzo, pero en realidad me renuevo cada momento con mi agradecimiento a la fuente infinita que me ha dado tanta dicha, a pesar de sus claroscuros.

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Flores rotas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las flores están rotas. El jardín -incompleto, solitario, irreconocible- no es el mismo de ayer. Los pétalos, otrora fragantes y enamorados, permanecen en el suelo, dispersos, cerca de los charcos que antes los reflejaban, igual que las alegrías y los recuerdos de quienes los cultivaron. La tierra endureció y ranuró su piel oscura, mientras las macetas de barro y porcelana, fracturadas, están intoxicadas por la humedad y el salitre que las devora. Al morir las flores y las plantas, se extinguieron los colores, las formas y los perfumes. Las sombras esconden los cardos, el veneno de otras hierbas, los tintes que despiertan al aparecer esos murmullos y silencios que tanto asustan cuando los arrastra el viento. Algo perdió el jardín. Acaso a sus dueños, las manos que removían la tierra, cortaban los abrojos y regaban las plantas, responden algunos; probablemente, sus remansos, sus flores, sus represas, sus árboles, sus plantas, suponen otros; quizá sus detalles, su encanto, sus ilusiones, agregan unos; tal vez, coinciden todos, las horas y los días acumulados y repetidos, la tristeza, el mal, la superficialidad, el dolor. Anoche, mientras llovía, el jardín se quejó, y hoy amaneció desmejorado, con un semblante distinto al de apenas hace algunos días. Está mutilado y, lo que no murió, anda en muletas y se arrastra el sepulcro. “Y así acontece con ustedes -interviene la vida-, quienes creen que son las flores efímeras y petulantes que apenas ahora, al amanecer, sentían deslizar en su piel las gotas del rocío y desdeñaban a las abejas que buscaban su dulzura, sin imaginar que en la tarde empezarían a morir. La ausencia de bien, verdad, respeto, justicia, amor, dignidad, sentimientos nobles, inteligencia y libertad, y la abundancia de mal, falsedad e ignorancia, marchitan las hojas y los pétalos, endurecen la tierra infértil y desatan el aliento del dolor, la enfermedad, la tristeza y la muerte. Sean el jardín cautivante y hermoso que alguna vez cultivó el alma y deleitó la razón y los sentidos”.

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Hoy llevo conmigo, en un morral, el abecedario

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hoy llevo conmigo, en un morral, el abecedario, con sus letras en mayúsculas y en minúsculas, con el objetivo de dispersar palabras que alivien el desamor y la soledad, el miedo y la tristeza. Quiero hilvanar sonrisas, tejer sentimientos, coser abrazos. Mi deseo consiste en fabricar ideas, un oasis en la inmensidad del desierto, para descanso y refugio de los caminantes que sientan fatiga. Anhelo diseñar rutas, tender puentes, trazar senderos, porque la felicidad y la plenitud se construyen diariamente, cada momento, entre una aurora y un ocaso. Regalo letras, entrego palabras, comparto poemas, derrocho textos, porque sé que curan desamores y congojas, soledades y tristezas, odios y crueldades. He buscado un lenguaje parecido a las caricias del viento, a los susurros de la lluvia, a los rumores del cielo. Un idioma que entiendan todos, pletórico de significados de amor y sentimientos nobles, alejado del mal y cercano al bien, que abrace y vuelva hermanos a quienes lean y escuchen los mensajes. Sé que por cada letra que cultive, germinarán palabras, sentimientos e ideas con fragancias de plantas y colores y texturas de flores. Hoy llevo conmigo, en un morral, la dulzura de un abecedario, el encanto de las palabras que alguien me dictó anoche, mientras dormía.

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Gracias por la publicación:

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