La cita

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quiero una cita, en sueños y en mi vida de día y de noche, en primavera y en verano, en otoño y en invierno, con la idea de asomar a tu mirada y descubrirme enamorado de ti, como la primera vez que te vi, arrobado, al coincidir en el sendero. Anhelo un encuentro contigo, de esos que se dan todos los días, en alguna ruta, con una flor, un abrazo y una sonrisa, con lo que llaman detalles cuando regalamos los pétalos y, al cabo de los días y los años, forman ramilletes, jardines y paraísos. Deseo mirar tu nombre y el mío anotados, simplemente, en los días de todos los calendarios, en la libreta del amor, en la memoria de la vida, en la agenda de Dios.

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¿Y si hoy cambiamos el mundo?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si hoy cambiamos el mundo? ¿Y si, al amanecer, sonreímos amablemente y saludamos a la gente que coincida en nuestros caminos? ¿Y si al despertar, sentir las caricias de la vida y percibir las fragancias de la naturaleza, agradecemos un día más y, contagiados de alegría y emoción, plantamos un árbol, sembramos plantas y admiramos la policromía de las flores? ¿Y si retornamos a la inocencia perdida? ¿Y si abrimos paréntesis con la idea de dar lo mejor de nosotros a quienes más lo necesitan? ¿Y si entendemos que la riqueza material, encadenada y presa tras barrotes y celdas, es pútrida si carece de proyecto humanitario? ¿Y si aprendemos que los sentimientos, las cosas, las palabras, los pensamientos y las acciones no solo son de uno, sino para el bien que se pueda hacer a los demás? ¿Y si llegamos a la orilla, al final del camino, no con los dedos de las manos repletos de anillos de brillantes y oro, sino desgarrados por haber salvado a otros de morir en el fango, rescatar a aquellos que estaban atorados en pantanos y alumbrar a los que permanecían extraviados en parajes oscuros? ¿Y si multiplicamos las tareas nobles? ¿Y si somos buenos? ¿Y si sepultamos la envidia, el odio, la soberbia, el miedo, la falsedad, el enojo, la ambición desmedida, el mal y las superficialidades? ¿Y si rescatamos la verdad, el bien y la justicia? ¿Y si nos atrevemos a volar libres y plenos? ¿Y si, por fin, reconocemos que el principio de la inmortalidad se encuentra en nosotros y en la luz que irradiemos y no en la oscuridad que proyectemos?

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El sí y el no

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si el concierto de las aves y los susurros del aire son fragmentos de las notas de Dios? ¿Y si todo es signo de una partitura magistral y, en consecuencia, es voz de la misma sinfonía? ¿Y si las palabras escritas y pronunciadas, a cierta hora, son ecos de música, pedazos de matices, trozos de formas? ¿Y si tu voz y la mía pertenecen al lenguaje de otros? ¿Y si las flores, las cortezas enlamadas y las frondas de los árboles, al reflejarlas los lagos y las represas, parecen lienzo raptado del mismo paraíso? ¿Y si los seres humanos solo se disgregaron y su familia son las plantas, los animales, los abetos, las orquídeas, los tulipanes? ¿Y si los pétalos y las espinas se complementan y también se integran a la piel, a las escamas, a las texturas? ¿Y si los rumores son silencios y los sigilos, en tanto, susurros interminables? ¿Y si el océano y las tormentas tienen parentesco con la pinacoteca celeste? ¿Y si la finitud únicamente es rostro desprendido de la eternidad? ¿Y si los sueños son la otra parte de la vida? ¿Y si existen mundos paralelos en los que, nosotros, somos buenos y malos? ¿Y si el bien es la luz, el agua diáfana, las gotas que brotan de la fuente inagotable, y el mal, en cambio, es oscuridad y mezcla de líquido estancado con tierra? ¿Y si los niños, adolescentes y jóvenes son las personas maduras que transitan por el mundo y los ancianos que reposan en sus asientos de remembranzas? ¿Y si el titiritero de la humanidad es cada persona? ¿Y si las mujeres traen consigo la receta de los hombres, y ellos, en cambio, poseen las fórmulas de ellas? ¿Y si los colores son fragancias y sabores? ¿Y si el sí y el no de la vida nadan en la misma corriente? ¿Y si alguien pertenece a cierta familia, a un grupo evolutivo, y, a la vez, a una generación y a todas las que han transitado y vienen? ¿Y si la piedra, el mineral y la arena se encuentran dispersas, en sus ambientes, y sienten el paso de la lluvia, el viento, la nieve, el calor y el frío? ¿Y si el día no se manifiesta sin la presencia anticipada de la noche? ¿Y si la enfermedad, la muerte, el odio, la tristeza y el mal son ruinas y sombras, exclusivamente, de la salud, la vida, el amor, la alegría y el bien? ¿Y si el mundo y otros planos se desprendieron de un cielo infinito? ¿Y si la muerte y la vida se parecen tanto y solo se trata de un viaje previo a la inmortalidad? ¿Y si la arcilla resulta animada por la esencia y el alma, a la vez, es destello de Dios? ¿Y si solamente es preciso escuchar los murmullos y sigilos que provienen del interior y conciliarlos con los apuntes de Dios para ser uno con el todo y ya no sufrir ni morir tantas veces y sí, en cambio, disfrutar la corriente etérea que fluye? ¿Y si en vez de pisar charcos con reflejos, decidimos sumergirnos en las profundidades del ser y descubrir las riquezas inconmensurables? ¿Y si de pronto, al unir las piezas, cada uno descubrimos que somos algo más que seres humanos?

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¿Estamos preparados?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

He mirado a aquellos que una mañana, una tarde o una noche lloran tristes y desconsolados ante un ataúd, acaso por el amor y la nostalgia que experimentan al reconocer y sentir la ausencia de quienes han partido a otras fronteras; pero también he observado, a hurtadillas y con pesar, a los que derraman lágrimas y se sienten rasgados por el dolor que proviene del arrepentimiento, la indiferencia, el rencor, el olvido y los remordimientos, con un “te amo”, “perdóname”, “gracias por todo”, que no fue pronunciado con oportunidad por la ceguera de la altivez, los sentimientos negativos, el descuido y la superficialidad. Los primeros, alivian su dolor y tristeza porque se sienten libres de los barrotes y las celdas que imponen el odio, el rechazo y el remordimiento. Los segundos, en tanto, aunque lo rehúsen, permanecen encadenados a su incapacidad de no haber demostrado amor, interés, respeto y atención a los que transitaron a otros planos. Me pregunto, ¿estamos preparados, espiritual y mentalmente, para despedir a quienes de improviso pasan por la transición, con el dulce recuerdo de las luces y sombras compartidas, o seremos iguales a aquellos que, al morir alguien, miran con congoja que forman parte de grilletes que los encadenarán y martirizarán toda la vida? ¿Somos de los que regalamos detalles a la gente, cuando vive, o de aquellos que movidos por el desconsuelo y el arrepentimiento llevan flores que se marchitan en el olvido y la frialdad de un sepulcro?

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Con las flores y las gotas que recolecto en mi mochila y en mi canasto de artista

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La flor que una mañana, en su cielo, Dios pintó con los matices de su paleta de artista y perfumó antes de plantarla y regar sus hojas, sus raíces y su tallo, asoma un día cualquiera, en el jardín, a la hora que recolecto gladiolas, orquídeas, tulipanes y rosas en mi canasta de escritor, en mi mochila de poeta, con la idea de armar letras con los pétalos y formar palabras dulces. Así es como fabrico los poemas que un minuto y otros más, en cierta fecha -hoy y siempre-, me inspiras. La corriente que serpentea el paisaje abrupto y refleja el cielo y las frondas de los árboles, hasta navegar tonos azulados y verdosos sobre su piel de agua, me regala sus faenas y sus pausas, sus murmullos y sus sigilos, en un acto de correspondencia con la vida, con la naturaleza, para que mis poemas, al entregártelos, te salpiquen gotas diáfanas y comprendas y descubras que el amor se siente y que existen otros paraísos en uno. El viento que sopla y llega de rincones lejanos, de mundos insospechados, lleva consigo, en sus alas etéreas, incontables mensajes, los que te escribo cada momento, cuando pienso en ti y te siento en mí. Los colores de primavera, los perfumes de verano, la música del otoño y los rumores y silencios del invierno, se presentan en mi tintero, en mi libreta de apuntes, en mi pentagrama, en mi lienzo, con el objetivo de fundirse y acompañarme durante mis horas de creación, los instantes de magia e inspiración, cuando la locura de este amor se apodera de mí y escribo para ti. Salto las cercas del paraíso, frente a la casa de Dios, y desprendo pedazos de cielo, ecos y reflejos del infinito, con la intención de que sepas, al recibirlos, que existen un lugar y una inmortalidad para nosotros -los de ayer, los de entonces, los de hoy, los de mañana, los de siempre-, con un tú y un yo muy nuestros.

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Con sorpresa descubro la vida que asoma en la flor…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con sorpresa descubro la vida que asoma en la flor, cada mañana, al sentir las gotas del rocío que deslizan suavemente en sus pétalos de delicada textura y al derramar en el ambiente sus fragancias y sus colores prodigiosos, tan similares a los del paraíso, mientras las ráfagas acarician las frondas y balancean las ramas de los árboles corpulentos. Con embeleso, observo las gotas diáfanas que brotan incesantes de la intimidad de la tierra y revientan en el manantial al sentir el aliento de la vida y la mirada del sol, para fusionarse con otras de igual destino y excursionar por el mundo en corrientes apacibles, ríos caudalosos, cascadas, lagos y mares, hasta regresar, un día, una tarde o una noche, a su fuente, a su origen, y prepararse para el siguiente ciclo. Veo, cautivado, el vuelo de las mariposas de intensa policromía, de los pájaros de fino plumaje, de las abejas y de las libélulas que posan repentinamente sobre las flores silvestres que se extienden cual alfombra en los valles serpenteados por riachuelos. Admiro, a cierta hora, el oleaje interminable del océano, entre espuma blanca y sus tonos jade y turquesa, y escucho su concierto magistral, hasta que defino, en el horizonte, los tonos amarillos, naranjas y rojizos que refleja el océano al recibir los besos del sol adormecido del atardecer. Y espero, impaciente, la noche pincelada con las estrellas que el artista del universo colgó geométricamente tras fundirlas en el crisol de su taller. Las nubes plomadas, al abrazarse, derraman gotas de lluvia que empapan y dan alegría y vida a todo. Hundo los pies en el barro, abrazo un abeto, me sumerjo en mis profundidades y escucho los rumores y los silencios de mi ser, de la vida, de la creación. Descubro la vida en todo y me pregunto con mortificación y tristeza dónde quedaron la alegría, los sueños, las ilusiones, el respeto, la dignidad, los valores, lo más bello, la esencia y la libertad de los seres humanos. Me interrogo, una y otra vez, en qué momento, hombres y mujeres dejaron de ser hermanos y se odiaron tanto, hasta convertirse en piezas rotas en un mundo donde la vida fluye y se reinventa cada instante, con sus luces y sus sombras, con sus flores y sus cardos, con su sí y su no que le da sentido. Miro este pedazo de cielo llamado mundo y vuelvo con la interrogante sobre el destino humano y la razón por la que se causa daño y no disfruta, cada minuto, los perfumes y las tonalidades de la naturaleza, el regalo de la vida…

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Detalle especial

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los detalles parecen insignificantes en un mundo fascinado por el espejismo de las apariencias; no obstante, las estrellas que decoran el firmamento, la arena de la playa, las gotas de la lluvia, los copos de nieve, el polvo de la creación y la dulzura de un amor cotidiano y eterno, son particularidades que al atraerse, forman la hermosura y grandeza de un resplendor inmortal. Eres detalle y motivo de mi alma y mis días

Acaso por la emoción diaria de sentirte en mí y definirte en los trozos de mi alma que tienen un tanto de ti, en mis ojos que ya miran con tu estilo y el mío, o quizá por el anhelo de dispersar pétalos y burbujas en tu sendero y cubrir tu sueño con abrazos en el silencio de nuestras almas y besarte con la dulzura de un amor inmortal, hoy te entrego una flor, otra y muchas más que recolecté en el camino, mientras pensaba en ti, cada una con un detalle y una sorpresa especial que deposité en su perfume, en su textura, en sus colores. Cuando sientas embeleso por su aroma, percibe las fragancias de la vida, mi perfume y la esencia de un paraíso que late en ti, en mí, en el universo. Al tocar su textura, siente mis caricias y las manos de Dios, quien todos los días moldea la belleza de tu rostro y lo ilumina con la luz de tu ser. En cuanto observes su policromía, disfruta las tonalidades del amor, la vida y la alegría. Te regalo el bouquet que formé esta mañana, cuando andaba en la campiña, entre árboles y sentimientos, suspiros y flores, sueños y cascadas, ríos diáfanos e ilusiones. Eres mi motivo. En cada flor reuní el encanto de dos vidas y sueños compartidos, la sorpresa de una estancia maravillosa y un destino prodigioso, la delicia de un viaje entre una estación y otra, los detalles y regalos que se entregan cotidianamente con una sonrisa, un poema, un beso y una caricia de amor.

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Camila

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay seres humanos que transitan por el mundo y dejan huellas, recuerdos e historias memorables por lo sublime de sus sentimientos, la profundidad de su pensamiento y lo extraordinario de sus actos, hombres y mujeres que, como Camila, son inolvidables por el amor auténtico, fiel y puro que entregan y el resplandor que destilan desde su interior.

Mujer bella y tierna, con sueños e ilusiones, dulce y noble, mostró su inclinación artística durante los primeros años de su existencia. ¿Cómo no va a ser hermoso y sensible quien desde la infancia tiene capacidad de expresar sentimientos e ideas a través del dibujo?

Ella, Camila, dio muestra de su grandeza hasta el minuto postrero de su existencia. Se le extraña. Tenía 14 años de edad. Un día, cuando sus manos se deleitaban con los dibujos que creaba y sus sueños e ilusiones, envueltos en la dulzura de su carácter, la transportaban a las fronteras de los ensueños, su salud se quebrantó y aprendió, como era, a coexistir con la enfermedad, con el cáncer que cada instante carcomió su organismo.

Entre las postrimerías de su infancia y la aurora de su adolescencia, aprendió que los juegos, las fantasías y los sueños quedan atrás, en el recuerdo y a veces en el olvido, y que en ocasiones algunos seres humanos deben enfrentarse a una realidad cruda e incomprensible, al dolor que causa un padecimiento incurable, a la impotencia de salir de la fila para luchar contra algo que parece injusto e invencible.

Los últimos dos años de su existencia fueron difíciles para Camila. Su existencia se complicó. No es fácil padecer cáncer en los pulmones, someterse a quimioterapias y andar, al final, con un tanque de oxígeno; sin embargo, fue ella quien enseñó a la vida, al destino y a la gente que cuando un ser humano es grandioso, las pruebas empequeñecen ante luz que irradia el alma.

Dicen que esas enfermedades enseñan a los pacientes, que les transmiten algún mensaje; pero en el caso de Camila, siempre alegre y fuerte, dio una lección a quienes tuvieron la dicha de conocerla. Fue superior al cáncer.

Uno, ante el dolor y la tristeza, cierra los ojos e imagina a la adolescente, a su corta edad, quizá soñando y con la ilusión de que de improviso se registrará una fórmula para curar el cáncer, tal vez con el anhelo de un día bailar y correr como los chicos de su edad, probablemente con sus esperanzas y frustraciones, ante el desfiladero de la vida, entre un sí y un no, una mañana y una noche.

El dolor, las quimioterapias y sus efectos, la ausencia de un pulmón y la presencia de un tanque de oxígeno permanente, no fueron motivo para que Camila se aislara en un recinto oscuro y silencioso de su casa o en una habitación del hospital; al contrario, cursaba secundaria en un colegio y hasta estaba aprendiendo a conducir un automóvil. Tenía aspiraciones como todo adolescente. Asistía a fiestas y reuniones y lejos de permanecer callada o con mirada de resentimiento, sonreía con naturalidad y se divertía sanamente. Le gustaba la música y ciertas ocasiones, incluso, bromeó.

La  brevedad de su existencia no significa que su jornada terrena fue inútil, porque dejó enseñanzas muy grandes y demostró la superioridad de su ser ante las adversidades que se empeñaron en cerrar las puertas y ventanas de su dicha.

Los juguetes quedaron guardados cual memoria de una infancia pasajera, momentos dorados en los que los personajes no imaginan que protagonizarán capítulos intensos y finalmente dramáticos. Las ilusiones, en tanto, reventaron igual que las burbujas que flotan de efímera existencia.

Todo se encuentra presente en lo que fue su pequeño mundo, todo, menos la presencia física de Camila. El 7 de diciembre de 2017, fecha en que pasó por la transición, el ataúd de la mujer de edad minúscula, tan pura y tierna, lució pletórico de globos, la cartulina en la que un día anotó los sueños que cumpliría cuando sanara, incontables fotografías y muchas flores aromáticas, policromadas y de textura delicada y fina.

Allí, entre sus familiares, amigos, profesores y compañeros de secundaria, el féretro mantuvo atrapado el cuerpo femenino de la adolescente, con sus esperanzas y frustraciones, sus alegrías y tristezas, su risa y su lucha incansable por la vida, sus sueños desvanecidos, su historia prodigiosa.

Al siguiente día, todo se redujo a la urna con cenizas que la empresa fúnebre entregó a sus padres desconsolados. El cáncer y la muerte, aparente victoriosos,  quedaron empequeñecidos ante la grandeza y luminosidad de Camila, quien hasta el último suspiro conservó la fortaleza de los seres superiores que a pesar de la brevedad de su paso, dejan huellas indelebles.

¿Niña?, ¿adolescente?, ¿mujer?, ¿ángel? Camila ya no tuvo oportunidad de experimentar los ciclos de la vida, en este mundo; no obstante, no los necesitó, parece, porque vino a enseñarnos que los días de la existencia son breves, fugaces como un suspiro, y que uno no debe perder la oportunidad de amar, ser feliz y cultivar el sendero con detalles y actos dulces y buenos, dejar luz para que los demás se guíen con los faroles y puedan trascender y volar a otros planos.

Los padres de Camila se encuentran en el desconsuelo, como cualquiera sufre lo indecible ante la muerte de un hijo; sin embargo, un día, cuando el recuerdo se dulcifique, se sentirán embargados por la paz profunda al entender que tuvieron la dicha de contar en su hogar con uno de esos seres consentidos de Dios, una de las criaturas que suele enviar con la intención de que otros aprendan a vivir y conquistar el cielo.

La vida fugaz de Camila no fue en vano Merece un reconocimiento permanente y que se siga su ejemplo. Ya es luz quien enfrentó el acoso de las sombras. Vive eternamente quien durante sus horas de prueba demuestra valentía, fe, esperanza, amor, alegría y valores. Sonrió a pesar de alojar al cáncer y a la muerte en su cuerpo. Siempre hubo algo sublime en ella, un alma verdaderamente llena de luz, que superó las pruebas y dio una lección a la misma vida. Una niña pura y tierna.

Camila, quien disipó las sombras y buscó la luz, invita a vivir alegres, con amor e ilusiones, lejos de los resentimientos, el mal, las superficialidades y la mediocridad, y cerca del bien y la verdad.

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Parte de nuestra historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Siente la brisa en el mar, son las caricias de Dios; mira el resplandor en la bóveda celeste, es su mirada; escucha los rumores de la vida, es su voz; disfruta el aire, es su aliento; percibe el aroma de las flores, es su perfume; experimenta nuestro amor, es su regalo. Siente mis abrazos, mis besos, mi compañía… soy yo, eres tú, somos nosotros. Dentro de la inmensidad oceánica, el viento apenas es capaz de salpicar algunas gotas; en lo inconmensurable del firmamento, sólo asoman ciertas estrellas. La lluvia, el granizo y la nieve se presentan cual expresiones de algo supremo. La riqueza es infinita y pulsa en ti y en mí, en nuestra morada; pero también en otros mundos, en planos insospechados, en rutas inimaginables, en el cielo, en el amor que construimos. Eso es parte de nuestra historia.

Parte de nuestra historia son los momentos que compartimos, las miradas que intercambiamos, los juegos que disfrutamos, el diálogo que entablamos, las páginas que protagonizamos. Son nuestros guiños, besos y suspiros. Es el encanto y la magia de un amor especial e inagotable. Es la poesía que compongo para ti cuando te transformas en mi musa, los regalos que me entregas al vestirte con delicadeza femenina, los besos que dejan en ambos el sabor y la sensación de un amor dulce y fiel, construido diariamente con detalles, burbujas de ilusiones, sueños y realidades. Parte de nuestra historia es lo que ayer, en las horas fugaces que se convirtieron en pasado, ya quedó grabado en tu alma y la mía, en nuestros recuerdos y sentimientos, para inmortalizarnos. Es lo que hoy vivimos. Es lo que mañana compartiremos, con sus luces y sombras. Es nuestro recorrido. Es lo que nos enriquece e identifica. Parte de nuestra historia es el guión que protagonizamos aquí, en el mundo, con sus medidas y horarios preestablecidos por alguien desconocido en algún instante no recordado; pero también el arrullo de la inmortalidad que fue decretado para quienes hacemos del amor un estilo de vida. Somos tú y yo, nosotros, con nuestros encuentros y desencuentros, con los claroscuros de la existencia, siempre con el ánimo de ser felices, desenvolvernos de acuerdo con los códigos que tenemos y con la idea de ser la estrella del firmamento, la flor del jardín, la luz del cielo. Parte de nuestra historia es el camino que hemos recorrido juntos, el sendero que seguiremos para llegar a la morada, este momento en que suspiramos y sentimos nuestra presencia dentro de la inmensidad del universo. Parte de nuestra historia es tu nombre unido al mío. Son las flores que te regalo, el café que bebemos, los paseos que nos deleitan, esos pequeños detalles y momentos que se suman y de pronto ya forman parte de uno. Son los instantes de silencio, los minutos de locura, las horas de convivencia, los días de recreo. Es un abrazo y son lo mayúsculo y lo minúsculo, la alegría y la tristeza, las ilusiones y el desencanto. Son las flores que llegan a ti con mi fragancia. Es todo. Parte de nuestra historia es el momento en que descubrimos el reflejo de ambos en nuestras miradas. Es el segundo en que tomé tus manos, te abracé en silencio y te di un beso para fundir dos almas en un proyecto superior, en un sueño infinito y una vivencia de amor. Parte de nuestra historia somos tú y yo, nosotros, los de siempre, inmersos en una obra bella, cautivante, suprema e inolvidable.

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Más de una centuria entre flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Entre arreglos florales que provocan suspiros y enamoramiento, bouquets con burbujas de alegría, promesas e ilusiones, rosas y tulipanes que roban el aliento y coronas que se solidarizan con el luto, el dolor y las lágrimas, aparece don Guillermo, el propietario de la ya centenaria empresa familiar “Florería Tere”, quien a sus 88 años de edad asegura que el secreto para conservarse sano es “comer adecuadamente, dormir bien, no causar daño y trabajar, dedicarse a la vida productiva”.

Guillermo Fabián Reyes es un artífice. De cada arreglo floral, sencillo o complejo, hace un poema, una obra natural con armonía y equilibrio, con matices y fragancias que embelesan.

Hijo de doña Teresa Reyes Corona, moreliana nacida en postrimerías del siglo XIX y quien durante las horas de 1915, cuando México se encontraba ante los abismos de la historia, fundó su negocio de flores en el Mercado Valladolid, frente al ex convento y templo coloniales de San Francisco, ha dedicado los días de su vida a la empresa familiar que de alguna manera ha participado, a través de sus arreglos, en romances, fiestas y luto de los moradores de la capital michoacana.

Y es que las flores tienen algún encanto que acompañan a los seres humanos en sus momentos de alegría e instantes de tristeza. De rostros finos, brotan de la intimidad de la tierra y exhiben y presumen sus aromas, tonalidades y formas, como si vinieran de algún vergel lejano.

Igual que las nubes, la lluvia y el rocío, las flores parecen un suspiro, un paréntesis dentro de la vorágine de la existencia, un fragmento para deleitarse, enamorar a alguien, expresar sentimientos o solidaridad.

De intensa policromía, aparecen dispersas en la campiña, en las laderas de la montaña, cerca de las cascadas y los ríos, entre árboles y piedras, o en campos de cultivo, con el pulso de la naturaleza, para acompañar a los serse humanos en todos los momentos de sus vidas, y eso lo sabe muy bien don Guillermo, como le llaman todos en el Mercado Independencia, en la ciudad de Morelia.

Es innegable que desde la aurora hasta el ocaso de la existencia, hombres y mujeres están acompañados de flores en casi todos los momentos. Y si existen dudas, ¿no acaso alguien obsequia un ramo a su amada cuando comparten la dicha del nacimiento de un hijo, e igualmente hay quienes llevan arreglos y coronas a un funeral o un sepulcro? Se encuentran en los escenarios naturales y en las mesas, en los templos, durante los aniversarios, las celebraciones religiosas, las comidas, las fiestas y los funerales. Vida y muerte. Día y noche. Luz y sombra. Sí y no. Las hay para las alegrías y las tristezas. ¿Quién no ha experimentado algún sentimiento al recibir una flor?

Recuerdan, igualmente, la fugacidad de los días. Bonitas, frágiles, tersas, las flores asuman su cutis maquillado y aromático al cielo. Todas son hermosas y tienen un nombre: alcatraces, cempasúchil, claveles, jazmines, margaritas, orquídeas, tulipanes, rosas. Parecen poemas, conciertos, sonatas, quizá porque su lenguaje es universal y desconoce, como la música, fronteras.

Quizá a doña Teresa la arrobaron el encanto y la magia de las flores y, por lo mismo, en 1915 decidió fundar su negocio. Emprendedora, como lo fueron sus padres la centuria anterior, la decimonovena, Teresa conseguía flores en el antiguo Bosque de San Pedro, a unos metros del acueducto barroco y virreinal de Morelia, donde coexistían innumerables especies de flora y fauna y crecían, además, alcatraces y jazmines. Los claveles, en tanto, abundaban en otro rumbo de la ciudad, por las vías del ferrocarril, y los rosales, en tanto, hacia el oriente, rumbo al cerro del Punhuato, unos metros antes del final de los arcos de cantera.

Don Guillermo, el hijo de Teresa, recuerda que amplio y distribuido en lo que actualmente es Plaza Valladolid, donde se llevó a cabo la fundación de la ciudad de Morelia el 18 de mayo de 1541, el mercado contaba con tragaluces. En su interior operaban los comerciantes, quienes ofrecían flores y verdura, mientras en el exterior, alrededor de la construcción, permanecían los vendedores de fruta, jarcería, ropa y zapatos. Entre el ex convento franciscano y el Mercado Valladolid, otras personas comercializaban “carnitas” de cerdo y comida preparada.

Con cierta nostalgia, don Guillermo recuerda que el Mercado Valladolid era mundo pequeño, hogar, escenario donde los comerciantes llevaban a cabo su convivencia diaria y compartían alegrías y dolores, noticias y acontecimientos. Asegura que “parecíamos una gran familia. Todos nos conocíamos”. Cuántas historias se entretejen en los mercados, donde un hombre y una mujer pueden enamorarse y unir sus vidas, o una familia y otra rivalizar o compartir su historia.

Tras hacer un paréntesis, don Guillermo refiere que “en el Mercado Valladolid, que era amplio y bonito, organizábamos una kermesse cada 15 de septiembre, y el sábado de Gloria, en tanto, quemábamos judas que vestíamos de diversas formas. Eran fiestas inolvidables. Todos participábamos. Teníamos relación entre nosotros y con los comerciantes establecidos en las fincas del centro histórico”.

Entre las remembranzas de don Guillermo, aparece de nuevo la imagen de su madre, doña Teresa, quien adquiría alcatraces, claveles, jazmines y rosas en ciertos parajes naturales de Morelia. “Las gladiolas llegaron a la capital michoacana, procedentes de Tuxpan, entre 1938 y 1940”, completa”.

Los rumores de la historia flotan en el ambiente. Llegan otros recuerdos a su memoria. Muestra el calendario que data de 1965, ejemplar de los almanaques que por última vez entregó su madre. El calendario exhibe el nombre del negocio materno, “Florería Tere”, y el año 1965, como un hijo de la inolvidable e irrepetible década de los 60, en el siglo XX. Posteriormente llegó el hálito de la modernidad y derrumbó el Mercado Valladolid; entonces, los comerciantes fueron trasladados al Mercado Independencia.

Don Guillermo reconoce que las flores de plástico, muchas procedentes de China, han reducido en un porcentaje alarmante el mercado de las especies naturales. Sabe, también, que hay flores para la vida y la muerte, las alegrías y las tristezas, los triunfos y los fracasos, el amor y la decepción, y que si son efímeras como la lluvia, los minutos, la nieve y las nubes, forman parte de la trama de la existencia.

Con 102 años de antigüedad, la empresa familiar genera empleos, asegura don Guillermo, quien afirma nostálgico y con gesto de satisfacción y la tranquilidad de quien ha experimentado todos los capítulos de la vida, que no le gustaría que la florería concluyera actividades cuando él se retire del camino; al contrario, “me encantará que siga acumulando experiencia e historia y muchas satisfacciones y beneficios para todos”, finaliza y retorna a sus labores, al diseño y elaboración de arreglos.

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Esta entrevista fue publicada en el portal Quadratín Michoacán: https://www.quadratin.com.mx/principal/convierte-guillermo-reyes-arreglos-florales-en-poesia/