Noviembre se fue y diciembre llegó

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Se fue noviembre con su cara de hoja seca y su voz de aire. En su equipaje lleva hojarasca, suspiros y flores marchitas. Carga recuerdos. Promete regresar algún día, en otro tiempo, como lo hace siempre, con sus nostalgias y recuerdos de personaje envejecido. Marchó a otras rutas, a ciertos rumbos, con matices propios del anciano que es, con tonos graves y ausentes de policromía juvenil. El ambiente otoñal enseña a preparar la visita de las horas y los días invernales. Noviembre dejó, cual recuerdo, algunos días otoñales que reciben y dan la bienvenida a diciembre, con su costal de invierno a la espalda. Llegó diciembre, al principio con rasgos de otoño y, más tarde, con aliento helado y cutis de nieve. Y así envejecemos, cada día, acaso sin darnos cuenta, distraídos en asuntos baladíes y superficiales, con la esperanza de que la siguiente estación resultará más favorable en nuestras vidas, como si la alegría, el amor, la fortuna, el éxito y la evolución dependieran de un almanaque. Las estaciones llegan y se marchan. Y transcurre el tiempo, o es la vida, quizá, la que se consume ante la indiferencia de los años. Las estaciones llegan, se marchan y regresan, y no les interesa si estamos presentes o si ya formamos parte de las listas de ausencia. La humanidad, en porcentaje mayoritario, está tan enajenada y vacía que, por deambular en la oscuridad, no distingue entre la luz del sol y la de la luna, desde la disertación de mis metáforas, lo que significa que, a pesar del terror de una pesadilla que durante años prepararon los miembros de una élite poderosa e interesada en exterminar a millones de personas y apoderarse, posteriormente, de sus voluntades y de la riqueza del planeta, no reaccionan y se encuentran igual que el ganado, totalmente acorralado, nervioso y con miedo, incapaz de enfrentar los desafíos, problemas y retos que los de su propia raza les han impuesto, y en espera de acudir puntuales al matadero. Llegó diciembre y muchos hombres y mujeres esperan concluya con la idea de que inicie otro año, seguramente sin pensar que no es el relevo de fecha lo que traerá cambios positivos, sino la transformación que lleven a cabo desde su interior y apliquen de manera genuina e integral en sí. Los años que vienen, en esta década, ensombrecerán al mundo porque las estrategias y las acciones forman parte de un plan siniestro, a menos que un porcentaje significativo de personas reaccionen y detengan las pretensiones de un grupúsculo tan ambicioso y perverso. Se fue noviembre. Nació diciembre. Se vive o se muere cada instante, pero es absurdo e incongruente esperar que las horas lleven a otras playas apacibles, a puertos fuertes y seguros. Todos anhelan llegar a orillas distantes, salvarse de las tempestades y evitar el naufragio y la muerte; sin embargo, pocos están despiertos y llevan el peso de la carga. Diciembre está presente. Hay que vivirlo plenamente, en armonía y con equilibrio, más la ecuación algebraica que plantea, obviamente, permanecer atentos a los signos de la época contemporánea y tener capacidad de raciocinio, análisis y reacción. Diciembre está en casa, en el jardín, en la ciudad, en las montañas boscosas, en los lagos. Es nuestro huésped.

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Llegó noviembre y octubre se marchó

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con perfume y cutis de hojarasca, octubre esperó sentado en la banca del jardín, hasta que, somnoliento, escuchó pasos a cierta hora de la madrugada. Noviembre llegó con su equipaje, con sus alegrías y tristezas, con su carga de trotamundos y sus 30 días completos. Igual que las flores marchitas que caen sobre las hojas yertas y el viento dispersa lejos, sin la esperanza ni la posibilidad de recuperarlas, los días de octubre se desvanecieron, como aconteció con los del invierno, la primavera y el verano, en el transcurso del año. Llegó noviembre otoñal, invicto, con la atención para sí, dueño de sus minutos, días y semanas. Se le esperó desde el balcón, la sala, el comedor y el jardín, al lado de la chimenea, en alguna poltrona, en una silla o en el lecho, con la esperanza de recibir algo nuevo y alentador; pero su visita es temporal y se comporta indiferente, como los otros meses que se hospedan silenciosos y se marcharon sin una despedida. Es preámbulo de nieve y frío. Anuncia la cercanía de diciembre, el último furgón del año, con sus nostalgias y esperanzas, con su vida y su muerte. Noviembre es un hoy que abandona ayeres y espera la consumación de mañanas, hasta que sucumbe o escapa. Desmaquilla y aumenta edades. No trae nada mágico ni sublime, parece, ni tampoco regala caras risueñas, porque es idéntico al aire de su tiempo, que todo se lleva, acaso con el mensaje de que cada ser humano debe construir su biografía, protagonizar su historia, sin esperar la visita de un día y otro que, a cierta hora, pueda traer regalos y sorpresas. Sabe que lo grandioso debe venir de cada hombre y mujer y no de las estaciones. El aliento y el lenguaje del otoño son aire que sopla y arranca flores, hojas y ramas. Se lleva los años, la belleza y la vida. Es la presencia pasajera entre la lluvia y la nieve. Tiene murmullos y sigilos, claroscuros, poemas y música. Es otoñal. Pinta rostros de melancolía en aquellos que no actúan ni planean rutas bien definidas hacia sus destinos. Otro día, a determinada hora, permanecerá sentado, al lado de la fuente, en el jardín o en el parque, en espera de diciembre y su invierno, con la carga de un año más y la conexión a uno nuevo, con sus esperanzas e ilusiones. No es el viejo con bastón y prótesis que llega de improviso, toca a la puerta y se hospeda malhumorado; es el personaje del otoño, el mes del viento, la fugacidad del tiempo y la vida. Se le descubre en casa, en todos los rumbos, corredores y pasillos. Le corresponde acompañarnos, a los de la hora presente, a los que aún permanecemos en el mundo, quizá cual enseñanza de que la vida se compone de etapas, ciclos, estaciones pasajeras, y que cada día es un paseo, una oportunidad irrepetible de vida y evolución. Pronto se irá noviembre, igual que como llegó, para no volver más en su versión 2020. Es preciso, en consecuencia, seguir la caminata y aprender el significado del paisaje alfombrado de hojas amarillas, doradas, naranjas y rojizas que el viento dispersa cuando las voces y las pausas de noviembre se sienten tan próximas.

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Despedidas y bienvenidas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Despido, en la estación del tren, a la lluvia que se marcha como se va la vida, con sus gotas de agua y de cristal, transformadas en sueños e ilusiones, y recibo al viento que llega y desciende de uno de los furgones al andén, con su equipaje de hojas secas y quebradizas -amarillas, doradas, naranjas y rojizas-, igual que un día aparecen, en los humanos, las tardes postreras. Agradecido con la lluvia veraniega, que en sus maletas carga pinceles, lienzos y pinturas, la abrazo y le confieso que me cautiva y enamora, seguramente por recordarme los años de mi infancia azul y dorada. Al escucharme, sus ojos y labios de agua reflejan alegría, y promete volver para empaparme, dar vida y abrir los capullos y las flores. Asoma por la ventanilla, sonríe y con una señal me muestra el celaje nublado que ha dejado como un regalo. La locomotora arrastra los furgones sobre las vías de acero que reposan en durmientes de madera, hasta que entra a un túnel rumbo a otras fronteras. A mi lado permanece, silencioso, el viento, el aire que me abraza con la idea, tal vez, de causarme embeleso y mostrarme su magia y encanto. Lo acompaño y caminamos por aldeas, ciudades, llanuras, bosques, montañas, abismos y playas, donde sopla y agita las flores y los árboles, las palmeras y los rosales, que siento en mí y disfruto plenamente. Me enseña a no temerle porque una fecha incierta, puntual y de frente, se hospedará en mí. Volamos entre nubes rasgadas, igual que una cometa, hasta que entiendo que los días de la vida son irrepetibles y es preciso, en consecuencia, asimilar sus lecciones, sentirlos, experimentar su blancura y negrura. Sé que después, al partir el viento otoñal, como lo hizo la lluvia veraniega, llegarán, con exactitud, el frío y la nieve invernal, y posteriormente el sol primaveral. Forman parte de los ciclos de la vida y hay que disfrutarlos, experimentarlos y vivirlos. He conocido personas que en temporada de lluvia, preguntan con desagrado el motivo de los aguaceros, o en período de frío se quejan de las temperaturas bajas, cuando es natural que se presenten tales fenómenos. Prefiero disfrutar cada una de las estaciones con sus diferentes rostros y pieles. Sé que si visitan el campo, las aldeas, los océanos y las ciudades, también se hospedan en toda la gente y marcan su paso en las cara, en la vitalidad, en la mirada, en el cabello, hasta que desciende el telón. Con la visita del otoño a la ciudad donde vivo, quiero disfrutar el espectáculo que ofrece el viento al desprender incontables hojas de los árboles y dispersarlas aquí y allá, en alfombras de tonalidades nostálgicas, porque si aprendo de sus sigilos y rumores, de sus caricias y rasguños, no dudo que estaré preparado para recibirlo, alguna tarde de mi vida, cuando el final de mi historia se encuentre próximo. Y así seguiré aprendiendo las lecciones de cada estación -primavera, verano, otoño e invierno-, hasta asimilarlas, comprender el mensaje y el sentido de la vida, y aplicarlo en mí. He abrazado a la lluvia veraniega con la esperanza de su retorno. Le agradecí por lo mucho que me ha enseñado y regalado. Y recibí al otoño recién llegado, envuelto en los perfumes que dispersa al soplar. No sabe que también lo abrazaré y le daré las gracias cuando parta. Es nuestro huésped momentáneo. Cuánta belleza descubro en la vida.

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