Y sí, tal es la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es la flor que crece y regala su perfume, su textura, su sonrisa de colores, en femenino y en masculino. Es el helecho mágico que, en minúsculas y mayúsculas, al natural, a un lado de la cascada, próximo a los abetos, en la humedad, en lo más sombrío del bosque, cautiva los sentidos. Es la abeja que vuela y posa aquí y allá, en los pétalos, en las rosas, con el interés de sustraer la dulzura de la vida, el encanto que parece manifestarse en cada expresión, en todas las criaturas. Es el delfín amigable que invita a disfrutar los momentos, las caricias del aire, las profundidades del océano. Es la gota de agua que desliza por las hojas, las piedras y los árboles, hasta retornar a los ríos, a los manantiales, y refrescar a los sedientos, a los que encuentra a su lado, durante su caminata interminable. Es el caracol marino que reproduce, en su intimidad, los sonidos y los silencios del mar, los murmullos y los sigilos de la creación. Es el viento que sopla y acaricia, sonroja y arrastra las hojas y las canciones de Dios. Es el fuego que calienta e incendia la oscuridad del cielo, envuelto en nubes plomadas, durante las horas de tempestad. Es el poema incesante, la música interminable que viene de alguna parte secreta y se manifiesta sublime y magistral en las plantas, en los granos de arena, en el agua. Es uno, sí, uno que abre el portón a su alma, a sus sentimientos, a su inteligencia, al bien incesante, a la creación. Tal es la vida.

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Somos pedazos de cristal

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Somos pedazos de cristal, vidrios rotos, dispersos aquí y allá, en un lugar y en otro, abandonados por nosotros mismos, en espera, quizá, de que alguien los pegue como eran antes. Somos trozos de historias y destinos, rumores y silencios, desembarcos y naufragios. Somos verdades y mentiras, imaginación y realidad, bien y mal, polvo de estrellas y tierra de volcán. Somos dibujos sin iluminar, trazos y líneas por completar, acaso en espera de un autor, en medio de la amnesia de nuestra responsabilidad de ser protagonistas de una biografía cautivante, grandiosa e inolvidable. Somos parte de muchos ayeres, fragmento de incontables presentes y arena de mañanas ansiosos e inciertos. Somos agua y tierra, aire y fuego, sentimiento y razón. Somos eso, semillas y frutos, y tal vez deseamos el sabor de los segundos sin cultivar las primeras. Somos fechas imprecisas que se pierden conforme transcurren los minutos, pasajeros abandonados en estaciones desoladas, sucias y tristes, y sucesos que quedaron en los caminos y nadie recuerda. Somos fragmentos de poemas, sinfonías incompletas, residuos de obras que nadie vio más. Somos eco, destello, recuerdo, vestigio. Somos, parece, masculino y femenino, minúscula y mayúscula, cielo e infierno, paraíso y mundo, alfa y omega. Somos cristales, un día, otro y muchos más pulidos, rayados, opacados o rotos. Somos otros. Somos bardas de castillos y pocilgas, muros decadentes y cuarteados. Somos agua que dejó de correr y quedó estancada, al lado de piedras y varas. Somos vidrios rotos, despedazados y manchados impíamente por nosotros, acaso sin darnos cuenta, probablemente por descuido, quizá convencidos de lo que hicimos, tal vez por tantas razones y, paralelamente, sin motivos, y tontamente esperamos que alguien recoja las astillas de lo que fuimos para regresarnos al árbol corpulento y frondoso que éramos antes, sin recordar que cada uno debemos reconstruirnos en vez de llorar o de ansiar que otros nos salven. Somos pedazos de cristal que quedarán olvidados, tristemente sepultados, entre madera apolillada, paredes con salitre y herraje cubierto de herrumbre, o que uniremos con acierto y valor para volver a ser lo que éramos otrora y construir seres humanos prodigiosos, con mucho de esencia y luz, sin olvidar el barro del que estamos moldeados.

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Destello de cielo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Si descubrí, al mirarte, una luz que proviene del cielo, ¿cómo debo llamarte? ¿Cómo se ama, pregunto, a quien trae algo del resplandor que pulsa en los jardines y recintos de la inmortalidad?

Me consta. Es verdad, lo confieso: en el mundo existen seres prodigiosos, envueltos en burbujas de cristal, en gotas de lluvia, en polvo de luceros, en partículas de mar. Son música, canto, poema, color, forma. Embelesan por su esencia sutil, por ser de otra arcilla, por su estilo de vida, por las huellas que dejan en el sendero. Vuelan, junto con los colibríes, libélulas y mariposas, entre flores policromadas, sobre cascadas y en bosques encantados; por eso creo tienen similitud con los ángeles. Parecen fragmentos de nieve, pétalos fragantes, trozos de paraíso. Uno, tras la caminata de una mañana primaveral, una tarde veraniega o una noche de otoño o invierno, coincide de pronto con una criatura especial y entonces, asombrado, agradece el regalo que aparece en el sueño llamado vida. Admito que es real. Al amanecer, en las tardes y al anochecer, he asomado a tu mirada para descubrir la brillantez que proviene de tu interior y comprobar que es tu esencia la fuente de tal resplandor que me recuerda el crepúsculo en el horizonte, cuando el océano y el cielo se funden en el más subyugante de los besos. En tu luminosidad distingo la fragua que Dios, al formar el universo, utilizó para fundir las estrellas que decoran el firmamento. Como que traes la flama que alumbra la buhardilla donde suele dedicarse al proceso mágico de la creación, o quizá me equivoco y alguna vez, al consentirte, transmitió a tu alma la llama que regala a algunos seres especiales con la intención de que alumbren los caminos del mundo. La luz que proviene de tu interior es la misma que aparece cada noche en la luna y los astros, en nuestros corazones cuando laten, en el sol que anuncia la aurora, en los capullos que revientan para dar forma a las expresiones más bellas, al rocío de la mañana, a tus ojos. Ahora que descubrí, al mirarte, el fulgor que viene de lo alto. ¿cómo te llamaré?, ¿de qué manera te amaré? ¿Cómo se ama a quien es flama del cielo, llama del desván de Dios, fuego que ilumina el alma? Acepto que me transformaré en centinela, en fiel guardián, para cuidar la luz que te ilumina; pero también anhelo vivir la locura de un amor grandioso, a tu lado, con la intención de ser lámpara humilde que nunca se apague. Deseo unirme a ti para juntos ser destello que como constancia del delirio de un amor inextinguible, cruce el firmamento durante su ruta a la morada que palpita en nosotros, en ti y en mí, en todo lo que parece obra sustraída de una fuente bella e inagotable. ¿Qué clase de amor se da a un destello de cielo?

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