Y un día, la gente se va

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y un día se va la gente que uno conoció. Hombres y mujeres, al retirarse, llevan consigo la memoria de sus biografías y la carga de lo bueno y lo malo que hicieron durante su paseo por el mundo. Y un día quedan las fotografías atrapadas en cajas, marcos, álbumes y archivos que nadie vuelve a mirar. Permanecen, en las imágenes, rostros, figuras, momentos y cosas, como si cada uno hubiera preguntado: “cuando yo ya no exista, ¿habrá alguien que me recuerde? Y un día las plantas del jardín empiezan a marchitar. El pasto crece, las enredaderas y las hiedras trepan insaciables y los abrojos cubren y asfixian las flores, cual desafío a la ausencia de quienes amaban las plantas y los árboles. Se convierte el jardín en un trozo de paraíso menos en el planeta. Y un día, casi imperceptiblemente, las calles, las plazas y las tiendas se aglomeran con nombres y apellidos que sustituyen a los que se fueron y de pronto resultan extraños. Y uno se va sintiendo más solo. Y un día, las fragancias y los sabores de la cocina son otros. Se pierden las recetas. Y un día, uno a uno, las sillas del comedor y los espacios de la sala van quedando vacíos, hasta que la lista de faltantes provoca hondos suspiros y lágrimas que duelen mucho. Y un día, la vejez asoma a las ventanas y toca a las puertas de la gente que uno conoció y trató. Ya no hay a quién estrecharle la mano. Son menos los abrazos y los besos. Quienes apenas ayer entregaron lo mejor de sí a los demás, se dan cuenta de que, a cierta edad, no son prioridad ni figuran en los planes de otros. Y un día, uno deja de ser hijo, nieto, hermano, padre, madre, abuelo, pareja, amigo, compañero, habitante, vecino. Y un día, cuando uno piensa que ha asimilado las lecciones de la vida y está preparado para mejorar su historia, aparece la muerte que provoca el último suspiro. El libro de la biografía se cierra de pronto, quizá con un destino parecido a otros que son olvidados, mientras sus páginas amarillentas y arrugadas envejecen y se sienten invadidas de polilla, hasta que se desintegran. Y un día, uno muere y tal vez, a pesar de las lágrimas y las flores sobre la cripta, será olvidado porque la vida continúa, similar a un río cristalino. Y un día, uno queda solo y se va igual, como llegó, sin compañía. Y un día, uno es llanura, pasado, desmemoria, acompañado exclusivamente de la luz o de la oscuridad que portó en el mundo. Y un día, uno es esencia y no cuerpo, luz y no oscuridad, infinito y no temporalidad. Y un día.

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Y llegó febrero

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y llegó febrero, como se marchó un día, a cierta hora, con exactitud, puntual y sin remordimientos ni temores, a pesar de saberse el más pequeño de sus hermanos. Vino completo, sin instantes de más ni momentos con faltantes. Aquí está, con nosotros, imperturbable, en el invierno del hemisferio norte, patinando sobre la nieve, al lado de la chimenea, y en el verano del hemisferio sur, empapándose con las gotas de la lluvia y asoleándose mientras reposa en la hamaca, indiferente, como siempre, a lo que tú, yo, nosotros, ustedes, ellos y todos los hombres y mujeres, en el planeta, hagamos de nuestras existencias. Sabe que le nombramos febrero, pero realmente no le interesan las identidades ni los linajes porque sus 28 o 29 amaneceres y ocasos podrían continuar sin la presencia humana. Todo es pasajero en el mundo, en la vida terrena, y los días transcurren más allá de acontecimientos, fechas memorables y aniversarios. Febrero contempla un grupo de días que coinciden con cierta temporada, en una estación de paso, en espera del siguiente pasajero, llamado marzo. No se arraiga en ningún sitio porque de caer en la tentación de refugiarse en una cabaña, en alguna posada, como en ocasiones lo ha hecho, perturbaría a su hermano -marzo- con un clima diferente y el año parecería, simplemente, desvertebrado. Ya lo hacho. Le encanta jugar, en ocasiones, hasta salpicar a marzo. No trae regalos ni ofrece alegrías o desventuras. No promete. Es inquieto y se marcha sin despedirse. Una noche, al llegar la madrugada, simplemente ya no está en casa. Sabe, por experiencia, que los seres humanos son responsables de su destino y que, extraordinario y feliz o desventurado e infausto, solamente ellos podrán pintarlo con los colores más bellos y cautivantes o salpicarlo con los tintes de su drama, y así crear paraísos o infiernos. Llegó febrero y pronto se marchará sin anunciarlo.

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Es momento de contagiar a la gente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es momento de contagiar a la gente, a millones de hombres y mujeres, en todo el mundo, que apenas hace rato, quizá ayer, cantaban y reían felices e ilusionados, alrededor de la vida, y hoy, irreconocibles, temen a las sombras de la muerte que amenazan entintar los días de sus existencias con matices luctuosos. Es perentorio escapar de los barrotes y las celdas que hemos creado egoístamente, salir del estado de comodidad aparente que equivale más a irresponsabilidad que a razón, y transmitir a otros -familia, amistades, vecinos- auténticas dosis de alegría, fe y optimismo. No hay que esperar a que alguien enferme para llorar, mortificarse y contabilizar uno más dentro de la lista de ausencias. Es momento de formar una cadena humana con innumerables eslabones, todos unidos entre sí, atentos y solidarios, no con la intención de encadenarnos, sino con la idea de fortalecernos y ser auténticos, libres y plenos. Desde hoy, es aconsejable llamar por teléfono a los familiares, a los amigos, a los vecinos, a los contactos más próximos, con la intención de animarlos, preguntar por su salud, recomendarles se cuiden, recordar historias y días felices, planear futuros encuentros, alegres y sanos, para celebrar el milagro de la vida. Es urgente que ellos, a la vez, marquen a otras personas y las saluden igual. Las emotividades presenciales deben reservarse para otras fechas. En ocasiones, las apariencias y las superficialidades, emparentadas con la ansiedad, el consumismo, la soberbia, la necedad y la ignorancia, provocan que la gente no entienda y cometa imprudencias que propician mayores problemas y complicaciones. Es indispensable contagiar a los demás, aquí y allá, ahora y siempre, con sentimientos, ideales, deseos y pensamientos nobles, evidentemente con amabilidad, entrega, sinceridad y sonrisas. El aislamiento y las mascarillas, confinan, aprisionan, a pesar de las recomendaciones en su uso; mas no son excusa para transformarse en criaturas burdas, groseras y malvadas. Es tiempo de demostrar que tú, yo, ellos, nosotros, ustedes, somos mejores y superiores a grupúsculos perversos que causan tanto daño a la humanidad en su afán de reprimirla y dominarla para apoderarse de las riquezas del mundo. Si una élite poderosa, en complicidad con gobiernos serviles y corruptos, militares irracionales, científicos mercenarios y medios de comunicación sin escrúpulos, entre otros, diseñó, formó y dispersó un virus criminal que ha enfermado y asesinado a incontables hombres y mujeres, en el planeta, no olvidemos que Dios colocó un alma en cada uno, sentimientos e ideales, pensamientos y sueños, que se demuestran con la mano generosa que da a otros lo mejor de sí, con palabras de aliento, con una sonrisa, con una mirada comprensiva. Es hora de contagiar a la humanidad.

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El juego de los opuestos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El mundo, en sus expresiones, es dual: vida-muerte, inicio-final, día-noche. masculino-femenino, rumor-silencio, luz-oscuridad, arriba-abajo, mayúscula-minúscula. Se trata, innegablemente, de uno y otro, distintos entre sí, que se complementan y parecen inseparables dentro de un proceso natural, principio que si la humanidad comprendiera, tendría oportunidad de hacer de su estancia terrena un paseo con mayor encanto, armonía y equilibrio, más allá de las condiciones que toda persona experimenta en temas de salud, alimentación, estado de ánimo, genética, creencias y posición socioeconómica. La dualidad es un tema complejo, digno de estudio, análisis y reflexión; no obstante, aquellos que ostentan el poder global y, por lo mismo, corrompen y manipulan gobiernos, medios de comunicación, economías y sistemas educativos y de salud, tienen el proyecto, como parte de un plan maestro y perverso, de desgarrar a los seres humanos, fraccionarlos, debilitarlos y enfrentarlos por sus diferencias, hasta romperlos y ejercer control absoluto sobre ellos y apoderarse de las riquezas del planeta. Una de sus estrategias, aplicadas gradualmente durante años, se basa, precisamente, en crear opuestos en las personas, de tal manera que, por sus diferencias, se consideren adversarios y se fracturen. Lo han conseguido. Hoy presenciamos el escenario terrible. Millones de personas, distraídas y enajenadas en asuntos baladíes, estulticia y superficialidades, consintieron irresponsablemente, desde hace décadas, que la televisión los suplantara en el hogar, en las escuelas y en todas partes, hasta convertirla en nodriza de incontables generaciones con sentimientos, conductas y pensamientos repetidos, incapaces de hacer algo grandioso, y no me refiero a las enormes e hirientes fortunas que acumulan personajes como gobernantes y políticos corruptos, sino a esos detalles que, acumulados, marcan la diferencia entre la esencia y la arcilla. La gente, sometida a las páginas cibernéticas y a las redes sociales mal utilizadas -desde luego, con cierta intencionalidad-, está vacía e incompleta, atorada en hilos que alguien maneja en el circo de marionetas, mientras otros, sus cómplices, alteran la temperatura con la idea tramposa de generar calor e incrementar el consumo de bebidas. Al mirar a nuestro alrededor, notamos con asombro y mortificación la discordia y el odio que cotidianamente se registran en hogares, escuelas, centros laborales y espacios públicos, donde rivalizan padres e hijos, maestros y alumnos, gobernantes y sociedad, patrones y empleados, jóvenes y viejos, pobres y ricos, académicos y analfabetos, élite y multitudes. Son enemigos entre sí. No están dispuestos a escuchar ni a tolerar. Unos y otros, por ser diferentes, se hieren y destrozan. Ignoran que las coincidencias fortalecen y las diferencias, en tanto, enriquecen a las personas cuando saben vivir en armonía, con paz y respeto. La sociedad ha permitido que otros, no más inteligentes, pero sí con mayor astucia y crueldad, la enfermen. Ahora, hombres y mujeres coexisten incómodos, totalmente vacíos, lastimados y, obviamente, atrapados en ideas estúpidas e insanas. Los rostros negativos de la humanidad -maldad, crimen, robo, violencia, odio, deshonestidad, violación, engaño, ambición desmedida, infidelidad- fueron normalizados paulatinamente por televisión, primero, y actualmente, a través de ciertas páginas y las redes sociales, mientras el semblante positivo, con sus valores y sentimientos, fue pisoteado, envejecido y ridiculizado, acción que ya registra consecuencias en la sociedad enferma, ignorante, primaria y mutilada que hoy vemos atrás, enfrente, a los lados, en todas partes. Nunca se ha sabido que la montaña, por rozar su cima con las nubes y mirar el paisaje desde la altura, aplaste a las flores, los ríos, los árboles y los seres que coexisten en hondonadas, barrancos y llanuras; tampoco existen noticias de que el día pelee con la noche ni que el minuto presente desee apropiarse del lapso que corresponde a su relevo, y menos que las gotas de agua, al llover, seleccionen a los seres que han de refrescar. Todo, en la naturaleza, tiene un orden y un sentido. El caos inicia cuando alguien rompe la armonía y el equilibrio. A la gente se le hace creer que la dualidad es el juego de los opuestos y que, en consecuencia, resulta perentorio enfrentarse entre sí, destruir los principios que la sostienen y atacarse, en el coliseo que replican en sus casas, escuelas, oficinas, talleres, empresas, centros laborales y espacios públicos. La dialéctica de los opuestos ha propiciado que millones de hombres y mujeres, en el planeta, sean los gladiadores de los anfiteatros contemporáneos, donde el ambiente pútrido enferma y mata.

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Murió de tristeza…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

-Murió de tristeza -dijo la gente-. Su muerte se desencadenó al extraviar su misal en la iglesia. No cabe duda que era una vieja atada a las cosas materiales. Es estúpido morir por algo tan ridículo y tonto.

-¿Cómo es posible que una persona muera por la simple pérdida de un libro de oraciones -preguntaron algunos con cierta mofa, quienes criticaron severamente-: Era una anciana, una mujer de edad avanzada, con más de 100 años, y se comportó como niña al perder, por descuido e irresponsabilidad, su misal. En los niños es natural que haya angustia y desesperación cuando pierden algún juguete, una muñeca, un soldado, una pelota; pero en los ancianos resulta vergonzoso actuar infantilmente.

-Qué conducta tan patética la suya… Cierto, en la iglesia solía platicar que tenía 109 años de edad.

-No, en realidad tenía 111 años, lo recuerdo muy bien.

-No entiendo el motivo por el que la gente, al envejecer, se vuelve tan mezquina y necia… Me parece estúpido morir por algo tan insignificante.

La gente murmuraba y juzgaba sin piedad. Hombres y mujeres opinaban, criticaban, bromeaban y condenaban a la mujer. Ante la falta de historias existenciales, grandiosas y con un sentido auténtico y pleno, dedicaban el tiempo a hablar mal de la anciana del misal, acaso sin recordar que los segundos y los minutos anhelan transitar a las horas y que estas, a la vez, ambicionan volverse días, semanas, años, hasta reír triunfantes de la ignorancia humana que termina derrotada e interrumpida al morir en una llanura infértil.

-Creo que también le entristeció la respuesta del sacerdote, quien, molesto por la necedad de la vieja que diariamente le preguntaba si alguien habría devuelto el libro de oraciones, enojó y le advirtió que no disponía de tiempo para atender caprichos y tonterías, que pidiera a sus parientes que le compraran un misal actualizado y que no molestara -explicaron algunos.

-¡Vieja miserable y avariciosa!

-Era un misal tan viejo como ella.

-Qué despreciable agonizar por la pérdida de papeles viejos y rotos.

-Rotos como ella y sus ideas anticuadas.

Lamentablemente, esta historia fue real. Hay episodios que duelen. Tuve la dicha y fortuna de conocer a esa mujer, la anciana del misal, quien nació en el siglo XIX y me relataba historias tan interesantes y lejanas como los años que naufragaban en su mirada cansada y en su piel ranurada.

Cuando me era posible, la visitaba. No pertenecía a mi familia, pero tengo la certeza de que mi presencia le alegraba, sobre todo porque le representaba un motivo para llenar huecos. Recordar, ayuda a resanar, cubre ausencias y alivia. Le entregaba, a hurtadillas, un chocolate que ella saboreaba al refugiarse en su habitación o en la sala, cuando pensaba que sus parientes estaban distraídos u ocupados. Evidentemente, yo contaba con la autorización de sus descendientes para entregarle la golosina en cada visita.

Me abrazaba con emoción en cuanto me miraba. Le entregaba el chocolate prometido, que escondía entre su ropa, y dialogábamos un rato. Aprendí tanto de ella que hoy la recuerdo con agradecimiento y cariño. Era una mujer agradable, buena, amable y feliz. Atribuía su longevidad y salud a una alimentación natural y equilibrada, dormir las horas necesarias sin robar tiempo a las actividades productivas, caminar o ejercitar el cuerpo, cultivar sentimientos nobles y pensamientos buenos, no hablar mal de los demás ni pepenar biografías ajenas, dedicarse al bien y, principalmente, sentir a Dios en el interior y en todas las expresiones de la vida.

Aseguraba que no consumía golosinas ni productos industrializados, pero cómo disfrutaba y saboreaba los chocolates que le entregaba con tanto cariño, ilusión y sigilo. Fuimos cómplices de un secreto inocente. Su familia lo aprobaba y callaba porque después de todo, en los días postreros de la existencia de una persona, resultaría perverso e injusto castigarla y fabricarle barrotes y celdas. ¿Tiene caso exigir una dieta estricta a quien tiene más de 100 años de edad y no padece enfermedades? Hay que regalar alas, detalles, momentos, sonrisas.

Por vivir tanto, poseía una colección impresionante de recuerdos e historias, y de pronto, tras algunos instantes de silencio, parecía abrir el libro de su existencia y explorar sus páginas, hacer un paréntesis en determinado capítulo, subrayarlo y relatarme un episodio, una de tantas anécdotas que fueron olvidadas o quedaron en el desprecio o en los tinteros de quienes escribieron los acontecimientos del ayer en páginas y capítulos acartonados.

Yo era, entonces, adolescente. Sabía que algún día, en el lapso de mi paseo existencial, valoraría la oportunidad de conocer y dialogar con personas del siglo XIX, náufragas de otras fechas, casi extintas, cual pedazos de historia perdida en la desmemoria.

Aprendí, finalmente, a sentir los abrazos, escuchar las palabras y experimentar el cariño de una mujer del siglo XIX, una anciana que a los 15 años de edad, en plena adolescencia, caminaba por las callejuelas de su aldea y de pronto sintió que alguien, un hombre mayor, abrazó su cintura, la levantó y la colocó en el caballo que montaba, y se la llevó para, juntos, compartir un destino, una historia, con sus risas y lágrimas, sus luces y sombras. Y lo agradecí y lo valoré mucho, igual que cuando uno tiene, entre una hora y otra de la vida, un tesoro.

No murió por avariciosa ni por mezquina, ni tampoco por aferrarse a un libro centenario de oraciones, como aseguró la gente en aquella época. Sufrió lo indecible porque se trataba de un misal que le regaló su madre, a quien tanto amó y de la que un hombre, al raptarla, la separó. La pequeña obra de páginas amarillentas y quebradizas, atrapadas en pastas duras, oscuras y troqueladas con adornos, que segregaba fragancias a historia y a tiempo, significaba un puente -el único, aparte de sus descendientes y las remembranzas que cada instante se apagaban y huían- entre ella y su madre, su familia, su niñez y su adolescencia, su madurez y su biografía. Papel impreso que la acompañó toda su vida.

La gente y el religioso -Abraham-, no tuvieron capacidad de entender el significado de aquel misal viejo y sucio, como lo calificaron, que era, en verdad, el único medio tangible que mantenía unida a la anciana con lo que tanto amó y vivió. Con la pérdida del libro, se le fue la vida.

Estoy convencido de que las personas que cotidianamente asistían a la iglesia, en las mañanas, la creyeron rehén de demencia senil y aferrada a cosas materiales y superficialidades, tan monstruosas como la imaginación y las murmuraciones colectivas se desbordaron, mientras el otro, el presbítero, supuestamente dedicado a asuntos piadosos, desdeñó el sufrimiento de una mujer centenario. No pudo dedicarle cinco minutos. Recuerdo que el hombre era proclive a las reuniones sociales en una sala anexa al templo; sin embargo, canceló la oportunidad de platicar con la anciana y apaciguar su sufrimiento.

Comprendo que el extravío del libro de oraciones significó, para aquella anciana, transformar su realidad apacible de entonces en pedazos confusos e inciertos, colocarla entre un tejido deshilachado, ridiculizarla y abandonarla en un paisaje desconocido, en un terreno irreconocible y hostil.

La pérdida del viejo misal equivalió a desalojar los recuerdos de la memoria, desactivar las funciones orgánicas, olvidar la historia consumida con tanto orgullo, cerrar la biografía con decepción y tristeza, recibir la crítica lapidaria de la gente, colocar una lápida antes de dar el último suspiro. Las burlas, los regaños, las críticas y los juicios que recibió por parte de las personas y el religioso, la arrojaron al destierro, a la vergüenza, al escarnio, a la disolución de su existencia.

Me dolió y entristeció su drama, pero más me indignaron los comentarios burlones y negativos de las personas y la actitud inhumana del religioso, quienes no tuvieron capacidad de entender que una persona mayor de 100 años es débil y le afectan situaciones que a otros les parecen cotidianas, ridículas y tontas. Ya probaba, al final de su vida, el sabor amargo que le provocaban otros seres humanos, y los chocolates que yo le regalaba con tanto cariño, seguramente endulzaron sus momentos, pero no curaron las heridas.

Aquella mujer, la de los chocolates, no murió por necedad ni por permanecer encadenada a asuntos y cosas materiales, pasajeros y superficiales; falleció por el dolor y la tristeza que le causaron los desprecios, la indiferencia, los comentarios mal intencionados y las mofas de gente transformada en número y serie, indiferente a las necesidades y a los sentimientos de los demás. Murió de tristeza. Todos contribuyeron a su muerte. Como que los seres humanos olvidamos interesarnos en las necesidades de los demás, sobre de todo de aquellos que son débiles y más sufren.

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Personas grandiosas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las personas grandiosas, no construyen murallas ni bloquean caminos; edifican puentes, trazan rutas y retiran abrojos y piedras del sendero. La gente encantadora, no agrede ni insulta; sonríe, da lo mejor de sí y cultiva flores en vez de cardos. Las mujeres y los hombres extraordinarios son tan admirables, que sus rasgos dibujan la sencillez que hay en lo bello y puro, y tienen capacidad de derramar bien y detalles. Los seres humanos que trascienden, saben que la vida es un río que corre infatigable y que el agua que se estanca a la orilla, se vuelve pútrida al paso de los días, y por eso no se distraen en tonterías y aprovechan cada instante de sus existencias. La gente hermosa no es la que disimula su enojo con una sonrisa mal maquillada ni con una amabilidad que no siente, y menos la que compensa su miseria espiritual con lujos y soberbia; es la que da lo mejor de sí. Las mujeres y los hombres dichosos, libres y plenos, coexisten en armonía, dignamente y con equilibrio y respeto a sí y a los demás. La gente ejemplar no prostituye el idioma ni lo utiliza para ofender y mofarse de otros; tampoco agrede ni pisotea a los más débiles.. Los seres felices, aman intensamente a sus familias, son fieles a un amor, ofrecen su amistad sincera y ayudan a quienes más sufren. Las personas irrepetibles, maravillosas e inolvidables, que trascienden por sus sentimientos, actos y pensamientos, no abren las puertas de fronteras y planos superiores con apariencias, riqueza acumulada, apetitos primarios, superficialidades y fama, y menos si tales rasgos fueron sus rostros, sus cartas de presentación y su única riqueza. La gente conecta la esencia con la arcilla, la flama con la fuente de luz, por medio de la nobleza de sus sentimientos, el destino y la intención de sus pensamientos, la bondad de sus actos y el bien de sus palabras. Las personas grandiosas son gotas de agua diáfana que se convierten en perlas de cristal que flotan en el infinito.

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