¿Evaden su participación en el quebranto de negocios o no saben hacer operaciones aritméticas?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Siempre he pensado que los gobiernos con barniz endeble de democracia y tendencias autoritarias, como el mexicano, necesitan grupos opositores que les hagan contrapeso; de lo contrario, en su afán de controlar a todos los sectores de la sociedad para mantenerse en el poder, son capaces de reprimir y cometer atrocidades.

La mexicana es una democracia entre comillas, con un esmalte tan artificial y débil que las diferencias entre los grupos adversos de poder se solucionan con represión o por medio de negociaciones oscuras. El diálogo, que sería la expresión más inteligente para dirimir problemas, no siempre es la opción ante la corrupción, los intereses ajenos a los de las mayorías y la incapacidad de las autoridades para atender las demandas colectivas, algunas lícitas y otras, al contrario, injustificables.

Así, en los escenarios callejeros lo mismo aparecen actores que, entre otras acciones, exigen la destitución de algún funcionario prepotente y corrupto o de un profesor abusivo e inepto, denuncian la tala clandestina de bosques y el saqueo de recursos naturales o minerales, se oponen a alguna reforma o medida gubernamental, ofensivamente solicitan respeto a los animales en pliegos que contienen más derechos que obligaciones, rechazan la instalación de una cantina en su colonia, reclaman obras y servicios en asentamientos irregulares, pugnan por la legalización de los terrenos que robaron como “paracaidistas”, recuerdan actos represivos como los de octubre de 1968 y junio de 1971 en los que ni siquiera habían nacido, desean ser aceptados como estudiantes de Medicina aunque hayan reprobado, pelean por el control de las rutas de transporte colectivo, marchan por la paz y participan en toda clase de manifestaciones y plantones.

Desde luego, las autoridades y los políticos, inmersos en sus intereses personales y de grupo, suelen reaccionar lentamente ante tales expresiones sociales, al grado que sus evasivas e irresponsabilidad provocan que los problemas y el descontento se generalicen. En lo que solicitan permiso a sus superiores y deciden la estrategia gubernamental que seguirán, favorecen los conflictos callejeros que duran horas en perjuicio de quienes verdaderamente estudian, trabajan e invierten. Finalmente, tras horas o días de manifestaciones que perjudican a la sociedad, los funcionarios públicos anuncian que se reunirán con una comitiva al siguiente día. En esas prácticas se han especializado gobiernos como el de Michoacán.

No pocos de tales movimientos sociales, son ficticios y manipulados por líderes corruptos e incluso por funcionarios públicos y políticos que presionan a otros grupos para obtener prebendas. Así, las luchas sociales legítimas se mezclan y confunden con las que pretenden obtener beneficios más allá de la honestidad, el orden y las leyes.

En el caso de los maestros disidentes, los que pertenecen a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, representan un sector que por sus dimensiones, capacidad de movilización e influencia todavía en determinados lugares de México, pueden contrarrestar, en parte, los abusos y medidas unilaterales de las autoridades y los políticos, pero también empecinarse en caprichos, intereses particulares y necesidades que generan atraso, descontento y problemas.

Si bien es cierto que muchos no compartimos sus ideales ni su estilo de vida, como tampoco sus prácticas para manifestarse porque después de todo, tras el circo que protagonizan y las molestias que causan a millones de ciudadanos, junto al deterioro de la educación en prejuicio de las actuales generaciones de niños y adolescentes, finalmente son manipulados por líderes que se benefician con las canonjías que les ofrecen los señores del poder.

Independientemente de que el magisterio tenga o no razón en sus planteamientos y demandas, es innegable que México y específicamente el estado de Michoacán, enfrentan un grave y preocupante rezago educativo, mientras los menores y sus padres atestiguan cotidianamente la bajeza con que se conducen los maestros y el desorden, caos y problemas que provocan.

Han perdido el respeto a sus alumnos, a la sociedad, a ti, a mí. Atentaron alguna vez contra un portón histórico del Palacio de Gobierno de Michoacán e impiden el libre tránsito de los morelianos, ofenden y agreden a quienes se atreven a reclamar sus actos de barbarie, se apropian de los espacios de la gente y de su tiempo -fragmentos de vida-, generan pérdida de dinero y que la ciudadanía no acuda puntualmente a los centros laborales, instituciones educativas, consultas médicas, análisis y pruebas de laboratorio, trámites hacendarios y bancarios e innumerables asuntos y compromisos.

Desde hace tiempo, tales maestros, porque también hay buenos, dejaron de ser los personajes admirados, ejemplares y queridos de colonias, comunidades y pueblos por sus actitudes de semidioses -sí, como las de los médicos-, la incongruencia entre lo que enseñan y sus conductas, el incumplimiento de su responsabilidad, el abandono de las aulas y sus resultados tan mediocres en la enseñanza, obviamente en un entorno de descomposición social y en el que innumerables padres de familia se encuentran inmersos en preocupaciones o presiones o se sienten más atraídos por las superficialidades que por la educación y formación integral de sus hijos.

Evidentemente, la crítica no contempla a los maestros que cumplen responsablemente el compromiso de formar a las nuevas generaciones, que afortunadamente todavía existen en todos los ámbitos. En cada grupo, el de los institucionales y el de los democráticos, e incluso en los colegios particulares, hay profesores buenos y malos.

La lucha magisterial presenta claroscuros y en algunos temas quizá podrían convencer a la sociedad; sin embargo, los abusos y las prebendas que obtienen sus líderes, la manipulación del gremio y el daño que causan a los menores, a la educación y a la sociedad, los reprueba totalmente. Se han ganado el rechazo colectivo.

Hace días, al leer las declaraciones del dirigente de la Sección XVIII de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación en Michoacán -la llamada CNTE para quienes acostumbran hablar y leer con siglas-, Juan José Ortega Madrigal, llamó mi atención que evadiera la responsabilidad de su gremio y criticara los argumentos del presidente de la agrupación de Comerciantes y Vecinos del Centro Histórico de Morelia (Covechi), Alfonso Guerrero Guadarrama, en el sentido de que el exceso de marchas, bloqueos y manifestaciones por parte del magisterio y otros grupos ha contribuido, en gran medida, a propiciar el quebranto y cierre de no pocos establecimientos comerciales y de servicios en esa zona de la capital del estado.

Al parecer, el líder magisterial se sintió atacado y de inmediato protestó e incluso negó que su sector sea responsable del cierre de negocios en el centro histórico de Morelia. Consideró que tales señalamientos se orientan a la creación de una corriente de opinión con la finalidad de que el día que los profesores democráticos sean reprimidos por las fuerzas gubernamentales, la población lo celebre.

Descalificó las declaraciones e información de Guerrero Guadarrama, líder de los comerciantes del centro histórico de Morelia, las cuales calificó como falsas, y exhortó a ese sector empresarial a entender que las protestas magisteriales están encaminadas a mejorar la educación pública. Como suele pasar en estos casos, nadie defendió la posición del dirigente de Covechi, acaso porque prevalece desunión y discordia entre las agrupaciones de la iniciativa privada, quizá por temor a las represalias de los profesores democráticos o tal vez para que el tema quedara en el olvido.

Es verdad que la tambaleante economía de Michoacán se debe, entre otras causas, a los pésimos gobiernos estatales desde Lázaro Cárdenas Batel hasta la era de Salvador Jara Guerrero, a la creciente inseguridad que ahuyenta las inversiones productivas, a la crisis que prevalece en el territorio nacional y principalmente en la entidad, a la falta de autoridades honestas y responsables, al exceso de tarifas e impuestos caros versus inexistencia de obras y servicios de calidad, y hasta por el ferrocarril que interrumpe sin recato la productividad de los morelianos; pero los conflictos sociales -entiéndanse manifestaciones, bloqueos, plantones y marchas- repercuten en la aniquilación de los negocios establecidos en zonas como el centro histórico de Morelia, donde la gente cada día se traslada menos para evitar congestionamientos vehiculares y conflictos. Esto significa, en consecuencia, que los ingresos de las empresas del centro disminuyen considerablemente.

Los turistas interesados en recorrer destinos de origen colonial, en tanto, descartan Morelia de sus opciones de viaje y eligen, en cambio, Guanajuato, Querétaro y Puebla, entre otras ciudades, restando así ingresos económicos a hoteles, restaurantes, bares y establecimientos en general.

Al disminuir el número de consumidores y turistas en el centro histórico de Morelia, lógicamente los establecimientos comerciales y de servicios lo resienten en sus ingresos económicos. Las empresas deben pagar nóminas, prestaciones sociales, impuestos, profesionistas que lleven sus contabilidades, renta y tarifas de agua, energía eléctrica y teléfono, independientemente de que registren óptimas o pésimas ventas.

Cuando se rompe el punto de equilibrio en los negocios, el quebranto es fatal. Al no haber ingresos por ventas, falta liquidez y es imposible pagar sueldos, impuestos, renta, servicios y tarifas. Las empresas dejan de ser redituables, despiden personal y reducen sus gastos, o definitivamente quiebran y cierran por incosteables con el consecuente desempleo que representa un verdadero riesgo para la estabilidad social.

Los profesores que abandonan las aulas para dedicarse a atender asuntos gremiales, participar en marchas y bloquear el paso en avenidas y calles, bancos, centros comerciales y espacios públicos y privados, no miden, por conveniencia o ignorancia, las consecuencias negativas de sus actos para la economía de Morelia, las actividades productivas y el desarrollo de la población. Asistan o no a las aulas, cobran sus sueldos íntegros porque las autoridades estatales son tan débiles y convenencieras, que temen ser agredidas e incluso perder sus cargos.

Habría que repetirle al líder del magisterio democrático que al alterar el orden de la ciudad, la gente evita trasladarse al centro histórico de Morelia a realizar sus compras, decisiones que afectan los ingresos de los establecimientos comerciales y de servicios, desestabilizan la planta laboral y provocan pérdidas materiales y de tiempo; además, proyectan una imagen tan negativa de la ciudad, que los turistas nacionales y extranjeros cancelan sus proyectos de viajar a la capital de Michoacán. Por favor, profesores, no hay que hacer el ridículo porque si niegan una realidad tan clara, estimularán a los ciudadanos a pensar que ni siquiera tienen capacidad de hacer operaciones aritméticas en el pizarrón.

Barco al garete

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando uno planea y organiza un viaje prolongado en autobús, avión o barco, investiga, analiza y decide aspectos relevantes como atención, costo, garantías, itinerario, servicio y trayectoria de la línea transportadora.
Nadie con capacidad de elección contrata una empresa desprestigiada ni carente de estrategia y rumbo, y menos cuando existe el antecedente de que el camino es escabroso y habrá riesgos y tormentas.
Si el operador o capitán y su equipo son éticos, profesionales y experimentados y los pasajeros, en tanto, colaboran en el proyecto común, indudablemente sortearán los peligros y llegarán fortalecidos al destino trazado. Si alguna de las partes no colabora ni participa, seguramente habrá abusos, confrontaciones, deslealtad, engaños y traiciones, hasta atrasarse, sufrir percances o perecer en un accidente terrible.
Quizá la analogía resulta de pésimo gusto y hasta burda; sin embargo, los mexicanos se convirtieron en los pasajeros de un camión de maquinaria desfasada y costosa, y por añadidura carrocería de engañoso atractivo, con rumbo caprichoso, tambaleante y opuesto al de la mayoría de la gente que viaja sentada y parada. Es el mismo vehículo de antaño, pero con nueva presentación y la ambición de apoderarse del camino, el destino y las personas.
Hoy, a pesar de lo que argumenten los defensores de las autollamadas reformas estructurales del presidente Enrique Peña Nieto, México carece de rumbo y padece acentuados y preocupantes problemas financieros, sociales, educativos, de seguridad y todo tipo porque amplio porcentaje de quienes componen la élite política, se han dedicado a actuar con deshonestidad e impunidad, menos a gobernar para las mayorías que cada día enfrentan desempleo, falta de oportunidades, burocracia, miseria, enfermedades, inflación, quiebra de empresas, violaciones a los derechos humanos, represión, mentiras, saqueos, impuestos y medidas fiscales exageradas y complejas, asesinatos, cinismo oficial, nepotismo, corrupción y peligro.
El escenario nacional es de descomposición total. Si uno voltea al ámbito federal, el panorama es aterrador: corrupción, incapacidad para gobernar, empecinamiento en seguir políticas nefastas que solamente benefician a determinados grupos, deshonestidad en el manejo de los recursos públicos, licitaciones que favorecen y enriquecen a ciertos personajes cuyas acciones y transacciones despiertan sospechas, funcionarios y políticos acaudalados, fraudes, ausencia de respuesta a los planteamientos de la hora contemporánea y a las demandas sociales, autoritarismo y una serie de prácticas que cada día desmoronan al país.
Si uno fragmenta el mapa de la República Mexicana y contempla estados como el de Michoacán, verbigracia, recogerá pedazos cubiertos de sangre y con destino incierto. En la última administración estatal que concluirá este año, seguida de otras igual de mediocres y nefastas, los michoacanos han tenido tres gobernadores y gran cantidad de funcionarios de primer nivel en áreas de justicia, finanzas, promoción económica, política social y otros rubros de importancia. No hay rumbo. La deuda financiera es multimillonaria, determinado número de obras requirieron gran cantidad de recursos y son inexistentes, no hay dinero para pagar a proveedores, las dependencias estatales se encuentran saturadas de recomendados con puestos de asesores y secretarios técnicos que no sirven para nada que no sea percibir sueldos exagerados, los anuncios extraordinarios sólo han quedado en los discursos, falta estrategia en todo, la legislación es mediocre, prevalece la inseguridad en las calles, se pisotean los derechos humanos y todos miran el desmoronamiento de una de las entidades mexicanas más ricas del país en recursos naturales y minerales y acervo cultural e histórico.
En esa entidad, la de Michoacán, este año se desarrollarán campañas y elecciones para renovar alcaldías, diputaciones y gubernatura. Habrá que permanecer atentos para corroborar si ellos, los michoacanos, aprendieron la lección y eligen un autobús, avión o barco con rumbo y equipo ético y profesional, o si optan por continuar en los camiones destartalados cuyos choferes secuestran a sus pasajeros y los conducen a destinos inciertos e indeseados, mientras los payasos y merolicos distraen para finalmente obtener dinero.
A nivel federal, también es fundamental elegir, en su momento, a quienes operarán el barco, sí, al capitán y a sus colaboradores, porque no es posible convertir un crucero en lanchón al garete en canales de aguas pútridas. Los mexicanos deben probar sus niveles de evolución y darse la oportunidad de elegir el rumbo y la clase de compañía transportadora que desean porque no es posible seguir contratando camiones de segunda categoría con choferes deshonestos y cínicos.

De Casa del Panteón y Factoría de Tabaco, a Palacio Municipal de Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quien acude a los expedientes empolvados de la historia y revisa el álbum de estampas nostálgicas o recorre los rincones añejos y románticos del centro de Morelia, donde cada detalle arquitectónico, ya fragmentado por los rasguños de la modernidad y la inconsciencia, delata el esplendor de lo que fue Valladolid, descubre que en la nomenclatura de la ciudad, registrada durante la madurez del siglo XIX, precisamente en las horas de 1840, existía una calle llamada Factoría.
El nombre de la callejuela, que formaba esquina con la del Sombrero, se derivó por erigirse, en una de las manzanas, un monumental palacio conocido entre los moradores de la capital de la provincia de Michoacán como Factoría de Tabaco, que antaño había sido sede de las autoridades virreinales.
Fue en esa finca, hoy ocupada por el Palacio Municipal de Morelia, donde residía el factor o representante del gobierno virreinal, quien por cierto poseía gran influencia y practicaba el monopolio del tabaco, actividad que significaba un importante ingreso para la Corona española.
Narra la tradición que antiguamente, antes de la Factoría de Tabaco, existía una finca, un inmueble que pertenecía a la catedral de Valladolid y que era conocido popularmente como Casa del Panteón, hasta que fue vendido y en 1781 se inició la construcción del nuevo palacio.
Los habitantes de Valladolid, ciudad fundada el miércoles 18 de mayo de 1541 en el antiguo Valle de Guayangareo, fueron testigos de la hora postrera de la Casa del Panteón, sustituida en 1781 por una construcción palaciega que en lo sucesivo sería sede de la Factoría de Tabaco, la cual funcionó en la provincia michoacana desde 1765.
Como dato anecdótico, de acuerdo con un acta de Cabildo, correspondiente al 13 de octubre de 1781, el Ayuntamiento de Valladolid, respaldado por el dictamen del maestro alarife Diego Durán, determinó que ellos, los constructores, repusieran los arcos angulares de los corredores de la parte superior, ya que estaban defectuosos.
Según documentos de la época, la Factoría de Tabaco constaba de tres casas. En la primera moraba el factor, mientras en las otras dos, que eran de un piso, habitaban el tesorero y el contador de la Renta. Las suyas eran familias influyentes.
La construcción del palacio se solventó con las utilidades del tabaco. Su costo fue de 64 mil 804 pesos, cuatro reales y dos gramos, como consta en las referencias históricas.
Residencia de cantera, cautiva por sus detalles arquitectónicos. Cuenta con dos patios, de los cuales el principal es cuadrado, pero con una composición octagonal que ofrece una perspectiva especial; además, los arcos y corredores, junto con las monumentales escaleras que tras el descanso parten en dos rampas, hacen de la construcción colonial una morada encantadora que invita a disfrutar sus rincones.
La cornisa superior posee gárgolas y guardamalletas. Los balcones de la planta alta son de hierro forjado y permanecen como eco de los otros días, los de la Colonia, cuando la Factoría de Tabaco era eje en las actividades de la Nueva España, en Valladolid, la capital de la antigua provincia de Michoacán.
Fue en esa casona donde se proclamó la abolición de la esclavitud en la Nueva España, dictado en la ciudad por Miguel Hidalgo y Costilla durante los minutos de 1810, cuando México llegaba puntual a su cita con el destino y miraba de frente el rostro de la historia.
Si bien es cierto que la Factoría de Tabaco funcionó durante muchos años en dicha mansión de cantera, en los días de 1824 el Gobierno de Michoacán ocupó una de las plantas para oficinas y dejó otro de los niveles para desarrollo de su función original. La casona albergó, al mismo tiempo, las oficinas gubernamentales y la Factoría de Tabaco.
Consta en una nota, la marcada con el número 90 y fechada el 5 de octubre de 1846, que él, el entonces gobernador Melchor Ocampo, solicitó a la Secretaría de Hacienda la cesión al Gobierno de Michoacán de las dos casas pequeñas y la autorización para usufructuar la grande. Varios días más tarde, el 19 de octubre del mismo año, la Secretaría de Hacienda aprobó la petición.
Igual que un engranaje que avanza imperturbable, los acontecimientos estimularon otro cambio, de manera que cuando el Gobierno de Michoacán adquirió el ex seminario Tridentino de San Pedro para palacio, por decreto 157 del 11 de marzo de 1861, la otrora Factoría de Tabaco fue otorgada al Ayuntamiento, que a la vez dejó lo que se conoce como Casas Consistoriales; no obstante, algunos investigadores aseguran que el recinto se convirtió en sede municipal a partir de 1856. Independientemente de lo anterior, el Gobierno de Michoacán pagó una deuda al Ayuntamiento.
Existen otras versiones acerca de lo que actualmente se conoce como Palacio Municipal, ya que relata la tradición que Roque de Yáñez, factor de Tabaco, compró al Cabildo Eclesiástico lo que se consideraba entonces una antigua casa de modesta construcción, popularmente conocida como del panteón.
Como quien hojea un libro con viñetas irrepetibles y exquisitas, el caminante puede ingresar al Palacio Municipal de Morelia para disfrutar sus corredores con arcadas, mirar las amplias habitaciones convertidas en oficinas públicas y quedar admirado con los detalles y frescos de la Sala de Cabildo.
De estilo barroco, el Palacio Municipal asombra por su arquería, sus escalinatas, su patio, su herrería forjada y sus salones con frescos, los cuales, por cierto, son signos de otros días, los del ayer, cuando Morelia era Valladolid.