Las ecuaciones de Dios

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las ecuaciones de Dios no fallan. La acumulación de detalles forma el milagro de la grandeza, y uno lo mira aquí y allá, en el mundo y el universo, cuando una gota de lluvia, otra y muchas más se precipitan y conforman represas que dan vida y reflejan en cada trozo la hermosura e inmensidad del cielo, o las estrellas que cada noche aparecen en la pinacoteca del cosmos y cautivan a quienes las admiran por ser parte de un bordado etéreo y prodigioso que se siente en las profundidades del alma desde antes del nacimiento. La nieve que se extiende blanca y resplandeciente en el bosque, reunió incontables copos de incomparable belleza, igual que aconteció con los agujas de los pinos y las hojas de los árboles. Todo da idea de que la suma de algo tan pequeño, resultará finalmente algo fastuoso e imponente. El mar, con toda su fuerza y majestuosidad, no lo sería sin la aglomeración de partículas de agua salada que se maquilla de jade y turquesa en las mañanas o de amarillo, dorado y rojizo ante la proximidad del ocaso. La asistencia de signos en las partituras, conducen a la ejecución de un concierto o una sinfonía subyugante. La reunión de las letras del abecedario, estimula al trazo de palabras que componen obras magistrales. El golpe del cincel, un día y muchos más, da como resultado la escultura en el mármol otrora yerto. Los instantes se acumulan, igual que la arena en las playas o los desiertos, hasta formar años y centurias. La creación, parece, está constituida de detalles. Las ecuaciones de Dios tienen un mensaje relacionado con los detalles, los cuales, acumulados, construyen la magnificencia, principalmente si se desarrollan dentro del amor, el bien, la verdad y los sentimientos positivos. Si uno hiciera de los pequeños detalles un acto cotidiano, un estilo de vida, quizá daría un sentido especial y mágico a sus días, hasta descubrir sendas inesperadas, quizá moradas sublimes o tal vez el milagro de ser uno parte minúscula de un proceso creativo que no cesa por tratarse del palpitar de la inmortalidad.

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Detalle de mujer

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, detalle de mujer

¿Cuál es la magia de un detalle? ¿Cuál su encanto? ¿Qué es? Es sumar y multiplicar, fundir estrellas en el fuelle e insertarlas en la galería celeste, colocar bloques para construir un palacio bello y prodigioso. Los filamentos que se desprenden de los dientes de león y dispersan ante el aliento infantil y las caricias del aire, las gotas diáfanas de lluvia que forman espejos que reflejan la grandeza del sol, los pétalos que se extienden en la campiña cual alfombra de intensa policromía y los luceros que Dios pintó al diseñar el universo, son el eco y la magia de los detalles. Y es que desde que la creación fue decretada, el encanto ha consistido en la acumulación de detalles que se convierten en resplandores, en la coincidencia de partículas de agua que se cristalizan en océanos de jade y turquesa de imponente majestuosidad, en burbujas que brotan de los manantiales y se derraman en la corriente que las lleva a ríos y cascadas. Los detalles equivalen a las cuentas de diamantes que el artífice reúne con la intención de elaborar la corona o el collar de mayor belleza y elegancia. Simbolizan el ramillete de la creación. Son los instantes que señalan las manecillas para esculpirlas en horas, las hojas que componen las frondas, el dorado que maquilla el trigo y el mar y el cielo al fundirse. Hasta el desierto necesita la concentración de granos de arena para manifestar su inmensidad. Los detalles están representados en los símbolos plasmados en una partitura que invita a ejecutar el más excelso de los conciertos, en los colores que embellecen el lienzo, en las letras que forman las palabras de un poema que enamora y hechiza. Tú, mirada de cielo, eres detalle de mujer. Cada momento que transcurre, descubro que fabricas la delicia de una vida consagrada a la luminosidad, pero esa luz que irradias no sería posible sin los moños que agregas a lo cotidiano. Y es que uno puede abrir las compuertas con la finalidad de que la turbulencia de la vida fluya y se desperdicie hasta que se agote, o dedicar atención a cada gota, por minúscula que parezca, para que cuando viaje por el mundo, reproduzca alegría y encanto. He mirado en ti esos pequeños actos, las cosas que para otros podrían pasar desapercibidas o como algo intrascendente, la pasión de hacer de lo común algo especial y grandioso, la facultad de colocar faroles a tu paso que se convierten en soles. La acumulación de detalles cotidianos y minúsculos, conducen a la grandeza humana; sin embargo, la magnificencia no es un pequeño fragmento ni un rasgo insignificante. Y tú, detalle de mujer, perteneces a esa clase de seres humanos que Dios, al crearlos, depositó parte de su fórmula secreta con el objetivo de que sean quienes coloquen tonalidades en las estampas grises, sonrisas en los rostros desencajados, alegría en los parajes desolados y tristes, y luceros en las bóvedas oscuras. Quien se enamora fielmente de una mujer que hace de su existencia una colección de detalles y recibe, en correspondencia, su amor pleno, como yo de ti, tiene la garantía de que los días de su existencia estarán pletóricos de moños con sorpresas, de que los sueños e ilusiones se transformarán en realidades, de que siempre habrá una historia maravillosa y sublime por compartir, de que el vuelo hacia la inmortalidad será libre y pleno, con la promesa de una unión que no tendrá fin. Si eres el detalle que Dios ha obsequiado a mi corazón, a mi alma, tengo el compromiso y la ilusión de hacer de la locura de este amor una historia inolvidable con el propósito de regalarte cada segundo un latido, una sonrisa, el guiño de una estrella, los copos de una mañana nevada. Anhelo bordar contigo la ruta hacia el amor más bello y esplendoroso, transformar tus días y noches en capullos de ilusiones, reventar a tu lado burbujas y regalarte, como tú lo haces conmigo, los pequeños cerrojos con llaves que resguardan trozos de cielo.

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La hoja y la flor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, con quien he aprendido que el amor es uno de los detalles más hermosos de la creación

Al recoger una de las hojas doradas y quebradizas que el aliento del aire otoñal arrancó de las ramas de los árboles, en el bosque, sonreí, evoqué tu imagen de niña juguetona y traviesa, recordé tus ojos de perla y escribí tu nombre unido al mío, con la expresión que se desborda de mi corazón: “te amo”. Pensé, entonces, que en ese instante te hubiera encantado que tomáramos nuestras manos para girar alegres y finalmente caer en la alfombra de hojarasca, desde donde miraríamos la profundidad del cielo azul y las formas caprichosas de las nubes rizadas e incendiadas por el sol.

Noté que una flor presuntuosa y de fugaz existencia me observaba atenta y mordaz, quien preguntó el motivo por el que te expresaba mi amor en una hoja amarillenta y seca, y no con una alhaja.

Guiado por la delicadeza de su voz y su fragancia exquisita, la miré en silencio, reflexivo, hasta que preguntó de nuevo la causa por la que te invitaba, cada noche, a contemplar la galería sidérea y contar las estrellas, en vez de entregarte un collar de diamantes.

Ensimismado en mis cavilaciones, la soslayé y pensé que sus pétalos de intensa policromía avanzaban hacia el ocaso, cuando ella, envuelta en los destellos y suspiros de su belleza efímera, insistió en preguntar la razón por la que si mi amor por ti es tan grande, te obsequiaba detalles, cosas pequeñas y de apariencia insignificante, si yo podría, si quisiera, ofrendarte el brillo de un anillo o una joya de piedras preciosas.

La rosa, ufana, se atrevió a interrogar si te valoraba tan poco que me atrevía a regalarte una canasta con flores minúsculas, una hoja dorada con nuestros nombres, una servilleta con las expresiones “me cautivas” y “te amo”, algunas horas de alegría e ilusión a la orilla del mar o una excursión a la montaña, y no un vestido de princesa o zapatos de oro y plata.

Ignoré la estulticia de sus palabras, pero insistió en saber por qué cada día compartimos sonrisas, juegos, miradas, ilusiones, textos, vivencias, abrazos, palabras, besos, hojas doradas con nuestros nombres, sueños y momentos de silencio interior, cuando el mundo ofrece regalos ostentosos.

Noté tanta miseria en la flor arrogante, que decidí responderle, aclarar sus inquietudes, no sin antes decirle que la belleza exterior solamente es una apariencia temporal, una ilusión que se manifiesta entre un suspiro y otro para más tarde, en el momento menos esperado, huir y no regresar jamás. Recalqué que la estancia en el mundo es breve y que las horas pasajeras transcurren tan aceleradas e indiferentes a la felicidad o desdicha de cada ser, que hay que amar plenamente, experimentar los días con intensidad, crecer, evolucionar, derramar el bien, practicar las virtudes y marcar un sendero indeleble como huella para otros y constancia del paso alegre y maravilloso. Lamenté que con la brevedad de sus horas, fuera tan fatua. Inevitablemente, el tiempo la marchitaría; la muerte, en tanto, apagaría su aparente belleza y la consumiría. El tiempo y la muerte terrena comparten algo en común: no se enamoran porque entonces debilitarían sus corazas y quebrantarían su juramento.

Advertí su estremecimiento cuando expliqué que en lo sencillo muchas veces se encuentran lo bello y la grandeza, de manera que vale más diseñar un collar de estrellas, quizá durante una noche de quietud y romanticismo, que entregar uno de perlas que tal vez cueste tanto que se encuentre muy distante de la felicidad.

Trémula, la rosa comprendió que el amor se materializa no con el brillo y la superficialidad de las joyas y los regalos de lujo, sino con los pequeños detalles que forman la grandeza, con los actos de apariencia insignificante que se transforman en demostración de los más dulces sentimientos. Resulta falso regalar riquezas materiales, cuando alguien no es capaz de apoyar a la persona amada durante las etapas de prueba y tribulaciones. Hay quienes regalan mansiones, anillos y viajes costosos, y se ausentan cuando se trata de probar y entregar el verdadero amor a través de actos humanos.

Entendió que el amor no se compra ni ata, y que si dos almas se unen para volar juntas hasta la eternidad, no se condenan a la dependencia ni a la pérdida de identidad, porque se ayudan a crecer, a evolucionar, con la finalidad de caminar por un puente de cristal para llegar al cielo.

Aprendió que un amor como el tuyo y el mío, basa sus riquezas en los detalles, los actos, las pruebas de la vida, la fe, el consentimiento, las atenciones, los cuidados, la convivencia, la alegría y los sentimientos, no en el brillo seductor de las superficialidades ni en los bienes temporales.

Miró a su alrededor, donde las otras flores se mofaban de su asombro y decidió irse conmigo, dormir en la canasta de los encantos, porque prefirió trascender y convertirse en parte de un detalle hermoso que jamás se olvida, que en una presunción destinada a la finitud y al olvido. Sus pétalos tersos y perfumados acompañaron a la hoja dorada con nuestros nombres inscritos, acaso con la dicha de un día permanecer ambos entre las páginas de un libro muy querido como prueba de un amor especial y mágico.

Optó la flor por abandonar la petulancia que la cegaba y transformarse, igual que la hoja seca, en un detalle inolvidable, en parte de un día alegre, hermoso e irrepetible como los que tú y yo compartimos cada instante con la ilusión de que nuestro amor sea poema universal, música subyugante, puerta al cielo.

Vida con detalles

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A quien me ha demostrado que los detalles y los hechos tienen más valor que las palabras que no se cumplen. Gracias por tu amor y por ser un alma que ha cubierto la mía de detalles

Los detalles son las flores que embellecen y perfuman el jardín, la campiña, el sendero; las estrellas que aparecen una noche, otra y muchas más en el firmamento y adornan la galería del universo; las gotas que descienden de las nubes cuando llueve, hasta formar charcos y estanques que alivian la sed de las plantas y reflejan la intensidad del cielo; las hojas de los árboles, el follaje que se balancea al sentir los ósculos y las caricias del viento; los granos de arena que componen la playa y el agua turquesa que se ondula al transformarse en oleaje; los colores del arcoíris que se enamoran y enlazan para regalar un espectáculo que deleita la mirada; el océano y el horizonte, incendiados por el crepúsculo postrero de la tarde, con sus tonalidades amarillas, naranjas y rojizas. Todo, en el mundo, está compuesto de detalles minúsculos que al fundirse, al ser constantes, forman la grandeza. Quien excluye los detalles de las horas de su existencia, está muerto. Una vida sin detalles, equivale a una jornada en el desierto. Es un campo estéril. En la tierra árida e infértil sólo crecen cardos y plantas venenosas, entre las que se arrastran reptiles que acechan. Los detalles no son los regalos que reciben las manos egoístas; se trata de pequeños actos, palabras, sonrisas, miradas. Quien todos los días regala detalles, quizá traducidos en una acción, un mensaje de aliento, una mirada de comprensión, se convierte en jardinero de la humanidad y el mundo, es colaborador del universo, y atesora riquezas incalculables en su ser. La vida misma no deja de ser un detalle asombroso y grande. El cielo y el mundo, aunque se les agreda, regalan detalles. La vida, el cielo, la grandeza, el amor y la felicidad se componen de detalles. ¿Qué sería del tiempo si desdeñara a los segundos por ser minúsculos? Una existencia ausente de detalles, resbala a los abismos de la monotonía y la pobreza; una vida que los cultiva, derrama amor, bendiciones, alegría, evolución e ilusiones. Como que los detalles son las llaves que abren la puerta del cielo.