Y ya no estaban…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Intenté felicitarlo, correr a su lado para abrazarlo; pero sus espacios, en la biblioteca, en el comedor, en la sala, en los rincones de la casa, estaban ausentes y nadie respondía al pronunciar su nombre. Lloré, entonces, entristecido, al recordar que mi padre, mi amado e inquieto padre, ya no se encontraba en el mundo, y mayor fue mi desconsuelo al saber que ella, mi madre, mi madre querida e inolvidable, tampoco estaba conmigo, al menos en la arcilla que soy ahora. Pretendí sorprenderlo esta mañana tan especial en que muchos hombres y mujeres, en minúsculas y en mayúsculas, celebran al padre tras haber festejado, semanas antes, a la madre, y si a ella no la descubrí, amable y sonriente, entre sus plantas y sus flores, en el jardín, a él tampoco lo encontré inmerso en sus lecturas, en su arte y en sus inventos, ni los miré, como antes, sentados a la mesa, en la sala, en nuestras convivencias, ni tampoco en los paseos que realizábamos, felices y agradecidos. Creí, al no encontrarlo, en esta fecha dedicada al padre, que el tiempo y la vida lo desmantelaron; pero no es así porque ni uno ni la otra, por su naturaleza, desperdician su caminata en la gente. Son indiferentes a lo que cada hombre y mujer eligen. Simplemente, mi padre cumplió su ciclo en este plano, como lo hizo mi madre tantos años después, y los siento en mí cuando recorro y exploro las rutas de mi interior, los senderos y los destinos de mi alma. Hoy, sencillamente, desperté con el anhelo y la ilusión de reunirme con mis hermanos, en complicidad y sigilo con mi madre, como lo hacíamos en la infancia, y luego en la adolescencia y en la juventud, con el objetivo de llegar hasta la habitación y abrazar y felicitar, una y otra vez, a mi padre, y expresarle el más puro amor, mi gratitud y mi admiración. Abrazaría a mi padre esta mañana, como lo hubiera hecho, semanas antes, con mi madre. Recuerdo que ellos siempre aseguraban que nosotros, sus hijos, les regalábamos tanto amor y respeto, que para ellos, simplemente, todos los días eran del padre y de la madre. Físicamente ya no están aquí, en la Tierra, pero espiritualmente, por ser esencia, percibo sus latidos y su presencia en mi interior, en mi ser, en mi alma, en las gotas de lluvia, en las caricias del viento, en los abrazos del sol, en los copos que se acumulan, en las flores sonrientes, en el pulso de la vida, en el polvo de estrellas, en el éter que fluye prodigiosamente y envuelve todo. Me fundó en la corriente etérea y los percibo conmigo, y así, emocionado, les doy un abrazo de luz con todo mi amor y mi agradecimiento, con la certeza de que el infinito es un regalo maraviloso de la creación. Hoy, definitivamente ya no fue posible sorprender a mi padre con cajas de aviones de dos alas, a escala, como los que voló en sus días juveniles, acompañados de calzado, ropa, libros y lociones, como otro día, apenas hace algunas semanas, a mi madre le hubiera obsequiado zapatos, algún vestido y hasta un suéter y perfumes; sin embargo, ahora, al escuchar las voces y los silencios de mi ser interno, descubrí la presencia de ambos, y eso me indica que Dios reserva para nosotros una existencia infinita de beatitud y paz. Después de todo, los regalos materiales, tan agradables y bonitos, quedan en envolturas, en recuerdos y en tarjetas que algunos conservan en baúles y roperos; pero la bencidión y la fortuna de un padre, una madre y una familia tan especiales y maravillosos, con una historia irrepetible, mágica e inolvidable, pertenecen al alma, no tienen precio y son para vivirlas eternamente. Agradezco a Dios tan excelso regalo. Gracias a mi padre y a mi madre por tanto.

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Un padre amoroso y el hijo roto

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Su hijo, lo entiendo así, es retrasado mental. Lamento darle la noticia. En el colegio, los otros niños, sus compañeros, se mantienen alejados de él porque lo consideran diferente. No les gusta. No creo que sea capaz de terminar sus estudios básicos; al menos no en este colegio, donde el nivel de preparación de los estudiantes se orienta a la excelencia académica y al desarrollo integral. Su hijo está herido e incompleto. No encaja en el salón de clase ni con sus compañeros, ni tampoco, creo, en la sociedad. Necesita atención médica y, tal vez, psiquiátrica. Estos trastornos no siempre se corrigen. Son errores de la vida. Tengo reportes de las maestras y de algunos de sus compañeros, respecto a su personalidad extraña. Se distrae en clases. Mientras la profesora expone algún tema, él, su hijo, se pierde en su mundo interior, en los árboles y en las flores que mira a través del cristal, en sus apuntes y en sus dibujos. No habla. Es silencioso. Tampoco juega. Sus lecturas son aterradoras. Hemos descubierto, en su mochila, desde libros referentes a dinosaurios, fósiles y arqueología, hasta obras literarias, filosóficas y esotéricas. Lee, a hurtadillas, tratados acerca de diversas religiones, e incluso sobre los lamas, lo cual es inadmisible en una institución educativa que se rige por normas estrictas y una doctrina pura. Lee libros de arte e historia, al mismo tiempo que no ha aprobado sus asignaturas. Cuando la maestra habló a los niños acerca de los señores feudales, en Europa, su hijo estremeció y tuvo un lapso extraño, como si se hubiera ausentado más de lo que generalmente acostumbra. Oculta, entre sus libros y cuadernos, una libreta con apuntes y dibujos indescifrables. Crea historietas fantasiosas con textos y dibujos. que ya le hemos descubierto. Es inconcebible que produzca historias sobre viajes a Marte y otros planetas, cuando apenas la humanidad a pisado la Luna. Y en sus escritos menciona estupideces y ocurrencias como el hecho de que si se explorara el interior de la Luna, los científicos obtendrían información que los asombraría; pero el niño va más allá al asegurar que mayor sería la sorpresa si la gente se internara en su ruta interior, donde encontraría la conexión con el universo, la vida y la creación. Habla de un Dios diferente al que nosotras, en el colegio, enseñamos a los alumnos a través de nuestra doctrina. No es un niño normal. ¿Qué opinión tendría de un niño que dibuja líneas diagonales con escaleras y números que se deslizan al vacío? Traza espirales, formas geométricas y estrellas repletas de números, letras y signos. ¿Qué sentimientos e ideas tendrá un alumno ensimismado que dibuja laberintos y pasadizos subterráneos debajo de castillos, fortalezas, monasterios e iglesias? Hace rato, cuando le llamé por teléfono a su oficina, su hijo, enmudecido, me miraba sonriente y burlón. Es majadero. Recomiendo que lo inscriba en una institución especializada en atención de problemas de lento aprendizaje. Si no recibe atención, este niño será una carga más, una persona dependiente e inútil, un ser humano de desecho con necesidades biológicas. Es todo lo que puedo decirle. Examine las calificaciones escolares de su hijo. Es evidente que algo no está bien”, informó la religiosa, directora del colegio, al padre del niño acusado, quien escuchó atento y silencioso las palabras ansiosas y precipitadas de la mujer.

Era hombre educado, tolerante, respetuoso. Sabía escuchar sin alterarse ni perder el control de sí. Aquella mañana, la monja denunció la incapacidad mental del alumno -y seguramente hasta espiritual y motriz- y recomendó la cancelación inmediata de la matrícula escolar. Ella, al recibir al padre del niño, se enredó en el tropel de sus palabras. Presentó al monstruo horrible que tenía como alumno del colegio, al enano mental que diariamente orinaba los pantalones del uniforme, al error de la naturaleza, símbolo del mal, la ineptitud y la mediocridad, que solía fijar su mirada en las hojas de los árboles, en las plantas y en las flores, en las mariposas y en los pájaros que volaban libres y plenos.

Aquella voz chillante, ofrecía al hombre la descripción de un hijo roto e irreconocible, distinto al que conocía en el hogar, un despojo humano, idiota y silencioso, un hombrecillo en minúsculas, una aberración de la naturaleza al que solamente le faltaba babear, arrastrarse y balbucear.

El padre, mortificado por su hijo, interrogó a la directora; sin embargo, ella, trastornada por el enojo, no escuchaba. Le dolía, en verdad, que un menor de edad se hubiera mofado de ella con esa risa tan estúpida y un silencio repugnante. Estaba atrapada en su blusa blanca y en su hábito gris. Una cruz metálica reposaba en su pecho disimulado. Resultaba imposible dialogar con ella. Se sentía ofendida por un monstruo, una deformidad de la creación, un error de la vida.

Respetuoso y silencioso, el hombre tomó la mano derecha de su hijo, quien se incorporó de la silla inmediatamente, con el alivio de aquel que se libera de un juicio al que va a ser condenado sin piedad para posteriormente sufrir el martirio del castigo en el patíbulo y la vergüenza del escarnio. Antes de marcharse, el señor habló pausadamente, con la idea de solicitar a la religiosa que consintiera que el pequeño continuara asistiendo a clase, con la promesa de que entre él y su esposa se responsabilizarían de ayudarlo a corregir su atraso en clases. El plazo, dijo, sería ese ciclo escolar.

La mujer, encolerizada, asintió con la cabeza e hizo una señal de despedida con la mano. Una vez que salieron de la institución educativa, el hombre abrió la portezuela delantera del automóvil para que el niño se acomodara en el asiento del lado derecho. Arrancó el motor del vehículo y marcharon a casa.

Durante el trayecto, el señor relató al hijo fragmentado algunas historias con ciertos mensajes ocultos, precisamente con el objetivo de enseñarle, a través de ejemplos y metáforas, que los seres humanos más grandiosos, alguna vez enfrentaron problemas, adversidades y desafíos que los tambalearon y los motivaron a luchar y ser superiores a las circunstancias.

En cuanto llegaron a casa, el niño abrazó a su madre -la señora amable, como le llamaba la gente- y le dio un beso en cada mejilla, para correr de inmediato al lado de sus hermanos, mientras el hombre relató a la mujer el encuentro con la monja y la situación del pequeño en el colegio, quien realmente, por lo que percibían, se encontraba ante enemigos que podrían destruirlo.

La mujer lloró al escuchar la narración de su marido e imaginar el sufrimiento de su hijo primogénito. Ambos, el padre amoroso y la señora amable, asomaron por la ventana y descubrieron a sus hijos en la inmensidad del jardín, felices y plenos. El mayor de ellos -el niño roto del colegio-, reía, saltaba, y parecía tan contento, que contradecía los argumentos de la religiosa y los reportes y las acusaciones de la profesora.

Pactaron reconstruir al hijo mutilado, al alumno deleznable del colegio de monjas, a quien sus compañeros descalificaban por lo extraño de su vida y ellas, las religiosas y las profesoras, aplastaban con órdenes irracionales, castigos despiadados e inexplicables y el peso de su autoridad y su tamaño.

La señora amable, ofreció a su hijo un cielo prodigioso, un hogar maravilloso, y le enseñó a amar la vida por medio de las flores, las plantas y los árboles, que cotidianamente regaban, al mismo tiempo que ella nombraba cada especie y explicaba su importancia para mantener el equilibrio y la salud del planeta. Y así, el niño amó la naturaleza, desde las gotas del agua que entonces brotaba en abundancia, hasta los pinos que proyectaban sus sombras al recibir los abrazos y la mirada del sol. Hasta plantó, al lado de su madre y sus hermanos, un árbol que compró su padre.

Y fue la propia madre quien platicó a su hijo tantas historias del ayer, la epopeya de sus antepasados, con sus luces y sombras, hasta que despertó en el pequeño el interés en explorar e investigar su antiguo linaje; pero también lo educó con valores espirituales y con la elegancia de los modales franceses que recibió de algunas parientes. El niño mutilado del colegio, aprendió arte, ciencia, negocios, espiritualidad y todos los conocimientos que más tarde, en otra época y ante diferentes circunstancias, aplicaría en su vida.

El señor amoroso y educado, reforzó la sensibilidad, el talento y la creatividad del pequeño artista, a quien introdujo, además, en temas arqueológicos y en el conocimiento, siempre en una línea de rectitud y valores. El hombre poseía amplio conocimiento y experiencia. Lo mismo permaneció, como monje, en un convento, que voló aviones de dos alas y participó en la incursión del desembarco de Normandía, durante la Segunda Guerra Mundial.

No obstante, el alumno fragmentado del colegio nunca se atrevió a revelar los castigos a que era sometido por las maestras, principalmente una que lo aborrecía, quien le negaba permisos para ir al sanitario, obligándolo, irresponsablemente, a no contener sus necesidades fisiológicas y orinar los pantalones del uniforme. Le ordenaba que pasara al frente y que, hincado y con los brazos estirados hacia arriba, a un lado del pizarrón, quedara en silencio e inmóvil, ante la mofa de sus compañeros, para, finalmente, otorgarle el perdón y enviarlo a su pupitre, no sin antes golpearlo con una regla de madera, impactos que recibía en las yemas de los dedos, en las palmas de las manos y en las pantorrillas. El menor temía que sus padres reclamaran y que ellas, la profesora del tercer grado de primaria y la directora, se vengaran de él. Y calló.

En ese colegio, el niño solamente confió en otro pequeño, hijo de un joyero alemán, en cuya casa, también con jardines amplios, la familia poseía aves exóticas, pavorreales, guacamayas, tortugas, perros y hasta un mono araña. El compañero, a quien, igualmente, le fascinaba el tema de los dinosaurios -ambos disfrutaban la colección Panorama Cultural, publicado por Novaro Editores, a cargo de Antonio M. Carneiro-, visitó diversas ocasiones al pequeño roto, al que alguna vez preguntó la razón por la que era tan diferente en la libertad de su casa, donde corría, platicaba, reía, gritaba y jugaba alegre y plenamente.

“Tú no estás enfermo, como aseguran la maestra y la directora -expresó a su pequeño amigo-. Tú eres más grande de lo que suponemos. Eres diferente a la mayoría. No pronuncias groserías, eres correcto al hablar y sabes escuchar, observar y respetar. Eres un niño educado. Me consta. Tu mundo interior y exterior es distinto al de la mayoría de nuestros compañeros. Ahora entiendo lo mucho que vales. Ni siquiera tu aspecto es como el de la mayoría. Te sucede lo mismo que a mí, pero no me molestan nuestros compañeros, y menos las autoridades educativas, porque siempre llevo dinero a la escuela y complazco a todos, hasta a la profesora que es feliz con la manzana que le regalo todos los días. Mi padre me ha enseñado que toda la gente, por monstruosa que sea, tiene un precio, y mira a la mujer amargada y tirana que es nuestra maestra, se doblega y me respeta por una simple manzana que diariamente coloco en su escritorio. No me alejo. Si llevo libros de dinosaurios al colegio, invito a mis amigos a observar cada página, y al deleitarse con lo que tanto nos gusta, me consideran amigable y poderoso. Eso es todo, amigo”.

El colegio era inmenso. Tenía, incluso, capilla e internado en otra sección. Había un comedor para quienes estaban inscritos como “medio internos”. El niño fracturado asistía a clases regulares, pero muchas ocasiones, ella, la profesora, lo mantuvo, igual que un rehén, en el aula, castigado por supuestos errores y travesuras que le atribuían, o lo enviaba, junto con otros menores, a permanecer cerca del portón, donde la comunidad escolar los miraba con desprecio y repugnancia, con los pantalones empapados de orines. Eran, por llamarles así, los pequeños delincuentes del colegio.

No pocas noches, el niño roto, acosado por fiebre y miedo, lloró inconsolable. Suplicaba a sus padres que ya no lo enviaran a la escuela. Algo le impedía explicar el terror que sentía. Su madre acariciaba su frente con el amor más puro y le narraba alguna historia dulce y tierna, o su padre le enseñaba a dominarse y le relataba capítulos de seres humanos extraordinarios.

Transcurrieron los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses, como se consumen la vida y los sueños. El niño roto aprobó el curso y, felizmente, pasó al cuarto grado de primaria. Un año más tarde, su padre y su madre decidieron inscribirlo en otra institución educativa, lejos de aquel escenario tan pútrido que generaban la directora y algunas profesoras, como el personaje siniestro que tuvo como maestra en el tercer curso de primaria; pero esa ya es otra historia que quizá, algún día, haya que relatar.

No me avergüenza confesar que aquel niño despedazado del colegio, fui yo. El amor, la entrega, los valores, la disciplina, el ejemplo, la firmeza, el respeto y la enseñanza de mis padres fue determinante, al menos, para demostrarme, principalmente, que no estaba atrofiado espiritual, física y mentalmente, como aseguraban la directora y la maestra. Simplemente, fui víctima silenciosa, como tantos casos existen en el mundo, del abuso de autoridad, la burla, la injusticia y la crueldad que intoxica a ciertos seres humanos.

Por cierto, aquella “risa burlona” que denunció la directora, fue por varios motivos: me parecía ridículo que una mujer adulta, perteneciente a una doctrina religiosa de amor, respeto y tolerancia, hubiera perdido el control de sí, al grado de interrumpir a mi padre, en horario laboral, a través de una llamada telefónica, como absurdo y estúpido era que le asustaran mis pantalones empapados de orines, cuando la maestra no me permitía acudir al sanitario, basada en la irracionalidad de su autoridad, su tamaño y su poder.

No tengo resentimiento. Simplemente, ambas mujeres eran débiles y estaban intoxicadas por la amargura, la mediocridad, los temores, las debilidades y la fragilidad que caracterizan a algunos seres humanos, incapaces de ser maestros de sí mismos. Al contrario, su estulticia y maldad generaron el ambiente propicio para que ellos, mi padre y mi madre, orientaran mayor atención de la que ya me daban.

Soy un artista sencillo, un escritor que pretende tocar a las puertas de cada ser humano -en minúsculas y en mayúsculas, en femenino y en masculino- con el objetivo de compartirles sentimientos e ideas que descubro entre los murmullos y los silencios de mi interior, en el pulso de la naturaleza, en las estrellas, en la lluvia, en las cortezas enlamadas de los árboles, en los helechos.

Me siento profundamente agradecido y orgulloso de mi padre y de mi madre, quienes me regalaron un cielo extraordinario y maravilloso, contrario al infierno que cotidianamente me ofrecían la directora del colegio, la profesora y muchos de mis compañeros. Me rescataron de aquel pantano y, claro, me encantó el arte, me enamoré de las letras que hoy, humildemente, trato de obsequiar a mis lectores.

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Tal vez…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En los desayunos familiares, mi padre solía expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”, Mis hermanos y yo, en minúsculas, envueltos en capas infantiles, escuchábamos los argumentos, las explicaciones y los conceptos paternos. Años más tarde, mi madre recordaba aquellas palabras: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Ambos tenían razón. Como bien entenderá quien interprete el significado del mensaje, había una enseñanza, una invitación a buscar la felicidad y el sentido real y pleno de nuestras existencias. Éramos más ricos de lo que imaginábamos porque los integrantes de aquella familia, estábamos vivos, teníamos salud, compartíamos un ambiente de amor y valores, disfrutábamos cada momento, aprendíamos y coexistíamos en un medio digno, libre y respetuoso. Aquel encanto, en nuestras vidas, era un acontecer cotidiano y natural al que estábamos acostumbrados y considerábamos una bendición. Ahora, muchos años después, analizo los escenarios local, regional, nacional y mundial, amenazados por contaminación, hambre, coronavirus, guerras, odio, violencia, escasez de agua, deshumanización, crecimiento de la miseria versus la concentración de la riqueza y el poder en un grupo reducido que dicta políticas y estrategias perversas, entre otros elementos, y llego a la conclusión de que mi padre y mi madre, cada uno en su momento, tenían razón al expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Lo fuimos. Era una exhortación al amor, al bien, a los valores, a la realización, a la felicidad. Hoy, entre pedazos de humanidad y trozos de mundo, aún somos ricos porque seguimos con vida y tenemos oportunidad, cada instante, de rescatarnos, comenzar de nuevo y ser extraordinarios como seres humanos. Quizá hemos perdido las cosas materiales, pero aquí estamos, en medio del destino y de la vida, dispuestos a construir biografías auténticas, libres, dignas, dedicadas al bien, dispuestos a hacer de nuestra estancia en el mundo un paseo maravilloso e inolvidable.

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Él, mi padre

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quedó huérfano de padre en la primavera de su existencia, cuando jugaba y tejía tantos sueños, y, no obstante, me enseñó a amar, respetar y admirar a mi madre y a él. Aprendió a volar aviones de dos alas cuando era muchacho, y décadas más tarde me retó a ser libre, conquistar mis sueños e ilusiones, sentir las caricias del viento en las alturas y contemplar las fragancias y los colores del cielo; participó en el desembarco de Normandía, durante la Segunda Guerra Mundial, y me aconsejó y preparó para ser sensible al sufrimiento humano y fuerte ante los retos y las adversidades, no darme por vencido y triunfar o al menos intentarlo sin desmayo. En su infancia, montó una elefanta y en su memoria me enseñó a respetar la vida animal, a coexistir en armonía con la fauna. Siempre le fascinaron las cascadas, los ríos, las selvas, los bosques y las flores, y lo acompañé por parajes insospechados que me convidaron a querer y proteger la flora. Me inició en el estudio de la paleontología y la arqueología, y me aconsejó vivir cada instante, no aferrarme a los días consumidos ni quedar atrapado en tristes recuerdos. Le apasionaron el arte y el conocimiento, los libros y los manuscritos, la pintura y el violín, la escultura y la fotografía, la creación literaria y los inventos, y así me dio las bases para escribir mis obras. Conoció el dolor de las enfermedades y la sonrisa de la salud, los rasguños de la pobreza y las caricias de la riqueza, y me mostró la brújula, el sendero para ser feliz, la ruta para alcanzar la plenitud, la sabiduría para navegar las mañanas tranquilas y las noches de tempestad. Tuvo pesadillas algunas noches y madrugadas, y me forjó para descubrir e irradiar luz y transformar mis sueños en realidad. Aconsejó a innumerables personas y una y otra noche me citó con la intención de recomendarme que siempre entregara mi amor auténtico, fiel y puro a la mujer que me reflejara en su mirada y yo percibiera en mi alma. Fue monje, habitó celdas húmedas y frías, desoladas y silenciosas, y me dio oportunidad de estudiar todas las doctrinas y experimentar para así elegir el camino y encontrarme de frente conmigo, con mi alma, con la creación, con Dios. Amó a mi madre, a sus padres, a sus hermanos, a su descendencia, y me transmitió el ejemplo y los sentimientos para actuar igual. Trató a mi madre y a las mujeres con amabilidad y respeto, y de esa forma hizo de mí un caballero. Quiso tanto a su familia, que yo la atesoro. Vivió y murió con una historia noble, maravillosa e inolvidable, y yo, su hijo, entendí el sentido de las estaciones, el sí y el no de la existencia, la fórmula de la inmortalidad, y ahora agradezco a Dios la bendición de haberme concedido un padre ejemplar e irrepetible, Acordamos reunirnos en la eternidad y ahora sé que la muerte es renacimiento y que la vida inicia cada instante. Me abrazó y protegió cuando dudé y tuve miedo; hoy simplemente le digo: “gracias por todo. Fue un honor ser tu hijo”.

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Carta desde el cielo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hija mía, hace dos semanas abandoné mi cuerpo, la envoltura física que cada día, bien lo sabes, envejecía e impedía que me comportara como antaño, cuando eras niña y te arrullaba con ternura, te cargaba con la ilusión de comprarte un globo o un dulce, te aconsejaba, te relataba cuentos, te llevaba a la escuela y te tomaba de las manos para después soltarte y mirar emocionado tus primeros pasos.

Te consta que ya no podía con la carga física que llevaba, y no porque me hubiera dado por vencido, sino por el agotamiento inherente a la edad. Bien hubiera deseado tener energía para convivir contigo y con nuestra familia, compartir los alimentos en la mesa, acompañarte en tus oraciones, sumar mayor número de capítulos a la maravillosa e irrepetible historia que nos tocó vivir.

Quienes nos atrevemos a desafiar al tiempo, enfrentamos una hora y muchas más sus embates, y si yo lo hice, mi niña amada, no fue para prolongar, como otros seres humanos, mi estancia terrena con sus placeres y locuras, sin un sentido justificable y real, sino con la intención de permanecer contigo y con la encantadora y bendita familia que tu mami y yo formamos con tantas ilusiones. Me encantaba estar con ustedes, y vaya que al final de mis días, ya con mis debilidades y padecimientos de la ancianidad, disfrutaba, aunque no lo creas, los consejos, las reprimendas y los cuidados que me dabas, ¿y sabes por qué? Porque me sentía amado y consentido por un ángel que orgullosamente es mi hija.

No sabes cuánto valoro el amor, los detalles y el tiempo que me regalaste, sobre todo porque los días de la vida son como las hojas que se desprenden de las ramas. Llega el momento en que el árbol, al envejecer, se deshoja totalmente, y tú, mi hija amada, cediste parte de tu vida para cuidar de mí, un anciano que aparentemente desatendía tus indicaciones, pero que en el fondo te escuchaba y agradecía a Dios por tenerte como bendición. No sabes cuánto te lo agradecía.

Admito que traje conmigo el calor y la ternura de tus manos, el tono de tu voz, tu mirada brillante y límpida, y hasta las palabras que me repetías al llegar de tus actividades y dedicarme aquellas tardes y noches que jamás olvidaré.

Te he mirado caminar por el cementerio, ante la tumba donde amablemente sepultaron mi cuerpo, y si bien entiendo tu tristeza por mi ausencia física, me preocupa tu dolor. Al deslizar tus lágrimas por tu rostro, se han convertido en perlas diáfanas que milagrosamente penetran por los poros de la tierra para iluminar y disipar cualquier sombra. Así eres de angelical. Me siento agradecido y orgulloso de ti.

Tu sufrimiento y tristeza han tocado hasta la puerta del cielo, donde permanezco pleno y atento a ti y a nuestra familia. Sé que un día se dulcificará tu dolor y lo que hoy son lágrimas, tormento y melancolía, mañana serán recuerdos gratos, riqueza espiritual y bendiciones.

Recientemente, hija mía, expresaste que te falta un trozo de corazón porque partió conmigo; sin embargo, quiero recordarte que las almas son etéreas y puras, y de ninguna manera, al llegar a la morada de Dios, arrebatan la felicidad a quienes se quedan en el mundo, y menos a aquellos que tanto aman.

Tu corazón es muy hermoso, mi niña, y no le falta una porción porque yo no me la llevé al cielo, donde esperaré pacientemente tu llegada y la de nuestra familia, cuando sea el momento señalado por nuestro Creador. Lo que sí traje conmigo son tu imagen y la de nuestra familia, los capítulos que compartimos en el mundo, los recuerdos, el amor que derramamos entre nosotros.

Gracias a Dios y a que eres de otra arcilla, tu corazón está intacto porque lo necesitas en el mundo para seguir viviendo y derramando tus más nobles sentimientos. Consérvalo íntegro porque yo estaré contigo cada instante de tu existencia. Siénteme, hija.

Nuestras almas están unidas, hija preciosa, y así permanecerán toda la eternidad porque es una promesa y un regalo que Dios nos ha concedido. Es un alivio saber que la vida no termina con la muerte del cuerpo. La finitud corporal sólo es el inicio de la jornada espiritual por la inmortalidad.

Me siento muy agradecido contigo, pero también orgulloso de ti porque tu alma es resplandeciente e innegablemente se refleja en el gran ser humano que eres. Me tranquiliza saber que al marcharme del plano terreno, se quedan mis descendientes como parte de los seres humanos que desean trascender.

Cuando me miraste inmóvil y yerto en el ataúd, con tus ojos cubiertos de lágrimas y tu corazón inconsolable, notaste tranquilidad en mi semblante. Hija, no equivocaste. Mi rostro inerte irradiaba alegría y paz no solamente por el gozo de haber entrado al reino de Dios, sino por la dicha de tener una familia ejemplar y maravillosa, de la que formas parte.

Hoy no necesito darte consejos porque eres una mujer de valores sólidos. Conserva tu esencia porque tus principios y trayectoria te conducirán hasta los jardines del cielo.

Posees un código de conducta y valores que asimilaste desde pequeña. Vive plenamente tus principios, hija querida, pero no olvides, mientras permanezcas en el mundo, diseñar y protagonizar tu propia historia.

Si alguna ocasión, en vida, te hice sentir mal o te causé aflicciones, te pido disculpes mis actitudes o palabras. Fui un hombre con los claroscuros de todo ser humano, tal vez muy estricto por mi formación, pero siempre interesado en dar lo mejor de mí en beneficio tuyo y de toda nuestra familia.

Quiero recordarte que la vida, con sus luces y sombras, es bella y preámbulo de la eternidad. Sólo hay que vivirla en armonía, con equilibrio y plenamente. A veces hay que ceder y experimentar unas cosas por otras, pero mientras conserves tus valores y actos, tendrás la salvación.

No olvides vivir. Voltea a tu alrededor y descubrirás que existen muchos motivos para ser feliz. No renuncies a tu dicha. Dios coloca pruebas a los seres humanos y por algo da oportunidad de evolucionar. No todo es tan rígido ni tampoco endeble como para prohibirse la verdadera felicidad. El cielo se conquista por medio del amor, de los valores y de las acciones.

La vida no es nada comparada con la eternidad que nos espera. Te lo digo yo, tu padre, quien ahora moro en el hogar de Dios. Cierra tus ojos e interpreta los susurros del viento que te dice “vive, vive, vive”. Sé que tienes ante ti muchas bendiciones y la oportunidad de protagonizar una historia intensa, noble, bella, irrepetible, excelsa e inolvidable. No te detengas. Sube a la mejor embarcación, a la que te conduzca a lo más sublime en todos sentidos.

En cuanto a tu mami, hermanos y sobrinos, son tu gran tesoro. Ellos, tú y yo siempre seremos bendecidos y ricos porque nos identifican una historia compartida, capítulos mutuos, la familia a la que pertenecemos, y si algunos estamos aquí y otros allá, nuestras almas palpitan al unísono del amor de Dios. Ámense y cuídense unos a otros.

Resulta innegable que entre el cunero y la tumba sólo existe un suspiro. Vive lo que te corresponde como ser humano porque habrá días alegres y tristes, horas de ilusiones y otras de desaliento; mas el amor auténtico, aunado a los valores y a los actos, salva.

Para consuelo de tu ser, hija bella, el alma no muere; al contrario, goza el privilegio de una vida eterna y dichosa. He observado tu llanto, y es natural, mi pequeña; por lo mismo es que deseo comunicarte que aquí estaré siempre, unido a tu alma. Únicamente bastará que en medio del silencio y la soledad, cierres tus ojos y llegues hasta tu alma para sentir la mía.

Zorak

A mis padres

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Pellizqué mis piernas aún entumidas por la humedad del pantalón azul marino que rozaba mi piel, mientras ella, la religiosa, explicaba a mi padre por teléfono que yo, su hijo, presentaba síntomas de retraso mental y, por lo mismo, auguraba que no concluiría la primaria en el colegio y jamás tendría éxito en la vida.

Fuera de sí, su acento español se descompuso y manifestó que yo era cínico porque lejos de responder sus preguntas, permanecía callado y reía como idiota. Insistió en que me encontraba sentado frente a ella, castigado por haber orinado los pantalones, carente de explicaciones y respuestas, con la mirada inexpresiva, sonriente. Confesó, incluso, que le aterraba lo insondable de mis ojos.

Es cierto, a mis 10 años de edad no contesté sus reclamos porque consideré que si había orinado los pantalones del uniforme escolar, no había sido por descuido o placer, ni tampoco por sucio, como me calificó, ni siquiera por malos hábitos, sino porque la maestra me negó el permiso para ir al sanitario, y evidentemente el organismo reaccionó de acuerdo con sus procesos naturales. Eso era todo, la profesora me impidió ir al baño y oriné. Reí no por mofarme de ella; lo hice por los nervios que me transmitía con sus gritos y regaños, por su actitud descompuesta frente a un menor, por el hecho de que ellas, las religiosas y maestras, provocaban situaciones complicadas a los alumnos y finalmente los descalificaban, reprendían y castigaban con saña, y claro, lo admito, por la incongruencia entre las monjas y la doctrina que seguían y predicaban. Al menos en teoría, su religión se opone a injusticias e intolerancia. Esos fueron los motivos de mi risa y silencio. ¿Cómo me defendería, me preguntaba, si provocaban las faltas y al mismo tiempo se transformaban en jueces inflexibles?

Respecto a mi hermetismo, confieso que siempre he sido así; además, a esa edad ya había leído documentos y libros sobre diferentes doctrinas filosóficas, religiosas y esotéricas que tenía mi padre en su biblioteca particular, y escuchado de paso las conversaciones y discusiones sobre tales temas con diferentes personajes que visitaban la casa solariega. Me parecía que la mujer no era fiel a las creencias que pretendía inculcar en el colegio; no obstante, debía callar para no involucrarme en problemas más fuertes de los que ya enfrentaba. Tampoco le iba a rebatir que los estudiantes sabían más de doctrina religiosa que de matemáticas o historia, aunque no practicaran sus principios en el primer caso y obtuvieran excelentes calificaciones en el segundo.

El problema parecía delicado, aseguró la mujer cuyo pecho exhibía un crucifijo plateado que resaltaba con el tono oscuro de su vestido y la gravedad de su rostro. Así que mi padre desatendió sus ocupaciones y se dirigió al colegio con la intención de hablar con la directora, con quien permanecí gran parte de la mañana en una oficina oscura, rodeada de imágenes religiosas y libros. No entendí, entonces, la causa por la que me mantenía como rehén en la dirección, pues de cualquier manera no hubiera podido huir ni evadirla.

El resultado del balance me desfavoreció. Me pareció injusto, pero tontamente evité presentar mis argumentos de defensa. La mujer acusó mi costumbre de orinar los pantalones, no comprender las lecciones, permanecer distraído durante clases, apartarme de mis compañeros a la hora del recreo, no participar en las actividades sociales, negarme a seguir las acciones litúrgicas, no mostrar emociones, no contestar las preguntas de profesoras y religiosas, dibujar en horario escolar y reír, mostrar un aspecto de estúpido al que solamente le faltaba babear. La verdad es que estaba aterrado por el bullyng que practicaban monjas, maestras y alumnos.

Ya con el expediente que contenía el rostro oscuro de mi existencia y casi mi destierro del colegio y la ausencia de días de gloria durante mi jornada terrena, mi padre conversó con mi madre y conmigo, y aunque no creyeron, por exagerados e incongruentes, los argumentos de la directora, coincidieron en que me entrenarían integralmente con la finalidad de que superara las pruebas que estaba enfrentando. Fortalecerían mi autoestima, la confianza en mí, y demostraría a la comunidad educativa cuán equivocada estaba.

Nunca les confié el maltrato que recibía en el colegio. Lamentablemente, amenazado por creencias oscurantistas, no denuncié ante mis padres que ellas, las religiosas y maestras, nos imponían castigos como permanecer hincados a un lado del pizarrón, con las manos extendidas hacia arriba, o recibir impactos con la regla, el borrador o el “metro” en las yemas de los dedos, en las palmas de las manos, en la cabeza o en las pantorrillas. Cometí el error de no revelar las atrocidades que se cometían en el colegio, y es que quizá por mi mente rondaban los fantasmas diseñados por las religiosas para asustarnos y ejercer control absoluto y manipulador.

Mi madre, siempre tan amorosa y dulce, me relató historias de hombres y mujeres que aportaron algo valioso a la humanidad, seres extraordinarios que a pesar de las adversidades, desolación, ruina y tribulaciones, descubrieron la fórmula de la inmortalidad y se engrandecieron al emprender actos heroicos e ir más allá que los demás. Hasta rememoró la epopeya de nuestros antepasados y me invitó a emularlos, a convertirme en un ser irrepetible, especial, grandioso e inolvidable, en alguien capaz de retirar la enramada del camino y dejar huellas indelebles para que otros, los que marchan a los lados y atrás, no se extravíen. Coger la luz y alumbrar el sendero, advirtió, implica atravesar las tinieblas, pero se trata, parece, de la aventura más noble y llena de proezas.

Mi padre, en tanto, habló sobre la formación del carácter y la seguridad en uno mismo. Me enseñó a vencer los obstáculos y el miedo -caray, volar un avión de dos alas en la adolescencia, permanecer solo en una catacumba cuando se es joven y años después saborear el terror durante el desembarco de Normandía, en la Segunda Guerra Mundial, entre otros actos, no había sido cualquier cosa en su vida-; pero también a conducirme con amor, honestidad y valores en todos los capítulos de mi existencia, por insignificantes que me parecieran, porque hasta en lo pequeño se proyecta la grandeza.

Continuamos con la convivencia y los paseos porque las críticas y opiniones de una religiosa que perdía la cordura con un niño de 10 años, simplemente por orinar los pantalones y no responder preguntas como consecuencia del aturdimiento provocado por la reprimenda, no merecían tanta atención ni permitir que rompieran la armonía, ni tampoco abrir la puerta a dudas y problemas. Nunca se derrumbó la muralla que protegía nuestro exclusivo mundo familiar de un ambiente que no parecía el nuestro.

Fue mi padre quien al reconocer mi imaginación, apasionamiento por el arte y los libros, estado permanente de ensoñación e interés en ciertos temas, concibió la idea de invitarme a escribir una novela, que inicialmente titulamos “Zorak, el hombre de las cavernas”.

Sin descuidar la atención con mis hermanos, mi padre relataba con vehemencia, al llevarnos al colegio, algún fragmento del capítulo que yo, a la hora del descanso escolar, debía recordar y escribir. En casa, después de comer, hacer la tarea escolar y jugar un rato, me dedicaba a escribir la historia de Zorak. En las noches, antes de la cena familiar, mi padre revisaba mis escritos y hacía algunas recomendaciones.

Las reuniones familiares en el comedor, principalmente los fines de semana y cuando disponíamos de mayor cantidad de tiempo y no realizábamos algún paseo, resultaban de intensa convivencia y con disertaciones enriquecedoras sobre humanismo, filosofía, historia, arte, viajes, anécdotas, religiones, política y otros temas. En ese contexto hacía recomendaciones para que mejorara mis textos infantiles.

Conservo dos ejemplos muy ilustrativos acerca de mis primeros intentos de ser novelista. Una mañana, mi padre describió con detalle y pasión la lucha entre Zorak y un oso prehistórico. Escribí lo siguiente: “un día, Zorak tenía hambre, encontró un oso, pelió (sic) con él, lo mató y se lo comió”.

Ahora que me parece contemplar la expresión paterna en una orilla cada vez más distante, pero siempre amada, creo que sonrió por las ocurrencias de su hijo mayor. Tomó mi mano, me condujo amorosamente hasta él y explicó que uno, al escribir, debe hacerlo de tal manera que transmita sensaciones. Hay que tener la capacidad de trasladar al lector hasta el lugar de los hechos, provocar que experimente cada acontecimiento, entregarle una historia llena de vida, de manera que si uno lanza una moneda a una fuente, verbigracia, debe hasta escuchar el sonido de la pieza metálica al girar por el aire y al caer y sumergirse en el agua. Me enseñó a dar vida a las palabras, llenarlas de emociones positivas o negativas.

Relató, con detalles, lo que debía imaginar y sentir cualquier persona al leer la lucha encarnizada entre Zorak y el oso de las cavernas. Quien leyera esas líneas tenía que sentir, incluso, el sudor producido por el calor y el miedo de enfrentar una fiera, también hambrienta, armada de garras y colmillos temibles, junto con el ardor de las heridas que se acentuaban al caer en la tierra, entre la hierba, y hasta percibir la hediondez del pelambre de la bestia, en fin, cada detalle del escenario donde se desarrollaba la batalla mortal.

Conocedor del violín, refirió que los músicos, al interpretar un concierto, deben hacerlo al grado que los instrumentos transmitan sentimientos, como si acariciaran y sedujeran al público. Lo mismo ocurre con las letras. Hay que darles vitalidad y forma.

La otra anécdota se refiere al nacimiento del hijo de Zorak. Mi padre narró ese momento tan especial, al interior de la caverna que habitaba la tribu de Zorak. Como a esa edad creía que los bebés llegaban de París y los entregaban las cigüeñas, se me dificultó concebir el nacimiento del hijo de Zorak en una época en la que esa ciudad europea no existía por tratarse de la prehistoria.

Me adelanté y escribí lo siguiente: “esa noche, Zorak despertó a su esposa…” Qué barbaridad, utilicé el concepto esposa para los días prehistóricos. “¡Dalia, Dalia, despierta, despierta, nos ha nacido un hijo!” Imagine el lector, la mujer ni siquiera sabía que se había convertido en madre de un bebé.

Cuando creí que mi padre me felicitaría por la redacción del capítulo, nuevamente me abrazó y si bien es cierto que no cambió mi idea sobre el nacimiento de los seres humanos, me invitó a escribir de nuevo esa parte de la historia y hacerlo de tal manera que los lectores sintieran la emoción que experimentó la pareja al convertirse en progenitores de una criatura tan bella y a la vez la angustia que significaba pensar en su pequeñez en medio de un mundo agreste.

Zorak fue mi iniciación al mundo de las letras, al arte, a la literatura. Nunca concluí la novela, inspiración de mi padre, con la que me enseñó a escribir. Todos los días desarrollaba verbalmente los capítulos y me daba importantes lecciones.

Un día, como en todo, concluí mi ciclo en el colegio y jamás volví a saber de la monja ni de las profesoras; tampoco busqué a mis compañeros. Sólo conservé la amistad de uno, quien me ayudó en los momentos más aciagos en la escuela. Curiosamente, dentro de los claroscuros de la vida, un año me calificó la directora como retrasado mental y al siguiente me entregó una medalla en reconocimiento a mi conducta. Seguí mi camino. Me adelanté a los consejos de mi padre y decidí publicar mis dos primeros libros, uno escrito a los 20 y otro a los 23 años de edad, que he denominado “pecados de juventud” por la inexperiencia; sin embargo, continué porque aprendí a no darme por vencido, a luchar hasta conseguir resultados, y aquí estoy.

Reconozco que las manecillas del reloj viajan en una fragata que mantiene pacto impostergable con el tiempo y que me dirijo, por lo mismo, hacia el final del camino, igual que todos los seres humanos en el mundo; pero antes de llegar al horizonte, creo que escribiré más obras literarias con la promesa de que Zorak luchará con el oso de las cavernas y los lectores se sentirán en el campo de batalla, y también con el compromiso de que el protagonista de la novela ya no interrumpirá el sueño de su compañera en la cueva para informarle que nació su hijo. Los relatos serán diferentes, y todo gracias a Zorak y mi padre, autor del personaje y la historia. Lo demás, lo que pronosticaba la monja respecto a mi éxito en la vida, no soy yo quien calificará mis aciertos y yerros; tampoco sé si padecí algún tipo de retraso mental. No me dediqué a babear, como vaticinaron, cada una en su momento, la directora de la institución educativa y una de las mujeres de la comunidad gitana con la que conviví. Sólo me entrego a los susurros de las musas para permanecer dichoso en mi mundo paralelo, claro, sin descuidar el que me tocó vivir. Eso es todo.