Tal vez…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En los desayunos familiares, mi padre solía expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”, Mis hermanos y yo, en minúsculas, envueltos en capas infantiles, escuchábamos los argumentos, las explicaciones y los conceptos paternos. Años más tarde, mi madre recordaba aquellas palabras: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Ambos tenían razón. Como bien entenderá quien interprete el significado del mensaje, había una enseñanza, una invitación a buscar la felicidad y el sentido real y pleno de nuestras existencias. Éramos más ricos de lo que imaginábamos porque los integrantes de aquella familia, estábamos vivos, teníamos salud, compartíamos un ambiente de amor y valores, disfrutábamos cada momento, aprendíamos y coexistíamos en un medio digno, libre y respetuoso. Aquel encanto, en nuestras vidas, era un acontecer cotidiano y natural al que estábamos acostumbrados y considerábamos una bendición. Ahora, muchos años después, analizo los escenarios local, regional, nacional y mundial, amenazados por contaminación, hambre, coronavirus, guerras, odio, violencia, escasez de agua, deshumanización, crecimiento de la miseria versus la concentración de la riqueza y el poder en un grupo reducido que dicta políticas y estrategias perversas, entre otros elementos, y llego a la conclusión de que mi padre y mi madre, cada uno en su momento, tenían razón al expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Lo fuimos. Era una exhortación al amor, al bien, a los valores, a la realización, a la felicidad. Hoy, entre pedazos de humanidad y trozos de mundo, aún somos ricos porque seguimos con vida y tenemos oportunidad, cada instante, de rescatarnos, comenzar de nuevo y ser extraordinarios como seres humanos. Quizá hemos perdido las cosas materiales, pero aquí estamos, en medio del destino y de la vida, dispuestos a construir biografías auténticas, libres, dignas, dedicadas al bien, dispuestos a hacer de nuestra estancia en el mundo un paseo maravilloso e inolvidable.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Él, mi padre

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quedó huérfano de padre en la primavera de su existencia, cuando jugaba y tejía tantos sueños, y, no obstante, me enseñó a amar, respetar y admirar a mi madre y a él. Aprendió a volar aviones de dos alas cuando era muchacho, y décadas más tarde me retó a ser libre, conquistar mis sueños e ilusiones, sentir las caricias del viento en las alturas y contemplar las fragancias y los colores del cielo; participó en el desembarco de Normandía, durante la Segunda Guerra Mundial, y me aconsejó y preparó para ser sensible al sufrimiento humano y fuerte ante los retos y las adversidades, no darme por vencido y triunfar o al menos intentarlo sin desmayo. En su infancia, montó una elefanta y en su memoria me enseñó a respetar la vida animal, a coexistir en armonía con la fauna. Siempre le fascinaron las cascadas, los ríos, las selvas, los bosques y las flores, y lo acompañé por parajes insospechados que me convidaron a querer y proteger la flora. Me inició en el estudio de la paleontología y la arqueología, y me aconsejó vivir cada instante, no aferrarme a los días consumidos ni quedar atrapado en tristes recuerdos. Le apasionaron el arte y el conocimiento, los libros y los manuscritos, la pintura y el violín, la escultura y la fotografía, la creación literaria y los inventos, y así me dio las bases para escribir mis obras. Conoció el dolor de las enfermedades y la sonrisa de la salud, los rasguños de la pobreza y las caricias de la riqueza, y me mostró la brújula, el sendero para ser feliz, la ruta para alcanzar la plenitud, la sabiduría para navegar las mañanas tranquilas y las noches de tempestad. Tuvo pesadillas algunas noches y madrugadas, y me forjó para descubrir e irradiar luz y transformar mis sueños en realidad. Aconsejó a innumerables personas y una y otra noche me citó con la intención de recomendarme que siempre entregara mi amor auténtico, fiel y puro a la mujer que me reflejara en su mirada y yo percibiera en mi alma. Fue monje, habitó celdas húmedas y frías, desoladas y silenciosas, y me dio oportunidad de estudiar todas las doctrinas y experimentar para así elegir el camino y encontrarme de frente conmigo, con mi alma, con la creación, con Dios. Amó a mi madre, a sus padres, a sus hermanos, a su descendencia, y me transmitió el ejemplo y los sentimientos para actuar igual. Trató a mi madre y a las mujeres con amabilidad y respeto, y de esa forma hizo de mí un caballero. Quiso tanto a su familia, que yo la atesoro. Vivió y murió con una historia noble, maravillosa e inolvidable, y yo, su hijo, entendí el sentido de las estaciones, el sí y el no de la existencia, la fórmula de la inmortalidad, y ahora agradezco a Dios la bendición de haberme concedido un padre ejemplar e irrepetible, Acordamos reunirnos en la eternidad y ahora sé que la muerte es renacimiento y que la vida inicia cada instante. Me abrazó y protegió cuando dudé y tuve miedo; hoy simplemente le digo: “gracias por todo. Fue un honor ser tu hijo”.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Ahora que te miro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ahora que miro tus manos débiles, apoyadas en las mías para subir o descender escalones, recuerdo que son las mismas que un día, en mi infancia, acariciaron mi cabeza y mis mejillas, cuidaron de mí, me enseñaron a dar y me guiaron.

Hoy, cuando buscas tus anteojos sin darte cuenta que los portas, observo tu mirada agotada, la misma que a una hora y otra de antaño me leyó oraciones con la intención de fortalecer mi fe y cuentos para arrullarme, crear a mi alrededor un mundo asombroso y mágico, y así mitigar mis temores ante las sombras y tormentas nocturnas.

Al escuchar tu voz entrecortada, evoco los años en que con dulzura me aconsejaste y relataste innumerables historias. Tus palabras tiernas brotaban de tu boca igual que las burbujas diáfanas en un manantial.

Ya no escuchas, como antes, las conversaciones familiares, los conciertos, el trinar de las aves, el susurro del viento y las voces de la lluvia, los ríos, las cascadas, el oleaje y los truenos. Te hablamos al oído que años atrás -oh, ¿qué es la vida?- escuchaba nuestro llanto infantil y te motivaba a atendernos.

Tus brazos y piernas lucen trémulos e irreconocibles, como si pagaran el costo de una vida prolongada, útil y productiva, dedicada al bien y la verdad; no obstante, son los que me protegieron desde la cuna hasta los años de la adolescencia, y todavía en la juventud y madurez insistieron en cobijarme.

El médico dice que tu corazón se fatiga porque ya es viejo. No lo creo. Son argumentos de un especialista en la salud del organismo. Solamente late con menos fuerza porque descansa con el objetivo de llegar firme hasta el minuto postrero; pero es el órgano que se relaciona con el amor, con los sentimientos, y los tuyos siempre han sido sublimes.

Con frecuencia observo tus cabellos encanecidos, tu rostro arrugado, tu semblante reflexivo. Te veo en un ensimismamiento insondable, como si por lapsos te ausentaras del mundo, quizá por tus recuerdos, tal vez por la hora que se acerca, no lo sé; pero eres tú, así lo siento, el ser humano de siempre, quien alguna hora del ayer estiró la mano y bajó una estrella del cielo, y luego otras más, para que el soplo de un Dios benévolo formara la vida y naciéramos nosotros, tus hijos.

Al escudriñar tus pies hinchados, descubro que están empolvados y heridos no por falta de higiene y cuidado, sino por la caminata incansable que realizaste por diferentes senderos para dar lo mejor de ti a tu familia. Distingo tus huellas junto a las nuestras y compruebo, con los ojos cubiertos de lágrimas, que nunca nos dejaste solos, ni siquiera cuando la arena era ardiente o la tierra estaba alfombrada de cardos. No te importó espinarte al regalarnos los pétalos de las rosas.

Hoy que te descubro en el sillón, acuden a mi memoria imágenes de los otros días, cuando el hogar que formaste se convirtió en pequeño mundo donde protagonizamos la historia familiar más maravillosa, irrepetible, extraordinaria e intensa. Diste todo.

No podría seguir mi camino sin ti. Al abrir mis ojos por primera vez, te miré y fuiste, desde entonces, mi ángel en el mundo. Un día los tuyos se cerrarán, como quien ha cumplido su misión, y seré testigo de la despedida.

A otros, en la calle, el restaurante o el consultorio médico, seguramente les estorbas porque tus movimientos y reflejos se volvieron torpes. Camino a tu lado y te ayudo, como tú lo hiciste durante mis primeros años de vida, con un amor tan intenso que me sentí el hijo más bendecido y privilegiado.

Tal vez no reciba herencia material de tu parte porque todo lo repartiste al caminar por los senderos de la vida, y ahora que el almanaque casi llega al final, admito que tu legado es el más grande y excelso de todos, superior a cualquier fortuna, porque está basado en valores sólidos, en principios que si sigo y experimento con plenitud, me transportarán al sueño de la eternidad.

Ahora que miro tus manos débiles, apoyadas en las mías para subir o descender escalones, pienso que una mañana soleada, una tarde lluviosa o una noche desolada y fría, con los ojos humedecidos por las lágrimas y la voz entrecortada, diré ante ti: “fue una bendición y un honor ser tu hijo”.