Aquí estoy, dijo la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

-Aquí estoy, en ti y en ellos, en las espigas y en los helechos, en las tempestades y en las olas, en los granos de arena y en las piedras que esculpen los ríos y el viento- gritó la vida y añadió-: Si estoy presente aquí y allá, en un paraje y en otro, ¿por qué insistes en caminar y acampar donde el agua se ha estancado y refleja, en sus pútridas condiciones, miradas tristes, ausencia de sonrisas, abundancia de egoísmo y maldad, rostros enojados y manos que arrebatan? Hunde tus pies en el barro, abraza un árbol, sumérgete en las profundidades de tu ser, entre mis murmullos y silencios, hasta que formes parte del todo, con tu identidad, y sientas mi palpitar inagotable y percibas el aliento y las voces de la creación. Soy luz y sombra, aurora y ocaso, y tú tienes libertad, derecho y responsabilidad de elegir una de las dos sendas. En una, la más compleja, descubrirás, al final de la caminata, que abundan los tesoros infinitos, mientras la otra, la de apariencia sencilla, te invitará, al concluir la jornada, a colocarte grilletes en tus tobillos y permanecer atrapado, en constante asfixia y llanto, dentro de sus mazmorras tristes y lóbregas. No te detengas. Ningún abismo es capaz de someter y desafiar al caminante si éste, sensible e inteligente, enfrenta retos, destruye muros y construye puentes, ayuda y da la mano a otros, suma y multiplica el bien, vive y sueña, ama y entrega lo mejor de sí a los demás. La muerte terrena es natural. Alguna mañana o tarde, o cierta noche o madrugada, llega puntual y de frente, toca a la puerta y entra sin invitación. No le temas si tu biografía ha sido de bien. Sabe que me encantan las historias de la gente que, en el mundo, dedicó los años de su existencia al amor, la verdad, el bien, la justicia, la honestidad, los valores y el servicio a los demás. Aquí estaré, contigo, en espera de que algún día me relates tu historia, desde el cunero hasta antes de llegar al sepulcro, para así regalarte la entrada a mi casa palaciega o, al contrario, lamentar la crónica de tu viaje por el mundo, despedirte y cerrar la puerta ante tu partida.

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Ya no están

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Se fueron los que vivieron otros tiempos, los que sabían relatar historias, los que estuvieron aquí, en el mundo, antes que nosotros. Ya no están. No miro más sus rostros nostálgicos ni percibo sus aromas a madera y vejez. Se marcharon. Dejaron listas con nombres y apellidos ausentes, asientos vacíos y palabras y voces que jamás volveremos a escuchar. Disponían de espacios y tiempos para hacer sus tareas y narrar sus recuerdos, lo que les tocó presenciar, lo que aprendieron y lo que olvidaron. Tal vez a unos aburrían sus historias repetidas, mientras a otros, en cambio, les provocaban mofa y risa sus tropiezos, ocurrencias, ingenuidades, torpezas y olvidos; pero siempre, no lo dudo, sintieron, actuaron y pensaron con bondad. Era gente buena. Te cubrían si tenías frío y te convidaban de su platillo si padecías hambre; aunque ellos, hombres y mujeres, renunciaran a lo poco que tenían. Se fueron. Los vimos pasar una, otra e innumerables veces, en un sentido y en otro, y con frecuencia no los comprendimos. Se fueron con sus biografías. Eran de otro tiempo. Poseían otras herramientas. Pertenecieron a las generaciones de las cartas y los timbres postales, de las damas y los caballeros, de las familias reunidas en torno a una mesa en el comedor, del amor y el respeto a los demás. Los perdimos. Ya no están. Algunos de nosotros, en la infancia, conocimos a sus antecesores, sobrevivientes de épocas más lejanas, y hasta les preguntamos por sus días y sus años, o como yo, que, a los de mayor edad, a los centenarios, en mi niñez, los interrogué si habían platicado con gente de postrimerías del siglo XVIII, y me contestaron que sí. Estremecí y lloré al escucharlos, en la primavera de mi existencia, porque así llegué a otras estaciones que parecían inaccesibles y lejanas. Quizá hubiera tendido un puente entre unas generaciones y otras para llegar al principio de todo, al paraíso, a la fuente infinita. Por ellos, viajé al pasado, a la historia, a los otros días. Tampoco se encuentran con nosotros. Se fueron antes. Pronto, ante la caminata de los años, ocuparemos su sitio y seremos, entonces, los viejos, los de otras generaciones ya rotas y náufragas, a quienes casi nadie deseará escuchar por repetir las historias, titubear y no recordar. Y si nosotros ayudamos a los mutilados, a los que no veían, a los que no sabían leer, a los que tenían hambre y enfermedades, a las mujeres ancianas que viajaban de pie en el tranvía o en el camión, quizá, por los barnices que han aplicado a las generaciones modernas, tan alejadas de las familias y los sentimientos nobles, la mayoría preferirá comunicarse a través de sus equipos cibernéticos y de otros tantos inventos, que estirar las manos solidarias y derramar bienestar, o probablemente evitarán, como lo comprobamos en las calles, frenar el automóvil lujoso para cedernos el paso. No lo sabemos. Lo sospechamos y, quizá, sentimos terror. Y también nos iremos. Y más tarde, al consumirse sus años, ellos, los de ahora, se irán igual que nosotros y los de antaño. Hemos cubierto y finalizado el álbum con las estampas que coleccionamos. Allí se reúnen nuestras historias. Se fueron. Nos vamos. Se irán. Ya no están.

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En busca de un poema

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Cómo escribir el más cautivante y bello de los textos y un poema admirable, encantador y asombroso, si no es desde la profundidad y el silencio del alma -en el cielo inimaginable-, donde el artista, entregado a su delirio e inspiración, navega inagotable y recoge letras, palabras, signos? ¿De qué manera se construyen los textos, las obras literarias, la poesía, si no es impregnando en cada pétalo la fragancia de los sentimientos y las ideas, hasta emular un jardín como los del paraíso? ¿A qué hora escribe el artista, si no es raptando instantes al reloj, deleitando a las manecillas con cantos y narraciones e invitando al tiempo a ser cómplice en el arduo y maravilloso proceso de la creación? ¿En qué momento escribe el artista, si no es en las horas y los días de su existencia, mientras las primaveras cantan y pintan los escenarios de colores, los veranos regalan las gotas diáfanas de sus tempestades, los otoños deshojan los árboles y decoran las alfombras de la naturaleza seca y los inviernos ornamentan de blanco los abetos y los techos? ¿Existe otra fórmula más eficiente, al componer un texto, un verso, que limpiar la casa, deshojar los capítulos de superficialidad y arrojarlos a la basura, con el objetivo de sustituirlos por un ambiente de bien y entrega a lo sublime? ¿Cómo traer hasta el cuaderno, la libreta o el equipo, las letras, los signos, las palabras, si no se es capaz de escalar y conquistar las escarpas y las cumbres, descender a abismos insondables, trazar rutas a cielos inconmensurables y a mundos insospechados y tender puentes a sueños y realidades? Los ladrones, tan acostumbrados a raptar obras literarias -nombres hay muchos, disfrazados en la celebridad y ocultos en el anonimato-, construyen, al entregarse a su rapiña, los barrotes y las celdas donde finalmente permanecerán encerrados, mientras aquellos que han enloquecido por lo baladí, las luces artificiales de los aparadores y la locura de las apariencias, y no equilibran su esencia y su arcilla y olvidan el bien y la verdad, desdeñan el encanto y la magia de viajar, por medio de las letras y las palabras, hasta los mares, la lluvia y la morada de Dios. Renuncian a su encuentro consigo. ¿Cómo escribe el novelista?, ¿cómo el poeta?. ¿cómo el artista? Algo hay de cielo y mundo en él, en ella, que va y viene con sus letras, con sus obras, con la intención de construir bancas, fuentes, calzadas con jardines, miradores, torres y palacios que ofrezcan un paréntesis a los caminantes con la finalidad de que recuerden que las estrellas, los granos de arena, los pétalos de las flores, las hojas de los árboles, los helechos y las gotas de los ríos y las cascadas son pedazos de historias y poesía, trozos del infinito, igual que ellos y todo lo que palpita en su interior y afuera. Es una invitación a regresar a casa, al alma, sin olvidar la vida en el mundo.

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Hoy, las flores amanecieron más contentas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hoy, las flores amanecieron más contentas y sus colores parecen menos tristes que ayer. Platiqué con las orquídeas, los tulipanes, las gerberas y las rosas, en el jardín, con la idea de compartirles un secreto que mis letras, cuando en las noches las acaricio y convierto en arte, conocen desde hace tiempo. Entienden que un día y muchos más, a cierta hora, he prometido cubrir tu existencia con sus pétalos fragantes y de intensa policromía. Ya saben, a partir de esta mañana, que deseo que su textura fina sea alfombra en los caminos que recorras. También invité a los claveles, dalias, lirios, margaritas, narcisos, hortensias y crisantemos, y lo mejor de todo es que aceptaron destilar sus aromas, plasmar sus matices y dispersar sus pétalos en alegrías y detalles, en pedazos de cielo e ilusiones, en realidades y sueños, en un día feliz y tantos más plenos e inolvidables. Hoy, las flores del jardín y de los bosques, forman parte de la historia que tú y yo protagonizamos cada día. Prometieron, y sé que cumplirán, perfumar tus días, maquillarlos con los colores que traen en su memoria y recuerdan paraísos bellos y prodigiosos. Y a las flores se sumaron, también, las gotas de lluvia, las ráfagas de aire y las hojas de los árboles. Hoy, con ayuda de la naturaleza, he firmado un pacto y ya tengo, por lo mismo, el poema más cautivante y hermoso, el lienzo sublime, el concierto magistral, el cielo y el mundo, las nubes y el mar, mis letras y tu mirada. Hoy, mis letras ya no permanecerán solitarias en las páginas desiertas de mi libreta. Tendrán la compañía de la lluvia que desliza en tu rostro, en tus manos, en tu piel; del viento que juega, incesante, con tu cabello; del sol que alumbra tu mirada de niña bonita; de la luna, con su sonrisa de columpio, que te invita a mecerte conmigo todas las noches; de las estrellas que se cuentan por millones y quieren alumbrar tu camino al paraíso; de los copos de nieve que se extienden en el bosque, en los parques, con el objetivo de que patines y cumplas tu anhelo de la infancia; de las flores que desprenderán sus pétalos con la intención de regalarte cada día la belleza e inocencia de sus colores, el deleite de sus perfumes y la delicadeza de su textura, hasta unirse a los rumores y silencios de nuestras almas al abrazarnos, en detalles, en sueños que ilusionan y realidades que emocionan. Hoy, simplemente, es lo que te ofrezco.

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En la tinta del bolígrafo percibo tu fragancia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te percibo detrás y al frente de cada letra, en el desván de lo acentos y la puntuación, en las formas de lo signos, en las palabras que trazo cuando te presiento diluida en las hojas de papel, donde, feliz y plena, no dudo que quizá patines, probablemente sueñes o tal vez me esperes. Te descubro en la historias que relato -oh, eres mi personaje-, en los poemas que escribo, en el taller del abecedario. En cada página, creo definirte, y es así como te encuentro al escribir. La tinta del bolígrafo, me parece, ya trae tu fragancia, tu perfume que, al mezclarse con mis sentimientos e ideas, forma expresiones, rapta letras al arte, al arte que es un pedazo de cielo, un trozo de paraíso que te regalo cuando, simplemente, escribo para ti.

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Momentos de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los días del ayer, se consumieron entre un minuto y otro; ahora son experiencia, capítulos que se desvanecen conforme anida el olvido en sus esquinas y ranuras, vestigio de tu existencia, y sólo quedan como evocación de recuerdos y suspiros que, luminosos o sombríos, forman parte de tu historia. Si no te sientes seguro de la permanencia o sucesión del momento presente o del que se aproxima, mayor es la incertidumbre ante la noche que viene o la mañana que se anunciará por tu ventanal porque desconoces, en verdad, si hoy, al oscurecer, admirarás la belleza de las estrellas que cuelgan y titilan en la galería del universo o si despertarás al amanecer con la alegría y sonrisa de quien percibe los colores, las fragancias y los rumores de la vida. El momento presente es tan fugaz, que apenas te percatas que con cada segundo ganas la oportunidad de andar por rutas que conducen a la cima o la pierdes al preferir caminos inciertos. Tú decides. No esperes iluso cortar las flores cuando apenas miras la belleza e ingenuidad de sus botones. La vida inicia cada instante. El roble fue semilla y arbusto antes de desarrollar y alcanzar su esplendor. Ese quercus robur tenía almacenado en su memoria el conocimiento de sus características y grandeza, y nunca ignoró, por lo mismo, que quizá enfrentaría noches heladas, tardes de tempestad, mañanas níveas, días calurosos, plagas, incendios, sequías o tala. Ningún miedo obstaculizó su crecimiento. Creció con la sencillez de quien se sabe grande y elegido para una misión; por eso, cada instante fue significativo. No te atores en tristes naufragios ni te hundas en el agua estancada porque al no correr, al abandonarse en lo más oscuro de un recodo, pierde su cutis diáfano y ya no refleja, como antaño, las nubes rizadas que transitan felices y pasajeras cual preámbulo de la profundidad de un cielo azul. Tampoco caigas en la estulticia de la moda de la hora contemporánea que dicta ambicionar sin medida, arrebatar, disfrutar sin responsabilidad el momento, coleccionar placeres insulsos sin tener el privilegio de amar, negarse la dicha de dar, bajo el argumento de que la vida es breve y hay que aprovecharla. Eso es estúpido. Observa a quienes optan por tal estilo. De no ser sus conquistas materiales, sus fortunas y su poder, ¿descubres signos de grandeza en ellos? Tras sus risas escandalosas, sus pasiones desenfrenadas y su andar sin itinerario, ¿demuestran su alegría y son felices? La vida se experimenta cada instante en armonía consigo y con los demás, con el universo y la creación; también se practica con equilibrio y plenamente. Sé feliz. No dañes. No importa si en el camino quedó tu riqueza bajo toneladas de escombros si a cambio salvaste una vida humana. Qué valen los juicios ajenos, la condena social, si amaste con fidelidad, si hiciste de tu casa un hogar, si caminaste hacia la morada, si te regalaste el privilegio de disfrutar cada minuto y si en vez de desperdiciar la brevedad de tu tiempo en hablar de los demás, en dañar, arrebatar y engañar, lo consumiste en tu obra existencial. Mira atrás y revisa tus huellas, tu historial. Escudriña cada día de tu vida. Ahora analiza tu presente. No te engañes. Haz a un lado la ropa elegante que portas, los automóviles que luces y deslumbran la debilidad de tu ser, la mansión donde vives y hasta los viajes, títulos, placeres, poder y cosas que maquillan tu aspecto y visten tu desnudez. Sí. Momentáneamente quita de ti toda decoración artificial. Si te enseñaron a ser muñeca de aparador o maniquí de boutique y quedaste atrapado en las redes de las apariencias, mírate al espejo y pregúntate en cuántos años aparecerán los jeroglíficos del tiempo en la lozanía de tu rostro. Ubícate en tu realidad. Todos los seres humanos tenemos derecho a ser felices, poseer riqueza, gozar la vida y desenvolvernos en el papel que hemos elegido; sin embargo, nunca pierdas el rumbo a destinos firmes. Recuerda que si bien es cierto la apariencia, la fortuna y los placeres de la vida forman parte de la condición humana en el mundo, cuando se vuelven obsesión y prioridad, y pierden su sentido, parecen inversamente proporcionales a la inteligencia y los valores. ¿Cuál es tu misión en la vida? ¿Vestir la ropa más cara y elegante para mirar a hurtadillas tu perfil y provocar que otros te envidien? ¿Conducir el auto más fino? ¿Ejercer poder y acumular riqueza en exceso mientras a tu alrededor millones padecen hambre, injusticias y enfermedades? Claro, es válido y hermoso lucir la figura física, situarse en condiciones económicas que proporcionen comodidad; sin embargo, encuentro mayores tesoros y alegría en aquellos que ríen ante cualquier condición de la vida, que renuncian a su calzado para que otros caminen, que comparten su bocado a quienes desconocen el condimento de una mesa completa. Muchos esperan la proximidad de la etapa existencial que soñaron e imaginaron, la realización de algún acontecimiento, y creen que entonces serán dichosos; sin embargo, la mayoría se queda con sus fantasías, no luchan o al contrario, destacan en lo que se propusieron, y finalmente no son tan felices y plenos como lo deseaban porque desconocen que la vida es dual y tiene un sí y un no, luces y sombras, y que la verdadera maestría se demuestra al pasar cada día ante las pruebas buenas y malas. No esperes, para ser dichoso, que el destino se apiade y toque a la puerta de tu existencia con la intención de ofrecerte una historia de ensueño, prodigiosa e inolvidable. Vive a partir de este momento. Sé feliz en el yate lujoso o en la lancha modesta, y navega hasta conseguir lo que deseas. Los días dulces y amargos te pertenecen porque los desees o no, los esperes o los rechaces, los vives; trata de protagonizar tu historia y elegir las rutas más luminosas y sublimes. No esperes el momento futuro para ser feliz porque pudiera ser el instante postrero de tu existencia. Aprovecha los días que te quedan. Realízate como ser humano, construye tu historia y conquista tus sueños espirituales, físicos, intelectuales o materiales; pero empieza ahora, inicia a partir de este segundo que pasa, con sus luces y sombras, y no olvides obsequiarte la oportunidad de amar, reír, hacer el bien, cultivar valores y transformarte en una obra maestra.

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La historia que compartimos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, con la locura de un amor capaz de dispersar pétalos en tu senda y construir un puente de cristal a mundos de ensueño

La historia que compartimos, es nuestra, la cargamos en la memoria, la llevamos en los recuerdos, la sentimos al abrazarnos, la repasamos con un beso, la reinventamos al amanecer y durante la noche, la vivimos y la soñamos. La historia que tenemos, aparece en nuestras agendas, está marcada en los almanaques, la esperamos siempre. Jugamos a nuestra historia, la escribimos, le reímos y le lloramos, la descubrimos en ti y en mí, en la luna y en el sol, en las estrellas y en cada rincón prodigioso del mundo y del alma. La historia que protagonizamos tú y yo, la escuchamos en el susurro del viento, la recordamos con el murmullo del océano, la oímos al mojarnos durante las horas de lluvia, la experimentamos libre de horarios. Enmendamos el guión de nuestra historia, le agregamos capítulos y hasta escondemos las manecillas del reloj con la intención de añadirle tiempo. Cantamos y bailamos en las estaciones de nuestra historia, paseamos alegres e ilusionados sobre sus líneas, la acentuamos, le colocamos comas y puntos, le damos énfasis. Coloreamos nuestra historia, la esculpimos, le ponemos música. La historia de tu vida es mi biografía, es la trama de nuestro amor, es un rumbo y un destino para dos, es la locura que nos envuelve y da sentido a la ruta que seguimos. La historia que disfrutamos es el sueño y la vida, aquí y allá, en la que despertamos y dormimos en un mundo bello y en una morada prodigiosa. La historia que compartimos, insisto, es la que escribimos todos los días al amarnos, al reír, al andar juntos por la misma senda, al reventar burbujas de ilusiones, al sentirnos, al pasear cada instante con las luces y sombras de la existencia, al experimentar la vida terrena y sentir la brisa de la eternidad en nuestro interior. La historia nuestra inicia cada instante, en primavera o en invierno, en verano o en otoño, a la luz del día o la oscuridad de la noche, cuando miro tus ojos y me me descubro en ti, al abrazarte en silencio y escuchar nuestras voces y el susurro de Dios, la música del universo y el canto del amor.

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Una perla, un cristal, una gota de lluvia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me siento admirado cuando te miro o te escucho, al advertir tu presencia, al percibir tu palpitar y al descubrir a la dama que me transforma en caballero, a la letra que convierto en poema, al lucero que pinto en el cielo, a la nota que hago música. Soy inagotable cuando salgo al jardín en busca de tus flores, al contabilizar las estrellas a tu lado y al escuchar contigo los rumores del oleaje  marítimo un amanecer, entre arena y rocas. Experimento alegría al notar tu felicidad, al verte reír, al sentirte amarme, al volar juntos en un bosque encantado

También quiero murmurar a tu oído que el amor es mágico. Es una perla, un cristal, una gota de lluvia, un suspiro que se da y enciende las estrellas y las velas más románticas. Abre los capullos cuando uno, enamorado, entrega un ramillete de rosas con alcatraces, orquídeas y tulipanes. Mira, el amor, los amaneceres y los ocasos a la orilla del océano, quizá porque el oleaje y sus rumores tienen un encanto especial para quienes funden sus almas cuando el cielo y el mar, en el horizonte, se entregan a los crepúsculos naranjas, amarillos y dorados. Obsequia, el amor, la escalinata al cielo, a las profundidades de un azul que conduce a los luceros, a otros mundos de colores y sonidos, a fronteras inimaginables. Amarte es eso, unir las profundidades marítimas con la inmensidad celeste para que tu alma asome y se deleite con los tesoros que Dios colocó al principio en rutas donde sólo caminan descalzas sus criaturas consentidas. Nuestro amor es, en consecuencia, el copo de nieve que cubre el bosque de oyameles una noche de inverno, la lluvia que forma charcos para que tú y yo asomemos y juguemos una tarde de verano, las hojas doradas y crujientes que pisamos una mañana otoñal mientras el viento sopla y las arrastra en remolinos prodigiosos, el sol que en primavera, al amanecer, alumbra la policromía de las flores e incendia las burbujas que surgen de la intimidad de la tierra, en los manantiales, y revientan para transformar los sueños e ilusiones en realidad, en alegría, en vida. Guardo en mi memoria y mis sentimientos el amor y la historia que compartimos, como si al llegar un día a otra morada fuera la medida de mis deseos para multiplicar en la inmortalidad los días felices a tu lado. Es el amor un prodigio, una locura, un sueño y una vida que se prolongan hasta parajes infinitos. Lo eres tú, un color de mi vida, un suspiro del cielo, la fragancia de un jardín policromado, el aliento de un mundo sin final, un trozo de dama, una parte de mí, la niña mimada por Dios. Ilusionado, este día enlazo letras, coloco puntos, acentúo e inserto comas para expresarte que uno, cuando ama, toca el portón de un mundo prodigioso, donde los sueños son realidad y la vida es quimera, el día noche y el ocaso aurora, tú eres yo y yo soy tú. Ningún amor se compara con el que se vive con un tú muy mío y un yo demasiado tuyo. Amar es, parece, sentirte conmigo hasta en los días de ausencia, soñarte una e incontables noches de mi existencia, vivirte cada día y prolongarte a los otros días.

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Biografía inolvidable

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quizá somos eco de un ayer no recordado, acaso realidad de un presente que pronto se desvanece y transforma en pasado, tal vez promesa de un futuro que entre un suspiro y otro se convierte en hoy o probablemente todo y nada porque la vida, en ocasiones, parece historia relatada por alguien o parte de un guión o un sueño. ¿Qué es la vida, pregunto, si no una serie de estaciones que se suceden unas a otras con celeridad, un amanecer y un ocaso que se repiten con sus luces y sombras, un sí y un no? Si los días de la existencia se consumen y parecen, como son, tan frágiles y efímeros, ¿por qué no experimentarlos plenamente? Cada instante que pasa ante la mirada, por cierto, resta páginas a las biografías de las personas, motivo por el que con las oportunidades perdidas se diluyen los proyectos existenciales. El momento de vivir es ahora, el minuto para ser felices es hoy, los días de epopeya empiezan en la hora presente. Mucha gente espera un día especial para comenzar su historia grandiosa y conquistar sus sueños, y olvida que sus vidas iniciaron en el cunero y terminarán en el sepulcro. Definitivamente, quienes anhelan que lleguen condiciones propicias para ser felices y vivir plenamente, quedarán desolados en un puerto abandonado y triste porque la existencia es dual, tiene luces y sombras. La maestría la alcanzan quienes aprenden a vivir, realizarse y ser felices lo mismo en un bote de remos que en un yate, en una morada de aspecto modesto que en un palacio, en las mañanas soleadas de primavera que en las tardes de lluvia torrencial de verano, en las horas vespertinas de viento otoñal que en las de la nieve del invierno. La vida ofrece etapas de alegría y ciclos de tristeza, momentos de triunfo e instantes de fracaso, porque es dual, tiene claroscuros. Hoy asomas al espejo y presumes la lozanía de tu rostro y el brillo de tu mirada; mañana, al contrario, distingues las arrugas que esculpe el tiempo y la escarcha de un invierno inevitable. Quienes aprenden a no desdeñar los segundos, que sumados componen la vida, empiezan a crecer y vivir. La vida es de aprendizaje y llega el momento en que uno, ante las pruebas, debe medirse y superar los obstáculos, empezar de nuevo o sucumbir. ¿Por qué no empezar a vivir en armonía, con equilibrio y plenamente a partir del minuto presente? ¿Qué caso tiene, pregunto, esperar algo por lo que no se lucha o que quizá no llegue? Si alguien desea transitar por el mundo con alegría y alcanzar el desenvolvimiento de su ser para trascender a fronteras superiores, tendrá que aprender a vivir con los contrastes del mundo y a ser la luz que resplandezca incluso en las sombras. Si uno, por añadidura, deja huellas, retira la enramada y las piedras del camino y da de sí a los demás, aunque llegue a su destino con llagas, innegablemente habrá protagonizado una historia grandiosa y será, por lo mismo, autor de una biografía inolvidable.

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El índice de nuestra historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En cuanto sentí que mi amor por ella se desbordó, visité la biblioteca de Dios, consulté las páginas de nuestra historia y descubrí que se prolongan hasta los suspiros de la inmortalidad. Abracé el tomo sin final, cerré los ojos y me vi con ella en cada amanecer y anochecer, entre el sol dorado y las estrellas plateadas del firmamento

La vida es tan breve y frágil que la temo insuficiente para entregarte mi amor con mil poemas, incontables flores perfumadas y tersas disfrazadas con mis sentimientos, guiños, promesas y detalles envueltos en burbujas de cristal y nieve, abrazos y besos, sorpresas, juegos y una historia con portada de alegría y páginas de ternura y vivencias inolvidables. Es por lo mismo que diariamente toco a la puerta de tu morada, asomo a las ventanas de tu ser y al fundir tu mirada con la mía, tus latidos con los de mi alma, te invito a volar libre y plenamente en la inmensidad del cielo, siempre juntos, para sentir el viento de la inmortalidad y reconocer su itinerario, la ruta a la tierra donde el tiempo y el espacio sólo son medidas de planos temporales, tan lejanos y diminutos como la finitud. Nosotros somos más grandes. Nuestra unión en el mundo sólo es preámbulo de un guión maravilloso e inagotable, capítulos subyugantes que aparecen en un índice sin final. El destino que te ofrezco es el jardín donde alguna vez jugamos, ¿lo recuerdas? Es el patio de nuestra convivencia perenne, el recinto sin muros, la palestra en la que flotan nubes de colores inimaginables y en la que corren ríos etéreos, la buhardilla y el taller de Dios que huelen a creación, tinta, fórmulas, pinturas y música. Mi amor por ti, lo sabes y lo sientes, es inagotable, de tal manera que la estancia en el mundo, los días de la vida, parecen insignificantes; es el motivo por el que me resulta perentorio zambullirnos en las hojas de nuestra historia, descubrir pasajes entre la realidades mundanas y los sueños y la luz inextinguible. Busco el índice de nuestro libreto, el que escribió Dios para ti y para mí, con la intención de comprobar que es interminable y que la historia se prolonga hasta planos sublimes y etéreos. Tras temer que la vida, en este mundo, no alcanzará para entregarte la locura de un amor que se siente auténtico, fiel, libre, pleno, intenso, puro e inagotable -disculpa por comportarme tan descriptivo, pero es la fuerza de mi ser, la intensidad de mis sentimientos-, compruebo, al leer el inventario de los capítulos, el sumario de nuestra obra, que tu historia y la mía, juntos, tiene futuro porque continúa en ti y en mí, en la fuente más luminosa, de donde surgen, en un acto mágico, el sol dorado y las estrellas plateadas, las gotas diáfanas de lluvia, las flores que te regalo y las miradas más dulces que intercambiamos una noche romántica con velas y luceros. Estamos contemplados en esa historia. Leí el índice de nuestros capítulos. En sus páginas no encontré conceptos ni palabras relacionados con dolor, enojo, perversidad y tristeza; descubrí, en cambio, las que definen amor, alegría, luz, eternidad. La lista interminable de capítulos indica que tú y yo estamos incluidos en una obra maravillosa. Es la historia sin final.

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