He guardado las letras de mis poemas

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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He guardado las letras de mis poemas con la idea de entregártelos en otra fecha, algún día -el menos esperado, quizá-, cuando aparezcas de nuevo en mis sueños y en las andanzas de mi vida. He desarticulado cada palabra de mis textos poéticos con la intención de conservarlos como fiel recuerdo y vivir de nuevo, al leerlos, la emoción y la ilusión de sentirme tan enamorado. He desmantelado de los cuadernos y de las libretas las historias que compartimos para que nadie hurgue, cuando no estemos, lo que es tan nuestro. He atesorado las páginas que escribí, inspirado en ti, como las abuelas al colocar, en sitios especiales de sus roperos, los objetos tan queridos. He desbaratado palabras, textos, poemas y cartas, acaso sin darme cuenta de que, al guardar las letras, los acentos y los signos de puntuación, me llevo pedazos de nosotros. He recogido del camino las flores que cultivé para ti porque deseo, en otro plano, entregarte el jardín cautivante que te prometí, un paraíso como el que uno suele imaginar cuando se enamora. He reservado, para otro instante, los rumores y los silencios, las confesiones y los secretos y los encuentros y los desencuentros de la historia que es tan nuestra y que llevamos en nosotros. He recolectado, en mis encuentros conmigo, tus perfumes y tu sonrisa, tus memorias y tus olvidos, tus anhelos y tus motivos. He desarmado las páginas escritas que ahora, ante el delirio de las horas y de los días, son hojas secas que el viento desprende de los árboles y que se asolean, solitarias, en las calzadas de los parques. He apartado de la historia, nuestros capítulos, los relatos y los idilios que tienen tu nombre y el mío, enlazados en instantes de felicidad, para que nadie los altere ni haga creer a otros que el amor no existe. He guardado las letras de mis poemas, no porque ahora no te ame, sino con la intención de conservar eternamente lo que es tan nuestro.

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Columpio de remembranzas, de libro a manuscrito

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Aquellas noches de mi infancia, tan distantes como la edad que celebro cada año, las tempestades y los relámpagos me parecían interminables. Las gotas de lluvia deslizaban en los cristales de las ventanas; las ramas de los eucaliptos se balanceaban y crujían al recibir las caricias del viento; los truenos se propagaban en todos los rincones de la casa solariega, en el jardín inmenso y en los escondrijos insospechados donde mis hermanos y yo jugábamos a la vida y protagonizábamos incontables historias y capítulos épicos; los árboles, la higuera, las flores y las plantas destilaban sus perfumes al mojarse.

En la finca, mi padre y mi madre derramaban un amor profundo y real hacia nosotros, sus hijos, a quienes consentían tanto. Entonces, las casas eran hogares que albergaban familias que se amaban y respetaban, sin que las diferencias de edad fueran motivo para discutir y pelear. Éramos intensamente dichosos y no conocíamos los antagonismos.

Dormíamos temprano, pero antes, cenábamos y platicábamos. Mi padre y mi madre hablaban dulcemente y aconsejaban sabiamente o relataban historias de las que aprendíamos mucho. Algunas veces, cuando nuestros visitantes pernoctaban en nuestra casa, solían reseñar episodios de los antepasados y de la gente de antaño, narraciones que me atraían y embelesaban. Imaginaba a los personajes y visualizaba los acontecimientos.

Así, a través de los años, reuní gran cantidad de historias familiares. Decidí, entonces, visitar a mis familiares de mayor edad, a los amigos que tuvieron mis abuelos, a la gente que naufragaba desde el pasado, hasta que me convertí, sin darme cuenta, en puente entre las generaciones de antaño y las de mi hora presente. Llegué, en mis investigaciones, hasta días medievales, navegué en mares que olían a aventuras y a piratas, estuve en batallas y en conquistas y sentí las alegrías y las tristezas, los triunfos y los fracasos, el sí y el no de mis antepasados.

Si bien es cierto que, desde temprana edad, ya había definido que dedicaría los días de mi existencia al arte de las letras, independientemente de tener, en el futuro, una grandiosa familia y realizar todos los proyectos que contemplé para mi biografía, pensé que, por gusto, podría escribir una memoria sobre mis antepasados. El primer título que diseñé fue Historia de la familia; sin embargo, ya en mis horas de madurez, llegué a la conclusión de que el título sería Columpio de remembranzas.

Transcurrieron los años. Con gran cantidad de información, acumulada durante varias décadas, me di cuenta de que mis antecesores eran eso, precisamente, ayer, pasado, historia, y que, por lo mismo, ya no estaban presentes; también comprobé que a las generaciones de la hora contemporánea, inmersas en una realidad diferente a la que viví en en mi niñez, adolescencia y juventud, les interesan otros temas.

Sé que en cada familia y generación, suelen aparecer, entre sus integrantes, personas con la inquietud sobre sus orígenes, en busca de respuestas a sus interrogantes y de un principio, historias que lamentablemente no siempre se conservan. Los recuerdos se diluyen y se transforman en olvido. Quedan los retratos de la antigüedad, de hace un siglo o más, y los sucesores no reconocen a sus antepasados. Se pierden las historias que a una hora del pasado fueron realidad de otra gente.

Pienso que la genealogía es una asignatura que debería de impartirse en todos los niveles escolares. La gente rescataría su origen y sus historias; además, facilitaría obtener tendencias de conductas, enfermedades, causas de muerte, aficiones y tantos rasgos humanos. Contiene una riqueza invaluable que muchas personas todavía no exploran.

La vida es tan breve que apenas alcanza para hacer algo importante. Las grandes tareas no admiten distracciones ni treguas. Aún debo escribir otras obras. La historia antigua de mi familia, que siempre me ha acompañado y cautivado, no se perderá porque se encuentra asentada en mis apuntes; no obstante, tomé la determinación de transcribirla en una libreta especial que pasará de una generación a otra y a muchas más, con la idea de que mis descendientes agreguen datos e información. Creo que el documento tendrá más valor, por lo que significa nuestra historia familiar, si lo escribo a mano en una libreta y se suman mis sucesores con sus aportaciones, que si lo publico. Después de todo, es un tema familiar. Hace poco, descifré, estudié y analicé más de 500 documentos. Me siento bastante contento porque, finalmente, tras toda una vida de búsqueda e investigación, por fin conozco los aspectos más trascendentes de la historia de mis antepasados. He cumplido uno de mis sueños de la infancia y así rindo homenaje a mis antepasados.

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Pedazos de la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Miro las hojas de los árboles y descubro, en unas y en otras, ciertos rasgos que les dan identidad, incontables motivos y suspiros que palpitan en su esencia y en sus formas, huellas que marcan sus delirios, rostros con texturas y rutas, algo especial, casi impronunciable y etéreo, que recibe el aliento y los pinceles de la vida con amor, gratitud y alegría, a pesar de las luces y las sombras que se presentan cada instante.

Al contemplar, asombrado, cada una de las hojas, tan diferentes entre sí, no obstante la familiaridad de sus perfiles y de brotar de las mismas ramas, me doy cuenta de que todas coexisten en armonía, con equilibrio, plenas, y exhiben su belleza cautivante en primavera y en verano, en otoño y en invierno, en las mañanas y en las noches, al mediodía, en las tardes y en las madrugadas, unas veces brillantes y de intenso verdor, y otras ocasiones, en cambio, amarillas, doradas, naranjas y rojizas o cubiertas de nieve, como para recordar, a otros seres, que la vida, en el mundo, es un paseo breve por diferentes estaciones que empequeñecen y se pierden en el horizonte, en la lejanía, ante la caminata de las manecillas.

Esta mañana, al pasear por la senda boscosa, acaricié un árbol en especial, un eucalipto que me recordó los otros días del ayer, los de mi infancia azul y dorada, cuando la vida, al lado de mi familia, me parecía un milagro, un álbum con las páginas en blanco para llenarlas diariamente con letras y con palabras, con dibujos y con matices, como esos cuentos que mi padre y mi madre me relataban antes de dormir.

Reflexioné al abrazarlo y sentir, hasta las profundidades de mi ser, su pulso, sus contracciones incesantes, que hablaron y callaron con la idea de expresarme que todo, en la naturaleza, en minúsculas y en mayúsculas, tiene un significado y que, si yo, al observar y tocar las hojas, percibía su correspondencia con los seres humanos, así es. Y busqué la mía en el follaje que el viento balanceaba e impregnaba de perfumes que, sin duda, arrastraba desde la lejanía.

Deslicé mis dedos sobre la textura de mi hoja y sentí los hilos delgados y finos que le dan consistencia y la hacen irrepetible. Al conservarla, por algunos minutos, entre mis manos, cerré los ojos y me trasladé, inesperadamente, hasta la orilla, cada vez más distante, de mi nacimiento, y navegué por mis momentos existenciales, por los minutos, las horas, los días y los años de mi historia. Visité todas las estaciones que, en el ciclo presente, me han recibido. Leí y descifré el guión de mi existencia.

Cada biografía muestra y esconde, en sus balcones y en sus pasadizos, en sus salones y en sus laberintos, historias de un ayer, presentes que se consumen y se vuelven pasado, innumerables posibilidades de futuro, una ruta, un mapa genético, razones, un linaje y una multiplicidad de códigos, entre los rumores y los silencios, las pausas y los movimientos, las cargas y las liviandades, que uno trae consigo y deja al andar en el camino.

Estoy asombrado. Me siento cautivado. Hoy, sin sospecharlo, la vida me ha regalado, a través de la hoja de un árbol con la que me identifiqué plenamente, el itinerario para llegar a mí y recorrer mi historia, lo que he sido y lo que de alguna manera dejé al pasar, lo que me distingue en mi momento presente que en breve se volverá pasado y las rutas y las posibilidades de un futuro, de un mañana que construyo, aquí y allá, en un instante y en otro, para trascender a un plano sin final o, simplemente, morir al caer la tarde.

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El vals de las letras y los números

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los números aparecen en el escenario, elegantes o humildes, con ropaje de científicos, rostro de operaciones aritméticas, mirada de estadísticas y maquillaje de finanzas y negocios. Andan por el mundo y, a veces, suelen sumar, multiplicar, y, en ocasiones, se atreven a restar, a dividir. Son complejos, parece, con doble carácter -ambivalentes-, y así, con aciertos y errores de sus seguidores, se dedican a danzar en la pista de la vida. Asombran por su exactitud y por intervenir en los cálculos del mundo y del universo. Visten y bailan solemnes, adustos, con la frialdad de quien no perdona errores y es exacto y puntual Unos bailan el vals con los números y los presentan a los demás, inmersos en su complejidad, para bien o mal. Y mientras los números se entretienen en la ciencia, en la tecnología, en los negocios, en las finanzas, en la arquitectura, en las estadísticas y en los cálculos matemáticos, aparecen, en la pista, las letras, abrazadas entre sí, con la encomienda de formar palabras, transmitir sentimientos e ideas, convertirse en poemas y en cuentos, en novelas y en relatos, en historias y en textos. Números y letras se mezclan en el paisaje de la vida y bailan, incesantes, el vals, con sus notas profundas y ligeras, con sus realidades y sus sueños, con sus fantasías y sus solemnidades. Muchos seres humanos, a pesar de coexistir en un ambiente roto, sienten admiración y emocionan al mirar números, letras, operaciones matemáticas, palabras, ecuaciones, textos, que abrazan y besan, entre un suspiro y otro; algunas personas más, pasan despreciativas e indiferentes, ajenas a la convivencia, al banquete, y, si acaso se interesan en ese mundo, es para seducirlos y utilizar sus sentidos de acuerdo con sus intereses y caprichos que, hoy y desde hace tantos ciclos, observamos en el ejercicio del engaño, del control, de la explotación y del poder. Y baila uno, casi sin darse cuenta, toda la vida, con los números y las letras, con las operaciones aritméticas y con las palabras. Las notas suenan magistrales y excelsas cuando, al seguir su ritmo inagotable, uno construye el bien en todas sus expresiones y traza puentes al infinito; pero los sonidos se vuelven discordantes al someter los números y las letras a apetitos, superficialidades, caprichos y mal. En el vals de las letras y los números, cada ser humano elige las melodías y arma las ecuaciones y los textos de acuerdo con sus sentimientos, sus ideales, sus anhelos, sus delirios, sus motivos y sus pensamientos. Las letras y los números siempre estarán esperando que alguien, hombre o mujer, los invite a bailar el vals de la vida, más allá de las intenciones nobles o despiadadas del solicitante. Cada biografía humana sigue el ritmo de su interior y de su exterior con las letras y los números que selecciona. Oh, cuánto asombro siento ante tan maravilloso espectáculo.

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He notado

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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A quienes se marcharon de este mundo

He notado, esta mañana, al despertar, que la vida pintó las frondas de los árboles e insertó hojas de intenso verdor y talló las innumerables cortezas, decoró los paisajes con flores de bellos matices y exquisitas fragancias y texturas, colocó los helechos a la sombra de los bosques, conservó los pliegues turquesa y jade del océano, acumuló incontables gotas de agua para formar espejos en los lagos y reflejar la profundidad del cielo o pasear y regalar sus encantos por medio de las cascadas y los ríos. He notado, al amanecer y retornar de mis sueños, que la vida, conmigo o sin mí, continúa su sendero, abundante y sin apegos, indiferente al empleo que se haga de sus movimientos y de sus pausas. He notado, también, que la flora y la fauna se saludan, con la misma emoción e intensidad de siempre, para seguir, cada una, en su multiplicidad de formas, sus caminos, sus encomiendas, sus motivos y sus razones. He notado que, en los pájaros de hermoso plumaje y vuelo libre, el concierto es incesante y maravilloso, y que no para la vida en sus faenas, que todo tiene un lenguaje, un significado, un destino, un sentido. He notado, este día, al explorar sus minutos y sus horas, al escudriñar sus momentos, que la vida ha plasmado sus historias, sus poemas, sus rumores y sus silencios, sus colores y sus formas, como una artista que a todas las criaturas regala sus prodigios, hasta recordar a las almas que tiene una conexión infinita a paraísos que empiezan en uno, si así lo desean; sin embargo, no te veo a mi lado, no te encuentro en el camino, ni tampoco a ti, ni a ustedes, y, a pesar de todo, los siento en mí, en mis profundidades, en la morada de mi ser, como si fuéramos identidades que palpitan en un todo, y miro, feliz, las huellas que dejaron en mí.

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Rutas de un viajero. Capítulo XVI. San Juan Parangaricutiro o San Juan de las Colchas. Volcán Paricutín. San Juan Nuevo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Foto de portada: Sectur México

Cuando era niño, escuchaba hablar acerca del volcán Paricutín, en Michoacán, estado mexicano que, entonces, me parecía muy distante de la ciudad donde vivía. La gente platicaba que se trataba del único volcán que, en América, los seres humanos, en la época moderna, habían mirado surgir de la intimidad de la tierra, el cual, por cierto, tuvo actividad durante nueve años.

Esas historias me atraían e interesaban. Imaginaba las escenas, el pánico de los nativos purépechas al escuchar el lenguaje geológico del Paricutín. Me parecía distinguir a las familias aterradas por el fenómeno y, a la vez, reacios a abandonar sus casas de madera y su pueblo. Escuché varias ocasiones que mi abuelo materno, tan aventurero como yo, viajó hasta San Juan Parangaricutiro, Michoacán, con la idea de presenciar el espectáculo, ayudar a la gente y vivir la experiencia con intensidad. Conoció a Dionisio Pulido, el campesino purépecha que fue dueño del terreno de donde apareció, imponente, el volcán Paricutín.

Relataban, en los días de mi infancia que, en la tarde del 20 de febrero de 1943, alrededor de las cuatro y media de la tarde, el campesino Dionisio Pulido, quien moraba en el pueblo de San Juan Parangaricutiro o San Juan de las Colchas, se encontraba en su parcela, donde araba, sembraba y cosechaba maíz y otras legumbres, cuando, de improviso, enrareció el ambiente, tembló y la tierra se agrietó.

Bien es sabido, de acuerdo con las declaraciones de aquel campesino, que de la grieta surgieron cenizas y piedras, hasta que se formó un montículo de alrededor de metro y medio de altura. Durante el lapso del primer día, el volcán medía 30 metros de altura, medida que duplicó al tercer día, hasta que, al siguiente mes, en marzo, era de 148 metros. En la actualidad, el volcán Paricutín tiene una altitud de 424 metros.

Mi espíritu aventurero, mi pasión por la naturaleza, mi amor por el arte y mis jornadas intensas de periodismo turístico, propiciaron, años más tarde, que visitara, en diversas ocasiones, el volcán Paricutín, las ruinas del templo colonial y el pedregal que cubre lo que fue el pueblo indígena de San Juan Parangaricutiro, conocido, también, desde horas lejanas, como San Juan de las Colchas. Hoy resumo una de aquellas caminatas inolvidables.

Caminé, emocionado, sobre las arrugas y los pliegues del pedregal ennegrecido y poroso. Me pareció asombroso andar sobre lava transformada en piedra, apenas hace algunas décadas expulsada por un volcán que transformó el destino y la vida de un pueblo, una comunidad purépecha que, hasta antes del 20 de febrero de 1943, coexistía en un rincón natural que parecía tan suyo.

Miré, en el escenario agreste, detalles de la naturaleza, motivos de la vida. De las hojas verdosas deslizaban, muy temprano, las gotas del rocío que, el caer, se filtraban en la arena ennegrecida, antaño arrojada por el volcán, mientras reptiles e insectos, acostumbrados al trinar de los pájaros de bello plumaje, se encontraban inmersos en una comarca que los empujaba a la difícil prueba de la coexistencia.

Bajo la lava, quedaron historias y linajes no recordados, miradas y rostros ya olvidados, anhelos e ilusiones incumplidos, pedazos de vida que calló, ruinas del templo colonial y fragmentos de trojes y chozas indígenas.

Volcán Paricutín. Fotografía: Lázaro Alejandre Gutiérrez.

Desde muy temprano, cuando los rayos solares desentumen el bosque de pinos que anteceden a la lava, las ruinas del templo colonial y el volcán, partimos a caballo del típico pueblo de Angahuan, que todavía conserva parte de su caserío de madera y, por añadidura, su bello e invaluable templo colonial. Angahuan es pueblo serrano que conserva trojes de madera con tejamanil, entre las que resalta el singular templo dedicado a Santiago Apóstol, construcción al estilo plateresco y morisco que data de las horas del siglo XVI, y la capilla del Hospital o Huatápera con su hermosa cruz atrial.

Junto a mis acompañantes, contemplé, antes de descender de los caballos, el bosque, la superficie rocosa, el volcán y las montañas que resaltan con el azul del cielo matinal. Respiramos profundamente. El aire llegaba, fresco y puro, hasta nosotros. Miramos, una vez más, al horizonte, recordando que un día antes, al atardecer, cuando el crepúsculo postrero se desvaneció, admiramos por algunos instantes una cordillera lejana, siluetas de montañas que apenas permitieron que identificáramos el volcán de Colima. El escenario montaraz resultó, a esa hora vespertina, majestuoso e impresionante.

Ruinas del antiguo templo de San Juan Parangaricutiro. Fotografía: Sectur Michoacán.

Olía a naturaleza. Los parajes desolados, preámbulo del pedregal, seducían nuestros sentidos, invitándonos a admirar el bosque, a escuchar el canto de los pájaros que se propagaba y a respirar profundamente el aire invernal que maquillaba de carmesí nuestras mejillas.

De la intimidad de la tierra brotó, hace más de media centuria -en 1943, cuando la humanidad se ocupaba en la Segunda Guerra Mundial-, la nueva piel de San Juan Parangaricutiro o San Juan de las Colchas, como le conocían los nativos de la región de Uruapan. Inquieto e inconforme, el Paricutín nació y enmendó el paisaje de la naturaleza; sustrajo los pinceles y las pinturas para modificar el lienzo entonces policromado por el agua, las flores y la vegetación. De su matriz infantil, de su vientre que ardía, escapó la lava que modificó el panorama.

Tras los pinos, aparecieron, aquí y allá, al frente y al lado, las hondonadas y las plataformas rocosas que invitaban a bajar de los caballos, a caminar, a escudriñar su piel morena y porosa, a sentir los rasguños del calor. Llegamos hasta un parador donde los indígenas preparaban comida y algunas mujeres, ensimismadas en sus pensamientos y cautivas en su vestuario tradicional de colores chillantes, bordaban, como sus antepasadas, piezas de manta y textiles rústicos.

Fotografía antigua del volcán Paricutín. Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

Brincamos. Salvamos obstáculos. Pisamos el pedregal que otrora fue lava, material ardiente que cubrió los poros de la naturaleza, el pulso de la tierra. Llegamos, a fuerza de caminar, hasta las ruinas del templo virreinal, donde la piedra volcánica, ardiente y encolerizada, trepó y derrumbó muros y techo.

Visitamos el altar derruido y los vestigios de las antiguas paredes; pero nos trasladamos, igualmente, a la fachada con una torre y la otra incompleta, comprendiendo que el recinto sacro fue de dimensiones extraordinarias. Quedaron sepultados milagros, confesiones, misas, oraciones, veladoras e historias anónimas, ya olvidados, de un pueblo que admiró y conoció, igual que en la prehistoria, el surgimiento de un volcán.

Mundo de ceniza y piedra, refugio de ardillas, armadillos, conejos, coyotes, cuervos, pájaros, tejones, víboras, zopilotes, zorros y otras especies. Todo cautivaba nuestros sentidos mientras avanzábamos a la cima del Paricutín, dejando atrás, cual niña huérfana, las ruinas del templo.

Fotografía antigua del volcán Paricutín.

Coincidimos, en el camino, con un grupo de franceses de Lyon, con otro de españoles y con uno de mexicanos, gente interesada en conocer el volcán Paricutín y, de paso, ansiosa de visitar San Juan Nuevo, para entrar bailando al templo del Señor de los Milagros.

La ladera, desnuda y ennegrecida, exigía buena condición física. Las hendiduras y los tumores rocosos recuerdan al nativo, al visitante, a todos, que un volcán puede cambiar el escenario, el paisaje, el panorama, la vida de un pueblo o del mundo. Y todos lo saben porque el Paricutín es un volcán que surgió en el siglo XX. En esa época se insistió mucho en que se trataba del volcán “más joven” del mundo.

Inseparables, Paricutín, Chimenea y Zapicho llegaron con exactitud y de frente a su cita con el destino, con la historia de un pueblo entonces apacible y dedicado a las hortalizas, a la elaboración de textiles, a las tradiciones heredadas por sus ancestros purépechas.

Siempre conservando el sentido de orientación y racionando el agua, llegamos, al fin, a la cumbre del cono volcánico, desde la que distinguimos, ya completo, el panorama pedregoso. El escenario resultó imponente. Parecía como si el tiempo hubiera detenido su caminata y todo, incluidos la respiración y el viento, quedaran suspendidos entre los rumores y los silencios.

Admiramos las múltiples huellas que dejaron las corrientes de lava durante sus momentos frenéticos, al acariciar ardientemente la piel de la naturaleza; pero quedamos fascinados, simultáneamente, al descubrir piedras oscuras que brillaron al recibir el ósculo del sol de mediodía.

Difícil resulta describir un espectáculo cenizo y pétreo. ¿Dónde están las palabras para componer un poema a la majestuosidad del Paricutín? ¿Dónde los colores y los pinceles para dedicarle el mejor de los lienzos? ¿Dónde las partituras que dicten un concierto o una sinfonía magistral a su grandeza? ¿Cómo esculpir una réplica si el volcán fue artista inigualable?

Mientras descendíamos por la ladera solitaria, repasamos el álbum, las páginas empolvadas de la historia, con la finalidad de navegar hasta las horas ya distantes del siglo XVI, entre 1530 y 1535, cuando los misioneros franciscanos dedicaron los días de sus existencias a fundar pueblos en la región de Tancítaro.

Fue fray Juan de San Miguel, miembro de la Segunda Real Audiencia que encabezó Vasco de Quiroga, quien fundó San Juan Parangaricutiro, para lo que eligió una llanura al sur de Angahuan. Ellos, los evangelizadores, enseñaron a los nativos técnicas en la elaboración de textiles. Rápido aprendieron el oficio que dio nombre a Parangaricutiro como San Juan de las Colchas. Parangaricutiro significa, en lengua indígena, “canoa de agua metida en el paredón”; aunque otros aseguran que la traducción correcta equivale a “mesa” o “el pequeño”.

Ya las piedras, en el camino, evocaban que, en el ocaso de tal siglo, los hombres del poblado fueron enviados a las minas de Guanajuato, de manera que, décadas más tarde, en 1629, se solicitó la suspensión de dicha acción ante el Juzgado de Indias. Mientras se emitía la resolución, otros hombres fueron comisionados a Valladolid, la capital de Michoacán, con la intención de sumarlos a los contingentes que participaron en la construcción de la catedral.

Hay una leyenda cautivante y hermosa, la del Señor de los Milagros, que refiere que, en los minutos de 1597, cuando aquellas tierras olían a colonización y misiones, llegó a Parangaricutiro un comerciante con tres imágenes de Cristo. El forastero se hospedó en casa de Nicolás, humilde indígena que se interesó en la imagen de un Cristo crucificado, que, por el color, por el tono, parecía la piel de los nativos purépechas. El desconocido rehusó recibir dinero a cambio del Cristo. Lo obsequió a Nicolás. Al marcharse, algunos indígenas siguieron al hombre tan enigmático, del que aseguraban desapareció al llegar a la orilla del caserío, acontecimiento que los moradores interpretaron como señal divina para rendir culto a la imagen que colocaron en la capilla del Hospital.

Señor de los Milagros. Fotografía: San Juan Nuevo, Michoacán. Facebook.

Refiere la tradición que fray Sebastián González llegaría puntual a su cita con el Señor de los Milagros. Al tener noticias los evangelistas acerca del hecho suscitado con la imagen, comisionaron al fraile un 14 de septiembre de 1597 a Parangaricutiro. Él, el religioso, pidió una señal a Dios para adorar la imagen, la cual cambió su gesto y abrió los ojos. Asombrado por el milagro, el evangelizador bendijo al Cristo e inició la promoción de su culto, hasta que, en 1605, en la aurora del siglo XVII, la imagen fue trasladada de la capilla del Hospital al templo de Parangaricutiro, ante la algarabía y la devoción de incontables indígenas de la región. Fue una ceremonia emotiva e inolvidable. Realizaron la procesión del Hospital al templo, acompañados de música y oraciones.

Durante la octava del 22 de septiembre de 1605, es decir ocho días después de la fiesta, el fraile Sebastián González celebró misa y anunció que, “en esta tierra, Dios ha dejado sentir sus dones; en correspondencia, este pueblo debe ser un pueblo santo”.

Notamos, conforme andamos y saltamos, la proximidad de las ruinas del templo que parecían exhalar suspiros nostálgicos, evocando aquellas horas de fervor hacia el Señor de los Milagros, cuando cada año llegaban peregrinaciones multitudinarias que no pocas ocasiones concluían en riñas, hasta que un obispo de Zamora, molesto por los actos, prohibió a los fieles ingresar al templo bailando, acto que era tradicional en el pueblo.

No obstante, el obispo referido viajó a Parangaricutiro, donde sufrió una fractura en una pierna que lo obligó a trasladarse al hospital de Paracho. Comprendió, entonces, que se trataba de una señal del Señor de los Milagros. A pesar de las prohibiciones médicas, solicitó que lo ayudaran a viajar al poblado indígena. Al llegar al portón del templo, entró bailando hasta el altar, donde se recuperó milagrosamente de su lesión, según relata la tradición. Desde entonces, los peregrinos que visitan al Señor de los Milagros, hoy venerado en el templo de San Juan Nuevo, entran y salen bailando con mayor entusiasmo. Hay una frase célebre y popular que refiere: “éntrale a San Juan bailando”.

Aunque con imprecisiones y contradicciones en las fechas, hay quienes refieren que un nativo llamado José Maricho, quien en 1880 tenía alrededor de ciento diez años de edad, fue descendiente de Nicolás Maricho, el hombre que recibió la imagen del Señor de los Milagros de un forastero que rehusó proporcionar su identidad y el origen del Cristo, y que además no aceptó que le pagaran ni probó alimento durante su estancia en la casa humilde, la cual se localizaba a una cuadra del atrio del templo.

Y si innumerables son las historias y leyendas del Señor de los Milagros de la centuria XVI a la XIX, ya en la juventud del siglo XX los habitantes de San Juan Parangaricutiro y los peregrinos dejaron de bailar en el templo, porque ellos, los persecutores de la religión, amenazaron acabar con la imagen. Eran años de la guerra cristera, entre 1926 y 1929, provocada por la Ley Calles que promovió la intolerancia hacia el culto religioso, motivo de derramamiento de sangre en diversas regiones de México. México venía del estallido revolucionario que inició en 1910 y de la posterior lucha entre generales que rivalizaban por el poder.

Los moradores permanecían encerrados en sus trojes, temerosos de que repentinamente se presentaran los federales. La comunidad decidió nombrar a Cayetano Antolino y a José María Cuara para sepultar, en algún paraje secreto, la imagen del Señor de los Milagros, salvándola así de la ferocidad de los enemigos de la Iglesia Católica.

Martirizado, Cayetano Antolino negó revelar el lugar exacto donde él y su compañero enterraron la imagen, actitud que encolerizó a los federales, a los adversarios del catolicismo, quienes lo colgaron, ante el asombro y el miedo de los habitantes, de un árbol. Fue un acto que horrorizó a los moradores del poblado, quienes no traicionaron su fe hacia el Señor de los Milagros.

Regresamos al parador donde los purépechas atendían puestos con comida y vendían artesanías bordadas, fotografías del Paricutín, estampas del Señor de los Milagros y fruta. Entablamos conversación con ellos, con los más ancianos, para enriquecer las anécdotas e historias que conocíamos acerca de la erupción.

Historias que se mecen en el columpio de las evocaciones. Buscamos, en alguna vereda pedregosa y solitaria, a Isidro Juara, quien platicó que hubo nativos que atribuyeron la erupción a un castigo divino que se desencadenó tras un acto cometido por habitantes del pueblo Parícuti, los cuales incendiaron una cruz de madera que se encontraba en el cerro Capatzin.

Se consumían las horas de 1942, muchos meses antes de la erupción del 20 de febrero de 1943, cuando llegó a la zona una plaga incontenible de insectos -“chochos”, les llaman popularmente en tierras michoacanas-, que devoraron árboles, fruta, hortalizas, maíz y plantas.

Nadie pudo aniquilarlos. Eran demasiados. La gente, convencida de que se trataba de una maldición, se encontraba atemorizada. Los animales verdosos estaban acabando con todo. Avanzaban insaciables. No lograban contenerlos. Evocaban las plagas narradas en tierras lejanas, en tiempos distantes, en páginas del Antiguo Testamento, en la Biblia.

Tras la invasión de insectos, se registraron temblores; más tarde, ya en 1943, el recién nacido volcán dio muestras de actividad. El cielo nocturno, hasta entonces sereno, se incendiaba ante las erupciones. Los nativos tenían pánico. Algo, en su mundo, no estaba bien. El cielo ennegreció. La comarca permaneció en la oscuridad ante el humo denso que flotaba.

Aniceto Velázquez Contreras, deambulaba por esos caminos de ceniza y piedra. Pesan los años. El tiempo le dejó cicatrices, huellas, signos. Tenía nueve años de edad cuando “reventó” el Paricutín, como dicen los indígenas. Era muy pobre. Asistía a la escuela por las mañanas y durante las tardes laboraba en un “amasijo”, en un horno de pan.

Caminaba por las otrora apacibles callejuelas del poblado, pletóricas de trojes de madera, cuando percibió que la multitud, atemorizada, miraba hacia el Paricutín que expulsaba gran cantidad de humo. Temerosos, pero con bastante hambre, los pobladores robaron pan del canasto, mientras el niño, tan aterrorizado como la multitud, dio aviso a sus patrones sobre las expulsiones de humo en el Paricutín. Nadie recordó el pan que jamás pagó.

Y aquí y allá, en este y en ese paraje, los nativos, ya encanecidos por las horas acumuladas, por los años pasajeros, narraron historias relacionadas con la erupción del Paricutín. Supimos, por ellos, que fue hasta abril de 1944, cuando el Paricutín destruyó los cultivos de los moradores de San Juan Parangaricutiro; un año después, en 1945, la actividad volcánica era impresionante. Arrojó lava que cubrió grandes extensiones de terreno. En 1943, la lava avanzaba a veintitrés metros por hora. El templo fue sepultado en 1944, el mismo año que los nativos celebraron las despedidas de las Vírgenes del Hospital y de La Natividad.

Ciertas tradiciones indican que, durante los días de incesantes erupciones, los moradores de San Juan Parangaricutiro ingresaron al templo con intención de llevar a su lado al Señor de los Milagros. La otrora imagen ligera, se volvió demasiado pesada, al grado, incluso, de que apenas lograron cargarla dos personas. Extrañamente, conforme avanzaban, la imagen adquiría mayor peso. Ya en el bosque desolado y sombrío, los hombres no resistieron el peso.

Hábiles carpinteros, los peregrinos cortaron algunos árboles con los que fabricaron una mesa con cuatro salientes. Colocaron la imagen al centro y siguieron el camino. Rumbo a Angahuan, la imagen aumentó, como horas antes, su peso. Los hombres desfallecían. Llegaron a Corupo y pernoctaron en el atrio, mientras la actividad volcánica continuaba incesante allá, cerca de San Juan Parangaricutiro, donde se descubría el resplandor del cielo.

Un día después de que iniciaron la peregrinación, el 22 de febrero de 1943, el sacerdote celebró misa; pero al encontrarse en el acto de comunión, hizo una pausa extraña y comunicó a los fieles que él, el Señor de los Milagros, no se sentía a gusto en Corupo y que era preciso, en consecuencia, trasladarlo de nuevo a San Juan Parangaricutiro.

Narra la historia que, sin esfuerzo ni titubeos, el cura se dirigió a la imagen, la cargó y caminó dieciséis kilómetros ante la sorpresa de los fieles, hasta que ingresó al templo y colocó al Señor de los Milagros en el altar. Oró durante los siguientes dos días, probando exclusivamente agua y pan.

Revivía la fe en el Señor de los Milagros, como se convulsionaba, paralelamente, el Paricutín, que pronto modificaría el escenario. Temblaba continuamente. El cielo se cubría de fuego y humo. Los habitantes permanecieron en sus trojes catorce meses más, hasta que la lava llegó durante los primeros días de mayo.

Fue el 10 de mayo de 1944, cuando los moradores de San Juan Parangaricutiro, el antiguo y tradicional San Juan de las Colchas, donde se celebraban, desde hacía siglos, fiestas y peregrinaciones en honor del Señor de los Milagros, se marcharon con la finalidad de fundar otro pueblo en la añeja Hacienda de los Conejos, hoy llamado San Juan Nuevo.

El Señor de los Milagros fue el guía. Dicen que él, el Cristo, eligió el lugar para su morada. No se registraron incidentes durante el trayecto. Mucha gente desarmó sus trojes de madera y las trasladó hasta San Juan Nuevo. Inició el éxodo del antiguo pueblo.

Evidentemente, la imagen del Señor de los Milagros yace en el templo principal de San Juan Nuevo, donde la gente -feligreses y peregrinos- continúa bailando al entrar y al salir, porque en la otra capilla reposa la Virgen del Hospital que apareció hace siglos, según la leyenda, en un tronco próximo a un manantial, en un paraje denominado Pantzingo.

Hoy, como hace centurias, la imagen sigue atrayendo a incontables personas de diversas regiones. San Juan Nuevo es pueblo que cuenta, además, con museo alusivo al Paricutín, donde se reseña la actividad volcánica que cesó el 14 de marzo de 1952, teniendo un ciclo de nueve años, once días, diez horas. Al Paricutín se le denominó el volcán “más joven” del mundo y el que seres humanos vieron surgir de las entrañas de la tierra,

El museo exhibe piezas interesantes, entre las que destacan un telar de 1874, una silla de montar de 1887, un yugo de 1834, una camua de 1884, un santo, jícaras, un rebozo de 1874, bateas de 1887, 1889 y 1894, un metate, molcajetes de 1884 y 1894, y fotografías tomadas durante la erupción.

En el jardín principal hay una fuente y una pérgola, pero también la réplica del Paricutín, de las trojes y del templo de San Juan Parangaricutiro. Recuerdo, después de todo, de un pueblo que fue consumido por la lava. También existe, en San Juan Nuevo, un pequeño zoológico. Los nativos comercializan artesanías y fruta de la región. El pueblo es centro al que continuamente llegan peregrinos y turistas.

Las pinceladas vespertinas, con la nostalgia que provocan el amarillo, azulado, el naranja, el rojizo y el violeta del horizonte, indicaron el retorno a casa; pero aún emocionados ante el pedregal ennegrecido y poroso que tapizó las facciones de la tierra, ocultando mil historias anónimas, decidimos tomar algunas fotografías de las siluetas, cada vez menos definidas ante la distancia, del Paricutín y las ruinas. Se hizo de noche y pernoctamos cerca de las piedras que sepultan pedazos de un pueblo indígena con sus rostros, sus historias, su linaje y sus sueños.

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El talento de quien siente admiración, respeto y asombro ante la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Conozco una mujer que experimentó los horrores de la Segunda Guerra Mundial y que, no obstante, ama la vida y recorre sus caminos con alegría, rectitud y sabiduría. Ha viajado por el mundo. Lo conoce muy bien porque no se conforma con el paseo superficial que le ofrece cada lugar. Es una buscadora de historias, detalles, rostros, formas, costumbres, motivos y tradiciones. Siente deleite al conocer gente, al recorrer vestigios de otras horas y al descubrir estilos de vida que, generalmente, pasan desapercibidos por los turistas comunes. Entra a los mercados, a las ruinas, a los barrios, a los escondrijos del mundo. Toma fotografías con sensibilidad y talento, capta imágenes con la pasión de quien siente asombro, respeto y admiración ante los detalles y el milagro de la vida. Es una mujer inagotable que sabe que el tiempo y la vida son para experimentarlos plenamente, dejar huellas y trascender. Vive en Alemania, al lado de su familia, con el deleite de compartir sus letras y sus colores, sus palabras y sus fotos, con lo que ha encontrado al caminar por el mundo. Ella, Rosemarie Schade, es una dama, una de esas personas que, al conocerlas y tratarlas, no se olvidan por su amabilidad, su educación, sus valores y su experiencia. Hoy, simplemente, le dedico este espacio con el arte de mis letras.

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Un poema dulce

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Usted es un poema dulce, una letra que provoca mis más hondos suspiros, una palabra y otra más que pronuncio inspirado cuando la siento con un tanto de mí. Usted es mi historia, la novela de mi existencia, el texto que la incluye en mi biografía. Usted es el perfume que cada mañana, al despertar, penetra por mi ventana; el color que me invita a zambullirme en los matices del amor y de la vida; la textura delicada por la que deslizo mis pinceles y la reproduzco como los lagos lo hacen cuando asoma la profundidad del cielo en sus amaneceres y en sus anocheceres. Usted es el rumor y el silencio de mis conciertos, las pautas y los susurros de mi vida, la sinfonía que la transforman en nota con la idea de que yo, al reproducir los signos del pentagrama, en el piano o en el violín, escuche la elegancia y la sencillez de su voz. Usted es, en todo caso, la musa del artista, el delirio de mi amor, la letra de mis textos, con su mirada y su sonrisa que acentúan y dan énfasis a las palabras que me inspira. Usted es, también, mi amor cuando siento tanto desamor en el mundo, mi compañía al encontrarme tan solo, mi voz al callar por completo, mi mirada al reconocerme en sus ojos, mi abecedario al escribir a cierta hora, mi canto al sumergirme en mis motivos y en mis silencios. Usted se parece tanto a las flores que enamoran, a las estrellas que alumbran mi sendero, al mar que trae y se lleva nuestros alientos y perfumes, a ese juego llamado amor y vida. Usted es, ante todo, la dulzura de mi poema.

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Despierto de una historia llamada año pasado

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Amanece. Despierto de una historia llamada año pasado. Vengo de realidades y de sueños que, inesperadamente, envejecieron y se desvanecieron o que, a pesar de su longevidad, deambulan en el camino, entre silencios y rumores. Las persianas del año que apenas ayer permanecían abiertas y por las que entraban la luz y las sombras -oh, cuán breve es la vida-, cerraron la posibilidad de saltar por la ventana y entrar. Habría que romper los vidrios. Apenas hay rendijas que permiten asomar a hurtadillas, igual que cuando uno, nostálgico, descubre y remueve las huellas y las remembranzas ocultas en los escombros del pasado. No es recomendable entrar a esas habitaciones clausuradas si no se está preparado. Cualquier neófito enfrenta, al ingresar a tales recintos del ayer, el riesgo de extraviarse en los laberintos intoxicados de penumbra y tristes suspiros. Del ayer, parece, solo hay que recolectar las lecciones, los recuerdos hermosos; pero uno debe continuar su andar por la senda porque hasta la flor más cautivante, de textura fina, policromía mágica y perfume delicioso, se marchita. Es preciso seguir la ruta, a pesar de las ausencias y de las presencias, de la miel y de la amargura, de los pétalos y de las espinas. Durante la caminata, uno descubrirá otras ventanas cerradas y abiertas, con el sello inconfundible de cada año; pero resulta perentorio llegar temprano, ser puntual, en la cita con la vida -la vida terrena y la vida infinita-, antes de que los furgones, en la estación, partan a otros rumbos, a destinos insospechados. Vengo de un tiempo que ahora es, simplemente, ayer, pasado, historia. No conviene permanecer inmóvil en la esquina del tiempo, en las avenidas y en los cruceros del ayer, del hoy y del mañana, porque la vida humana podría sufrir, en cualquier momento, un descalabro. Advierto que la ventana del año que recién inicia, se encuentra abierta e invita a pasar, a disfrutar y a experimentar los encuentros y los desencuentros con la vida, las dulzuras y las amarguras que destila la existencia, los motivos y los destinos que uno elige y que a veces se presentan. Sé que la vida, en mundo, consta de un período, está marcada por una caducidad; en consecuencia, he decidido saltar por el balcón, entrar por el ventanal junto con la luz del amanecer y el resplandor de las estrellas, con la idea de gozar los días y las noches de mi existencia. Desconozco cuántas ventanas quedan reservadas para mí, con cada año marcado; sin embargo, estoy dispuesto a entregarme al oleaje de la vida para sentirla en armonía, con equilibrio, plenamente, y así llegar a otra orilla sublime y paradisíaca, hermosa e infinita. Entro por la ventana del año que, humanamente, ha nacido, con un canasto pletórico de experiencias, dispuesto a hacer de mi biografía una historia maravillosa e inolvidable. Los invito a entrar por la ventana y a salir, conmigo, antes de que llegue la noche y caiga el cortinaje tan pesado.

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