Y un día…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y un día, sin darme cuenta, volví a mi infancia. Abrí la puerta de la casa solariega y entré. Reconocí mis juguetes, la ropa que usaba, las corbatas de moño que mi madre me ponía y hasta el peine que utilizaba para recorrer mi cabello castaño con limón o jitomate, los libros y la colección de timbres que solía comprar mi padre cuando me consentía; aunque también descubrí, en una habitación y en otras más, las cosas, el calzado y la ropa de mis hermanos. Caminé en total silencio, reflexivo, emocionado por la oportunidad de retornar a mi niñez azul y dorada, y triste por los rostros, las historias y los años irrepetibles que se agotaron y escaparon inesperadamente, cuando más felices parecíamos. Un día, a cierta hora, regresé a casa, al hogar, a mi familia, y sin que ellos lo notaran, miré a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y a otro niño, yo, que me sumergía en las profundidades de mi ser e imaginaba capítulos e historias. Me reuní conmigo, sí, me palpé y me vi, me acompañé, musité a mis oídos, y conviví con mi familia en completo sigilo. Nací, inesperadamente, en mi casa, con mi familia, con la gente que siempre ha permanecido vinculada a mi alma. Volví como lo hace la gota de agua que se sumerge en la tierra y brota al lado de otras en el manantial. Me observé en la mesa del comedor, quizá en el desayuno o tal vez en la comida, y presencié mis juegos y momentos de soledad. Atestigüé mi sufrimiento a la hora de ir al colegio y mi alegría al asistir con mis padres y mis hermanos al parque y a los paseos que organizábamos los fines de semana. En aquella casa amurallada y enorme de mi niñez, coincidí conmigo a una hora y a otra, e identifiqué a mi padre bondadoso e inteligente, con sus relatos inagotables y sus inventos, y a mi madre amorosa, con sus platillos, sus plantas y su amabilidad, y a mis hermanos -hombres y mujeres-, a mi lado, jugando a la vida. Escuché los rumores y silencios de aquella casona con sus jardines y rincones insospechados, o acaso los murmullos de la gente que tanto he amado, o probablemente el lenguaje del tiempo, o quizá la tempestad y el viento que balanceaban el follaje y las ramas de los árboles corpulentos, o tal vez los susurros de Dios que siempre estuvo presente. Regresé, igual que el hijo que un día se marcha con la promesa de volver, feliz y profundamente emocionado y sorprendido; pero ellos y yo no me miraron, y yo sí, y de esa manera los seguí y participé calladamente en sus reuniones familiares, en sus paseos, en sus instantes de trabajo, en sus horas de alegría y melancolía, con el sí y el no de la vida. Cada noche desperté y visité las habitaciones, la sala, el comedor, la cocina, la biblioteca y todos los espacios, e intenté dialogar con mi padre, con mi madre, con mis hermanos, conmigo, y no sentimos mi presencia intangible. Una noche, mientras cenábamos, sentí que una fuerza superior e indescriptible me jalaba hacia un remolino y la escena familiar empequeñeció inevitablemente hasta desvanecer. Comprendí que ya no pertenecía al pasado y que el ayer me identificaba infinitamente con otras almas. Caí en un estado de somnolencia. Al despertar, asomé al espejo y descubrí mi figura retratada, actual. Sonreí con la convicción de que mi familia y yo fuimos intensamente dichosos en mi época infantil y no dudé que otro día, a cierta hora, tendré oportunidad de encontrarme conmigo adolescente o joven, y con la gente que tanto he amado durante mi jornada terrena y antes porque el ser es insustancial y no conoce ropaje ni limitaciones temporales. Entendí que la vida, en este mundo, es momentánea y se fuga entre un suspiro y otro. Ahora sé que la estancia en el plano material es simplemente un paseo breve que uno disfruta plenamente o desperdicia en crueldades, mediocridad, barreras y temores. Si un día, como lo hice con mi infancia, tengo oportunidad de retornar a casa y mirarme en la etapa presente de mi existencia, deseo sonreír al saberme feliz y pleno con quienes tanto amo.

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Otra oportunidad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No quiero que las luces se apaguen sin escuchar de nuevo el canto del jilguero. Antes de que descienda el telón, me es preciso, otra vez, asomar al charco humilde y sencillo, a la represa que contiene el pulso de la vida, al lago rodeado de árboles, para descubrir mi rostro sonriente y contemplar la profundidad del cielo retratada. Me niego a cerrar los ojos definitivamente sin escuchar, como antes, los rumores del mar, los susurros del viento, el lenguaje de la naturaleza, los murmullos de la vida. Necesito salir con la idea de correr y respirar, reír y llorar, resbalar y levantarme, soñar y vivir. Me urge recolectar los pedazos que quedan de mí y de los demás para rescatar, si es posible, nuestras historias e identidades, lo que nos hizo tan dichosos y hoy añoramos. Me resulta perentorio sembrar para así, la otra y las siguientes mañanas y tardes, recoger los frutos con sabor a lluvia y a tierra, y elegir las flores de elegante figura, perfumadas y multicolores. No admitiré, por ningún motivo, que mi historia, la tuya, la de ellos, la de todos, quede inconclusa o que alguien la borre o arranque sus páginas. Nadie tiene privilegios sobre los demás ni facultades para deformar o eliminar nuestras huellas. Rehúso cerrar el portón y las ventas al sol, al aire, a la lluvia, a la nieve, al frío, al calor, a la vida. Pretendo abrazar el tronco de un abeto, hundir los pies en el barro, cerrar los ojos y percibir, desde el silencio y la profundidad de mi alma, las voces de la creación, el palpitar de la vida, el concierto de la naturaleza. Quiero, igual que antaño, disfrutar la felicidad e inocencia de la niñez, con sus juegos y travesuras; pretendo desatar y romper las cadenas de los adolescentes y jóvenes, reclusos de modelos que los han aprisionado, y gozar sus emociones, sus sueños, sus anécdotas, sus experiencias, sus alegrías; también deseo reír, platicar y convivir con los adultos, y agregar a los ancianos tan ingratamente olvidados. No me iré sin antes descorrer las cortinas e invitar a todos, a ti, a ellos, a ustedes, a recuperar el aire limpio, la dignidad, la alegría, el amor, la nobleza de sentimientos, la libertad, el respeto. Si el viento es incapaz de apagar la flama de la vela por amor y respeto a quien lo creó, menos podrán hacerlo los profanadores y ultrajadores de la vida, el bien y la verdad. No me iré a la vieja estación ni partiré sin antes regalar flores, dispersar pétalos en los caminos, dejar huellas indelebles, provocar sonrisas y dar trozos de mis sentimientos y de mi vida a quienes los necesiten. No, no navegaré a otro puerto mientras la gente no recupere a sus familias, sus hogares, sus principios, su dicha, su salud, su libertad, sus derechos, su realización, su dignidad. Irme antes, equivaldría a renunciar y traicionar a la gente que me ha acompañado, enlodar su confianza y abandonarlos. No me sentiría feliz ni tranquilo. Quiero mirar de nuevo las sonrisas, sentir los abrazos, percibir el sí y el no de la existencia, contemplar la naturaleza magistral desde un bote de remos, experimentar las caricias de los amaneceres y hasta los ósculos de una tarde luminosa, y así, tranquilo, esperar la noche con sus rumores y silencios. Pretendo que las canciones, los poemas y la música sean escuchados otra vez y envuelvan a todos los seres humanos con su encanto. Uno no puede ausentarse de un mundo de gente, cosas, recuerdos, historias, presente y futuro rotos. Al menos, insisto, hay que dejar huellas, retirar las piedras del sendero, prender uno o más faroles durante la jornada, y jamás apagar la flama ni atravesar el pie con la intención de que otros caigan. El cielo o el infierno son más intensos de lo que creemos y en verdad inician en uno. Quiero que las estrellas me ayuden a alumbrar pueblos, caminos y paisajes, la aldea que es el mundo, para que ningún niño, adolescente, joven, adulto y anciano sufran ni experimenten las injusticias, el desconsuelo y la soledad, y deseo, con la misma vehemencia, que el sol me acompañe brillante para demostrar que siempre hay un amanecer y la esperanza de hacer de los días de la vida una historia armoniosa, bella, magistral e inolvidable.

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Él, mi padre

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quedó huérfano de padre en la primavera de su existencia, cuando jugaba y tejía tantos sueños, y, no obstante, me enseñó a amar, respetar y admirar a mi madre y a él. Aprendió a volar aviones de dos alas cuando era muchacho, y décadas más tarde me retó a ser libre, conquistar mis sueños e ilusiones, sentir las caricias del viento en las alturas y contemplar las fragancias y los colores del cielo; participó en el desembarco de Normandía, durante la Segunda Guerra Mundial, y me aconsejó y preparó para ser sensible al sufrimiento humano y fuerte ante los retos y las adversidades, no darme por vencido y triunfar o al menos intentarlo sin desmayo. En su infancia, montó una elefanta y en su memoria me enseñó a respetar la vida animal, a coexistir en armonía con la fauna. Siempre le fascinaron las cascadas, los ríos, las selvas, los bosques y las flores, y lo acompañé por parajes insospechados que me convidaron a querer y proteger la flora. Me inició en el estudio de la paleontología y la arqueología, y me aconsejó vivir cada instante, no aferrarme a los días consumidos ni quedar atrapado en tristes recuerdos. Le apasionaron el arte y el conocimiento, los libros y los manuscritos, la pintura y el violín, la escultura y la fotografía, la creación literaria y los inventos, y así me dio las bases para escribir mis obras. Conoció el dolor de las enfermedades y la sonrisa de la salud, los rasguños de la pobreza y las caricias de la riqueza, y me mostró la brújula, el sendero para ser feliz, la ruta para alcanzar la plenitud, la sabiduría para navegar las mañanas tranquilas y las noches de tempestad. Tuvo pesadillas algunas noches y madrugadas, y me forjó para descubrir e irradiar luz y transformar mis sueños en realidad. Aconsejó a innumerables personas y una y otra noche me citó con la intención de recomendarme que siempre entregara mi amor auténtico, fiel y puro a la mujer que me reflejara en su mirada y yo percibiera en mi alma. Fue monje, habitó celdas húmedas y frías, desoladas y silenciosas, y me dio oportunidad de estudiar todas las doctrinas y experimentar para así elegir el camino y encontrarme de frente conmigo, con mi alma, con la creación, con Dios. Amó a mi madre, a sus padres, a sus hermanos, a su descendencia, y me transmitió el ejemplo y los sentimientos para actuar igual. Trató a mi madre y a las mujeres con amabilidad y respeto, y de esa forma hizo de mí un caballero. Quiso tanto a su familia, que yo la atesoro. Vivió y murió con una historia noble, maravillosa e inolvidable, y yo, su hijo, entendí el sentido de las estaciones, el sí y el no de la existencia, la fórmula de la inmortalidad, y ahora agradezco a Dios la bendición de haberme concedido un padre ejemplar e irrepetible, Acordamos reunirnos en la eternidad y ahora sé que la muerte es renacimiento y que la vida inicia cada instante. Me abrazó y protegió cuando dudé y tuve miedo; hoy simplemente le digo: “gracias por todo. Fue un honor ser tu hijo”.

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Momentos de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los días del ayer, se consumieron entre un minuto y otro; ahora son experiencia, capítulos que se desvanecen conforme anida el olvido en sus esquinas y ranuras, vestigio de tu existencia, y sólo quedan como evocación de recuerdos y suspiros que, luminosos o sombríos, forman parte de tu historia. Si no te sientes seguro de la permanencia o sucesión del momento presente o del que se aproxima, mayor es la incertidumbre ante la noche que viene o la mañana que se anunciará por tu ventanal porque desconoces, en verdad, si hoy, al oscurecer, admirarás la belleza de las estrellas que cuelgan y titilan en la galería del universo o si despertarás al amanecer con la alegría y sonrisa de quien percibe los colores, las fragancias y los rumores de la vida. El momento presente es tan fugaz, que apenas te percatas que con cada segundo ganas la oportunidad de andar por rutas que conducen a la cima o la pierdes al preferir caminos inciertos. Tú decides. No esperes iluso cortar las flores cuando apenas miras la belleza e ingenuidad de sus botones. La vida inicia cada instante. El roble fue semilla y arbusto antes de desarrollar y alcanzar su esplendor. Ese quercus robur tenía almacenado en su memoria el conocimiento de sus características y grandeza, y nunca ignoró, por lo mismo, que quizá enfrentaría noches heladas, tardes de tempestad, mañanas níveas, días calurosos, plagas, incendios, sequías o tala. Ningún miedo obstaculizó su crecimiento. Creció con la sencillez de quien se sabe grande y elegido para una misión; por eso, cada instante fue significativo. No te atores en tristes naufragios ni te hundas en el agua estancada porque al no correr, al abandonarse en lo más oscuro de un recodo, pierde su cutis diáfano y ya no refleja, como antaño, las nubes rizadas que transitan felices y pasajeras cual preámbulo de la profundidad de un cielo azul. Tampoco caigas en la estulticia de la moda de la hora contemporánea que dicta ambicionar sin medida, arrebatar, disfrutar sin responsabilidad el momento, coleccionar placeres insulsos sin tener el privilegio de amar, negarse la dicha de dar, bajo el argumento de que la vida es breve y hay que aprovecharla. Eso es estúpido. Observa a quienes optan por tal estilo. De no ser sus conquistas materiales, sus fortunas y su poder, ¿descubres signos de grandeza en ellos? Tras sus risas escandalosas, sus pasiones desenfrenadas y su andar sin itinerario, ¿demuestran su alegría y son felices? La vida se experimenta cada instante en armonía consigo y con los demás, con el universo y la creación; también se practica con equilibrio y plenamente. Sé feliz. No dañes. No importa si en el camino quedó tu riqueza bajo toneladas de escombros si a cambio salvaste una vida humana. Qué valen los juicios ajenos, la condena social, si amaste con fidelidad, si hiciste de tu casa un hogar, si caminaste hacia la morada, si te regalaste el privilegio de disfrutar cada minuto y si en vez de desperdiciar la brevedad de tu tiempo en hablar de los demás, en dañar, arrebatar y engañar, lo consumiste en tu obra existencial. Mira atrás y revisa tus huellas, tu historial. Escudriña cada día de tu vida. Ahora analiza tu presente. No te engañes. Haz a un lado la ropa elegante que portas, los automóviles que luces y deslumbran la debilidad de tu ser, la mansión donde vives y hasta los viajes, títulos, placeres, poder y cosas que maquillan tu aspecto y visten tu desnudez. Sí. Momentáneamente quita de ti toda decoración artificial. Si te enseñaron a ser muñeca de aparador o maniquí de boutique y quedaste atrapado en las redes de las apariencias, mírate al espejo y pregúntate en cuántos años aparecerán los jeroglíficos del tiempo en la lozanía de tu rostro. Ubícate en tu realidad. Todos los seres humanos tenemos derecho a ser felices, poseer riqueza, gozar la vida y desenvolvernos en el papel que hemos elegido; sin embargo, nunca pierdas el rumbo a destinos firmes. Recuerda que si bien es cierto la apariencia, la fortuna y los placeres de la vida forman parte de la condición humana en el mundo, cuando se vuelven obsesión y prioridad, y pierden su sentido, parecen inversamente proporcionales a la inteligencia y los valores. ¿Cuál es tu misión en la vida? ¿Vestir la ropa más cara y elegante para mirar a hurtadillas tu perfil y provocar que otros te envidien? ¿Conducir el auto más fino? ¿Ejercer poder y acumular riqueza en exceso mientras a tu alrededor millones padecen hambre, injusticias y enfermedades? Claro, es válido y hermoso lucir la figura física, situarse en condiciones económicas que proporcionen comodidad; sin embargo, encuentro mayores tesoros y alegría en aquellos que ríen ante cualquier condición de la vida, que renuncian a su calzado para que otros caminen, que comparten su bocado a quienes desconocen el condimento de una mesa completa. Muchos esperan la proximidad de la etapa existencial que soñaron e imaginaron, la realización de algún acontecimiento, y creen que entonces serán dichosos; sin embargo, la mayoría se queda con sus fantasías, no luchan o al contrario, destacan en lo que se propusieron, y finalmente no son tan felices y plenos como lo deseaban porque desconocen que la vida es dual y tiene un sí y un no, luces y sombras, y que la verdadera maestría se demuestra al pasar cada día ante las pruebas buenas y malas. No esperes, para ser dichoso, que el destino se apiade y toque a la puerta de tu existencia con la intención de ofrecerte una historia de ensueño, prodigiosa e inolvidable. Vive a partir de este momento. Sé feliz en el yate lujoso o en la lancha modesta, y navega hasta conseguir lo que deseas. Los días dulces y amargos te pertenecen porque los desees o no, los esperes o los rechaces, los vives; trata de protagonizar tu historia y elegir las rutas más luminosas y sublimes. No esperes el momento futuro para ser feliz porque pudiera ser el instante postrero de tu existencia. Aprovecha los días que te quedan. Realízate como ser humano, construye tu historia y conquista tus sueños espirituales, físicos, intelectuales o materiales; pero empieza ahora, inicia a partir de este segundo que pasa, con sus luces y sombras, y no olvides obsequiarte la oportunidad de amar, reír, hacer el bien, cultivar valores y transformarte en una obra maestra.

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Familia de un enamorado

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Al identificarte aquella vez, cuando te ofrecí y declaré mi amor para los días temporales y la inmortalidad, descubrí que tus tesoros son similares a los míos. Tus latidos son idénticos a los que siento en mi interior. Tu familia se parece a la mía. Entonces comprendí que se trataba de ti, la otra parte de mi alma. Entendí que Dios daba la señal y que, por lo mismo, mi amor por ti sería fiel y puro

Si tuviera que dar sólo un consejo a algún enamorado -hombre o mujer-, le sugeriría que se fijara muy bien en la familia de la persona con quien pretende compartir el amor y la vida, no con mirada de critica ni de superioridad o inferioridad, sino de análisis y reflexión, con prudencia y respeto.

Y es que la familia es parámetro de los valores que existen en cada uno de sus miembros. Alguien podrá mentir, distorsionar su identidad o colocarse un antifaz; sin embargo, en las costumbres, la decencia o vulgaridad, el hogar o la simple vivienda de inevitable coexistencia, los valores o la ausencia de los mismos, uno distingue mucho de lo que podría esperarle al fundir los días de su vida con los de la persona que ama.

A nadie agradaría unirse a alguien que ante la caminata de los días y los meses, no podrá sostener la máscara que porta, como tantas veces ocurre en la historia de la humanidad, simplemente por no tener capacidad y valor de observación, análisis y decisión en el momento oportuno.

No me refiero, precisamente, a criticar el aspecto físico de las personas ni la modestia de los muebles o sus carencias económicas y falta de preparación académica, definitivamente no, porque los títulos universitarios y la opulencia pueden brillar y esconder tras su reflejo las manifestaciones más deleznables del ser humano.

Evidentemente, se trata de las personas con las que uno y sus descendientes emparentarán, la gente con quien convivirá frecuentemente. Resultaría insano un ambiente de agresividad, bajeza, discordia, faltas de respeto y vicios.

Generalmente, los enamorados se distraen en sus alegrías e ilusiones momentáneas, en sus diversiones y rutina, en sus debilidades, en sus encuentros y desencuentros, al grado de olvidar aspectos tan esenciales como su proyecto de vida, si volarán libres y plenos en un amor fiel y real, el respeto a la realización de cada uno como ser humano, la intención de crecer y envejecer juntos, la formación de una familia y un hogar ejemplares con rumbo y valores, el interés de no transformar la unión en un contrato forzoso ni en grilletes sujetos a los barrotes de una celda, la disposición de compartir los días y las noches de la existencia con sus claroscuros.

Realmente olvidan conocerse. Permanecen en la inmediatez porque es más cómodo o quizá por ser moda y tendencia el estilo de vida de la hora contemporánea, con mayor parentesco a las apariencias y superficialidades, a lo burdo y pasajero, a la ausencia de compromiso e itinerario.

En cierto modo, sus padres tampoco se interesan en guiarlos, en formar seres humanos dignos e íntegros, acaso por sentirse perdidos en la locura de su realidad, quizá por no conocer otras alternativas de educación, seguramente por acudir a citas en un bar, un café o un hotel, o tal vez por todo y nada, por ese vacío existencial que prevalece en millones de personas en el mundo, estilo promovido y hasta aplaudido por la televisión, la radio y no pocas de las páginas y redes sociales en internet.

Terminan atrapados en realidades muy distantes a los sueños absurdos que fomentan no pocos de los medios de radio, televisión e internet. La realidad es muy diferente a las estupideces y obscenidades que ahora hablan muchos locutores de radio, al contenido de canciones, anuncios y programas de televisión, e incluso a la hipocresía que suele darse entre las “amistades” entrañables y los “consejos” de las páginas sociales de internet. La realidad es cruda y dolorosa cuando la gente llega a la orilla del abismo y resbala. Una cara feliz, en un mensaje, no restaurará lo putrefacto de las vigas que han caído y desmoronado la casa. Los problemas pueden anticiparse e incluso evitarse con oportunidad.

Es importante, por lo mismo, conocer a la familia de la persona a quien uno ama, a los padres, a los hermanos, a los hijos, a los nietos, a los abuelos, a los tíos, porque seguramente, por más distante que uno permanezca en el futuro, no dejarán de ser consanguíneos de su pareja y de sus descendientes; además, se trata, en la mayoría de los casos, de relaciones irrenunciables y de cuestiones que se llevan en las costumbres, en la forma de sentir y pensar, en la sangre.

Alguien podrá argumentar que al unirse uno a otra persona, lo más sano es formar un hogar independiente, lo cual es cierto; no obstante, hay que recordar que a los hijos se les educa muchos años antes de su nacimiento, de manera que la herencia de conductas, hábitos y convicciones es muy poderosa. Son, en consecuencia, rasgos que se llevan consigo y que difícilmente se superan cuando están tan arraigados de forma negativa.

Más que condenar a la pareja, en caso de que el ambiente familiar sea tan negativo, habría que dialogar mucho y llegar a acuerdos permanentes y reales para establecer pilares de dignidad y respeto, tolerancia y convicciones basadas en principios trascendentales. Todos merecemos una oportunidad. La luz puede surgir, incluso, de lo más oscuro, y eso vale mucho.

Ahora, en el ciclo presente, amplio porcentaje de valores humanos se han perdido en el mundo y la familia. El respeto, la dignidad, los principios, la nobleza y los sentimientos se pulverizan, son aplastados por la publicidad, los contenidos de no pocas canciones y programas televisivos, las redes sociales, la ambición desmedida, los apetitos fugaces y todas las tendencias negativas, evidentemente con la complacencia de los dueños del poder y el dinero porque así resulta más sencillo manipular y controlar a las masas. Era necesario, para sus fines perversos, asesinar a Dios y a la familia. Eres educado, tienes valores, y te conviertes en la mofa de los demás; te comportas bestialmente y recibes la admiración y los reflectores de la popularidad. Así se ha distorsionado todo.

No es tarea sencilla analizar a la familia de la persona amada y posteriormente, si se detecta falsedad o que definitivamente será igual al diluirse su máscara, renunciar al amor que se le tiene y al proyecto de compartir sus días y su historia.

Sería prudente aclarar que no se trata de ser tan selectivo que al final, tras la búsqueda de una perfección que no existe, las personas se queden solas y renuncien al amor y a ser felices. Se trata de diagnosticar con honestidad y corregir, si es posible, las malas costumbres y tendencias que podrían existir en la pareja.

Es importante no equivocarse porque se trata de una decisión que redundará en la felicidad de uno y de su descendencia. Es un tema muy complejo porque parecería deshonesto e inmoral juzgar a las personas, a la familia de quien uno ama; sin embargo, si en esa casa prevalecen gritos, desorden, engaños, chismes, faltas de respeto, infidelidades, amenazas, golpes y vicios, seguramente los ejemplos no serán positivos. Es imposible conocer lo que se encuentra sobre la mesa cuando hay quienes se arrastran en el suelo. Una dama y un caballero no se construyen en ambientes malsanos. Su arcilla es superior. A pesar de todo, es posible que alguien que surja de un entorno negativo, elija otro sendero, el de la luz.

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La casa

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La casa permanece igual que siempre, intacta porque tus manos aún no la han tocado, con su inconfundible fragancia a libros y papeles, con los muros pletóricos de fotografías amarillentas, antigüedades, pinturas y litografías, como si las cosas y yo, su morador, aguardáramos tu llegada, el momento en que abras el cerrojo con las llaves que alguna vez, en mi locura y juramento de amor, deposité en tus manos. Son objetos, los que cuelgan en las paredes y yacen en el suelo, que pertenecen al ayer, a los otros días, porque todo lo de su época ya murió. Yo deseo un hoy y un mañana seguros, a tu lado. Las cosas sobreviven, igual que yo, por los suspiros y la esperanza de tu llegada. Mis horas de soledad se consumen durante mis jornadas literarias, al convocar a la inspiración y reunirme con el arte y el pensamiento, mientras busco tu presencia tras la puerta y las ventanas, en algún rincón del jardín o quizá ante la fachada. Los herrajes, la madera y las piedras me acompañan desde la infancia y se desvelan conmigo mientras escribo poemas inspirados en ti; pero no se comparan con tus ojos, tus labios, tu sonrisa y tus manos. El tiempo esculpe jeroglíficos en la piel, en los muros, como para marcar señales y recordatorios sobre la caducidad de la existencia. Te necesito aquí, en la casa, no para que seas una invitada, sino con la intención de que te conviertas en la princesa de un reino que diseñé para ti. Sin ti, la casa sólo es eso, una construcción con muebles y objetos, con el perfume de los libros y el sabor de las centurias, y lo que deseo, tú lo sabes, no son ladrillos ni cosas, sino un camino bordeado con flores para que llegues a la puerta, un par de copas para beber vino contigo, una chimenea para compartir el calor, un piso de duela para caminar descalzos, un tapete para jugar en el suelo, una banca para contemplar las estrellas, un columpio para mecernos, tu corazón para que lata con el mío, tus manos para sujetarlas y andar juntos por la vida. La casa no lo es sin ti. Aquí estoy, en la casa, con un libro de poemas, queso, pan y vino. Sólo faltas tú.