La amada ausente

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Hay quien escribe un poema, entre sus propios suspiros y las hojas que el viento de la tarde suele arrancar de los árboles al entregarles el ósculo postrero, en un triste recuerdo que no vuelve ni promete repetirse porque las ausencias, parece, son definitivas, reales, y lastiman, duelen mucho. Otros pronucian, en su soledad, melancolía y silencio, el nombre de quienes tanto amaron, con la novedad de que las paredes ya no devuelven los ecos de unos y de otros. Algunos asoman a las fuentes, a los lagos, donde descubrieron, encantados y felices, sus rostros con alguien más, sonrientes y ocurrentes, acaso sin imaginar que se trataba, simplemente, de imágenes tambaleantes, reflejos pasajeros, historias fugaces, como lo fueron los instantes que partieron y los idilios que creyeron permanentes. Unos regresan a las calzadas, a los restaurantes, a las bancas, a las tiendas con cristales enormes, quizá en busca de un rastro de sus horas de ilusión, desvanecida de improviso al deshilvanarse la comunión de dos seres que se sintieron enamorados. Miro, aquí y allá, personas rotas, hombres y mujeres que nadie reconoce, extraviados unos de otros, que no esperaban asistir al entierro de sus romances. Descubro la tristeza de enamoramientos destilados con tanta alegría e ilusión, en quebranto y en tristeza, en dolor y en luto. Al observar huellas de tantos idilios mutilados, pienso en usted y en mí, en su nombre y en el mío, con el deseo de que nunca se quebrante esta historia tan nuestra, el amor que nos hace uno y otro, la locura de un sentimiento que vibra en nosotros y no puede sucumbir. Tras contempar, en un lugar y en otro, a incontables hombres que lloran la ausencia de sus amadas y a innumerables mujeres que sufren la partida de sus enamorados, tomo sus manos, asomo a su mirada y me busco en usted. No me gustaría ser el artista desolado ni el escritor de la amada ausente, porque usted ya tiene algo de mí y yo poseo mucho de su esencia y su forma. Una flor no lo sería sin los pétalos matizados, fragantes y tersos que regala todos días. Sin usted, no lo dudo, sería el poeta de la amada diluida en los recuerdos, en el ayer, en las letras, y yo la deseo, siempre, en mi historia, en mi nombre, en mi arte. Usted significa tanto para mí.

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Nací en marzo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estoy feliz. Me siento intensamente bendecido y dichoso. Nací en marzo, cuando las abejas, las libélulas y las mariposas posan sobre las flores que brotan de la tierra con la fórmula de sus colores y sus perfumes mágicos, cautivantes a los sentidos y tan parecidos al encanto del vergel. Mi cuna data de marzo de cierta fecha -¿importan el día, el año, la edad?-, en algún minuto y una hora que el tiempo raptó al sentirse dueño de las manecillas del reloj, mientras el sol y la lluvia de primavera, en el hemisferio norte, fabricaban arcoíris para provocar alegría y sonrisas. Desembarqué en marzo, procedente de algún paraíso etéreo, con la idea de reencontrarme, abrazar a los otros -oh, mi grandioso tesoro-, protagonizar una historia, fundir la esencia en la arcilla y probarnos en un paseo terreno, en una jornada mundana, hasta descubrir la ruta y preparar el regreso a casa. Nací en marzo, cuando en el hemisferio sur las hojas otoñales eran mecidas por el viento al soplar inagotable y melancólico. Llegué al puerto de la existencia, en marzo -en marzo de cierto año-, donde ya me esperaban mis padres, amorosos y nobles, contentos ante el prodigio de la vida, y, lo mejor de todo, agradecidos con Dios por la oportunidad del reencuentro. Nací en marzo, alguno de esos días que posee el mes -el tercero del año-, en un tiempo, con una familia y en un sitio que no cambiaría. Vengo de un marzo distante y cercano, espectacular y normal, con los besos de primavera y los abrazos de otoño al coincidir, en algún punto de encuentro, los hemisferios norte y sur, enamorados al obsequiarse, mutuamente, las tonalidades de las flores y los matices de las hojas, el calor y el viento, los perfumes de uno y otro. Nací en marzo, en marzo de cualquier año -el día 30, si hay que ser exactos-; sin embargo, estoy agradecido con Dios por cada instante que vivo, por la oportunidad de ser yo y el privilegio de formar parte de una historia con las almas que tanto amo. Sé que nací en marzo y tengo la fortuna de desconocer la fecha de mi partida, quizá porque es maravilloso y preferible despertar, cada mañana, o dormir, en la noche, con el milagro de la vida, y agradecer, siempre, por un instante más y la oportunidad de amar, reír, abrazar, compartir, aprender, dar de sí, caminar y hacer el bien. Nací en marzo, pero en realidad me renuevo cada momento con mi agradecimiento a la fuente infinita que me ha dado tanta dicha, a pesar de sus claroscuros.

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Caricias de otoño

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cada hoja otoñal es una página con cierta historia que el viento lee y arranca una tarde de nubes rasgadas. Cada nube es un filamento, un sueño que el aire arrastra y desvanece, ya deshilachado, entre el cielo y la tierra. Cada pétalo es un romance, una ilusión, un poema, un recuerdo que suspira mientras las ráfagas otoñales lo dispersan y lo arrastran en remolinos, acompañado de hojas amarillas, doradas, naranjas y rojizas que las pisadas desbaratan al pasar distraídas. Cada beso y caricia otoñal son un rasguño que anticipa la presencia del invierno en la otra estación. Cada golpe que el aire de otoño da al portón y a los ventanales, es el anuncio de que se acerca a casa, a la vida, y que las horas, en el mundo, se agotan.

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Despedidas y bienvenidas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Despido, en la estación del tren, a la lluvia que se marcha como se va la vida, con sus gotas de agua y de cristal, transformadas en sueños e ilusiones, y recibo al viento que llega y desciende de uno de los furgones al andén, con su equipaje de hojas secas y quebradizas -amarillas, doradas, naranjas y rojizas-, igual que un día aparecen, en los humanos, las tardes postreras. Agradecido con la lluvia veraniega, que en sus maletas carga pinceles, lienzos y pinturas, la abrazo y le confieso que me cautiva y enamora, seguramente por recordarme los años de mi infancia azul y dorada. Al escucharme, sus ojos y labios de agua reflejan alegría, y promete volver para empaparme, dar vida y abrir los capullos y las flores. Asoma por la ventanilla, sonríe y con una señal me muestra el celaje nublado que ha dejado como un regalo. La locomotora arrastra los furgones sobre las vías de acero que reposan en durmientes de madera, hasta que entra a un túnel rumbo a otras fronteras. A mi lado permanece, silencioso, el viento, el aire que me abraza con la idea, tal vez, de causarme embeleso y mostrarme su magia y encanto. Lo acompaño y caminamos por aldeas, ciudades, llanuras, bosques, montañas, abismos y playas, donde sopla y agita las flores y los árboles, las palmeras y los rosales, que siento en mí y disfruto plenamente. Me enseña a no temerle porque una fecha incierta, puntual y de frente, se hospedará en mí. Volamos entre nubes rasgadas, igual que una cometa, hasta que entiendo que los días de la vida son irrepetibles y es preciso, en consecuencia, asimilar sus lecciones, sentirlos, experimentar su blancura y negrura. Sé que después, al partir el viento otoñal, como lo hizo la lluvia veraniega, llegarán, con exactitud, el frío y la nieve invernal, y posteriormente el sol primaveral. Forman parte de los ciclos de la vida y hay que disfrutarlos, experimentarlos y vivirlos. He conocido personas que en temporada de lluvia, preguntan con desagrado el motivo de los aguaceros, o en período de frío se quejan de las temperaturas bajas, cuando es natural que se presenten tales fenómenos. Prefiero disfrutar cada una de las estaciones con sus diferentes rostros y pieles. Sé que si visitan el campo, las aldeas, los océanos y las ciudades, también se hospedan en toda la gente y marcan su paso en las cara, en la vitalidad, en la mirada, en el cabello, hasta que desciende el telón. Con la visita del otoño a la ciudad donde vivo, quiero disfrutar el espectáculo que ofrece el viento al desprender incontables hojas de los árboles y dispersarlas aquí y allá, en alfombras de tonalidades nostálgicas, porque si aprendo de sus sigilos y rumores, de sus caricias y rasguños, no dudo que estaré preparado para recibirlo, alguna tarde de mi vida, cuando el final de mi historia se encuentre próximo. Y así seguiré aprendiendo las lecciones de cada estación -primavera, verano, otoño e invierno-, hasta asimilarlas, comprender el mensaje y el sentido de la vida, y aplicarlo en mí. He abrazado a la lluvia veraniega con la esperanza de su retorno. Le agradecí por lo mucho que me ha enseñado y regalado. Y recibí al otoño recién llegado, envuelto en los perfumes que dispersa al soplar. No sabe que también lo abrazaré y le daré las gracias cuando parta. Es nuestro huésped momentáneo. Cuánta belleza descubro en la vida.

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Las hojas que el viento otoñal desprende

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las hojas que el viento otoñal desprende de los árboles y dispersa en el suelo, en alfombras que pinta de amarillo, dorado, naranja y rojizo, me recuerdan a mucha gente que, por vivir tanto, desafía al tiempo, y una mañana, al despertar, o una noche, ante su insomnio enloquecido e incurable, asoma al espejo y descubre, asombrada, su rostro casi irreconocible y áspero que inútilmente compara con el de otros años o décadas, acaso refugiado en algún paraje de los recuerdos o quizá confinado en la desmemoria y el naufragio. Suspiran amargamente al observar su lozanía perdida, el lenguaje que los días y los años esculpen en el rostro, en la mirada que parece apagar su brillo, en los labios ranurados por los cinceles de las manecillas, y su alegría y sus ilusiones, si es que aún las conservan, se apagan igual que quien desconecta una lámpara para llorar por la vida perdida. Voltean atrás, a sus lados, adelante, con la noticia de que un nombre con apellidos, otro y muchos más, abandonaron la jornada terrena, y sienten, en consecuencia, las ausencias que crecen y dejan huecos irrecuperables, listas incompletas, sillas vacías. Por no haber aprendido a vivir con amor, equilibrio, alegría, pasión, armonía, ideales, sueños, ilusiones, realidades, inteligencia y nobleza de sentimientos, despiertan agotados, con sensaciones de abandono y soledad, aburridos y enfermos, entre una generación ausente y otra desconocida. No aprendieron a coexistir y, al final, quedan solos, igual que las ruinas que exhalan tristes suspiros. El envejecimiento es inevitable, lo que implica que alguna vez, a cierta hora, llegará en su barca, silencioso y casi imperceptible, ajeno e indiferente a la belleza y a la vitalidad de hombres y mujeres. Ni el dinero ni el poder, ni tampoco la fama y la belleza, sobornarán al tiempo que en cada uno decora sus huellas cual testimonio de su paso inevitable. Es un autor muy celoso. Hay quienes se preocupan y dedican los años de sus existencias a maquillar sonrisas y lo que no son ni sienten, a fabricar fortunas con lo que arrebatan a otros, a adueñarse de un poder que en determinado momento sucumbirá, a entregarse a la repetición de apetitos pasajeros, a rendir culto a las apariencias y a las superficialidades, cuando la vida es algo más valioso que el brillo del oro y la acumulación de placeres fugaces. La vida, en cada ser humano, es irrepetible. Los minutos, los días y los años se van y no regresan más. Las hojas que el aire otoñal desprende de las frondas de los árboles, apenas ayer bañadas por la lluvia y abrazadas por el sol, me recuerdan que hay un momento para vivir y un instante para morir, y que, por lo mismo, es necesario experimentar cada segundo con sus luces y sombras, siempre en busca de la esencia. Nunca es tarde mientras exista la posibilidad de empezar e intentarlo de nuevo. Y lo mismo si faltan años o días para concluir la ruta mundana, uno debe ser autor de una historia bella, ejemplar, grandiosa e inolvidable. En cierta fecha, el otoño desembarcará ante nuestras miradas y notaremos la proximidad del invierno; pero si desde hoy derrumbamos los muros que hemos edificado con cálculos y medidas tan mediocres y negativos, y construimos el hogar, la casa del amor, la alegría, el respeto, la salud, la justicia, los sueños, la libertad, la esperanza, las ilusiones, las ideas, la dignidad y los sentimientos nobles, seguramente habremos disfrutado nuestro paseo por el mundo y estaremos preparados para superar la arcilla y resplandecer. Las hojas que desprende el aliento otoñal me recuerdan que la vida es breve y que si uno desea llegar a otras tierras, debe armar una embarcación y ser su tripulante principal. Las hojas del otoño son preciosas cuando uno, pleno, las admira dispersas en alfombras, con la promesa e ilusión de que mañana, al despertar, habrá otros amaneceres y estaciones en las que aparecerán flores sonrientes y ríos cristalinos. Es primordial vivir en armonía, con equilibrio y plenamente, aunque se trate del minuto postrero de nuestras existencias, para renacer como las hojas que desprende el viento durante las tardes otoñales, trascender a planos superiores y no ser simples pedazos y retratos de hojarasca yerta.

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No estaban en el manuscrito

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No estaban en el manuscrito. Busqué, primero, en la papelera de mi escritorio, en los cajones, en el suelo; más tarde, desesperado, hurgué en el cesto de la basura. En la novela que escribía entonces –Los señores Pérez o la otra infancia-, se percibía la ausencia de dos hojas -cuatro páginas- que esa mañana, inspirado, había escrito. En ese momento de mis años juveniles, me había parecido que se trataba de cuartillas muy interesantes dentro del relato. Me urgía localizarlas. Tenía que integrarlas a la obra. Tampoco estaban en los anaqueles pletóricos de libros. Algo faltaba en la acumulación de cuartillas escritas a una hora y a otra, en las mañanas, las tardes, las noches y las madrugadas, sin tregua., en un rincón, en un espacio y en muchos más.

Tengo la costumbre de destruir , en pedazos minúsculos, los documentos y papeles que no utilizo. Las cuatro páginas de mi novela, junto con otras hojas, se encontraban confinadas en la papelera, confundidas con otros fragmentos, igual que la gente, en las ciudades, al caminar en un sentido y en muchos más en las avenidas y calles transitadas, en busca de todo y nada. revuelta, masificada, confundida y extraviada entre tanto número en serie.

Eran las hijas ausentes, las integrantes de una familia entristecida por los faltantes. Mi deber, como artista y escritor, era rescatarlas, en pedazos, con la intención de restaurarlas, curar sus heridas y fracturas, o definitivamente renunciar a su aliento, a la creatividad y pasión con que las formé y conformarme, más tarde, ese día o el siguiente, con el intento componer de algo parecido.

Tres años antes, mi padre, poco antes de pasar por la transición, me había narrado una historia que en su niñez le relataron algunas personas ancianas, con la idea de que yo, su “muy inquieto hijo”, como solía llamarme, la escribiera y consiguiera su publicación. Él ya no estaba presente en casa, en el mundo, y yo, su hijo y discípulo, no podía fallar en mi promesa.

Coloqué todos los papeles diminutos en el suelo. Estaban adoloridos por las fracturas que les causé al romperlos. Conservaban rasgos de mis letras rotas. El piso se convirtió, inesperadamente, en mesa de salvamento y curación, en cama hospitalaria para criaturas deformes y lastimadas, en campamento y en sala de curación y restablecimiento,

Me convertí, sin planearlo, en médico de mi manuscrito. Paciente, disciplinado, controlé mi ansiedad por los minutos consumidos, por las horas irrepetibles que transitaron, hasta que, finalmente, emocionado, miré el paisaje con dos hojas recién operadas en la sala improvisada de cirugía.

Uní, primero, todos los fragmentos minúsculos de papel, similares a las piezas de un rompecabezas que sigilosamente reta la paciencia e inteligencia de los individuos que se atreven a probar su capacidad mental y de observación; pero se trata, igualmente, de la caminata del tiempo imperturbable que esculpe jeroglíficos y signos en los rostros.

Tras armar cada hoja, me sentí vencedor de una prueba en la que el único competidor era yo, y así coloqué, una y otra vez, cinta adhesiva, hasta que rescaté cuatro cuartillas de mi novela, emocionado y feliz, cual médico que salva las vidas de un paciente y de otro que esperan la hora infausta en sus lechos arrinconados y cubiertos de sombras y recuerdos.

Me apresuré a reproducir el texto, recién vendado, en otras hojas que incorporé al manuscrito de la novela, obra que no publiqué y que ahora, al recordarla, rescataré del silencioso y triste asilo en que reposa, en el archivo olvidado, con la idea de reencontrarme con su esencia, disfrutar su perfume de papel y tinta añejos, revisarla y publicarla.

Solo es, la de hoy, una evocación de las hojas rotas, una añoranza, quizá, de aquellos años juveniles, de las horas primaverales, cuando los seres humanos no dependíamos tanto de aparatos y resolvíamos los problemas enfrentándolos con creatividad, observación, inteligencia y esfuerzo. Únicamente eran dos hojas -cuatro páginas- que no estaban en el manuscrito.

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Un poema

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La musa inspira al artista, pero si éste la busca en el éter, en el cielo, en el mar, en el mundo, en los sueños, en la vida, en el todo y la nada, para enamorarse de ella y entregarle sus obras, innegablemente descubre y siente el amor que trasciende las fronteras del espacio y las murallas del tiempo, detiene las manecillas del reloj y se abren las compuertas del infinito con la alegría e ilusión que sólo conocen aquellos que atraen la mirada de Dios 

Un poema, cuando es de amor, se escribe con los sentimientos, con los teclados y las octavas del universo, con la pasión del arte que desmorona fronteras y abre caminos. Un poema, cuando es de amor, se diseña y construye una noche estrellada y silenciosa, entre papeles, retratos y velas consumidas por las flamas de las horas, o una madrugada desolada y de tempestad, cuando la gente duerme arrullada. Un poema, cuando es de amor, se compone una mañana, cerca de las gotas del rocío que deslizan suavemente en los pétalos de exquisita fragancia y textura, o una tarde en alguna banca, junto a los rumores de la fuente y las frondas acariciadas por el viento otoñal, en un paisaje alfombrado de hojas amarillas, doradas, naranjas y rojizas que crujen ante los pasos del caminante y los enamorados. Un poema, cuando es de amor, se plasma en cualquier parte porque es una joya que brota del alma, que viene del cielo y que va a los sentimientos. Un poema, cuando es de amor, no se dedica a cualquiera porque tiene destinatario, y no importa que un día quede atrapado entre las hojas de un libro o en el baúl de recuerdos, porque siempre será constancia de una historia mutua, de una unión inolvidable, de un encuentro, un rumbo y un destino. Un poema, cuando es de amor, poda las tristezas, tala las sombras y sesga cualquier dolor, porque presenta, por sencillo que sea, un jardín de belleza incomparable. Un poema, cuando es de amor, es inspirado por alguien, por una musa, y no tiene precio por tratarse de una perla que forma parte del collar que lleva a fronteras y parajes inagotables. Un poema, cuando es de amor, no se entrega a cambio de una noche cualquiera, en una posada, para más tarde seguir la caminata en busca de otra estación, porque se escribe inspirado por los sentimientos más excelsos, por el palpitar que sólo experimentan aquellos que tienen la dicha de enamorarse fielmente. Un poema, cuando es de amor, lo escribo para ti con la idea de abrazarnos prolongadamente y en silencio, leerlo suavemente y sentir la brisa del cielo, escuchar las voces del universo, percibir el palpitar de la vida y sabernos felices. Un poema, cuando es de amor, lo escribo para ti con el enamoramiento, la alegría y la ilusión de cada instante. Un poema, cuando es de amor, está dedicado e inspirado en ti.

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TROZOS DE VIDA… Un día

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, con quien comparto el más bello y excelso de los sueños

Una mañana, al caminar entre la arboleda, sobre una alfombra de hojas y flores que la lluvia y el viento nocturno arrancaron, mis sentimientos y reflexiones, tú lo sabes, estaban dedicados a ti, cuando de improviso descubrí el colorido y la sencillez de algunos pétalos de fugaz existencia. Recogí la flor que me pareció más hermosa y digna de ti, y sobre su textura escribí “te amo”. Mi intención fue entregártela como símbolo de mi amor y fidelidad. ¿Cómo es posible que un escritor regale trozos de una flor desprendida por las caricias de las gotas y los ósculos del aire de la noche y la madrugada, cuando tiene la facultad de transformar las palabras en arte, poesía y romance?, preguntarán algunos. Soy un niño, no lo desconoces, y, por lo mismo, prefiero jugar, reír, soñar y hacerte feliz con detalles cotidianos que con rostros falsos que suelen esconder pretensiones insanas. Al entregarte la inocencia de una flor con la inscripción de mi amor, quise que conservaras sus pétalos entre las hojas de un libro para que un día, al descubrirla y mirarla de nuevo con su fragancia y lozanía perdidas, pero con mi sentimiento grabado en su colorido ya tenue, recuerdes que la belleza, las apariencias y las cosas son pasajeras y que el sentimiento que me inspiras y te ofrezco para hoy, en el mundo, y después, en la eternidad, es permanente, fiel y superior a todo lo temporal porque viene de la esencia, de tu alma y la mía. Reirás encantada al comprobar que el amor, como el tuyo y el mío, es sublime, bello, permanente y esplendoroso por tratarse de un regalo del cielo. Si entonces ya no me encuentro en este plano, estoy seguro de que contemplarás las alturas, cerrarás tus ojos y me percibirás en tu interior, en tu ser, en medio del silencio, con la promesa de que reservaré un espacio para ti en la inmortalidad, y si aún permanezco a tu lado, no dudo que correrás a abrazarme para sentir el amor que compartimos y forma parte de nuestra historia. La flor policromada y fragante podrá marchitarse, pero la constancia de nuestro amor, inscrita en sus pétalos, nunca se extinguirá, porque ya late en ti y en mí.

Páginas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

 A ti, que te descubro en el libro de mi vida y te siento en los latidos de mi corazón

             Quiero impregnar las páginas de nuestra historia con el perfume, sabor y sonrisa de ambos para dejar constancia en el mundo, al marcharnos, de que el amor es real y nunca muere. Deseo plasmar en cada hoja la conversación que entablamos una mañana primaveral o una tarde de verano, el juego de los dos chiquillos traviesos que somos en el césped o en la alfombra de la casa, la emoción de enamorarnos cotidianamente, la sensación de abrazarnos y empaparnos con las gotas de la lluvia, los instantes con el día y la noche de la vida, para recordar, donde estemos, que un amor como el nuestro perdura en el mundo y en el cielo porque es regalo del mismo Dios que insertó las estrellas en el firmamento, roció agua a las flores y plantas e inventó el encuentro dorado entre el cielo y el mar durante las horas vespertinas. Anhelo escribir en el papel nuestra historia, el guión que compartimos, con lo que somos y tenemos, para no olvidar que en el amor la entrega va más allá de dos cuerpos, porque se trata de permanecer unidos, crecer, sentir el pulso del universo en ambos, estrechar tu mano y la mía con la intención de manejar el timón, fortalecerse ante el menú que ofrece la vida para ganar la eternidad. Pretendo dibujar nuestros capítulos en el cuaderno de anotaciones con el objetivo de recordar siempre, al dejar esta vida, que si hubo alegrías, también se presentaron tristezas, y que aprendimos a distinguir unas de otras porque los instantes terrenos ofrecen dualidades y la opción de elegir el mejor sendero. Simplemente, intento tornear letras en el yunque de tu corazón y el mío, fundirlas con nuestra calidez, transformarlas en palabras de cristal, darles sentido, con todos los detalles que compartimos, con sus mayúsculas y minúsculas, con sus luces y sombras, con la ilusión de que la nuestra sea la historia más bella y esplendorosa de amor. Quiero escribir nuestra historia completa de amor en un libro que conserve tu fragancia, mi perfume, para percibirlos todos los días y al cerrar, por fin, los ojos, tú o yo, alguno de los dos bese la frente del otro en un acto de despedida terrena y como pacto de la espera en la inmortalidad. Deseo que el inicio de la obra relate el encuentro de nuestras almas, la experiencia de descubrirnos reflejados al mirarnos y mis expresiones: “me cautivas”, “me encantas” y “te amo”. Quiero, igualmente, que el final del volumen sea grandioso, como el sentimiento que enlaza tu corazón y el mío, y que las palabras escritas por ti y por mí en la hoja postrera, sellen la más bella de las promesas: “gracias por compartir tu amor y tu vida conmigo. Fue un honor protagonizar la mejor historia de amor a tu lado. Te espero en la eternidad. Te amo”.