El sentido de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El sentido de la vida consiste en ser autores de pequeños milagros cotidianos que derramen alegría y amor en otros, principalmente en quienes nada tienen y no pueden entregar algo a cambio; en fabricar detalles de apariencia minúscula que sostengan la fe, los sentimientos, la esperanza y los sueños; en dejar huellas indelebles, a pesar de las borrascas y las tempestades, con la idea de que aquellos que caminan atrás, las sigan, no se extravíen y lleguen a destinos grandiosos. A la vida le dan sentido la dignidad, los actos y los sentimientos nobles, las sonrisas, la justicia, la libertad, el respeto y la pureza y la verdad de los pensamientos. Una vida honesta, sana y feliz, acostumbrada a dar lo mejor de sí, marca el rumbo a destinos superiores. Una existencia se justifica cuando es armoniosa, buena, equilibrada, feliz y plena. El sentido de la vida no es un glosario incomprensible; es, parece, la sencillez con que se consumen los días, con el amor y los sentimientos que se derraman, la alegría y el bien que se cultiva cada instante. El sentido de la vida evita la muerte y abre los cerrojos y el portón al infinito.

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El muchacho

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Qué tristeza y cuánto dolor significa arrancar, en la campiña o en el jardín de la casa, la flor que apenas crece, los pétalos que aprenden, por su edad, a segregar los perfumes de la vida, la criatura de bella inocencia y deliciosa textura por la que deslizan las gotas del rocío. Cuán doloroso es mirar el ocaso de la gota de agua que recién brota de la intimidad de la tierra, en el manantial, y qué lamentable es presenciar la agonía de una tarde matizada de colores y envuelta en fragancias primaverales… Duele la muerte espontánea, lastiman las despedidas que no se esperan, hieren las ausencias que se presentan de improviso. Hoy siento nostalgia. Derramé algunas lágrimas. El muchacho, el joven amable de la tienda, murió en un accidente. Me enteré esta tarde. Era un hombre de aproximadamente 25 años de edad, sonriente y educado. Estudiaba una licenciatura en la universidad y trabajaba en una tienda de comestibles. Cerraba el establecimiento a las 10 de la noche; sin embargo, de acuerdo con sus obligaciones laborales, permanecía dos horas extras en el local con el objetivo de efectuar corte de caja, limpiar los anaqueles, colocar mercancía y llenar los refrigeradores con jugos, refrescos y sodas. Una vez que concluía, marchaba a su departamento, en el centro histórico de la ciudad. Se trasladaba en su moto. Un día y otros, mientras me atendía, platicaba que vivía solo y que tenía aspiraciones y la ilusión de concluir sus estudios universitarios y ser un hombre dedicado a hacer el bien a los demás, triunfar en su profesión y formar una familia bella y unida. Sonreía mucho. Nunca lo vi enojado. Era respetuoso, tolerante y educado. A diferencia de amplio porcentaje de tenderos malhumorados, este joven, cuyo nombre desconozco, era bueno, agradable, sencillo. Irradiaba honestidad y buenos sentimientos, y lo demostraba en su trato diario con los clientes. Algunas veces le di consejos y otras, en tanto, intercambiamos comentarios, anécdotas y hasta sonrisas. Era uno de esos muchachos alegres y bien intencionados a los que uno bien podría expresar: “eres grandioso. Te felicito. Mereces ser intensamente feliz. Te entrego el mundo con la intención de lo que mejores. Personas como tú, necesita la humanidad. Aporta lo mejor de ti, lo que te corresponde. Sé que no me decepcionarás”. No obstante, un accidente fatal, a una hora infausta, provocó su fallecimiento, y así, con tristeza lo declaro, los seres humanos perdimos a uno más dentro de la gente buena. Duele tanto.

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¿Son dignos de confianza?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me pregunto, y solo es una interrogante sin el afán de agredir, si los políticos que transitan de un partido a otro, por capricho, ambición e interés de conseguir un cargo público, serán personas equilibradas, confiables, respetuosas y congruentes. Quizá por oportunismo, tal vez por ausencia de convicciones, acaso por la ambición desmedida de ejercer el poder y los recursos públicos, se empeñan en ser ellos los candidatos exclusivos, como las vedetes, aunque con anterioridad hayan llevado a cabo esas funciones con exceso de mediocridad. Y si tales personajes ofrecen espectáculos denigrantes y parecen indignos de confianza por su deslealtad, indisciplina y necedad de aferrarse al poder, a los presupuestos gubernamentales, llama la atención que los otros, los militantes de los partidos políticos, callen y acepten esa clase de abusos y prácticas que con frecuencia se registran en diversas regiones del mundo. Unas veces, esos hombres y mujeres, los mismos de siempre, portan un color, y algunas más, en un carrusel de matices que únicamente resulta un camuflaje, una farsa, aparecen con otro, como si fueran dueños de armarios repletos de playeras de diversos estilos. Si no existen proyectos integrales de nación en diferentes zonas del planeta, menos los habrá con gobernantes, políticos, legisladores y funcionarios sin compromiso ni lealtad a los principios de los partidos e instituciones que alguna vez les otorgaron su respaldo. Tampoco serán responsables con los pueblos. Quieren repetir sus funciones públicas como aquellos que obtienen un trofeo y muchos más. No admiten que la gente no los quiere y los rechaza por corruptos, en algunos casos, e ineptos, en otros. Y lo más lamentable es que las mayorías emiten sus votos por esa clase de personajes que hasta suelen presentarse con apariencias de comediantes y modelos de aparador. ¿Quiénes serán menos confiables, los políticos aferrados al poder, carentes de responsabilidad, compromiso y resultados favorables, ávidos de manejar las finanzas públicas, o la gente que vuelve a confiar en ellos, cegada, distraída y masificada, que otorga mayor credibilidad a la apariencia, a la simulación, que a las propuestas inteligentes y bien intencionadas?

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El mundo necesita algo más

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No necesitamos personajes mesiánicos que adivinen el futuro, anticipen hechos destructivos a nivel global y ofrezcan recomendaciones y fórmulas a la humanidad, ni tampoco gobernantes, científicos, líderes, académicos, medios de comunicación, instituciones, políticos, artistas, rezanderos e intelectuales que les aplaudan tanto como si fueran cómplices, mercenarios o títeres. El mundo requiere líderes genuinos, personas auténticas que más que declarar, aconsejar y recomendar lo que no hacen sobre temas preocupantes, que son del conocimiento público, sepan convocar a millones de hombres y mujeres, en cada nación, con el objetivo de enfrentar los retos y problemas con acciones y estrategias reales y honestas, en beneficio colectivo y no de su grupo influyente y poderoso. A la humanidad le urge despertar, sacudirse, reaccionar y emprender acciones orientadas a su rescate y salvación, antes de resbalar al precipicio, a los abismos, y naufragar, hasta ser salvada por grupos depravados que le cobrarán el favor de lanzarle cuerdas podridas para que no se ahogue en las turbulencias provocadas con cierta intencionalidad. Esa élite ya tiene el poder económico, militar y político, en todo el planeta, lo que evidentemente no la hace invulnerable. ¿Cuál es el afán de manipular, jugar tramposamente, mentir y controlar a millones de seres humanos? ¿Contra quién ejercerán su poder una vez que sometan al mundo entero? Resulta estúpido creer que serán eternos y que un sistema absoluto y oscurantista reinará siempre. Y los incontables hombres y mujeres que habitan el planeta, ¿a qué hora interrumpirán sus sueños de consumismo, sus estupideces, sus apetitos pasajeros y sus superficialidades? El mundo no necesita un teatro macabro con espectadores asustados y pasivos, actores hipócritas y titiriteros, guionistas, directores y productores mañosos e impíos. La gente, en el mundo, requiere amor, honestidad, valores, justicia, dignidad, respeto, paz, educación, libertad, progreso, salud.

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El último día

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El último día es inesperado. Llega sorpresivamente. No toca a la puerta ni hace visitas de cortesía. Simplemente, llega en el minuto de la noche, en el instante de la madrugada, una mañana o una tarde, cuando uno se acostumbra a la vida.

La hora postrera de la existencia puede llegar en cualquier momento, cuando uno duerme profundamente o durante los momentos de la jornada. Llega el segundo en que la gente se queda en alguna estación y ya no prosigue en el viaje.

Los furgones del tren se llenan y se vacían porque los pasajeros, hombres y mujeres, ascienden y descienden constantemente. Las vías parecen unirse en el horizonte, pero no se tocan porque son paralelas que conducen a un destino y otro, forman parte de una ruta.

El último día es inevitable. Los días de la vida son tan frágiles, que no hay oportunidad de preparar el equipaje. Las maletas se quedan como prueba de lo que uno hizo en el mundo. Conservan los aromas y recuerdos de cada ser humano, sus obras buenas y malas, los sentimientos que dibujaron su sonrisa o marcaron su amargura; evocan sus actos y palabras, guardan las huellas de los caminantes y son constancia de una vida y otra.

A la gente, mientras vive, se le insiste en que los días son breves y hay que aprovecharlos; sin embargo, los confunden y la mayoría se dedica a talar su verdadero amor, su alegría, su evolución, en vez de plantar y crear un edén en el sendero que recorre.

Vivir no significa dedicar los días a hablar estupideces, embrutecerse con el alcohol y las drogas o coleccionar apetitos pasajeros. Eso lo hace cualquiera. No tiene mérito. Ni siquiera contribuye a disfrutar la estancia en el mundo. No se confundan.

La vida se disfruta cuando uno entiende que cualquier instante puede ser el último y trata, en consecuencia, de experimentar los días y los años en armonía, con equilibrio, plenamente, con la dicha de dar de sí, dejar huellas indelebles, amar fielmente y descubrir lo bello en cada detalle.

Cada instante puede marcar el minuto final. Nadie se atemorice. Sólo se tata de cambiar la vestidura, hacer un paréntesis dentro de la eternidad, preparar el viaje interminable. Hay que vivir felices y en paz, con una ruta definida, dispuestos a entregar lo mejor de sí, con un amor tan grande que ilumine el universo.

Nadie debe esperar a poseer una fortuna o una historia encantadora porque sus sueños podrían no cumplirse. El momento de vivir es ahora. Cada instante es para vivir con sentido. Nadie debería de retirarse del mundo sin antes darse oportunidad de ser dichosos, cumplir sus sueños y purificar sus seres con sentimientos, ideas, palabras y actos nobles. Eviten esos ceños fruncidos. La arrogancia es basura.

Por favor, sonrían, sean amables, den de sí a los demás, no arrebaten, jamás sean la sombra de alguien ni actúen con crueldad o ventaja. Alguien muy inteligente pronosticó que este mundo apenas durará una centuria y que habrá que anticiparse y buscar, por lo mismo, un sitio para vivir; sin embargo, quiero aclarar que no es necesario escudriñar el universo para descubrir otros parajes, ya que uno, a través del amor, las virtudes y los sentimientos, tiene capacidad para hacer de este plano un paraíso bello y por añadidura encontrar la senda hacia moradas sublimes.

Recuerden que el último día podría ser hoy, mañana o dentro de unas semanas, algunos meses o varios años; no obstante, la fecha es impostergable para cada ser humano, motivo, creo, para hacer a un lado los pretextos, las horas ruines, el ocio, los vicios y la ausencia de sentimientos y valores.

No partan sin antes haber sonreído y expresar a los demás lo tanto que los aman. No se vayan sin cumplir sus sueños limpiamente. Nunca se retiren de la vida sin darse oportunidad de hacer el bien, limpiar el camino y entregar de sí lo mejor porque el amor y las cosas no solamente son para uno, sino para bien de los demás. No lo olviden.

Sean ustedes quienes eviten el sufrimiento de los niños que deambulan en las calles o que son maltratados. Devuélvanles la alegría y recuérdenles que siempre habrá quienes los aconsejen, cuiden y acompañen. No engañen ni se aprovechen de la debilidad, confianza e ingenuidad de los demás. Ámense y protéjanse unos a otros.

Me gustaría que cada uno, en su minuto final, pudiera cerrar los ojos y dar el último suspiro con la satisfacción de haber protagonizado una historia ejemplar, bella e inolvidable. La fortuna material, los lujos, la superficialidad y los placeres fugaces no son ingredientes que aseguren la felicidad.

Busquen el vuelo libre y pleno, la justicia, el amor a los demás, la tolerancia, el bien, la honestidad, los valores, la verdad. Traten de sumar y multiplicar lo bueno y eviten restarlo y dividirlo. Los pequeños detalles hacen la grandeza.

Dediquen sus días a sus familias, a ustedes, a la gente que les rodea, a la humanidad, al servicio de la creación. Construyan puentes para no resbalar a los abismos y armen escaleras con la intención de llegar a la cima, pero no dejen heridos en el camino ni provoquen llanto, tristeza y luto en los demás.

Sean dichosos, vivan en armonía y en paz, construyan, generen vida. El último día es inevitable. Desconocemos la fecha en que llegará. Vivamos con la misión de ser luz para alumbrar el mundo y el universo.

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