Llegó noviembre y octubre se marchó

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con perfume y cutis de hojarasca, octubre esperó sentado en la banca del jardín, hasta que, somnoliento, escuchó pasos a cierta hora de la madrugada. Noviembre llegó con su equipaje, con sus alegrías y tristezas, con su carga de trotamundos y sus 30 días completos. Igual que las flores marchitas que caen sobre las hojas yertas y el viento dispersa lejos, sin la esperanza ni la posibilidad de recuperarlas, los días de octubre se desvanecieron, como aconteció con los del invierno, la primavera y el verano, en el transcurso del año. Llegó noviembre otoñal, invicto, con la atención para sí, dueño de sus minutos, días y semanas. Se le esperó desde el balcón, la sala, el comedor y el jardín, al lado de la chimenea, en alguna poltrona, en una silla o en el lecho, con la esperanza de recibir algo nuevo y alentador; pero su visita es temporal y se comporta indiferente, como los otros meses que se hospedan silenciosos y se marcharon sin una despedida. Es preámbulo de nieve y frío. Anuncia la cercanía de diciembre, el último furgón del año, con sus nostalgias y esperanzas, con su vida y su muerte. Noviembre es un hoy que abandona ayeres y espera la consumación de mañanas, hasta que sucumbe o escapa. Desmaquilla y aumenta edades. No trae nada mágico ni sublime, parece, ni tampoco regala caras risueñas, porque es idéntico al aire de su tiempo, que todo se lleva, acaso con el mensaje de que cada ser humano debe construir su biografía, protagonizar su historia, sin esperar la visita de un día y otro que, a cierta hora, pueda traer regalos y sorpresas. Sabe que lo grandioso debe venir de cada hombre y mujer y no de las estaciones. El aliento y el lenguaje del otoño son aire que sopla y arranca flores, hojas y ramas. Se lleva los años, la belleza y la vida. Es la presencia pasajera entre la lluvia y la nieve. Tiene murmullos y sigilos, claroscuros, poemas y música. Es otoñal. Pinta rostros de melancolía en aquellos que no actúan ni planean rutas bien definidas hacia sus destinos. Otro día, a determinada hora, permanecerá sentado, al lado de la fuente, en el jardín o en el parque, en espera de diciembre y su invierno, con la carga de un año más y la conexión a uno nuevo, con sus esperanzas e ilusiones. No es el viejo con bastón y prótesis que llega de improviso, toca a la puerta y se hospeda malhumorado; es el personaje del otoño, el mes del viento, la fugacidad del tiempo y la vida. Se le descubre en casa, en todos los rumbos, corredores y pasillos. Le corresponde acompañarnos, a los de la hora presente, a los que aún permanecemos en el mundo, quizá cual enseñanza de que la vida se compone de etapas, ciclos, estaciones pasajeras, y que cada día es un paseo, una oportunidad irrepetible de vida y evolución. Pronto se irá noviembre, igual que como llegó, para no volver más en su versión 2020. Es preciso, en consecuencia, seguir la caminata y aprender el significado del paisaje alfombrado de hojas amarillas, doradas, naranjas y rojizas que el viento dispersa cuando las voces y las pausas de noviembre se sienten tan próximas.

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Los sigilos y los murmullos del tiempo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

De los sigilos del tiempo, escucho el ir y venir del péndulo al columpiarse despreocupado e indiferente a la caminata de las manecillas y del engranaje, mientras ella, la muerte, hilvana pacientemente, a un lado de la chimenea y teje redes para cazar hombres y mujeres incautos, distraídos en sus aficiones y cosas, e incapaces de explorar y conquistar rutas inexploradas y dejar huellas y señales de su paso por el mundo. De los murmullos del tiempo, oigo sus silencios, sus pausas que me confiesan el sentido de la vida. De la maquinaria del tiempo, aprendo a interpretar su lenguaje, asisto a sus clases diarias y me apresuro a salir del aula para vivir sin cadenas ni prisas, desde el nombre del personaje que me corresponde interpretar, ausente de maquillajes. De las notas y las pausas de los días y los años, comprendo que entre la vida y la muerte, la aurora y el ocaso, existen luces y sombras, un sí y un no, y que cada uno -tú, yo, nosotros, ustedes, ellos- tenemos oportunidad de elegir el destino, la ruta, al ser exclusivamente barro, al preferir la luz o al mezclar ambos con equilibrio y armonía. De los rumores y silencios del tiempo, en el mundo, ahora sé que callan y hablan la vida y la muerte, y que solo aquellos que descifran su lenguaje, aprenden su significado y dan mejor sentido a su paseo terrestre. De los murmullos y silencios del tiempo, la vida y la muerte, escucho su música, su lenguaje, sus paréntesis.

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Las horas que pasan

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las horas que pasan son eso, motivos para entregarte detalles, sorpresas, ilusiones. Los minutos, las horas y los días están contados en una vida y en otra, pero son para experimentarlos con sus luces y sombras, para crecer juntos, descubrir el camino y amarnos siempre. El tiempo agoniza cuando uno, por fin, descubre que el amor es la luz, que la alegría y la vida inician en el interior y se prolongan en el infinito

De las horas que pasan, las que más me gustan son las que dedico a ti, cuando estoy contigo, sin importar que sea de día o de noche, porque un amanecer o un ocaso no significan que inicie o concluya nuestra historia; al contrario, agregan momentos, capítulos, vivencias, sueños, ilusiones. De todos los segundos y minutos que transcurren presurosos, me encantan los que se toman las manos, cual enamorados, para no extraviarse en el desvarío del tiempo y prolongar los instantes que tú y yo compartimos. Entre la caminata de las manecillas y el péndulo que se columpia feliz e imperturbable, escucho los rumores de tu voz canora, tu risa, tu aliento, tu forma tan especial de hablar. Escudriño los ecos del tiempo, sus recuerdos, los trozos que deja a su paso, hasta que encuentro nuestros perfumes en las páginas del ayer, el sabor de tus besos en el devenir de cada ciclo, la mirada encantadora de un ángel que me transporta al cielo. De los lapsos que observo en el calendario, entre un día y otro, percibo tu presencia, la banca que ocupamos alguna vez, el viento que repite sus murmullos y confía sus secretos, las estrellas que contabilizamos, la luna con su sonrisa de columpio plateado, el bosque por donde corrimos una tarde de aguacero. De las horas y los días que pasan, los que más me gustan son los que consagro a ti, los que pertenecen a nuestra historia, los que ofrecen continuidad a otras rutas, a destinos donde el reloj y los almanaques -herramientas del tiempo- se desvanecen y pierden sentido porque conducen al umbral de la eternidad, a tu alma y a la mía, al sueño perenne, a la vida sin final. Eso es lo que deseo para ti y para mí, una casa sin las barreras ni los diques de los minutos y las horas, un jardín ausente de medidas, un infinito alegre y colmado de este amor que se ha convertido en locura, en destino, en estilo. De la vida que se consume cada instante, me cautivan los períodos a tu lado, la sonata de nuestro amor, la promesa de un romance perenne.

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Trozos de vida… Pacto con los instantes

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, con quien cada instante comparto una historia maravillosa e inolvidable

Sé, por experiencia, que los instantes son pasajeros agotados e irreconocibles que esperan en la vieja estación la llegada del tren, donde se confinan para viajar hasta un destino cual forasteros desolados que finalmente se diluyen, igual que las sombras de la noche cuando son derrotadas ante el amanecer. Tampoco desconozco que al acumularse, se transforman en segundos, minutos, horas, días, semanas, meses y años, que el tiempo utilizó solamente para grabar sus huellas en los rostros y manos de la gente, en las plantas, en las cosas, en todo lo que existe en el mundo. No olvido, igualmente, que los momentos son irrepetibles. La vida se compone de instantes, buenos o malos, que tienen contrato con el tiempo; por eso transitan inquebrantables y se llevan algo de uno. Deshilvanan las vidas a su paso, hasta que las consumen. Hay poetas que lamentan el tiempo que huyó. Prefiero no sufrir. Es más cómodo llamar a los segundos y minutos a hurtadillas, establecer alianzas y eternizarlos con sentimientos y actos de amor, alegría y bienaventuranza. Como te amo tanto y soy tan feliz contigo, deseo que los instantes efímeros no mueran vacíos, sino con la dicha de que dos seres -tú y yo- aprendimos a vivir enamorados y plenos. Pedí a los instantes se convirtieran en escalones para ascender hasta la eternidad, ¿y sabes lo que respondieron? “Seremos amigos, anticiparon, pero no olvides que somos de efímera existencia. Trataremos de llevar con nosotros el recuerdo de la historia que ambos comparten, hasta que el viento disuelva nuestra presencia; no obstante, ella y tú poseen algo que ni nuestro patrón, el tiempo tan indiferente, puede consumir o tener, el resplandor de sus almas que alumbrará el sendero hacia el cielo. Al amarse, reír, ser intensamente felices y dedicar su estancia en el mundo a sentimientos y actos sublimes, el tiempo se alejará y cuando menos lo esperen, habrán traspasado las fronteras de la inmortalidad… ¡Ah!, por cierto, aprendan a no desdeñar los segundos y minutos porque son, en verdad, el pilar de las horas, los días y los años…” Ahora que entiendo la capacidad de los instantes, me aproximo a ti, tomo tus manos, miro tus ojos y pronuncio: “me cautivas”, “estoy enamorado de ti”, “te amo”, expresiones que brotan de mi ser y que seguramente se llevarán los segundos y minutos en su memoria, con la promesa de que tú y yo caminamos hacia la morada donde lo que hoy sentimos y compartimos, se eternizará.

TROZOS DE VIDA… El tiempo y el puente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, con quien camino, tomados de las manos, por el puente que conduce al cielo para eternizar nuestro amor

             Confieso que en ocasiones temo que el tiempo elija un atajo, un camino más corto que el mío, en su afán de sorprenderme cuando más feliz me siento a tu lado. Quizá por eso es que a veces me miras silencioso, reflexivo, con una canasta pletórica de proyectos para ambos. Quiero, antes del minuto postrero, que cada día quede marcado como el mejor, el de las horas irrepetibles, el del amor y la sonrisa, el del detalle inolvidable, el de nuestra historia mágica y especial. Es por lo mismo que te he invitado una y otra vez, aquí y allá, a seguir descubriendo los secretos de dos corazones que pulsan al unísono del universo, tomar nuestras manos para correr juntos y sonrientes por las praderas de la vida, observar la constelación con los mismos ojos, reencontrarnos al intercambiar miradas de dulzura y sentir el aire que envuelve a los enamorados. Creí que podría adelantarme a las manecillas, al péndulo del reloj, o tal vez abrirlo y hurtar su engranaje, arrebatarle alguna pieza, con la intención de detenerlo y caminar adelante, libres de obstáculos en el sendero; pero entiendo que su amo, el tiempo, los vigila y les encomienda la tarea de atravesar el pie a una hora infausta. Empiezo a comprender, entonces, que lo importante es que uno, cuando ama, teja un puente entre el mundo y el cielo para no separarse jamás. La fórmula para acercar la temporalidad de la vida a la mansión eterna, parece, es por medio del amor, los sentimientos, la sonrisa, los detalles, las acciones, los valores, lo que uno haga por sí y los demás. Solamente quien tiene la decisión y el valor de abandonar las banalidades mundanas, a pesar de las críticas de la humanidad, descubre ante sí que en cada espacio e instante se esconde la oportunidad de amar, ser felices y eternizar la historia más sublime y hermosa. Sólo es cuestión de hacer a un lado los escombros, la basura, para descubrir los faroles que guían hasta el portón de la eternidad. Siento que mi temor se desvanece al comprender que tú y yo estamos construyendo uno de los puentes más admirables y excelsos, con barandales de cristal, luces de estrellas y esculturas de ángeles, para que el amor que hoy experimentamos plenamente aquí, en el mundo, se eternice en un cielo luminoso e incomparable.

El contrato del reloj

En este mundo -sólo aquí- parece que existe un pacto impostergable entre las manecillas del reloj y las horas, el tiempo que es el único que se atreve a bofetear belleza, poder y riqueza de apariencia cautivante y seductora, pero de rostro tan fugaz como las caricias del viento una tarde de verano o los ósculos de la lluvia al depositarse en los ríos y deslizar por las hojas y las flores, también de efímera existencia… Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno, a cierta edad, suele abrir el portón y las ventanas de la memoria para mirar el jardín de atrás, el escenario que se dejó un día y otro, el paisaje que cada instante, al vivir, quedó plasmado durante la jornada cotidiana. Ocupa uno, entonces, la banca de las remembranzas, el columpio de los recuerdos, para repasar la historia de la existencia.

Tal vez, mecido en el suave arrullo de la melancolía, uno pregunte: ¿qué es una flor, si no una bella fantasía?, ¿qué la vida, si no un suspiro fugaz?, ¿qué Dios, si no la eternidad? Temporalidad, es cierto; pero también infinito, aquí y ahora por siempre. Qué juego de palabras y cuánto peso entre las ideas sobre la caducidad del tiempo y la eternidad.

Entre la lucha contra la cotidianeidad y la rutina que imponen, con frecuencia, las actividades laborales y los compromisos que implica coexistir en una sociedad moderna, miro con cierto encantamiento y, a la vez, realismo, la caminata del tiempo que al mover las manecillas del reloj parece gritarme desde algún rincón lejano: “¡vive! ¡No olvides vivir intensamente! Hazlo en armonía, con equilibrio y plenamente. De cualquier manera pasaré invicto sobre ti y seguiré mi camino indiferente a lo que hayas hecho. No esperes a que te aplaste para decidir experimentar la aventura de la vida”.

Pienso en el tiempo y sus contratos irrenunciables con los relojes -invención humana ante su realidad en el mundo-, y me estremezco al imaginar que marcan la hora, aquí y allá, desde la mano materna que mece la cuna y el brazo paterno que muestra el camino de la vida, hasta las lágrimas que brotan durante las exequias.

Hoy, en la hora contemporánea, los relojes son digitales y se encuentran insertos en teléfonos celulares, computadoras, tabletas, laptops, televisores y hasta hornos de microondas, como para minimizar lo que significa el tiempo o quizá con el propósito de desplazar un producto que hace algunas décadas parecía inseparable de hombres y mujeres. No obstante, es imposible esconder al tiempo en la alacena o el cajón porque aunque no se le puede tocar, sus pasos se sienten y esculpe jeroglíficos en los rostros y en lo que agarra.

El tiempo parece tan ajeno e indiferente a los seres humanos, que éstos, casi siempre en el ocaso de sus existencias, descubren que la vida está compuesta de instantes, momentos que se diluyeron en asuntos y cosas intrascendentes, y que añoran cuando resulta imposible recuperarlos. Escritores, poetas, músicos, filósofos, místicos y gran cantidad de pensadores han dedicado su atención al tiempo, a la vida que se consume entre un suspiro y otro. Hasta el mismo Rubén Darío, en su “Canción de otoño en primavera”, escribió “juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!”, mientras el Libro del Predicador o Eclesiastés, que se encuentra en la Torah y la Biblia, expresa “todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz”.

Todo, en la vida, es pasajero. Hombres y mujeres viajamos, parece, en una embarcación que se aleja de la orilla, que atrás deja rostros familiares y lugares queridos, cosas por las que luchamos, historias que se desvanecen, alegrías y tristezas, ilusiones y desencantos, simplemente segundos.

Recuerdo mi primer reloj, a los 10 años de edad. Fue un regalo de mi abuela paterna, un Haste dorado, con extensible metálico, maquinaria de cuerda y carátula cuadrada. Lo compramos en Joyería Gallegos, en el centro histórico de la Ciudad de México. Me parecía muy bello. Marcó las horas de mi infancia dorada, los minutos acumulados de mi niñez inolvidable, hasta que un día, como en todo, los engranes y las piezas minúsculas sintieron agotamiento y quedó guardado en el baúl de los recuerdos, junto a los juguetes que sólo exhalaban suspiros por los muchos días del ayer consumidos en la casa solariega. Fiel al tiempo hasta el último segundo que marcó, su amo no le perdonó la fatiga y quedó, en consecuencia, confinado entre otras cosas que también caducaron.

El augusto reloj de porcelana de uno de mis antepasados, vendido muchos años después a un anticuario de la ciudad de Puebla, exhibía, ostentoso, una carátula en la que los 12 números fueron sustituidos por el nombre de Porfirio Díaz, amigo de la familia y con quien diversas noches acudió al teatro, acompañados ambos de sus respectivas esposas, uno con la responsabilidad de conducir el destino del país entre postrimerías del siglo XIX y el amanecer de la vigésima centuria, y otro, en tanto, con su título de marqués y sus negocios, todo vano porque el primero no conservó el poder y el segundo, en cambio, perdió su fortuna. Al final sucumbieron y sus cosas e historias se desvanecieron. Todo se disipó.

Otro antepasado poseía una colección de relojes. Uno era tan especial y hermoso, que le fascinaba. A cierta hora, la maquinaria emitía notas musicales de celestial encanto y aparecían, en movimiento circular, pequeñas muñecas de porcelana. Una y otra vez marcaron la hora, indicaron los claroscuros de la existencia, hasta que fueron mancillados durante el movimiento revolucionario de 1910. Todo se consumió y apenas quedaron las recapitulaciones, y eso porque uno, al volverse coleccionista de historias del ayer, rescata algunos recuerdos que un día o una noche se perderán.

Cuando era niño, mi padre me mostro dos relojes de bolsillo, uno dorado y muy antiguo; el otro era plateado y tenía grabada en la parte posterior una locomotora. Ambas piezas de colección, junto con todo lo que poseía, también lo perdimos, igual que cuando alguien renuncia a las horas felices de la tarde al recibir las primeras sombras nocturnas.

Un día, en la adolescencia, caminaba por la calle, en la Ciudad de México, y tres hombres me asaltaron y arrebataron un reloj que un mes antes había comprado. Se llevaron mi reloj, pero no se apoderaron del tiempo que innegablemente marcó huellas indelebles sobre sus rostros, como lo hace con todos.

He mirado, tras vitrinas de museos y en colecciones particulares, relojes antiguos y bellísimos de gran valor, envejecidos, igual, por las exigencias del tiempo, a quien sirvieron fielmente. Todo queda extinto ante la marcha de las horas, de los años, del tiempo implacable.

Resulta imposible atarse a las cosas porque al final, cuando hay que renunciar a su posesión, el sufrimiento es mayor. Eso no significa que haya que carecer de ambición, pero es importante aprender a vivir con las alas de la libertad. Ante la cabalgata de las horas, la gente y las cosas se hacen a un lado, se retiran del camino.

Aunque amé y hasta veneré a mis padres, una madrugada y una mañana abandonaron la barca y partieron a otro plano. Fueron parte esencial de mi existencia, del mundo que me formé desde el albor de mi existencia, y también se marcharon. Hay, en contraparte, quienes asisten a los funerales de sus órganos, brazos, piernas y vista. Nada, en el mundo, es permanente.

Mecido en el columpio de las añoranzas y la reflexión, acude a mi memoria la historia del ser humano por conocer, administrar, controlar y hasta derrotar al tiempo, y también las colecciones de relojes, los horarios, los almanaques, las agendas; sin embargo, dentro de la fugacidad de la existencia, me parece que la fórmula más acertada para aprovecharlo no es lamentándose ni retándolo porque después de todo le es indiferente lo que uno haga y no acepta complicidades, sino convirtiendo cada instante en un aquí y un ahora, en dar lo mejor de sí, en ser feliz y no causar daño a nadie, en vivir en armonía, con equilibrio y plenamente. Hay que hacer de los días de la existencia una historia excelente, una novela irrepetible, intensa, regia e inolvidable. La vida es, sospecho, una embarcación que no mira atrás porque sigue su ruta, dejando en las orillas rostros, cosas e historias de apariencia inolvidable que al caer el telón de la noche, se desvanecen. Cada tripulante tiene que deleitarse con el viaje, aprovecharlo al máximo, porque en cualquier momento su tiempo puede caducar y él descender al muelle menos esperado. Si el tiempo viaja imperturbable, es preferible conocer su esencia, descifrar su ruta y navegar cada día con la dicha de sentir las caricias del viento y la libertad.