Cada instante que pasa

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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En cada instante descubro un paisaje de mi existencia, un pedazo de mi historia, una huella de mi caminata. En cada minuto que pasa, miro transitar los motivos de mi vida, las rutas a otros destinos, algo de lo que fui y de lo que soy, con la posibilidad, en un quizá de cristal, de lo que, finalmente, seré. En cada movimiento del péndulo, al columpiarse bajo las manecillas inquietas del reloj, observo a la gente que estuvo conmigo, a quienes aún permanecen a mi lado, y siento sus abrazos y su presencia, percibo sus fragancias, escucho sus voces y me reconozco en sus miradas. En cada día que se consume y se agrega a mi biografía, detecto los segundos, los minutos y las horas que se acumularon y se llevaron algo de mí, y así, con asombro, contemplo los años de mi existencia con sus momentos fugaces. Cada minuto, agradable o repugnante, feliz o triste, bueno o malo, integra el expediente de mi perfil, la historia que protagonizo al vivir y al soñar, de día y de noche, acompañado o solo. Noto que mi existencia no es la apariencia de mi rostro, la ropa que me cubre, el perfume que despido y las cosas materiales que pueda tener. Lo compruebo al verme a cierta hora del ayer y en otro momento más cercano a mi presente, tan distinto e irreconocible en algunos rasgos y signos. No obstante, bajo tantos escombros, en mi interior, me encuentro conmigo, me identifico, me doy cuenta de que soy yo, el que pulsa con el ritmo infinito y trasciende más allá de cada período. Una voz, afuera y dentro de mí, me invita a vivir con mis apariencias materiales y mis profundidades etéreas, con mi luz y mi textura, con mis realidades y mis sueños, con mi esencia y mi ropaje, porque cada instante, positivo o negativo, es parte de mi historia durante mi paso temporal por este mundo. Y los mismos susurros que escucho, me dicen que los días de la vida, en el mundo, son breves y que, por lo mismo, he de experimentarlos en armonía, con equilibrio, plenamente, siempre aplicado en el bien y en la verdad, en la justicia y en la dignidad, en el amor y en la libertad, si es que deseo, en verdad, conquistar la eternidad. Hay ciclos amargos y períodos dulces. Debo buscar el equilibrio, sortear abismos, derribar fronteras, destruir celdas y, por añadidura, cruzar puentes y escalar cimas, hasta trascender. Cada instante que se presenta es mío, me pertenece, entre un suspiro y uno más, como todos los que se fueron en otros tiempos de mi vida y los que están por venir. Hay que vivir ahora. Sería ocioso esperar otros días o años para recobrar la felicidad con alguna meta anhelada y soñada. El trayecto no debe quedar desierto. El navegante vive con intensidad su travesía y lo mismo se prueba durante las tempestades, en medio del mar impetuoso, que en la tranquilidad de una noche estrellada, mientras toma el timón y sigue su itinerario. Se provocan vacíos tristes y dolorosos cuando no se disfrutan los instantes por esperar una fecha grandiosa. Cada momento tiene un espacio para uno, un escenario para vivirlo. Vivamos, antes de que una tarde lluviosa o una noche desolada, lloremos desconsolados por la historia existencial que dejamos escapar.

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Tras la ausencia de junio y con la presencia de julio

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Qué hicimos? ¿Dónde estuvimos? ¿A dónde vamos? Llegó julio, julio de 2021, con su equipaje, y se instaló en el mundo, en nuestras habitaciones, en cada rincón, como inicio del siguiente medio año; pero lo más sorprendente es que, casi sin percatarnos, se fue junio. Sí. Se marchó junio con el primer medio año de 2021, con lo ue logramos y con lo que perdimos, con lo que vivimos y con lo que morimos. Se fue como llegó, sin anuncios, indiferente a la risa y al llanto. Se llevó una parte de nosotros y de nuestras vidas, si acaso somos tan ingenuos y tontos para creer que raptó algu de lo que nos pertenecía, cuando fue indifrente, como los otros meses que se desvanecieron, acaso como invención nuestra para organizar las actividades y los ciclos de la vida, quizá en el afán y la locura de sentirnos los únicos del universo, tal vez por asuntos que irgnoramos. En todo caso, fue compañero y testigo de nuestros encuentros y desencantos con la vida y la muerte, y de lo que sentimos y pensamos. Medio año se fue, el primero de 2021. La constancia de su paso queda en los documentos, en los matasellos de las cartas cada vez más escasas, en los almanaques, en nuestras pieles y en lo que somos., y hasta en lo que vivimos, en lo que omitimos, en lo que recordamos y en lo que olvidamos. Se fue junio, ausente de nosotros, indiferente, y aquí estamos, en un planeta roto que alguna vez fue paraíso, entre realidades y sueños, con nuestras pequeñeces y grandezas. Julio está presente. Nos acompañará durante 31 días, cada uno con 24 horas, igual que sus hermanos y ancestros, ajeno a lo bueno a lo malo que hagamos, a las alegrías y a las tristezas que experimentamos, a las risas o al llanto que derramemos, a los puentes que crucemos o que cortemos, al ascenso a la cumbre o a la fatal caída a los desfiladeros. Y se irá, igual, callado, sin faltantes. Y así, bien o mal, los días de nuestras existencias se consumirán, hasta que la arcilla de la que tanto presumimos al mirar nuestros reflejos,, se agote y vuelva a la tierra, y trascienda la luz que resplandecerá con mayor intensidad o que, como las gotas del manantial, volverá a surgir para probarse en nuevas rutas y en otras experiencias. Ante la ausencia de junio y la presencia de julio, los hermanos de siempre, los de la generacíón de 2021, camino reflexivo, me sumerjo en mis cavilaciones diarias, y pregunto, asombrado, ¿qué haremos con nosotros? ¿Esperamos, quizá, una fecha incierta para amar, hacer el bien, disfrutar cada instante de la vida pasajera y evolucionar y trascender? ¿Qué esperamos para vivir en armonía, con equilibrio y plenamente, con libertad, justicia y dignidad? Estamos rotos, y no fueron los relojes ni los calendarios los que arrancaron instantes y años; somos nosotros quienes despilfarramos la enorme riqueza que por alguna razón desdeñamos? ¿Hasta cuándo asimilaremos las lecciones y empezaremos a vivir? Inició julio, julio de 2021, que se marchará, finalmente, sin importarle la humanidad y sus cosas y sueños. Es el inicio de la segunda mitad del año que se fugará y se volverá ayer, recuerdo, olvido. ¿Qué haremos? ¿Mirarnos nuevamente al espejo, lamentar la temporalidad y sufrir por lo que es tan natural? ¿Seguiremos la ruta o renunciaremos? ¿Contrinuaremos desdibujados, rotos, deshilvanados, como autores de tanta mediocridad y protagonistas de un guión horrible, o seremos los artistas de una obra magistral en nosotros mismos?

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La noche

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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El silencio de la noche tiene rumores. Los murmullos nocturnos presentan sigilos. El ambiente estelar, en el cielo, envuelve a la gente en el mundo, en su terruño, y la transporta a los sueños, a otras fronteras, donde todo es posible, mientras las gotas de la lluvia deslizan en los cristales, a veces mudas, en ocasiones estridentes, igual que palabras, letras y poemas que alguien pronuncia suave o tal vez apresuradamente. La noche ofrece, a algunos, su belleza y su encanto, y a otros, en cambio, regala su terror y su insomnio. Cada hombre y mujer vive sus noches o se ausenta de sus horas y se refugia en historias que son reales y también fantasía, hasta que regresa al siguiente día, al amanecer, como un viajero que desciende a la estación del ferrocarril o desembarca en algún puerto. La noche guarda sus secretos y relata cuentos, narra episodios, o calla, evita hablar, en un paréntesis ausente de tiempo y de espacio. La noche ama al día, las mañanas y las tardes, que, finalmente, a cierta hora, besa y arrulla. A diferencia de tantas noches de mi vida, la de hoy, simplemente, ha tocado a mi puerta con la idea de despertarme, mientras la gente duerme o hace locuras, acaso con la idea de que naufrague en las horas que se han de consumir, probablemente con el objetivo de que explore mis sentimientos y mi razón, quizá en un intento de enviarme al destierro, seguramente con la intención de que repase mi biografía y revise mi itinerario, tal vez por eso y más. La gente duerme. Escucho los rumores y los silencios de la vida. Y aquí estoy, a diferencia de otras fechas, en medio de los minutos nocturnos, aislado del refugio del sueño. La noche tiene susurros que a veces callan, silencios que en ocasiones hablan. Aquí estoy, entre el oleaje de los minutos y las horas de la noche, en un naufragio improvisado. La noche es un poema escrito con polvo de estrellas.

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Ya no hay tiempo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Ya no hay tiempo. La gente transita presurosa, imparable, como las manecillas de los relojes que tienen prohibido dedicarse un instante de reposo, regalarse un minuto de sueño, porque deben llegar sin faltantes a su destino. Los días son colecciones de historias repetidas, monótonas e inciertas. Se acabaron las horas destinadas a las ilusiones, a los sueños, a la imaginación, a los juegos, acaso porque el escarnio es cómplice de otros males y destruye las fantasías, lo que viene del interior, lo que es tan natural y de uno, con el objetivo de dejar huecos y rellenarlos con estridencia y reflectores en un teatro de marionetas. Se extinguen, gradualmente, los períodos para el amor, los recintos para la familia, los segundos para reír, las oportunidades para hacer el bien, quizá porque a los nuevos inquilinos -ambiciosos, egoistas, insensibles, perversos, ignorantes, deshonestos, materialistas, astutos- les molestan los rumores y los silencios de las alegrías, de los sentimientos nobles, de la creatividad, de las ideas geniales, de la originalidad, a los que consideran enemigos y pretenden deshilvanar. Se agotó el tiempo para disfrutar los relatos y los poemas, los colores y las formas, los sonidos y los sigilos, tal vez porque el arte fue aprehendido por rivales que intentan desdibujarlo y suplantarlo por simples apariencias, disfraces y prisas. La gente argumenta que no dispone de tiempo y no atiende ni educa a sus hijos, no cultiva el amor ni los sentimientos excelsos, no da de sí, no aprende, no explora su ruta interior ni disfruta su paseo terreno; aunque disponga de lapsos de ociosidad, espacios en posadas de una noche, días golosos y planes egoístas y crueles. Ya no hay tiempo para el bien, la verdad, lo bello y lo supremo. Hombres y mujeres andan con prisa, en busca, parece, de algo que todavía no definen y que, por cierto, no recuerdan que llevan consigo, en su interior. Por eso, admiro a quienes, a pesar de la tempestad, controlan el timón de sus existencias con fe, esperanza, benevolencia, optimismo, honestidad, alegría y valores. Son personas que sueñan, aman, aprenden, actúan y siembran el bien. No obstante, descorro las cortinas, asomo a las calles, a las plazas comerciales, a los parques, y miro a incontables hombres y mujeres que caminan aceleradamente, embistiéndose, distraídos, enajenados, arrebatándose lo que ambicionan, transformados en figuras de barro que temen liberar a la esencia que han encarcelado y protagonizar, en consecuencia, la más grandiosa de las hazañas, la de la vida plena. Ya no hay tiempo para lo sublime, parece, y no porque los relojes hayan decidido parar y subastar los minutos postreros; sencillamente, es por voluntad humana, por enamorarse del calzado -lo cual es válido- y olvidar y desdeñar el sendero.

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Vacantes y espacios ausentes: abuelas que relataban cuentos e historias

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Apenas ayer, en mi infancia, las abuelas, amorosas, relataban cuentos e historias a sus nietos. En las tardes y en las noches de lluvia, cuando las tempestades parecían incesantes y los relámpagos incendiaban y rasgaban las nubes ennegrecidas que ocultaban la luna y las estrellas con nuestros juegos e ilusiones, ellas abrían los roperos y los baúles de sus remembranzas y extraían alguna historia, un acontecimiento registrado, quizá, en sus horas juveniles y lejanas, para narrar, pacientemente, cada detalle. Y uno, en minúscula, escuchaba atento y con mucho cariño y respeto, e imaginaba todas las escenas. Eran tan dulces que, a pesar de los años acumulados y su agotamiento, preparaban café, té o chocolate, que acompañaban con bizcochos, mientras hablaban y, orgullosas, miraban a sus descendientes saborear y disfrutar la merienda. Eran mujeres buenas y sensibles que trataban de introducir algunos mensajes positivos en sus relatos. Y si acaso en alguna fecha la ausencia de ellas, las abuelas, se sentía con profunda nostalgia en uno, las otras, las tías, ocupaban tan honroso sitio y platicaban amenamente, como quien hojea un libro decorado con el arte de las letras y las imágenes. La televisión permanecía apagada. No estaba invitada a nuestras tertulias. Era la familia, en un hogar, lo que más valía, y así, las abuelas y las tías mayores eran bien amadas, siempre con admiración y respeto. Hace tiempo partieron y muchos espacios quedaron vacantes u ocupados, en innumerables casos, no por lo mejor y selecto, sino por la más burdo y grotesco que ofrecen radio, televisión e internet. Sustituyeron a las abuelas, a las tías mayores, con la diferencia de que el amor y la sensibilidad se han perdido y abundan la grosería, el antagonismo, la falta de respeto, la violencia. Hoy, al recordarlas, rindo un especial homenaje a esas mujeres -abuelas y tías mayores- que acompañaron nuestros años infantiles y hasta juveniles con su amor incondicional y sus historias maravillosas, y qué importaba si las repetían. Se les añora.

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El tiempo que dejamos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El tiempo que dejamos escapar, otros lo necesitan en la cama de un hospital, en el lecho de agonía, en algún lugar, cerca o lejos, para reparar y zurcir silencios e indiferencia y palabras rotas, correr al encuentro de los seres que desdeñaron, devolver lo que arrebataron, pegar expresiones y sentimientos que reprimieron y en cierta parte sepultaron. Son los minutos y las horas arrojados al lodo, olvidados en algún sitio, en el rincón del desván o en el sótano, envueltos en oscuridades recurrentes y polvos acumulados, que otros requieren para curar heridas y salvar distancias, superar naufragios y evitar hundimientos. Son los días y los años que uno y muchos más buscan al revisar almanaques y relojes, arrugas y canas, prótesis y tierras desiertas. Es el tiempo o la vida que suspiran desde criptas desoladas y tristes, quizá con despojos y carentes de la luz que los animó, probablemente en espera de una oportunidad -una sola- para reparar los caminos, los puentes y los muros que alguna vez dejaron inconclusos. El tiempo que consumimos en apetitos fugaces y ocios malsanos e improductivos, lo anhelan los bienhechores, los artistas y los científicos, los que desean retirar las piedras del camino para que otros pasen, con el objetivo de pintar colores en el mundo y llevarlo a otros peldaños, a mayor altura. El tiempo que huye sin fragancias ni matices, ausente de pasajeros que abandona en estaciones desoladas, es nuestra vida que se diluye aquí, en este plano.

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Se va 2020

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Se va 2020. Es su día. Es su tarde. Es su noche. Sí. Hay que entenderlo, es su noche postrera. Nos mira, a los humanos, desde su ocaso, en el horizonte, alegre y nostálgico -no lo sabemos-, o indiferente a nosotros, a lo que sentimos, quizá delirante, o tal vez silencioso y tranquilo. Saluda desde su ancianidad, si es que envejecen los hijos del tiempo. Se sabe célebre e inolvidable, pero no le conmueven la fama, las emotividades y las cosas del mundo. Hay a quienes urge que se marche lejos, mientras otros, en tanto, desean tenderle una trampa, capturarlo y triturar cada uno de sus instantes, todos sus días, sí, quieren castigarlo y, al final, exhibir su rostro adolorido en la horca; pero es inocente, libre de culpa e indigno de condena por no ser autor ni ejecutor de las fechorías que se le imputan. Se cruzan, en la estación, 2020 y 2021. Algunos piensan que se trata del sepulcro frente al cunero, probablemente por la incapacidad de saber que los días, marcados por estaciones, son una prolongación, un acontecimiento ininterrumpido. Apenas se abrazan y saludan, cada uno con su nombre y su apellido, con las luces y las sombras que, sin sospecharlo, les matizan los seres humanos. Se marcha 2020, sin prisas ni remordimientos, aunque lo crean prófugo, con sus estaciones de primavera, verano, otoño e invierno, y sus amaneceres y anocheceres, incluidos los mediodías, las tardes y las madrugadas. Se desvanece 2020. Carga sus maletas sin faltantes, con el confeti y la serpentina de las fiestas y las lágrimas y las flores marchitas de los dolores. Unos piensan que 2020 se lleva mucho de nosotros -a nuestra gente, selvas, animales, oxígeno, planes, alegrías, ilusiones, salud, vida, familias, valores-, y otros aseguran que enseñó demasiado. Muchos lo culpan. Varios lo exoneran. Otros más lloran por los días que vienen. Y no fue el año culpable de los males. Ninguna fecha planea el mal. 2020 llegó viajero y se hospedó en un mundo que ya tenía historia. Y así se va, ligero. Nosotros -hombres y mujeres-, permanecemos aquí, en el mundo, con las listas de ausencias y los huecos que dejaron quienes verdaderamente se marcharon del escenario terreno. Aquí estamos, en medio de la vida y la historia, con la posibilidad de enfrentar, con la razón, los desafíos, las pruebas y los retos que se presentan, o amilanarnos y caer, igual que lo hemos consentido desde hace décadas, en la indiferencia, el egoísmo y la pasividad. Esta noche -puntualmente a las 12-, 2020 se habrá marchado y se encontrará con nosotros 2021, igual que el otro, su antecesor, y de cada persona y sociedad dependerá, como siempre, fabricar su dicha o construir su desgracia. Somos nosotros, no las fechas, quienes generamos lo bueno y lo malo de la vida. Si deseamos vivir en un mundo de paraísos, cultivemos flores, dibujemos sonrisas, pintemos colores, amemos, hagamos el bien y demos lo mejor de nosotros a los demás. Merecemos realizarnos plenamente, volar libres, vivir en armonía y con equilibrio, condiciones que no dependerán de los calendarios, sino de cada hombre y mujer. Hoy, abrazo a cada uno, en minúsculas y en mayúsculas, en femenino y en masculino, en todos los idiomas y en las diferentes razas y creencias, con la idea de abrir mi alma y transmitirles mis sentimientos más nobles y el anhelo de que se encuentren a sí mismos, abracen a sus familias, valoren la salud y la vida. 2021 y los siguientes años, esculpirán, a su paso, los signos del tiempo en cada persona. Dependerá de nosotros, empezar desde ahora a dibujarnos sonrientes, dichosos, saludables, enteros, resplandecientes de la luz del bien y la verdad. No permitamos que otros, con intenciones perversas, nos desdibujen y abandonen en la arena desértica del mal y la desmemoria. Rescatemos nuestra esencia. Es la luz. Los números de un año o cierta fecha no marcarán nuestro destino feliz o infausto. Somos nosotros -tú, yo, ustedes, ellos, todos- quienes tenemos la decisión y el poder de liberarnos de las ataduras que otros han colocado en nuestros sentimientos, ideales, planes y pensamientos. 2021 y los años que vienen, indiferentes como su silencio, deben quedar inscritos en la historia como el despertar de la humanidad. Gracias a cada uno de ustedes por estar presente y ser quien es. A todos les deseo lo mejor de la vida.

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Último domingo de 2020

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es último domingo de 2020. No lo abandonemos por el simple hecho de pertenecer a un almanaque que representa tantos dolores, ausencias y desaciertos. Disfruten este y los días que siguen, lo mismo si son soleados que nublados. Recuerden que las horas que se pintan de colores, regalan amor, paz, alegría, libertad, bien, armonía y vida, mientras los instantes sombríos, entintados por la falta de arcoíris, reclaman nuestra presencia y nos fortalecen durante sus vientos y tempestades. Vivan. Hagan de este domingo postrero, un día de alegría, un momento de reencuentro con el alma y sus infinitos tesoros, una oportunidad para expresar a otros lo tanto que los aman. Que no se vaya este domingo, ni los días que siguen, al embarcadero desolado y triste, donde lo espera un bote de remos con la idea de partir y no regresar jamás. Démosle las gracias y disfrutemos sus horas, con sus luces y sombras, porque la vida y el tiempo parecen insensibles a las historias humanas, y así transitan inexorables; pero no son indiferentes a lo que uno sienta, piense, actúe y hable, porque multiplican el bien que se irradia y el mal que se propaga. Finaliza el año y se acorta nuestra existencia. Es el domingo postrero del año 2020. Vivámoslo. Es nuestro, a pesar de su fugacidad.

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Llegó noviembre y octubre se marchó

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con perfume y cutis de hojarasca, octubre esperó sentado en la banca del jardín, hasta que, somnoliento, escuchó pasos a cierta hora de la madrugada. Noviembre llegó con su equipaje, con sus alegrías y tristezas, con su carga de trotamundos y sus 30 días completos. Igual que las flores marchitas que caen sobre las hojas yertas y el viento dispersa lejos, sin la esperanza ni la posibilidad de recuperarlas, los días de octubre se desvanecieron, como aconteció con los del invierno, la primavera y el verano, en el transcurso del año. Llegó noviembre otoñal, invicto, con la atención para sí, dueño de sus minutos, días y semanas. Se le esperó desde el balcón, la sala, el comedor y el jardín, al lado de la chimenea, en alguna poltrona, en una silla o en el lecho, con la esperanza de recibir algo nuevo y alentador; pero su visita es temporal y se comporta indiferente, como los otros meses que se hospedan silenciosos y se marcharon sin una despedida. Es preámbulo de nieve y frío. Anuncia la cercanía de diciembre, el último furgón del año, con sus nostalgias y esperanzas, con su vida y su muerte. Noviembre es un hoy que abandona ayeres y espera la consumación de mañanas, hasta que sucumbe o escapa. Desmaquilla y aumenta edades. No trae nada mágico ni sublime, parece, ni tampoco regala caras risueñas, porque es idéntico al aire de su tiempo, que todo se lleva, acaso con el mensaje de que cada ser humano debe construir su biografía, protagonizar su historia, sin esperar la visita de un día y otro que, a cierta hora, pueda traer regalos y sorpresas. Sabe que lo grandioso debe venir de cada hombre y mujer y no de las estaciones. El aliento y el lenguaje del otoño son aire que sopla y arranca flores, hojas y ramas. Se lleva los años, la belleza y la vida. Es la presencia pasajera entre la lluvia y la nieve. Tiene murmullos y sigilos, claroscuros, poemas y música. Es otoñal. Pinta rostros de melancolía en aquellos que no actúan ni planean rutas bien definidas hacia sus destinos. Otro día, a determinada hora, permanecerá sentado, al lado de la fuente, en el jardín o en el parque, en espera de diciembre y su invierno, con la carga de un año más y la conexión a uno nuevo, con sus esperanzas e ilusiones. No es el viejo con bastón y prótesis que llega de improviso, toca a la puerta y se hospeda malhumorado; es el personaje del otoño, el mes del viento, la fugacidad del tiempo y la vida. Se le descubre en casa, en todos los rumbos, corredores y pasillos. Le corresponde acompañarnos, a los de la hora presente, a los que aún permanecemos en el mundo, quizá cual enseñanza de que la vida se compone de etapas, ciclos, estaciones pasajeras, y que cada día es un paseo, una oportunidad irrepetible de vida y evolución. Pronto se irá noviembre, igual que como llegó, para no volver más en su versión 2020. Es preciso, en consecuencia, seguir la caminata y aprender el significado del paisaje alfombrado de hojas amarillas, doradas, naranjas y rojizas que el viento dispersa cuando las voces y las pausas de noviembre se sienten tan próximas.

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Los sigilos y los murmullos del tiempo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

De los sigilos del tiempo, escucho el ir y venir del péndulo al columpiarse despreocupado e indiferente a la caminata de las manecillas y del engranaje, mientras ella, la muerte, hilvana pacientemente, a un lado de la chimenea y teje redes para cazar hombres y mujeres incautos, distraídos en sus aficiones y cosas, e incapaces de explorar y conquistar rutas inexploradas y dejar huellas y señales de su paso por el mundo. De los murmullos del tiempo, oigo sus silencios, sus pausas que me confiesan el sentido de la vida. De la maquinaria del tiempo, aprendo a interpretar su lenguaje, asisto a sus clases diarias y me apresuro a salir del aula para vivir sin cadenas ni prisas, desde el nombre del personaje que me corresponde interpretar, ausente de maquillajes. De las notas y las pausas de los días y los años, comprendo que entre la vida y la muerte, la aurora y el ocaso, existen luces y sombras, un sí y un no, y que cada uno -tú, yo, nosotros, ustedes, ellos- tenemos oportunidad de elegir el destino, la ruta, al ser exclusivamente barro, al preferir la luz o al mezclar ambos con equilibrio y armonía. De los rumores y silencios del tiempo, en el mundo, ahora sé que callan y hablan la vida y la muerte, y que solo aquellos que descifran su lenguaje, aprenden su significado y dan mejor sentido a su paseo terrestre. De los murmullos y silencios del tiempo, la vida y la muerte, escucho su música, su lenguaje, sus paréntesis.

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